
Tiñoso significa miserable, tacaño, raquítico -si hemos de hacer caso al gran diccionario de doña María Moliner-, alude a los atacados de tiña, escamas, costras, caída de cabello. Por lo que pudiera ser que se refiriera a la miseria propia de estas tierras de cultivo difícil y recursos escasos, o a la enfermedad contagiosa de la piel, consecuencia de lo anterior. No lo sé. Sea cual sea la procedencia, encaro la subida a esa mole que suponen las cumbres del cabo Tiñoso.
Comienzo la andada tarde para lo que es mi costumbre, a las diez, después de acercarme desde una aldea próxima, Garifa. He dormido la pasada noche en una casa rural propiedad de Paco, el de los periódicos (regenta un kiosco en Cartagena), la compró hace muchos años, antes de que se pusiera de moda esta zona entre urbanitas cartageneros deseosos de encontrar fácil acceso a la playa de El Portús, y la ha arreglado últimamente para alquilar algunas dependencias. Su ayuda y consejos me resultarán inestimables en los próximos días, tanto es así que decido tomar su alojamiento como centro de operaciones para las tres siguientes etapas.
Se puede acometer la ascensión al cabo Tiñoso por la senda del GR 92 que parte de la torre de Santa Elena y va remontando progresivamente la cuerda hacia el Cabezo de la Panadera, estropeada en algunos tramos según me dicen. Eludo tal opción y me decido por la que tengo bien a la vista, enfrente, que nace en la rambla de la Azohía, de los barrancos del Campillo y del de las Nogueras, tras las últimas casas del poblado, y asciende frontalmente hacia las antenas del Centro Reemisor.
Comienzo unas etapas bien montañosas, con unas pendientes considerables para lo que han supuesto las anteriores. Hoy, por ejemplo, subiré desde el nivel mar, nunca mejor dicho, hasta los casi 400 m de la punta de La Picadera en un primer trecho, para después ir manteniendo la altitud y alcanzar el Cabezo del Atalayón y los Castillitos; finalizando la etapa, ascenderé nuevamente desde la cota 0, en cala Aguilar, hasta los casi 500 m, cercano a las cumbres de la sierra de La Muela. Mañana me espera el Puntal del Moco, cercano a los 400 m, y el Cerro de Roldán, que los sobrepasa. A partir de Cartagena aguarda la sierra de la Fausilla, que alcanza los 364 m en la Morra Alta y los 303 en el Monte de las Cenizas. Suponen ascensiones cortas pero duras, de mucha pendiente, un sube y baja rompepiernas, y, según parece, con temperaturas elevadas para esta época del año, pleno invierno. Pero bueno, poco a poco se ira haciendo aplicándome el sabio refrán: Subir como un viejo para llegar arriba como un joven.
A media altura, en un pequeño rellano del terreno encuentro una poza de baño de jabalíes, pero el barro está muy seco, cuarteado, se ha endurecido a consecuencia del tiempo que hace que no llueve. Además de ellos, estas montañas esconden tejones, ginetas, garduñas, comadrejas, zorros, gatos monteses, erizos morunos, conejos desde luego, e incluso camaleones en Tentegorra. Todos invisibles a mi paso, pero se adivinan porque dejan sus heces en medio del camino o sobre piedras destacadas para marcar sus territorios. Tambien sobrevuelan estos riscos diferentes especies de aves rapaces: halcones peregrinos, de ahí el nombre del cabo Falcón, azores (ambos muy apreciados siglos atrás en las cortes europeas), águilas reales y perdiceras, búho real.
Voy mirando atrás, abajo sería más propio decir, la línea costera que dejo, la playa de Chapineta, una gran cuchara de terreno que dibuja el arco con que se inicia el golfo de Mazarrón, enmarcado en sierras interiores y resaltes rocosos próximos. En una hora de acompasada subida por la umbría llego arriba, alcanzo un collado sobre el que transita la carretera que lleva a las antenas del cerro de los Siete Cucones, 379 m, donde se ubica el Centro Repetidor de Isla Plana, un puesto de vigilancia y un bunker.
