Amanece el día y con él la posibilidad de una nueva etapa, la prometedora perspectiva de una nueva serie de etapas. He preparado un equipaje somero con lo imprescindible en la mochila. Temprano me he echado a la carretera a devorar kilómetros para enlazar con el punto donde, meses atrás, dejé el tajo.
La tenue luz del amanecer va despertando al paisaje, lo noto desde la ventanilla del coche, contemplo al planeta bostezar al tiempo que voy despertando yo. Va surgiendo una niebla, un vapor cálido exudado desde el interior de la tierra, resultado de la diferencia de temperatura del planeta adormecido con el aire fresco matutino; o tal vez, más probablemente, su sudor después de tener que girar al planeta entero para traer el día, como caballería rodando una noria. Esos efluvios van desdibujando los contornos que la luz creciente ha comenzado a insinuar, los va tintando de un misterio expectante que los hace irreales. Árboles y bosquecillos escuetos salpicando los sembrados, poblaciones durmientes con el alumbrado público todavía encendido y aún las aldeas en la lejanía, permanecen envueltos en él resistiéndose a salir de esa cálida modorra.
Un toro de Obsborne mira impasible desde el horizonte recortando su silueta sobre la cuerda de una pequeña sierra pelada, marcándome el camino a seguir, la proximidad de la salida de autovía que me conviene, el final del trayecto donde habré de aparcar la máquina.
Pie a tierra, transito la playa del Postiguet, el cogollo marino de Alicante, un charco despegado de su entorno, exiliado del mar al que se supone pertenece. Un charco de aguas estancadas mecidas por unas espesas oscilaciones que denotan su moribundez. Aguas muertas, represadas, cenagosas, de orilla muerta, turbia de fango (como si hubiese algún vertido próximo, que no veo), aguas casi fecales.
Se acabó la aventura entre comillas, pienso, los espacios relativamente abiertos y despejados, aptos para su apreciación en bruto. Se acabó el caminar solo insertado en un paisaje desprovisto de obstáculos apreciables -siquiera algunas moles escondidas, avergonzadas tras las dunas. Se acabó ese consentido y cómplice dialogo fluido con la naturaleza, esa sintonización enriquecedora. Se acabó lo que se daba, lo bueno y lo regular; comienza lo malo, lo prescindible. Pero mi propósito es claro y firme: si me he propuesto transitar toda la costa mediterránea hasta cabo de Creus, y aún más allá: hasta Port Bou (que hace frontera con Francia, ¡total por veinte kilómetros más!), se hará entera, la recorreré toda, absolutamente toda, sin excepciones ni concesiones.
Comienza pues la parte menos agradable, evito conscientemente utilizar el término desagradable, tampoco es cuestión de amargarse el paseo. Siempre quedará al menos un ángulo al que mirar: hacia la derecha, según se camina, hacia el lado del mar. Para, como hace él, considerar de manera impasible tanto despropósito Espero, de todas formas, descubrir entre tanta depredación y tanto destrozo especulativo, suficientes alicientes para poder sobrellevar lo que me espera (como ocurriera en La Manga). foto
Rebusco fotografías antiguas en blanco y negro que me aporten, al menos, el antiguo aspecto de la zona. Imágenes de sus orillas limpias y despejadas, pobladas por gentes que ya no existen, vestidas con trasnochados atuendos, tomando baños de mar en las meras orillas, prescritos por los galenos, chiquillos jugando en la playa posando para una marina de Sorolla. Villas vacacionales, edificaciones de dos pisos, jardines con cenador detrás de artísticas verjas, construcciones bajas que, lejos de tapar la perspectiva la completan, la enriquecen de humanas proporciones. Intento hacer acopio de ánimo con ellas reteniendo en la retina esa atmósfera de aquellos tiempos, sino mejores, si más naturales, más a la medida del ser humano.
He evitado partir desde el ajetreo de la capital, desde el centro, su algarabía de coches, humo, población, comercios; desde tanto desconcierto y ajetreo. Preciso cierta reserva de calma y concentración en el depósito para lo que está por llegar.
