13º jalón Portman – Cabo de Palos 19,3 km

Vengo de dormir la pasada noche en La Unión, aproveché para acercarme a rendir la debida pleitesía al cante hondo ante la fachada de su imponente Mercado Municipal, obra modernista en hierro y vidrio construido en 1907 en la cúspide de una pequeña colina. Ha sido escenario de inolvidables sesiones en las noches estivales de principios de agosto, he tenido el lujo de escuchar a Enrique Morente, Paco de Lucia, Carmen Linares, Miguel Poveda, El Cigala y tantos otros en su famoso Festival Nacional del Cante de las Minas, donde relumbran especialmente los cantes de levante: mineras, cartageneras, tarantas, murcianas.                                  

     Pasado Portman, a un lado de la carretera N 314, sale un cómodo carril de tierra, coincidente con el GR 92, que tomo para dirigirme hacia el Monte de las Cenizas, son las 10 de la mañana. A media subida aprecio en lo que se merece el espectáculo de los rayos del sol filtrándose entre las agujas de los frondosos pinos que conforman un bosque cerrado, el camino transcurre por una galería cubierta, una acogedora bóveda de cañón asaetada por flechas doradas; hacia abajo, en el valle, un rebaño de verdes ovejas vegetales forman el bloque algodonoso de coníferas. Me hidrato un poco. Orino a un lado del camino, como un animal marcando su territorio, mientras estudio esas asombrosas y desconocidas tonalidades que se despliegan ante mis atónitos ojos.            

    Al cabo de un rato de caminata considero, como me propone mi GR de cabecera,  que he de renunciar a llegar a la Batería de las Cenizas, desde aquí la vista es muy similar y el espectáculo que me espera arriba ya lo conozco de mi visita a Los Castillicos de cabo Tiñoso. También es similar la dotación armamentística (aunque con cañones oxidados aquí) de ambas baterías de costa, similar en el privilegiado enclave que ocupan guareciendo los laterales de Cartagena y similar en el carácter monumental e histórico que sus autores quisieron imprimir al lugar, pues se conserva –desgraciadamente- una entrada monumental –es un decir- imitando la Puerta de los Guerreros del templo azteca de Chichen-Itzá, debieron pensar que una vez ensalzado convenientemente el espíritu de reconquista con el engendro de castillo medieval por un lado, quedaba la tarea de hacer apología de la conquista americana.    

     Tras un tramo de laderas a poniente en el que se ha de llevar cuidado de no perder la senda que, a ratos, amenaza con desvanecerse entre la aljuma seca que tapiza el suelo, llego a unos altos que abren mi regocijada visión al mar. Puedo apreciar, un poco más adelante a la izquierda, sobrepasados los 250 m como espejea el agua aparentemente encharcada del Mar Menor. Transito un cresterio de picos emboscados entre pinos, una balconada privilegiada de escarpes rocosos sobre los que gambetea un camino de ensueño a lo largo del litoral en este radiante día tan soleado.

     Transcurre la senda apacible sobre un espinazo primigenio que muestra los escarpes rocosos y las accidentadas laderas que impiden bajar a la orilla del mar, se deja caer un poco del lado del mar mayor para ocultarme las invasivas construcciones de Atamaría, El Mojón y la urbanización Club de Golf. Otra pasarela que transitar, otra alfombra roja natural que se ofrece a mi contemplación agradecida, menos mullida y afamada que aquella que se llena de celebridades, pero mucho más placentera.

   Entre mares discurre esta mañana sin reparar en el enjambre de residencias de verano que llenan el valle y se encaraman a las faldas de estas laderas, a mi izquierda.  El Mojón, Altamaría, urbanización La Manga Club de Golf. Escapa mi vista, escatima el reojo de esos sembrados de bloques de hormigón, espantajos de ladrillo que quiebran la armonía del lugar, mojones como indica su nombre. Derivo hacia el lado derecho, el bueno, para obviar su presencia. Pero llega un momento en el que hasta son capaces de invadir los altos, queriéndose apoderar de ellos también.

