
Amanezco temprano, a las 7 h. Me preparo pronto y salgo hacia el punto donde finalicé la etapa ayer. Desayuno muy bien en una gasolinera en el centro de El Campello, sobre la misma carretera general que lo atravesaba. Pregunto por el barrio Coveta Fumá, caverna con interesantes pinturas paleolíticas que se encuentran en el interior de la provincia, que es como se denomina a toda una zona de urbanizaciones. Encuentro indicaciones precisas para acceder por un puente, sobre la vía del tranvía. Ocupa varios cerrillos y vaguadas que se extienden sin solución de continuidad junto al mar ocupando cada hueco, cada desmonte, de una manera atosigante. Innumerables edificaciones, chalets con jardín mayormente. Giro, avanzo, retrocedo, busco, arribo por fin tanteando calles y callejones a la cala del Amerador, donde acabé ayer.
Cada día tiene su afán, y su incidencia, añado. Si ayer fueron los primeros auxilios nada más comenzar, hoy es el laberinto de calles, callejones y recodos sin salida que discurren por las laderas estas las colinas. Suben y bajan, curvean, trazan intrincados gusanos de asfalto con tal de apropiarse de estos recónditos parajes, tanto que infestaron y transformaron un lugar de esparcimiento común en solo privilegio de unos pocos propietarios. Un dédalo de vías y construcciones que transito como un minotauro mareado en busca de alcanzar al fin la orilla del mar, de encontrar la salida en este rompecabezas alcanzando una cala, una conchita de arena, o aunque sea de piedras, con aguas caldeadas donde remojar mis pies. Ladran perros grandes denunciando mi presencia desde paradisíacos jardines de pintorescas villas, avisando de mi paso, como si invadiera sus propiedades.
Consigo encontrar Cala Nostra, nunca mejor dicho porque parece más bien particular. Excepto dos viviendas con acceso franco a ella merced a sus propias escaleritas, o algún vecino prevenido, dudo que nadie consiga encontrarla. Apenas si alcanza una línea de diez metros de agua entre dos peñascos, con una pizca de arena y muchos bolos de piedra resultado de desgranarse de las grandes rocas conglomeradas de los alrededores.
He de salir desandando mis pasos, con las referencias que memoricé al entrar. Una gaviota sobre una chimenea, a modo de veleta natural, se entretiene observando mis pesquisas, hasta que se aburre y me da la espalda.
De resultas de esta navegación de secano sobre torrentes asfálticos desemboco en otra calita. Aquí todas son iguales, están formadas por arribones, acumulaciones de algas secas (posidonias sobre todo) que el mar arroja y compacta con la poca arena existente, con las rocas y los pedruscos caídos. Son escombros naturales, tanto del mar como de la tierra, que conforman y mantienen escuetas playitas, ayudadas por los escalones de obra que se levantaron para contener las acometidas del agua delante de los chalets demasiado invasivos, también para salvaguardar un escueto acceso a la orilla. Compartimentan las sucesivas calas depósitos de gravas y cantos rodados erosionados, desprendidos de los bajos acantilados, de morros rocosos que se disgregaron, o procedentes de la erosión fluvial, de los cauces de temporada que desde el interior los allegaron al mar y este se encargó de distribuirlos con sus corrientes.
La cala del Morro Blanco puedo andar un poco más, recorrer una pequeña loma arenosa de escasa altitud, terrosa, amarilla como el oro (para los edificadores, más) pero extrañamente respetada, virgen. Aún se pueden ver sobre ella vestigios de vegetación pretérita, autóctona: arto, espino negro, azufaifas… Aún se puede transitar su orilla llena de peñascos y lápidas pétreas. Continúo hasta dónde es posible. Losas de piedra perfilan toboganes en la misma orilla del agua que se dejan rascuñar por el oleaje. Sobre una de ellas alguien ha escrito como en un acto de apropiación en letras rojas bien visibles: SOLO NUDISTAS. Conquista sin mérito porque pocos se atreverán a bajar a la orilla entre tanto obstáculo peligroso, aunque otros sí ante el apreciado premio de tomar el sol al natural. Curioso el devenir del movimiento nudista, desde sus orígenes en los sesenta con el boom turístico, siempre relegado a las zonas más apartadas, a las peores playas, a las menos accesibles o de arena más gruesa; pero que hoy en día son precisamente las únicas que permanecen relativamente salvajes y, por ello, resultan más codiciadas.