Llego al recodo que dibuja el litoral, desde esta posición elevada que supone un adecuado mirador en la playa Almadraba, plantado ante la bahía,me esfuerzo en borrar tantos colores estridentes, tantas ventanas, tantos bloques como terrones de azúcar que se superponen en un gigantesco mecano, tanto castillo moderno (no de arena, precisamente), tanta torre de apartamentos… que se comieron la playa hace décadas, y hasta el propio acantilado de la sierra de San Julián, para abrir paso a su depredación. Sobresalen unos sobre otros en un alineamiento descomunal que los empina para asomarse al mar por encima de los anteriores.
He decidido comenzar por el principio, desde el originario enclave de Alicante, desde el parque arqueológico que alberga lo que un día fue el primer asentamiento. Aquí mismo, hace unos tres mil años, se asentaban a orillas de una albufera natural, entre bosques, en la suave ladera de un altozano, las paredes de unas cuantas casas que constituían el poblado ibero, después romano llamado Lucentum (la Leukon Teijos o Akra Leuka púnica), el Lakant musulmán, el Alacant de Alfonso X o Jaime II). Aunque actualmente se revisan estos parámetros y se cuestiona el verdadero origen de los tossales levantinos, elevaciones junto al mar que facilitaron los asentamientos de población, que no serían obra de emigrantes cartagineses o conquistadores romanos, sino puramente íberos. Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que existió en este emplazamiento una laguna, al pie mismo de la sierra Grossa, junto al último de los cuatro pitones que la conforman, desecada posteriormente (como tantas otras que he ido documentando).
En Lucentum, sobre eltossal de Manises, de 38 m. de altitud, fue el origen, eso es claro. Llama poderosamente mi atención el nombre del parque que circunda al monte sobre el que se asienta el yacimiento: Solveig Nordström. Corresponde a la heroína sueca que en 1960 evitó con su denuncia el expolio que intentaba perpetrar una constructora levantando allí un hotel. Su actitud frente a las excavadoras y la convocatoria a la prensa extranjera lo impidió, declarándose un año después Monumento Histórico-Artístico.
Una playa bien cuidada, rastrillada, ensanchada por espigones, artificial, se extiende tentadora ante mis pies. Sucesivas escolleras desde el puerto abren terreno hasta el cabo de Huerta. Toco arena por fin, toco agua, el camino pues prosigue.
Me paro a contemplar la amplitud de la bahía, recuerdo la visión desde el otro extremo, las superpongo. Sobresale al frente como un chichón en la frente el morro del cabo de Santa Pola y hasta allí -sin solución de continuidad- un edificio sobre otro, una torre junto a la siguiente, sin hueco apenas que los aísle, aglutinadas como árboles de un bosque de hormigonado, las desproporcionadas colmenas de una selva impenetrable, inabarcable. Un pequeño clareo en El Altet, para permitir el aterrizaje y despegue de naves con más abejas (zánganos o avispas, según se mire), en las dunas fósiles a un lado de Urbanova, y poco más. Afortunadamente la bruma del la mañana empaña, en parte, esa visión. Solo consigue borrar sus pies, que no son de barro desgraciadamente. Tabarca no aparece, oculta al otro lado del horizonte marino, más al sur; a lo mejor no se ha despertado todavía y se resiste a aflorar de su sueño submarino.
Aprecio el roquedal de Benaguacil, de 167 m, como recorta nítida su figura el castillo, la imponente fortaleza de Santa Bárbara, así llamada por conquistarse en esa festividad a los musulmanes en 1249. Experimento similar sensación de fortaleza inexpugnable que frente al castillo de las Águilas de San Andrés (solo que este se encuentra a 79 m). Ya Al Idrisi en el siglo XII apuntaba que era “… un castillo construido sobre una montaña cuya ascensión es muy penosa, es muy fuerte a pesar de su poca importancia…”, dependería de taifas ajenas, sin constituir una propia. La primera noticia en el siglo X, el geógrafo Al Razi nos refiere la sublevación en el 925 de su gobernador contra Abd all Rahman III, que precisó de un largo asedio para reducirlo.
Se constituye en un Alcázar poligonal en la parte más alta con cubos en saliente y una gran torreón saliente amurallado hasta media ladera, se prolongaba en un recinto amurallado que abarcaba la mezquita (actual iglesia de Santa María, de estructura gótica y nave única con capillas abiertas entre sus contrafuertes, con añadidos renacentistas, barrocos e incluso rococós).
