20º j. Villajoyosa – Benidorm 14,5 km

Parto desde lo que fue puerta oeste de la muralla del recinto medieval de la Villa Alegre (Joiosa), llamada así para mejor reclamo en su repoblación, en 1300, año de su fundación como villa real por  Bernat Sarría, almirante del rey Jaime II.

      Sobre un emplazamiento íbero, habitado por contestanos entre el siglo V y el I a. C. (su necrópolis se descubrió en Poble Nou, en la desembocadura del río Amadorio), se superpone otro romano, anunciado por el hallazgo de unos grandes almacenes portuarios, un mercado y unas inscripciones que revelan su categoría de municipio. Aunque se pensaba que debía hallarse en cala Torres, distante unos tres kilómetros al norte, recientes excavaciones (2006) han sacado a la luz unas grandes y completas termas enfrente mismo de donde me hallo, en la calle Canalejas, que confirman sin ningún género de dudas que la Allo o Allonis romana, citada por Pomponio Mela y otros autores, se ubica precisamente bajo la villa actual.

    Me encuentro frente a la iglesia-fortaleza de la Asunción. Existió un templo previo al que sustituyó otro musulmán, sobre el que se construiría la actual iglesia en 1558. Forma parte del conjunto de iglesias-fortaleza de la zona, junto con el convento de la Purísima Concepción, en Benissa, la iglesia de la Asunción, en Pego, y la de Santa Catalina, en Teulada, todas de finales del XVI, principios del XVII.

Posee planta de nave única de cinco tramos con capillas laterales entre los contrafuertes, la cabecera poligonal al interior y semicircular al exterior, bajo la que ahora me encuentro, forma parte de la tremenda muralla. Se amplia la iglesia en el XVIII con dos vistosas capillas laterales neoclásicas, una a cada lado. La torre campanario, cuadrada, que se levanta a los pies, sobresale nítidamente, formaba parte de la red de torres vigía de la zona. 

  Las actuales murallas renacentistas levantadas a mediados del XVI sobre las antiguas, mandadas  edificar por Felipe II en primeros años de su reinado, que se deterioraron a consecuencia del levantamiento de la primera Germanía y que terminaron de destruir los piratas berberiscos en 1538, debían proteger a sus habitantes, no solo de ellos, sino también de la población morisca del interior, pronta a sublevarse.  Apostado a sus pies, en la calle Costera de la Mar, resultan imponentes,  ciclópeas, infranqueables. Poseen gruesos muros de base ataludada para mejor resistir los cañonazos, almenas, merlones, matacanes, torreones con troneras para cañones y los necesarios caminos de ronda. Subsisten bastantes fragmentos de ellas, grandes cubos circulares de sus esquinas, cimentaciones, y también se aprecia su parte inferior en el lado que da al río. Dentro se resguardaban viviendas de repobladores procedentes del pirineo aragonés y catalán, regidos por los fueros de Valencia, que se conservan, convenientemente restauradas, casi como entonces. Lo que supone en un caso singularmente atractivo de poblado medieval.

     En este dibujo sobre un grabado del historiador Viciana de 1564, se aprecian bien los detalles del castillo, todavía existía en el XIX, según Madoz, el originario había sido demolido por Pedro I el Cruel, pero se reedifica a finales del XIV.                

     Villajoyosa casi siempre fue tierra de frontera, límite del Reino de Aragón con Castilla tras su reconquista hasta finales del XIII, después se volcó en el reino de Murcia. En 1443 la reina María le concede el privilegio de villa real, sus Reales Astilleros construían goletas pailebotes que viajaban a América y Filipinas con productos alcoyanos y trajeron el cacao, origen de la actual industria del chocolate. También fue cuna de la industria redera española. Esa vocación marinera favorecía que sus habitantes fuesen buenos navegantes y temidos corsarios. Hay que precisar que cualquier embarcación, comercial o militar, que avistase a otra en la inmensidad desprotegida del Mediterráneo, se podía permitir asaltarla si la relación de fuerzas y las circunstancias eran favorables. No existiría piratas profesionales como tales, con patente de corso, hasta finales de la Edad media, cuando reyes y gobernantes permiten documentalmente el asalto pactado a naves de escuadras enemigas.

