
Repuesto de la paliza de ayer, me levanto temprano y acometo con buen ánimo la jornada. Me encuentro descansado, el cuerpo me pide guerra. Se ha acostumbrado enseguida al nuevo horario y reclama kilómetros. Aunque resentidas las plantas de los pies, amenazando ampollas, algo acorchadas rodillas y tobillos piden movimiento para entrar en calor. Inútil buscar alguna cafetería abierta para desayunar, es demasiado temprano.
Me encamino hacia el paseo marítimo, hacia el Grao de Gandía. Pregunto a un andarín mañanero por la torre que allí hubo, tal vez subsista el nombre en alguna calle o plaza. Pero no ha lugar, la desconocen; aunque la experiencia me dice que ocurre también algunas veces aun cuando subsista el monumento. Comienzan a desperezarse las aceras y empiezan a transitar las calles madrugadores caminantes, corredores, fumadores que sacan al perro. En el paseo marítimo comienza a desplegarse todo un ejército de operarios municipales que se disponen a adecentar la playa, a condicionar la arena, ese oro granulado que tan pingües beneficios proporciona, sobre todo ahora, después del parón epidémico. Por brigadas se van distribuyendo estratégicamente, barrenderos, limpiadores de papeleras, tractores que ciernen la arena y excavadora que la reponen, niveladoras…
Afronto el recorrido al principio de un paseo marítimo de unos 3 km prácticamente vacío, resalta despoblado todo su esplendor monumental. Plagado de edificios de una considerable altura, supone un mini-Benidorm en toda regla, una copia reducida de ese modelo. Aunque el original disponga de 5 km de frente costero (2 de la playa de Levante y 3 de la Poniente), este tiene poco que envidiarle. Se apiñan las torres de apartamentos, hoteles, restaurantes y demás construcciones como un pelotón dispuesto a fusilar a cualquiera que ose cuestionar la cuidada estampa turística que representan. Playa lineal de fina arena, bien cuidada, colmena apiñada que, junto con el pueblo, más al interior, censa unos 77.500 habitantes, cantidad se dobla en verano y llega a alcanzar los 320.000 de población flotante (significará que están como en una nube, por su situación vacacional). Benidorm, cabecera y casa matriz, casa madre de tantas fundaciones monásticas similares, marca la pauta en esa hedonista religión caribeña del playeo contumaz, cuenta con 75.000 empadronados y unos 400.000 flotantes.