El Lackant árabefue definitivamente incorporada a la corona de Aragón a finales del XIII, Las sucesivas edificaciones y murallas defensivas han rellenado y estilizado ese peñasco de caliza blanca. Restaurado de su ruina tras la guerra de los Dos Pedros, a finales del XIV obtendría el aspecto medieval que conservó hasta XVIII con tres recintos: el alcázar, rematado con almenas; la plaza de la Torreta debajo con varias torres de la primitiva fortificación en el frente interior; y el albacar(recinto de la fortaleza para ganado) viejo procedente de las reformas de Felipe II a finales de XVI a cargo de nuestros muy conocido Antonelli, Vespasiano Gonzaga y Fratín, que levantaron la gran terraza en el nordeste rodeada de baluartes. Aún habría de reforzarse para la guerra de Sucesión, recortándose las torres, nivelando desniveles y se construyó la ermita de Santa Bárbara (destruida por una explosión posterior del polvorín).
Al lado, le complementa el castillo de San Fernando, sobre el Monte Tossal de 88 m, levantado a toda prisa entre 1810-12, durante la Guerra de Independencia, para completar las defensas, aunque se detectan deficiencias técnicas que obligaron a abandonarlo definitivamente en 1850.
Desde el arenal ensanchado de la Albufereta compruebo como esta bahía acoge un mar tranquilo, un remanso de paz la mayor parte del año, con temperaturas benignas (media de enero 11º y de agosto 26). No es de extrañar que allá por 1853 se eligiese para establecer la referencia, la cota 0 del nivel del mar, a la hora de considerar un punto inicial para elaborar toda la planimetría del país. Añádase a ello la existencia del primer ferrocarril (1858) que unía un puerto del Mediterráneo con la capital del país y se convendrá en que la decisión era lógica.
Una pequeña caseta aloja el mareógrafo de Thomson en el muelle de Levante del puerto de Alicante, supone el lugar exacto, el kilómetro cero acuático, donde se estableció el nivel medio del mar que referencia todas las altitudes terrestres, las curvas de nivel del mapa topográfico nacional, cuya Red Geodésica Nacional terrestre se había iniciado en Madridejos para elaborar toda la planimetría de los mapas 1:50.000 de la geografía nacional. Lord Kelvin, sir William Thomson, ingeniero, matemático y físico británico, al que se deben importantes estudios sobre la termodinámica que permitieron establecer la escala para las temperaturas que lleva su nombre, perfeccionó el aparato a mitad del XIX, dotándole de mayor precisión y autonomía.
Primeros auxilios. Conviene ir preparado cuando se sale de viaje o de excursión con un botiquín de primeros auxilios y unos conocimientos básicos a la hora de asistir a cualesquiera personas que se hallen necesitados de nuestro socorro y, si fuera el caso, que lo es, de los fundamentos necesarios para ayudar a algún bañista desprevenido del que la resaca marina o el oleaje intentan apropiarse. Era raro que en todos estos días de viaje, en tantas horas y kilómetros de trasiego (debo cerca de los 400 km(, no surgiese evento alguno que requiriese de mi intervención. Y, he aquí, que surge esta mañana.
Gema y Coco, su perro de unos meses de edad, de raza indefinida, salen huyendo de la playa donde parece que el animal, olisqueando entre los peñascos de la escollera, se ha clavado en el hocico el anzuelo que algún desaprensivo pescador había abandonado allí. Cuelga un metro de sedal y un trozo de caña natural anudada a él, lo que me hace suponer que no era profesional. El caso es que el animal asustado, y la dueña más, salen precipitadamente en busca de algún veterinario que los ayude, mientras el animal va pisando el hilo y agrandando la herida. Me acerco a tranquilizarlos y a ver si puedo ayudar. Observo que sin alicates o tenazas es imposible sacar el anzuelo, romperlo, por lo que resuelvo cortar el sedal al menos y evitarle más tirones. Gema no puede ayudarme, su nerviosismo la inhibe y además lo contagia a Coco. Así que intento tranquilizarlo para que se deje hacer. Le sujeto fuerte el hocico cerrándolo con una mano, mientras con mi navaja en la otra corto el hilo que ya entresaca un tozo de carne de la encía. Algo más aliviado sí que queda. Prosiguen hacia una clínica veterinaria cercana donde podrán soltarlo definitivamente.