    Tuvieron siempre fama de valientes y de expertos y temibles navegantes sus habitantes, tanto es así que Joan Gaspar Escolano en sus crónicas del Reino de Valencia, de 1611, dice nada menos que: «Y aquí es donde se acaba el partido de Alicante [torre del Giraley o del Xarco], y comienza el de Villajoyosa, que corre hasta las peñas de Hifach: y todo tan lleno de calas, cabos, puertos despoblados, portichuelos, isletas, y montañas fragosas, que cosa es de milagro. Y mayor el de la naturaleza, que como este caos de cosas sea naturalmente una ladronera de cossarios (…) engendrasse hombres y mugeres tan valientes naturalmente, que no sirven de otro que de verdugos de los Moros de Berberia: y salen como leones a caça dellos. En esto se extreman las mugeres cuando faltan los hombres y andan ausentes de sus cacas (para su defensa) le bastaran los coraçones de sus hjos, que son tan indomitos, que cuando faltan Moros con quien travarse, rebuelven las armas contra si mismos implacablemente.»

    Precisamente, el día de Santa Marta, el 29 de julio de 1538, se produce aquí un desembarco morisco, el pueblo pide la intercesión del santo del día y el ataque es finalmente rechazado. La conmemoración de tal suceso daría origen con el paso de los años, en 1694, a la fiesta de Moros y Cristianos y su posterior traslación a todo pueblo levantino que se precie. Supone un motivo, tan bueno como otro cualquiera, para la celebración, con el consiguiente consumo de viandas y bebidas, así como el no menos despreciable de puros.

    Desciendo hasta el puerto, detrás la escueta playa del Varadero, sede de antiguos e importantes astilleros, me ve partir. Inicio de camino empedrado bajo las últimas edificaciones cercanas al agua, tras la playa de los Estudiantes y la cala Cañaret, hoy de la Almadrava por calarse una ahí, aparece cala Alcocó, fondeadero de buques menores, y se llega a un punto donde acaba el camino, una placita con bancos lo remata y propone una escalera engarbada para continuar por arriba, en el borde de un cortado arenoso, el trayecto. Pero se quiere adivinar una senda entre los peñascos, que no sé si es más bien el rastro de los pescadores de caña que se aventuran a colarse en busca de lugares propicios. En todo caso la sigo, veo algunos de ellos, después sigue un tramo más dificultoso de bolos, pedruscos sueltos y rampas pétreas, incluso he de aproximarme al agua. Alcanzo a otro pescador que debe haber entrado por el otro lado, procedente de un punto en el que se ve la arena de una pequeña cala con arbolado. Le pregunto y me dice que si hay paso, cuando el mar está bajo y tranquilo, como es el caso. Continúo por esa estrecha y dificultosa cinta de terreno complicado hasta cala Torres, donde se aprecia la desembocadura del río del mismo nombre, una punta de tierra con sus aportes sobresale, poblada de tarays, internándose un poco en el mar.

     Detrás de una fila de viejos ecualiptus que delimitan el límite de la playa, aparece urbanizado el frente costero en terrazas ajardinadas para adaptarse a la pendiente, como si de bancales de almendros se tratase, paseos enladrillados y asistidos con bancos que enmarcan la elegante silueta de la torre de un mausoleo romano. Sobre pódium de cuatro escalones se alza a modo de torre encuadrada por cuatro pilastras rematadas en capitel corintio de flor de ábaco y pencas de acanto, muy esquemáticas, la conocida como torre de Sant Josep, también llamada de Hércules y de Sertorio, importante general romano muerto dos siglos antes y cuyos restos se creían enterrados ahí. Es un monumento funerario, quizá el más importante conservado de la Hispania Romana, que data del segundo tercio del siglo II d. C., se conservan dos tercios del original, parte de sus sillares tallados se utilizaron a mitad del XVI en la reconstrucción de la muralla de Villajoyosa, momento en que excavando se descubren ademas unos grandes y suntuosos sepulcros y una completa necrópolis. Por ello durante mucho tiempo se creía que la antigua Allonis romana se ubicaba en las inmediaciones, cuestión dilucidada recientemente.               

