
El origen del poblamiento en la zona viene dado por la antigua geomorfología existente, un sistema de restinga y albufera en torno al promontorio calcáreo pegado al litoral, donde se situará el castillo, que fue cerrándose y colmatándose, rellenando las lagunas litorales que pasaron a convertirse en tierra firme. Por ello el antiguo puerto romano, bajo el castillo se ha descubierto a 200m. tierra adentro.
Vengo constatando en un artículo paralelo, desarrollado por provincias, los vestigios de lagunas litorales que subsisten de antiguas y amplias zonas empantanadas, de marjales y albuferas litorales que ocupaban la mayor parte del litoral mediterráneo en las zonas bajas. No es necesario alcanzar la Plana de Castellón, llamada así precisamente por eso, para constatar la multitud de lugares donde se daba el caso y que actualmente por diferentes circunstancias (desecado de lagunas, reconducción del cauce de los ríos y contención de su caudal mediante presas o controlando el vertido en su desembocadura) han desaparecido o son residuales. Pero es una sorpresa comprobar la multiplicidad de tal fenómeno en las accidentadas costas y riberas montañosas de la Marina Alta alicantina y en La Safor valenciana.
Como se puede apreciar en el mapa adjunto existían sistemas lagunares de gran extensión que se adentraban mucho hacia el interior, a saber: desde Torrevieja a Elche (Ilici) vinculados a los vertidos del río Segura, que no llegaban al mar, y al Vinalopó; desde la Albufereta a Campello relacionados con el río Monnegre; desde Villajoyosa a Altea entre los ríos Amadorio y Algar; de Jávea a Denia, con los ríos Gorgos y Girona, a ambos lados del cabo San Antonio y sierra del Montgó, persiste todavía parte de aquella abundancia conservada como Marjal Pego-Oliva; y aún hacia el norte, hasta Gandía, con el Serpis por el sur y el Marjal de Xeraco y Tabernes al norte; y hasta Cullera, con la desembocadura del Júcar y numerosas lagunas y saladares que alcanzaban hasta la parte meridional de la misma Albufera de Valencia, hoy muy mermada en caudal y extensión, reducida a una décima parte de lo que fue.

