24º jalón Moraira – Jávea 21 km

Asciendo hasta El Portet, al cabo de Oro (los últimos rayos del sol sobre las cumbres de la sierra de Bernia iluminan ese farallón calizo otorgándole ese apelativo), desde las últimas calles urbanizadas que se encaraman al monte. Después de una empinada ascensión, alcanzo un collado que me va a permitir poder llegar a varios objetivos. En primer lugar hasta la Cueva de las Cenizas.  

   Esta parte del litoral de la Marina Alta posee una buena cantidad de cuevas, entre la punta de Moraira y el Cap de la Nau existen al menos 14 a nivel del mar, que en diferentes momentos de la Historia, han sido usadas por el ser humano. Testimonios orales aseguran que algunas de ellas eran ocupadas por pescadores que debían descolgarse desde lo alto de los cantiles con sogas para acceder (pesqueras de la muerte las llamaban, según testimonio del inefable Jose María Galiana, cuyos comentarios y artículos aparecidos tiempo ha en el periódico La Verdad, de Murcia, siempre me acompañan). Algunas cavernas, que para nosotros son litorales o incluso sub-acuáticas, en determinados momentos del paleolítico, con la última glaciación, serían prelitorales o incluso interiores. Otras cavidades ya se encontrarían en la línea de la costa o muy cerca de ella en el momento de sus ocupaciones. Este sería el caso de la cova dels Coloms (Calpe), cova de les Rates (Moraira) o la cova Foradada (Xàbia), algunas sumergidas o semi-sumergidas, como cova Tallada (Xàbia).

     En mapas antiguos de 1945 aparece, esta que voy a alcanzar, con el nombre en plural: cueva de las Cenizas (cova de les Cendres). Debió ser la fuente de donde se sacó su nombre actual, cueva de la Cendra. Ha sido excavada durante treinta años, desde el año 1981 hasta el año 2010, hasta que no se pudo continuar por falta de ayudas económicas. Es una de las más completas de la Prehistoria peninsular, porque fue ocupada al menos durante unos 25.000 años, desde el Paleolítico Superior (Gravetiense) hasta el Neolítico, todavía no se ha llegado a su base, y posee niveles de prácticamente todas las culturas hasta la Edad del Bronce.          

  Situada sobre la misma línea de la costa, a 60 m. sobre el nivel del mar, consta de dos partes bien diferenciadas: una exterior, a modo de gran abrigo, y otra interior, con muy poca iluminación. Durante la última glaciación, entre 21000-18000 a.C., la gran cantidad de hielo acumulada en los casquetes polares provocó un descenso del nivel marino de unos 120 m., lo que ocasionó que amplias zonas litorales quedasen emergidas, dejando frente a las costas actuales una plataforma continental de hasta 15 km de anchura. Aunque a partir del Neolítico se estabilizó en su cota actual y los grupos agricultores y ganaderos adaptaron sus medios de vida a un paisaje muy similar al que podemos observar hoy en día. Estos cambios pueden observarse con claridad en la secuencia arqueológica conservada que revela una ocupación humana desde el Gravetiense (Paleolítico Superior) hasta la Edad del Bronce, e incluso aparecen algunos restos del mundo Ibérico. A lo largo de esta secuencia se observan patrones en la fauna y la flora que nos indican las condiciones climáticas: durante el Paleolítico superior: presencia de ciervos, cabras, caballos o uros entre los herbívoros, pero también carnívoros como el lince o el lobo; la vegetación principal está compuesta por pino salgareño (Pinus nigra), enebros, fabáceas y algunos Quercus. Eso indica que la cavidad poseía frente a ella una amplia llanura litoral salpicada de suaves colinas y marismas en las que pastaban y se cazaban esas especies. diversidad de ecosistemas, con zonas rocosas junto a llanuras litorales y marismas,

