22º jalón Altea – Calpe 19 km

Comienzo desde la parte antigua de Altea, concrétamente desde la plaza de la Iglesia, la zona que ocupaba el castillo, en uno de los dos cerros que coronan el asentamiento donde se estableció la población cristiana en una primera fundación en el XIII. Después, tras unos siglos de deterioro económico y social, a finales del XVI, como consecuencia del incremento de los ataques costeros y del peligro que suponía también la propia población de origen musulmán existente en alquerías y aldeas del interior, se revisa el sistema defensivo y la necesidad de proteger las almadrabas (dos, en la zona de L´Albir y L´Olla), asegurando la estabilidad de la zona, dependiente de la baronía de los Palafox, para atraer nuevos pobladores e incrementar las rentas.

     Se plantea construir un baluarte o ciudadela amurallada capaz de acoger en su interior 500 casas, y se realiza entre 1604 y 1617. Aunque no queda en pie mucho de aquello, podemos hacernos una idea a la vista de los planos que ejecuta el ingeniero militar Francisco Ricaud. Se mantuvo el primitivo castillo de Bellaguarda o restos de él en una pequeña elevación al norte, generando entorno un arrabal.

     La ciudadela era de planta asimétrica y con cierta forma estrellada, con baluartes esquineros artillados. Se abrieron dos puertas: la de Valencia o Portal Vell, al norte, con una torre junto a él, y al oeste la de Polop. Además existió, todavía quedan, el baluarte de la Casa del Comú y Justicia y el de la Casa de la Señoría, en la esquina nordeste protegiendo con su fuego la desembocadura del río Algar. El nuevo castillo era pequeño, cuadrado, con garitas en las esquinas, desapareció junto con los baluartes a finales del XIX o principios del XX. Actualmente quedan lienzos de la muralla nordeste y sureste, y se puede adivinar el recorrido de las murallas y las manzanas de casas renacentistas de su interior en el trazado de las calles.                                                        

    Visito la iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, la nueva, retranqueada unos 5 m. respecto de la posición original que ocupaba la antigua renacentista, que resultaba muy austera, con capillas laterales entre contrafuertes, sin crucero ni cúpula. Amenazando ruina, fue derruida en 1901, levantándose la actual, de nave única, muy luminosa con girola y deambulatorio. Existe una capilla anexa, la del Santísimo Cristo, comunicada con ella, que primero fue independiente, se levantó en 1854 para permitir los oficios religiosos al deteriorarse la iglesia antigua, es de estilo academicista con crucero central y cuatro capillas en los ángulos.                                                    

     Desciendo callejeando hacia la playa, llego a un mirador ocupado por un jardincito abierto al sur, la punta suroeste de la ciudadela precisamente, todavía existe la muralla que formaba el baluarte esquinero. Dispongo de una vista preciosa de la amplia bahía, hasta el faro de L´Albir y la Sierra Helada. Observo en su toda su magnificencia la  imponente manada de elefantes que pateamos ayer, hoy parecen permanecer echados, descansando, grises, oscuros y helados, como corresponde a su nombre.                                    

     Llego a la incómoda de transitar playa de guijarros y bolos que no disuade, sin embargo, a los piratas vacacionales de haber tomado al asalto esta zona hace décadas. Dos espigones se prolongan desde la orilla para hacer su callado trabajo de retén.

     Observo a lo lejos, al fondo de la línea de costa, en el sentido de mi marcha, el paredón blanquecino, que campea caliginoso al sol, del Morro de Toix, último bastión de la Sierra de Bernia que se adentra osado en el agua. Me queda la duda de si, como parecía adivinarse en mis mapas, existe senda o camino que me permita no tener que atravesar por carretera la estrecha horquilla que forma entre dos peñascos.

