23º jalón Calpe – Moraira 17 km

Vengo recorriendo en estas últimas etapas el extremo de una punta de la geografía nacional que se adentra poderosa en el Mediterráneo, señalando la dirección Este. Esa proyección de las Cordilleras Penibéticas que, desde el estrecho de Gibraltar, se levanta en sucesivas sierras, ocupando todo el sudeste peninsular. Arcos montañosos que rematan en una línea de costa accidentada, ocupada por bahías y golfos escalonados entre cabos, hasta llegar al límite que supone el cabo de la Nao. A partir de ahí, hacia el Norte, la costa recupera una perfecta linealidad, continua, sin accidentes geográficos, prácticamente, su camino hacia Europa. Ello me permitirá acometer etapas más largas, beneficiado por la ayuda que supone la sucesión de prolongadas y cómodas playas.

     Llegado a este punto, aprovechando la altura que suponen los acantilados, no descarto la posibilidad, si el día resulta lo suficientemente claro, de divisar las tierras baleares que emergen enfrente. Ya tuve ocasión de verlas en una excursión al pico Aitana. Y, para mi sorpresa, no suponían una leve línea sobre el horizonte, sino que se apreciaban con suficiente nitidez, destacaban los roquedos acantilados, los paredones prominentes emergiendo poderosos del agua. Únicamente 83 km de mar nos separan de la isleta de es Vedrá, en Ibiza, una de las islas Pitiusas.

     Esta punta de terreno que he de acometer, visualmente mucho más nítida sobre el cabo de San Antonio que sobre el de la Nao, penetra como un estilete señalándome una proyección, una propuesta de continuación para mi camino, tras la necesaria intermitencia, que, de momento, queda fuera de mi alcance. Hartas de ascender y encrestarse, de elevar al sol sus peñascales recalentados, las Cordilleras Penibéticas decidieron, una vez finalizado su tectónico esfuerzo, tomar un bien ganado baño en el mar, conformando esta flecha señalizadora que señala su prolongación. Quizás estén queriendo decirme algo: termina tu andadura, llega al cabo de Creus y respira, descansa de este moderno trabajo de Hércules que te has impuesto, pero no te relajes demasiado, no te des a la holganza, te queda un tramo, unos jalones más que completarán los que llevas entre manos: perimetrar las Islas Baleares, dibujar con tus pisadas sus caprichosas figuras sobre el mapa, ¡comienza por Cabrera e Ibiza!¡anda,  concédete ese premio!     

     Pero esas son palabras mayores, cuentos de la lechera. Por el momento, en el día de hoy, lo que viene dominando la vista en muchos kilómetros a la redonda es la tremenda silueta del Peñón de Ifach. Hacia él me encamino desde el casco histórico de Calpe, desde lo que resta delcastillo o ciudadela renacentista levantada a finales del XIV y principios del XV. Sobresale por su imponente presencia la Torre de la Peça, así llamada por instalarse sobre ella la peça o pieza de artillería. Anexa a la muralla, con la que comparte una moldura continua, de base troncocónica y cilíndrica en su parte superior, el aspecto del conjunto recuerda mucho lo observado en Villajoyosa.

     Salgo por el Forat del Mar, una puerta en la muralla, abierta a partir de una grieta que produjo una explosión durante la Guerra de la Independencia, que congregaba a los marineros para ir a pescar. 

     Llego al roquedo de Ifach, que bajo su sombra impone mucho más. Su nombre significa en lengua libio-fenicia peñón del norte o boreal, para diferenciarlo del que existe en el sur, el de Gibraltar. Ambos se identifican, en palabras de Herodoto y otros autores antiguos, con una de las columnas que Hércules separó para dar entrada a las aguas del océano y con ello crear el mar Mediterráneo.

   … los dos montes unidos (Abila y Calpe) como una cordillera continua  así fue como el Océano, contendio antes por la mole de los montes, entró en los lugares que ahora inunda; desde aquí el mar se difunde ya más extensamente y avanzando con gran fuerza recorta las tierras que retroceden y quedan bastante más alejadas…  dejó escrito Pomponio Mela. 

   La columna sur, Abila, probablemete corresponda al monte Hacho, en Ceuta, de 204 m o el monte Musa, en Marruecos, de 851.