     Con el fin de la glaciación y la llegada del Holoceno (época actual), la temperatura va aumentando gradualmente, el deshielo de los polos se acelera y el nivel marino asciende hasta su posición actual, quedaría la cueva tal y como la conocemos hoy en día. Las poblaciones neolíticas la utilizarían como parte de una red de pastoreo estacional. El paisaje, propio de un clima más cálido y húmedo, estará dominado por bosques de Quercus caducifolios y perennifolios y la antigua vegetación, vinculada a climas más fríos, relegada a las zonas más elevadas de las sierra. En la Edad del Bronce la cavidad pasará a tener un uso funerario y finalmente, en época Ibérica, será frecuentada esporádicamente por gentes que habitan en el poblado próximo, situado en lo alto de la Punta de Moraira.

   Escalo lo pocos metros que me regresan al collado y por una senda me encamino hacia la cima del cabo en busca de la Torre del Oro o del Portet. La encuentro casi inmersa entre la niebla, lo que escatima interesantes vistas, lavándose la cabeza en esta templada mañana de febrero. Esperemos que abra.

     La torre fue destruida por corsarios a finales del XVI, antes de 1585 se cita en textos, y reconstruida en 1595 por Cristobal Antonelli envolviendo los restos existentes, terraplenando hasta dos tercios de su altura.No tiene puerta, se accedía por una escala arrojada desde la terraza a 11m. de altura, troncocónica, coronada con una guirnalda volada para alojar tres piezas de artillería, con una única sala interior abovedada. Ayudaba al fortín existente en el control del puerto y la defensa de la rada,se divisa desde aquí, perfectamente, la Marina Alta y Baja, desde cabo de la Nao y sierra del Montgó hasta el Peñón de Ifac e Ibiza, incluso.            

     Cerca de ella, a unos cien metros, se encuentran los restos de un yacimiento íbero excavado por E. Llobregat, que da cuenta de materiales cerámicos campanienses, tipo A y B, no se da la sigillata romana. Aparecen en superficie restos de ánforas y cerámica de cocina, según la doctora Sala, Lorenzo Abad, y otros, en una exploración reciente, lo que revela una cronología de primeras décadas del I a. C. Al lado aparece un aljibe bien conservado. Se puede ver desde este punto, se podría ver, si el día lo permitiera, el Tossal de la Cala, en Benidorm, y el yacimiento de la Penya del Águila, en la sierra del Montgó, lo que revela su importancia estratégica en el Sistema Defensivo Romano, que venimos comentando.                                     

     Diviso, hacia el norte, en un clareo que permiten las nubes, el trozo de costa conocida como Les Morres, muy apropiado cuando se contempla ese territorio ocupado por acantilados, tajaduras, islotes, puntas, playas encerradas, cabos, y una serie de calas salvajes inaccesibles por tierra entre cantiles calizos impresionantes que superan los cien metros de altura. Sé que existen senderos en algunos tramos, aunque la mejor opción, no teniendo acceso con embarcaciones para ir de uno a otro, es descender y caminar, allí donde se pueda, los tortuosos caminos que se retuercen en multitud de curvas y contra-curvas, en herraduras imposibles, para salvar desniveles de vértigo. Y, donde no, retroceder a la carretera y buscar acceso desde el interior.

     Necesariamente, por tanto, la ruta habrá de ser intermitente, como ya me ocurriera después en la zona de El Campello. Será igualmente necesario desandar los propios pasos en más de una ocasión, pisar mis huellas, remontar terreno, algunas calas solo tienen una vía de entrada y salida, no permiten continuación a lo largo de la orilla, demasiado accidentada e, incluso, frecuentemente acantilada.

