
Desayuno en la Venta Ramírez (y Josefina), donde cené anoche un bocadillo de atún con tomate y unas aceitunas partías, con hierbas del terreno. Es bar, restaurante, colmado, tienda, tiene los parroquianos fijos de los alrededores, se disfruta de charlas abiertas, colectivas, en las que cualquiera puede entrar, asentir o gesticular con la cabeza cuando le convenga. Supone un centro social de ambiente cálido y acogedor.
Bajo desde Galifa, palabra de inequívocas resonancias árabes que significa campo entre montañas, el lugar donde he pernoctado, por la carretera que aprovecha una profunda rambla excavada en tierra blanda, con paredes de más de una decena de metros, hasta la misma playa de El Portús, una pequeña concha sobre cuyas laderas se apiñan unas pocas casas, una ermita más arriba y un cuartel de la guardia civil clausurado. Recordaba una playa de pedregosa, de cantos gruesos redondeados, una playa arisca, ahora es de arena y piedrecitas pequeñas. Atravieso las rocas que la separan de otra playita, la de la Morena, que se encuentra justo al final de la rambla y viene a ser, aunque no oficialmente si de hecho, la playa del camping nudista existente allí desde antiguo.
Está encajado El Portús entre la sierra de la Muela y el Cabezo de Roldán. En el XVI y XVII se instalaban allí los atalayeros municipales para avisar mediante fogatas nocturnas o ahumadas de día, de la llegada de barcos piratas. Suponía un fondo de saco, un bol en el que los pescadores de La Azohía calaban las redes para volver al día siguiente a recoger las capturas.
El proyecto de defensa del litoral de Juan Bautista Antonelli para Felipe II preveía la construcción de dos torres, en la punta de Calnegre y en la ensenada del Portús. El Concejo de julio de 1601 acordó levantarlas de 16,29 m de diámetro y 12,53 de altura, con muros de 3,34 m de grosor, similares a la de El Estacio en la boca de La Manga. La obra no se iniciaba y los ataques piratas arreciaban, según carta del Concejo al marqués de los Vélez en enero de 1602, y nueva petición, en este caso al corregidor Gonzalo de Ulloa, en la primavera de 1608. Se deja el asunto y hasta un informe sobre torres costeras de 1791, no se vuelve a tratar el asunto, proponiéndose una en la Punta del Moco, junto a la playa, de cuatro cañones y 20 hombres de dotación. No hay rastro de ella en la subida ni arriba; no así en la Punta de Calnegre donde recuerdo haber descubierto muy a ras de tierra restos de su cimentación en cuadrícula en el Morro de la Perdiz.
Sé que el GR 92, que es la vía básica por la que me oriento, remonta en su trazado hacia el interior casi dos kilómetros en dirección a la aldea de Las Escarihuelas (la palabra ya me está indicando una subida escalonada) y de ahí, en dirección norte, sube hasta el Cabezo de la Estrella. Pero, aconsejado por Kiko ayer, decido tomar una senda casi inexistente desde la Punta del Moco en el mismo borde del agua, que asciende por la cuerda con unas vistas mucho más interesantes. La senda apenas se adivina por el desgaste de las piedras que ha producido el paso de algunos caminantes, solo algunas marcas de pinturas diversas muy desgastadas acuden en mi ayuda en los puntos más controvertidos, suficiente para no perderla y para eludir algún cortado de imposible paso.
A medida que asciendo voy apreciando todas las dependencias del camping, las zonas ganadas a la montaña, alcanza unas dimensiones importantes. También destaca el agujero en el terreno que supone este pequeño rellano de El Portús abierto por la rambla, una pintoresca oquedad entre escarpadas montañas. Enfrente diviso la silueta del tetón del Collao Colorao y la tabla de piedra de la cima de La Muela, escenario de la pelea de ayer. Surge a mi izquierda, un poco más adelante del litoral, la isla de las Palomas, apenas unas cuantas rocas, referencia desde la que se llega al buceo de la cueva de la Virgen. El creciente esfuerzo me obliga a aligerarme de ropa, voy destilando un más que apreciable olor a sudor.