Diviso, hacia el interior el Campillo de Adentro, una llanada amplia, un mundo aparte, una planicie entre mazacotes montañosos poblada de bancales de almendros. Eucaliptus sueltos, algarrobos, pinos, además de palmitos y chumberas.
Llegados a este punto creo conveniente recapitular, hacer repaso de las sierras que tengo transitadas: sierra de Gata, de la Cabrera, de la Almagrera, Lomo de Bas y de las Moreras. Son sierras de interior que ofrecen un paso litoral y muy de vez en cuando sorprenden con alguna pared enfrentada al oleaje, con un muro de contención, por lo general de pequeña altura. No alcanzan a evitar la llegada de la influencia marítima a las tierras del interior ni a obstruir su espléndida visión plateada, refrescante, en un entorno tan seco y caluroso como este.
Pero en los próximos días el panorama cambia, deberé añadir dos de mayor consideración, la de La Muela, que desde La Azohía llega a las mismas puertas de Cartagena, y la de la Fausilla, que naciendo frente a la isla de Escombreras me acercará hasta el mismo cabo de Palos. Son sierras de verdadera entidad, con alturas que sobrepasan frecuentemente los 300 m e incluso puntualmente los 500, sierras que caen a pico sobre el mar, jalonando el litoral de profundos entrantes y salientes, calas, espigones, radas, cabos y picachos, que han formado numerosos puertos naturales y, ocasionalmente, cuando las ramblas han arrastrado materiales suficientes, recónditas playitas entre imponentes farallones o bahías bien protegidas que han posibilitado el asentamiento de importantes civilizaciones desde la antigüedad y ciudades de consideración -Cartago Nova, Portus Magnus- para explotar y dar salida a las riquezas minerales que ofrecen.
Estas sierras costeras impiden el trazado de carreteras litorales paralelas a la costa, como sucedía anteriormente, obligan a buscar trazados interiores que recorran sus faldas, trazados sinuosos que se adentran sorteando los escarpes del terreno y solo puntualmente arriban a la orilla del mar.
Debajo, al sur, ahí delante, sestea Cabo Cope, cierto que su estructura y silueta vista desde esta lejanía puede resultar similar al mazacote que piso, pero es un cabo de mucha menor entidad, apenas supone una prominente elevación que se introduce en el mar. Ambos semejan animales que bajaron a abrevar de noche y, tras la aguada, quedaron adormecidos, petrificados en la orilla. Igual ocurre con el cerro de Águilas y otros tantos salientes y cabos que jalonan a trechos esta parte del litoral.
Llevo tiempo soñando este lugar, suponiendo el aspecto que tendrían estos altos, imaginando estas alturas, el espolón de cerros acantilados a unos cientos de metros sobre el nivel del mar, rodeados de agua casi por todos lados, mar adentro, bien adentro, enfrentados a los abismos marinos. Llevo vistas sierras de cimas encadenadas rematando en el agua, sus vertebras prominentes sobre el espinazo de la tierra hundiéndose en el agua como ríos de roca, quebrando sus peñascos en paredones de vértigo. Sierras que, no contentas con arañar el aire en altura y peinar las nubes que levanta la bruma mañanera, se recortan submarinas en una meseta de escarpes y roquedos que recuerda el jardín del edén.
