Cartagena, la antigua Carthago Nova, se ubicó en un emplazamiento privilegiado, su enclave en medio de una costa muy recortada, entre montañas de considerable altitud, a resguardo de los vientos de levante y de poniente, así como de los temporales marítimos, que la defendían con facilidad. Surge una enorme y profunda bahía en cuyo centro se recorta una península rodeada de lagunas, actualmente desecadas en su mayor parte, y coronada, no por siete colinas como la Roma clásica, sino por cinco, partiendo desde el norte, hacia el interior, en el sentido de las agujas del reloj: la de Cronos, hoy Monte Sacro, de 47 m; la de Aletes, Cerro de San José, 45 m; la de Asklepios o Hepahaistos, cerro de Despeñaperros, 54 m; la de Esculapio, hoy cerro de Concepción, con el castillo del mismo nombre, 68 m, a un lado quedaba el anfiteatro romano (la Plaza de Toros se construyó sobre él, cuatro metros por encima) y a otro el teatro, junto a la actual Catedral, restaurado y visitable; y finalmente la de Ars Asdrubalis o cerro del Molinete, de 36 m, junto al Arsenal Militar, sobre su falda se ubicaron las termas romanas.
Además es posible completar este panorama defensivo extramuros con el Cabezo de los Moros, sobre el que se construyó posteriormente otro castillo;
Se han descubierto restos del decumano máximo, calle principal junto al cardo que lo cruzaba perpendicularmente, que permiten situar el foro o plaza principal en la actual glorieta de San Francisco, en ella se encontraban los edificios más importantes de la ciudad: la curia, sede de magistrados y senadores, la basílica, donde se impartía justicia, el archivo y el templo capitolino.
Parece que fueron los mastienos, una tribu íbera, los primeros ocupantes de parte del actual litoral murciano y fundaron la ciudad, cuestión que arqueológicamente no se ha podido comprobar todavía, enterrados sus escombros sobre restos púnicos y romanos, dándole el nombre de Mastia. Arribaron después los fenicios en el siglo VII a C, Asdrubal, caudillo cartaginés fundó la ciudad en 223 a C llamándola Quart Hadas (Ciudad Nueva). Siguieron los romanos, Escipión la conquisto en 209 a C renombrándola Carthago Nova y haciéndola capital de la Hispania Citerior. La ocuparon los bizantinos a mediados del siglo VI d C, quedan restos de sus murallas. Los árabes la denominaron Quartayanna al Halfa hasta que la reconquistó Fernando III en 1245. Pasa al reino de Castilla con los Reyes Católicos definitivamente en 1503.

Visito el castillo de la Concepción que se ubica en el Parque Torres ocupando la colina de Esculapio romana, hoy cerro de la Concepción. Aparece muy restaurado, fue construido por Alfonso X El Sabio sobre restos del alcázar musulmán con piedra del teatro romano y otros restos medievales, se amplió en el XVII y fue abandonado en el XVIII para restaurarse en el presente siglo, primero la torre, de imponentes proporciones, y posteriormente el conjunto de las demás dependencias.

Voy dejando atrás la industriosa ciudad por la calle Real, bordeando el Arsenal, el puerto Deportivo, el modernísimo edificio del Museo Nacional de Arqueología Submarina ARQUA (aloja el tesoro de La Mercedes rescatado por un cazatesoros yanqui en aguas de Florida y por las autoridades españolas en los tribunales), el Puerto Pesquero y el Puerto Comercial que llega hasta el muelle de San Pedro, por el GR 92 que coincide con la carretera de la costa. Alcanzo los baluartes de la Punta de Santa Ana, hoy abandonados; queda a la izquierda, arriba el castillo de San Julián.
A unos cuatro kilómetros de Cartagena encuentro una playa de arena gruesa, cala Cortina, supone un pequeño respiro entre tanta visión industriosa. Sigue el barrio y el morro de Trincabotijas y unos túneles que salvan la Punta del Gate y dan acceso a la Dársena de Escombreras. Esta tremenda zona industrial se encuentra al final de una amplia rambla rodeada, como Cartagena, por una corona de picos entre los 200 y los 300 m, empezando por el de San Julián, el cerro de la Campana y Los Aguilones (que inician la sierra litoral de La Fausilla).