La sucesión de costa baja propiciaba tal continuidad, casi ininterrumpida, de zonas inundadas –excepción hecha del tramo alto y acantilado entre la sierra de Bernia y el cabo de la Nao-, se formaban extensos marjales alimentados por la desembocadura de los ríos, que inundaban extensas áreas, y la propia invasión de las aguas marinas, que propiciaban la abundancia de una riqueza botánica y animal que propició el asentamiento humano.
Da buena cuenta de ello un estudio de Carlos Ferrer García, Asentamientos portuarios históricos del litoral meridional valenciano, que abarcando una panorámica desde la época ibérica y romana hasta la musulmana, se centra en tres yacimientos concretos: Dénia, L´Albufereta (Lucentum) y La Picola (Ilici). Nos aporta este interesante mapa:
Debido a la crisis de abastecimiento en el Bronce Final en Oriente Medio y el subsiguiente colapso de la mayoría de las civilizaciones (hititas, griegos micénicos, egipcios) se produce una expansión comercial marítima hacia el Mediterráneo occidental buscando nuevos mercados. Los fenicios se expandieron creando pequeños asentamientos en el norte de África, Cartago entre ellos, y en nuestra península: Cádiz en 1100 a.C., Malaka, La Fonteta (Guardamar del Segura), recientemente descubierta bajo las dunas. Más tarde los griegos de Focea fundaron Massalia (Marsella), Rhode (Rosas), Emporion (Ampurias) y algunos asentamientos estacionales denominados genéricamente Hemeroskopeion, Denia sería uno de ellos.
Queda comentado en el artículo adjunto UBICACIÓN DE HEMEROSKOPEION, el más que posible origen griego del enclave estacional sobre el que se levantaría la futura Dianium. En ese artículo se resume la teoría del profesor de la Universidad de Valencia Fco. J. Fernández Nieto, evidenciándose el uso de ese mismo toponímico, genérico, en varios enclaves junto de la costa mediterránea, desde donde se podía avistar la llegada de cardúmenes de atunes. Eran puntos favorables, bien abrigados de los vientos, con suficiente profundidad para que los bancos de pescados se acercaran a la orilla y, mediante un sistema de redes envolventes desde las naves, pudiesen pescarse, con una ubicación de salinas próximas para conservar las capturas, preparar conservas y salsas de pescado. Suponían completas factorías, conocidas también como almadrabas.
Si avanzamos unos siglos en la historia, voy dejando territorios contestanos para adentrarme de pleno en dominio edetano, dentro de la multitud de familias íberas que salpicaban nuestra piel de toro. Eso supone poco, comparado con las hordas, que hoy son legión, de invasores bárbaros procedentes de regiones boreales, allende el limes danubiano. Viajeros y turistas de variadas nacionalidades, etnias y cataduras que desde los sesenta han hecho suyas estas soleadas tierras, no esgrimiendo más armas que sus saneadas economías y que ahora, mediada la primavera, regresan a reclamar sus impuestos y subsidios en forma de cuotas de ocio.
Sobre el estrato íbero originario se superpone un asentamiento itálico a finales del II a. C., merced a una importante actividad comercial y portuaria. Persisten restos del poblamiento y fortificación en el lado E y N del castillo, en el Hort de Morand, frente a lo que fue el puerto. Aparecieron vestigios de una necrópolis y unas termas, algunas calles y los restos de un templo. Abarcan desde el Alto Imperio, época de Augusto, en la que se consolidan una serie de villas rústicas cercanas, de carácter agrícola, productoras de vino y aceite sobre todo, hasta el primer tercio del VI d. C.
Será sede episcopal en época visigoda y capital de una importante Taifa, tras el Califato, dependiente de la principal de Zaragoza, es cuando Daniyya conoce una fuerte expansión urbanística, siglo XI, y se convierte en potencia marítima y comercial. Reconquistada por Jaime I entre 128 y 1242, se desarrolla como plaza fuerte militar, poblándose la ladera sur, se funda la villa en la antigua alcazaba. Experimentará una fuerte expansión en el XVI y a principios del XVII se construye en la parte superior del castillo, el palacio que se convierte en residencia del marqués, y se añaden baterías defensivas y baluartes en el puerto. Se había levantado el castillo, en realidad una ciudadela de extensa muralla que cercaba toda la colina aterrazada, en época musulmana, a principios del XII, alojando la población en la cara septentrional y quedando fuera un arrabal, mucho menos importante que el de Oliva, que visitaré.
Fue atacado por Aruch Barbarroja en 1518, y de nuevo hubo de soportar un fortísimo ataque en 1556. Finalmente, se alinea con el bando perdedor en la Guerra de Sucesión de 1708, quedando destruido y reducido al estado actual.

Aparece actualmente el castillo formado por tres recintos: la albacara, muralla en la que se emplazaban una docena de torres o cubos de distinta tipología, es la Villa Vella que albergaba la población; la alcazaba, en la parte superior, con muralla interior que protege el Palacio del Gobernador, del XVII-XVIII, un edificio renacentista, del que se conserva parte de una vistosa escalinata; y a levante, el baluarte del mar, de planta trapezoidal, con plataformas para cañones y torres circulares, fuertemente artillado, vendría a ubicarse sobre lo que sería antiguo foro romano.
La villa será destruida en 1708 durante la Guerra de Sucesión por Felipe V al haberse alineado la ciudad con su oponente, destruido el palacio del Marqués, reducidas sus alturas y desalojada la población. Reconvirtiéndose entonces el recinto como plaza fuerte militar, completándose con el baluarte, llamado del Diamante, seguramente por su forma. A mitad del pasado fue comprado por el ayuntamiento, que comenzó a restaurarlo, alojando en su interior un magnífico Museo Arqueológico.
Bajo sus murallas comienzo la ruta del día, bien de mañana, para iniciar una búsqueda que se torna azarosa en pos de la Torre de la Almadraba. No aparece donde debería, hay poco personal circulando a estas horas al que pueda preguntar. Diviso una máquina de limpieza de la arena en la playa y allí que me encamino. Pregunto a su conductor, Paco Sánchez, que es de Oliva, aficionado también al patrimonio histórico, y me remite a una urbanización, donde escondida entre edificios más altos, precisamente donde se iniciaron mis pesquisas, se radica. Me habla de las numerosas torres que quedan en los alrededores de su pueblo, y del castillo, que me recomienda visitar. Continuamos la conversación sobre elementos defensivos medievales y sobre la ruta que llevo, cuando aparece jugueteando a nuestros pies un perro salchicha (yo les digo perro-lápiz, aunque técnicamente sea un dachshund o teckel) de nombre Coco, como aquel otro de la playa de la Albufereta que se había enganchado un anzuelo en el labio (ver Jalón 18º), pedimos a su dueña que nos fotografíe a los tres.