     Pregunto a un paseante, Joaquín, residente, una duda más cercana: el tramo de la Barra de la Galera, un acantilado costero que no se si me deja continuar cerca del agua o habré de remontar por el interior, entre urbanizaciones. No lo sabe, pero a cambio me recomienda enardecido no dejar de visitar el Forat de Bernia, una oquedad artificial en la piedra de pocos metros que, cerca de la cumbre, atraviesa la sierra de parte a parte. Prometo hacerlo, las vistas desde ahí han de ser impresionantes, pero no en esta ocasión. Se encuentra cerca del castillo de Bernia, mandado levantar por Felipe II en 1562 a su ingeniero militar Juan Bautista Antonelli, fundamental en la defensa de estas costas de la Marina Baja, que sin embargo levantó muchos recelos a cerca de su idoneidad y factura, lo que llevó a Felipe III a mandar demolerlo en 1612.     

     Voy recordando esos pormenores mientras recorro atento los limpios y pulidos guijarros. Decoran el fondo en la orilla como vasijas o búcaros de cristal, pero algo mayores. Su nívea blancura reluce con los rayos del sol y transforma el agua debajo de la superficie, cobra un inesperado tono turquesa, verderoncillo, como las pozas turcas sobre sal gema. Encima pajarean en busca de su almuerzo algunas gavinas, gaviotas reidoras o de Audouin.  

     Llegado a la desembocadura del río Altea, hoy conocido como río Algar, recuerdo que varias fuentes citan junto a ella la Torre de Bellaguarda, pero no se aprecia ni rastro. Correspondería, más bien, su exacto emplazamiento al casco antiguo de Altea, porque se la nombra también como castillo, el primitivo castillo. Este cauce desde siempre ha sido famoso por la calidad y sabor de sus aguas: «…por su limpieza, dulçura, sanidad, y incorruptibilidad: que por estas calidades nuestros sabios Medicos les conceden el primer lugar entre todas las del Reino. Experiencia tienen hecha los marineros que hacen aguaje en este río que entonelada su agua, jamas se corrompe: y en razon de esta extraordinaria qualidad, se aperciben de ella para largas navegaciones. De aquí que los Griegos antiguos, que esuvieron poblados en este paraje, le dieron al Rio el nombre de Altea, qu en su lengua era dezir Medicina, o salud para todo.» Según escribe Joan Gaspar de Escolano, cronista del reino, que en 1611 publica su Décadas de la historia de la insigne y coronada ciudad y reino de Valencia. Y prosigue: «Salidos desta tierra se camina orilla del mar, cosa de media legua al Promontorio, o cabo Negrete; donde se ve una torre de diez soldados de apie y dos de acavallo.»

     Cap Negret, es un cabo pequeño, apenas un saliente en la inmensidad rectilínea de la costa del golfo de Altea, un morro de roquedales de pórfido que se adentra unos metros en el mar formando una calita al norte y un puertecito chico, protegido. Pero este cabo no nos pertenece, es privado, usurpado, alguien se lo anexionó como parte del jardín de su villa de recreo, debió pensar que su poca entidad geográfica se lo permitía. Luce un cenador de lo más coqueto, lo veo por encima de la tapia, que muchos quisiéramos también poder disfrutar.

     Desde antiguo hubo aquí una importante torre o, acaso, algo más que eso, en algunos mapas viene citada como castillo. Unas excavaciones de urgencia en 1987 extrajeron abundante y variado material cerámico, ánforas púnicas (cuya tipología denota una ocupación desde el IV a. C.), ungüentarios, lucernas, dos cabezas de terracota y una mano de bronce de una escultura, y documentaron una muralla y un foso exterior de principios del siglo I a.C. La torre posterior tenía planta circular, levantada entre 1587-1610. Fue dinamitada en 1704 durante la guerra de Sucesión. Siempre fue de importancia capital, combinando su protección con la torre de Bellaguarda, quedando así vedadas las aguadas en la desembocadura.       

     Quedan todavía unas cuantas casitas antiguas y la espléndida Villa García o Sagi-vela, originalmente del barítono (tenor, dice erróneamente la cartela) Emilio Sagi, cantante dezarzuela, y su segunda esposa la soprano Luisa Vela. Es una casa de recreo de la burguesía finales XIX, testigo de otros tiempos, que mira al puertecito, el Portet de L´Olla, para apenas unos cuantos barcos.

