
Rezan las estadísticas: habitantes residentes en invierno, unos 70.000 censados. En verano se puede llegar perfectamente hasta medio millón, de los que más de la mitad son británicos.
Aparenta ser una ciudad, una ciudad turística, la más importante de España, y posiblemente del Mediterráneo, la más conocida internacionalmente, desde luego. Ocupa un enclave privilegiado donde la temperatura en invierno alcanza los 20 grados, aunque existen otros puntos próximos en la costa alicantina, e incluso murciana, donde sucede lo mismo. Pero en realidad Benidorm, a pesar de lo que pudiera parecer, no es una ciudad, es una creencia, más que eso, Benidorm es una religión, ni siquiera una secta, porque son miles, cientos de miles los adeptos que la profesan y la elevan a esa categoría. Lo he comprobado. Basta con darse una vuelta por sus calles para observar el bullicio constante, la multitud de ermitas con luminosos escaparates, de capillas comerciales y demás locales de ocio.
En pleno mes de diciembre aparecen pobladas sus terrazas, sus hoteles con buena entrada, los bares, pubs y restaurantes rezuman un admirable jolgorio y una compartida devoción, que se observa también en las pistas de baile y los karaokes. Bulle por todas partes una población, jubilada y jubilosa, de veraneantes europeos y nacionales que por turnos ocupan esos templos del ocio. Son convencidos peregrinos que acuden desde los confines helados de Europa, ahora bajo los rigores invernales, conversos que han renunciando a hibernar aletargados frente a sus televisores, para acudir a este balneario siempre abierto y receptivo.

Acudirán los peregrinos por la mañana a los baños rejuvenecedores en la playa porque antes o después aparecerá un rayo milagroso de sol dispuesto a iluminarlos, a aliviar sus dolores y achaques. Se sentarán en alguna terraza del paseo marítimo para comulgar con su pinta de cerveza o su café con leche de media tarde. Por la noche transitarán un placentero viacrucis por sus arterias comerciales, arriba y abajo. ¡Loado sea el Señor!
Hoy no luce el sol, ha amanecido un día gris, deslustrado, ligeramente plomizo, la playa permanece todavía vacía. La miro bien, la estudio: ensanchada artificialmente, rastrillada y limpia, una playa más, unas de tantas. Aparentemente no existe ningún motivo especial que justifique su misteriosa atracción, pero el caso es que siempre hay gente, si no es sobre la arena es en sus inmediaciones, devotos que acuden a su poderoso reclamo. Esperan que su clima, las miles de actividades ofertadas, y la posibilidad de nuevas relaciones, obren sobre ellos el milagro de una recobrada juventud, por medio del entretenimiento permanente y en continuo disfrute.
A falta de reliquias de santos o apóstoles que venerar, rinden culto a sí mismos, a su propia imagen, a través del bronceado y los atuendos. Ensalzar el placer físico, el hedonismo más egocéntrico e inmediato, ese es el primer mandamiento que aquí se predica. Los otros dos: es falso que exista la edad. Y, el disfrute antes que nada, urge divertirse.
Si hubiese que elegir un santo patrón, seguramente sería San Julio Iglesias, no solo por su sempiterno bronceado y su prolongada juventud, sino por el estilo de vida con que ejemplariza, por el disfrute con que ha sabido llenar cada día -las lecturas de los libros sagrados, las revistas de papel cuché, lo han predicado cada semana- y por la cantidad de feligresas que arrastra, que pregonan el conjunto de sus milagros (de cama).¡Aleluya!.
No permanezcamos como incrédulos, agnósticos o ateos irreverentes. Olvidémo infundados prejuicios. Es cuestión de tiempo, de años, que nos convirtamos, con ellos disminuirá nuestra vergüenza y nuestros reparos, iremos viendo la luz. Pues Benidorm, a diferencia de las clásicas, es una religión joven, en pleno auge. Cada temporada gana miles, millones de adeptos. Cuanto más se acerca el final de sus días con más fervor abrazan sus creencias, buscan con más ahínco el paraíso prometido entre sus calles.
Por todo el orbe existen miles de sucursales y ermitas repartidas en forma de agencias de viaje, con multitud de sacerdotes predicando sus ofertas y descuentos, asesorando a los conversos que desean acudir, al menos una vez, a esta sagrada meca del ocio edulcorado. Es así, no queda otro remedio que aceptarlo. Benidorm es una religión. Amen.