Continuo, camino solitario bajo las Lomas del Far, la cala de Judíos y la playa de Cantalares. Un cartelito informa de que transito una microreserva de la flora (margarita de mar, coronilla, hinojo marino, siempreviva alicantina). No tengo claro que haya paso costero. Pero sí lo hay sobre las rocas, que como planchas extienden sus formas en rampa adentrándose en el agua en lo que parece un esbozo de puerto íbero muy rudimentario. De hecho, se ha descubierto ahí enfrente, en un punto no precisado, lógicamente, un pecio íbero a tan solo 5 m. de profundidad. Se adivinan además unas balsas de pesquerías, unos viveros excavados.
Cala de la Palmera, cabo de la Huerta, antiguo cabo de Alcodre (del árabe al-kodra, el verde) regada por el río Monnegre que en el XVI se reguló con la construcción del embalse de Tibi y llega casi seco.
Saltando sobre las rocas aprecio cantidad de fósiles, como un repujado vegetal labrado hace unos 8 millones de años sobre estas areniscas amarillentas del Mioceno Superior, en lo que sería una plataforma marina poco profunda. También asoma una capa de conglomerado cuaternario y una playa fósil de hace 100.000 años, abundante en erizos y bivalvos. Encima de esta loma, apenas asoma un faro romo que sobresale lo justo, se aprecian extracciones en las rocas, canteras.
Informa la cartelería municipal también de algunas especies de aves con las que me puedo topar: cormorán grande, gaviota de Audouin, charrán patinegro, garceta común, chorlitejo, vuelvepiedras, zarapito trinador. La mayoría han emigrado, pero este otoño caluroso favorece la presencia de algún despistado. Alude un cartel informativo a la excesiva presión urbanística de los últimos 30 años, debido a su orografía algunas zonas escaparon parcialmente a la desaprensiva y depredadora urbanización. ¡Por lo menos hay conciencia municipal de ello, por algo se empieza!
Se produce un cambio de hito, dejo la referencia de Tabarca y el morro de Sta Pola para dirigir la mirada, siguiendo la línea de costa, hasta una pequeña sierra que representa una cuña en el horizonte, la sierra Helada de Benidorm. A la vuelta del cabo aparece una visión fantasmagórica, similar a la que me precede. Otro mecano descomunal de construcciones lanzadas a capricho sobre la playa por la mano de un gigante carente del más mínimo sentido estético, un juego de fichas de dominó apiladas y amontonadas que han caído verticales.
Prosigo pues junto a la orilla, disfruto cierta soledad inusual en este tramo Percibo al cabo de un tramo un zumbido extraño, el sonido de algo o alguien arrastrándose por las piedras detrás de mí, me sorprende una sombra que se me echa encima, me giro y cuento apenas con un segundo para echarme a un lado y dejarle pasar, oigo un sonido gutural que adivino puede ser un gracias. ¿Va embutido en un mono negro ajustado o un dos piezas?, no se aprecia, lleva guantes, casco, gafas de sol de espejo, va totalmente cubierto de pies a cabeza. Constituye una aparición, un relámpago rodante (la chica del anuncio: ¡busco a Jack!, pero en masculino), completamente acorazado, como un guerrero: pero no de la armadura de cuero de un motorista (que, al menos, le protegería de caídas y quemaduras) sino del una especie de traje de buzo ligero.
Yo me he quitado la camiseta porque debemos andar por uno 20 o veintitantos grados al sol, si no más, y voy tomando el sol, remojándome la cara y los pies de vez en cuando, abierto a la temperatura, al mar, abierto al paisaje, cómodamente. No entiendo cómo puede ir embutido en semejante uniforme cuando con una simple camiseta, pantalones cortos y un casco le sobraría; sin embargo lleva una equipación profesional que lo mismo le permitiría subir al pico Aitana que, por cierto, diviso ahí enfrente o el mismo Puig Campana nevado. No estoy en contra del deporte en la naturaleza ni de la competición, incluso con vehículos de motor, siempre que se reserven y preserven los espacios naturales, y se eviten parques naturales y reservas, pero me parece un despropósito embutirse, aislarse de tan bello entorno, un desperdicio. Mejor haría en utilizar un circuito preparado ex profeso o en velódromo.