Sigo como voy pudiendo, alcanzando bocanadas de mar que respirar entre tantas construcciones, sacando la cabeza y aspirando hondo por donde buenamente puedo.
Cala de En medio, final de trayecto, imposible seguir, atrevidos edificios se comen cualquier palmo de terreno libre hasta la misma orilla del mar, solo se detienen cuando los peñascos de las rompientes frenan su ímpetu. Sus habitantes se quejarán luego cuando haya temporal de levante, gota fría u otras desgracias climatológicas naturales, de inundaciones y pérdidas cuantiosas. ¡Encima!
Saliendo se suceden las casas sin interrupción, una junto a otra, una sobre otra, se superponen adaptándose al desnivel quebrado del terreno, removiendo tierras, extrayendo rocas. Sus jardines se aprecian escalonados, que trazando terrazas superpuestas, cenadores, huecos para aprovechar al máximo cada palmo de terreno. Sobresalen pinos, palmeras, eucaliptus, cactus arborescentes, limoneros, naranjos, olivos y demás árboles ornamentales; se descuelgan por las tapias al exterior buganvillas, hiedras y toda clase de enredaderas floridas que propicia el clima benigno y la certeza de riego. Todavía se alcanza a apreciar el antiguo encanto que poseían estos parajes, todavía queda algún manchón salvaje de vegetación de lo que fueron estos cerrillos junto al mar, las umbrías feraces, los barrancos que escavaron los débiles torrentes arribando hasta el mar, todavía asoman vestigios allí donde no ha podido culminar su depredadora invasión el ladrillo.
Retorno pues, regreso obligado a la nacional 332 si no quiero seguir pateando urbanizaciones y chalets que impiden no solo el acceso, sino incluso la visión del mar, tal es su abigarramiento. He de obviar un par de kilómetros pluri-urbanizados para llegar por el interior al barranco de las Aguas Bajas. Aprovecharé en su descenso para acercarme a la torre de les Reixes. No hay bien que por mal no venga, si se sabe ver.
Acometo el segundo tramo, por así decirlo, de la etapa. Desde un desvío de la carretera sale un tramo asfaltado que baja casi paralelo al Barrranc de les Aigües Baixes, desciende hasta la misma playa que se formó en su desembocadura. Está cerrado por obras, por arreglos para prevenir sus avenidas, Aunque puedo continuar adentrándome en el mismo cauce, que ahora permanece seco. Encuentro una preciosa perspectiva de la torre de les Reixes, larejas, sobre la loma bien empinada del mismo nombre. En poco más de 300 m se asciende hasta sus 155, una buena pendiente. Me detengo a sacar unas fotos, pero enseguida he echarme a un lado, salirme de la senda, para ceder el paso ante el ataque de unos centauros encuerados que avanzan hacia mi amenazantes. Pasan acorazados, rugiendo sus cabalgaduras, encabritándolas hacia no sé qué batallas, rajando el aire plácido de la mañana con sus estridentes motores, son siete u ocho jinetes frente a uno desarmado de infantería. Me rindo.
Restaurada la calma, asentado el polvo, me entretengo apreciando la factura de la torre. Se construyó a partir del informe sobre defensa del litoral valenciano del duque de Maqueda, a principios del reinado de Felipe II. No tiene cimentación, se asienta sobre roca misma, tiene base circular y forma troncocónica. Posee dos alturas y distribución interior similar a las coetáneas, cuenta con un aljibe en el lado norte. Está muy deteriorada, amenaza ruina.
Llegado a la playa, abajo a la derecha busco el emplazamiento de otra torre ibérica, mucho más antigua, que debe estar sobre una elevación, tras unos cuantos chalets que han tomado el litoral. En realidad, según recientes excavaciones de la Dra. Feliciana Sala, profesora titular del Departamento de Arqueología de la Universidad de Alicante, se trataría más bien de un verdadero fortín de época ibero-púnica datado con anterioridad a la Edad del Bronce, posiblemente de tres milenios a C. Se asentarían después íberos, dedicados a la transformación de productos agrícolas y conservación de pescado, hacia el siglo V a.C. Suponía un pequeño recinto militar, un puesto vigía y de defensa de la costa asociado a la isleta de Les Banyets. El poblado ibero se abandonó en el siglo III a.C. y quedó despoblado durante, al menos, tres siglos, hasta la posterior ocupación romana. Éstos, sobre las ruinas ibéricas y prehistóricas, levantaron una colonia fortificada coetánea a las construcciones de balsas (piscifactorías y criaderos de pescado) de la isleta dels Banyets.
