
Llegados a este punto se hace necesario recapitular. He alcanzado la primera esquina, por así llamarla, he cubierto el primer arco del mapa de las costas mediterráneas, de la línea que van trazando hacia el este. El segundo llega hasta el cabo de la Nao, el tercero un poco antes de Barcelona, es el mayor. Desde allí aparece otro menos poco pronunciado hasta el cabo de Begur, restando únicamente recorrer la frente, ese chichón de territorio que supone el Bajo Ampurdán, el golfo de Rosas y la península que forman los Pirineos al adentrarse en el mar (el Parque Natural del Cabo de Rosas); territorios en los que me acompañará el inefable señor Pla, Josep Pla.
En otro momento, debería ser necesariamente en primavera o verano por si he de cruzar a nado algún tramo, me propongo cubrir La Manga en su totalidad, alcanzando Lo Pagán o San Pedro del Pinatar, en el límite ya con la provincia de Alicante. Y en otras tres o cuatro etapas habré rebasado Alicante ciudad. Con seis o siete más calculo haber alcanzado el cabo de la Nao y desde allí, atravesando las últimas estribaciones de la sierra del Montgó, llegaría a Denia. A partir de esa villa se ofrecen cientos y cientos de kilómetros sin accidentes de relieve apreciables, con lo que me cundirá más, podré realizar etapas más largas y, considerando que el pasmo hacia lo urbanizado siempre me acelera, cubrir pronto las provincias de Valencia y Castellón. Pero no he de elucubrar tanto con este cuento de la lechera adaptado, pues es mucho lo que queda, mucho lo que he de disfrutar y me sujetan otras obligaciones. Además no tengo ninguna prisa y, por encima de cualquier afán de establecer un récord, lo que pretendo es disfrutar al máximo. De paso ir elaborando un catálogo de Puntos Negros y otro de Espacios Verdes (con posibles ampliaciones de los Parques Naturales existentes).
A vista de pájaro el tramo desde cabo Gata a cabo Palos se encuentra jalonado por una secuencia de prominentes cabos, de sucesivos promontorios rocosos, montañas en realidad, incluso pequeñas sierras algunas veces, que dibujan una costa sucesiva de abanicos, de grandes bahías y golfos, lóbulos en la línea costera como arcadas sucesivas de arena que dibujan y recuerdan el delirio constructivo de la mezquita de Córdoba. Rastreo en libros antiguos y viejas postales esas panorámicas, que me complace en ir añadiendo al bloc cuando las consigo.
Hablaré ahora de la excepcionalidad geográfica que supone el cordón litoral de La Manga. Se formó a partir de una cadena de islas e islotes que las corrientes y las mareas, los aportes de arena que formaron dunas, fueron uniendo y consolidando como tierra firme. La línea costera desde Cabo de Palos hasta Santa Pola era una sucesión de lagunas, humedales, marjales y salinas, favorecidos por la existencia en muchos puntos de una costa baja y arenosa, por la formación de lagunas litorales con los desagües de ramblas y ríos, de en la desembocadura del Vinalopó, el Nacimiento y el Segura; que el Mediterráneo invadía regularmente. De todas aquellas áreas lacustres aún restas algunas, de sur a norte tenemos las salinas de Marchamalo, las encañizadas del Mar Menor, las salinas de San Pedro del Pinatar, de Torrevieja, de La Mata, la desembocadura del Segura, El Hondo (Elche) y las salinas de Santa Pola. El Mar inundaba esas inmensas tierras bajas formando lagunas en este extremo norte del Campo de Cartagena, se fueron agrandando y la entrada de agua salada propició la formación de este mar interior tan peculiar que me dispongo a bordear en mi recorrido.