      Fue construido con piedra calcárea dolomítica procedente de una cantera próxima de la partida de les Cales i Talaies, muy cercana, habitada durante los siglos Iy II dC. El conjunto poseía jardines y estatuas sobre pedestales, fue levantada para alojar las cenizas de un personaje rico, Lucio Terencio Mancio, lo sabemos por una placa existente en el Vilamuseu. La torre era cerrada, salvo dos pequeños orificios para ofrendas de flores, frutos y bebidas (vino) que se depositaban en ritos funerarios que  familiares y compañeros de collegium funeraticium debían realizar periodicamente para mantener la personalidad del difunto en el más allá. Existe un hueco mayor que se abrió para expoliarla.                                               

     En su reciente restauración se demolió una casa adosada a ella y un cuerpo superior añadido de piedra, techado, y se añadió un entablamento con arquitrabe, friso y cornisa como parecían indicar los materiales dispersos en el entorno, por Lorenzo Abad y M. Bendala en 1985, que apuntaron la posibilidad de un coronamiento superior en forma de pirámide igual a de otros monumentos similares.               

    La vista desde aquí es maravillosa, abierta la mirada en altura al frente, proyectada desde la cala a una perspectiva diáfana, refrescante; imagino que desde el mar no desmerece, desde las embarcaciones que surcaron estas aguas debía ser aún mejor, como ocurre en tantos emplazamientos de colonias griegas o romanas: Ampurias, or ejemplo, Agrigento, etc. Creo que en la elección del enclave tuvieron en cuenta este factor. Me propongo comprobarlo en cuanto tenga ocasión.

     Lástima que tenga sus días contados. En todo lo alto, sobre la torre, la construcción de un complejo residencial, dos bloques de apartamentos de ocho alturas, rompe de una forma inesperada la línea del paisaje. Ya me extrañaba a mí que entre tantas monstruosidades constructivas como llevo vistas por estos contornos, en San Juan y El Campello, por el sur, y Benidorm, por el norte, las hordas de piratas de la edificación dejaran pasar tantos kilómetros despoblados sin incarles el diente. Duele más aquí, no solo porque se mantiene relativamente intacta la virginidad natural de esta cala enmarcada entre dos riachuelos, solo un camping y un par de chiringuitos osan interrumpirla, sino por lo inalterado de su valor histórico y arqueológico.                                                                              

     En fin, prosigo entre cerrillos con la caminata rumiando mi desconsuelo, voy permitiendo que el disfrute del recorrido sobre esta senda bien trazada (la llama Colada o vereda de la costa, un antiguo camino de rebaños que bajaban de las montañas del interior, de l´Acoià y El Comtat a pastar en invierno cerca del mar) haga mella y produzca su benéfico efecto, disfruto de la suavidad del caminar sobre la ladera abierta a la humedad del mar.

     Asomado en algunos trechos al balcón de rocas y peñascos que se transita apenas a unas decenas de metros sobre el agua, desechando otra ruta más arriba, mejor señalada, camino sobre un tramo de losas perfectas, casi pareciera que la geología quisiera también contribuir a su manera al ofrecer esta especie de rústica calzada romana. En flor los romeros y la albaida a punto de hacerlo, denotan recientes lluvias. El lentisco, el cantueso o  alhucema, el barrón, acompañan a unos cuantos cipreses que han plantado a las orillas del camino, que luchan por no secarse.                          

     Sé que ahí delante, en un punto indeterminado de la inmensidad acuática, que ahora permanece aquietada, a una profundidad de 26 metros, descansa el pecio Bou Ferrer. Ha permaneció veinte siglos hundido con su carga de casi mil ánforas de garum, exquisita salsa de pescado, y lingotes de plomo (marcados IMP.GER.AVG., lo que indica procedencia de Sierra Morena y destino a Roma, para la fabricación de tuberías y la reconstrucción de la ciudad tras el incendio producido durante el mandato de Nerón). Es un navío de más de 30 m. de eslora, capaz de transportar 230 toneladas. Lo descubrieron en el año 2000 dos buceadores cuyo primer apellido dio nombre al pecio. Data del siglo I d. C. y se encuentra en un estado casi perfecto, lo que lo hace único en su género.