      Un último chalet en la misma cumbre, dos prójimos se afanan en el jardín, guiris al parecer, frente a sendas pantallas (ordenadores portátiles, tablets o lo que sean), uno en la mesa de madera bajo el  porche, el otro en una hamaca sobre la hierba bien recortada, ninguno presta atención al prodigio que tiene delante de las narices. Deben haber tomado autobuses, aviones, taxis… deben  haber pasado aduanas, arcos de detección, deben haber sufrido alguna que otra cola, y pagado una buena suma de dinero para poder llegar hasta aquí, para poder disfrutar de unos días de vacaciones, para finalmente… ponerse a consultar sus plantallitas cual fanáticos adolescentes. Tal vez solo estén consultando su correo electrónico o haciendo gestiones laborales, ¿quién puede saberlo?, pero no me lo parece.

     Continuo. A semejante invasión constructiva corresponde dotarla de los necesarios rincones para conseguir cenarse una paella con sangría ante el atardecer, o poder echar unas cervezas mientras los retoños disfrutan del baño. Una buena carretera, mejor que muchas comarcales que he visto, se encarama a los collados y desciende zigzagueante la aguda pendiente que lleva hasta un restaurante en la cala del Barco, junto a la Punta de la Loma Larga. Ahora permanece cerrado, claro.   

     Abandonados los altos, me acerca la senda al frescor marino, golpea un oleaje espumeante entre las rocas, rascando insistente aunque no enfadado, arañando como si frotase gatuno la espalda del continente. En un punto donde el recorrido se acerca a la escarpada orilla, en la Punta del Hacho, paro a descansar, a comer alguna fruta. Son las 12, mediodía, tomo un par de naranjas sentado sobre el borde, junto a un entrante rocoso. Me entretengo observando cómo rebotan las olas en secuencias fijas, como un papillón casero buscando la forma de fugarse. Contemplo el color del esas aguas, las variaciones cromáticas según las profundidades, el fondo arenoso o rocoso que las sostiene; ni las más caras gemas talladas son capaces de igualar sus reflejos, recuerdan algunos estudios de color de marinas del deslumbrante Sorolla. El radiante día de luz ayuda en esas asociaciones.

     Vira el camino hacia el interior para eludir un cerro insalvable, toma dirección a la falda del imponente Cabezo de la Fuente, 336 m. Retorna después hacia un otero desde el que se aprecia en toda su magnífica y excelsa amplitud  Calblanque, en realidad se denomina Parque Regional de Calblanque, Monte de las Cenizas y Peña del Águila, fue creado en 1987, con casi 3000 Ha de extensión y unos 8 km de frente litoral primigenio, posee largas playas, calas, dunas fósiles y dunas activas que forman una barrera marítima tras la que se encuentra una llanura, en tiempos cultivada, que hoy ocupan en parte las salinas del Rasal. Un motor se encarga de subir el agua a ellas. Antiguamente formaba una zona pantanosa en la que desaguaba la rambla del Cabezo de la Fuente, cuyo curso fue desviado para obtener dos salinas salobres que formaban una inmensa albufera, como otras tantas extintas, desecadas, de cuya existencia he sabido en mi ruta: la de la Rambla de Morales en las proximidades de cabo de Gata, de unos 11 km de larga; la de El Hondo de Elche, etc.                  

     En adelante veremos muchas instalaciones, la mayoría clausuradas, de empresas salineras, hasta el mismo Alicante. Solo quedan en la provincia de Murcia estas del Rasall y las de San Pedro del Pinatar, habiéndose clausurado las de Mazarrón, Marchamalo, Los Narejos y Córcolas (en la Veneziola, dentro de la misma Manga). El proceso de producción es simple y antiguo: la evaporación del agua la produce el sol y el viento en los grandes estanques de aguas someras, se concentra la sal hasta la saturación y pasa a unos estanques de cristalización de donde se obtiene ya la sal, se limpieza, se lava y almacena.

     Abunda en las salinas avifauna lacustre, limícola: chorlitejos patinegros, correlimos, ostrero, zarapitos, cigüeñas, flamencos, garcetas, archíveles, gaviota de Audoin, cigüeñuela, avocetas, tarros blancos (un pato grande blanco y negro parecido a los gansos). Y existe presencia en los montes cercanos de coloridos abejarucos, halcones, águilas (incluso perdiceras), alcaravanes, búhos reales, etc. 