     Ruta de los Miradores, la ha llamado el ayuntamiento de Xávea (respeto la grafía en valenciano, ya que me encuentro en sus dominios) para promocionarla y ocupar a los muchos y activos turistas que visitan estos pagos. He de decir, en honor a la verdad, que han cubierto adecuadamente la oferta rutera en bicicleta y pedestre con la necesaria señalización que cada ruta requiere: siempre se encuentra cartelería precisa dando cuenta de distancias y tiempos aproximados en cada tramo, en cada cruce; abundan también folletos y mapas al respecto que animan a aventurarse, incluso a neófitos, en interesantes trayectos. Admira como han sabido invertir en difusión y promoción de sus muchos encantos en casi toda la Comunidad Valenciana.  Es de justicia decirlo porque lo pateo a diario, igual que cuando se da el caso, denunciar las atrocidades que se cometen contra la Ley de Costas, el santísimo GR-92 y… la Intimerata.

     Habrían de aprender de ello otras comunidades y provincias que, aún con menos atractivos que ofrecer, no desmerecen en cuanto a posibilidades de promocionar sus encantos, en unos tiempos en que se han diversificado muchísimo las opciones para el turismo y todo no es ya playa y sol. Tomen nota sus imberbes e imberbas concejales y concejalas de turismo, cultura, y demás nomenclaturas…

     ¡Bien, a lo nuestro! Existen unos 15 miradores, situados a lo largo de 25 km, desde aquí hasta el cabo de San Antonio, emplazados en cortados que superan los 100 m de altura, promontorios junto a calas salvajes, en cabos bien adentrados, sobre paredones verticales impresionantes, ante islotes, cerca de cuevas y covachas, abrigos naturales, sobre ríos submarinos que desaguan en el mar, etc. Merece la pena recorrerlos.

     Abordo los Morros de Benitachel, desde punta Moraira hasta la cala Granadella,  nombre de una llamativa flor, la granadilla, pasiflora; encontré otra playa de La Granatilla, al final del cauce seco de una rambla, cerca de Sopalmo, tal vez por los colores de las tierras a los márgenes del cauce, que dejan ver la falla de Carboneras.

     Conviene ir adelantando trabajo, respecto a las torres vigía o guaita que me ocupa, primer mandamiento de mi periplo. Conviene repasar ese rosario de posiciones defensivas en este accidentado tramo que me espera, pues ni todas son accesibles ni existen algunas en la actualidad, así obtendremos una visión completa. Lo deseable sería otearlas desde el mar, como las debieron contemplar y eludir los bageles piratas que se atrevían a acercarse por estos rumbos tan bien defendidos. Desde ahí podría apreciar mejor sus poderosas siluetas y los enclaves precisos que ocuparon.

     Algunas han desaparecido, victimas ataques, cañonazos de la Guerra de la Independencia o, simplemente, por el deterioro que acarrean los siglos; otras son imposibles de visitar, expropiadas del uso y disfrute general por particulares. Todas ellas componían, en su conjunto, la más densa red de fortificaciones costeras que hasta ahora he encontrado; aseguraban el dominio del pasillo marítimo con Baleares y , por ende, de buena parte del Mediterráneo Occidental.

     De sur a norte, desde el Fortin de L´Amolla,o  castillo de Moraira serían: Torre de cabo de Oro, Fortín de La Granadella, torre Branca o del Ambolo o Descubridor, torre del Portitxol, fortaleza del Arenal, torre Mezquida o de San Jorge, torre de San Antonio, torre del Guerró y castillo de Denia. Se asociaban visualmente algunas con la iglesia-fortaleza de San Bartolmé, en Jávea. Da cuenta de ello, parcialmente y con algún error, un legajo 1629 titulado Lista de gente de a pie que sirven en torres del distrito de Xávea, que he completado.

     Anotada la tarea que queda por delante, me encamino por la carretera CV-743 a la urbanización Paitxi, hasta su término en las faldas montañosas, al inicio del barranco de la Viuda. Incrustado entre cerros y arroyos secos, recorro un sendero encajado poblado por una vegetación de umbría que en verano debe de agradecerse mucho. Después de un rato caminando encuentro señalizado un desvio hacia el Puig de la Llorença, altura máxima de la zona, 442 m., parece poco pero hay que considerar que se encuentra junto al mar, a unos dos kilómetros si se pudiesen andar en línea recta, y las laderas son respetables. Sueño igualmente subirlo alguna vez, con más tiempo, y poder contemplar esas torres o las posiciones que ocuparon, supondría el haz y el envés de esa hoja, la perspectiva marina y a vuelo de pájaro.     