    Prosigo por la playa y cala de L´Olla,…fondeadero con todos los vientos, punto [en el] que es muy necesario un destacameto, según el informe de 1814 de Nicolás Lázaro sobre la vigilancia del contrabando en la costa alicantina.

    Comienzo una sendita, todavía de guijarros, que me acera frente con frente a la Isleta de L´Olla, criadero de aves. Veo sus siluetas recortadas sobre su lomo redondeado. Subsisten sobre la arena algunos tornos de cable para sacar las barquitas de pesca, oxidados de aburrimiento.  

     Prosigo, cerca ya de la falda del Morro de Toix, impresiona verlo incrustarse poderoso como un cuchillo pétreo en el mar. Pueden apreciarse sus paredes horadadas profundamente, sobre la superficie del agua. La erosión ha excavado múltiples cavidades como bocas grandes de calaveras, cuencas oculares, quizá por eso se conozca a esta porción de la costa como Rincón del Pirata. Cuelgan, desafiando la gravedad y provocando a la erosión, urbanizaciones encaramadas en el Morro. 

     Playa de la Solsida, pasado el puertecito de La Galera o puerto Senso, escondida detrás de los pinos, vacía y expectante hoy, aguarda días de más faena. Tiene tramos nudistas. Invita a nadar hasta una pequeña islita que se ve enfrente, a unos trescientos metros. Pregunto a un caminante deportivo, parece que habitual, si es posible pasar por la orilla la Barra de la Galera, me asegura que nadando sí, pero no hace día para eso. Remonto unas calles de la urbanización colindante y pregunto a unos albañiles que trabajan en un chalet, las únicas personas que pueden verse en esta época, me dicen que hay paso cercano sobre el morrete, ¡aleluya! Evitaré la carretera. Efectivamente, un estrecho pasillo de escalones entre dos residencias, que casi pasa desapercibido, si no se conoce, ataja atravesando la urbanización.     

    Dentro de la urbanización Galera del Mar se oculta la Torre de la Galera, es privada, no comprendo que un bien histórico pueda serlo, pero desisto de buscarla. Es de planta circular, según parece, levantada en el reconocimiento del Primer Resguardo de la costa, ordenado por el Duque de Maqueda en 1554. Acerca de ella nos dice Escolano: Mas adelante otra media legua viene la [torre] de la Galera con dos guardas de apie. Luego una legua mas alla, la del Mascarat con el mismo numero y condición de soldados; y al cabo de otra legua se levantan las altissimas peñas de Hifaques [Peñón de Ifac], que son un monte que casi le rodea el mar.Y añade el virrey de Valencia Vespasiano Gonzaga en sus Ordenaciones de la Costa de 1673: No tiene atajadores, pero uno de sus soldados alternativamente tiene obligación de salir cada mañana al amanecer a descubrir la Barra de la Galera [puerto de Campomanes], que es una Cala donde puede estar escondida una fragata.  

     Después de una barrita, un estilete pétreo, se han inventado, a fuera de rosigar la montaña, un puertecito: el Puerto del Mascarat, conocido como Marina de Grenwich, porque, pasa precisamente por aquí, ese meridiano. No queda rastro de la Torre del Mascarat, parece que reedificada sobre una torre islámica. Dice en su dietario Bernat Catalá de Valeriola, veedor (una especie de inspector y pagador de los guardias de las torres vigia), que en noviembre de 1598, cuando pasa por allí: que agora se comença a labrar, y havia de guarda una escuadra de soldados del castillo de Denia y en viendome hisieron una salva muy buena… Se comprende tanto jolgorio y agasajo, no creo que las pagas les llegaran, de normal, puntuales.  

