17º j. Tabarca-Sta Pola-Alicante . 17,6km

Comienzo esta etapa embarcando en el puerto de Santa Pola con destino a la isla de Tabarca, bien visible enfrente a apenas dos millas del cabo. Mide 1,8 km por 0,4. Lo que más me llama la atención cuando me aproximo es la iglesia, finalmente restaurada con dos torres (antes nunca las llego a tener). Todavía se pueden apreciar restos del primitivo puerto bajo ella, excavado sobre la propia piedra del litoral. El nuevo puerto, llamado de la Caleta, se encuentra un poco más adelante.                                                

     Isla Plana, como también se la conoce, está formada mayoritariamente por rocas calizas y alguna de origen volcánico, tiene unos 200 habitantes residentes. De vegetación original pobre, sin árboles, la tapiza una maquia de palmito y aladierno;  abundan los arbustos espinosos (esparraguera, cambronera, espino negro). La pueblan unos cuantos reptiles: gecos, culebra bastarda, eslizón. Hubo conejos, ahora no. La última foca monje fue vista en 1928. Abundan sobre todo los gatos (más de 120 contados, una campaña de castración acabó con más de 80 por infecciones derivadas).

     Destaca sobremanera la riqueza de sus fondos marinos, debido a la pesca artesanal selectiva de los isleños y a que mantienen extensas praderas de posidonias. Merced a ello se crea una Reserva Marina en 1986, manteniendo el permiso para calar una moruna o almadraba –la última se dio en 1960- y el uso del curricán (para la pesca del calamar y la sepia). Es un paraíso del buceo deportivo, regulado en determinadas zonas, que he tenido ocasión de disfrutar.

     Estabón la llama Planesia y por el geógrafo Al Edrisí, sabemos que la isla estuvo deshabitada aunque fue utilizada como factoría pesquera en época romana y, desde luego, como base de operaciones de piratas berberiscos, aunque no tenga fuentes de agua. Poseyó primeramente la isla el patronímico de Santa Pola, que luego pasaría al enclave costero, conocido hasta entonces como Lugar Nuevo.     

      En el siglo XVI, durante la campaña promovida por Carlos V para la conquista de Túnez, intentando contener el peligro que suponía Barbarroja, además de volver a entronizar a la dinastía aliada que había regido este país, el soberano español se fija en una pequeña isla situada cerca de la frontera con Argel, que por su situación estratégica, pudiera servir como una pequeña avanzadilla. La intención era fortificarla y crear incluso un presidio con una pequeña guarnición, pero el mantenimiento de este puesto, bastante lejano, resultaba oneroso. Se arrienda en 1540, bajo titularidad española, a una familia genovesa, los Lomellini, parientes de Andrea Doria, que asumen el mantenimiento de ese pequeño bastión y pagarán a la corona española un quinto del total de las ganancias que proporcione la pesca del coral, abundante en ella. Durante casi dos siglos se mantiene esta situación, la población ira haciéndose poco a poco más estable, alrededor de 1700 contaba con cerca de 2.000 personas. Ante los problemas que plantea este crecimiento demográfico y los ataques del Bey argelino, se producirá la emigración voluntaria a la pequeña isla de San Pedro (Cerdeña), a la nueva colonia Carloforte y también a ciudad de Calesetta en la isla de Sant´Antioco (ambas en Cerdeña) durante el reinado de Carlo di Borbone, futuro Carlos III, rey de Nápoles y Sicilia entre 1734-59.

     Todo ello nos lleva finalmente a señalar que en enero de 1769 llega a Alicante un contingente de 309 cautivos, de origen siciliano, corso y genovés, rescatados (mediante canje de moros o directamente comprados por las órdenes Trinitaria y Mercedaria en Argel) procedentes precisamente de la isla tunecina de Tabarka. 

     El ilustrado Ministro de Hacienda Campomanes, de acuerdo con el conde de Aranda, capitán general del Reino de Valencia, tenían la idea de fortificar la isla dada su importancia estratégica. Encargaron los planos para levantar una torre fuerte y aposentar un destacamento militar. Se modifica entonces la idea en favor de una ciudadela para estos nuevos pobladores, construyendo 125 casas donde trasladar finalmente a los 311 primeros tabarquinos, en diciembre de 1770. La isla que fuese Ysla Plana de San Pablo recibirá desde entonces el nombre de Nueva Tabarca.