Se sucedían las zonas bajas inundadas, los marjales, los estuarios y las salinas, en las abundantes zonas bajas existentes desde la Rambla de Morales junto al cabo de Gata, de la que hablé en su día, hasta el mismo cabo de Santa Pola. De sur a a norte: en Terreros, la bahía de Cartagena, las salinas del Rasall en Calblanque, salinas de Marchamalo y San Pedro del Pinatar, pasando por las de Torrevieja y La Mata, la desembocadura del Segura y El Hondo de Elche, llegando hasta la misma Albufera valenciana, que ahora me parece tan cercana. Todo eso favoreció desde antiguo que fenicios, griegos y romanos además de aprovechar los inmensos recursos minerales de las sierras aledañas, no desdeñaran establecer pesquerías, factorías de salazones y garum.
Habré de escrutar, entre la boscosidad abigarrada de edificaciones y urbanizaciones superpuestas, consecutivas, los pocos restos de territorio virgen de estos que fueron espléndidos parajes. Habré de ladear la cabeza, colocándome una anteojera imaginaria a un lado de la cara, para no ver el descomunal despropósito constructivo y lo poco que sobrevive a la rapiña urbanizadora que invade al máximo cada metro de suelo disponible, que lo infesta todo (únicamente el final del cordón conserva algo de su original belleza).
Por eso elijo recorrerlo por el interior, la margen occidental, porque al menos a lo largo de ella perviven salinas y saladares, marjales y charcas de agua dulce, ramblas que aún desaguan sus caudales en él (bien visibles gracias a las lluvias de la semana pasada), huertas y molinos, acueductos y balsas, palmeras que sombrean casas de labranza, algarrobos y eucaliptos añosos, cañaverales y lodos, vestigios de un poblamiento anterior al nuestro, incluso remoto, prehistórico. Pretendo llegar hoy hasta la parte superior de La Manga (el sobaco, diríamos), contemplarla desde el otro lado, desde el norte, alcanzar a distinguir su embocadura, donde una sucesión de empalizadas, cañas y balsitas regulan la entrada de las aguas de mar abierto y permiten apropiarse de la pesca. Ahí es donde se producen las aportaciones de caudal a este mar de bolsillo; aunque no resulta tan pequeño si consideramos que tiene nos 21 km de largo por 10,5 de anchura máxima y 4 de mínima. Su perímetro rebasa los 50 km.
Me presto a documentar pues lo poco que queda de lo que un día fue, no hace mucho, lo que todavía resta, hasta que en los años sesenta se inició el desaforado empuje de la piqueta depredadora.
Hacia el interior, a mi izquierda, cuando las edificaciones lo permiten, avisto los últimos llanos del Campo de Cartagena, final del Campus Spartarius romano (que desde el Campo de Níjar ocupaba esa gran porción del sudeste peninsular, que tan favorable era hacia el interior a los cultivos cerealícolas y de secano).
Es interesante comentar la formación del cordón litoral a partir de islas y peñascos rocosos que se fueron uniendo hasta formar un cordón litoral. Existen testimonios de cómo hasta el siglo XV o XVI La Manga era una bahía abierta por varios puntos, ribeteada de islas, un archipiélago unido al continente por su lado sur, la península de cabo de Palos, que era la última de las islas, no se utilizaba todavía el término de Mar Menor. Dicho cordón se interrumpe en cuatro lugares mediante canales o golas que unen los dos mares: dos de origen natural (en Veneciola) y dos abiertas por el hombre (en Marchamalo y El Estacio, este en 1973 para el tránsito de embarcaciones de recreo).
El área que me propongo recorrer es de una gran diversidad, está formada por tres zonas húmedas en sus orillas (playa de la Hita, marina del Carmolí y saladar de lo Poyo) y dos grandes salinas: Marchamalo, abandonadas actualmente, y san Pedro del Pinatar, a caballo de los dos mares.