Aquí se instaló la primera refinería de petróleo de España a mediados del pasado siglo, fue creciendo hasta desbordar la bahía de polígonos industriales, centrales térmicas, fábrica de explosivos, etc. adentrándose muchos kilómetros en la rambla de Escombreras y el barranco del Charco e invadiendo incluso el valle tras la sierra de La Fausilla (donde se instalaron vertederos y plantas transformadoras de residuos) por todo lo cual el actual complejo petroquímico recibe un intenso tráfico marítimo. La dársena tiene una profundidad de 25 m lo permite la llegada de buques de gran capacidad.
En la cima de la isla de Escombreras, que asciende 60 m sobre el nivel del mar, levantaron los griegos un templo a Hércules. Los romanos fueron quienes le dieron el nombre de Scombraria, derivación del latín scomber scombrus, nombre latino de la caballa, uno de los peces más representativos de nuestro litoral, base de su famoso garum (salsa que combina despojos de atún con pescado azul de pequeño tamaño y salmuera expuesto al sol durante dos meses), condimento ideal y también, según Galeno, mezclado con agua, vino o aceite, un tónico muy adecuado para combatir la anemia. Plinio recomendaba específicamente el de las pesquerías de Cartagena.
Fenicios y griegos habitaron la isla. Sobre la Punta de los Aguilones, al este, se descubrió una necrópolis romana y restos del poblado primitivo: piletas, pavimentos de cal, cerámica y ánforas de salazones, indican que se producía garum y hablan de su intensa actividad comercial durante los siglos I y II d.C. Acaso la colonia griega citada por Estrabón. En sus fondos marinos se inaugura la arqueología submarina en España con la expedición del capitán de navío Juan J. Jáuregui, en 1947, hallándose ánforas, lingotes de plomo, cerámicas, etc. posteriormente, en 1961, en nuevas inmersiones aparecería el pecio de El Capitán, barco romano de época republicana, año 119 d. C., hundido a 28 m. de profundidad.
Circundo por el interior la Refinería de petróleo cuyos muelles llegan a enlazar con la propia isla, estoy frente a ella, llego hasta la Central Térmica, he de rodear nuevas dependencias de la refinería, decenas de depósitos esféricos alineados en formación, buscando un camino entre ellos que me permita ascender a la cordillera litoral. No lo hay, las sucesivas vallas impiden el paso. Aparece un oleoducto, cruzo el barranco del Charco y todo el valle de Escombreras, colmados de instalaciones petroquímicas, hasta alcanzar la comarcal MU-320 que conduce a La Unión y Portman. Espero lograr el acceso a la Bateria de los Aguilones y la de los Conejos, sobre el cabo del Agua, donde vira mucho la línea de costa a la izquierda, pero es imposible.
Avanzo tierra adentro en busca de ese paso. Un cartel grande anuncia el Vertedero de Rechazos procedentes del tratamiento de Recuperación y Valorización y Compostaje de RSU (residuos sólidos urbanos), que forma tan pedante y extensa de decir simplemente “basura”, y otro Tratamiento y Fermentación: Compost.

Por fin encuentro un camino ancho de tierra junto al vertedero, en el que rebuscan gaviotas y garcetas bueyeras, que conduce hacia los Picos de Barrionuevo, un rosario de montes que superan los 300 m, siendo el más prominente la Morra Alta de 364. Me conduce, a través de los restos de unos pinos quemados hace tiempo y otros regenerados o replantados, hasta una vaguada desde la que tengo una preciosa panorámica de la cala del Gorguel. A la derecha aparecen casi 30 jaulas circulares de cultivo de lubinas. Deshago lo andado hasta la carretera, continuo hasta un alto conocido como Casa de la Escuela, enseguida sale el camino ancho que lleva a la cala. Jalonado de construcciones mineras derruidas y un merendero, Casa de San Joaquín, se pueden ver balsas, torres, incluso un puente de tres ojos en pie que atravieso.
Al final de la Rambla del Arenque, encajada entre tierras de múltiples colores y tonalidades, asoman los penachos de hojas de unas esbeltas palmeras asociadas, conforme me acerco lo puedo apreciar, con múltiples palmitos y espinos negros, un vergel con el mar de fondo enmarcándolo (me recuerda la cala de Toros, cerca de la Isleta del Moro, pero esta mucho mayor), un paraíso entre tanta sequedad: el Gorguel.
Lo recorro a placer, de un lado y otro, debe de haber llovido un poco porque se ha convertido en barro violáceo el tapiz de polvo y tierra que la cubre, residuos de minería, con algunos manchones amarillos que brillan al sol. Observo construcciones de tapial antiguas, casutas muy viejas, apuntaladas o ensanchadas con estacas y tablas a poniente. Destaca una charca estacional rodeada de eneas y cañas, un grueso taray añoso con la cruz baja y muchos brazos. Arriba, a media ladera, debajo del Cabezo del Algibe, lo que parece ser un cuartel abandonado.
La playa tiene casi un kilómetro de larga por 200 m de ancha, desaguan a ella 6 o 7 barrancos desde el anfiteatro que forma, en eso me recuerda a la cala de San Pedro en Las Negras. En el otro extremo se alinean casutas de apariencia provisional que se han hecho estables, de paredes endebles y palos, poco más que chamizos en los que poder dormir en verano tejados con chapas, con depósitos de agua encima. Construcciones precarias seguramente ilegales.