Aunque hayamos asistido a ejercicios espirituales o retiros devocionales en familia a Salou, Peñíscola, Benicassim o Marbella, no es lo mismo. Solo suponen escuetas ermitas, romerías secundarias, santuarios locales, frente a la magnificencia de Benidorm. Es algo que comprendí bien ayer contemplándolo desde las alturas, desde la Torre del Aguiló, y hoy desde la Sierra Helada. Esa imponente imagen la muestra como una Jerusalem Celestial emergiendo gloriosa de las entrañas de la tierra, alzando sus rascacielos como torres de Babel, elevando su grandeza en una plegaria al cielo, al astro rey, que lo ha creado y lo sustenta. Una visión solo comparable a la del peregrino que otea las torres de la Catedral de Santiago, desde el Monte del Gozo, tras un mes de caminata. ¡Alabado sea dios!
Descendiendo a cuestiones más terrenales, ya con los pies bien asentados en el suelo, ansiosos por caminar, me dispongo a atravesar esta megalópolis del ocio desde su extremo superior, desde lo que alguna vez fueron las afueras de las afueras de un pequeño pueblecito marinero, a kilómetros de su casco histórico. Aquí, junto a la estación de autobuses y la del tranvía,se acierta a olisquear apenas allá abajo, entre la jungla de edificios, torres y rascacielos, un cachito de playa. Pero será necesario 4 km hasta poder llegar al Rincón de Loix, inicio de la ruta propiamente.
Esa salvedad me lleva a considerar que estos días vengo realizando casi tanto recorrido urbano como rural, ando pisando tanta acera y asfalto como tierra. Al final o al comienzo de cada etapa, he de añadir trechos suplementarios para llegar a las estaciones de autobús o tranvía, en la periferia normalmente, para poder regresar a mi cuartel general en la playa de San Juan. Supone añadir kilómetros en exceso y un suplemento extra de duro suelo que, como molesto turrón, he de masticar a la fuerza.
Alcanzo pues lo poco que queda del casco histórico, situado en la elevación conocida como cerro de Canfali. Al lado de la plaza del Castellar se ubica la Iglesia de San Jaime y Santa Ana, construida entre 1740 y 1780 en cruz latina, con pequeñas capillas laterales, aporta un cierto tipismo muy del gusto de las cámaras fotográficas de los turistas.
En el mundiálmente conocido Balcón del Mediterráneo, prominente roquedal rodeado por una artística balaustrada, imagen, santo y seña de la ciudad, han salido a la , de resultas de unas excavaciones recientes, numerosos restos del lienzo de muralla del XIV, la base de la torre, el brocal del pozo, el aljibe y abrevadero del castillo, levantado a partir de la carta puebla de fundación de la villa de 1325, fue destruido en la Guerra de la Independencia.
Tras impregnarme con lo poco que resta del pueblo de antaño, prosigo mi recorrido por la playa de Levante hasta su final, el Rincón de Loix. Ante mi se alzan, entre otras muchas, las dos torres de apartamentos que, según sentencia reciente de los tribunales, han de derribarse por infligir la Ley de Costas. No parece que eso vaya a resultar inminente.
Ascendiendo sinuosas calles dejamos atrás, por fin, las edificaciones. Tomamos la carretera asfaltada que lleva, en apenas 2,5 km. hasta la Punta del Caballo, también llamada de la Ballena. Me acompaña Juan, buen amigo y senderista que se ha venido a transitar alguna etapa conmigo y cuya ayuda fotográfica será valiosa. Llegamos a la desmochada Torre de les Caletes, de planta circular, troncocónica. Derruida hasta media altura, totalmente maciza hasta su mitad, llega a unos 7 m, se encuentra en estado ruinoso, con numerosas fracturas.
Encaramos la subida a la imponente Sierra Helada,y Peñas del Arabí, será la protagonista indiscutible del día. Vista sobre el mapa, supone una excrecencia, un añadido, una anomalía que trunca la linealidad de la costa, sobresale toda ella del literal como una gran frente llena de chichones, se incrusta en el relieve como una descomunal cuña que empujara el mar bajo la tierra. Desde tierra, o desde el aire, se aprecia como una rampa creciente, descomunal, internándose en el agua, un trampolín que sobrepasa los 400 m. y remata en unos acantilados vertiginosos.
Esas pendientes y paredones tan pronunciados superan ampliamente a los del cabo de la Nao, que, sin embargo, tienen el récord de altitud de un faro español, a 122 m. Declarada Parque Natural desde 2005, su nombre parece proceder del microclima, algo más frío, que genera su orientación, de la umbría imperante; o de la apariencia y color de sus acantilados a la luz de la luna, similares a montañas de hielo. A saber. Leyendas poéticas para folletos turísticos.