     Desembarco yo pues, procedente de Albacete que no de Túnez, en su puerto nuevo. El antiguo labrado sobre la misma roca viva yace irreconocible bajo la muralla, a los pies de la iglesia.    

Rampa, restos del puerto original
Puerto de la Caleta al fondo

  Penetro al recinto amurallado por la puerta monumental, recorro la antigua calle Mayor, actual carrer d´en Mig. Me dedico a un entretenido callejeo. La apariencia racional y trasnochada del pueblo cautiva: la armonía de las casas bajas de uno o dos pisos (no sobresale salvo la nave y torres de la iglesia –por cierto que se ha añadido una segunda, siempre tuvo una-) cúbicas, con terraza, encaladas, con algún balconcillo escueto, de una traza sencilla; su planimetría ortogonal, ilustrada; la escasez de ornatos (excepto en la Casa del Gobernador, actualmente un hotel); las calles de tierra pisada, los huecos ajardinados con arbolitos y palmeras, la diáfana plazuela Mayor, aportan una imagen de otro tiempo, de otro tipo de vida aún preservada. Predican unas proporciones a escala humana, no osan perturbar la paz de los gatos sesteando. Acumulo esas estampas como postales antiguas al natural, que tanto aprecio y a las que regularmente vuelvo.                    

     Una vez pateados a conciencia sus rincones, los vestigios antiguos que denotan su origen, escudriñados sus secretos dentro y fuera del recinto amurallado -ahora que lo permite su aislamiento y soledad; en verano es imposible, hordas de turistas ansiosos la asaltan a diario convirtiéndola en un parque temático propio-  procedo a recorrer el perímetro completo. Comienzo desde playa Grande, donde se extienden las terrazas encementadas de numerosos restaurantes y refrescantes que en verano aprovisionan a  miles de turistas procedentes de Benidorm, Santa Pola y Alicante. Enfrente se aprecia el islote de la Galera, punto de amarre de la almadraba que estuvo en uso hasta ayer mismo, ¡1960, nada menos! Era del tipo monteleba, esto es sujeta a tierra, a diferencia de las que se calan solo entre embarcaciones. Capturaba atún rojo, pez espada, emperador, bonito, caballa y melva.                              

    De salida intento andar por la misma orilla del agua, pero sucesivos y coordinados ataques de gaviotas, que se precipitan sobre mí gritándome, me indican que eso no está permitido. Ese es su territorio, yo debo atenerme a la senda trazada por el uso, un poco más arriba.

     Escullos, peñascos diseminados, roquedos flotantes, hasta Punta Falcón. Isletas enfrente, apenas suponen unos escarpes sobresaliendo para que aniden las gaviotas: La Naveta y la La Nau, Los Farallones. Impresionante vista de la bahía de Alicante, un gran arco que tranquiliza y enmarca sus aguas, se alcanza a apreciar nítidamente el cabo de Alcodre  o de la Huerta. Y, hacia el interior, la sierra Aitana, el Puig Campana delante e, incluso agudizando mucho la vista la aguja pétrea del peñón de Ifach.

     Regreso tras visitar el cementerio, tapias blancas sobre negro; más tranquilo, imposible. Hasta el Escull Forat, planchas de roca, pedruscos desgajados, resaltes y escalones, no hay arena ni posibilidad de baño hasta regresar al puerto de la Caleta. Subo a la Torre de San José, es un decir, en el centro, sobre un resalte del terreno de unos 30 m., supone un cubo gigante, minimalista, un  Kursal. Poderosa se alza su figura pétrea disuadiendo a posibles atacantes, sin apenas aberturas que mermen su coraza (saeteras en el primer piso y escuetas troneras en segundo y tercero). Posee un aljibe cerca. El recorrido, sumado el paseo previo por la ciudadela, apenas supone unos cinco kilómetros.              