     El peñón supone una roca calcárea de unos 50.000 metros cúbicos, de casi 1 km de largo y 332 m altura. A 180 m. de su base se horadó un túnel a principios del siglo XX que tiene unos 30 metros de largo, actualmente permanece cerrado, que daba acceso a la vertiente sureste, donde se bifurca la subida en dos vías: una, a la derecha, de piedra escurridiza y con mucha pendiente, y otra, a la izquierda, que sube entre pinos hasta la cumbre. Pero volvamos a las añoradas y perfumadas palabras que desgrana en insigne escritor Gabriel Miró en su visita evaluadora en 1924:

   Ifach crecía según lo caminaba Sigüenza (…) para ver la tierra, que sale desde el fondo de un cuerpo de gracia. Montañas recónditas donde se acuestan los valles. Planos, resaltos, hondos; alcores, requejos, arboledas, sembradíos, desnudeces traspasadas de vaho; limpias revelaciones geométricas; todo mostrándose, coordinándose y resolviéndose para venir coralmente a la mar. 

     Y siguió subiendo el costado del monte. Bancales hasta tocar el hueso vivo del alto peñón de tornos abruptos por donde caían las sogas de los guardas, y más tarde, las sogas para descolgar los contrabandistas sus alijos. Bancales de huerto de aficionado, todavía de esquejes y mugrones, con algunos cactos, higueras y girasoles; riegos por arcaduces nuevecitos; aljibes y balsas de portland; casa flamante de los dueños con torres almenadas de cemento; camino recién obrado, con entorno de carretera oficial, desarrollándose en tirangulaciones prudentes. En cada revuelta un hervidero de mar hondo; calas de mar celeste, donde se mecen las pechugas de las barcas de Calpe, con las redes y nasas al sol, tendidas en los husos de los mástiles.

        Ni rastro de aquella riqueza vegetal, de aquel vergel huertano, queda…

 A lo último, la roca encendida muraba el cielo, y allí hay una puerta ferrada. Abrió un labrador con una llave vieja, de portón de trascorrales. Obscuridad de túnel.

–¡Un túnel con puertas y todo!-dice Barcells-¡la obra ha costado miles y miles de duros!

   Principia el verdadero Ifach, bronco, delirante y eterno de cara al mar libre. Madroñal, carrasca, pinares, toda la breña tendida, rebanada por la hoz del viento, toda verdeazul, crujiendo de infinito. Altitud firme de rocas tiernas, con estruendo vegetal y marino. Azules gloriosos. He aquí la vieja virginidad del mundo. Vieja virginidad recién comprada por seis mil reales. Su amo le pone puertas al cielo, al campo y al mar.

   El clavario [guarda] aguarda que los forasteros se marchen de la cumbre para cerrar el espacio con su llave oxidada.

   Sigüenza se revuelve con agravios de desposeído. ¡Lo que pudo ser suyo es suyo, debe ser suyo! En seguida de decírselo se lo va imaginando todo: manda derribar la casa de cemento y se labra otra de piedra legítima en la cumbre del peñón; arranca las puertas aborrecidas. ¡Atollite portas! ¡Y por el túnel abierto se precipitará torrenciálmente la belleza y la gloria! Levanta las puertas, las quita de allí y las pone mucho más abajo, en el principio del camino de la finca, y las cierra y él se queda dentro, ¡todavía más amo que el los seis mil reales!

     Lo que a buen seguro no podía imaginar el escritor es el desenlace del asunto. A finales de los 50, dentro del primer empuje urbanístico en Calpe de la incipiente industria turística, un empresario, José Más Capó, que lo había comprado en 1951, con el apoyo de un grupo empresarial en el que figuraba el Marqués de Villaverde, yerno de Franco, comenzó a construir un hotel de cuatro plantas que se llamaría Ifach Palace Hotel. Las cimentaciones de hormigón se apoyaron directamente en los rellenos arqueológicos y sobre los propios restos de una iglesia. Con el tiempo, la financiación flojeó y la obra quedó inconclusa, fosilizada sobre la ladera del peñón durante tres décadas, hasta que lo adquirió la Generalitat Valenciana en octubre de 1987 y lo convirtió en Parque Natural, realizándose el derribo de lo levantado por parte del Ejército.

Remontándonos a los inicios de la presencia humana por estos pagos hay que señalar que existió un asentamiento ibérico en la falda del Peñón de Ifach, superpuesto a uno anterior de la Edad del Bronce. El único dato cronológico seguro nos lo dan unas cerámicas áticas extraídas, que sitúan ese momento en torno a los siglos V-IV a. C., durante la romanización. Después la población desciende al llano, existen numerosas pruebas de ello. A partir del s I d C la comarca, que se articulaba entorno a Dianium (Denia), experimenta un despegue económico, con su riqueza vinícola, lagares, hornos de ánforas, producción de aceite y aprovechamiento de los recursos pesqueros.

