
El chófer del autobús que me acerca a la casilla de salida, atravesando las pequeñas poblaciones del Campillo de Cabo de Gata, que no ha parado de hablar desde que salimos, indistintamente en español, francés o árabe, según convenga con la persona que sube en cada parada, a la altura de Ruescas o Pujaire nos llama la atención (se lo dice al matrimonio de los dos primeros asientos -que le sigue la corriente-, pero su tono elevado nos engloba a todos los pasajeros) sobre el gran huevo que pende de un árbol a la puerta de un mesón de carretera. Parece un frondoso algarrobo que da sombra al aparcamiento, del que cuelga un huevo bastante grande, pongamos de casi un metro de alto. Es como si el genial Dalí se hubiese dignado arribar a estas costas desde Figueras para dejar una muestra de su arte; se parece, aunque a menor escala, a los que decoran la cornisa de la fachada de su museo. Igual es que el dueño, en un arrebato de admiración hacia el creador ampurdanés, le rinde homenaje a su manera. Si hubiésemos parado le preguntaría.
Se adelanta la primavera en estos últimos días de invierno, las cunetas todavía reverdecen exuberantes, se alfombran de un intenso verdor. Destacan margaritas y dentes de león, entre otras muchas hierbas. Los pompones amarillos de las mimosas cuelgan como estrellas diurnas, parecen banderitas de Brasil.
“Atravesamos unos campos de avena entreverados de amapolas y de unas florecillas amarillas que llaman aquí vinagreras. El camión sube la cuesta renqueando y, de improviso, divisamos dos poblados morunos, separados por un río seco. El más cercano a nosotros se llama Rambla Morales. Atado a la puerta del estanco un cerco hoza la tierra del borde de la carretera. (…) Un grupo de mujeres, ataviadas con las mojaqueras, lavan la ropa en la fuente, a la sombra de los eucaliptos (…) Desde el arenal contemplo el segundo poblado. Las casas del Barranquete son rectangulares, con ventanucos cuadrados y cúpulas (…) Entre las pitas y nopales, los muros enjalbegados reverberan al sol. Unos niños medio desnudos juegan con la arena y al badén se asoma una chiquilla montada sobre un asno. Sanlúcar ha regresado al camión, se detiene a mi lado y mira las casas blancas del pueblucho.
–Parece África, ¿verdad?-dice leyéndome el pensamiento”.
Sí, realmente me lo parece a mí también. Lo sigue pareciendo, Juan.
Transito la última explanada que veré en muchos días, en adelante si quiero territorio diáfano habré de apuntar al mar, endulzar el ánimo en su contemplación. A lo lejos sobresale imponente un obelisco blanco, la torre de la iglesia de Las Salinas, un tótem de los pescadores presidiendo toda la llanura litoral con lagunas a su lado pobladas de flamencos, fochas, ánades, cogujadas, terreras o alcaravanes. La laguna que abastece las salinas, unida en tiempos a la que desagua la Rambla Morales, conocida como El Charco, formaban una albufera deltaica que, pienso, podía llegar a tener sus buenos diez u once kilómetros de frente costero perfectamente.
Dejo pendiente la visita a los restos de una fábrica de salazón y púrpura fenicias en Torregarcía, apenas queda el arranque de los muros de unas construcciones. De algo se ha de prescindir, es preciso elegir. Conocer supone también desechar.

Diviso a lo lejos, junto a los invernaderos de plástico que amenazan con invadirlas, unas dunas en el paraje conocido como Las Amoladeras. Me dicen que sobre ellas cabalgó hace ya mucho tiempo una caravana de camellos capitaneada por el apuesto teniente inglés sir Peter O´Toole, transmutado en intrépido Lawrence de Arabia. Parece adivinarse todavía emergiendo entre las reverberaciones que forma la calima sobre ellas. Más adelante tendré ocasión de contemplar otras pétreas, verdaderas dunas fosilizadas en la playa del Monsul y en Los Escullos y… Sirvieron también estas arenas de improvisado desierto egipcio en algunas secuencias del accidentado rodaje de Cleopatra (1962) de Joseph L. Mankiewicz.
Me llama la atención el nombre aludiendo a muelas o piedras de afilar, ideales para sacar punta o afilar instrumentos y armas, debe haberlas por la zona a pesar de la visible abundancia de arena y la escasez aparente de rocas. Viene al pelo el adjetivo y el uso porque ayudarán a buen seguro a afinar mi vista y mi atención, como se afilaba la mina de un lápiz antes con esas cuchillas similares a una guillotina casera, hasta conseguir auténticas proezas de varios centímetros.