Punta del Moco (389 m), una hora de camino, parada para comerme una naranja. Desciendo a la búsqueda del GR que me acompaña en un pequeño trecho, después se encamina virando hacia la izquierda hacia aldeas del interior (Tentegorra, Los Garcías y El Rosalar), buscando llegar a Cartagena obviando esa porción de litoral que hay frente al Cabezo de Roldán. Empiezo a encontrar ruteros, también gente que ha subido al collado de Roldán por un camino ancho para coches de fácil acceso que viene de esas poblaciones.
La superficie del mar aparece muy planita hasta el faro, se abre una espléndida perspectiva, veo bien cerca tres cargueros, buques mercantes fondeados enfrente, se distinguen casi las figuras humanas, ya aguardaban ayer, antes de entrar en puerto solicitan que les sea asignado un espacio donde esperar unos días. La claridad de las aguas me indica que ya no practican la funesta costumbre de aprovechar la moratoria para limpiar las sentinas, no se aprecian manchas de galipote, el chapapote de los petroleros, en las rocas litorales.
La senda discurre a media altura perimetrando un anfiteatro natural que se forma bajo la peña de Roldán, en el paraje de Los Hundidos. Por aquí se huele el agua subterránea aunque no aparezcan fuentes, comparado con el territorio transitado ayer, este es un vergel, los palmitos y toda su compañía de arbustos espinosos tapizan el suelo, que casi no se ve, algunos incluso se atreven a florecer. Surgen frecuentes pinadas, con algunos árboles completamente secos y, en contraste, otros con un verde lustroso, carnoso, en sus agujas, los más fuertes cuyas raíces son más profundas o afortunadas.
Me deleito a la vista de esta pasarela natural, un espectacular anfiteatro que no ha de ofrecer obra teatral alguna salvo la grandeza de su contundente belleza natural. A media ladera recorreré la senda este graderío imponente, lo que parece un olla (una caldera que diríamos si estuviésemos en Canarias), una balconada en altura sobre la avenida principal, una pasarela de ensueño sobre bruscas laderas, cortados y acantilados que se recortan sobre el brillante telón del fondo marino.

Aparecen poco excavados, insinuados apenas, barrancos que no llegan a ser profundos ni sombríos, tajaduras del terreno que lluvias estacionales han ido marcando. Calor, sudor, los noticiarios hablaban esta mañana de máximas de 12 o 13 grados, pero es fácil que a esta hora, con el sol encaramado en todo lo alto, se sobrepasen los 15. Precisaré, cuando haya ocasión, un baño refrescante. Encuentro entre las grietas de unos peñascos una toalla escondida que me viene al pelo –una casualidad más de las muchas que me depara el camino-, puede ser un olvido reciente de alguno de los corredores que me adelantan, la cuelgo pues bien visible en el asa de la mochila, por si se me cruzarme con su despistado dueño.
Se va cerrando peligrosamente la vegetación sobre la senda, he preguntado a otro andarín para cerciorarme de que voy bien, me indica una senda que se bifurca más adelante, llegado a un pino grande, que me bajará hasta la playa. Diviso el hueco entre montañas donde adivino debe encontrarse la única porción de arena existente desde El Portús hasta las instalaciones portuarias de Algameca, a las afueras de Cartagena. Me llama el baño, huelo el agua, la bajada en algunos tramos es abrupta, resulta fácil escurrirse en la tierra suelta, he de ir frenándome con el consiguiente dolor de músculos de las piernas cuya existencia desconocía (asimilo nuevas nociones de anatomía pues). Playa de Fatares, al fin, ahí abajo.
Llego sobre las 13 h al primer tramo de una playa muy colmatada de algas, el olor penetrante de su descomposición no me desagrada, al contrario, hay suciedad de despojos varios que el mar rechaza, basuras variadas. Surge después otra zona arenosa que ofrece buenas condiciones para el baño, parece muy solitaria, intransitada, por la falta de huellas en la arena. Si su acceso fuera sencillo lo sería más, aún así descubro algunas huellas de trasiego. Supone unos 200 m, es precioso, llego hasta el fondo, al final mismo de la playa, a una pared formada por rocas verdes, lilas, rojas, con algo de sombra que aprovecho.
Me despojo de la ropa sudada, la tiendo sobre picos de la pared para que se oree. Sorteando los peñascos del agua, me meto unos metros hasta la rodilla, desisto de sumergirme, como era mi primera y acuciante intención, pero no de lavarme hasta el fondo mismo de los bolsillos del alma, parece que elimino algo del sudor acumulado, olía a tigre.