Piso ladrillo, losas grandes de paseos marítimos, me cunde el andar. Aguas someras casi sin movimiento en la orilla, si no fuera por el viento rizado que sopla hoy y levanta pequeñas montoncillos que apenas aciertan a apuntar un poco de espuma en sus crestas. Se acumula en la orilla, sin embargo, la espumilla jabonosa que el mar produce en ocasiones acuciada por el aire racheado. La quietud, dueña absoluta de estos contornos por lo general, máxime en un día entre semana de invierno que nadie asoma ni figuran abiertos los comercios, reniega de su papel en favor de las inclemencias meteorológicas. Numerosas bancadas de obra fija para sentarse en estío a ver pasar la gente, el rato o el tiempo, jalonan; rara vez se colocan de cara al charco, inconscientes de la proeza que supone y de la belleza que las islas interiores, recortadas sobre su horizonte, aportan. Malecones pequeños, puntos de amarre, castañeteo de los cabos en los mástiles, chapaleo de las ondas en los cascos que resuenan como maracas. Al fondo la cortina de edificaciones de la lengua de La Manga, como una lluvia de cascotes y ladrillos que cayeran del cielo y quedasen de pie, aportan una imagen neoyorkina.

Gaviotas me sobrevuelan aleteando con dificultad.Enfrente me observa la nítida silueta de isla Mayor o del Barón, repaso su perfil con la mirada, su cúspide de más de cien metros propone un tobogán agradable hacia un lado que remata en un torreón sobresaliente. Parece que existía desde su Punta Seca, junto al muelle, un camino que la unía al cordón de La Manga, a vista de satélite se puede apreciar. También había una carretera a la isla del Ciervo, pero hubo que demolerla porque producía el enfangamiento de la playa de la urbanización Las Palmeras y hacía imposible el baño.
En Isla Perdiguera estuve hace tiempo con un velero desde Los Alcázares, es fácil de fondear su ensenada, estuvimos cogiendo ostras flotando entre medusas, muy apreciadas aunque de elevada salinidad, es menester lavarlas bien varias veces.
Al otro lado del cordón de La Manga sobresale Isla Grosa, nuevo hito de referencia para mis próximas etapas dada su posición exterior. Tiene forma de cono volcánico, alcanza los 97 metros de altura, junto a ella sobresale El Farallón.
Completan el cuadro, todas ellas de origen volcánico, La Rondella o Redonda, la del Sujeto y la del Ciervo, cuyo camino de unión se también eliminó recientemente, muy próximas a mi punto de salida, junto a la urbanización Isla Menores, y además el monte Carmolí, junto a la población de Los Urrutias.
Y entre aldea y aldea, urbanización tras urbanización, camino tierra, arena fina, oscura de conchas molidas y de otras muchas en proceso de deshacerse. Se riza el oleaje con el viento que arrecia, la lluvia aparece. El cielo permanece cubierto, el día se promete intempestivo y ventoso. Las lluvias recientes, el temporal la semana pasada, supusieron una bendición por estos pagos, permanece todavía un barro fino esponjoso, deslizante.
Detrás dejo la Punta de las Lomas, el paseo marítimo del Mar de Cristal y el de Islas Menores (así llamado por tener enfrente la isla del Ciervo y la Redonda). Enseguida alcanzo el de Los Nietos, su club náutico. Casas y más casas, desiguales todas, disarmónicas, torres, apartamentos, calles, callejuelas, callejones improvisados. Unos bancos de trencadís componen horrendos caballitos de mar jalonan los paseos marítimos. Gritan algunas casas antiguas, aisladas entre otras recientes más altas e insulsas, piden socorro desconsoladas como ancianos olvidados con su memoria de soledad entre tanto mamotreto edificado.
Todo ello se encuentra tras una pequeña cinta de mar, escuetas playitas, un hueco mínimo de arena sobre el que colocar una sola fila de las toallas, una junto a otra, para tomar el sol, para creerse el veraneo, para vacacionar. Numerosos espigones artificiales y aportaciones de camiones de arena lo han permitido. Una sopa caldeada de medusas que eludir, unas redes enfrente que las contienen, para encontrarse con que hay que caminar centenares de metros hasta mojarse la barriga, no digamos cubrirse de agua, capuzarse. He ahí la estancada y familiar comodidad del Mar Menor.