     He de volver a tierra firme e iniciar el segundo arco costero de mi singladura. El primero me llevó hasta… de regreso, se levanta levante, valga la redundancia, surgen borreguillos de espuma sobre un oleaje que comienza a encabritarse. Me veo ahora desde fuera, en  un ángulo opuesto, invertida la perspectiva, desde el mar. Puedo apreciar desde el barco perfectamente definidas las salinas de Torrevieja, a la izquierda, la gola del Segura a continuación, la cinta de arena de La Marina, El Pinet, sus salinas, su desagüe (que me impidió cruzar haciéndome recular hasta la nacional), la playa de nuevo con esa figura solitaria bajo la lluvia, transeúnte escondido bajo una gorra (soy yo, según creo)…recuerdo ese paseo, las sensaciones que entonces me asaltaron y ahora recupero acodado en la barandilla de la tabarquera.

     Aprovecho para ir estudiando la ruta a seguir después: la subida a la torre de Les Escaletes, en imponente lomo del cabo; la torre del faro, la Atalayola, y una posible bajada a pico por alguno de los barrancos excavados… A la derecha, dunas fósiles cerca de la playa de los Arenales, aviones aterrizando señalan la ubicación del aeropuerto de El Altet, después diviso el puerto de Alicante, el codo de la Albufereta y el cabo de Huertas.

     Impresiona sobre todo el mazacote pétreo del cabo, parece una frente agrandada por coscorrones que se hundiera en el mar buscando alivio, aparenta más altura y corpulencia de la que tiene, 147 m. en el faro. la Sierra de Santa Pola es en realidad una plataforma carbonatada que corresponde a un antiguo arrecife coralino, concrétamente a un atolón fósil de 6 millones de años y casi 5 km de diámetro. Se aprecia nítidamente su forma circular desde el satélite. Tras ser enterrado por sedimentos más recientes, volvió a aflorar en el Cuaternario y el relieve resultante reproduce la morfología original del arrecife, con magníficos afloramientos en algunos puntos y barrancos tajados sobre sus laderas.

    Desembarco, voy remontando callejuelas hacia la parte alta, hasta un polígono industrial en las afueras, sigo subiendo por tierras que eran fondo marino no hace mucho, a la búsqueda del antiguo Portus Ilicitanus ( los restos del yacimiento ibérico de La Picola),auténtico límite del agua hace 2.500 años, distante hoy un kilómetro y medio de la línea de costa. Es un poblado-fortín ibérico (V-IV a C) coetáneo a la fundación de la colonia de Ilici (descubierta en La Alcudia a 2 km al sur de la actual Elche, cuna de la famosa Dama de Elche), posteriormente ocupado por los romanos en época imperial (I a C.), donde levantaron almacenes y una factoría de salazones y garum y, posteriormente, una cetaria (una factoría industrial dedicada al pescado) a finales del IV d C., siendo abandonado a finales del V o principios del VI.

     Suponía un importante enclave comercial, un emporium (centro de intercambios neutral y abierto), una extensión comercial de la población ibera L´Alcudia, con la que comunicaría por vía terrestre bordeando la laguna de inundación existente, las posteriores salinas.

     Desciendo hacia el castillo, escondido entre edificios, torres de apartamentos y pisos actualmente. No se divisa el mar, ¡mal lo tendría para descargar su artillería contra embarcaciones enemigas si fuera menester! En tiempos la orilla estaba más cerca, y despejada. Situado en el centro de la población, representa una impresionante fortaleza renacentista 45 m. de lado, tiene cuatro naves perimetrales que circundan y delimitan un patio de armas interior muy grande. Poseía dos baluartes en punta de flecha y dos torreones cuadrados, uno de ellos albergaba el palacio del duque. Se levantó en 1557 con muros de mampostería inclinados, en talud, rematados con una moldura de sólidos sillares. La puerta en doble ele impide al enemigo acceder directamente al patio de armas, donde se ubican las viviendas de la guarnición, pegadas a los muros interiores, y un aljibe que se cree dio nombre desde antiguo al lugar (cap de Aljub, cabo del aljibe). Sobre la puerta principal resalta una espadaña de reciente factura que rompe la línea de la fortaleza, debiera haberse eliminado en la restauración.

