
Transcripción de un inscripción descifrada en unos fragmentos cerámicos hallados en la excavación del poblado ibérico de El Oral II, cerca de San Fulgencio (Elche), vinculados a L´Alcudia, la primitiva Ilici donde se encontró la Dama de Elche. Parecen conformar una oración.
Sé que no debo perturbar el sueño del dios Baal Hamon, traído a estas costas hace muchas generaciones por los pueblos rojos del mar, imponiéndolo sobre las equivocadas creencias locales y rescatando de supercherías y conocimientos infundados a los habitantes de estas tierras [contestanos, bastetanos, etc.] del poniente del Gran Mar. Aportaron sus técnicas de comercio, su moneda y sus cecas, sus letras y sus sistemas de cómputo, sus mejoras a la hora de fundir metales y sus saberes, muy superior a los nuestros, apadrinados por un panteón de nuevos y poderosos dioses.
Sé que no soy bienvenido por estas fechas de la canícula cuando los rayos del dios Reshef caen a plomo sobre oferentes anhelantes de recibirlos en sus cuerpos dispuestos sobre la arena. Son días de recogimiento y oración, de ofrendas y celebraciones rituales hacia las fuerzas astrales que nos gobiernan para permitir que se renueven los ciclos anuales de la naturaleza y las cosechas. Son días de contra-ayuno, de libaciones rituales y bebedizos, de copiosas colaciones en chiringuitos y terrazas playeras: es preciso consultar el futuro en las vísceras de las sardinas asadas sobre las brasas, en la regularidad del rayado de la gamba roja o en el hígado del pollo asado.
Sé que no debo interferir sus cultos, ni perturbar con mi provocadora presencia ambulante esas celebraciones y sacrificios animales y humanos. Peregrinaciones, como la mía, o cualquier otro trabajo físico o esfuerzo bajo este sol inclemente, están desaconsejados a ciudadanos (no así a sus esclavos y sirvientes) y a extranjeros, que vienen a sumarse en tropel a las celebraciones (entre los que me deben incluir).
Aquí rinden pleitesía diaria a los dioses del comercio y el intercambio, se practica por todos lados el trueque de moneda, las transacciones de todo tipo, la compra de oro y plata, pasta vitriólica y demás adornos y ajuares, como corresponde a la función de este gran emporiom, franco de impuestos y tasas, donde no solo está permitida, sino aconsejada la mezcla y circulación de pueblos y razas, de productos y mercaderías procedentes de todas las tierras conocidas.
Corren por el aire exóticos perfumes del más apreciado incienso y de especias de reconocidas firmas. Han de vestirse los más ilustrados ropajes y cabalgarse las más jactanciosas monturas y carruajes motorizados, visitar ritualmente los altarcillos callejeros (acalorados cajeros que como pebeteros hornean y proveen sin parar de divisas) estratégicamente colocados para santificar las dádivas que nos conceden los dioses del comercio y el éxito
Reverencian al dios Baal Melkart, el Heracles mitológico, con figuras de esbeltos atlantes de gimnasium de cuidados torsos broncíneos, yacentes sobre la arena, sedentes sobre las terrazas, y con nínfulas retocadas de afeites y postizos, elevadas sobre coturnos semejan diosas de la fecundidad, sacerdotisas de la diosa madre Tanit, para general solaz y admiración de todos. Desaparecen así los privilegios que rigen el resto del año, se igualan las castas; está permitida entonces toda mezcla personal en fechas religiosas tan señaladas.
¿Quién soy yo para atentar con mi indelicada presencia, con mi ímprobo esfuerzo pedestre estas sacras festividades, quién para perturbar sus ritos estivales, los retiros vacacionales de estos contingentes de guerreros del esfuerzo y la ganancia? No he de perturbar por más tiempo la sagrada y comercial paz que destila este moderno santuario con sus macro-superficies y galerías comerciales hirviendo de transacciones, con tiendas de todas clases atestadas de oferentes.
Aceleraré pues mi paso sustrayendo mi vista y mi atención para no ofenderles con mi esfuerzo. Intentaré escatimar mi presencia agorera pasando como una sombra por sus caminos a la búsqueda de otros parajes, menos poblados y celebrados que estos, lugares a trasmano donde aún queda hueco para que moren los antiguos diosecillos locales secundarios, geniecillos de la floresta y la natura, que relegaron, menguados en poder y relevancia, estos otros importados.
Las anteojeras, desarrolladas como prótesis visual y mental natural necesaria, que he ido generando en anteriores enclaves, y que tan buen uso me proporciona, me inhiben de prestar la debida consideración a estos fastos turístico-religiosos y me preservan de tan suntuosas emociones sin precisa ni excesiva noción de ello. Tal es su capacidad.
No ha de constituirse este lugar en santo de mi devoción ni demonio de mi panteón. Que así sea.
25 agosto 2019