Visité ayer por la tarde la Torre del Moro o de cabo Cervera, además de labores de vigilancia se levantó para resguardar al activo puerto en el que se embarcaba la sal de La Mata y el trigo de Orihuela. La población establecida a principios del XIV dependiente de Orihuela, obtiene de Jaime II en 1313 libertad de comercio terrestre y franquicia de navegación, prebendas que contribuyen a su prosperidad. La torre, como la mayoría, es circular, troncocónica, de dos pisos con acceso en altura (que no es el original), de mampostería almenada. Tenemos abundantes crónicas de ataques, destaca entre ellos el producido por las fustas del Moro Santo en 1423.
Respecto de la Torre Vieja o de las Salinas, de origen romano, tenemos noticias de 1321 que la dan por destruida y su fuerte anexo de madera precisando urgentes reparaciones. Poseía dos soldados de a pie y dos de a caballo, los visitadores de Elche y Orihuela acuerdan su reconstrucción (gravando el paso de ganados serranos para obtener los fondos necesarios, según los Anales Oriholanos de Monseén Pedro Bellot). Noticias de 1802 refieren que persiste tal guarnición y el ministerio de la Guerra la cede al de Hacienda, así surge el primer núcleo urbano del mismo nombre.
Amanece a las 7.30 h, amanezco yo también, ya tengo cogido el horario senderista. Desayuno y me llego hasta la playa de Torre de la Mata, sobre las 8,00 h, con las últimas hebras de la noche refulgiendo en el cielo comienzo a fotografiarla, es una torre mocha que da nombre al pueblo, barriada de Torrevieja en realidad. Bien poco se puede decir de ella dada su escasa entidad y lo muy restaurada que aparece.
Se me abre diáfana la andada por un arenal liso, amplio, excepcional. Se comprende que los primeros zarpazos del turismo masivo de los sesenta se la apropiaran, pero no que lo hicieran de una manera tan despiadada. Dejo las últimas edificaciones, el ladrillo furioso, para gozar la caminata por una playa tan ancha y llana, 80 o 100 metros, quizá más, rastrillada por el mar todo el día y con tractores nocturnos que aun insisten rascándole la espalda. Enmarcada en su lado izquierdo por un morro de dunas de unos cuantos metros de altura (empenachadas de arbustos peinados como futbolistas mediáticos), lo suficiente como para ocultar a la vista las edificaciones.
He cambiado de hito, he dejo atrás isla Grosa, oculta por cabo Cervera, para establecerme sobre el prominente y prolongado morro que forma el cabo de Santa Pola.
Hoy el mar ha decidido quedarse en plancha, alrededor todo permanece sereno, quedo, cauto. Las nubes corren un telón de fondo grisáceo, azulado, que no permite asomar toda la belleza que el sol mostraría. El mar se adensa plomizo, apenas irradia unos destellos en el horizonte que parecen querer telegrafiarme algo. Aprecio varias tabarcas, pero son tres o cuatro conjuntos de criaderos, redes con bollas, que sobresalen. Se impone un momento de calma, un intermedio que me atrapa; siguen serrando la orilla pequeñas lenguas, dientecillos de agua que retornan olvidando charquitos. A la izquierda, alineados como impasibles soldados de un ejército de ladrillos, cada vez más altos, forman barrera, parapeto en la contención de esa belleza.
Se prolonga la playa larguísima, generosa, impasible a la presencia de esa invasión sorda que todavía se extiende por kilómetros.

En tiempos no tan lejanos, siglo XIV, esta zona y mucho territorio alrededor de Guardamar, era un estuario lagunar, la albufera ilicitana (como tantas otras pretéritas que se formaron y he tenido ocasión de recorrer, aun desaguadas e inexistentes en la actualidad), producida por los aportes del río Segura y Vinalopó. Ocupaba decenas de kilómetros cuadrados entre Torrevieja y Santa Pola. Los aportes desaguaban en el Hondo sin llegar netamente al mar, había una franja de unos diez kilómetros de marjales, estuarios, humedales entre Punta Prima y El Moncayo. Las salinas reciben aportes del mar y de una mina de sal gema del Pinoso, más allá de Aspe y Novelda, distante al interior casi sesenta km, a través de un salmueroducto que desemboca en la laguna de La Mata, luego se bombea hasta la de Torrevieja. Son de propiedad estatal y se arriendan cada veinticinco años a empresas, generalmente danesas y suecas. Múltiples canales, azarbes las comunican entre ellas y con el mar, el Acequión es el más importante. Además de colonias de flamencos, abundan las aves limícolas: chorlitejos, avocetas, zampullines, tarro blanco, correlimos, cigüeñuelas, etc. En 1994 se constituye en Parque Natural y ZEPA, zona de especial protección para las aves, se prolongaba todavía hacia el norte desde el Segura hasta las salinas del Santa Pola también declaras Parque Natural, figura en la Lista Mar que considera los humedales europeos más importantes.