Restos del fortín íbero.
Los restos fueron descubiertos en el año 2.003 y en el verano de 2.013 se realizaron catas y se excavaron. Se trata de un pequeño recinto militar fortificado de unos 350 metros cuadrados de superficie, formado por un patio de armas trapezoidal y tres estancias no comunicadas entre sí, dentro un perímetro amurallado de piedra de aproximadamente 1 metro de anchura. Albergaría una pequeña guarnición de guerreros para la vigilancia y defensa contra los piratas y el control del tráfico marítimo del litoral comprendido entre el Cabo de Huertas (Alicante) y la Sierra Helada (Benidorm). Y, seguramente también, el procedente de Baleares (Ibiza).
Pese a sus pequeñas dimensiones, supone un «yacimiento único», excepcional, por ser el primero descubierto de estas características y cronología en el litoral español mediterráneo, lo que da a entender que debieron existir más. Todo apunta a una posible red de vigilancia costera mediterránea. Fue declarado lugar protegido, Bien de Relevancia Local, por el Ayuntamiento de El Campello (omito lo de Excmo).
Se encuentra en una parcela cercana a la costa, compartida por dos propietarios, zona afectada por la Ley de Costas y, por tanto, no urbanizable. Según el periódico El Mundo, de 17 de marzo de 2014, sin previo aviso al consistorio, una pala excavadora destrozó “literalmente” el yacimiento, así como los restos de la muralla que lo protegía. Se abrió una investigación tras la demanda interpuesta por el equipo de excavación y un oportuno…. El Ayuntamiento, en su línea habitual, desconocía las intenciones de los propietarios, cosa habitual por otra parte; pero ni valló ni puso los medios para preservar esa riqueza.
Desde el punto de vista científico, se trataría, se hubiese tratado, de un “bombazo”, los restos tenían toda la apariencia de ser la única torre vigía levantada en la provincia por los íberos. La Dra. Sala, una de las firmantes de la denuncia, dijo que “se trata de un flagrante delito contra el patrimonio cultural alicantino”, se desconoce todavía el alcance de los daños ocasionados, así como si se podrá recuperar el monumento, dado que “el objetivo fue arrasar con todo a conciencia”. Desde luego la muralla que delimitaba el recinto va a ser irrecuperable.
En fin, una barrabasada más de la incompetente corporación (no es la única aunque espero que sí la última) que rige o rigió este municipio, similar a otras muchas de enclaves costeros que no saben ver más ganancia turística y urbanística. Lo habitual es ignorar los argumentos conservacionistas que intentan proteger, tanto el patrimonio cultural como el natural, lo poco de nuestra costa que todavía se puede conservar. Pero contemplar cómo se arrasa, o se permite que otros lo hagan (la dejación linda con la connivencia en muchas ocasiones), el patrimonio arqueológico e histórico es, además de un delito contra el derecho de todos a conocerlo y disfrutarlo. Y, en definitiva, supone tirarse piedras a su propio tejado porque no creo que anden tan sobrados de focos de interés capaces de atraer, no solo a estudiosos del tema, sino a un turismo cada vez más variado y preparado, más exigente.
Resulta difícil abstraerse de esas consideraciones, volver a la ruta, obviar tantos desmanes, tanta alarmante ineptitud entre unos políticos tan carentes de consideración, cultura y preparación, como de sentido común, pero parece que es el signo de los tiempos.
Recorro pues la playa de piedras redondeadas, bolos blanquecinos pulidos de variados tamaños, muy agradables al tacto. Llego hasta su límite norte, a los pies de la Loma de les Reixes, echada sobre un costado, con el agua refrescando sus lomos de mamífero colosal, de efigie guardiana echada junto a la orilla para vigilar que, al menos este tramo, por impracticable, no se pueda invadir. No es posible, acantilados a pico, altos, de aguas profundas, no lo permiten. Se extienden todavía un par de kilómetros casi hasta Cala d´Or, donde solo colgadas de sus alturas asoman algunas viviendas. Y hasta el puertecillo de La Mercé, junto a cala Lanussa, a unos 3 km, donde ya se aprecia una cintilla de arena.