     Ahí mismo tengo la Punta de Mascarat, una estrecha península en forma de punta de lanza poblada de pinos sobre sus roquedos. Más adelante resta únicamente el Rincón del Cuervo, conocido como del Pirata, en la base de los paredones calados de cuevas del Morro de Toix, antes fue llamado cabo Tos, de Oix, punta de Fox, de Thois. No he hallado el significado de su origen ni de tales variaciones.

     Sé que, arriba, junto a su alargada cresta, existe una ruta en derredor. Desde sus alturas sería fácil imaginar la almadraba que se calaba en la misma punta, a la que se refiere Castañeda en 1775: …siguiendo la costa hasta el rincón nombrado de Oix, en cuya inmediación y sitio se planta almadraba, de avenida [de entrada] para la pesca de  atún y otros pescados que en ella se cogen, la que pertenece por privilegio a la Casa de Medinaceli.  Resultaría agradable observar, en las tonalidades oscuras de las aguas de abajo, la profundidad requerida para ello, adivinar el recorrido que traerían los atunes desde el sur, pues era almadraba de entrada.

   He de dejar la orilla del mar, no hay más remedio, comienzo a ascender entre urbanizaciones hasta tener a la vista el barranco de la Mola, excavado profundamente y atalayado por dos peñas escarpadas. Pregunto para confirmar mi dirección a un chaval en bici que me equivoca, llevo la dirección trazada en mi GPS hacia el lado derecho, y el me recomienda que retroceda y continúe por la carretera nacional N-332. Pero no hay problema, no hay bien que por mal no venga. Ascendiendo por el arcén del asfalto tendré ocasión de atravesar los túneles y contemplar unos espectaculares parajes, magistralmente descritos por el escritor oriolano Gabriel Miró.

     Al llegar arriba, el tráfico está retenido por obras, los vehículos van pasando a cuentagotas, lo que me permite fijarme mejor en ese paraje de vértigo. Pero, de todas formas, mejor que yo, infinitamente mejor, dejo que lo cuente Gabriel Miró, que en su libro Años y leguas, un conjunto de estampas sobre recorridos realizados en 1924 por la Marina Alta, en el capítulo Una familia de luto: El barranco. Ifach., nos dice:                              

   Llegaban al collado de Calpe [Sigüenza, el seudónimo que utiliza para no hablar en primera persona, su alter ego, realiza el recorrido con su amigo Barcells], que se desgaja verticalmente en el barranco del Mascarat. Se desploman la luz y el silencio, que pasan por el filo de los montes. Aunque se interne allí la carretera, la más vieja de la provincia, por un puente fino, alto, como un ventanal, entre dos túneles, y aunque ahora cuelgue como un avión aplastado el viaducto de un ferrocarril lugareño, el silencio y la luz tienen una claridad de civilizaciones antiguas, sumergidas en la inocencia del mar, que aparece entre los cortes de losas, en el sosiego de una cala.

  Esa carretera hoy queda más abajo, abandonada, estrecha. La veo desde arriba acodado a la barandilla de la actual, pero la sensación de vértigo es la misma que entonces.                                                                                           

     Inmóvil, asomado a la hoz, miraba Sigüenza el hondo, miraba las agujas de las cúspides. Después, lo primero que pensó, lo primero que quiso fue soltar una piedra. Soltar una piedra desde el borde de aquel puente resulta una acción definitiva. Además del tiempo que tarda en caer, además de sus retumbos, de sus chasquidos contra los cantales, de las inesperadas parábolas que traza ella sola, chocando y desviándose en un plano, en los cortes de peña (…) La piedra elegida por su mano estaba en una hendedura de la inmensidad. ¿Cuánto tiempo? Siglos.Todo el tiempo que pensara Sigüenza.y cuando caiga y llegue, y se articule a su fondo, se habrá enmendado para nuestra sensibilidad la arquitectura de estas desolaciones. 

     Los dos túneles. No son túneles ferroviarios, ahogados, requemados y negros, sino de carretera levantina. Por fuera, la roca caliente, de color de león, lazándose apasionada, de pie, al cielo; por dentro, la roca pálida, huesuda, como antes de que los barrenos rasgasen su virginidad. Cada túnel abre una mirada fresca de mar y otra de campo torrado, y el confín marinero y el horizonte labrador se concretan en las dos lentes de piedra.                               