     Sin perder altura, me mantengo a media ladera cuando llego a las inmediaciones del Rincón del Conejo, transcurre por debajo otra senda más estrecha cercana al agua que se encamina a él, una cala, seguramente nudista, encajada entre riscos. Asciendo a un collado, en perpendicular sobre ella, casi sin perder altura, que me deja a media subida de una torre que sobresale por encima de las copas de los pinos. Aun lado queda un cuartel de carabineros que se derrumba aburrido de otear el horizonte.

     Alcanzó la restaurada Torre Aguiló en la cota de 137m, troneras de embudo sobre puerta y bajo el único baluarte-matacán que queda en el lado E, había uno en cada lado, restos de ménsulas. Planta cuadrada, base alamborada, acceso en altura por arco de medio punto a una sola planta con terraza encima primeras décadas del XVI.                

     Desde aquí se aprecia una vista impresionante de Benidorm en toda su extensión, ocupando todo el interior de un valle, abierto a una inmensa playa de unos 7 km. de frente arenoso, salpicado de torres de hormigón como piezas de un mecano descomunal, hasta los límites que impone el terreno, las mismísimas faldas del mazacote del Puig Campaña, que parecen impedirle proseguir. Y, más adelante, prosiguiendo hacia el norte, avanzando mar adentro, un oleaje pétreo encabritado de elevaciones, la Sierra Helada. Al otro lado de ella destaca el Peñón de Ifach, el Morro de Toix y, como telón de fondo en el horizonte, los paredones de la Sierra del Montgó, que relumbra enrojecida por el sol de la tarde. Ese será mi próximo hito para tener de referencia.

     Para descender a Benidorm, final de la etapa de hoy, sigo un carril perfectamente acondicionado que, dando un rodeo, suaviza su pendiente y hace promesa de arribar a la Cala de Fenestrat cómodamente. Aunque, al cabo de un trecho, decido abandonarlo en favor de una bajada de aguas, un arroyo excavado entre las raíces de los pinos, algo más vertical, que tampoco parece presentar mayores problemas para el descenso.

     Piso arena, toco mar. Asisto a una escena de tremenda ternura junto al borde del agua: un pescador inválido holandés, muy deteriorado en su silla de ruedas, arropado en exceso, sostiene a duras penas una caña oscilante en la que su pareja, entre beso y beso, le ceba el anzuelo con miga de pan para entretener a unos cuantos alevines que nadan desdeñosos en la misma orilla.  

          En frente, delante de mis narices, se alza impresionante el Tossal de La Cala, supone un resalte rocoso muy escarpado desde aquí abajo (imagino la impresión que daría a aquellos que se acercasen a él con idea de conquistarlo), un pitón calizo que alcanza los 103 m. en medio de la placidez playera que prosigue a lo largo de los 3 km. de la playa de Poniente. En su cima se encontraba lo que se creía un poblado en ladera ibérico, pero al reinterpretar los materiales de anteriores excavaciones (1943 por el padre Belda y 1984 por F. García) y ejecutar otra en 2011, la profesora Feliciana Sala, de la Univesidad de Alicante, se reveló una inusual abundancia de cerámica itálica (ánforas, vajilla de cocina, de mesa, lucernas) y objetos metálicos pertenecientes a soldados romanos. También aparecen fragmentos de muralla entorno a la cima, lo que determina su consideración como fortín romano del siglo I a.C., un acuartelamiento o castelum. Ha comprobado que se instalaron guarniciones romanas en cerros fortificados cercanos al mar, tossales, con fondeaderos próximos, cercanos a fuentes o cursos de agua dulce, desembocadura, con acceso a áreas de población ibérica.