Sierras que se erigen y atalayan como ancestrales vigías del territorio, por eso no hubo necesidad de levantar otras de fábrica humana por aquí. Sierras imponentes cuyas siluetas se imponen en el paisaje, se yerguen de soberbia belleza. Es la misma sensación que podría haber alcanzado sobre el Cabezo de Cope, aunque este cabo Tiñoso le supera con mucho en amplitud y magnificencia, que recuperaré sobre la sierra Helada de Benidorm, sobre el cabo de la Nao, o …
Mis escuetos pasos apenas alcanzan a rascar su lomo, como un insignificante parásito transito sus pilosidades vegetales de esparto y albardín, recorro su imponente lomo, sus vértebras de cerrillos que asciendo y bajo. Me siento ajeno y a la vez propio, integrante de este mundo apartado. Una collalba, con su desacostumbrado frac, negro brillante con cola blanca, me observa curiosa, salta de piedra en piedra alejándose en un corto vuelo según me aproximo.
Puestos a recapitular hago también repaso de hitos, de las referencias destacadas en el paisaje que me han acompañado durante varias etapas y me han ayudado a entretener el paso y la vista en momentos en los que parecía desfallecer. Comencé referenciándome con la torre de la Iglesia de Las Salinas, en la Almadraba de Monteleva; después los pezones oscuros de los Dos Frailes, junto a San José; siguió la chimenea de la petroquímica de Carboneras, pasada la Mesa de Roldán; más tarde usé cabo Cope y enseguida cabo Tiñoso, sobre cuya prominente joroba me encuentro. Avisto ahora, más que un nuevo saliente que sobresalga en altura dominando el horizonte, el final de la tierra emergida, un finisterre de bolsillo frente al recodo que forma la isla de Escombreras (con la visión de depósitos y grúas que la unen a tierra firme), alcanza a apreciarse la Punta de la Solana y el cabo del Agua, bajo las cumbres oscuras de la sierra de la Fausilla. Ese es el próximo referente a tener en cuenta, aunque de poco me servirá pues el accidentado relieve de entrantes y salientes, con sus continuos y profundos sube y baja, me lo ocultarán a menudo. También me puedo referenciar enfrente, mar adentro, dicen que en días claros se divisan las costas de Orán. Puede ser, pero hoy no es el caso.
Echo un vistazo grandioso. Hacia la derecha, al sur, alcanzo a distinguir la Mesa de Roldan y las cumbres de la sierra de la Cabrera, adelante, al norte, se queda más corta la mirada, pero se adivina el hueco en el que se esconde Cartagena, despuntan las baterías defensivas que la circundan.
Abajo, no puedo verlas, me las ocultan las montañas que piso, pero justo debajo en dirección al agua entre enormes espigones calizos, semioculta, se halla cala Cerrada, de difícil acceso por el interior, con un playita paradisiaca; un poco más adelante, cala Abierta. Más calas, puntas, arcos, grutas, oquedades dan paso enseguida a El Arco, a plomo bajo el pico de La Picadera, de 405 m, amplio y alto, permite el paso de una nave. Todo ello tuve ocasión de apreciarlo desde la embarcación en mis antiguos buceos. Y sobresaliendo, cabo Falcón, muy cerca de cabo Tiñoso.
Ya los fenicios, que serían los primeros en navegar estas aguas regularmente, conocían el ciclo reproductor de los atunes que migraban (desde el Círculo Polar Ártico al Mediterráneo) para aparearse y desovar en busca de aguas cálidas, de elevada salinidad y adecuadas corrientes marinas que movieran el esperma y propiciaran la óptima fecundación de los huevos. Calaban en el cabo, a poniente, bajo la torre de Santa Elena, un sistema de redes, la almadraba, que atrapaba a los inmensos pescados y los conducía a través de un laberinto hacía la superficie a un cerco cuadrado que formaban las barcas donde se les podía sacar con los cloques (unos ganchos o garfios específicos) en la llamada levantá. Eran los atunes de principios de primavera (desde marzo a junio) o atunes de ida o de derecho, de una carne excepcional por su textura grasa y su grosor. Los de retorno, por el contrario, llamados los de vuelta o de revés, vuelven más magros y enjutos, hambrientos, son menos apreciados. Se calan sus almadrabas por San Pedro y permanecen hasta finales de agosto.