Hay un Centro de Interpretación de la Naturaleza que informa sobre los diferentes ambientes que componen el Parque Natural, su formación y los riesgos de degradación. No lo visito. Más allá se ve Retamar y El Toyo, barrios residencial de Almería, lindero sur de la reserva natural, sede de la villa olímpica que alojó a los participantes en los Juegos del Mediterráneo celebrados en el 2005, convertida ahora en zona residencial y hotelera.
“El paisaje se agosta de nuevo y, después de media hora de camino por las marismas, aparece San Miguel de Cabo de Gata.
La imagen de África se impone otra vez al viajero. Las casas son rectangulares, blancas; semejan casi fortificaciones. El viento azota las playas del Golfo de Almería y, formando una barrera protectora, las chumberas fijan la arena de las dunas.
Las barcas varadas en la playa parecen insectos arrojados allí por el temporal, son como gigantescas mariposas sin vida. Hay boliches, traineras, botes, jábegas. (…) los hombres pescan al copo halando las redes desde tierra. A un centenar de metros en dirección a las salinas se yergue una graciosa torre en ruinas, construida, sin duda, hace siglos, para prevenir las incursiones piratas. La playa es extensa, muy limpia. Un barco salinero aguarda a que terminen de cargarlo, anclado a medio kilómetro de la costa. Más lejos, el horizonte se cierra bruscamente con los acantilados del cabo”.
Me acerco a esa torre, citada ya en 1501 como torre de Craçia, entre torre de Alquyan y el fortín de cabo del Gata según las crónicas. Es de origen islámico, exenta, sencilla, con un reborde insinuado a modo de cornisa, en realidad parece un vaso boca abajo con engrosamiento en el culo, está restaurada. Se divisa una entrada en alto que precisaría de añadir una escalera, alguna ventana y una tronera en horizontal. Adosado figura un azulejo que la representa y una placa conmemorativa de 1940 aludiendo a un milagro, en la que más o menos se puede leer: Ave María, el 21 de diciembre de 1502 trajeron aquí las aguas milagrosamente la imagen de la santísima virgen del mar que el vigía Andrés Jaén testigo de su venida recogiera en esta torre (…) y se llevó a la ciudad de Almería (…) era aclamada (…) en 1806 patrona (…) Santuario en 1953. Se refiere a la aparición en la playa de una imagen de la virgen tallada en nogal que se guarda en la preciosa ermita hexagonal de El Toyo, muy cercana, pequeñita y tan vistosa como una tarta de merengue, pintada de amarillo, donde el segundo domingo de enero se celebra una romería con dicha virgen, patrona de Almería, una escultura gótica de estilo valenciano o catalán procedente de algún navío naufragado o asaltado por entonces.
Un nido de ametralladoras subterráneo con la tronera a ras de suelo rompe la idílica postal sobe fondo azul celeste, en tonos pastel -por supuesto-, del cuadro.
San Miguel de Cabo de Gata dista mucho de ser el pequeño pueblecito que conociera Goytisolo, pero también de aquel otro de pescadores que visité hace veintitantos años, formado por casas de una sola planta de diferente apariencia y construcción, con zócalos exteriores de retales de azulejos, revocadas de cemento. Se ha convertido en un poblado impersonal, recrecido por la acumulación de viviendas impersonales, más residencia veraniega que pueblo, con algún hotel y numerosos hostales, unos cuantos restaurantes a la orilla del mar, sin un paseo marítimo definido ni un embarcadero (actúa como tal una porción del playazo junto a una fortificación).
Sabemos que en 1567 ya existía allí una torre grande con un reducto en cuadra para poder recoger cantidad de gente dentro. Reparada tras un terremoto que la derrumbó, fue necesario reconstruirla en 1756, dada su importancia para proteger la riqueza de una almadraba y las salinas, además del resguardo que suponía para las embarcaciones que pretendían doblar el cabo y se encontraban con temporal de levante.
La torre actual aparece coronada por cuatro matacanes, tres sobre las ventanas y uno sobre la puerta elevada. Se reforzó la bóveda para permitir instalar artillería, escaleras y puente levadizo, en la muralla exterior se colocaron cuatro torretas-garitas que construyó la Guardia Civil el siglo pasado. El revoque de cal y cemento reciente han tapado casi por completo la piedra, dándole un aspecto ajado y menesteroso que desdice mucho de su belleza original y su atractiva estampa, más nos valiera que la hubiesen dejado tal cual la construyeron. Su poderosa silueta cilíndrica sobre una base troncocónica hubiera bastado para ayudarnos a imaginar lo que imponía y disuadía su presencia frente a los ataques berberiscos. Destaca, entre algunas pintadas desvaídas, en la puerta tapiada una preciosa recreación de flor de lis blanca de cinco pétalos doblados; luce mucho mejor como emblema que los ladrillos vidriados que proclaman su pertenencia a la Benemérita Institución.