Este mecanismo de inmensas lagunas impuesto por la naturaleza fue alterado por el hombre, regulando y deteniendo el caudal del río con presas, encauzando y orientando sus aguas con acequias y , dragando su seno y su delta. En el primer tercio del XVIII comienza a desecarse parte del terreno merced a la eficiente labor del Cardenal Belluga, para beneficio de sus Pías Obras, gracias a su amistad con Felipe V al que apoyó en la Guerra de Sucesión. El monarca le dona 250 Ha con exención de quintas, tributos y diezmos a los pobladores que acudieran, también los municipios de Orihuela y Guardamar aportan terrenos entre el Segura y la sierra del Molar, en total unos 40.000 Th, es decir 4.500 Ha., el obispo murciano funda los poblados de Dolores, San Felipe Neri y San Fulgencio.
Todo este extenso y prolongado litoral que contemplo, caso de no ser rocoso, está formado por tres zonas bien diferenciadas: anteplaya, playa y duna. Las dunas se forman a partir de los sedimentos que aportaban el irregular cauce del Segura y el Vinalopó. El mar no puede admitir semejante carga de aportes y arrojaba el exceso de arena a su orilla, donde el viento de levante se encargaba de ir moviéndolas lentamente hacia el interior formando sucesivas oleadas de dunas móviles en frentes secuenciados, hasta que un obstáculo, el bosque, unas construcciones, las detiene –si no pueden engullirlo. Por eso, y también por seguridad ante ataques piratas, cuando se pretendió levantar aquí un poblado, Guardamar del Segura, se hizo en el interior, a un kilómetro, en torno al castillo que aprovecha un resalte montuno de unos 60m. Se estimuló la llegada de nuevos colonos con la concesión de terrenos para construir sus casas junto a la playa siempre que fueran capaces de retener el avance dunar (como muy bien documenta una exposición de paneles fijados en las paredes que tendré ocasión de ver más adelante).
Este mecanismo ancestral ha sido alterado por el hombre, regulando el caudal del río, deteniéndolo con presas, dragando su seno y su delta. Hoy día se ven dunas embrionarias, y semifijas más al interior, contenidas por la vegetación y los bosques de pinos, perfectamente controladas.
Frente por frente con el Montcaio, una elevación de 106 m. escondida entre pinadas en el lado izquierdo que preside benevolente la escena de rapiña natural con que unas edificaciones perturban esta serena belleza, llego a los restos de un poblado romano y tardorromano relacionado con el comercio de recursos pesqueros y la sal. También subsiste parte de una mezquita con celda-oratorio o rábita califal del X u XI. Apuntan unas cuantas antenas en su vértice (Estación de radio Els Americans) hacia el cielo, pidiendo una clemencia que no llega, siquiera un rayo destructor que fulmine semejante desaguisado. Desde ese otero verdoso ha de ser más llevadera la vista a la hora de escamotear el obstáculo, pero a ras de playa, desde mi posición, rompe absolutamente la línea del horizonte. Dejo para otra ocasión su ascensión.
Prolongando la visión playa adelante, y los edificios costeros que corren paralelos a ella, alcanzo a ver su final, que será el de la etapa. Enfrente el paredón de sierras Penibéticas, alza imponente sus roquedales como agudos volcanes secos entre la humareda que nubes que intenta ocultarlos, simulan fumarolas blancas, bajas, brumas matinales las esconden dejando entrever solo sus cumbres. Tiro planes porque es el relieve que me espera a partir de Altea, Villajoyosa, de Benidorm, las últimas estribaciones de esa sierra recortándose abruptas sobre el mar, cayendo a pico sobre las olas, en una sucesión de calas muy recortadas de difícil acceso con carreteras que únicamente se atreven a bajar a la orilla describiendo zigzags de vértigo a base de eses y zetas imposibles. Benitachel, Moraira, Javea… hasta finalizar en Denia, donde aguardará al fin el comienzo de una cinta de arena ininterrumpida, de tantos kilómetros que me ha de hacer ganar en pocas etapas muchos kilómetros. Pero eso será más adelante, no hay que precipitarse, ahora termino por alcanzar Guardamar.