    Es de destacar especialmente que quede fartet o zorrilla, un pez endémico de lagunas y acequias de enorme importancia ecológica, del que tendré ocasión de tratar más adelante cuando atraviese zonas costas del Mar Menor.    

    La vegetación, adaptada a las limitadas precipitaciones, es similar a la norteafricana. Ejemplares de sabina mora (Tetraclinis articulata), araar bereber, ciprés cartagenero o alerce africano (que de todas esas manera se conoce), endemismo presente además en el Atlas marroquí y en la isla de Malta; higueras, algarrobos, eucaliptus, pinos, palmeras, palmitos. Y arbustos como los artos, espinos negros, cornicabra, aulagas, albaidas, siemprevivas, lirios de mar, rabogato, poleo de monte, espartos, etc. En los ambientes lacustres y saladares encontramos la sosa blanca, la barrilla, el junco, el taray.

     Completaran el paisaje más adelante los restos de minas de plata, cobre y estaño, pirita, galena y plomo, explotadas hasta bien entrado el XX. Aparecen pozos abiertos, ramblas de escorias con tierras de primorosos colores, bocaminas, etc.         

     Antes de descender hasta Cala Parreño echo un vistazo general, aparece ante mí, al alcance de mis zapatillas, un espectáculo sencillo pero contundente que destila una rotunda verdad, una pasmosa y soberbia  naturalidad, como todo lo que muestra la naturaleza.  

     Separada por la Punta Negrete del resto de playas del Parque, Cala Parreño se me aparece como la primera alfombrilla del día, un remanso de gozo  para mis pies y mis ojos. Rodeada de cabezos de sierra que culminan parece como si la como si de una corona regia se tratase. Aguardan unos cuatro kilómetros de frente costero arenoso, sumemos: 120 m de cala Parreño, 410 de cala Negrete, 850 playa Larga, una cadena de dunas fósiles de 2 km. y 750 m más desde punta Parreño hasta Punta Negra. Unos 4 km.

  La playa está sembrada de medusas violáceas que, como botones sobre un gran abrigo de piel color camel, la tachonan de cristales intentando recomponer una vidriera destrozada en fragmentos. Llego a las dunas fósiles formadas hace 70.000 años cuando el nivel del mar era más alto que el actual y quedaron restos calcáreos con arenas amontonados en su orilla. Al retirarse el mar se solidificaron, su dureza hace que se aprovechan como materiales de construcción, numerosas canteras cartaginesas o romanas aparecen a lo largo de la costa. En estas se excavó el pozo de la Timba para bombear agua que rellenase las salinas del Rasall (una timba es un cubo para sacar agua de un pozo, en  alusión a la noria de sangre que allí existió), se puede observar la canalización excavada. Hoy se hace a motor.  

    Como un bocadillo sobre unas rocas de Punta Negra, son las dos y media, veo más medusas con las que juguetean las olas y terminarán depositando fuera. Alcanzo Cala Dorada o de los Dentones, como la llama la cartografía, debajo de los cabezos de La Escucha. En uno de ellos, el cabezo de la Fuente, en la cueva de los Mejillones, se descubrieron restos neolíticos importantes y muy cerca se documentan unas ruinas romanas, lo que demuestra la riqueza faunística y marítima del enclave. Protegida, cerrada a la presencia humana, es famosa por los colores de sus aguas al atardecer, los reflejos aúricos que desprenden. Se encuentra engarzada entre dos puntales de esquistos laminares y brillantes recubiertos en parte por cuarzos.                                                 

     Echo un vistazo final desde arriba al Parque, me derrito de añoranza, de nostalgia futura aún antes de abandonarlo. Grabo a buril su silueta, sus cabezos recortándose sobre las lagunas, la planicie recortada de sus playas como bocados de gozo que el mar da a la tierra, el abrigado paisaje que suponen las 2453 hectáreas, sobre estos brillantes esquistos que piso, removidos por las piquetas. Sigo resignado una senda que me se encarama por un cortado mineral, se acabaron las playas, de tierras multicolores removidas, revelan la existencia de minas cerca, más arriba. Han colocado una maroma en la ladera para librar algún tramo del vértigo que pudiera ocasionar en los paseantes.  