Aquí al lado un viejo, que anda trasteando en su barca varada junto a otras –las mayoría arrumbadas e inservibles- en lo que resulta un improvisado puerto sobre la arena, me cuenta sobre las jábagas, unas artes de pesca que se practicaban antiguamente y al igual que la lavá y el boliche, cayeron en desuso. Para la jábaga hacía falta mucho personal, me dice, el patrón pasaba por la noche casa por casa reclutando brazos. Salían a calar con varias barcas una red grande formando un semicírculo gracias a las señales que se hacían con antorchas donde, según la marea y las corrientes, se suponía pesca. Tirando hacia la orilla se iba arqueando y cerrando, también las mujeres y los críos desde la playa colaboraban recogiendo las artes con unas tiras de esparto o lona, llamadas trallas, y acercándola hasta sacarla a la orilla. El patrón pagaba en especie o dinero, según lo pescado, y arrieros venidos del interior se abastecían para venderlo en poblados y cortijadas de toda la provincia.
Transito la última explanada que veré en muchos días, el Campillo de Gata, en adelante si quiero territorio diáfano habré de apuntar a la mar para endulzar el ánimo en su contemplación. A lo lejos sobresale imponente un obelisco blanco, una estaca clavada en el suelo, la torre de la iglesia de Las Salinas, un tótem de los pescadores presidiendo toda la llanura con las lagunas a su lado pobladas de flamencos, fochas, ánades, cogujadas, terreras o alcaravanes. La laguna que abastece las salinas, unida en tiempos a la que desagua la Rambla Morales, conocida como El Charco, formaban una albufera deltaíca que, pienso, podía llegar a tener sus buenos diez u once kilómetros de frente costero perfectamente.
Según la escritora norteamericana Lucy Lippard existe una costumbre esquimal que ofrece a una persona enrabietada la posibilidad de aliviarse caminando en línea recta por el paisaje nevado hasta sacar esa emoción negativa de su sistema; el punto en cual la rabia es conquistada se marca con un palo como señal de la fuerza o la longitud de la rabia. Viene a ser algo parecido a la costumbre que muchos tenemos, tras una discusión, de salir a caminar para no liarla más, para desfogar la tensión o, simplemente, para despejarnos y recuperar la estabilidad. No es el caso, nada me perturba ni me ofusca, nada amenaza con estropear esta maravillosa sensación de conformidad y equilibrio que se ha apoderado de mí nada más salir, pero he de reconocer que, caso de que no fuese así, esta gran recta que transito bien podría hacer las veces de paisaje ártico.
Retomo la caminata. Ahora, en esta vasta extensión de playazo, batida por el mar en sus lineales playas de kilómetros y kilómetros donde la vista y el ánimo desertan del control propio, a solas con la naturaleza en estado puro, en estas soledades transitadas solo por algún que otro vehículo de reparto o grupos de ciclistas ocasionales, es cuando empiezo a tomar verdadera conciencia de lo desmesurado de la aventura que me propongo llevar a cabo, de su descabellada magnitud e incoherencia. Pero, todas lo son o lo deben ser, de alguna manera, han de suponer un punto de locura y riesgo para que se puedan considerar como aventuras.
El sol luce menos de lo debido, una cortina de nubes buchonas como palomos en celo comienzan a cubrirlo sin llegar a encapotarse, confieren una luz espectral y extraña, algo velada, a estas extensiones acostumbradas a la brasa permanente de su luz fulgurante, pero acentúan el carácter de confidencialidad entre la naturaleza y yo. Dan mayor firmeza, si cabe, a mi propósito.
Al poco de iniciada la caminata reparo en que existe un atajo por el interior que toma un camino en pendiente, atraviesa cerros y ondulaciones para llevar a través de Valle Perdido (precioso y evocador nombre) hasta el mismo cabo de Gata e incluso más, remontando unos cuantos cerros, hasta la bahía de los Genoveses. ¡Deben estar preciosas las praderas en altura que se ocultan entre ellos, rebosantes de colores con miles de florecillas! Me planteo ir por ahí, acceder a esos ocultos secretos, pero sería adjurar demasiado pronto de mi propósito costero, de mi afán por no perder de vista el mar en ningún momento. Fijo la mirada pues en el hito que supone la torre de Las Salinas y continúo con mi ritmo cansino pero vivaracho. A ratos vuelvo la cabeza para comprobar mi avance desde el torreón de San Miguel a mi espalda, ya casi no lo veo, me he alejado definitivamente de la casilla de salida, es menor la distancia que resta para llegar a la Almadraba de Monteleva, que la que llevo, no hay vuelta atrás.