     Doblo cota, salto la tapia que supone esta roca atravesada, este muro calcáreo, blanco de solaneras, caliginoso y pálido como un queso de cabra. Aparece ante mi vista el mazacote de Ifach, como lo hiciera hace casi cien años ante la suya. Su silueta desde el lateral no se parece a la de cabo Cope, aquel semejaba un mastodonte echado, este un búfalo atacando, rampante, incorporándose, saliendo poderoso del agua.

     En otro tiempo pasó Sigüenza el collado de Calpe. La diligencia venía de Alicante. Muchas horas de camino, de humo, de polvo, de sol, de revueltas, entre almendros y viñas, de huertos galileos, de pueblos diáfanos con cúpulas azules, aparecidos en la costa… Poco a poco comenzaba a salir en el cielo la geometría del monte rojo. Atardecido, los contornos ya se acercaban en una culminación de rosa, y después, de un dorado de retablo. La diligencia llegaba, humilde y sobrecogida, al primer túnel. El azul que entraba del mar refrescaba los peñascales estrujados. Iba deshilándose el silencio virgen de las altitudes; se sentía subir el silencio del fondo como un vaho. Puente blanco y cerrado, en una vejez cósmica. Las mulas lo pasaban despacio con un cabeceo de esquirlas dulces. Muchos viajeros se inclinaban, persignándose (…).

     Descendiendo la ladera de umbría, hacia nordeste, sus paredones ocultan los rayos del sol, no se comprende la proliferación de tantos chalets apiñados escalándola, salvo por la falta de territorio costero a esta lado del Morro de Toix. Destacan los nombres rusos en las fachadas, parece una colonia de turistas del este. No en vano existe aquí, a un lado de la carretera que sube desde Altea, una preciosa iglesia ortodoxa rusa, la de San Miguel Arcangel, primera que se construyó en España, entre 2002-2007, merced al esfuerzo de la entonces reina Sofia y el violonchelista Rostropovich, para fieles rusos, ucranianos, bielorusos y moldavos, que comenzaron a llegar a esta zona tras la caída del Telón de Acero. Se levantó con materiales y personal totalmente rusos. Sus doradas cinco cúpulas bulbosas de madera con forma de cebolla, entorno a su campanario octogonal, sobresalen entre pinos acogiendo a los residentes de estas urbanizaciones de lujo, que agradecidos acuden para dar gracias a dios por el estatus que se pueden permitir.      

  Puerto Blanco, fuera de uso, deshabitado casi, con unos cuantos barcos parados, y alguno que otro fuera del agua a medio reparar, talleres abandonados. Una chica ha traído a su perro a corretear por la playita, se nota que lo tiene poco tiempo. Como, descanso, me relajo en el remanso de paz que supone este rinconcito a la vista del peñón, me tumbo ocioso ante el cercano final de la etapa.

     He de rodear por calles interiores los barrios del Tossal y La Manzanera para caer a la playa Arena-Bol ya en línea continuada hasta la roca. Al llegar a sus proximidades recuerdo haber leído que, en tiempos pretéritos, se podía cruzar, junto a las salinas, a la playa de la Fossa, a levante. De hecho no siempre estuvo el Peñón unido a la costa, como ocurre ahora. Surgió separado, como un islote cercano a la orilla. La erosión y las corrientes litorales fueron acumulando materiales y formando barras de arena que unían los escollos intermedios, las rocas salientes, hasta unirlos con la orilla, formando un istmo, una lengua de tierra o tómbolo, quedando apresada entre dos restingas una pequeña porción de mar, que es el que formó una pequeña laguna natural, aprovechada como salinar desde antiguo por los romanos.