     Acoge, hoy en día, al igual que el castillo de Carboneras, las dependencias de un centro cultural y el Museo del Mar con salas sobre el corso muy ilustrativas. Adquiero el interesante libro de las ponencias del II Congreso Internacional de Estudios Históricos: El Mediterráneo, un mar de piratas y corsarios, celebrado en el año 2002.

     Por muchos incidentes y asaltos, las autoridades decidieron dotar a la costa ilicitana y al casco urbano de Elche, y su extensa huerta, de un sistema defensivo costero e interior que se mantuviera en alerta ante los ataques moriscos, una serie de torres vigía y de defensa que fuera capaz de repelerlos. Entre las que destacaron la del Pinet, Tamarit, Escaletes, Talayola o Atayola (actual faro), Carabassí, Agua Amargay las del interior, torres de la huerta:Ressemblanc, Vaillós, Palombar, Carrús, Asprillas, Estaña y Gaitán. Se vinculaban a la ciudad de Elche y a la fortaleza de Santa Pola, gracias al plan trazado por experto ingeniero italiano Giovanni Baptista Antonelli en el año 1.562 para el rey Felipe II.

     Aunque el duque de Maqueda ya había adelantado trabajo en los últimos años del reinado de su padre, en sus Ordenacions aparece la propuesta de una efectiva cadena defensiva de castillos y torres vigía o atalayas. No todas debían ser construidas al tiempo, además ya existían algunas, fue al coronarse Felipe II cuando empezaron a ejecutarse. Después, en 1562, el polivalente ingeniero Antonelli (realizó presas para pantanos, un proyecto también para hacer navegable el río Tajo desde Aranjuez a Lisboa) se encargaría del reconocimiento de castillos y fortalezas para ver de estudiar su mejora en el extenso Reino de Valencia, elevando al monarca una memoria que recomendaba:”fortificar los castillos porque estaban casi indefensos, construir algunas torres y edificar un fuerte en la Sierra de Bernia”. Y así se hizo. 

     Las torres estarían distribuidas estratégicamente a lo largo de la costa, atendidas por guardias permanentes, distaban entre sí una legua (4,8 km) o legua y media, lo que permitía unirlas a pie cada mañana por atajadores que recorrían las costas en busca de naves prontas arribar u ocultas en las calas. se comunicaban por señales visuales o ahumadas en caso de peligro y se avisaba en auxilio a la población local o a las milicias señoriales que pagaban algunas pueblos. Una vez informado de lo que me interesa en el casco urbano, en las afueras, cerca de na cantera de caliza,  todavía en uso, instalada en un barranco (una de las salidas de agua del antiguo atolón quizás) comienzo a ascender hasta unos empinados 90 m, por una callejuela, trasera a las urbanizaciones, que se cierra con una cadena para impedir el paso de vehículos, Alcanzo arriba la torre que llaman de los Moros, como dicen de tantas, o también de Pepe; pero en justicia denominada de les Escaletes. 

      Hasta donde me alcanza la vista con nitidez, desde este morro superlativo del cabo, hasta las lagunas de Torrevieja y más allá, el desborde del río Júcar y el Vinalopó formaban una sucesión de lagunas y marjales inmensos enriquecidos de pesca, aves, mamíferos y todo tipo de animales; fertilizaban las tierras en esa enorme depresión del terreno. No hay más que hacer recuento de los restos arqueológicos descubiertos por ahora -di buena cuenta en el comentario de las últimas etapas-, que desde antiguo permitieron asentarse a multitud de pueblos: orientales, fenicios (La Fonteta, Guardamar), iberos, bastetanos y contestanos (poblado amurallado de EL Oral, cerca de San Fulgencio; el mismo Ilici), romanos, ahí mismo, en la Colonia Iulia Ilici Augusta, actual Elche; árabes (La Fausilla, Guardamar).