Me espera ese nombre tan cantarín, tan eufónico, me anima ir a su encuentro, alude al sistema de redes de encierro colocadas junto a la costa en los puntos donde se sabía entraban los atunes que vienen del Círculo Polar Ártico a reproducirse a las cálidas aguas del Mediterráneo. Existían (quiero suponer que existen, que aún restan suficientes atunes rojos) almadrabas de entrada y de salida, según se calaran a su llegada cuando vienen a desovar o a su vuelta cuando buscan la salida al océano. Precisaban de permiso real, comenzaran en la provincia de Cádiz en la embocadura del Mediterráneo (Huelva incluso), y aún antes en la costa onubense y se extendían por toda la costa en los puntos más prominentes, junto a los cabos. No eran patrimonio nacional, estas artes pesqueras se daban tmabién en Francia, Italia, etc. Las había, que yo recuerde ahora, en Carboneras, en Cartagena, en La Azohía, cerca de cabo Tiñoso, etc. Tendré ocasión de averiguar, sobre el terreno, si siguen existiendo y añadir unas cuantas ubicaciones más, desisto de informarme en los libros o el google.
Remato la larga recta andada en la tapia del cementerio anexo, actualmente cerrado, a La iglesia de Las Salinas. Fue construida en 1907 y restaurada recientemente tras unos actos vandálicos que llenaron su interior de pinturas satánicas. No me harto de admirar su belleza, lo desproporcionado de su torre de cinco cuerpos rematada en pirámide, adosada a la escasa y coqueta iglesia de una nave, apenas un cubo que llega al segundo tramo, sobre el que se antepone un atrio con cuatro colosales columnas de tosca factura, adornado con una barandilla de filigrana simple de piedra viva. Esa combinación de roca amarilla en sus aristas y enmarcando los vanos, con el blanco encalado de las paredes resulta muy vistosa. Recuerda construcciones gallegas y portuguesas. La fotografío desde varios ángulos para, de alguna manera, intentar apoderarme de su particular encanto.
Subsisten dos anchos muros de piedra en la playa, son los restos del embarcadero de mineral y de las montañas de sal que aún se produce. También se obtenía abundante sosa caústica o barrilla, la hierba del cristal, una planta en desuso hoy cuyas cenizas son muy ricas en carbonato sódico, que servía para la producción de vidrio y la elaboración de jabón de sosa. El sudeste español llegó a abastecer de ella a toda Europa en el siglo XVIII.
No está a la vista pero existe un arrumbadero de embarcaciones de diversos tipos y dudoso pelaje tras una tapia, algunas con el nombre en caracteres árabes. Son planeadoras, barquitas de pesca, zodíac rápidas, en general de pequeñas dimensiones, cuya función no se hace difícil de imaginar.
Poco más adelante, en la misma falda de la sierra, la aldea de La Fabriquilla supone el amontonamiento de unas cuantas casas aisladas que dan paso al comienzo de la ascensión por la carretera del cabo. Debo continuar por la carretera, no existe otra posibilidad. Veo en un pequeño morro que se asoma al mar, ocultado casi por un terraplén, parte de la techumbre y la tronera frontal de un bunker apuntando al mar, otra muestra más, demasiado actual y próxima a nosotros, de la importancia defensiva de estas costas.
Apunta Goytisolo: “La carretera me orienta por las marismas. Atrás quedan las casas del pueblo, la torre en ruinas, los niños oscuros y flacos. El sol no castiga como antes y el viento es fresco. A mi izquierda los saldares cubren la superficie de la llanura. El barco de los americanos espera en alta mar que lo carguen. Al cabo de veinte minutos de marcha se llega al poblado de las salinas. Sus casas están más apiñadas que en Gata. Hay una iglesia gris de construcción reciente, una cruz solitaria en recuerdo de los Caídos y una montaña de sal blanca, que parece nieve. El aire huele como en las afueras de las grandes ciudades y el conjunto es una extraña asimetría. La carretera sigue entre los saladares y la playa, a merced del sol y del viento. Las tierras de Gata se aproximan e interrumpen el paisaje con su gran mole. A sus pies, aun cuarto de hora de camino, se encuentra un tercer poblado –La Fabriquilla- tan mísero y destartalado como los anteriores, con las calles infestas de perros hambrientos y de niños que corren dando gritos y se revuelcan en la aguacha. Tengo sed y entro a tomar una copa en el bar Viruta. El anís que dan es seco y lo bebo de un latigazo. Fuera, las últimas casas del poblado faldean la sierra. Los zaguanes están llenos de gente que mira. En la montaña hay media docena de cuevas de aspecto sórdido y un hombre trepa hacia ellas llevando un crío entre los brazos. Cuando subo el camino del faro, el paisaje sufre una transformación. La sierra se desploma verticalmente sobre el mar y las olas descarnan el acantilado con furia.”