     Llego a cala Llebeig (leveche, en valenciano, un viento del SO), sin un palmo de terreno llano, empedrada con los riscos de diferentes tamaños y gravas que han ido aportando los cambios geológicos y los arroyos estacionales, las gotas frías… Desde aquí parte una senda de casi 4 km, jalonada de covachas y abrigos naturales, ensanchados y tapiados algunos, que lleva hasta la cala Moraig. Asciende una empinada y empedrada cuesta al principio que después, con cierta facilidad trascurre sobre cortados y cantiles inaccesibles a pie que, en tiempos de penurias, veían descender a hombres atados con cuerdas para descolgarse hasta Las Pesquerías, que eran pequeñas plataformas construidas con madera, cañas y vencejos pasa asentarse a pescar. Les llamaban pesqueras de la muerte por lo arriesgado de la labor. Y, precisamente, guardaban los aperos necesarios en esas oquedades.

    
Aparece, casi al final del trayecto, una pared rocosa vertical estriada, que parece emerger desde el mismo mar. Algo inclinada, con una punta sobresaliente, permite apreciar perfectamente la superficie de contacto de la falla, extremadamente lisa. También existe aquí una dolina de colapso, hundida, capturada por el mar después de constituirse ha terminado formándose una poza que, en zona tan difícil para el baño, se agradece, se puede utilizar como piscina natural. No acaban ahí las peculiaridades geológicas de este tramo. Sé que, subterráneo, mana un Riu Blanc por debajo estos cortados que viene a desembocar, enturbiando las aguas salinas, produciendo termoclinas, aquí al lado. Buceé hace años la cueva inundada de los Arcos que aunque está en la misma orilla, junto a la playa, horadada entre peñas  negras, permite alcanzar su fondo a unos 8 o 10 metros y salir a mar abierta. Desde ahí, según me dijeron, se puede remontar precisamente el Riu Blanc, una parte de su cauce sumergido: un pasadizo desigual con huecos y recovecos, ramales diferentes y burbujas rocosas en el techo que permiten subir a superficie a respirar. Lo han intentado arriesgados buceadores con diferente fortuna, ha habido accidentes, rescates, se han producido muertes.                                                                        

    La playa de la cala surge como un paisaje tras la batalla, el suelo de cemento y hormigón quebrado se amontona destrozado en una escombrera que ha levantado el oleaje del último temporal. Almuerzo ligero sentado donde buenamente puedo y me planteo el regreso. Desisto de llegarme a la cala de los Testos (tiestos, recipientes para coger agua que gotea, porque así se abastecían los pescadores), muy recomendable por su belleza inmaculada y aislamiento, pero queda mucha faena para hoy. Queda anotada debidamente en el catálogo de enclaves solitarios a revisitar, de felices excepciones.

     Vuelvo sobre mis pasos, desando la senda, remonto el barranco de la Viuda para recuperar el traslado por la carretera comarcal. Abordo el tercer tramo, el que me llevará hasta la espectacular cala de La Granadella.

     Conviene a mi propósito evitar el verano, los periodos vacacionales, los puentes y demás festividades para evitar agobios y prisas, para intentar acercarme a una imagen pretérita de los lugares que recorro, al despoblado aspecto que debían tener décadas atrás. Es sensiblemente diferente una y otra visión, cambian sobremanera los decorados cuando desaparecen los molestos figurantes y la algarabía que acarrean. Y eso se hace muy palpable en este rincón escondido de entre montañas que sobrepasan los ciento cincuenta metros.             

