
CAMPUS SPARTARIUS
He decidido comenzar este paseo costero, una peregrinación que no aspira a llegar a ningún santuario, sino que es un fin en sí misma, desde una esquina del inmenso cuadrilátero que conforma la figura de este país. Si a Francia se la quiere ver como un hexágono, muy irregular desde luego, e Italia representa una bota perfecta, porqué no considerar a nuestro país como un gran cuadrilátero. Concedamos únicamente que el lado mediterráneo se apunta como una diagonal avanzada hacia el este -la que me propongo recorrer, precisamente- para convenir en que viene a resultar un convincente paralelepípedo.
Las tierras galaicas, con el cabo de Finisterre y la Estaca de Bares, delimitan claramente el rincón atlántico, que corresponde a un púgil acuático en extremo belicoso y agresivo, al que se ha de tener respeto y guardar las distancias. Por ese lado entra la mayor parte de los frentes fríos, las borrascas y los chubascos. Azotan sus costas frecuentes tormentas y las mareas son muy poderosas como corresponde a un océano. He tenido ocasión de conocerlas, recorrer la Costa da Morte, las Rías Baixas y algunas comarcas interiores. Aunque huyo de tópicos, se puede convenir que la pueblan gentes reservadas, de carácter predominantemente introvertido, hospitalarias aunque no abiertas en exceso, como ocurre en los lugares de agresiva meteorología. Tienden a ver ángulos de la realidad que el resto no consideramos, a encarar la vida con un cierto sentido fatalista –abocados como han estado desde antiguo a la emigración- y a contestar a cuestiones incómodas preguntando.
Al sur la esquina portuguesa posee de la benignidad de un clima subtropical que hace disfrutar a sus pobladores de una primavera permanente casi todo el año. La bonanza y tranquilidad de sus enormes playas atlánticas, interrumpidas por espectaculares acantilados, la han convertido en un poderoso reclamo turístico en los últimos años. Lindera y maridada con las tierras onubenses, que tampoco he pisado, es la única esquina que desconozco.
Completando la base se encuentra este rincón, más africano que europeo, bañado por las aguas de un mar interior que regula su nivel a través de un escueto desagüe, desde antiguo conocido como las Columnas de Hércules, al que sus pueblos ribereños gustan de llamar nuestro porque hace más de veintitantos siglos un imperio fue capaz de someter a los diferentes pueblos que lo poblaban y conquistar todas las tierras que lo bañan, y así lo bautizó. Aquí, en su extremo occidental, donde me encuentro, toma forma de bañera con un diminuto islote en su centro a modo de tapón, la isla de Alborán.
El acercamiento a sus apacibles y cálidas costas, a su clima subsahariano, supone la inmersión en un continente tan cercano y similar en paisajes y modos de vida, África, como lejano y exótico en cuanto a las posibilidades que abre su inmensidad y sus muy diferenciados paisajes.
Cerrando la figura, que igualmente podría considerarse trapezoidal, en el cuarto ángulo, en el gran chichón en la frente que supone Cataluña, sobresale el cabo de Creus, que finiquita la gran cremallera que supone la cordillera pirenaica (según sean los tiempos, nos abrocha o nos desabrocha de Francia y, por tanto, de Europa). Corresponde su costa a la de una sierra que se aboca en el mar, se recorta en multitud de calas, playas escuetas, acantilados, precipicios y cabos, dibujando un litoral bien variado y atractivo.
Visité también ese faro ampurdanés y como casi todos, más los que esquinan las tierras emergidas y alejan de territorio civilizado, superpoblado, se había convertido en un refugio y punto de reencuentro de senderistas, domingueros accidentales, bohemios de variado pelaje y jipis postmodernos con nómina de funcionario, que gustan de sestear al sol en la terraza del bar rebozados en sus ensoñaciones ecológicas y pastoriles, a la vez que dan al traste con las ansias de paz del farero que alguna vez pensó encontrarla retirándose a ese remoto paraje.
Elegí este rincón almeriense precisamente, que conozco desde hace décadas y al que recientemente he regresado, porque en esa última estancia en San José volví a visitar el faro de cabo de Gata, la playa de Los Genoveses, los Escullos, la Isleta del Moro y otros rincones de los que guardaba unos recuerdos especiales que con el reencuentro se activaron y me conminaron a urdir un ambicioso plan. Pensé que estaría bien enlazar a pié estos territorios con otros costeros que me son igualmente apreciados del norte de la provincia (Vera, Mojacar, Terreos); murcianos también (las cuatro calas de Aguilas, cabo Cope, Calnegre, La Azohía, los fondos submarinos de cabo de Palos…); alicantinos (Torre de la Horadada, La Zenia, el cabo de la Nao…); incluso castellonenses (la sierra de Irta, los playazos de Torreblanca…) y catalanes. Coser con puntadas de hilo fino, paso a paso, esos preciados retales que a lo largo de los años he ido acumulando en el cajón de mi memoria con tanto mimo y en los que había quedado una parte de mí que deseaba recuperar. Rincones perdidos, olvidados del turismo y la especulación, salvados de los afanes constructivos, afortunadamente (desechados por su difícil acceso, por la precariedad de las carreteras o lo sinuoso de su trazado, por lo pedregoso de sus playas o las bastas arenas que los tapizan).