Llego a las primeras edificaciones de Guardamar sobre las 10,00 h, avisto desde muy lejos la escollera, una imponente muralla pétrea, un espigón de rocas que se adentra medio kilómetro en el mar llevando lo que resta del río mar adentro, la Gola del Segura. Playa Centre y playa Babilonia, las turísticas. Documento la formación y fundación del pueblo actual y las lucha de sus habitantes contra las dunas, a través de una interesante serie de carteles, de una exposición al aire libre, que cuelga de los muros de algunas viviendas.

Rechazo adentrarme en el pueblo, subir hasta su casco antiguo, rechazo ese baño de hormigón y ladrillo que se me propone. Retorno a mi caminata sobre la arena, llegado al puerto deportivo desayuno como requiere la ocasión, como un albañil, en el restaurante anexo a la misma desembocadura. Pequeño, recoleto, con un cierto afán de lujo, pero a la vez popular. Estas construcciones se asientan sobre una duna fósil, al igual que los edificios enormes que forman/jalonan Guardamar en la margen derecha del río. Ni siquiera el cauce canalizado que forma la desembocadura resulta natural, se encajó artificialmente hace tiempo.
Regresado de mi inmersión en la naturaleza, percibo la extrañeza y la molestia de cualquier ruido sobresaliente, de las voces estridentes, del jaleo de conversaciones cruzadas de la cafetería. Varias personas hablándose simultáneamente me alteran, realmente dañan mi oído, cierto anda algo cascado por una hipoacusia galopante y adelantada. Es como si después del alejamiento, mi mente y mi cuerpo, en sus órganos más sensibles, se revelasen, no quisieran abandonar esa benéfica quietud tan arduamente conseguida. Pero tengo que recuperar fuerzas, almorzar bien, salir de ese coqueteo con el agotamiento con el que últimamente tanto juego. Tal vez sea solo achacable esa fatiga, ese cansancio, a una falta de nutrientes, unida a mi baja tensión crónica o, tal vez, como supongo, sea provocada por la susceptibilidad que se ha apoderado de mis receptores sensoriales, y pretenda protegerme de un entorno alterante, enervante.
Salgo, constato la existencia de una torre en el margen izquierdo del río enfrente, en la otra orilla, enfrentada a los baluartes turísticos de este lado, bunquers acorazados, parapetos ofensivos de diez, doce plantas, inmensas torres del homenaje despobladas que en verano ocupa la soldadesca del veraneo, en sucesivos turnos.
Ignorantes, como yo que sobrevuelo con la mirada y eludo ese lado, sobrevuelan también las gaviotas las inmediaciones del puerto, cormoranes secan sus alas abiertas como espantapájaros en las isletas de tierras aluviales/sedimentos que se forman entre los cañaverales, una garza levanta el vuelo. Y gatos, gatos por todos lados, entre los pedruscos apilados que conforman los encauzados márgenes del río a ambos lados. Descienden sigilosos hasta la misma orilla del agua aguardando no sé qué: protegerse del aire en esa zona más baja. No veo barcas de pescadores que regresen y les puedan lanzar los restos de la pesca. Tal vez esperan algún ave, algún polluelo despistado de gaviota sobre el que saltar.
No existe puente que permita atravesar el ancho Segura, no lo hay ni lo parece. Pregunto, me dicen que se impone acudir al interior un par de kilómetros (serán casi tres y medio y otras tantos de vuelta) hasta el scalestrix de la carretera nacional, allí puedo cruzar al otro lado del río. ¡País! Por eso digo que Guardamar guarda poco y cuida menos al cauce de agua que le da la vida, y el nombre.
Un abuelete sentado en su silla plegable aguarda para sacar algo con la caña de estas aguas color verdoso, con poco lustre y transparencia. No miro los rascacielos de la izquierda, disuelvo mi atención entre la vegetación de la orilla (eneas, cañas, plantas acuáticas), los grupos colonias de cormoranes pescadores secándose y los embarcaderos individuales (apenas una pequeña pasarela con unas cuantas tablas, sobre unos pilones, desde la que acceder a las barquitas pescateras de remos). Se hace arduo recorrer tanto cemento, tanta acera desangelada, a pesar de encontrarme en el inicio del día.