     Es necesario descender una culebreante bajada para acceder a unas cuantas casas, con sabor añejo, encajadas en el poco espacio hábil que abrieron unos barrancos en su desembocadura. Luce espléndida, a pesar de la grisura del día, la recoleta playa de cantos rodados entre escarpes rocosos, que cierran en inmensa herradura esta recogida bahía. La sensación de abrigo e intimidad, de estancia particular, de playa privada, es tremenda. Y, a la vez, se percibe una poderosa libertad en el color intenso y profundo de sus aguas oscuras, en la salida abierta que la vista dirige a mar abierto, a través de la bocana de unos 200 m que queda. Se proyectó, como defensa, colocar una cadena tensa de uno a otro lado para impedir la entrada de naves enemigas. Pero finalmente se levantó en la punta derecha, la más elevada, el Fortín de la Granadella. Su estado es ruinoso, quedan escasos restos que revelan un castillote en planta de pezuña de buey, ferro del caballo, reciente, construido en 1739, similar al de Moraira.  

He de continuar,queda mucho tajo. Me dejo algo más que el rato que me ha llevado recorrerla, acceder hasta el extremo norte, que permite subir, por una escalerita tallada en la roca, a un mirador y echar atrás la vista, al valle, con sus cumbres lavándose en la neblina, que la conforma; adelante, al la embocadura que promete mar abierto, inmensidad, profundidad. Queda una huella, un poso, que entibiará de recuerdos otros días, otras tardes, en la forzosa añoranza de volver alguna vez.

     Torre del Ambolo, cova del Llop Marí, cala del Ambolo, otro capítulo. La torre, con algunas particularidades entre las levantadas en el XVI, nos ha sido hurtada, no lo consiguieron piratas moriscos, ingleses u holandeses, ni las naves castellanas ni genovesas. Pero lo logró un fulano que se  construyó una mansión al borde del acantilado junto a ella, anexionándose su disfrute y propiedad, ocultándola con un valla alta, y con la desfachatez de bautizar su villa igual, en el número 1/54, (a pesar de estar declarada Bien de Interés Cultural en 1993). Así, tal como suena. ¿Cómo lo hizo?, no lo sé. Pero debería, ¡qué menos!, permitir la visita. El arqueólogo Joaquín Bolufer inicio una batalla legal en 1987 para acceder y rehabilitarla dado su gran deterioro, cosa que se consiguió… ¡diez años después!

     Ocurre, con demasiada frecuencia, desgraciadamente. Podría completar una lista inmensa de despropósitos similares. Un botón de muestra, por variar, hacia el interior,  llamativo: Segovia, debajo mismo del Alcázar, cerca del barrio de San Lorenzo, iglesia de la Veracruz, preciosa, circular, templaria, junto a ella, dentro de una propiedad privada, en el jardín, al lado mismo de la piscina,¡ a modo de vestuario, quizás!, vi con estos ojitos como lucía apresado un ábside románico, que otro fulano, capitoste o alcalde en tiempos, parece ser, se apropió olímpicamente, con toda la desfachatez y seguridad que le daba su posición.

     Regresemos. La isla del Descubridor, enfrente, alargada, como un cachalote (con sus buenos trescientos metros de largo, un macho viejo, pudiera ser) flotando plácido, asiste al desaguisado. Declino el descenso escarpado por unas escalerillas hasta unas rocas que permiten lanzarse al agua y volver a subir, y observar la cueva, queda dicho, es para disfrute residentes conocedores y visitantes veraniegos. La playa norte del Ambolo, nudista, permanece, ya hace tiempo, cerrada por peligro de desprendimientos (no sé si de retina o de rocas).                                                    

  Alcanzo la cota más oriental de todo mi periplo, el punto oriental más extremo, el cabo de la Nao. A partir de aquí viro hacia occidente, acompaño en su recorrido descendente al sol. El faro es uno de los más potentes de nuestra costa, alcanza 23 millas náuticas (42,5 km mar adentro), el faro ocupa un torreón octogonal de 20 m., situado sobre un acantilado de 122 m de altura.