Cuesta coger el ritmo de crucero, calentar la maquinaria oxidada. Las rozaduras y agujetas no me lo ponen fácil, pero intento encontrar mi ritmo, cuando lo alcanzo, acelero un poco para emprender la huida.
Parece que, desde que amaneció, se encuentra bajando la marea, aunque resulta casi inapreciable. Se nota avergonzado al mar, raquítico en sus débiles retrocesos de mar de bolsillo, tan distintos de las imponentes bajadas y subidas del océano. El nivel se encuentra como lo dejé ayer tarde, haciendo por avanzar, tosiendo, aunque no se llega a apreciar bien si sube o si baja, tal es su carraspera. Dos madrugadores charranes planean rasando el agua frente a mí encaminándose a sus caladeros.
Recapitulo mientras camino, mejor dicho, escribo un capítulo aparte, del que ya apunté ayer algunos trazos: el catálogo de sinsabores, contratiempos, prefiero llamarlos. No son deseables, pero si necesarios. Es preciso descubrir esa cara oculta de la aventura, aunque hasta ahora no lo haya hecho, el envés de este proyecto que se prolonga desde hace tres o cuatro años: mi Ruta Mediterránea a pie. Oculta queda una trastienda menos atractiva que las interesantes descripciones de paisajes, gentes y sucesos que salen a mi encuentro; pero, no debiendo disuadir de emprender su propia odisea a todo aquel que lo sienta realmente, es necesario considerarlas.
Junto con los desvíos, rodeos, equívocos, gratuitos muros y vallas con candaos en propiedades de dominio marítimo, saltos de valla y desencuentros del GR 92 (la ruta que aproximadamente sigo) y construcciones ilegales que lo interrumpen; se pueden añadir: carreteras comarcales sin arcén, por donde caminar se hace peligroso, caminos que acaban sorpresivamente (aunque acudo a varias fuentes, el GPS y Google los coleccionan), senderos que se interrumpen o desparecen por falta de uso. Amén de la lista de percances leves propios de cualquier salida a la naturaleza: rozaduras, picaduras, arañazos, etc., que se complican con el ejercicio deportivo que, además, transcurre en mitad de la nada; pueden acaecer accidentes: tropezones, caídas, fracturas… También hay que considerar, si se es propenso a ello, posibles deshidrataciones, desfallecimientos. Pero ¿qué actividad puede escapar a todo eso?, la videoconsola, el sillón bol, el consumo de TV…
Conviene atender, eso sí, a la prevención de contingencias propias de la organización: asegurarse alojamiento al final de la etapa (comprendo que sería más sencillo llevar una esterilla y un saco de dormir, pero no estoy en edad ni obtendría el descanso necesario), coordinar el regreso a por mi vehículo con horarios de bus o de tren (no rechazar pedir ayuda cuando sea necesario, ni el auto-stop llegado el caso). Todo eso también se puede ir solucionando sobre la marcha, a medida que surge.
Este breve y olvidable catálogo de incidencias –ni siquiera había caído en la cuenta de comentarlo antes, lo que demuestra que es prescindible- no debe disuadir al novato senderista ni al turista accidental que pretenda llenar con alguna ruta parte de sus vacaciones. Pero aconsejo no empezar por el final, acudiendo a una gran superficie comercial para equiparse –el hábito no hace al monje-. Los aventureros de pelaje decathon o panamá, de chalecos de pescador (¡por favor, no! es lo menos que podemos hacer en memoria del gran escritor y viajero Javier Reverte, que siempre los denostó) suelen ser inconstantes. Tampoco veo la necesidad de cargar con una cámara fotográfica, una libretita la suplirá con creces, un reloj o brazalete multifunción, unos bastones telescópicos, una mochila con depósito de agua, y bla, bla, bla.
En estos tiempos en los que publicitarse en las redes sociales y dar cuenta de nuestros viajes parece más importante que el propio disfrute, no conviene aproximarse a esa tentación. Afrontar la caminata a cuerpo limpio, con el mínimo equipaje aportará el máximo rendimiento.
Nos bastará con una mochila, algo de comida (fruta, agua y dulces), una ropa cómoda y un calzado adecuado, bien domado (nunca a estrenar). Parte importante de la ruta, tan importante como el terreno que se transita, es poner a prueba nuestra determinación y capacidad para resolver contratiempos, sobreponiéndonos a cualquier contingencia con firmeza y determinación de proseguir. Hemos de considerar que nos medimos a nosotros mismos, así nos conocemos mejor.
De todos estos pormenores tuve ocasión de ir instruyéndome en el Camino de Santiago, mucho más cómodo, civilizado y previsible que este otro que llevo. Y contrastarlos después con todo tipo de rutas y territorios. De todas maneras y resumiendo, por tranquilizar, hay que considerar que desde que se inventó la tarjeta de crédito y el GPS se acabó la aventura, la verdadera aventura (la que tenía como diosa la brújula).

Rumiando estas consideraciones, prosigo el paseo por el borde del mar, beneficiado de la linealidad de la costa. Todos los cuidados a las playas, tantos empleados, tanto adecentamiento de arena, tanta limpieza y comodidad, se acaban aquí, donde acaban las edificaciones. No comparece siquiera un mísero paseo marítimo que me permita transitar cómodamente hasta la playa de Xeraco. Aprovecho una valla vegetal, ajardinada, en el extremo de los primeros chalets que lindan con el ancho arenal para caminar por un piso algo más firme que el de la anegada orilla del mar. Mis piernas piden consistencia y suelo algo más duro para poder avanzar mejor. Llevo demasiados kilómetros hundiendo los pies, con el consiguiente esfuerzo añadido, intentando aprovechar esa exigua cinta de terreno firme donde las olas dejan de encharcar.
Tras atravesar el riu que desagua el marjal de Xeraco, llego a la playa, poblado y urbanización del mismo nombre. Me interno para buscar algún establecimiento abierto, he de comprar pilas para el GPS, agua y alguna vianda. Se hace difícil hallar tiendas abiertas en estas fechas, pero encuentro un Spar bien surtido. Pregunto a la cajera por algún bar donde pueda desayunar, son escasamente las 9,30 h., he observado que la mayoría permanecen cerrados, aguardando que disminuyan las cifras sanitarias y ansiando la temporada de verano. Necesito tomar un café con leche y alguna bollería. Me manda al restaurante El Camí, un poco más adelante, en la plaza, donde la infraestructura montada resulta muy adecuada: las mesas, bien separadas y con mantel ofrecen, así de entrada, la habitual ensalada en medio (brilla la jugosa cebolla blanca y verdean las alcaparras en vinagre y las piparras) y un variado surtido de bocadillos tentándome desde una pizarra. Eso indica que allí no se andan con tonterías. Los clientes, que ya andan interpretando una melodía para acallar el zurrir de sus tripas, esgrimen suculentos bocadillos con el orgullo de consumados intérpretes, zalandros de pan como flautas, bien rellenos, se agitan con cada bocado, elevando una sinfonía a la que debo sumarme sin dilación. El local no tiene nada que envidiarle los anteriores en que me aprovisioné, aunque resulta de factura más moderna (puede hacer las veces de bar de copas también), acoge numerosas mesas al interior, a resguardo de la solanera, donde me sitúo, y otras pocas en la terraza.