Desde una curva hacía atrás, al sur, que describe el río avisto las murallas del castillo. Cerca existe un importantísimo asentamiento fenicio del VI a C, La Fonteta, perfectamente conservado al haber sido engullido por las dunas, hoy excavado y visitable, era una colonia metalúrgica del cobre, hierro y plata (cuyos pobladores procedían del Cabezo Pequeño del Estaño, un par de kilómetros más al interior, cuyo emplazamiento había sido destruido en el VIII a C. por un terremoto), sobre el que se superpone una rabita islámica (monasterio) con mihrab, minaretes, etc.
Alcanzo por fin la carretera, N-332 para más señas. La cruzo y desciendo al río, encuentro marcas de GR, las sigo pero se internan peligrosamente en la espesura vegetal y se pierden. Es preferible continuar por la carretera, siguiendo el arcén hacia el norte. Semeja un filo nítido de asfalto en vez de aluminio templado, un tajo seco corta el aire al paso de cada vehículo. No parecen conducidos por humanos estas sierras mecánicas capaces de seccionar cualquier cosa o animal que se ponga por delante. San Fulgencio, rotonda, desvío de La Marina, desvío hacia la costa al fin, un camino junto al azarbe La Culebrina me devuelve a ella. Sé de dos poblaros íberos en las proximidades, el muy amurallado y bien dotado de torres de El Oral y La Escuera un poco más al interior, pero desisto de buscarlos.
Comienza a refrescar como si el cielo, apiadándose, quisiera refrescar también mis costuras. Puedo ver desde atrás, desde una perspectiva más amplia, el campo de dunas, los manchones de pino y eucaliptus se apiñan en pequeños bosquecillos, los taráis y arbustos salpican las hondonadas. La lluviame reconcilia otra vez con la caminata. Una talabartera de madera me conduce de nuevo al mar. Me cruzo con dos extranjeros mayores, pareja, con tres perros: coliee madre con el hijo y labrador (esta raza siempre despierta sentimientos amables, llego a suponer que el dueño se parece siempre a su perro), van paseándolos o viceversa, lanzándoles palos. En la orilla un cormorán pesca, unas fochas negras de penacho blanco en la cabeza pasean, observa una grulla.

Retorno al maravilloso pasillo costero, las dunas a la izquierda con sus mechones encrespados de florecillas amarillas en una sempiterna primavera más dependiente de las lluvias que del calendario, como una salvífica cortina ocultadora y la arena otra vez, esa alfombra mullida y húmeda, se amolda a mis pies con cariño, los consuela del asfalto, recorrida por chorlitejos y correlimos. Techado por nubes pasajeras, su telón deja entrever cierta claridad en el cielo todavía. Molesta salir del silencio, escapar deesos dedos con que masajea tan sabiamente nuestras sienes.
Busco y avisto siguiendo una línea imaginaria desde el imponente hocico que supone el cabo de Santa Pola, la verdaderaisla de Tabarca, pero no alcanzo a distinguirla desde aquí, quiero adivinar, forzando la vista, algunos edificios del pueblo amurallado, la torre de la de la iglesia sobresaliendo a un lado, pero no.
El mar, a mi lado, de mi mano -o yo de la suya más probablemente-, ha encontrado definitivamente el color que envidiaba del cielo -¿o es al revés?-. No se divisa el horizonte, apenas lo puedo intuir. Es plomo, todos los colores acuerdan fundirse en una fría ebullición a una tonalidad próxima al plomo. El verde oscuro metálico del agua se resiste y rafaguea tonalidades similares a las del cielo, embrumándolo todo a la vista, disolviéndolo, como en un paisaje norteño, solo interrumpido por las bollas de los criaderos de pescado y, ahora sí, ahí delante, con su negra y chata elevación, Tabarca, recortándose asoma como una bacalá secándose al sol, como una alfombrilla. Destaca el poblado en un extremo, sus detalles, creo adivinar incluso destellos blancos del oleaje que choca contra su costado, pero no puede ser a esta distancia, han de ser imaginaciones mías.