Por una carretera de pendiente mantenida, que nos sirve de calentamiento, llegamos después de media hora y un par de kilómetros hasta el mirador de la Cruz de Benidorm, casi 250 m. de altitud. Desde aquí habremos de emplear unas cuatro horas para recorrer los casi 8 km. de sierra. Antes, disfrutamos de estas vistas privilegiadas, ayer fue desde la Torre de L´Aguiló, hoy desde el otro lado norte de la gran urbe. Se aprecian, sobresaliendo de la niebla que lleva toda la mañana descansando en el valle, las cúspides de las torres de rascacielos –en una imagen de un agradable lirismo que no esperábamos- y hacia el interior, el Puig Campaña, 1046 m. (segunda cima de la provincia después del Pico Aitana). La muesca cuadrada que aparece recortada sobre su cumbre, se conoce como Cuchillada o Tajo de Roldán. Capitán del ejercito de Carlomagno, enamorado de una muchacha que resultó hechizada y moriría cuando el último rayo de sol tocara su piel, loco de amor subió al pico y de un espadazo –era muy dado a asestar mandobles, nuestra geografía cuenta con unos cuantos- abrió esa hendidura para prolongar su vida, después enrabietado arrojó al mar el trozo. Esta sería la versión romántica, pero yo había oído otra: un gigante fue el que pateó la montaña, de resultas de lo cual se desprendió una porción que fue a parar en medio del mar, es la isla de Benidorm, por eso se la conoce como la Patada del Gigante.

Atravesamos una vaguada que nos lleva hasta el primer resalte de verdadera importancia, el Alto de la Montera, 337 m. Seguimos encabalgando y descabalgando cerros de este imponente lomo rocoso hasta un resalte que parece señalar un final, una esquina visual que, llegados a ella, debemos trasponer en busca de la siguiente. Se eleva vertical sobre el Morret Negret, un saliente costero, en realidad una duna fósil que aflora enfrente mismo de la isla Mitjana (la mayor de las tres existentes, junto a la de L´Olla y la Galera). Nos encontramos a mitad de la travesía, más o menos.
La ruta va recorriendo el borde de los acantilados, discurre por una senda bien marcada, de uso frecuente por tanto, con sube y baja continuos, loma tras loma, entre pinos y abundancia de arbustos en las vaguadas, más escasos en las zonas altas. Desde ellas se tiene una amplia visión del conjunto, tal parece que caminásemos sobre las espaldas de una manada de elefantes alineados, uno al lado del otro, e incluso, levantados sobre sus patas traseras, como en un circo. Terminaremos por sentirnos, más que esforzados domadores, arriesgados trapecistas.

Sobre uno más de los resaltes gibosos, tal parece la chepa de un dromedario, yacen unas ruinas, apenas el arranque de los muros de una casuta, entorno a los que cayeron el resto de piedras. Paramos a tomar un bocado. Desde estas alturas se alcanza a apreciar a uno y otro lado, también hacia el interior, la desmesurada proliferación de edificios. Superlativa hacia el sur, hacia Benidorm, algo menos apabullante hacia Altea, al norte. Se hace difícil encontrar porciones de terreno sin ocupar, libres de urbanizaciones, barriadas, edificaciones. Unicamente, la azulada Sierra de Aitana, los roquedales del Puig Campana y la barra del Morro de Toix, suponen barreras infranqueables, son la excepción. Estas alturas impropias, que sobrepasan los 400 m., que ningún desmesurado hotel de Benidorm puede igualar, de momento, representan una agradable paradoja, un agradable regate geológico del destino, que las ha colocado aquí, en la misma orilla mar, oponiendo la expansión de este multiturístico enclave, a salvo del acoso urbanístico feroz y depredativo.
Atalayados sobre ellas, como vigilantes de un castillo roquedal, a salvo, observamos esa amenazante invasión. Estos morros pétreos, tapizados aún de naturaleza, que hemos clasificado como rareza (Parque Natural, decimos), estas dunas fósiles apuntalándolos desde el agua, esas isletas desgajadas que se alcanzan a ver,constituyen, si bien se mira, más que un placer, un insulto, una ironía, que no estamos dispuestos a desperdiciar. Sin comentarlo, mientras masticamos, nos vamos solazando en su contemplación.
Ahí abajo, en la falda de los acantilados, sé que existen media docena de aperturas, de cuevas excavadas por la paciencia del mar sobre la dura arenisca, un arco en un islote, otro bajo el resalte de una duna fósil e, incluso, un túnel submarino que comunica con alguna cavidad interior. Merecen unas visitas en piragua y alguna que otra inmersión. Se despierta mi afán aventurero de otras épocas, veré de encontrar información sobre clubs de buceo. Fueron territorios en los que, hasta los años sesenta, se veía de vez en cuando alguna foca monje, llop marí, le dicen por aquí, quedan huellas en la toponimia.