     Se plantea el problema de si, en un momento tardorromano o medieval, la situación estratégica que ocupaba el primitivo poblado hizo que se reutilizase, es posible.   

    Con el conocimiento básico de las excavaciones realizadas por J. Belda, Carmen Aranegui realiza, en los años 70 del siglo XX, varios sondeos en la parte alta de la falda del Peñón, descubriendo una gran cantidad de estructuras, pavimentos de habitación y abundante material arqueológico correspondiente a un asentamiento romano tardío del siglo III al VI d.C. Además, en colaboración con el arqueólogo francés André Bazzana, avanza un estudio de la fortificación que perimetra las más de 4 hectáreas de la parte inferior, y que sitúan entre la mitad del siglo X y los inicios del siglo XI (a finales de la época califal e inicios de los Reinos de Taifas). Pero el profesor Josep Torró publica un artículo rebatiendo esas dataciones, identificando el recinto de Ifach como una de las poblas cristianas de nueva planta que la Corona de Aragón construye a finales del siglo XIII para consolidar población en la costa. Parece que esa es la versión más factible, lo que da una importancia excepcional al yacimiento: conservamos pocas poblas medievales.

     La reconquista cristiana del Reino de Valencia en el siglo XIII convirtió estas costas, que vengo recorriendo estos días, en un territorio de frontera, tanto exterior, de cara a los ataques berberiscos, castellanos, genoveses, etc. que se producían por mar; como interior, debido a la población morisca residual asentada en alquerías y pequeñas aldeas de los valles. Debían controlarse, por tanto, estratégicamente aquellos enclaves que permitieran una efectiva defensa naval y al tiempo permitiesen dominar el acceso, a través de cursos fluviales o barrancos, hacia las tierras altas de la Marina, donde los recursos agrarios permitirían mantener a futuros repobladores.

     Se toma Denia y comienza a repoblarse en 1258, cae el castillo de Calpe, Benissa, Teulada, Jávea y Pego, también Murla, más al interior. Se produce una colonización feudal gracias a la continuidad en la explotación de los recursos y surgen nuevas villas. Tras el saqueo y destrucción de Ifach en 1359, se decide la construcción de la villa de Calpe, entorno al castillo existente de Bellaguarda. Siempre se obraba de esa manera, al abrigo de una estructura militar andalusí preexistente se desarrollaba la urbe, o aprovechando los edificios eclesiásticos, que se reforzaban y fortificaban, de ahí la importancia de las llamadas iglesias-baluarte en esta zona.

     Posteriormente, a finales del siglo XV, coincidiendo también con una época convulsa, se adapta la arquitectura de las fortalezas a las exigencias de la generalización del armamento artillero. Amplias terrazas para las piezas artilleras, torres circulares más amplias y bajas, troneras mayores, almenas, baluartes en las esquinas, gruesos muros ataludados, etc. son las señales de ello que he podido apreciar en mi recorrido.      

     Para asegurar el papel defensivo de la villa de Calpe, Juan Bautista Antoneli indica, en su informe al rey Felipe II, que debía levantarse un castillo junto al peñón donde trasladar a la población, cosa que no se hizo, optándose por reforzar el recinto existente. Las obras afectaron a la torre artillada de Tramontana, que se ensanchó, se revistió además el lienzo noreste de muralla, y la iglesia se amplió como nuevo baluarte artillado, formando parte de la muralla, sustituyéndose su cubierta de madera por bóvedas aptas para el despliegue de piezas de artillería. En una segunda fase se acomete el refuerzo y revestimiento de la muralla a poniente y a mediodía.

     Se ejecuta posteriormente el nuevo baluarte de la Peça, por su sobrino Cristobal Antonelli, en el vértice de levante, donde se ubicaba la obsoleta torre de Tramontana. Con ello se introducen los nuevos diseños renacentistas pentagonales y Calpe adquiere la categoría de plaza fuerte, disputándole esa hegemonía a Benissa.