     A mi paso van surgiendo pozos, galerías, escombreras, tripas desventradas de la tierra. Natural si tenemos en cuenta que desde el siglo IV a C se explotan minas de plata, hierro, plomo y cinc, y el último gran filón de galena argentífera a cielo abierto, El Poderoso, apareció en la segunda mitad XIX. Por esas fechas aún acudían lobos marinos, focas monje, a refugiarse y a criar debajo, en las numerosas cuevas de Cala Cocón. También el Gran Bufadero, un boquete impresionante sobre la ladera, una galería excavada que conecta con el mar, servía de puerto interior, resguardado de temporales y vientos, para cargar el mineral los barcos. 

    Avisto Cala Reona, una conchita pequeña y coqueta, un arco de litoral intacto que debería incluirse en el Parque Natural de Calblanque, preservada el paso por la línea de costa alejando al menos una centena de metros las construcciones. Loable propósito. Doblo su final, que supone formando por plataformas rocosas, la Punta de los Saleros, y encuentro una especie de cueva excavada por el oleaje de cuyo interior cuelgan auténticos mocárabes (adornos de yeso a modo de estalactitas en los techos) como si de una cúpula o una bóveda andalusí se tratase. La mayor parte de las veces, por no decir casi todas, el arte imita a la naturaleza, ¿qué mejor fuente de inspiración podrían tener los artistas?

     Islotes abundantes, peñascos, escullos de colores intensos, grises pétreos, rojizos férricos, esculpidos a cuchillo por el mar, siembran esta parte de la costa, distraen mi discurrir. Al fondo el imponente faro de Cabo de Palos preside la gesta y parece asentir sobre el merecido descanso que aguarda.

     Atravieso un dédalo de apartamentos apiñados, urbanizaciones, avenidas deshabitadas, residenciales fantasmas, calles con chalets y solares sin construir, despojos, infraestructuras en fin. Cala del Descargador, de las Flores, cala Medina, se asoman a los cortados ansiosas de arena. Me llevan hasta la barra que antecede al puerto deportivo. El puerto deportivo aprovecha un entrante profundo de la costa, es una construcción en los años sesenta, cerrada por una escollera frontal. En torno a él creció el pequeño pueblo de pescadores que fue, hasta no hace mucho, Cabo de Palos; hoy disparatado amasijo de construcciones que ahogan aquella plácida imagen.

    Continúa una joya de calitas recortadas entre peñascos elevados que se acantilan hasta la mismísima punta del faro y cuyo acceso precisa de escaleritas.

      El  cabo  ya era citado por Avieno, escritor latino, que lo llama Irgum Trete, también se a lude a él como Promototium Scombraria. Y en época árabe Taraf Al-QabtatPalus, que significa laguna, el final de la laguna, de ahí el adjetivo lacustre. Funcionaba con hogueras, igual en la boca del Estacio de La Manga, para avisar de la peligrosidad de sus bajos, aunque a veces las situaban en zona de bajíos y rocas para    embarrancar las naves y asaltarlas.

     Aunque existía una torre vigía de unos catorce metros en el cabo en 1592, asentada sobre un antiguo templo fenicio de Baal Ammon (Saturno romano) según testimonio de Plinio el Viejo y Avieno, y se levantó otra en Portmán, la costa entre ambas es muy rica en calas y fondeaderos, al igual que isla Grosa (aunque más expuesta al viento de levante), suponía un perfecto refugio para naves berberiscas. Solo la cercanía de Cartagena y la invernada en ella de galeras españolas, a partir de 1563, podía disuadir a los rapaces piratas berberiscos de permanecer a sus anchas. Mejorarían las perspectivas en 1630 al formarse la flota del Mediterráneo con base en la ciudad.

     El faro actual se edifica en 1865 sobre la antigua torre defensiva por Carlos Modéjar y Evaristo Churruca sobre proyecto de Leonardo Tejado, inicia su función tres años después. Ocupa el extremo de una península que supone un espolón rocoso de 400 que se adentra profundamente en el litoral. Se eleva imponente la torre cilíndrica en un roquedal que sobresale unos 30 m. del agua, ahí se asienta un edificio cuadrangular granítico de dos plantas (aprovechó materiales de la torre vigía) y sobre él, la torre de unos 50 m. elegantemente recortada, 84 en total respecto del nivel del mar. Es el más elevado de la costa murciana. Su foco lumínico alcanza 23 millas náuticas.