En una barquita de pesca tres individuos embutidos en impermeables amarillos intentar pescar algo en la orilla: uno la va arrastrando a unos metros de la orilla mientras otro va desplegando la red por el lateral, el tercero (de buen año) sentado cómodamente se limita a arrojar un ladrillo de vez en cuando para ir fondeando la red. Curiosa estampa en esta ventosa y desapacible mañana. Supongo que, por buenas que sean las capturas, no rentarán el esfuerzo que están desplegando -los dos de a pie sobre todo.
La rambla de la Carrasquilla, procedente de Los Belones, da lugar con sus aportes a la formación de la punta Lengua de la Vaca. La aparición de lluvias y turbiones recientes ha formado la charca. Un cartelón recuerda la importancia de la recuperación del fartet, llamado zorrilla por los pescadores, es el segundo que veo, es un pececillo de agua dulce de apenas tres o cuatro centímetros. Supone un endemismo existente también en el norte de África, de suma importancia para el control de las larvas de algunos insectos acuáticos, de cuyos huevos se alimenta en acequias, balsas y lagunas. A causa de la contaminación de las aguas su número bajó hasta límites próximos a la desaparición, existe un plan de recuperación apoyado por la UE.
Un poco más adelante, pasados Los Nietos una espátula y algunas garcetas no parecen estar muy conformes con tales consejos y se afanan por su cuenta en diezmarlos. Es lo que tiene el hambre.

Salinas de Lo Pollo, espacio abierto al fin, diáfano, despejado de construcciones, vegetación arbustiva escasa, plantas adaptadas al relieve de dunas y al saladar, duras y acostumbradas a las peores condiciones: largas sequías, lluvias otoñales, vientos de levante cargados de sal y humedad, demasiadas horas de sol. Abundan los clareos de tierra desnuda, tierra lavada, cantos y chinas prominentes destacan. Se entremezclan los charcos producidos por la lluvia con los restos de salinas.
A un par de kilómetros al interior San Ginés de la Jara, sus famosas salinas exportaban grandes cantidades de sal por el puerto de cabo Palos hasta no hace mucho. Un ferrocarril las unía con La Unión. Se está rehabilitando el muy deteriorado monasterio levantado por los dominicos a principios del XV del que se conserva la fachada renacentista.
Pero es necesario remontarse a sus orígenes. La cofradía de San Ginés, numerosa en cofrades caballeros, que era la más famosa de Orihuela a mediados del XIV (poseía incluso su propia ermita, la de Monserrate), costeó una primera fundación en este paraje en 1400 con cuatro frailes procedentes de Valencia. Debido a frecuentes ataques, se obtuvieron fondos del concejo en 1421 para levantar una torre y una casa conventual anexa y dio permiso para recolectar limosnas que ayudasen a ello. Se conocen numerosos episodios de asaltos y pillajes. Se tiene constancia, por ejemplo, del rapto de Ginés Gavalda y otros en 1431 por parte del Moro Santo, llevado a Bujía y rescatado ocho años después por un mercader mallorquín.
Unía a su función defensiva contra moriscos, el control comercial del entorno pesquero, asegurando el amarre de barcas en puntos al efecto, y maderero de la zona; así como de las salinas. Era un punto de tránsito importante desde antiguo, González Simancas descubrió a principios del XX restos de empedrado y hormigonado de un ramal de la Vía Augusta que unía Cabo Palos con Torre Pacheco y Murcia. Al Idrisi la cita e indicaba que desde Alicante llegaba a Cartagena, los árabes la conocían como Camino Grande. Sé que también que hay una necrópolis ibérica cerca, pero no su exacto emplazamiento.