Estos territorios están abiertos, siempre lo han estado, incluso antes de existir senderos, al uso de animales y humanos que quiera transitarlos a pie, en bici o cualquier otro artilugio que podamos inventar, incluso el mar que aparece delante lo está. Se corre el peligro de usar tanto la naturaleza que de puro pisada no se aprecie. En ese mismo peligro caen algunos grupos senderistas, de orientación, de búsquedas, etc que usufructúan el medio natural, pero no terminan de valorarlo en sí mismo,creo.
Faro de cabo Huertas, aquí había una desaparecida torre de Alcodre de planta circular, según ordenanzas del duque de Maqueda de 1554, existente en 1561. Al final de una sucesión de toboganes de piedra arenisca, amarilla y muy dura, calitas entre peñascos, comienza la playa, la kilométrica playa de San Juan. Avisto lo que parece una torre, su arranque al menos, al final de un murete de piedra surge una construcción en piedra viva igualmente circular. Según los cálculos apuntados en la información de que dispongo, de una legua o legua y media de separación entre torres, podría corresponder a ella, aunque no es probable, apuntan a restos de un molino.
Me dispongo a transitar los casi 7 km de arena fina, rastrillada de este pseudo-Benidorm, de este nuevachork de bolsillo. Supondrá un buen entrenamiento para la vorágine turística que me espera. Amago las orejas, agacho la cabeza y pongo la directa en el mismo borde del agua, donde ajenas a todo deslizan su cristalino frescor matutino las olas. Prohibido mirar a la izquierda, me digo. He de concentrarme solo en las planchas de vidrio esmaltado que limitan con la arena fina y trillada de la playa, bien plana y ancha por los muchos espigones que la han ido ganado. Entretengo mi atención en las primorosas puntillas blancas de espuma que se tejen y deshacen casi al momento, en el devenir de unas olas infantiles que apenas se levantan. Reluce submarino un fondo arenoso amarillo dentro del agua somera, que el sol relumbra a placer en esta mañana otoñal, mucho más agradable que las sofocantes de verano.
Invitación al baño, algunos la aceptan, por su aspecto al salir no parece que el agua este muy fría, se secan al sol sin toalla. Yo lo pospongo hasta que llegue al final de la playa, será el merecido premio.
Tablas con remo, neoprenos varios, deportes recién inventados, salpican la arena parejas, individuos, pasa raudo el tranvía por el mismo paseo marítimo como una moderna oruga ofreciendo postales desde sus ventanillas ¡Qué distintas de las que se podían disfrutar en el Trenet entre Alicante y Denia, su antecedente!
Bien rastrillada la playa como una huerta lista para sembrar turistas invernales, paseantes y deportistas, parejas, perritos juguetones, hamacas esporádicas, cometas y algún hacendoso con detector de metales. Faltan las setas de colores, porque no se precisan sombrillas. Unos cuantos bares y restaurantes abiertos, con sus terrazas al sol, desafían al calendario con la suficiente complicidad de domingueros atemporales, alargan un veraneo que pretendemos prolongar todo el año. Poderosas grúas verdes, azules, asoman entre los huecos como imponentes cruces por detrás, elevando sus plegarias a los dioses de la construcción y el negocio, al sacrosanto libre mercado (una vez alejado el fantasma la crisis). Escucho su sonsonete de martillazos, gritos y motores, el himno que entonan a la actividad laboral.