     Centrándonos en el recinto amurallado que de la pobla de Ifach, se evidencian huellas superficiales de las excavaciones, suponía un recinto amurallado con más de 800 metros lineales de muralla, siendo la parte norte la que se encuentra en mejor estado, otros dos fragmentos se encuentran en la muralla oeste, con más de 250 metros de perímetro conservado. Las campañas han ido descubriendo los restos del recinto, todavía enmascarado por los aportes antrópicos y naturales acumulados con los años, con alzados de la muralla que aún conservan más de seis metros de altura y lienzos de 20 m entre torre y torre. En todo el perímetro, la anchura de la muralla ronda 1,30 m de anchura. En cuanto a elementos defensivos, se localizan algunas aspilleras, algunas de estas aperturas son neutralizadas cuando se construye Nuestra Señora de los Ángeles y la torre campanario, edificios que no estaban en el primer proyecto de obra de Roger de Llúria.

     Las torres defensivas se construyen en saliente, generando una defensa a modo de cremallera muy efectiva en estos casos de defensas frontales que deben cubrir enormes espacios de terreno. Intramuros al recinto, la iglesia góticade Nuestra Señora de los Ángeles, situada al norte, se alzaba como un edificio imponente, de gran tamaño, con forma rectangular (25×14 m y anchura de 14, unos 400 m cuadrados), fue construida en la primera mitad del siglo XIV por Margarita de Llùria, hija de Roger, conmemorando su casamiento. Poseía una interesante necrópolis y una monumental torre campanario en su fachada. Existen además indicios de otros edificios públicos: uno para albergar al baile y responsable municipal de la villa, y al justicia, una alhóndiga, un horno, así como una taberna.

      Ifach constituye un episodio tardío de colonización cristiana en Sharq al Andalus. Las huestes de Jaime I avanzaron rápidamente sobre este espacio hasta la línea Biar-Bussot, primera delimitación territorial entre las dos grandes potencias políticas ibéricas, que sellaron la paz en Almizra en 1244. Recordemos que las conquistas significaban, por entonces, no tanto una ocupación física del espacio, sino más bien un dominio político, teórico muchas veces, y contestado por los musulmanes del lugar vencidos, otras tantas. Sólo después de las revueltas de los mudéjares indómitos de la montaña y La Marina se pudo llevar a cabo una colonización efectiva de la zona del Mediodía valenciano.

     Roger de Lluria, hijo de Pedro III, recibiría privilegio regio en 1297, de Jaime II, para poblar de nuevo este lugar, recordando la iniciativa de su padre, Jaime I, construyendo torres y fortalezas para la defensa. Podemos considerar este documento como la verdadera carta puebla y la iniciativa de Roger como el acta de fundación de este lugar. Siete décadas de vida, de poblamiento no interrumpido, de actividad económica y de funcionalidad militar y política definen a esta pobla en una difícil posición de frontera marítima. La destrucción final del lugar de Ifach en el verano de 1359, representó un capítulo de la Guerra de los dos Pedros. Dicho acontecimiento se achaca a la flota castellano-genovesa.           

     Finalizado el necesario encuadre histórico del lugar y debidamente ponderada su importancia durante la Edad Media, acometo lo que resulta propiamente la caminata. Recorro la playa de la Fossa, a levante del peñónunida en tiempos pretéritos, como expliqué, a la playa de poniente, Arena-Bol. Ante mis pasos se abre la perspectiva, en un amplio arco de terreno, hasta llevar la vista al Portet de Moraira, un resalte redondeado que cae abrúptamente al mar, sobre el que se aprecia la torre del cabo de Oro, y que, como comentaré en su momento, estuvo poblado muchos milenios atrás. Hacia el interior, a su lado, destacan varias antenas sobre el Puig de la Llorença (442 m.).

     Sobrepaso La Caleta y alcanzo el puerto deportivo de Les Bassetes, junto a la cala del mismo nombre, zona declarada reserva de la flora. Son territorios, los que he de acometer hoy, urbanizados en exceso, donde se acumulan multitud de construcciones y urbanizaciones. Solo quedan libres, entre ellas, algunas playitas que asoman tímidas al fondo de pequeños barrancos, entre roquedos costeros, en la desembocadura de  cursos intermitentes de agua o zonas de avenidas, que pacientemente las han ido formando a lo largo de prolongadas etapas geológicas.