Rambla del Beal, playa Perla de Levante, se extiende a todo lo largo de las salinas de Lo Poyo, es paisaje protegido. Se ha agrandado la playa a base de verter una arena diferente, de tonos rojizos, se alteró la línea de costa. Correlimos, avocetas, garcetas, chorlitejos, tarros blancos, zampullines, trajinan las charcas y la arena en busca del almuerzo. Restos de molinos en el interior, charcas, cuadrículas planas delimitadas como campos de futbol, con barro en vez de césped, antiguas salinas abandonadas. Presidiéndolo todo la silueta imponente del tetón Carmolí.
Puerto deportivo de Los Urrutias, colonias de flamencos filtran el fitoplancton y zooplancton de las aguas someras a la captura de carotinoides parea surtir sus buches y de paso colearse las plumas. Playa de Punta Brava.
El Carmolí, es un cerro volcánico de 113 m. surgido en el periodo Terciario, situado hacia la mitad del Mar Menor, referencia para pescadores En sus faldas hay restos de una fundición romana del siglo II a.C. de plomo y plata (otra existió en la isla Perdiguera, en Lo Pollo y el El Gachero), cuando se agotó el mineral los romanos basaron su sustento en la agricultura, ganadería y rica pesca (salazones). Recordemos que desde el III milenio a. C. hay documentados asentamientos humanos en esta zona del Campo de Cartagena, también en Las Amoladeras, El Gorguel y Calblanque. Remonto sus laderas apreciando la amplitud del paisaje que me rodea, no desmerece en nada a la que pude apreciar desde el cerro de los Cuatro Tiros de Calblanque. Tras alcanzar su cumbre, levemente borracho de la inmensidad que se disfruta en todas direcciones, descendiendo por el lado oeste, encuentro unas ruinosas edificaciones correspondientes a un antiguo destacamento militar. En su base, llegando a la primera calle asfaltada donde se ha detenido la invasión constructora, disfruto de la visión de un paciente almendro cuajado de copos, explotando en su anticipada primavera de una nieve rosácea imposible. Comprendo entonces que la belleza natural subsiste por encima, o por debajo, de cualquier humano desmán. Si se sabe verla, aparece siempre. ¡Pero tampoco es cuestión de ponerlo tan difícil!
Llegado de nuevo a la playa, a Punta Prima, 10,30 h, dos horas de marcha, mientras tomo un bocado me entretengo divisando las dos orillas, los extremos de una cornamenta plagada de torres que se cierran sobre sí mismas queriendo unir ambas orillas edificadas en algún punto, al norte.
Continuando mi camino, a la salida del poblado me alerta el repiqueteo de unas chapas rotas, rajadas en retales, suponen el tejado de un edificio que parece una fábrica, es un aeródromo abandonado, tal vez para el despegue hidroaviones. Aparece, o percibo por primera vez, el olor del salitre, el hedor en absoluto desagradable de la descomposición de las algas arrumbadas en la orilla, al que se le suma el de los barros y los lodos estancados (preludio de los de Lo Pagán), este sí algo más desagradable. Es extraño, pero no había notado hasta ahora esa extraña ausencia, esa mezcla salina y de fermentación de algas, de restos secos al sol.
Una garceta se mantiene a mi lado, avanza a la búsqueda de su desayuno acuático, andamos paralelos, a similar velocidad; pero ella, de vez en cuando, sintiendo la distancia acortarse, salta y adelanta unos metros aleteando, como si no se fiara. Tierras bajas, amplias planicies abiertas, fondos de salinas vacías, algún charco, barros frescos recientes, piedrecitas sueltas, huérfanas flotando en esos limos, arbustos estropajosos, montículos que no llegan a componer dunas, arena oscura, arena de conchas en la orilla, restos arrojados por el mar, enseres, una puerta de un barco, por ejemplo.