     A uno y otro lado se recortan calitas preciosas protegidas por pequeños cortados, a las que se accede por sendas muy empinadas o escalerillas que llevan hasta la arena, cuando la hay. Permiten un espectacular baño con posidonias al alcance de la mano, transitadas por una abundante vida natural (no en vano hacían aquí los bautismos de buceo varios clubs locales).

     Estas aguas, por lo accidentado de sus fondos y las corrientes de mar abierto que las bañan, han visto infinidad de naufragios a lo largo de la historia. Entre los recientes destaca el de de El Sirio, un vapor de la marina italiana cargado de inmigrantes para Buenos Aires que se hundió al chocar con el Bajo de Fuera la noche del 4 de agosto de 1906, murieron unas 200 personas. Llegué en un buceo hasta la hélice y algunas planchas de su casco, se sacaban piezas de la vajilla, platos y otros objetos de su ajuar  aunque se encuentra a una profundidad que limitaba mucho la inmersión. De menor consideración, pero más fácil acceso en la bahía, se puede bucear El Naranjito, llamado así por hundirse cargado de naranjas, una familia de meros –si es posible, se desconoce todo sobre su sexualidad y apareamiento-  se guarecen bajo su quilla y es posible observarlos si se realiza un buceo atento. 

    Enfrente diviso la zona que cubre la Reserva Marina Integral, unos 19 km cuadrados, se creó en 1995 para proteger los fondos de Islas Hormigas (la Hormiga y el Hormigón) y los Bajos que no llegan a aflorar a la superficie (de Dentro, de Piles, de Fuera), prolongaciones prominentes del cabo. Conozco bien estos fondos desde finales de los ochenta que comencé a frecuentarlos. Hoy innumerables grupos de buceadores acuden durante todo el año permitiendo la existencia de varios clubs de buceo y alimentando la industria hostelera fuera de temporada. Un buen ejemplo de conservación y rentabilidad comercial a largo plazo.

     Sigue la Playa de las Amoladeras, al norte, y la de Marchamalo, que da nombre también a las salinas situadas un poco más al interior, en la parte del Mar Menor, y resguardan todavía de los furores constructivos unos kilómetros de playa, pocos.

           Comparar es salir perdiendo, y perdiendo mucho.

     Recuperar la imagen en mis fotos de esta península de cabo de Palos de hace treinta años, cuando la recorrí por primera vez. Darse cuenta de lo que han hecho con ella los especuladores inmobiliarios, los voraces constructores, de lo que han permitido desaprensivos políticos, de lo que han codiciado consumidores sin freno… en vez intentar preservar algo de su carácter, de apreciar e intentar conservar su natural esencia. Tomar plena consciencia de hasta dónde puede llegar el espíritu apropiador y destructivo del ser humano en su conjunto, en aras de un mal entendido progreso, modernidad, al ser servicio de una desaforada sociedad de consumo… es llorar. Imaginar estos terrenos vírgenes salpicados por una vegetación arbustiva, algunos arbolitos, esbeltas palmeras recortándose en el horizonte, abanicos de palmitos aireando el requemado suelo y las rocas sobre las que se escabullen lagartijas y lagartos, acordarse de unas pocas casitas al final de la estrecha carretera que llegaba al faro, del escueto poblado de pescadores en torno a una placita de tierra apisonada con casas cúbicas disparejas, alineadas a los lados de estrechos callejones bajo un sol inclemente…Intentan escudriñar algo de aquella imagen que conocí hace décadas entre los mamotretos que se edificaron después… es padecer.

     Contemplar ahora tantas calles superpobladas de ratoneras y cubículos para alojar a asaltantes sin escrúpulos, temporeros del veraneo y la ostentación, desaprensivos ambientales, piratas del postureo, salpicadas de botellas vacías y otras basuras de botellones… y saber que ya no puede haber vuelta atrás… es llorar. Llorar a moco tendido.


                                                                                                     viernes  5  enero  2018

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