     La torre de les Escaletes se construyó en mampostería irregular de origen local  con presencia de sillarejo en el acceso. Su aparejo es irregular trabado con mortero, cal y grava blanquecina. Sus dimensiones alcanzan los 31,60 m. de perímetro en la base y 10 m. de diámetro en la terraza. De forma troncocónica, posee una hilera de canecillos que sostenían un parapeto. El acceso, actualmente tapiado, se encontraba en el frente NO, dispuesto a gran altura, a unos 4,85 m. de la base. Presenta restos de enfoscado exterior, lo que indica una terminación en enlucido. Rematan unas ménsulas que permiten sujetar el peto de protección y agrandar el contorno de a terraza para contener piezas de artillería. Fue recientemente rehabilitada.

     Presenta una placa conmemorativa, realizada en una caliza diferente al resto de la construcción, de la visita que realizó el virrey de Valencia, Vespasiano Gonzaga, en 1.557, año de su construcción, que así reza: (Vespasiano / Gonza) GA COLOMA PRINCIPE / DE SABIONEDA DUQUE DE/ TRAYETO MARQUES DE / HOSTIANO, CONDE DE/ FUNDI Y DE RO (drigo)/ AÑO…

     Los datos documentales nos hablan de que la torre ya está edificada antes de que Antonelli redactara su informe al rey, donde señala: “… a la torre de las Caletas se hará lo mismo y se le pondrá un morterete para guardar y echar corsarios de unas caletas…” Si tenemos en cuenta estos datos, es muy probable que se levantara con las Normas dictadas por el duque de Maqueda en 1.554, siendo reformada por Vespasiano Gonzaga bien entrada la segunda mitad del siglo XVI.       

     Encuentro una especie de aljibe en las proximidades. Continúo hacia el interior, adentrándome en la extensa planicie superior del faro salpicado de bosquecillos de lustrosos pinos, entre espartizales empenachados de espigas. Surgen en manchones por los alrededores, donde lo permiten los pedruscos y las losas grandes, semejantes a tumbas desvalijadas, que cubren la cima.

     Doy un paseo de unos 5 km hasta el faro, donde se alcanzan los 147 m. No  recuerdo otro de porte similar desde la Mesa de  Roldan, estaba a 213 m. Resta una caja robusta tronco piramidal de dos plantas, construida en mampostería, reforzadas las esquinas con sillares, de la primitiva torre de la Talayola o Atalayola, sobre la que se levanto la linterna del faro, para lo que hubo que modificar su cubierta. Se le añadió también un cuerpo de un solo piso que la rodea, como vivienda del farero.

     Se ha levantado al borde mismo del acantilado, que cae vertical a unos 100 metros sobre la superficie del mar, un espectacular mirador de cristal (una pasarela curvada) para mayor disfrute del turismo que, como es bien sabido por todos, supone un gran invento. Abajo, en las Casas del Cabo, enfrente existió una torre, llamada de Enmedio en algunos mapas, pero no queda ni rastro. Es posible que se confundiera con otra citada como del Carabassí, en la playa del mismo nombre, cerca de de la ermita de Ntra Sra del Rosario, pero tampoco encuentro rastro, ni desde arriba ni a pie de playa. Lo único que llega a asemejársele es un edificio almenado, flamantemente clausurado, que tiene una placa junto a la puerta que indica Centro de Recuperación de la Vida Marina, inaugurado en 2007 por Francisco Camps…     

Ermita de Ntra Sra del Rosario

      Como también ocurriera en La Manga, en este enorme arco bajo los acantilados es necesario recorrer unos cuantos kilómetros hasta al final (en este caso a su punto medio entre dos zonas sobreconstruidas: Sta Pola del Este y los Arenales del Sol, a nivel del suelo, o el Gran Alacant, sobre los acantilados), a zona virgen, para encontrar apenas unos cientos de metros sin construcciones, un trozo de terreno despejado, más o menos natural. Puede solazarse el ánimo y la vista entonces, disfrutar de un baño solitario si lo permite la climatología.  