Reclinado sobre un pedrusco a la sombra me preparo un bocadillo con un trozo de pan de ayer y algo de fiambre que queda, me sabe a gloria bendita. Analizo la cara opuesta del desvanecimiento, la instantánea subida de energía que inmediatamente mi organismo aprecia. Desaparece la fatiga como por ensalmo -ahora lo entiendo, era desnutrición- que venía soportando en el último tramo, desde hace unos kilómetros. Una de las cosas que mejor noto en estas caminatas es el efecto inmediato de ingerir algo de comida, aunque sea una simple mandarina, una pera, parece como si hubiese cambiado alguna pila. Lanzo trozos de pan sobrante, desparejado de contenido, al agua para que aproveche a las criaturas de la orilla, pero las olas juguetonas los retornan a la orilla, lanzo más lejos entonces y parece que permanecen hasta que, al cabo de un rato, empapadas, se hunden. Seguro que no se desperdician.
Aunque frecuento compañeros de viaje variados en mis recurrentes andadas, las más de las veces mayores que yo o, incluso, fallecidos, -lo que no es óbice para tratarnos, como el alocado culo inquieto B. Chatwin, o el hoy tan de moda H.D. Thoreau y otros de similar catadura-, he optado esta vez, en estas etapas montañosas y barranqueras, por otro más próximo, coetáneo incluso, Antonio, al que llevo mucho tiempo tratando y cuyas estancias en la isla de Ibiza puede guardar cierta similitud con estos paisajes penibéticos que me ocupan. Es la ventaja que tienen los amigos literarios, son transportables, están dispuestos a comparecer en cualquier momento que se les requiera, son ubicuos.
Sus elevados comentarios, aunque llenos de sencillez, emparentan con domésticas reflexiones que yo me vengo haciendo desde hace tiempo. Llevamos días charlando de multitud de cuestiones, la mayoría de las veces de carácter espiritual o filosófico, con el apoyo de la poesía paisajística que derrama en su Tratado de Armonía.
Relajado sobre la arena. Vienen a cuento entonces esas palabras de Antonio Colinas:
El ejemplo de los animales –los perros, los gatos- concediéndose siempre tiempo para la abstracción y el olvido. Ellos, periódicamente, recuperan su unidad manteniendo cerrados los ojos y, sobre todo, adoptando posturas lentas y cómodas que evitan la tensión. Al recostarse, observamos con que amor adaptan sus cuerpos a la tierra, a las formas de esta; con que sensibilidad buscan la tibieza de la arena o la piedra, la placidez de la sombra o de sol más dulces.
Ahormo pues la arena y las piedrecillas a la forma de mi cuerpo para tumbarme a descansar. Pica el sol, he de esconder la cabeza en la zona sombreada, me recuesto como un marajá. Imagino que la embarcación de ahí delante -una sencilla de recreo de 8 o 10 m estacionada frente a mí en la que pululan dos figuras vacacionales- fuese uno de esos grandes yates que tengo vistos en los puertos deportivos, de varios pisos, con tripulación y camareros sirviendo cócteles y aperitivos, esas que parecen naves espaciales y les falta puerto para estacionar. Imagino, pero no envidio ni deseo, no me cambiaría por ningún jeque ni potentado echando barriga sobre las tumbonas de su cubierta. No ambiciono nada de eso, veo más factible que -a la vista de mi atractiva y desocupada agenda personal- me envidiarían ellos a mí.
Así pues, yazgo plácido, respiro profundo, me dejo caer abajo, más abajo de lo que la arena permite, me hundo empapado de este entorno celestial. Entretengo mi gozo analizando el ruido que produce el mar, intentando descifrar el contenido exacto de su melodía, su contenido preciso. Aprecio el salpicado y el chapaleo del agua contra las rocas y los pedruscos que sobresalen en la orilla, redondeados la mayoría. Destaca, en primer lugar, el campanilleo juguetón de la espumilla, de los últimos regatos que llegan a la arena. Tras él noto el ruido del oleaje, de unas olitas, que aunque apenas se levantan –protegidas en este golfo-, suenan lo necesario y aguadas delatan una grifería marítima precisa e insistente, que debe aparecer de modo similar en las orillas de los lagos, en los ríos de aguas mansas, supongo (no me he parado a estudiarlo en detalle). Al fondo, debajo de todo, menos perceptible, resuena el rumor ronco, gutural, submarino, que parece provenir del fondo mismo de los océanos, de las profundidades, un eco grave entrechocando, arrastrándose por kilómetros de fondos hasta aquí mismo diluido, resquebrajado.