La torre aguarda, efectivamente, camuflada entre viviendas turísticas que la ocultan, donde primero la busqué, junto al restaurante Paquebote, a lado de la gola del rio Girona, un poco al interior, la línea de costa seguramente ha avanzado con los siglos transcurridos. Torre del Palmar, de Pastor o de la Almadraba, se sitúa cerca de un establecimiento agrícola importante, la villa romana de Els Poblets, un conjunto del siglo II o principios del III d. C. con un alfar centrado en la producción cerámica, fundamentalmente materiales de construcción (tejas y ánforas). Aunque ejercía también de vigía costero y protegía, como su nombre indica, la almadraba de pesca, y el punto de recogida de agua del rio Girona anexo en un aljibe, así como restos de almacenes.

Muy similar a la Torre del Ambolo, se levantó entre 1553 y 1554 sobre base cuadrada, tiene una peculiar estructura, de la que resta solo la parte de abajo (la superior se restauró con dudoso acierto en 1995), según modelo de torre del XVI, explicable por la intención de reducir el número de cámaras y altura, para ahorrar: formada por 3 cuerpos, a pesar de su pequeña altura, solo 2 de ellos eran habitables, el acceso al segundo cuerpo se realizaba por medio de una cuerda, donde se situaban las garitas, que tras su restauración, han quedado como huecos de ventana. Los muros que la formaban, eran de grandes dimensiones y robustos, compuestos de dos hojas y de interior relleno, dispuestos en hiladas horizontales y enfoscados con mortero de cal, dejando oculta la fábrica de mampostería. No disponía de atajador, pero sí que residían en ella 3 soldados de forma permanente, aunque uno de ellos, debía de situarse en el Cabo de la Nao durante las horas de sol. Sub umbra alurum tuarum protegem, en la sombra de sus alas me protejo, reza una inscripción que tenía y se conserva en el Museo Arqueológico de Denia, igual a otra descubierta en la Torre del Guerro.