Me entretengo en la subida observando a pundonorosos ciclistas que me rebasan mientras queman sus excedentes grasos, o al menos una parte de ellos, en la dura cuesta. Sus ánimos se bregan escalando casi parados estos empinados tramos que amenazan con hacerles parar, al tiempo que sueñan con el almuerzo subsiguiente. Diviso al final de la última rampa, tras la silueta de unas cuantas edificaciones, que parecen merenderos, la poderosa figura del faro sobre un promontorio de apenas unas decenas de metros.Santuario tartesio desde el s VI a C dedicado a una diosa marítima, que después utilizaron fenicios, griegos (Afrodita), romano (Venus). Posteriormente a mediados del siglo IX, en 1138, Abderramán II levantaría allí una famosa fortaleza defensiva, sobre cuya plataforma se construyó el castillo de San Francisco de Paula, remodelado en 1738, que protegía la almadraba y los campos del interior, de todo lo cual hoy no queda vestigio alguno. Sabemos que dicho fuerte era semicircular y aprovechaba el peñón para elevar la plataforma artillera, se destruyó en 1863, construyéndose el actual faro.
“Media hora de camino por curvas cerradas y el faro de la Testa del Cabo aparece de pronto, uno de los más hermosos faros del mundo, sin duda. Las montañas lo aíslan enteramente de tierra y, batido día y noche por el mar, se yergue, solitario y agreste, atalayando la costa del moro, vigía fiel, hoy, de tempestades y naufragios, ayer, de desembarcos berberiscos. Uno piensa con tristeza que un sitio así debería ser baza turística importante y contempla melancólicamente la carretera estrecha, polvorienta y sinuosa, por la que apenas cabe un automóvil, y cuyo acceso, para colmo de la ironía, está prohibido a los coches particulares que –según leí en un cartel- no dispongan previamente de permiso. Hoy por hoy sus únicos habitantes, fuera del torrero y su familia, son los guardias civiles que rondan frente a la playa, a un centenar de metros del faro, y una pareja de suecos desgalichados que desembarcó allí hace meses, en un taxi; con un niño rubio de ojos azules, una tienda de campaña de lona y una máquina de coser (…) Un guardia que ronda por la playa con cara de aburrido me dice que es un apasionado de la pesca submarina, que por allí es muy abundante.”
Afortunadamente no se cumplió su vaticinio y este rincón privilegiado sigue conservando su agreste atractivo. Casi, pues enfrente se adosan los terrenos de cuatro o cinco chalets sobre la playa, formado una improvisada aldea desierta, cerrados, deshabitados. Llama poderosamente la atención una pista de tenis abandonada, inservible, que con su improcedente color rojizo sobre fondo verde rompe la armonía cromática del entorno y erige un santuario al mal gusto y el despilfarro.
Aparecen también, tras el merendero cerrado, unas amplias construcciones elaboradas con piedra del terreno, integradas perfectamente en el paisaje, cerradas a cal y canto. Me enteraré después que es el Aula del Mar El Corralete, dotada con sala de usos múltiples, biblioteca, laboratorio marino, dependencias para actividades educativas, cocina y dormitorio para veinte personas. Permanecen cerradas desde 2007, parecen no haber sido estrenadas siquiera. ¡Nada que añadir, señorías!
Me asombra encontrar el emplazamiento del faro a tan baja altura, mejor hubiera sido situarlo más adelante en el lugar que ocupa la torre de la Vela, por ejemplo, que además domina tanto la costa por el lado de levante como por el de poniente. Es cierto que la cala del Corralete, donde se halla, servía de refugio a los navíos cuando soplaba levante y de reposo antes de afrontar el arriesgado paso del cabo, era complicado de pasar debido a la seca, un bajío (le llamamos también bajo, viene a ser un resalte del fondo, una pequeña isla que no llega a salir a superficie) a media milla y a solo diez pies de fondo. Desde una calita pequeña, más adelante, veo Punta Baja, se aprecian pequeñas columnas basálticas de lava que se enfrió bruscamente, produciéndose grietas y cristalizando en tubos hexagonales, una Calzada de los Gigantes irlandesa en miniatura. Sus fragmentos constituyen duros adoquines aprovechados durante épocas pasadas para el pavimentado de las ciudades.