Las olas ahora resultan diferentes, suponían simples crestas redondeadas antes, limadas, que caían formando un borde de alargada bañera. Ahora, bien entrado el medio día, se atreven a coger cierto ímpetu, solamente una, la última, la que viene a morir a mis pies, la que rinde cuentas, la que borra las huellas humanas de la orilla y pasa la mopa por la alfombra, dejando apenas unas trazas vegetales, rezagando su espuma, en una playa tan plana y extensa, con tanta arena a ras del agua. Si me meto hasta la rodilla no encontraré movimiento alguno, disfrutaré de un baño quieto de bañera, de su caricia queda.
Al frente, difuminándose, se acerca el imponente morro de Santa Pola, con salpicaduras de construcciones ascendiendo laderas arriba, amenazando con ocupar el cabo, los edificios se encrestan en una alocada competencia sin lograr alcanzarlo. Distingo el pueblo grande, extenso, alargado, que han estirado los veraneantes, las casas aterrazadas, los volúmenes cúbicos de las torres de apartamentos, surgiendo desde la playa del Tamarit en adelante. Veo las montañas de sal delante.
Aquí delante, al alcance de mis pies, aparece una pequeña urbanización con una torreta vigía de socorristas vacía, aguardando al verano y a sus musculosos salvavidas para que entretengan las tardes ociosas de las damas. Otra urbanización después, posiblemente sea La Marina.
La mirada me cae cansada al suelo, en la misma arena. Cada pocos pasos encuentro una abejas en el punto donde se acumulan los residuos que el mar devuelve. Boca abajo, quietas, lo que me hace suponer que aún están vivas. Parecen estar esperando secarse para recuperar el vuelo. Toco una con el pie, se mueve, avanzar en dirección contraria al agua, huye. Llevan llenos sus depósitos de polen, sus bolsitas amarillas en el segundo par de patas. Creo que se han desorientado en su regreso a la colmena, oculto el sol tras las nubes durante todo este día encapotado, han perdido sus referencias y han caído al mar.
Hostal Maruja y Galicia en la misma orilla del agua con el sabor antiguo de los veraneos de nuestra infancia, construcciones sencillas, habitaciones frescas, trato familiar y pensión completa, el retorno cada verano. 2,15 h.

Llego a la Torre del Pinet, su origen se remonta al año 1.552 cuando un bajel berberisco capitaneado por Salah Rais, llega a la costa ilicitana escasamente defendida por algunos vigías de guardia ( para evitar que los contrabandistas cruzaran la albufera al amparo de la noche), se percatan de ello y toman tierra. Rápidamente se adentran hasta la villa ilicitana donde, después de intentar su asalto, capturaron importante botín en enseres y personas. Esto provoca que las autoridades y las clases altas crearan el conocido como Resguardo de la Costa, institución encargada de crear una tupida red de alerta y prevención de ataques de enclaves de costa y de recintos urbanos, máxime cuando ya que en 1.550 el pirata Dragut, mercenario a sueldo de los turcos, castigaba las costas de la huerta de Alicante allí donde las defensas se relajaban.
Se levantan una serie de torres de defensa a lo largo de la huerta y la costa ilicitana con diversas torres vigia, entre las que destacaron Ressemblanc, Vaillós, Palombar, Carrús, Asprillas, Estaña y Gaitán, que unidas a las costeras de Tamarit, Pinet, Escaletes, Talayola y Carabassí, constituían el sistema defensivo anexo a la ciudad de Elche y a la fortaleza de Santa Pola, gracias al experto ingeniero italiano Giovanni Baptista Antonelli que diseña el sistema en 1.562.
Hago un alto en mi andada, ocupo una hamaca prestada en una terraza abierta, de las varias casas bajas existentes en la misma orilla de la playa, para apuntillar esta modorra persistente que me acompaña desde hace un rato.
Apaciblemente sentado, incorporado, tras completar mi labordigestiva, deposito mi mirada y todo mi ser despertante sobre la resplandeciente y apacible superficie del agua. Refulge a retales este sol primaveral clareando de ocres los fondos próximos a la orilla. Fondos terrosos de arena que hacen promesa de playa aún muy adentro del mar, más adelante, por la escasa profundidad.