Y de pronto, sin esperarlo, asocio la profusión de círculos de arena elevados, algo deshechos, destartalados, con los flamencos que pastan su desayuno ahí enfrente, a unas decenas de metros. Suponen un prodigio inesperado, son restos de sus nidos, inusuales en una playa (acostumbran a prepararlos en islitas para protegerlos de depredadores terrestres). Esos cráteres levantados sobre la mima playa, embudos para sus grandes huevos que una vez, quizá haga muchos años, fueron utilizados para criar. Es de suponer que tengan muchos años, desde luego más de los que tiene la invasiva presencia humana en los contornos, pero ahí permanecen, casi inalterados, reconocibles. Esto sí que es una sorpresa, ¿quién lo iba a suponer?
Voy llegando a Los Alcázares, posiblemente el mayor pueblo de este litoral, lo tengo a la vista, alcanzo un terraplén de unos metros que interrumpe la costa baja que vengo transitando. Rambla del Albujón, Torre del Rame, se quieren entrever sillares que parecen proceder de un puerto antiguo. Y, a continuación una alambrada que proclama: Zona Militar. PROHIBIDO EL PASO.
Ha de recular necesariamente el GR 92, y yo con él, hasta la carretera N 332ª, muy próxima. Descubro entre los cañizos una estela hincada en el suelo, una piedra arenisca amarilla, rectangular, muy desgastada por la erosión, un poco más alta que yo; no conserva inscripciones pero su forma delata que es de factura humana: un hito, un marcador de caminos tal vez. He leído sobre la existencia por aquí de restos de una calzada romana, en algunos puntos se aprecia el hormigonado superior, creo verlo en los suelos lisos que, a pesar de no quedar piedra sobre piedra de los muros, persisten. Pero no, aparecen algunos ladrillos por un lado y compruebo que no.
No comprendo que se cierre el tránsito costero hasta Los Alcázares, parece en desuso esta parcela de terreno correspondiente a la Base del Aeródromo Militar, habiendo derivado sus funciones al aeropuerto de San Javier supongo. Me consuelo pensando que al menos se preserva la riqueza natural de esta zona, supongo.
Así pues no hay más remedio: unos kilómetros de carretera junto a la valla disuasoria hasta alcanzar la entrada del pueblo. Me reciben unas artísticas pintadas en los laterales de tres edificios a un lado y, a otro, la verja robusta del destacamento militar, la mayoría son instalaciones con puertas y ventanas tapiadas, estancias abandonadas de la todavía sin abandonar Base Aeronáutica.
Atravesando el pueblo me llego a la playa donde encuentro otra valla de melilla particular que impide el paso a la parte militar, cosa que no parece importar a la figura que tranquila pedalea, a pesar de existir un carril bici, por el paseo marítimo. Es la escultura del inefable José Sazatornil Saza, que debía ser asiduo veraneante.
Son las 13 h, decido tomar un desayuno completo en el patio interior de un antiguo balneario reconvertido en coqueto restaurante: tostada, zumo y un asiático (un viático sería más propio llamarle, pues me resucita). Un jazmín en flor enorme, arbóreo, de dos pisos de altura, recubre en arco de la puerta que reza BAÑOS TERMALES; debajo, en una mesita de fino hierro forjado dos ancianitas, parecen inglesas, saborean apaciblemente su té. Que estampa tan idílica, para colmo suena ahora por la megafonía La luna de miel de Gloria Laso, y ya termino de derretirme por los pies. Gorriones domesticados aguardan que les lance alguna migajita del croissant que tomo. Un lujo este instante.
He de retornar a la faena, el día sigue desapacible y sombrío, apenas se ve gente. En el paseo marítimo un par de zagalas adolescentes -Erika y Aisa (no sabe que un pueblo del pirineo oscense se llama casi como ella)- me abordan sentadas junto a lo que parece su mini-mercadillo casero, pretenden que les compre algo. Ni los viejos libros ni los bolsos ni los ropajes de sus abuelas que acarrean en un carrito de supermercado consiguen interesarme. Charlamos un rato, me preguntan dónde voy pertrechado de mochila en un día como este, les cuento por encima el propósito de mi ruta. Alucinan. Dejo una propina, pero rechazo cualquier artículo, les aconsejo que se dediquen a elaborar pulseras, anillos y collares de cuentas de vidrio o de plástico, tienen mejor salida comercial, se lo van a pensar.