Frente a él se encuentra un arrecife coralino que conviene bucear, el Arrecife de las Sirenas, pitones de chimeneas volcánicas en realidad. Dicen que los marineros le pusieron este nombre por la apariencia femenina de las siluetas rocosas divisadas desde mar adentro y por los gritos que emitían la focas monje, allí radicadas. Y yo solo digo que El que se acuesta con hambre sueña con rollos.
Torres vigía, atalayas, torres-fortín, castillos y fortalezas parecen ser los únicos elementos que destacan sobre horizontes desnudos y despoblados. Apenas si se aprecian siluetas de árboles recortándose junto a las casas de una planta de los cortijos y los pueblos, en sus inmediaciones o en las escuetas ramblas existentes. Por lo general palmeras, eucaliptos, higueras, algarrobos, pitas, palmitos, etc., algún que otro pino despistado. Me centraré pues en visitar estas edificaciones defensivas, en otros lugares han desaparecido absorbidas por el crecimiento urbano o bien arrasadas por el ímpetu constructor turístico.
Diviso la torre de la Vela o de la Sábana Blanca, así llamada por aparecer una beta de roca blanca, que tiene forma de velero, en la pared del acantilado sobre el que se encarama. Dicen que ayudaba a orientarse a los marineros que atravesaban el cabo, que incluso se ve en noches claras. Es otra huella del vulcanismo hidrotermal, el brusco enfriamiento de las cenizas volcánicas al contactar con el mar produjo variaciones en su composición química y las blanqueó. Observando el zigzag de la carretera que conduce hasta ella calculo una media hora para llegar. Existe también otro camino, en realidad un proyecto de carretera abandonado antes de completarse: parte desde un restaurante o merendero con una gran piscina (igualmente abandonado) sube medio kilómetro por la falda de la montaña, se interrumpe por lo abrupto del terreno y continúa un poco más allá por la ladera unos 1500 metros más hasta enlazar con la carretera, esta sí se completó, que llega a las antenas de comunicaciones de la Vela Blanca. Permanece como una cicatriz abierta, sin suturar, un desgarro en la superficie de la tierra, la trinchera a cielo abierto de la desigual contienda que libra el ser humano con la naturaleza. Un despropósito tras otro, y eso que nos encontramos en un Parque Natural Marítimo y Terrestre, Reserva de la Biosfera (1997) inscrito en la Red Mundial de Geoparques Europea (2001) y mundial (2007) por la UNESCO.
Desde el descansillo de la última curva de la ascensión a la torre se ve Cala Rajá y el arrecife del Dedo, unas decenas de metros delante. Recuerdo el famoso Dedo de Dios de la costa norte de Gran Canaria, pasado el pueblo de Sardina, que tuve ocasión de ver antes de que se desmoronase, debía tener sus buenos veintitantos o treinta metros. Es probable que se cansase de señalarnos el camino a seguir. Este, apenas supone un meñique.
La torre es de propiedad privada, de acceso vedado, una cerca imposible de rebasar impide verla entera, no creo que eliminarla y dejar paso libre la perjudicase más de lo que lo hacen esas horribles alambradas. Tengo que encaramarme a una tapia para observar su bonita silueta troncocónica al completo. Desde este estupendo otero, miro lo que he dejado atrás, la visión es sencillamente espectacular, alcanza a englobar esta esquina peninsular al completo. Contemplo la bahía de Almería en toda su extensión: un tremendo semicírculo deja ver el playazo recorrido, más acá de la capital y al otro extremo del golfo las colmenas de edificaciones turísticas de Agua Dulce, primero, y Roquetas de Mar después. Si tuviese un telescopio podría alcanzar la imponente fortaleza de Santa Ana en Roquetas, asistida muy cerca por el torreón desmochado de la playa de los Cerrillos, que carcomida su piedra aún conserva la figura enhiesta, y el torreón derruido de Almerimar, apenas un majano de piedras amontonadas en la playa, completando el sistema defensivo.
Se alcanza a distinguir hasta el faro del Sabinar, en Punta Entinas, a cuyos pies se encuentra el Charco de los Flamencos que da cobijo a estas y otras aves limícolas, como ocurre en las salinas de San Miguel. Parece como si la bahía guardase una necesaria simetría en sus extremos, como si el vulcanismo que la creó hubiese seguido un plan preconcebido ajustándose a la existencia de un eje central para elaborar un mismo dibujo a ambos lados, un tapete de papel plisado y recortado que al abrirse muestra en todo su esplendor sus geométricos calados. Solo que a este lado prosigue con la naturaleza casi primigenia del Parque Natural y al otro, a partir de la capital y sus pueblos anexionados, con el catálogo de aberraciones propias de cualquier Parque Temático Turístico.