Planean y quedan suspendidos a unas decenas de metros, como si de cernícalos se tratase, charranes comunes. Se zambullen a intervalos, ahí delante mismo, con la rapidez que la captura de pececillos impone. Se recorta perfectamente su esbelta silueta en el aire: largas alas como estiletes en un cuerpo menudo, grisáceo, ceniciento, casi azulado, y su cola en uve; destaca un penacho negro a modo de copete. Puedo apreciar todos los detalles, incluso diferenciar alguna captura en su pico cuando me sobrevuelan, de regreso. Aprecio la maniobra de sus zambullidas tan geométricamente calculadas, milimetrada; la fuerza con que se dejan caer su aparentemente frágil cuerpecillo para traspasar la superficie del agua; el somero buceo y, tras emerger de nuevo, la precisa maniobra de despegue: apenas unos aleteos para elevarse al tiempo que se sacuden el agua. ¡Qué perfección, que maravilla, asistir en butaca de primera fila al espectáculo! Patrullan la orilla de un lado a otro buscando los reflejos que delaten a los peces. Reemprendo mi marcha yo también a lo largo de la orilla.
Sé que ahí enfrente, a un par de millas de la costa, a una profundidad de veinte metros, se generó un arrecife artificial, con bloques de hormigón seguramente, rico es especies hoy como salmonetes, lisas, sargos, sepias, doradas, lenguados, langosta, langostinos, ostras, cañadillas y otras exquisiteces.
Alcanzo a divisara más adelante la figura de una señora mayor, Lucia Ana, vestida completamente de negro recogiendo conchas, pequeñitas la mayoría. Me paro junto a ella y le ofrezco de mi mochila algunas más grandes que traigo, me lo agradece efusivamente y me cuenta que las quiere para decorar marcos de espejos o de fotografías y ofrecérselos a sus hijas. Es italiana, de una belleza serena, con un moño sobre la cabeza que le da un aire señorial. Me cuenta que pasa parte del año aquí y parte en su país, alude a problemas de salud, de ánimo, ocupa un vagón en un camping cercano.
Se oscurece el inmenso cielo de un verde brillante, malvas, violáceos. Aparece en toda su gama la paleta de El Greco. Aunque nunca he apreciado sus recargadas composiciones, las distorsionadas figuras de sus personajes, que parecen responder a un supuesto defecto visual o al propósito de efectismo misticista intencionado, siempre me ha impresionado la atrevida gama cromática que despliega, la fuerza y vigor de sus tonalidades, que, estas si, suponen un impacto espiritual potente. Y ahora tengo ocasión de disfrutarlas.
Recorro tierras de las Salinas de Bonmatí S.A., son estas concesiones por años a empresas danesas y suecas
Me veo obligado a tomar un segundo desvío hacia el interior, pues al final de las salinas estas desaguan sus excedentes líquidos al mar formando un de caudal considerable y vigoroso difícil de atravesar. He de internarme por diferentes vericuetos entre las balsas que las componen en busca de una salida hacia la carretera nacional. Tengo ocasión de apreciar a cambio un esplendido cielo rosa sobre las salinas rosas que alcanza a aplacar mi espíritu en semejante pasteleo cromático. Observo en detalle la formación de la sal entre finos barros grisáceos, sucios, las capas y estratos sucesivos precipitando en las orillas de las charcas, la pestilencia culinaria que las acompaña.
Sigo por la carretera entre una lluvia fina que baja algunos grados la temperatura del ambiente, llego a la Torre del Tamarit, muy restaurada, irreconocible (se caía a pedazos hace unos años, desdentada y roída como encía de abuela). Supongo que se imponía conservarla, pero su antigua imagen le confería otro aspecto más interesante que el de postal turística que ahora posee, desde luego constituye un excelente posadero de gaviotas, que increpan con sus estentóreos gritos al paseante. Su emplazamiento al interior parece indicar una función defensiva más que de vigilancia, protegiendo la entrada de la albufera de Elche.
Llovizna más, hace fresco, un telón de ceniza cubre el horizonte cuando alcanzo las primeras construcciones de playa Lissa, en las afueras de Santa Pola, atravieso los almacenes de una hacienda salinera antigua, me paro a contemplar los icebergs de sal apilada en la explanada listos para su transporte.
Me adentro en la desértica población vacacional, transito calles despobladas de turistas, huérfanas de vida, con calles más anchas, sin coches aparcados junto a las aceras, donde la visión rebota de un lado a otro desacostumbrada. En los charcos que se han formado percute soledad una llovizna pausada que a esta hora ensombrece la tarde como un telón oscuro ajado poniendo punto final, por el momento, a la representación, a mi etapa.

lunes 12 febrero de 2018