Dianium, la ciudad y su puerto comercial, debió actuar como eje de todo el poblamiento romano circundante. Contamos con otro yacimiento en el Pla de Pego, situado sobre una pequeña elevación antrópica seguramente, el Tossalet de les Monde, que data de entre el 10 a.C. y el 70 d.C., con actividad predominante agrícola. En esta zona existe otra estación arqueológica, La Ermita de Sant Miquel, con emplazamiento, materiales y cronología muy similares. También un taller de ánforas en Oliva para exportación y para suministro de envases a los núcleos vecinos. La factoría pesquera de la Punta de l’Arenal (Jávea), ya comentada, complementa el cuadro.
Desayuno en el restaurante I Fratelli, almuerzo más bien, porque es consistente la libación. Un lugar con solera donde el personal, al entrar, todavía da los buenos días y el que aprofite. Descubriré estos días esa interesante costumbre de la zona, desayuno de albañil, que revela la existencia de abundante mano de obra trabajando, y a la que me suscribo de inmediato: un plato de ensalada con alguna variante a la vinagreta aguarda en el centro de las mesas, la frasca de vino y la lista de bocadillos de media barra, con café o carajillo, precio fijo 6,5 € ¿Cómo no van a valorarnos los extranjeros?, con eso no tienen ellos ni para un cruasán. Desde la terraza, a poniente destaca, en primer término, la pequeña sierrecita de Segária, de escasa altura y extensión, pero de considerable importancia histórica. En ella se encuentra a unos 400 m. de altura el llamado Passet de Segària, una fortificación romana que se levantó después de la convulsión sertoriana para proteger adecuadamente a Denia. Quedan ciclópeos lienzos de muralla de la guarnición.
Al volver a la playa retomando la andada, observo como persiste la mañana todavía en su encogimiento. El mar se mantiene débil, legañoso, despertándose aún, a pesar de llevar más de tres horas amanecido. Susurra afable, rascándome el ánimo en su frotar de la orilla, chistándome juguetón, me hace cucamonas y juega a estirarse imprevisible para mojarme la zapatilla, celebrando nuestro reencuentro al fin. Se extiende delante alfombrando de un terciopelo gris que favorece el paseo. Más allá se divisan sobre el suelo restos de tormentas, arrastres y basuras recientes. Hacen guiños cómplices las nubes velando la luz del sol, unos cirros vaporosos simulan finas corrientes de arroyuelos en el cielo.
Recuperada la trayectoria playera, se suceden playas de diferentes nombres: Els Molins, Els Deveses, Santa Ana… Supone un solo arenal, pero dividido para ser abarcado, controlarlo, municipalizarlo. Hacia el interior se mantiene una mínima parte de la gran zona lagunar que hubo hace siglos, el Parque Natural del Marjal Pego-Oliva. Lagunas de transición al Mediterráneo que se fueron desecando para favorecer las labores agrícolas, parcelando, dividiendo, apropiando, urbanizando y construyendo hasta la saciedad para vender segundas residencias (teselas inconexas, fragmentos de lo que una vez constituyo un todo paradisiaco). Intento obviar ese proceso -estoy suficientemente entrenado en ello- que conocemos como progreso y remitirme, escatimando a la mirada el lado izquierdo, cucando ese ojo, a mis sensaciones del conjunto.
He de atravesar alguno de los canales que lo desaguan al mar. En el rio del Molinet existe un puentecito, no en la gola del Vedal, lo salvo pues descalzo y sin pantalones. Casas de Aguas Blancas, urbanizaciones de Oliva Playa y puerto de la Goleta con el club náutico de Oliva, suponen los siguientes referentes. En un bar-hamburguesería a medio abrir, que hace funciones de chiringuito playero, doy cuenta de dos cervezas (de todos es sabido que permiten recuperar mejor, no solo los fluidos corporales, sino también los minerales, según los últimos estudios) y de una frugal comida: espagueti carbonara de plástico, con una textura gomosa.
Existe una senda, el Camí de les Fonts, que se acerca a lo que queda de lo que fue la Torre de Oliva, un muñón de piedras sueltas sobre los cimientos. Supone un desvío necesario porque me llevará, tras unos tres kilómetros al pueblo. Una amplia avenida de entrada me conduce mi objetivo. Recalo, ya en el caso viejo, en el Bar Garrofí, apodo y apellido (mozárabe por más señas) del abuelo del propietario, personaje muy conocido que vendía vino y aceite por la comarca. Le pregunto por el castillo, pero me dice que está prácticamente derruido, aunque la vista merece la subida.
También merece la pena visitar el barrio morisco de San Roque, con centro en la plaza del mismo nombre, fue uno de los mayores del Reino de Valencia y de los que mejor se conserva. Tuvo gran importancia por las frecuentes rebeliones de su numerosa población después de la conversión forzada de 1525, y como vivero de piratas destacó Tudela Alcaixet que participó en el saqueo de Menorca y asaltó Oliva tomando rehenes entre sus convecinos cristianos.

Acometo la ascensión al tossal-Castillo de Santa Ana. Supone, a estas horas de la tarde y con el sol pegando de firme, un auténtico vía crucis, nunca mejor dicho porque en sus empinadas laderas aguardan las casetas-estaciones de uno precisamente. Pero, aunque los restos de la cima son exiguos y pobres, efectivamente la panorámica es excepcional. Abarca todo el Golfo de Valencia: un gran arco desde la Sierra del Montgó, por el sur, hasta la Montaña de Cullera, Valencia ciudad y, aún por encima de ella, las sierrecillas entorno a Sagunto y las de Val D´Uxó. Un tremendo arco de 120 km, 170 si aumentamos la escala y lo prolongamos hasta el cabo de Oropesa, de ininterrumpidas playas y zonas bajas litorales que ofrece unas cómodas etapas, desde el punto de vista del relieve al menos. Asoma la Torre de Les Centelles del palacio condal, función de vigía.