Desde Huelva a Tortosa abundaban las almadrabas como todavía se puede rastrear en topónimos alusivos, a mi paso voy dando cuenta de ello. Se alude en un texto de Cavanilles de finales del XVIII a que quedaban ocho de ellas de Cartagena a Tortosa, en Murcia teníamos Cabo de Palos (de retorno), Escombreras, Calabardina, Cabo Cope y La Azohía. Así mismo Pascual Madoz en su diccionario, en 1850, comenta que la de La Azohía emplea a muchos hombres en dicha pesca del atún, el bonito, la melva y la lecha. Siendo tan duchos en ello que gobiernan las de la provincia de Almería y la de Conil (Cádiz) incluso, llegando a desplazarse en 1826 al Adriático, a Ragusa, a establecer almadrabas.
Se extraían y se extraen además espetones, pageles, meros, emperadores (llegué a sacar de estos fondos en una inmersión una punta de pez espada que les seccionaban al pescarlos) y otras especies más menudas, como el muy apreciado caramel de Cope y la célebre sardina de Águilas. La abundancia de toda esta rica fauna marítima esta favorecida por los desmontes de peñascos de estas laderas que caen al mar y lo quebrado del litoral que favorece la existencia de multitud de cavidades y escondrijos para la vida acuática, y en especial para protegerse los alevines.
Además hemos de tener en cuenta la existencia del escarpe submarino del golfo de Mazarróna unas doce millas de la costa, aunque frente al cabo apenas existe plataforma continental, es el escalón de transición de la zona litoral hasta las llanuras abisales, a unos 2500 m. Esta singularidad hace que se pase enseguida de 90 m de profundidad a 1.200 muy cerca del litoral, esta profundidad favorece el paso y consiguiente avistamiento de cetáceos (delfín mular y calderón común o ballena piloto), tortugas marinas y otros grandes pescados migratorios.
No sorprenderá entonces que factorías romanas de salazones jalonasen toda la costa sur y sudeste mediterránea siguiendo la ruta de los atunes. Después de capturarlos les quitaban las aletas, limpiaban la cabeza, los troceaban y golpeaban para que les penetrara bien la sal, alojándolos en piletas excavadas en la roca (las he visto en Los Escullos, por ejemplo, y las encontraré a menudo: junto a la Torre de la Horadada o en los llamados Baños de la Reina, junto al peñón de Ifach, etc.) y finalmente los envasaban en ánforas selladas con arcilla para su distribución. No hay que olvidar que los restos de la limpieza de los atunes, además de las tripas y vísceras, escamas y espinas inclusive, eran la base del apreciado garum, exquisita salsa elaborada en Hispania de cuya fabricación ya he hablado. De los atunes se apreciaba, y se aprecia, su ventresca en aceite, su mojama y sus huevas en salazón.
Se adivina sobre el terreno una línea recta que más adelante se concreta en los restos de una canalización de agua abandonada, proveniente de una fuente tal vez. Aparecen bosquecillos de pinos en las umbrías, a poniente, bajo las laderas de los picachos últimos que forman el cabo.
Una improvisada Dysneylandia aparece ante mi atónita mirada, almenas y las torretas de unos castilletes destacan sobre los roquedos del cabo, a casi 400 m. de altura. Es la batería de costa de Los Castillitos, presidida por dos cañones Vickers del calibre 381 mm, de 17 metros de tubo (fue necesario construir un muelle en La Azohía para poder traerlos), con proyectiles de acero perforante de 885 kg y un alcance de 35 o 40 km, que cruzaban sus fuegos con la batería del Monte de las Cenizas, cerca de Portman, que posee una dotación similar, y tendré ocasión de visitar en unos días.