Además de ser la esquina que me queda más cerca, apenas 350 km., unas tres horas de viaje, su paisaje africano único siempre me ha atraído, su aridez extrema no se corresponde con la riqueza botánica que atesoran sus barrancas o la variedad faunística de sus costas y la gran diversidad geológica que esculpe sus territorios. Lo descarnado de la cubierta vegetal y la escasa presencia humana hace que su belleza singular resalte sobremanera en ese aislamiento. Esa apariencia inhóspita acrecienta sus rasgos más si cabe y hace que emane un poderoso magnetismo (quizá su riqueza mineral, especialmente derivados del hierro y el plomo, de la galena y la plata, tenga que ver en ello) al que resulta imposible sustraerse, remitiéndonos a nuestro más descarnado interior.
Si he de pelear con mis fuerzas, ya menguantes, a cuerpo limpio, paso a paso, que sea al menos con un púgil asequible y agradecido. Ya habrá tiempo de acometer futuras caminatas más lejanas y complicadas.
La relativa proximidad me permitirá ir y venir con mayor comodidad a las primeras etapas, según vaya disponiendo de días. Además son territorios bien conocidos, transitados en varias ocasiones, aunque no al detalle como me propongo hacer ahora. Son tramos que recuerdo de hace treinta años (Los Escullos, la Isleta del Moro, etc.), otros más recientemente (Mojácar, Garrucha, Villaricos, etc.) de visitas turísticas esporádicas o estancias vacacionales, que permiten un andar cómodo, con repechos de no demasiada entidad (la mayor parte de la sierra de Gata se sitúa entre los 300 y los 400 metros de altitud, no sobrepasando los 500), con senderos claros sobre terreno despejado y con la ventaja de poderme refrescar con un baño en cualquier época del año. Y, sobre todo, otro motivo fundamental, esta es la esquina más inalterada, la que conserva mayor cantidad de costa virgen, a pesar de que el Parque Natural Marítimo-Terrestre de Cabo de Gata-Níjar sea de muy reciente creación, 1987.
Influye también como excusa inmediata un librito de Ramiro Feijoo, de modesta edición pero inmenso contenido, sobre castillos, torres y atalayas defensivas del litoral mediterráneo: La ruta de los corsarios, editorial Laertes, Barcelona 2000. Un ambicioso recorrido, en coche en su caso, para documentar los ataques berberiscos perpetrados a nuestras costas a partir de la Edad Media. Pretendo, en mi modestia, revisarlo y ampliarlo en la medida de lo posible, realizando el recorrido a pie.

La historia geológica que nos narra la formación de estos territorios comenzó hace unos veinte millones de años cuando se inició el episodio de la orogenia Alpina, en la Era Terciaria, y duraría unos diez millones de años. Colisionó el borde meridional de la placa Eurasiática con el extremo septentrional de la Africana, entre las que se había interpuesto una especie de cuña, una microplaca africana o bloque de Alborán, desgajado con anterioridad. Se levantaron extensas cuencas sedimentarias del enorme mar de Thetis y los materiales de uno y otro frente al chocar se plegaron dando lugar, entre otras muchas formaciones, a las Cordilleras Béticas, un conjunto de montañas y valles que desde el golfo de Cádiz hasta el cabo de la Nao, en Valencia, ocupan sur y sudeste peninsular.
En particular, las tierras del sudeste almeriense suponen una excrecencia respecto de esas Cordilleras Béticas, un territorio posterior producido por emanaciones volcánicas de entre 15 y 7 millones de años, surgidas de una enorme falla al sur de la sierra de la Alhamilla, hasta donde llegaba el mar, por un vulcanismo submarino que hizo surgir los campos de Níjar y levantó a continuación, desde Atochares a Fernán Pérez, las montañas de la Serreta y la sierra del Hornillo, con dirección SO-NE. También la diagonal de la sierra de Gata, que va desde el mismo cabo hasta Rodalquilar, y prosigue con la pequeña sierra de la Higuera, todas ellas de escasa elevación.