     Me rodea, igual que en otros puntos visitados hoy, una Micro-reserva de flora rupícola, rupestre, con especies endémicas (castellano y valenciano): hierba de las herraduras o llentilleta, escabiosa de roca o roseta de peña, zapatitos de la virgen o oreja de ratolí, centaurea o bracera de penya, etc. Arriba, sobre los acantilados, se da la maquia litoral, con lentisco, palmito o margalló y lavanda dentada o garlanda.                                   

    Son visibles en línea recta, en un día despejado, los paredones de la isla de Ibiza. La separación exacta, según Iberpix, mínima, es de 83 km desde aquí hasta el islote de Es Vedrá, primer territorio del este deIbiza, eso me supondría 4 etapas de esta ruta costera que recorro, caso de que construyeran un puente (no desde Valencia hasta Mallorca, como dice la canción, sino desde este cabo a Ibiza).         

     Intrincados vericuetos de calles, sube y baja de sus trazados, curveos. Edificaciones imposibles que se agarran a cualquier resalte, que se encaraman a las verticales paredes de los acantilados, ocupan cada mínimo rellano en busca de aislamiento y paz; gozan de vistas privilegiadas, exclusivas, a costa de escatimarnoslas. Propiedad privada de entornos públicos: egoísmo ambiental, un nuevo concepto que acuño, junto al existente de contaminación paisajística, visual. Estos super-urbanizados parajes deberían ser Parque Natural, con carácter retroactivo. Detecto especulación añeja, de antiguo régimen, franquista, (abunda, como se verá más adelante), en las formas y el estilo de los chalets, en las grandes, desmesuradas, parcelas replantadas de añosos pinos.

     Bajo hasta la cala de La Barraca, pasado cabo Negro, la mayor y la única apertura que permite el litoral para disfrute de bañistas y veraneantes. Es una playa empedrada, antigua, con casutas de aparejos de los pescadores transformadas en residencias. Tomo una cerveza, tostada, ¡ha habido suerte!, mientras observo a los técnicos municipales peritando daños del último temporal en la techumbre de la terraza. Disfruto, holgazán, de este lugar de privilegio al solecito, imposible en otras fechas.

     Se abre ante mí una preciosa bahía, fondeadero natural desde época romana, rada muy protegida y taponada con la Isla del Portichol, han aparecido innumerables ánforas y demás restos de naufragios antiguos. Sobre la isla creo que es muy interesante reproducir algunos fragmentos de la comunicación presentada por José Segarra Llamas en I Congreso de Arqueología del Levante Español, celebrado en 1947, acerca de la primera visita que realizó:

     «A escasa distancia de la costa, diez hectáreas de superficie, menos de setenta metros de altitud, al centro del abrazo de los cabos San Martín y Negro, se alza la isla del Portichol. Mirada desde algunos puntos, aparenta una descomunal concha de tortuga flotando en el mar…

     «Incluyendo los días de mayor bonanza, resulta inaccesible por todas partes esta isla escarpada, excepto dos reducidos embarcaderos. Doy este nombre a unas plataformas de apariencia artificial escavadas a ciento veinte centímetros sobre el agua.

     «Subiendo la empinada vertiente, llama la atención (…) la cantidad enorme de desmenuzados fragmentos de cerámica antigua, que, esparcida, se halla por todas partes (…). En la espaciosa cumbre hay abundantes y anchos márgenes de piedra sin argamasa, puestos quizá sobre primitivos cimientos, (…) En la roturación del terreno fueron sacadas buen número de ánforas rotas y algunas enteras; labrando la tierra se dio con el hallazgo de una cadena de oro y también un aro de mármol, de unos 25 centímetros (…), un pavimento de mármol blanco extenso (…) y a nosotros nos da la impresión de que perteneció, sin duda, a una suntuosa morada.(…) apareció [un] bello capital finamente labrado en piedra arenisca (…) Dos sepulturas fueron desenterradas (…) estaban cubiertas con losas y, al violarlas, encontraron los esqueletos enteros. (…)

     «En cuanto a lo de la población no parece ninguna idea descabellada: el carácter de estas ruinas es incontrovertible, y al menos habremos de convenir en un posible edificio, residencia de alto personaje o templo dedicado a alguna divinidad.