Metros más adelante me tropiezo con un singular grupo escultórico compuesto por un esforzado pescador acarreando en unas supuestas redes, que no aparecen, sacando del mar, a dos supuestas sirenas. Más bien parecen modelos de pasarela. A lo largo de muchos kilómetros y paseos marítimos diversos en las sucesivas poblaciones que he recorrido, veía que venía orquestándose un intento más que serio de perpetrar un engendro decorativo de máximo calibre y ya lo he encontrado. No contentas las autoridades municipales con mandar erigir en azulejos partidos las formas de caballitos de mar pareados para componer bancos para descanso y deleite de paseantes. Por la postura y la mueca de desánimo, más pareciera que el pobre anciano, el supuesto lobo de mar, se fustiga las espaldas con un imaginario látigo de siete colas, como un penitente procesional, incapaz quizá de acometer la venérea tarea que parece depararle su pesca. Lo juro, no añado nada de mi cosecha, es lo que parece.
Los Narejos, adosado a Los Alcázares, continuación de ellos actualmente, cruzo por delante del Centro de Alto Rendimiento para deportistas, denominado CAR Infanta Elena, esto último en letra pequeña, ahora parece aún más pequeña, mínima. Se organiza desde 1998 la Ruta Amarilla una caminata alrededor del Mar Menor partiendo de este punto. Bien temprano, a las 6,00 h. de la madrugada, se parte hacia el sur, se van añadiendo participantes por cada pueblo o urbanización que atraviesan, desayunan en Los Urrutias, sobre las doce se llega a Cala del Pino, donde algunos abandonan y otros se van incorporando. Se come en la playa de Dominique-Martinique y se continua la caminata hasta alcanzar el final de La Manga, un buen baño en la playa del Taray y a embarcarse para atravesar las encañizadas hacia Santiago de la Ribera. Anochecido, sobre las diez y media, se retorna al CAR donde aguarda una buena cena. Doy los detalles por si algún veraneante desea realizarla, se realiza o se realizaba, desconozco si continúan, sobre el 10 de agosto. Calculo unos 51,5 km. En total. ¡ No está mal, pero que nada mal!
Al final del paseo marítimo, tras la Punta de la Galera y la urbanización El Palmeral, comienza el marjal de la Llanura de la Hita, gozosamente preservado, lo sobrevuela una talanquera para que no lo degraden los paseantes. Cañas, eneas, juncos, garcetas, gaviotas, espigones, espigoncillos, pantalanes de riscos y gaviotas, aguas mansas, encharcadas, susurrantes.
Última panorámica de la Isla Mayor, con su torre desde vista atrás. He pasado el día dándole la vuelta a las horas de un supuesto reloj a lo largo de la orilla, como esa figura como eje del inmenso tiovivo en el que yo apenas represento un saltarín caballito de cartón, circunnavegándola a pie. Aprecio delante mismo, ahí enfrente, casi al alcance de mi mano, el final de La Manga pastelera, la de las tartas de ladrillo merengado que se recortan como joviales pasteles de boda, el paraje del Estacio, La encañizada. Mañana será día de acercarme a ellas, tendré ocasión de contemplar in situ esos casi virginales espacios, espero.
Aparece la cabecera del Aeródromo de San Javier, veo despegar en este momento un avión Ryan Air. Se recorta galáctica más adelante la torre de control, tal parece la escafandra de Darth Vader, junto a la misma orilla del mar, sobre lo que antes era una aldea, la Casa de las Tres Marías. Llego hasta el camping Mar Menor, abandonado en estas fechas, con las parcelas ocupadas por charcos y los toldos de sombrear arrancados, vestigios de una tormenta. Pero ahí mismo, sobre la misma playa, detiene mi paso una segunda valla de melilla, se acabó el GR 92 costero, avergonzado recula, retrocede, como ocurriera en las instalaciones militares de Los Alcázares. Otras veces lo abandono y me aventuro al atajo, pero no es el caso.