Me cuenta mi amigo Juan Roldán que hace décadas, en su juventud, venían a bañarse aquí las niñas de los oficiales y suboficiales, las traían en lanchas o barcos desde Cartagena, nada menos. Me habla del proyecto de construir aquí, en el Gorguel, gran muelle para contenedores de España, a la manera del de Rotterdam o Hamburgo, los mayores de Europa. Sería un irreparable desastre para esta zona declarada LIC (Lugar de Interés Comunitario) de casi 800 hectáreas, que abarca desde Escombreras hasta pasado el Monte de las Cenizas, la isla de la Manceba -y aún podría enlazar con el Parque Natural de Calblanque-.
Rechazo la idea de darme un baño, un baño contaminante, demasiados estériles procedentes de las antiguas minas. Aunque eso no es óbice para colocar enfrente unas cuantas jaulas circulares, criaderos de lubinas. Imagino que tendrán todas las garantías sanitarias pero yo preferiría salmonetes, un suponer.
Salgo de este paradisíaco enclave que es la playa del Gorguel por la rambla que lo forma, llamada del Arenque, regreso a la carretera, hacia el interior, gracias a un atajo que me deja cerca de la curva que precede a la playa de la Cola de Caballo, me detengo un rato a contemplar como ascienden unas nubecillas desde el mar lamiendo los roquedos y las crestas, como enjuagan con su vapor las pilosidades vegetales de los pinos.
Un poco más adelante vislumbro ahí abajo el pueblo, el antiguo Portus Magnus romano, un poblado fantasma hoy, un conjunto de casas bajas retranqueadas casi un kilómetro tierra adentro de las que parece haber huido el mar. Antes de llegar hay carteles que anuncian el proyecto cuatrienal de la Comunidad Europea de regeneración de su bahía. Los residuos y las escorias minerales de las antiguas minas de hierro explotadas durante siglos (y aún durante el XIX se conocería una última fiebre minera con el oro), todos los vertidos resultantes, fueron arrojados a la playa y la colmataron, la rellenando de estériles contaminantes hasta alejar la costa de su emplazamiento original. Vengo leyendo en periódicos nacionales desde hace años las denuncias de ecologistas sobre el elevado grado de contaminación que tiene esta bahía, llegó a tener el dudoso honor de ser Portman la más contaminada de Europa.

Aparece ante mí esa enorme bañera rellena del estéril que forman los residuos de la extracción del plomo, el hierro, las piritas, el mercurio, compartimentada en parcelas para ir desecándose, hasta los dos farallones: la punta de la Galera y la de la Cruz, junto al faro. Circundan este anfiteatro natural en las laderas de las montañas peladas que lo rodean todo tipo de instalaciones mineras abandonadas: edificios en ruinas, balsas, castilletes, chimeneas que parecen cipreses de ladrillo, montículos de escorias y escombros de llamativos colores ocres, malvas, azules, bermellones bajo las prominentes muelas, cabezos, morros que recortan roquedales solitarios en sus cimas. Observo las laderas acuchilladas por tajos para trazar la carretera o algún camino abandonado. Todo este paisaje lunar de escoriales, derribos y derrumbes se prolonga hacia el interior con multitud de minas en los escasos kilómetros que llevan hasta La Unión, haciendo de la zona un inmenso queso gruyere.
Atravieso el pueblo de aspecto todavía vagamente obrero, el turismo ha rehuido asaltarlo, ocupado por casitas bajas homogéneas, barriadas humildes de mineros, almacenes inservibles, algún edificio adornado con pretensiones modernistas, locales comunales, y en las afueras barraquitas pequeñas donde salen a tomar el sol algunos vecinos. Disparejas construcciones le restan la personalidad obrera que pudo tener algún día. Pasadas las viviendas me llego a la playa del Lastre, pequeña conchita para el baño formada aprovechando unos pedruscos litorales, en la avanzadilla del frente de costa, por así decirlo. Supone un recodo bajo el faro y la batería de La Chapa, situada algo más arriba. Enfrente aparece la inventada playa de residuos de San Bruno sobre lo que una vez fue mar. Hacia el interior un embarcadero de juguete, de escueto calado, guarda unas cuantas barcas de pesca y algún yatecillo dominguero, constituye un Portus Mínimus.
Se aprecian perfectamente desde la terracita de un refrescante, donde paro a repostar líquidos, las obras de acondicionamiento de la bahía. La antigua línea de costa hoy es un muro, un terraplén de contención que marca la línea divisoria hasta donde se seca el estéril, revolotean gaviotas en busca de algún bichejo entre el barro que llevarse al pico.
Conviene apuntar que fue Portmán una de las playas más frecuentadas por los corsarios berberiscos, desesperados sus habitantes llegaron al punto de ofrecer sus propias haciendas en pago para que se terminase de levantar la torre que se había iniciado allí, se concluiría finalmente en 1592. El Morato Arráez, del que hemos comentado frecuentes correrías en las costas almerienses, no en vano la Isleta del Moro le debe su nombre, se asentaba semanas enteras aquí. Su más famosa cabalgada se produjo en 1584 con siete naves, tras desembarcar en Rodalquilar e intentar tomar la torre de Cope sin éxito, de camino a su refugio de isla Grosa, el mal tiempo le hace recalar en Portman donde cautiva a 8 prisioneros. Alertada la flota de Cartagena viene a su encuentro con unos 200 hombres y consiguen tomar 35 prisioneros que habían desembarcado en busca de botín, poniendo el Morato pies en polvorosa. En otras ocasiones había llevado él la mejor parte.

jueves 4 enero 2018