He de regresar al litoral, se hace tarde. Hay un carril bici a la salida de Oliva, en la carretera comarcal que lleva hasta Piles, donde he de buscar la Torre. Desgraciadamente la encuentro. Ocupando una rotonda entre avenidas, más que torre vigía se ha convertido en torre-isleta. Bueno, lo que queda de ella, que es bien poco: la forma que debía tener y las ménsulas en voladizo que recorrían todo el remate superior (tres de ellas más cortas que tal vez sujetaban un matacán sobre la puerta, pero ni siquiera las han situado sobre ella), ensanchaban seguramente la terraza para permitir la colocación de piezas de artillería. Aquejada de tantas cirugías y botox, hasta la placa conmemorativa que da cuenta de su construcción, 1627, es falsa, más que un duro de madera, y fea.

Continúo desgranando playas, y urbanizaciones. Playa de Piles, Bellreguard, Daimús, Venecia. Observo algunas abejas mojadas sobre la orilla, el mar las ha traído de vuelta de sus vuelos desorientados, algunas se mueven, otras precisarían de un servicio de reanimación boca a boca para desalojarles el agua tragada.
El sol se complace es descender lento, rehuyendo el horizonte. Es la hora en que se agolpan de regreso los pescadores. Familias de correlimos sondean con sus largos picos la arena húmeda en busca de crustáceos sorteando el envite de la última onda. Arriba alguna medusa muerta arrastrada hasta la orilla, vuelta del revés, aguardando ser enterrada. Todavía aprecio el frescor con que me envuelve el vapor del agua en su borde, que se transforma en bochorno y agobio solo con alejarme un poco hacia el interior.
Alcanzo las afueras de Gandía, a la vista tengo el puerto. Llego a la gola del río Serpis, se le ve cansado, viene atravesando sierras y desmontes desde la Sierra de la Font Roja, que he tenido ocasión de ascender, cerca de la industriosa villa de Alcoy. Eso me recuerda la valiosa e inestimable contribución que para el vermut supuso el invento en 1926, o al menos la comercialización, por en industrial local don Cándido Miró, del descorazonador de aceitunas (¡vaya nombre poético!, embutidor de anchoas, hubiera bastado), añadiendo ese pequeño aliciente que supone la anchoa.
Remonto su ancho curso, no está bien señalizado un sendero que permite cruzarlo, por lo que he de remontar unos cientos de metros y saltar, literal y físicamente la carretera, su alambrada, que salvo por donde buenamente puedo. Supone el remate a una jornada agotadora.
Me reconforto pensando que he llegado por fin a la capital de la comarca de La Safor, Gandía. Alcanzado el puerto, paso por las inmediaciones de donde se ubicaba la desaparecida Torre del Grao, adosada a un almacén de pescado. Fue el auge del puerto y de la población, unido al estado ruinoso de la torre, lo que llevó a ser derruida en 1888. He de transitar por el barrio pesquero, hacia el interior, entre callejuelas y casas bajas, antiguas y recoletas residencias de veraneo, acomplejadas y escondidas entre desproporcionados y horripilantes edificaciones turísticas más recientes, para encontrar mi hotel. Es tarde, sufro un dédalo de calles que se obstinan en aparecer como un laberinto para mis fatigadas fuerzas. La jornada de hoy se ha alargado demasiado, mis piernas han soportado casi 32 km, aunque oficialmente el recorrido aparezca como de 30. Son las 20,15 h. cuando encuentro por fin un esquivo hotel.
Esa es una pega a añadir en una hipotética lista de incidencias, otros, muchos, los llamarían problemas… yo solo inevitables contratiempos: los rodeos y revueltas, los renuncios y equivocaciones que trae el camino, que no figuran necesariamente en la previsión, ni aparecerán en el trazado final del track. Se hace preciso considerar, de vez en cuando, el suplemento de unos kilómetros extra, un añadido imprevisto que viene a rematarnos, precisamente, cuando más cansados estamos. Hoy, en concreto, se debe al desvío a Oliva, 7 u 8 km. han sido los causantes de la excesiva prolongación de la jornada. Por eso hay que pensárselo muy mucho, cuando surgen, y sopesar adecuadamente su conveniencia aunque en eso momento puedan apetecer, pero en el cómputo del día tal vez añadan demasiado.

miércoles 5 mayo 2021