Almuerzo de albañil toca o, al menos, de currante, pues lo soy, el esfuerzo que llevo entre pecho y espalda estos días me faculta para ingresar en ese venerable gremio con todos los honores, no me faltan callos ni ampollas.
La Torre del Xeraco o del Gort, por el nombre del paraje donde se sitúa, o de la Serp, enlazaba visualmente por el sur con la del Grao de Gandía y por el norte con la de Tavernes, está a su vez con la del Marenyet, distantes entre sí una legua (entre 5 y 6 km.). Se levantó en el XVI, tenemos noticias suyas de 1563 cuando se la dota de un cañón o pedrero. Juan de Acuña, viejo conocido por ser buen informador, un visitador que levanta acta del estado en que se encontraban las torres de guaita de la costa valenciana, anota en su informe de 1585 estas hermosas palabras que ahora se nos antojan muy lejanas:
La torre del río Xeraco, que es del duque de Gandía, es tres cuartos de legua [5o 6 km, en realidad] de la ciudad de Gandia, es redonda y está edificada junto al puente del río de Xeraco, y como un rasgo de mosquete de mar [medio kilómetro]. El duque tiene en ella una guardia ya borde de ella un bosque de caza, que va por la orilla del mar y el corta un camino muy ancho de unas marjales muy grandes.
Desaparecido en el siglo pasado el bosque para asentar cultivos de hortalizas y naranjos, secados la mayoría de marjales y charcas, el panorama actual resulta muy distinto de aquel. Si unimos a ello la invasión urbanística del frente costero que se extiende tierra adentro, obtendremos un resultado que asustaría al mismo duque.

Lo primero que llama la atención al acercarse a la torre es su silueta chata y totalmente cilíndrica, más parecen los restos de un molino de viento sin techumbre ni aspas que otra cosa. La diferencia entre ambos elementos es esa, la torre vigía se refuerza en la base y conforma una figura ataludada, más ancha en su parte inferior e incluso maciza hasta el segundo piso, para prevenir ataques de artillería y no resultar demasiado dañada con los impactos de los cañones. Cuando me acerco compruebo que posee un ligero engrosamiento, apenas perceptible, hasta casi la altura de la puerta.
La puerta a ras de suelo es el segundo detalle chocante, generalmente se colocaban a cierta altura, en el segundo piso, para penetrar al interior por medio de una escala retráctil o una cuerda, impidiendo el acceso fácil a los atacantes. Y la ventana, sobre la puerta, es demasiado grande, genera un hueco considerable muy distinto de las troneras y saeteras comunes. Estos datos parecen indicar que fueron abiertas con posterioridad a la construcción de la torre o que su fuego de artillería no hacía posible el acercamiento y asalto del enemigo. Tenía tres pisos, sus restos desmochados alcanzan unos siete metros, se encuentra en estado ruinoso, arrasada por dentro, parece que algunos vecinos consolidaron en los años ochenta lo poco que queda.
Se rodea la torre, en parte, con un pequeño murete de casi dos metros de altura para protegerla de las crecidas del rio Vaca (o Xeraco) que circula a su lado, en realidad es más bien, una gola o canal de desagüe de los marjales interiores.
Prosigo con una etapa que comienza a hacerse insoportable. Decido avanzar descalzo por la orilla del agua, a ratos dentro, para que ese frescor atenúe un poco el dolor de mis rozaduras y ampollas, pero tal ventaja se ve descompensada con el esfuerzo suplementario de hundir y extraer las piernas en la arena.
Alcanzo al cabo de una legua la playa de Tavernes, Tavernes de Valldigna para más señas, digno de un rey, por encontrarse el pueblo en un feraz valle en las estribaciones de la Sierra de las Agujas. Al adentrarme en busca de su torre vigía, cruzo numerosas acequias y canales regaderos, charcas residuales y aliviaderos, vestigios de gran Marjal de La Safor que se extendía ininterrumpido desde Gandía hasta Cullera (con casi 20 km. de largo por 3 o 4 de ancho, hasta donde las montañas permitían) en estas tierras bajas litorales, que se ha ido domesticando y canalizando a lo largo de los siglos.