Tras esos instantes de plenitud y sosiego, cuya duración no acierto a suponer, pero de un calado tremendo, voy incorporándome lentamente, pausado, para no desprender el beneficio y la sabiduría alcanzada.
No son las tres todavía cuando recojo mis pertrechos y me encamino al encuentro de una senda que he visto insinuada apenas en la loma que divide las dos calas, los dos lóbulos de esta bendita playa de Fatares. Es empinada, muy vertical, supondrá, espero, el último gran esfuerzo del día.

Tres cuartos de hora después alcanzo a 220 m de altitud un collado, el paisaje cambia radicalmente al otro lado, surgen pinedas detrás, bosquecillos; a poniente. Arranca una senda hacia la derecha que debe llegar hasta la batería de La Torrosa, hay una calita debajo con una islita enfrente unida con un tómbolo a ella. Después tendría que salir por La Parajola, que antecede al acuartelamiento de Algameca Grande, donde está radicado el CBA (Centro de Buceo de la Armada), pero desisto porque terminaría adentrándome demasiado en zona militar. A la izquierda otra encamina a las inmediaciones de Collado Roldán, para rodearlo a media altura y bajar por un camino ancho hasta la carretera de Tentegorra y Los Garcías. Queda una tercera opción, que es la que elijo, la senda que se apunta al frente, más o menos visible a tramos, que por una vaguada desciende hacia las inmediaciones de Cartagena.

Bien abajo ya, encuentro una cerca, unas tiras horizontales de alambre espinoso a diferentes alturas. Sigo por fuera hasta que la vegetación me impide continuar, decido entonces cruzarla y proseguir por dentro, por lo que debe ser el camino de la ronda que los guardias que recorrerían o recorren el acuartelamiento. Termino llegado a un hueco abierto en la valla, una puerta (lo cual me legitima para andar por aquí, porque si está franca la salida también lo es la entrada), con un camino de tierra bien arreglado, apto para vehículos, que sigue descendiendo. Abajo termino cayendo dentro del cuartel -lo esperaba-, voy encontrando edificios varios sombreados de pinos: almacenes, oficinas, dependencias varias unidas por calles asfaltadas, limpias, desiertas. Parece vacío el acuartelamiento, un pueblo fantasma en medio del bosque, escenario idóneo para una película yanqui de invasiones o de extraterrestres, pero se alcanzan a oír voces a lo lejos. Llego a la zona de polvorines, según rezan algunos carteles, y luego a otra de tiro -¡horror!- y nose ve ni dios por aquí -¡qué desprotección-
Alcanza a llegarme el ruido de un motor, de una maquina, unas voces difusas entremedias, al otro lado de la vaguada. Me acerco con intención de preguntar por la salida, pero quedan más allá, según parece. Sigo en dirección al interior, remontando la rambla, hacia donde calculo que debe estar la vía de escape. Van apareciendo dependencias más modernas, con otra factura, casas de un amarillo-verdoso. A la derecha aprecio la elevación de lo que ha de ser el cerro de Galeras, con el castillo del mismo nombre, flanquea por el lado sur el puerto de Cartagena. En el otro lado de la bocana, encarándole, a casi 330 m. de altitud se levanta el castillo de San Julián, son dos guardianes adelantados que protegen la ciudad.
Llego a una garita acristalada en medio de lo que parece la carretera de entrada, parece un antiguo cuerpo de guardia abandonado. Tercio de Levante, reza un cartel. Sé que estoy en la carreta, al final de la Rambla de Benipila. Alcanzo, ahora sí, lo que debe ser el cuerpo de guardia actual, con barreras de paso y un soldado dentro. Tiene la cabeza agachada, quizás mirando su teléfono móvil, por lo que no me cuesta salir con absoluta tranquilidad, volver y hacer como que llego desde fuera, para preguntarle si voy bien para el barrio de la Concepción, en las afueras de Cartagena. El soldado Y (no quiero comprometer su reputación) me indica que en unos dos kilómetros alcanzo el puente que da entrada a él. ¡Por lo que íbamos diciendo de desprotección!