     Añadido algunos meses después, un día de tantos del tórrido veraneo, a finales de junio, en una extemporánea…  

                                                TRAVESIA ESTIVAL    

     Un alto en la caminata estival que traigo desde el cabo de Santa Pola, recuperando lugares y sensaciones vividas hace unos meses, me detengo en un típico chiringuito playero para disfrutar mi bocadillo (de caballa por más señas) y una pinta de cerveza bien fresca en la playa del Carvassí junto a Mohamed, que ha parado un momento a la sombra de su toldo para descansar. Extiende, de paso, afanoso el muestrario de sus baratijas sobre el suelo, en una paraeta improvisada. Se seca el sudor agobiado que trae encima y mi tan siquiera se concede un refresco (por economizar) o una cerveza (por prescripción religiosa). ¡Ahí es donde tomo verdadera conciencia de que, en estas circunstancias, una religión que prohíbe o sugiere que se prescinda de ella no puede ser buena, no concibo un dios tan despótico!, seguramente es cosa más bien de sus intermediarios.

     Atraviesa el horizonte de extremo a extremo la tabarquera que parte desde Alicante cabalgando el oleaje de un día de bandera roja, sembrando de vomitonas el agua a buen seguro, dando de comer a los peces.

     Aquí al lado, los guiris están a lo suyo. Bajo las sombrillas de mimbre alquiladas, sobre las colchonetas azules, se tuestan ajenos a todo, inmersos de pleno en sus anhelados sueños vacacionales. De vez en cuando se levantan para repostar, una calva en el bronceado a modo de boca sonriente (como las patatas Matutano) bajo cada glúteo indica las horas y los días de exposición. Se llegan al chiringuito para el white vine, el tinto de verano en vaso maxi, las cocas o los ice cream para la prole. Un poco de postureo chil out con sombreritos de paja y gafas de colores ácidos completa la escena de una manera más chic, a la ibicenca.

     Es entonces cuando, observando el faranduleo barato, alcanzo a comprender que en realidad somos coloniales, muy coloniales todavía, tomo plena conciencia de que no hemos dejado de serlo aunque haya pasado más de un siglo de las últimas descolonizaciones. Basta con imaginar la escena completamente al revés:

  Mohamé de turista británico o alemán de clase media, bajo la sombrilla, sobre la hamaca abrillantando su negro natural (después, cuando acabe la tarde las recogerá un chico italiano sin contrato), se le aproxima una nórdica rubicunda para ofrecerle unos mojitos de garrafón o un masaje descongestionante sobre el terreno, un perfecto relax para favorecer la siestecilla. Persistentes vendedores alemanes intentan colocarle, mientras tanto, alguna baratija para pagarse la pensión esta noche, para comer una patata asada con arroz que engañe el hambre. Padres de familia franceses u holandeses, que no pueden permitirse el restaurante, realizan trayectos desde los coches cargados de neveras y bolsas a tope para aprovisionar a la familia, que se refugia bajo sombrillas de propaganda anexadas a toldos, sobre sillas plegables oxidadas y alfombrillas de fibra deshilachadas.

     Por lo demás día de levante soleado no apto para el baño. Como única distracción los paseos de pasarela al lado de las olas rompientes de los salvavidas luciendo músculo bajo ajustadas camisetas fosforito, con gesto serio y aplomo militar: hoy toca trabajo, hay que estar atento, ¡sin aflojar en la figura de cruasán, que tanto esfuerzos me exige!

        Persisten, más adelante, una serie de dunas, protegidas por una cerca, transitables por una pasarela, similares a las que vengo observando desde La Mata, que terminan unos kilómetros más adelante, justo donde empieza la furiosa invasión de ladrillo. Hacia el interior, se observan otros bellos ejemplares fósiles, en la larga playa que precede la urbanización Arenales del Sol. Siguen y siguen nuevas urbanizaciones, poblados residenciales veraniegos, aldeas del dolce far niente, hasta el borde de las mismas pistas del aeropuerto del Altet.         

     Enlazan con los suburbios del límite sur de la actual ciudad de Alicante. Encuentro un poco más adelante un montón de pedruscos que señalan el emplazamiento de la Torre de Agua Amarga, en la playa del mismo nombre. Presenta un estado ruinoso, pero aún conserva la cimentación y se puede apreciar su planta circular y su espolón en el lado este.

                                                                                   29  abril  2018