En la otra dirección, hacia levante, a mi izquierda, la vista alcanza el peñón oscuro de Las Negras, la imponente altiplanicie de la Mesa de Roldan e incluso, ajustando el enfoque, sobresale una alta chimenea industrial más allá que no quiero ver. Me quedo, sin embargo, observando los detalles costeros de las varias etapas próximas que me aguardan, recreándome en su análisis desde esta privilegiada atalaya.
Bebo agua, como un poco y, dejando atrás la portezuela vallada que impide el tráfico rodado hasta San José y con ello la posibilidad de transitar el Parque Natural a vehículos de cuatro ruedas (no a bicicletas y motos -precisamente ahora llegan dos motoristas enfundados en monos de cuero negro-), prosigo la marcha descendente por un carril ancho bien definido.
Unas marcas blancas y azules (sendero local), al terminar el descenso, me guían sin necesidad de seguir el camino, acortando el trecho. Llego a la playa de Mónsul, Monsón o Monso, poseedora de una codiciada fuente (aunque algo salobre) que los corsarios berberiscos apreciaban para sus aguadas, así como el resguardo de temporales; su importancia estratégica hizo que tuviese buena dotación de soldados defensores que habitaban en una cueva, hasta diez hombres, pero nunca se llego a levantar una torre.
Con ese fondo tan peculiar de la cresta pétrea se rodaron secuencias de Indiana Jones y la última cruzada (1989), recuerdo la escena de Sean Connery asustando con su paraguas negro a las gaviotas para despejar la playa para que aterrizase de una avioneta; El hombre que perdió su sombra (1989) cosa harto difícil porque el sol pega de continuo; Las aventuras del Barón Munchausen (1988); Las cosas del querer (1989) con Manuel Bandera, Ángela Molina y Ángel de Andrés, estupenda película sobre la vida del cantaor Miguel de Molina y su forzada huída a Argentina, debió ser la secuencia en la playa por la noche, cenando en un chiringuito donde discuten sus amoríos e infidelidades los protagonistas.
Precisamente hay un proyecto para el bar que permanece cerrado a escasos 200 metros de la playa. El edificio originariamente se levantó con idea de ser un punto de información e interpretación del Parque Natural pero la Delegación Territorial de Medio Ambiente pretende dedicarlo a restaurante con terraza y tienda de recuerdos, cosa que los ecologistas han denunciado consiguiendo que el Consejero de Medio Ambiente paralice el desaguisado. Continúa pues el edificio clausurado a falta de recibir el uso para el que se proyectó. Y ya van dos en pocos kilómetros.
Hace años, décadas, que comenzaron a movilizarse gentes sensibles, asociaciones ecologistas de este país contra tantas afrentas estéticas al medio natural, tanto sinsentido y tanta sinrazón constructora, lograron detener muchos proyectos aberrantes antes de que se perpetraran y paralizar otros en curso, pero otra cosa es restituir el aspecto original al paisaje, eliminar las huellas de tales desmanes que -como esqueletos mudos de la desidia humana permanecen en el lugar del crimen sin juez que ordene su levantamiento-. Me temo que no será el primero ni el último que encontraré, desgraciadamente.
Dejo estas cinematográficas arenas ocupadas por algunos visitantes -surfean en seco varios subiendo a lo alto de la duna- y me encamino hacia el cerro del Barronal donde erupciones volcánicas sucesivas, superpuestas, han dejando cantos angulosos de diferentes tamaños envueltos por una pasta fina del mismo material consecuencia del enfriamiento de una lava viscosa y gruesa. Las diferentes coladas que se enfriaron enseguida dibujan una ladera escalonada de estratos que unos preciosos líquenes ocres han tapizado por completo dándole una apariencia irreal, espectacular.
Guiado por este mar de dunas litorales petrificadas que se truncan en acantilados sobre las aguas o destacan como impávidos cerros de arenas fosilizadas, alcanzo la última de ellas al comienzo de una enorme playa, una de las mayores del Parque.
Encuentro otro bunker – el tercero-semienterrado, disimulado entre unos cuantos eucaliptos, mirando su tronera ahora hacia el interior en previsión de que viniesen tropas a embarcar a la playa de los Genoveses. Justamente el nombre recuerda otro enfrentamiento, el que tuvo lugar en 1147 entre la coalición que formaron estos con castellanos, catalanes y tropas vaticanas que desembarcaron para enfrentarse a la Federación Marítima de Pechina, que tiempo después se convertirá en la Taifa de Almería. Sus más de mil metros de arena, la segunda en extensión del Parque, y la vecina del Corralete han sido testigo de otros muchos lances guerreros, algunos de ellos protagonizados por el famoso Alí Arráez (morato que da nombre a la isleta que visitaré mañana) a mediados del XVI. Tanto es así que a finales de ese siglo se planea construir una torre defensiva y de vigilancia, pero finalmente se opta por hacerlo en San José.