      Algo similar, a mayor escala, ocurrió con La Manga del Mar Menor: un cordón litoral que se generó a partir de islotes y afloramientos arenosos existentes, cuando las corrientes y las arenas que arrastran los fueron fusionando unos con otros y finalmente a la orilla, al cabo de Palos. Tenemos la idea errónea de que el relieve que vemos, ha permanecido siempre prácticamente igual, que, a lo sumo, cambió en eras geológicas remotas, cuando no es así. Se han producido modificaciones importantes recientes a una escala de siglos o milenios, más extensa que nuestro tiempo vital o el tiempo histórico de unos cuantos siglos que pueda abarcar nuestro conocimiento. 

     Voy alcanzando el final de la etapa, Calpe. Destaca la figura de un molino en medio de una excavación, abierto en catas y cuadrículas el terreno, vallado, destacan algunas balsas cuadrangulares esculpidas sobre las rocas de la orilla, resaltes y demás obra humana sumergida, son los llamados Baños de la Reina. Podemos observar a simple vista sus compartimentos, las antiguas piscifactorías para conservar y consumir el pescado fresco, los canales de llenado y desagüe, los recipientes para elaborar salazones.

     Destacan los cortes cúbicos sobre la piedra caliza, que indican la extracción de sillares para la construcción de edificios, en esta gigantesca cantera. Parece que son previos a cualquier otra construcción, más antiguos al aprovechamiento piscícola.

    La primera noticia de ellos la da Gaspar de Escolano en 1610, describe los viveros romanos y relata como uno de los mosaicos fue arrancado y enviado a Felipe II. El botánico Cavanilles en 1792 excavó junto al torreón (molino), extrayendo unos mosaicos en blanco y negro. Las recientes excavaciones, prolongadas durante treinta años, desde 1986 a 2006, han revelado la existencia de tres viviendas independientes de época tardorromana, levantadas en muros con zócalo de piedra y tapial, y unos extraordinarios mosaicos, estancias organizadas en torno a un patio circular, con deambulatorio cubierto, patio de columnas, y sus correspondientes conjuntos termales. Supone el conjunto un importante vicus dentro del territoriun de Denia (Dianium).

      Sabemos que a finales del siglo IV d. C. ciegan la noria y los aljibes, hay agua dulce en el subsuelo, y se aprovechan las viviendas, que habían sido abandonadas, para una necrópolis de inhumación, la mayoría de cistas de lajas (excavadas en los propios mosaicos, incluso), las termas se utilizan como vertederos y basureros por nuevos ocupantes a finales del VI y principios de VII. También se ha descubierto un conjunto cristiano posterior integrado por una cripta, con tres sarcófagos, un baptisterio en planta de cruz griega, así como una necrópolis visigoda del VII. Lo que su ocupación desde el siglo I d. C. hasta la Alta Edad Media.

     Frente al peñón, me paro a leer la poderosa impresión que causa al escritor, y como cuenta su visita, le habían ofrecido comprarlo:

     Bajan del calesín en las hoyadas de arenales y salinas. Camino blando de sobraqueras encima del agua. A lo último, el Ifach, desprendido, solo, encantado. Dentro de las calmas y de batido profundo del mar se sumerge, se tienden, se tuercen, se doblan y encogen los rosas, los granas, los verdes, los morados, todos los colores tiernos y viejos del Ifach. Ifach es de años preciosos, de bronces ardientes, de piedras de gloria. Rocas encencidas, talladas por el filo del viento. Ábside con pecho de bergantín que corta inmóvilmente las aguas. Animación y gracia de escultura; torso y rodillas vibrando de luz marina bajo los pliegues dóciles y las escarpas verticales de la peña, ímpetu contenido por la orla de la falda, cogida tirantemente a la costa. Silencio y retumbo de la frescura salada. Silencio exaltado, como un grito de la cincelación de la luz.

–Todo esto- le repite Barcells- todo esto lo ha comprado un millonario por seis mil reales. ¡Con seis mil reales no se paga la leña de la otra banda del monte! [mil quinientas pesetas, de las de entonces]  

                                                                               18  de  diciembre  de  2019