En la zona de contacto entre ambas placas, localizada en la cordillera Bética, en las provincias de Málaga, Granada y Almería, todavía se producen fricciones que desencadenan movimientos sísmicos de suficiente consideración, no tanta como en anteriores siglos. Es frecuente encontrar a menudo huellas de esa actividad eruptiva.
La cadena costera magrebí, que se divisa en los días claros desde esta costa andaluza, aflora también con viejos materiales de dicha cuña, hermanos de los que constituyen las Sierras Penibéticas. Y el estrecho brazo de mar que las separa, el mar de Alborán, podría considerarse una especie de mar interior que baña ambas orillas.
Por todo lo dicho, podemos suponerlo un paisaje singular, único, excepcional en nuestro país, por otra parte tan sumamente variado en climas, paisajes, vegetación y costumbres. Es el territorio más árido de la península y de Europa, con unas condiciones de sequedad, escasez de lluvias e irregularidad en su distribución anual, similares a las regiones subdesérticas del Magreb y unos sistemas de la propiedad de la tierra predominantemente latifundistas. Solo así se puede explicar que haya permanecido prácticamente inalterado desde hace siglos.
Así pues, comienzo a andar. Me abandonado a las propuestas que surjan, sin excesiva planificación, la imprescindible: los trayectos básicos preparados, la distancia aproximada a recorrer cada jornada (modificable cuando la ocasión lo aconseje), algún alojamiento contactado de antemano y un poco de comida en la mochila, agua abundante y zumos.
No porto más que algún mapa general de la comarca, un somero trazado previo en el GPS por caminos y sendas próximas al litoral, esa es la única premisa que contemplo, la condición imprescindible, y alejarse lo mínimo del mar, cuando no haya otra opción. Me siento resguardado teniéndolo a mi lado, cubriéndome un flanco, aunque no esté pendiente de él ni lo contemple demasiado. Su frescor y su humedad, la posibilidad de descansar la vista y el ánimo en su contemplación, vigorizándolos, de refrescar mi cuerpo en sus aguas, me da la necesaria confianza, la seguridad de que transite por donde transite, exultante o agotado, siempre tendré a mano su apabullante belleza cambiante, su tónico de urgencias.
La primera lección que te enseña cualquier caminata o peregrinación es la de despojarte de lo innecesario, llevar lo estrictamente fundamental. Muchos componentes del equipaje tras ser acarreados varios días se revelan superfluos, más de lo que cabría considerar en un principio. Los pesos, aunque leves, sumados, terminarán resultando excesivos; su utilidad aparente, finamente escasa. Educados en la cultura de la opulencia y el despilfarro nos cuesta comprenderlo en un principio, pero acaba siendo una verdad aplastante, nunca mejor dicho.
Comienzan ya mis pies a arañar la tierra de estos secarrales que desde antiguo se conocen como Campus Spartarius, comprenden desde la bahía de Almería al Campo de Cartagena. Los romanos les dieron ese nombre por el predominio de las atochas que, aunque es la planta predominante, como ocurre en las dos Castillas y Andalucía, no es la única que abunda. Especímenes americanos más recientes, sobre todo mejicanos, vinieron a completar la definitiva imagen que conforma su apariencia.
Resultan válidas todavía las palabras escritas hace casi sesenta años por Juan Goytisolo, en el verano de 1957 durante los tres días en que recorrió a pie, autobús o cualquier otro vehículo que lo recogiera, la comarca en Campo de Níjar, en un libro que con ese mismo título hubo de publicar en Francia, donde se había exiliado, y no se editaría aquí hasta 1960 por Seix Barral: “Entre el Cabo de Gata y Garrucha media una distancia de casi un centenar de kilómetros de costa árida y salvaje, batida por el viento en invierno, y por el sol y el calor en verano, tan asombrosamente bella como desconocida. Hay acantilados, rocas, isletas y calas. La arena se escurre con suavidad entre los dedos y el mar azul invita continuamente al baño.
Los solitarios pueden acampar en ella sin riesgo. Los turistas que bajan por la nacional 340 no se aventuran nunca más allá de Garrucha. No se ven veraneantes del país y los raros forasteros que la visitan son franceses o americanos que desembarcan desde un yate (…) El proyecto de carretera costera se interrumpe al sur de Mojácar y, para llegar a los pueblos de la orilla –San José, Escuyos, La Isleta, Ermita de Rodalquilar, Las Negras, Aguas Amargas, Carboneras- se ha de tomar la comarcal del interior que comunica con ellos a través de una red de caminos que parten desde Níjar y el cruce de Rodalquilar como varillas de un abanico, alejándose unos de otros a medida que aumenta el radio de la distancia.” Habría que matizar únicamente que la carretera a la que alude y que también me ha traído a mí, es hoy una autovía, la A7.