     «Otro detalle; al abandonar la isla visité cierta oquedad abierta por el mar en el acantilado. (…) Desde el fondo brota un manantial de agua pura que era conducida a la misma entrada y a altura conveniente para ser recogida desde las embarcaciones, por canalización labrada en la roca…            

    Desde la cala parte una senda empinada, perfectamente señalizada, que en un rato me sube a la Cruz del Portitxol, magnífico mirador, tallada en piedra tosca, desde ahí puedo llegar, atravesando otra Micro-reserva de la Flora, hasta el cabo San Martín o cap Prim. Destacan sobremanera sobre suelos de arcillas y margas amarillentas una buena población de arbustos (brezo, espliego, esparto, romero y albaida florecientes) bajo la sombra de pinos blancos. En el extremo existió un asentamiento del Bronce Tardío, 1500-1200 a.C. Parece ser que era un punto de carga de mineral o ferralla de los centros del interior, a través del valle del Gorgos, para intercambiar productos manufacturados, técnicas y modas orientalizantes que venían a través del mar. Supone, en esa primera mitad del siglo II a C. uno más de los poblamientos en promontorios, tossales, que se adentran en el mar, como el de la Isleta des Banyets, Campello, la Cala del Pino (Mar Menor), la Punta de los Gavilanes (Mazarrón) y Oropesa la Vella (Castellón), que servían de referencia a la navegación costera (siglos después con la guerras civiles romanas como línea defensiva), parecen indicar una proliferación de relaciones comerciales marítimas, bajo la hegemonía micénica, con una navegación no necesariamente de cabotage. Se dan en el valle del Gorgos una disminución en el número de poblados (también en la cuenca del Vinalopó y comarcas del sur de Terol), la población se desplaza a la zona inmediatas a la costa. Entonces tendrá un papel determinante el asentamiento de Cabo Prim, posible escala de circuitos comerciales marítimos que necesitaban puntos de aguada y podría funcionar como un punto neutral de intercambios (emporium, en época romana). Parece iniciarse cierta especialización económica, en textiles, y una generalización de la metalurgia.

     Enfrente, colgada de los acantilados, sobresale la torre del Portichol construida en 1553, ocupa parte del jardín de una urbanización, declarada igualmente Bien de Interés Cultural, e igualmente imposible de visitar. Posee dos matacanes, uno sobre la puerta elevada, que enfocaba al Descubridor, otro a cabo Prim. Hay que denunciar restauraciones perpetradas por sus propietarios, como la de una escalera circular anexa, y la falta de autorización para su análisis y mantenimiento adecuados.

     A la derecha, volviendo del cabo, cala Sardinera, casi inaccesible, me consuela un poco con su belleza virginal. Retorno de nuevo a la Cruz del Portitxol, junto a la carretera y, entre calles interiores, desemboco, pasada cala Blanca, en la caleta de Fora y la de Dins. Se ha respetado el paso litoral para ruteros, a pesar del acoso de algunos chalets, tal vez porque hay que permitir la bajada a esas caletas. No existe otra posibilidad de baño.

     Enfilo, ya sin obstáculos ni desvíos, el final de esta larga e intermitente etapa. En adelante el terreno está despejado, veo el final en el puerto de Jávea, al cobijo del cabo de San Antonio. Habrá playas, pero de piedra, losas y planchas continuadas, salvo el tramo de la playa del Arenal, que se inicia en cabo Fontana y termina en la Punta del Español, bajo el Parador Nacional.

     Dejo para la próxima etapa, en esta ha habido que extenderse mucho, los comentarios sobre esta zona del Arenal, muy importante y rica en vestigio arqueológicos. Pero llego hasta el puerto, haré noche ahí o en el pueblo.

                                                                                                    15 de febrero de 2020