Apenas puedo adivinar las sierras del interior que asoman detrás de los bloques empinándose de puntillas. En primer término sierra Grossa, detrás la del Menejador (parque natural de la Font Rocha) que tuve ocasión de ascender, culmina con un vértice agudo que un volcán, 1350 m.; debajo hacia la derecha se esconde Alcoy. Sigue, en la línea de ese horizonte del interior, tumbada, echada en toda su extensión como un gato adormilado la Sierra de Aitana, la culminan a 1557 m. construcciones blancas: un observatorio astrofísico y unas antenas. Sobresale después, más adelantado, en primer término ya cerca del mar, el mazacote rocoso imponente del Puig Campana (1408 m.), su forma hace justicia al nombre, se adivina en su cumbre la Patada del Gigante (mas adelante tendré ocasión de explicar por qué lo llaman así). Sigue una sucesión de muelas rocosas y paredones hasta que la mirada vuelve a ascender bruscamente chocando con las torres de Benidorm, un nuevayork de bolsillo, un bosque de despropósitos constructivos (o no, según se mire), secuoyas de hormigón. Detrás, como una enorme cuña que evitara que se precipitasen en el mar, la Sierra Helada, un escarpe de estratos muy inclinados que se precipitan verticales al mar desde los 435 m., parece la espalda de un saurio echado, sobre cuyo lomo percute el planeta día y noche con su oleaje, intentando despertarlo….pero que protege impasible a inversores, constructores, agencias de turismo, mayorista, compañías aéreas… y ediles.
Una digresión, con permiso. Analizando la otra cara de la moneda, cabe considerar que en parte es una suerte poder concentrar a tantos miles, cientos de miles personas, en unos cuantos macro-destinos turísticos de la costa durante buena parte del año. Son benidores de primer orden, desmesurados enjambres humanos, megalópolis residenciales que absorben sucesivas oleadas de turistas extranjeros y nacionales, residentes de segunda vivienda, que multiplican y pluralizan su oferta y no solo en verano,. Son enclaves literalmente atestados de gente, donde resulta imposible aparcar si no se cuenta con una plaza de garaje, comer las dos en un restaurante si no se ha hecho reserva previa, con playas no se puede poner la toalla en la playa si no se madruga mucho, etc. lugares vacacionales que, en definitiva, no hacen si no repetir y propiciar la prisa que es precisamente de lo que tratan de desprenderse los turistas. Pero tales contingencias constituyen también parte de su encanto, son una manera de ocupar ese tiempo de ocio y obtener temas a conversaciones. Supone una suerte contar con semejantes aglomeraciones: con tal grado de compresión poblacional se consigue que queden menos saturados otros lugares, y hasta libres y desatascados. Son los menos apetecibles, igualmente interesantes o más si lo que se busca es descanso y placidez, belleza natural.
Prosigo analizando mi horizonte futuro. Al final del horizonte se alcanza a apreciar un morro levantado frente a los elementos, una proa rampante, el parachoques pétreo de las sierras del Montgó, las últimas estribaciones de las Cordilleras Penibéticas que se adentran en el mar, para volver a aflorar en paredones ibicencos. He tenido ocasión de otear desde el pico Aitana esa isla, recuerdo bien esa imagen de precipicios rosados y amarillos imponentes alzando su orgullo sobre el agua, se interponen apenas 83 km de agua desde Denia.
Desde aquí hasta los cabos de La Nao y San Antonio prolifera una sucesión de entrantes y salientes montañosos, unos desmontes y acantilados que caen al mar desde más de 300 o 400 m. en algunos puntos, que será necesario estudiar La comarca de La Marina quiebra continuamente la cinta costera de escarpaduras con las últimas alturas de las Sierras Penibéticas que resurgen después dando lugar a las Baleares. Me espera un sube y baja continuado de laderas que no superan los 150 o 200m habitualmente, pero con notable abruptedad, excepción hecha del tramo de playa que me llevará a Xativa de unos 5km.
De toda esta planificación futura regreso a la cruda -tórrida, más propiamente- e inmediata realidad, con mis pies sucediéndose en la playa de San Juan, casi en su parte media se alza un semi-obelisco moderno que me ayuda a romper su monotonía.
Llamada perdida. Suena impertinente el móvil, el oleaje intenta acallarlo, pero resuena insistente. Suelen ir desconectados mis aparatos salvo el GPS, activado cuando lo preciso. Miro la pantalla: número desconocido. Llamo para no preocuparme ni conjeturar después. ¡Horror, el banco, el director de la sucursal!
— ¿Qué horas son estas, no puedo hablar, ya sabes, horario laboral, y veo este número…?-le digo.