Ambas se instalaron en 1930, durante la Dictadura de Primo de Rivera y la II República, para proteger la Base Naval de Cartagena, y fueron las más potentes de la costa española.Existen, además, varios emplazamientos próximos que también combinan su armamento: el Cabezo del Atalayón, 348 m, con El Jorel, sobre el Cabo Falcón. Más abajo de mi posición, sobre el mismísimo Cabo Tiñoso, veo un faro.
Abandono pronto todo ese delirio constructivo, ese Exín-Castillos de piedra que unos niños grandes -no otra cosa parecen los militares- montaron para nada. Me desprendo de esas imágenes tan kirsch que entretienen a numerosos turistas de domingo que campan por aquí, para afrontar el recorrido del amplio arco costero que me acercará hasta el Cabezo de la Aguja, en las faldas de la sierra de La Muela. Discurre una senda a media ladera, ascendiendo y descendiendo los resaltes que le propone el terreno, culebreando con suavidad los salientes que encuentra, como hará esa culebra, que encuentro tendida todo lo larga que es en medio del camino, cuando se active. Desgraciadamente ha elegido una zona en sombra, tardará.
Admiro esta costa tan recortada, lobulada en múltiples calas, ramblizos, lenguas de arena, playas vírgenes, abierta a una inmensa panorámica, un arco tremendo hasta donde la vista alcanza. Resguardado en él aparece un barco de recreo, un catamarán, y algo más allá tres cargueros a la espera de obtener permiso para entrar en el puerto de Cartagena.
Es abrupto el terreno, variado, accidentado en resaltes de calizas y dolomías, brillando los esquistos –son una variedad de pizarra- cuando les da el sol. Abunda el matorral de palmito, de espino negro y arto, los cornicales (se dan por aquí los mejor conservados del país), surge endémica alguna sabina de Cartagena, la exclusiva fuentea, los chumberillos de lobo. No resulta difícil dejarse absorber por esta belleza escueta, poco exuberante, pero muy variada en especies. Disfruto del primer pedazo de playa, Cala Salitrona, a ella llega desde el interior un camino recto, pudiera ser para transportar vagonetas, hay un puertecillo. Me relamo de gusto, como gato sus bigotes, al alcanzar la arena. No diré que un baño ni un remojón, pero si alcanzo a refrescarme rostro y cuello, llevo más de tres horas de sube y baja. Y un refrigerio cítrico. Sigo adelante, queda mucho por andar. Solo llevo tres horas y 10,5 km, un tercio del total.
Destaca nítido, a la vera del camino, El Cantalar, un hundimiento, un desplome de pedruscos que han abierto una considerable grieta en el terreno (como en Cerro Cortado, Percheles), aparece como un delirio de formas agudas y piedras diseminadas.
Vira el camino hacia el interior, se me pasa un desvío que lo devuelve a la orilla y sigo internándome hasta que me decido a encaminarme hacia un rebaño que pastorea un hombre. A pesar de venir ladrándome, se acercan zalameros tres perros jóvenes, que cuando me ven entablar conversación con su pastor me olisquean zalameros. Otros dos, de orejas y rabo recortados, más profesionales, guardan las distancias. Él es Pedro, pastor de cabras, camisa gorda y ropa abundante, aunque no suda. Charlamos sobre la sequía, me reconduce al buen camino. Pregunta si es mío alguno de los dos coches que ha visto aparcado cerca, en la carretera que lleva al Campillo de Adentro. Está en todo.
Caigo hasta la rambla que me sacará de nuevo a la orilla del mar, es la del Bolete, ancha y profunda, se adivinan pozas que darían para bañarse caso de contener agua. Una vegetación abundante la recorre, incluso adelfas arbóreas, cañas, tarais, romero blanco. Al final unas paredes de ocho o diez metros rematan la ruta y la abren a una playa de guijarros, indican la potencia de los arrastres, con muros rallados, muy erosionados, playa del Bolete Grande, protegida por un espigón de areniscas. Islita de Piedra Blanca enfrente.