He de buscar caminos hacia el interior, poner proa a la carretera. Atravieso ahora un limonar –ya sabes lo que dice el refrán: ¡si el cielo te manda limones, haz limonada!-, vallado también -¡lástima!-, estaba dispuesto a exprimirlos. Un jilguero precioso, chispeante de colorido, parado sobre el alambre de espino que perimetra el aeródromo parece querer consolarme con su canto. Después de oírlo cantar en libertad, ¿cómo puede haber personas que se atrevan a enjaularlos?
Retorno a la carretera y llego hasta la rotonda de la entrada del aeropuerto, civil y militar de San Javier. Santiago de la Rivera, donde se avistan discordantes edificios, torres, urbanizaciones, chalets, bungalows, etc. queda a apenas tres kilómetros. Se anexiona con Lo Pagán y se acabó lo que se daba en esta estúpida obsesión por meter en cintura, acordonar completamente sus orillas, a este mar de bolsillo que ha tardado siglos, milenios en conformar su singularidad y que ahora, es capaz de perderla en unas cuantas décadas. Termina el encanto de lo natural, la posibilidad, remota, aunque todavía posible, de hallar parajes, fragmentos de lo que un día fue.
Podría continuar, exprimir hasta el límite la etapa y llegarme hasta el mismo Lo Pagán, pero no, gracias, por hoy ya llevo bien colmatada la ración de ladrillo.

Repaso apuntes, releo los numerosos problemas que amenazan este entorno y que provocan laexcesiva degradación del inmenso y peculiar lago litoral salado. La desmesurada especulación inmobiliaria aqueja sus costas, no solo del lado mediterráneo, ya casi colmado, sino también al interior. Se dispara desaforada salvo en algunas zonas que quedan relativamente al margen, de momento: salinas de Marchamalo y playa Honda; salinas de Lo Pollo con el Llano del Beal y la marina de El Carmolí; el marjal y playa de La Hita. Sumemos a esa urbanización salvaje orillas otras amenazas:
– vertidos de basuras y pesticidas de origen agrícola
– salinización de los acuíferos por sobreexplotación (las aguas saladas invaden la capa freática), excesivos pozos desaguan sus excedentes salinos en el Campo de Cartagena y en propio Mar Menor.
– alteración de los cauces de arroyos y ríos, modificación o supresión de las ramblas.
– desaparición de muchos humedales costeros.
– pérdida de los sistemas naturales de dunas costeras.
– modificación de la línea de costa y la creación de playas artificiales a base de espigones rocosos y aportaciones de otros tipos de arenas con camiones, que provocan el enfangamiento de zonas limpias y la subsiguiente pestilencia además de grave impacto ecológico.
– anexión de algunas islas, del Ciervo, a la orilla por medio de caminos artificiales, acarrean empantanamientos atípicos de lodos y malos olores, los chiringuitos sobre las islas la Perdiguera.
En cuanto a las alteraciones marinas, cabe señalar:
– el exceso de embarcaciones de recreo y la falta de regularización de sus anclajes destruye praderas de posidonias.
– invasión de peces, plantas y algas exóticas.
– disminución de especies de peces comerciales por sobre-explotación, aunque en sentido contrapuesto se ha de consignar la creación de numerosas granjas marinas para obtener lubina y dorada, sobre todo.
Así mismo es necesario apuntar el grave peligro de expolio de restos arqueológicos submarinos en torno a cabo Palos e islas Hormigas, aunque están protegidas como Reserva Marina y regulada la pesca y el buceo, lo que favorece una explotación racional de sus recursos, isla Grosa y el Farallón, etc. Y restos en tierra, peligro de desaparición de restos neolíticos y de la Edad del Bronce, fenicios, griegos, romanos (tramos de calzada, fundiciones, montes de escorias, etc.)
sábado 10 febrero 2018