Vuelta a recular, de nuevo hay que retroceder y recuperar el recorrido planificado, ahora discretamente paralelo a la costa, por donde el trazado de la N-332 lo permite. Busco en este tercer tramo la referencia de la Venta Lanuza. Encuentro un agradable bar-restaurante de carretera de los de toda la vida, esos donde atónitos turistas extranjeros se asombran de la oferta de tapas y, aún más, de los bajos precios; pero que nosotros no ponemos en valor. Un pequeño altarcito en la barra, delante de los grifos, muestra el santoral propio de espumosas divinidades. Repongo líquidos y sólidos, cultivo un poco de charleta con el camarero y pregunto finalmente a este profesional baqueteado ya en mil batallas, como bajar a la playa. Me indica donde está el puente bajo las vías del tran que me permitirá acceder.
Encuentro una playa de eucaliptus viejos cerca del agua, detrás los acosan las construcciones, los amenazan y arrinconan con sus dientes afilados, pero subsisten. Llego hasta la orilla del mar, acosado yo también. Recalo sobre la arena por fin, una conchita entre enormes losas y tablones de piedra. Unos muros entrometidos se levantaron en la mismísima ladera que cae sobre el agua, está paralizada la intrusa construcción, pero no demolida como debiera. Subo un cerro igualmente asediado de construcciones, desde donde otear el entorno, le busco la espalda, avanzo hasta el final de las urbanizaciones en dirección norte. Desde un otero se advierte la senda que desciende hasta la solitaria, desurbanizada y agreste playa del Carrizal, una agradable y gozoso imagen para la vista, cansada de bloques y cubos. Se abre esta llanada merced a la llegada de dos barrancos, el de la Castañeta y el del Carrizal. Supone un descampado abierto, desértico, abandonado por la avaricia depredadora, ignorado, seguramente por lo aislado y por el peligro de avenidas.
Parece que podría pasar perfectamente por un paraje almeriense terroso y degradado, ralo de vegetación y de habitación, dejado de la mano de dios y del diablo, dejado de la mano del hombre, que afortunadamente no viene a ser lo mismo, sino lo contrario. Pero no llega a serlo ni geográfica ni estéticamente. Aunque conservadas y poco modificadas sus arenas, sus calas, no resultan tan naturales, tan primigenias; parecen, más bien, un solar deshabitado en medio de la ciudad, un alivio de espacio rodeado de edificios que lo empequeñecen y aíslan, pero que también le han robado su identidad.
Por un camino de tierra tortuoso desciendo desde la carretera nacional hasta este clareo en la costa, dispuesto a recorrer el último tramo de etapa hasta Villajoyosa. Preside la explanada enfrente, sobre un promontorio rocoso que triplica su altura, resaltando aún más su esbeltez, en la misma orilla del mar, la Torre del Xarco o Giraley,nítida, recortada. Debió existir una fuente cerca, se aprecian restos de un aljibe antiguo entre huertas hace tiempo incultas.
En la llanada que ocupa sus inmediaciones observo vestigios de terreno trabajado, aterrazado, con muretes de piedra a medio hundir. Huellas de muchos brazos, mucho trabajo y durante muchos años para domesticar este terreno. Para, al finar, quedar en nada. Frutales descuidados, secos, resecos, troncos retorcidos que caen astillados de puro viejo, de abandono. Trazas de surcos casi deshechas, surcos que ya nadie ara. Madrigueras de conejos a medio escavar, territorio de perdices y córvidos. Valle feraz en otro tiempo, que hoy solo acoge a los fantasmas de quienes lo poblaron. La inexorable actuación de la naturaleza haciéndole con lo que le corresponde, ocultando las transformaciones que se le infringieron, recuperando lo que siempre fue suyo.
Cuando finalizo la playa del mismo nombre tropiezo con el jardín tapiado de un chalet que me impide continuar. Con la plena convicción de no estar haciendo nada prohibido ni punible (hay un GR 92 que garantiza o debe garantizar el paso, en este caso invadido, cortado) y ante la imposibilidad de sortear la valla oxidada y medio derrumbada que lo circunda por el lado del mar, salto el muro. Descubro, al atravesar la propiedad, que la puerta de hierro dispone de un candado abierto, ¡demasiado tarde!, pienso. Por lo menos no queda cerrada, permite acceder y dar continuación al camino, se puede abrir.
La senda prosigue por el interior en un sube y baja de cerros arenosos y resecos, bordeando elevaciones y demás oposiciones que le plantea el relieve, desprendiendo de vez en cuando alguna senda para descender a alguna playita. El paraje se denomina, con razón, El Sequeret. Prosigo hasta tropezar con cierta frondosidad, y con ella la sombra, cerca de la playa de la Caleta, de la que parece haberse apropiado el gran hotel Montíboli.