Retomo la marcha, más adelante una profusión infrecuente de palmitos, sobre todo, y arbustos espinosos delata la existencia de una antigua fuente, ahora inexistente. Me cruzo con dos andarines por el Barranco de la Pistolera que vienen de cala Aguilar, dicen que me queda como tres cuartos de hora; urgido por la hora, lo haré en 25 minutos. Estoy preocupado porque aún me queda mucho tramo y se hace tarde.
Abandonado el cuartel del Bolete, casa de guardias, sito un poco más adelante. El sol descendente arranca preciosos colores de rocas rojas y amarillas sobre fondos verdosos, aguas que ya he visto en cuadros de Sorolla, pero no ando muy sobrado de tiempo para pararme a contemplarlo como me gustaría. Tropiezo con Kiko y su perra que van terminando una ruta circular, me reafirman en mi propósito de evitar la zona de la Trompa de Burro y me asegura que me caerá la noche encina; también me aconseja una variante para mañana en la salida, veremos. De momento voy a acabar lo que tengo entre manos.
Casa del Comandante, en realidad dos edificios en ruinas en el Collado de la Aguja. Desaconsejable seguir por la senda derecha, sobre el mar, una senda rompepiernas que recorre lo que se conoce como la Trompa del Burro; como me ha dicho mi anfitrión Paco, el de los periódicos. Cojo la de la izquierda, un camino militar bien definido, aunque comido por el desuso y la vegetación, seguramente ensanchado para acercar pertrechos militares, lleva al Cabezo Colorao, 486 m. Se me va empalagando la subida a la sierra de la Muela que, por los dolores que supone, parece más bien la del juicio. Mal momento, por los kilómetros que llevo y la fuerte pendiente. Llaneo un poco tras el collado y asciendo para por fin llegar a la Casa de la Muela, una finca de montaña, desde la que desciende un camino ancho -blanquea a la luz de la luna-. Acabo a la 19,00 h en la misma base, en la rambla de la Linterna, junto a la cadena que impide la subida a todo tipo de vehículos, es propiedad particular. Me aguarda Paco que muy solícito se ha ofrecido a venir a recogerme para quitarme algún kilómetro. La verdad es que lo agradezco en el alma, el día ha sido duro, de incesante sube y baja, nueve horas de ruta casi ininterrumpida.
Repaso mis anotaciones en la casa tras descansar un rato: constato que existen dos proyectos de puertos deportivos, uno cerca de la desembocadura de la rambla de Bocaoria, próxima a La Azohía, y el otro frente a la rambla Honda o del Cañar, que desemboca en Isla Plana. Supondrían una auténtica barbaridad para estos lugares todavía con un grado de conservación aceptable. Además apostar por los veleros y naves recreativas no tiene sentido, el Puerto de Mazarrón o Cartagena están a un paso.
Existe el reconocimiento de Espacio Natural Protegido, el de Zona de Especial Protección para las Aves en parte del recorrido de hoy. Existen múltiples figuras legales parciales, me pierdo en tantas nomenclaturas. Sería lógico pedir la creación de una Reserva Marina en Cabo Tiñoso y La Azohía que salvaguardaría y garantizaría convenientemente su promoción real.
Dejo para otra ocasión mi idea de rodear en kayak el cabo, desde la Azohía a El Portús; la visita al Lago Azul, accesible por un sifón a 4 m de profundidad, y a la cueva de Neptuno o de la Virgen, en un lateral de cala Aguilar. Recuerdo bucear la cueva de la Virgen (llamada así por una imagen de ella sobre un pilar que colocaron los buzos del CBA): accedíamos a su boca ancha a unos 15 o 16 m de profundidad, tenía cavidades en el techo como burbujas rocosas que permitían salir a respirar sin regulador, se apreciaban estalagmitas y estalactitas, un corredor de unos cinco metros conducía a un pequeño lago dentro de la montaña, que se podía alcanzar también andando desde tierra.
martes 2 enero 2018