–Es el mío particular, no te preocupes, es que…, no pasa nada, solo decirte que para que no te cobremos gastos innecesarios… tienes que pasarte…bla,bla, bla…sí, solo hacerte una tarjeta…bla, bla, bla…que no supone gastos pero…
–No puedo hablar…
–Sí, ya, pero te conviene…para no tener gastos…bla,bla,bla…
–Luego te veo, ya me pasaré, ahora no puedo, estoy fuera…-cuelgo.
¡Estos cabrones me han localizado con algún programa de detección por satélite,, se han enterado que estoy por San Juan y fijo que me quieren colocar un apartamento de los que tienen por aquí!, como ahora ejercen también de inmobiliarias… Si le doy pie seguro que termina preguntándome por donde ando y me suelta: A propósito, por allí tenemos una torre de apartamentos…, y unos adosados…
¡Qué asco, yo que no quería mirar hacia la izquierda y, mira por donde, me obligan! Estamos controlados por todos lados, en todos los ámbitos, hemos dejado de ser personas para convertirnos en clientes potenciales.
Voy mascullando mi venganza y mi dolor, mientras un cormorán de brillante plumaje negro y pecho blanco, apenas a unos metros, se sumerge en la misma orilla, en un palmo de agua, escudriñando su almuerzo. Me ignora a mí y a los pocos que transitan la playa, se afana en perseguir pececillos que se acercan a la orilla. Se nota que está acostumbrado a la presencia de los humanos. Yo no tanto como él, más si son banqueros. Le doy las gracias por devolverme donde estaba.
Me baño al final de la playa cerca de la Punta del Riu. Como algo entre las 14,15 -30 h. Me topo con una playa de Can, bien distribuidas, en zonas menos transitadas, apartadas, y pobladas de vegetación, hacen su papel y no les viene mal un poco de abono extra. Ejemplo de cómo se puede armonizar el crecimiento con el disfrute.
No hay paso porque viene recrecido de agua el riachuelo. He de recular un poco hasta la carretera que me introduce en las afueras de El Campello, en la calle principal, pero enseguida, encajado entre tanto bloque, derivo hacia la playa de l´Horta o Muchavista, al paseo marítimo. Terrazas pobladas al solecito.
Llegado al puerto, con la torre troncocónica en el recodo mismo que se aprovechó para construirlo, aparece una estampa que recuerda mucho la torre de la Horadada. Esta de denomina del Campello o Torre de la Illeta, situada enfrente de una pequeña península que constituye el rico yacimiento arqueológico de La Illeta dels Banyets. Su construcción se hizo entre 1554-57 por el arquitecto Joan Cervelló, por orden de don Buenaventura de Cárdenas, duque de Maqueda y virrey de Valencia, viejo conocido. Es previsible que existiera otra con anterioridad por la importancia del asentamiento de la Illeta. El Campello fue partida rural de Alicante, carece de un castillo que le diese protección, correspondería hacerlo al Castillo de Santa Bárbara.
La torre es casi cilíndrica, de base circular, edificada toda ella de sólidos sillares. Supera en mucho las dimensiones de cualquier otra torre vigía y ello da a entender su importancia. Sobresalen los sillares de su basamento, mucho más grandes que los del cuerpo de la torre, hasta la tercera hilada. Tiene acceso elevado en la parte norte y ventanas de arcos rebajados y adintelados con sillares. Una corona de ménsulas de sillares más grandes, añadida en 1991, culmina y rodea la terraza. Existe un aljibe a unos ochenta metros.
Recordemos que los ataques berberiscos a la costa alicantina se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XVII y, posteriormente, la amenaza de la flota de guerra francesa estuvo presente durante la Guerra de los Treinta Años. Y aun después corsarios ingleses y franceses siguieron asaltando navíos y atacando estas costas.
Debajo en una placita con esculturas, despierta mi curiosidad el laboreo meticuloso de una señora que se acicala y emperifolla cara al sol, cómodamente sentada junto a una ninfa de bronce (existen otras dos en los alrededores). Tiene los útiles de belleza en el bolso y con paciencia y aplicación se entretiene en las múltiples tareas que tal asunto requiere: depilación, pintura, corte de uñas, limado… al tiempo que se broncea.