Playa del Paradís, al final de ella, frente a la gasolinera de Cepsa se encuentra la ermita de San Blas anexa a una villa decimonónica, Villa Ana, una preciosidad, un auténtico pastelito de merengue acosado por horrendos edificios modernos. Se ubica también un camping en el último tramo de playa que llega hasta misma orilla del mar, apenas me deja pasar su tapia que lamen las olas. Alcanzo después las faldas de un montículo escarpado que asciendo paciente y penitente, porque en su cumbre se situaba desde el IV a C el afamado santuario ibérico de La Maladeta, adscrito primeramente a la diosa fenicia Tanit, muy visitado por púnicos y contestanos. Parece ser en el equinoccio de primavera y otoño se divisa la salida del sol justamente sobre la isla de Benidorm, indicándose con ello el año agrícola. En época romana perdió importancia, trasladándose el culto en el año 80 d C. al nuevo foro romano, a la ciudad de Allonis que que acababa de obtener estatus de municipium romano (junto con Ilici, Lucentum y Dianum eran las cuatro ciudades romanas de la provincia de Alicante). Hoy ocupa su emplazamiento una torre-estudio y los restos derruidos, y sin embargo bellos en su ajado romanticismo, de un palacete de estilo historicista con mezcla de elementos y regusto masónico, Villa Giacomina, construido en 1910 por el afamado psiquiatra doctor Esquerdo, jefe del Partido Republicano, en honor a su mujer. El ayuntamiento estudia un proyecto de investigación y restauración del mismo, amenaza un cartel adjunto, aunque no estoy seguro que haya de convenirle.
Prosigo en busca de la meta del día con la vista puesta en el tajo de terreno que ha excavado en su transcurrir el rio Amadorio, una imponente muralla culminada hoy de coloridas casitas. En su desembocadura se excava la necrópolis ibérica del Poble Nou, existe otra en Les Casetes, al norte del casco antiguo de la ciudad, que hablan de la presencia colonizadora griega (massaliota), de barrios anexos a la ciudad ibérica, como ocurría en Akra Leuke (Lucentum, distante unas 32 millas náuticas, 60 km, una jornada de navegación) y Hemeroskopeion (actual Denia). Hablamos de la Edad del Bronce, del segundo milenio a C., más concretamente del V al II a C.
Se tiene certeza de la ubicación exacta de la estratégica ciudad ibérica de Allón, la Állonis romana, futura Villajoyosa, por el hallazgo en 2006 de unas termas romanas en la calle Canalejas, en el mismo centro urbano, frente a la Casa del Rosal (coqueta casa valenciana restaurada en hotelito, que recomiendo encarecidamente). Se había especulado durante años con que podía hallarse cerca del monumento funerario de Cala Torres, tres kilómetros al norte, pero no es así. También se conocen Su posición privilegiada sobre un espolón natural fácil de defender, dominaba los extensos territorios de cultivo del interior, permitía el acceso por valles o barrancos excavados por torrentes hacia el interior de la Marina Baixa; situada en la desembocadura del rio Amadorio, con fondos cercanos de suficiente calado, posibilitaba a las naves realizar sus aguadas.
Suponía, sobre todo, un importante núcleo de comunicaciones en el Mediterráneo Occidental, el primer puerto que encontraban los navegantes procedentes de Baleares, un punto estratégico en el pasillo marítimo entre Baleares y la costa levantina y un punto de control de las naves que subían de las costas africanas. Desde la sierra de Aitana se divisan perfectamente los paredones acantilados de Formentera e Ibiza, como he tenido ocasión de comprobar, por lo que no es difícil orientarse hacia o desde ellas. Por tanto, constituía un enclave privilegiado para controlar todo el tráfico marítimo, comercial y militar del triángulo formado por Ebussus (Ibiza)-Dianum (Denia)-Cartago Nova (Cartagena).
Con la llegada del islam la población se retrajo al interior, resguardados de ataques costeros, a aldeas agrícolas vinculadas a alguna fortaleza. Con la reconquista llegaría la refundación de la ciudad en 1300 a cargo de Bernat de Sarria, bajo el reinado de Jaime II, con repobladores del pirineo catalán, era límite con el Reino de Castilla.

29 noviembre de 2018