Pregunto en las instalaciones portuarias, afuera ya, desmilitarizado mi trayecto, en Algameca Chica, por la proximidad de un bar o restaurante para repostar, el agua se me acabó hace rato, en el collado creo, me dicen que un poco más adelante encontraré algo. Llego a una zona ajardinada con aparcamiento y parque infantil que lo delata y comienzo a salivar (vengo desarrollando una sed específica de limonada hoy, de limonada fresca, fresca, desde…). Resulta ser el Club Naval de Suboficiales, chasco. No me atrevo a intentarlo con esta pinta que llevo, aunque llegué a se cabo en la mili.
Continuo a lo largo de esa larga recta asfaltada que parece no tener fin, arrastrando la vista en pos de su final. Lo logro por fin y hay un kiosco salvador en la plaza, junto al puente, tiene algunas mesas bajo toldo. Descargo mis pertrechos, resoplo, respiro y pido. Limón, por favor (aunque contiene más burbujas y azúcar que otra cosa) en un vaso grande y…
— Mucho hielo -quiere adivinar la camarera.
–No, una cerveza también- se ha puesto de moda esta mezcla y hoy voy a conocerla.
No puedo evitar escuchar la conversación de la chica, Celia, con una clienta sobre sus continuos dolores de espalda. Está operada de la comuna y se sobrecargan mucho sus cervicales con los esfuerzos y la tensión del trabajo. Una vez bebido y descansado, samaritano comprensivo le ofrezco, en reciprocidad, mi pomada milagrosa multiusos, multialivios. Acepta y apunta el nombre. Me narra su rosario de penalidades infantiles de corsés, burlas de compañeras (ahora hay que decirlo en inglés), rehabilitaciones descuidadas e intentos de practicar Jiu-Jitsu -¡horror!- para acabar con una arriesgada operación. Le recomiendo que pruebe el yoga, no es brusco y seguro que además la centra y apacigua un poco, parece que lo va a considerar.
Llega Paco con su coche a recogerme y volvemos a Galifa. Ducha, cena y cama.
Releo algunos pasajes del Tratado de armonía donde resume Antonio Colinas gran parte de los conocimientos que le aportan sus muchas y selectas lecturas y la experiencia que años de profundas vivencias que le ha granjeado, atreviéndose a enunciar unos principios básicos, unas verdades -osa llamarlas así- que conforman su receta para la felicidad. Vienen a suponer un menú de platos nada sofisticados, básicos pero contundentes, lejos de las teorías y conocimientos huecos e inútiles que inundan libros de autoayuda, ateniéndose a unas cuantas verdades evidentes. A saber:
No hay preocuparse de nada, en exceso quiere decir, ocuparse si pero no acumular preocupaciones vanas (todas, a la larga, lo son).
Gozar el instante, cambiaría el verbo por saborear, me parece que quita grados y explosividad pasajera.
Amar la calma y la libertad, trabajárselas diría yo, resulta un presente continuo más apropiado, un logro seguido y conseguido.
Imitar a la naturaleza, dejarse guiar por su ancestral sabiduría, vivir aprendiendo del ejemplo que brinda en todo momento.
Respirar plena y conscientemente, o lo que es lo mismo meditar, arraigar el yo a cada instante vital, ser consciente testigo de la vida.
No recuerdo de qué novela o en boca de qué personaje pone Balzac, un autor más prosaico y circunscrito a la realidad, menos poético y filosófico, su particular receta para el logro de la felicidad. Viene a reducir el asunto a tres puntos: gozar de buena salud, no padecer grandes males ni molestos dolores; asegurarse buenos alimentos y buena bebida; y por último, pero no menos importante –incluso lo que más- ser un poco bobo, ser tonto. Esto último es lo que me resulta más admirable, lo que llama mi atención. Y tiene razón, cada vez lo entiendo mejor. No se puede controlar todo lo que nos sucede ni manejar todas las acechanzas; es más, la mayor parte de la vida no depende de nosotros. Hay que aprender a eludir, a hacerse el loco, dejarse resbalar por la rampa de nuestra indiferencia cuando convenga, sobre todo en aquellos asuntos que amenacen con hundirnos. Para poder centrarse en lo que de verdad importa.

miércoles 3 enero 2018