En la caseta próxima de venta de tickets para el transbordador a Tabarca, figura una horrible foto que altera la perspectiva, por una vez para peor, y muestra la isla demasiado urbanizada, como espero que no llegue a estar nunca.
Desciendo hasta el importante yacimiento arqueológico del Tossal de Banyeres,objetivo prioritario hoy.Abarca desde unas cabañas prehistóricas neolíticas (enterramientos argáricos, cisternas) del tercer milenio a C., un poblado y dos templos ibéricos, hasta la ocupación alto-imperial romana y posterior islámica en el siglo XI. Se extiende a lo largo de una isla de unos 200 por 60 m, unida a la costa en 1943 por un istmo artificial de arena. Se conoce también desde antiguo como Baños de la Reina mora, como otros similares existentes en Calpe, por una leyenda popular que pretende ver ocultación y misterio donde solo se escavaron piscifactorías y viveros de pescado. Se complementa con un asentamiento enfrente, en la orilla, donde hubo taller de elaboración de ánforas romanas para garum y una factoría de salazón.
Lo que interesa a mi propósito es la reciente reinterpretación de las estructuras ibéricas a la entrada de la isleta, separadas de la zona de templos, almacenes y talleres, que parecen formar un muro defensivo de unos ocho metros de largo y casi un metro de espesor. Su posición en el extremo NE, pegando al istmo, la dirección que apuntan pretendiendo cerrarlo y las enormes bloques de piedra que lo forman, parecen indicar que se trataría de una entrada fortificada o un sistema defensivo de barrera. Supondría un fortín litoral asociado al del Barranco de Aguas Bajas, muy próximo, y al del tossal de La Cala, en Benidorm. Lo que supondría los rudimentos de un sistema litoral defensivo ibérico, que completarían y perfeccionarían romanos.

Alcanzo la Lloma de les Reixes avanzada la tarde ya, de cara al final de la etapa. Pregunto a un submarinista que sale a buscar su cena si hay paso costero entre tantas urbanizaciones hacia la playa de la Almadrava. Me asegura que sí, pero después de unos metros compruebo que no es así. Denuncio que un chalet particular frente al edificio La Illeta se haya apropiado descaradamente del paso.
Un poco más adelante, en un segundo momento vuelve a ocurrir.
Continúa un sinsentido de apropiaciones e invasiones del litoral por parte de chalets particulares que no parecen preocupar a nadie. Desciendo un morro pétreo que forma hendiduras y caletas, la más conocida la cova del Lobo Marino (foca monje en realidad), llego a un punto donde el mar me cierra el paso. Me señala un pescador de caña al que pregunto, que existe una salida, un tajo escondido entre la vegetación que permite ascender hasta la tapia de una finca (usurpadora también de suelo que no era suyo -parece que es la costumbre por aquí).
Desde arriba observo una pequeña cantera excavada en la roca, apenas unas muescas de sillares extraídos que dibujan un ajedrez marino en el que las olas van ganando la partida.
Enseguida, ¡cómo no!, otro prójimo que se apropió del mismo borde del cortado para añadir a su casa una piscina particular con unas vistas privilegiadas que nos hurta a los demás, así como el paso. Los vecinos del Campello deben estar orgullosos de su equipo de gobierno municipal, y de los anteriores, es imposible gestionar peor.

He de recular finalmente de nuevo hacia calles interiores, hasta la mismísima vía del tranvía. Atravieso furtivamente la valla que la protege por un corte que han efectuado para poder bajar a la cala del Amerador.
Con pedruscos alineados han dispuesto pesquerías en su orilla, recintos de marea para atrapar peces y crustáceos, supongo. Encuentro a un viejo apaciblemente sentado en su silla plegable, ensimismado, adormilado de solecillo, mientras un joven –debe ser su hijo o su nieto- hace acopio de agua marina rellenando garrafas. Le pregunto y me dice que es para lavarle los pies. Me conmueve esa muestra de ternura del que se ha molestado en traerle en coche hasta la misma orilla y se dedica a satisfacer su costumbre, que ahora no puede ejecutar por sí mismo, o su manía.
28 noviembre de 2018