Repuestos, acometemos otra tanda de sucesivos obstáculos: dromedarios, elefantes, búfalos, cebras… Hemos de ir salvando manadas todavía hasta que por fin se alcanza a ver blanquear el asfalto de la carretera que lleva a El Repetidor. Cuando la senda se acerca a ella, sin perder altura, la cogemos y caminamos con algo más de comodidad hasta las antenas del Alto del Gobernador a 438 m., cumbre cimera de nuestra etapa.
Una senda bien señalizada desciende muy empinada, se podría decir que vertiginosamente, en algunos tramos, hacia el área de descanso de L´Albir. ¡No quiero ni pensar si nos hubiera tocado subirla en lugar de bajarla, si hubiésemos decidido hacer la ruta en sentido contrario! Finalizamos en las afueras del pueblo, en el Rincón del Albir, en el punto de información de la entrada a la ruta del Faro de L´Albir, apenas un entremés de 2´5 km. por carretera, sin desniveles apreciables, que nos acerca hasta la Punta Bombarda. Tras un pequeño túnel excavado en la piedra se abren miradores calas en la bahía de Altea, y sobre la Punta de L´Esparralló existe un mirador que nos da cumplida cuenta de toda ella hasta su cierre en la barra del Morro de Toix, precisamente ahora lavándose la cabeza con unas nubes.
Con más pausa y menos exigencia, el camino permite ir fijándose en la vegetación circundante, que arriba de la sierra no he podido apreciar como hubiera querido: torvisco, uva blanca, bayón, lentisco casi arbóreo, enebro morisco, cantueso -dice Juan que he de probar el licor que se hace con él, le advierto que no creo que supere los herberos de la Sierra de Mariola, que elaboran en algunos pueblecitos del interior-, es la alhucema mora, la lavanda francesa, palomilla u orquídea lila, anteojos con la flor amarilla, brezo y otras lindezas.
En la última cala se encuentra la mina de ocre Virgen del Carmen, de origen fenicio, explotada también por romanos. Usado como colorante hasta principios del XX en que se sustituye por sustancias artificiales, el ocre es arcilla más óxido de hierro, se empleaba desde la prehistoria. Quedan restos de viviendas, pilotes que sostenían los raíles de la vida con que se descendían las vagonetas hasta el embarcadero, en la cala de la Mina precisamente. Se posa una alondra curiosa en una roca junto al camino, sin temor nuestra presencia, se nota acostumbrada al paso frecuente de personas. Arriba, bajo el resalte rocoso a modo de visera, se ve claramente la Boca del Bou o de la Ballena.
Enseguida alcanzamos el faro, está a 112 m. de altura y alcanza las 17 millas (algo más de 30 km.), alberga un centro de interpretación que informa sobre las poblaciones de painos, anidan en las cuevas de los alrededores, cormoranes moñudos, gaviotas patiamarillas. Explica cumplidamente la formación de las dunas fósiles colgadas, de más de doscientos metros de altura, de las mayores del mundo. Las vistas son estupendas, meren el paseo, desde luego. Al lado, en un resalte del terreno, se alcanza a ver solo un espolón con forma de media pirámide que supone la base de la antigua Torre Bombarda. Su nombre procede de la pieza de artillería que poseía. No se permite acceder hasta ella.
De regreso a LÁlbir, parte costera de L´Alfás del Pi, buscamos una Casa tardoromana que se encuentra en excavación, supone un museo al aire libre que permite hacerse una idea muy aproximada de cómo vivían las élites romanas entre el IV al VII d.C. Fue descubierta al inicio de unas obras en 1979 (ejemplo que deberían seguir siempre los ayuntamientos). Posee dos partes diferenciadas: unas termas, que conservan aún varias dependencias, y una zona con varias necrópolis, enterramientos en tégulas, ánforas, fosas y túmulos de piedra. Especial importancia tiene un mausoleo de planta rectangular reforzado con contrafuertes; las paredes de mampostería y parte superior de adobe, decoradas con pinturas en el interior.
Cerca del puerto de Altea se encuentran los restos del acueducto romano de Les Arcs, del siglo II d.C. Traía el agua desde el río Algar salvando un desnivel de unos 50 metros, sus arcos alcanzaban los 15, en dos alturas. Quedan solo restos de pilares en un barranco. En época medieval se sustituyó por la construcción del canal de la Séquia Blanca y posteriormente por el Rec Nou, en el XVIII.

Martes 17 de diciembre de 2019