He de tomar un desvío que me acerque a la Torre de la Valldigna, pregunto para cerciorarme pues no se halla a la vista, sino unos 500 m. al interior, y no estoy para equivocaciones y rodeos. En su momento se levantó cerca de la costa, pero, como en otros lugares, hemos hecho recular al mar para ganar terreno y playas y actualmente se encuentra alejada de la ubicación original elegida.
Lo primero que hay que consignar es la espectacular presentación de su entorno, un modelo de actuación que muchos ayuntamientos deberían copiar si lo que desean es poner en valor -como se dice ahora-, su patrimonio. Contrasta poderosamente el tratamiento recibido por ella frente al denigrante y desagradable que ha de soportar la pobre Torre de Piles.
Levantada, la torre de L´Alfàndec, como también se la conoce, como la mayoría, en el XVI, alcanza una altura considerable, unos 15 m, lo que le proporciona una esbeltez inusual. Es de las mayores y mejor conservadas, está bien restaurada y es visitable. De ligera figura troncocónica, sin talud, de base circular, con un diámetro de 6 m. y buena construcción de sillares, conserva bóvedas de ladrillo en el interior separando sus cuatro plantas y cuenta con una chimenea. Se remataba con almenas, que hoy no existen, entorno a la terraza. Aunque la puerta se sitúa a ras de suelo y sobre ella un matacán o balcón la protegía, destaca su porte macizo casi sin vanos, apenas alguna ventana alta y aspilleras en el segundo piso para evitar que se acercasen enemigos.

Completa el monumento una amplia zona de esparcimiento que conserva residuos del marjal primitivo, una charca con tortugas y ánades, y los correspondientes carteles explicativos. En el momento de visitarla encuentro a numerosos operarios laborando en su limpieza y adecentamiento.
Tras retornar al camino, me veo obligado a tomar una decisión difícil por dura, que nunca antes he necesitado tomar. Llevo recorridos hoy casi 16 km. en condiciones penosas, aún me restan 9 para llegar a Cullera. Contando que he de volver a la playa y después, para cruzar el Estany y el río Júcar, desviarme bastante al interior, alargando el paseo litoral, según lo programado, no veo posibilidad de completar hoy la etapa com tenía previsto. De alguna manera he de renunciar a seguir a pie.
La estación de cercanías se encuentra cerca, me dicen, en realidad a dos interminables kilómetros para mis pies, y hay frecuencia de paso de trenes hacia Cullera. Me encamino a ella por el –hoy- demasiado duro arcén. Son casi las 13 h., aprieta un sol de injusticia que todavía me hace más amargo el renuncio. Llego al fin, la empleada que me vende el billete se excusa por el pobre botiquín con que cuenta, vacío prácticamente. Me apaño como puedo, un poco de iodo y unas tiritas para forrar las ampollas que he pinchado. El error que me ha derivado a esta situación, recapitulo, además alargar las etapas precedentes, ha sido elegir un calzado inadecuado: muy ligero pero demasiado blando. Se ha ido rompiendo la plantilla y el talón por dentro, agujereado y sin consistencia para soportar tantos kilómetros, me roza por todos lados. Tal vez unas plantillas nuevas lo puedan solucionar.
Debo asumir el error y, sin menoscabo del merito o la regañina que supone mi decisión, consignarlo aquí porque es una parte más del recorrido, un percance que cabe dentro de lo posible.

Dejo, por el momento, la visita a la Torre del Marenyet, situada junto a la desembocadura del río Júcar por el sur, actualmente separada casi 1 km. de su emplazamiento original. La riada de 1864 fue la causante de esa alteración. Recurro a una imagen prestada.
El cantero Juan de Ambuesa terminó la torre en 1577, sucediendo a Jerónimo Lavall que había preparado el terreno y asentado la cimentación antes de morir, con arreglo a las trazas del conocido ingeniero Juan Bautista Antonelli, en el reinado de Felipe II, según reza una inscripción sobre la puerta:
Reynando el siempre vencedor don Felipe Segundo siendo su Lugar teniente i Capitan General en este Reyno de Valencia Vespasiano Gonzaga Colon Principe de Sabioneda duque de Traieto marques de Hostiniano conde de Fundi y de Rodrigo. Año de MDLXXVII.
La torre defiende del acceso de las naves piratas al río y los desembarcos en la playa, y previene las aguadas, complementa esta tarea con el castillo de Cullera, situado en el lado norte del Júcar. Es de grandes dimensiones (10,75 m. de diámetro y 13,5 de altura), lo que le permitía alojar una pequeña guarnición, con sus caballos incluidos, como si se tratase de una pequeña fortaleza. Se elaboró con excelentes materiales, como bien se aprecia a pesar de estar restaurada. Dispone de tres plantas con bóveda, en la segunda se halla la cocina con chimenea, tiene escalera insertada en el muro, se corona con una amplia terraza capaz de albergar varias piezas de artillería.

jueves 6 mayo de 2021