Me llama poderosamente la atención la gran plantación de chumberas –con cercas de agaves o aloes- sembradas en cuadrícula que ocupa una extensa hacienda abierta la playa, desentona con la apariencia agreste de estos terrenos. Estas plantas tan vinculadas a la típica imagen almeriense, a la postal mil veces vista, no son autóctonas, fueron importadas desde Méjico en el XVIII como productoras de colorante (merced al parásito que las coloniza), forraje para el ganado y alimento humano con el higo chumbo. En la actualidad la proliferación desmesurada de la cochinilla, su parásito blanquecino, una especie de telaraña, que se utiliza para obtener un carmín natural usado en cosmética, está arrasando las plantaciones andaluzas y murcianas (según leo en La Opinión de Málaga y en la Voz de Almería). Tampoco el aloe, conocido como aloe vera, interesante por sus múltiples usos medicinales, el agave americana (del que extrae el tequila y el mezcal) ni otros componentes de la familia de las agaváceas como el henequén, el mezcal, la pita americana (utilizadas sus raíces en cordelería), y un largo etcétera, poblaron estas tierras hasta fechas recientes, fueron traídos debido a sus aprovechamientos industriales.
Encuentro en el suelo, en torno a las pitas, pequeñas anclas o garfios que caen después de marchitarse sus flores, dispersándose. La pita puede florecer a los quince años si las condiciones son favorables, si no puede tardar hasta cien años, produciendo unos preciosos racimos de flores amarillas en lo alto de su tronco único (usado por aquí como viga para techar casas) que producen esos curiosos retoños que darán lugar a una nueva planta, muriendo ella después.
Llego a San José. Tras instalarme y descansar un poco, salgo por la tarde a dar una vuelta. Inútil buscar los restos del fuerte de San José, imponente castillo-batería que fue arrasado, no como cabría suponer en batalla alguna contra sarracenos, sino en 1973 por la piqueta y las excavadoras para levantar en su lugar unas viviendas para los hijos del benemérito cuerpo. A pesar de existir terreno llano cerca debieron pensar que no había mejor emplazamiento para vigilar, aún en sus sueños, posibles arribadas peligrosas a la costa. La cuestión es que el hermoso castillo que disponía de tres baterías, 14 cañones y nada menos que 30 estancias y planta superior con 14 cuartos, el mayor de la zona; que posibilitó la defensa hasta el cabo y el poblamiento seguro de todos esos contornos no ha podido, sin embargo, llegar hasta nuestros días.
Acudo a cenar a una cafetería que conozco, donde poder ver el enfrentamiento Inglaterra-Francia de la última jornada del Torneo de las Seis Naciones. El dueño del Maimono, que así se llama, quiere evocar a un supuesto pirata moro que desplegaba sus correrías por estas costas y para ello se ha basado en Maimónides, médico y teólogo cordobés del que no se conoce asalto ni tropelía alguna; debe tratarse, más bien, del legendario Morato Arráez, también citado como Alí Arréz o Dalí, dueño y señor de estas costas y las murcianas buena parte del XVI.
El torneo lo tienen ganado los ingleses, a menos que pierdan por más de cincuenta y tantos puntos. Lo que se antoja improbable. Pero aún así está en juego el añadido del Gran Slam, un título honorífico que obtiene el equipo que logra vencer en todos sus partidos. Se reúne una buena parte de la colonia de residentes ingleses, unos siete u ocho matrimonios entrados en años, gloriosos jubilados en tierras cálidas, dispuestos a jalear a su selección, asistidos por la cerveza que sea necesaria. Que no es poca. Acostumbrado a ver estos encuentros en solitario, me complace estar rodeado de estos entusiastas y atronadores aficionados que hacen patria allende sus fronteras. El encuentro se disputa en el Parque de los Príncipes de París, para más inri del quince del gallo.
La delantera inglesa se muestra superior desde el principio, lo que genera suficientes ocasiones para conseguir varios ensayos, pero no logran despegar en el marcador a los galos que se mantienen gracias al acierto de su pateador en los golpes de castigo. A pesar de su manifiesta superioridad, Inglaterra no se asegura la victoria hasta muy avanzado el segundo tiempo cuando se despega y consigue un definitivo 31-21. Nada que decir de la euforia de los hijos de la Gran Bretaña jaleando, educadamente eso sí, a su equipo y regándolo convenientemente; poco que ver con el balconing y las vomitonas callejeras a las que son tan aficionados sus vástagos en tierras catalanas. 19 de marzo de 2016