     Sigue cala Fustera, con playa de fina arena, cala Pinets, de cantos rodados y gravas que arrastran las torrenteras por los barrancos, así como la cala de la Llobella,dondetambién se acumulan los desprendimientos rocosos caídos de los acantilados. Esta última es la más amplia, alcanzando los 250 m. Y aunque la cartelería municipal alude a la palabra mozárabe lopaira (del latín lupus, lobo) para justificar su nombre, precisando lo despoblado y boscoso de estos territorios antiguamente que favorecía la presencia de estos cánidos, yo me inclino por otra explicación más lógica: este patronímico no es una novedad, hasta ahora me he tropezado con multitud de alusiones al llop marí (lobo marino, foca monje en realidad, presente en algunos puntos de la costa hasta los años cincuenta del pasado siglo), pero la alusión a lobera, solo puede deberse al hecho de descubrirse a menudo varios animales juntos o a la presencia también de crías de foca monje.

  La cala Advocat surge igualmente al final de un barranco, como la anterior, y finaliza en un pequeño acantilado ocupado por la punta Fosca. Un sendero debidamente acotado, con barandilla, permite un tramo de paseo litoral. Abundan en estas calas las praderas de posidonia oceánica, una planta fanerógama, que no un alga, como muchos suponen, pues produce flores, pierde hojas en otoño (y con los temporales, que, por cierto, ayudan a consolidar las arenas y las playas y reducen la erosión del litoral) y es indicadora de la buena calidad de las aguas.

      Una vez alcanzado cabo Blanco, compruebo que el mismo camino, una calle de la urbanización, en realidad, es su entrada y su salida; no existe continuidad por el litoral, que es acantilado, por lo que resuelvo no adentrarme hasta él y prosigo por la carretera, la CV-746, que hoy parece convertirse en el GR a seguir (he de reclamar, y reclamo, por fuerza, el exigible respeto municipal al GR-92, que es con el que, más o menos, vengo entendiéndome desde los inicios de mi periplo) .

   Demasiado asfalto en este día, es lo que tiene transitar zonas tan urbanizadas, tramos de costa tan recortados y escarpados. Hay que mentalizarse para acometer un trazado curvilíneo y en zigzag para adentrarse y salir de las pocas calas y tramos costeros libres, desandar, remontar hacia la carretera, hacia el interior, sin que cunda apenas caminar. Ni existen paseos marítimos ni apenas senderos litorales, y cuando aparecen son muy breves, que permitan un cierto paseo confortable, solo ventanas abiertas al mar a costa de adentrarse entrometiéndose en una supuesta privacidad que reclaman para sí las urbanizaciones. Usurparon gran parte del dominio litoral en años de connivencia y permisividad excesiva y, puntualmente, lo siguen haciendo.

   Se abre el terreno por fin y puedo caminar junto al mar, la carretera se olvida de edificaciones y curveos y me pone frente con frente con la Punta de Moraira, disfruto la amplitud que traza una playa abierta, la de La Galera. Me llego hasta unas cuantas rocas que la interrumpen de momento, Les Platgetes, donde han ubicado unas esculturas antropomorfas sobre las rocas, y un grupo de gaviotas. Parece que hubo aquí una pequeña cantera, al menos se recorta la silueta de algunos sillares extraídos.

     Playa de L´Ampolla, me lleva hasta el Fortín, construido en 1742, según el escudo fundacional de los Borbones, reinando Fernando VI, sobre la puerta, en pezuña de buey, los franceses dirían fer á cheval (herradura), esto es: fachada semicircular orientada al mar, donde se disponía la artillería sobre la terraza, y puerta en la parte opuesta, entre espolones angulosos que la protegían. Es frecuente este tipo de construcción en las costas almerienses y alicantinas, no así en las murcianas. Tenía puente retráctil y un pequeño foso de 10 m altura, está cubierto con parapeto corrido y seis cañoneras abiertas    modillones de un gran matacán a modo de balcón. Fue destruido en 1801 por los ingleses y recientemente restaurado en 1983. A sus pies, en el roquedo sobre el que se levanta, existen huellas inequívocas y abundantes de extracción de piedra, de lo que fue una cantera importante.

     Arriba, defendiendo el puerto, se recorta la silueta perfecta de la Torre del Portet, instalada sobre el cabo de Oro, que resguarda de los vientos de levante. En su extremo se caló en 1579, según las crónicas, la primera almadraba del litoral alicantino, que además tuvo otras en la cala del Portichol y la Granadella, en Jávea, Calpe, Benidorm y Villa Joiosa, en el cabo de las Huertas y en la isla de Tabarca, esta última hasta tiempos muy recientes, los sesenta del siglo pasado. En mi periplo senderista solo he tenido ocasión de conocer una en activo, en La Azohía, cerca de cabo Tiñoso, a muy pequeña escala, más como empeño de algunos pescadores locales que como industria rentable.

                                                                                  19  de  diciembre  de  2019