     Tanto contestanos como ilercavones, con los que Roma mantenía una relación comercial fluida, fueron aliados de Sertorio en las guerras civiles romanas que se desarrollaron entre el 83 y el 72 a. C. Apoyado también por los piratas cilicios, procedentes de actual Turquía, Quinto Sertorio se alineaba con el bando de los populares, capitaneado en el senado por Mario (frente a los optimates, encabezados por Sila), nombrado propector de la Citerior fue destituido y proscrito por estos últimos, hubo de huir al norte de África, regresando después en el 80 se hizo con el sudeste peninsular en pugna contra las fuerzas republicanas comandadas por Pompeyo. Las tropas sertorianas controlaron el tráfico marítimo de gran parte de la fachada mediterránea occidental, desde el norte de África hasta Valentia, el triángulo Cartago Nova -Dianium -Ebusus especiálmente.

   Desde este tossal existe conexión visual con otros enclaves costeros romanos, se determina así una cadena de fortines en ese momento de las guerras civiles del siglo I a.C. Todos ellos se emplazan en puntos elevados, en tierras con escasos recursos agrícolas, pero que poseen fondeaderos próximos y alguna fuente o curso de agua cercana para hacer aguadas, al lado de las desembocaduras de ríos o arrollos, suponen magnificas entradas hacia los valles del interior.  

     Se puede hablar entonces de un primer Sistema de defensa del litoral, formado por una cadena de estaciones náuticas distantes entre sí unas 5 millas, como postas seguidas en una navegación. La siguiente sería Cap Negret, cerca de Altea, luego el Peñón de Ifac, la Punta de la Torre o cabo de Oro, en Moraira, y se complemetarían con los enclaves montañosos de la Peña del Águila, el Motgó, y El Passet, en la Sierra de Segariga.Cabe preguntarse si algunos puntos que ya he visitado, no la prolongarían hacia el sur (el Tossal de La Maladeta y el de Banyets, en El Campello).

     Curiosamente comencé mi aventura senderista desde cabo de Gata atraído por la idea de recorrer los enclaves  defensivos, torres de vigilancia y defensa, castillos y baluartes varios, levantados en la costa para prevención y defensa de ataques de piratas berberiscos, un sistema defensivo revisado por de Felipe II en el XVI, pero que se fraguó en época altomedieval. Y me encuentro que, después de 450 km. recorridos, y con mil seiscientos años de anterioridad, ya se dio un embrión de proyecto parecido, circunscrito únicamente a la Marina Alta alicantina, eso sí, a principios del siglo I a.C.

     Es lo que tiene la historia, hay tanto por descubrir, redescubrir en este caso, y la llegada de nuevas técnicas de investigación, o la simple reinterpretación de materiales ya existentes, ilumina nuevos conocimientos, nuevas teorías.

     Prosigo por Benidorm, la hoy despoblada playa de Poniente, hasta encontrar un barecito belga con algunas mesas en la puerta. Penetro a dicho santuario, resulta escueto, limitado, con tres o cuatro grifos de cerveza en la barra y un pequeño surtido de botellas delante. Suficiente. Aprecio a primera y aguda vista, está entrenada en ello, que uno de los grifos luce un medallón con una vidriera en la que se dibuja una abadía, inequívoco emblema de la cerveza Leffe, rubia esta, para más señas. La pido sin dudar, el primer trago resulta potente, con un punto final de amargor peculiar, exquisito siempre. La acompaña lo típico: un cuenco con dados de queso, tres, y otro con un poco de pimienta verde para untarlos. Es una pena que el pueblo belga, que ha sido capaz de desarrollar a lo largo de los siglos, algunas de las mejores cervezas del mundo, sin embargo ande tan atrasado en cuanto a tapas, ¡y eso a pesar de que el local se llama Belgatapas! 

     No puedo por menos que recordar aquella noche en San Juan de Terreros, al finalizar la etapa de la Sierra de la Almagrera, en el local del belga Danni, acompañado por Jesús realicé un recorrido espumoso de lo más sugerente. Constituye un momento inolvidable que, por muchos kilómetros que recorra, permanecerá imborrable en mi memoria.                

                                                                                Lunes 16 de diciembre de 2019