28º jalón Cullera-El Saler 25 km

      

     Lo primero que llama la atención de la población de Cullera levantando la vista es la imponente presencia del castillo sobre la ciudad. Asentado sobre la ladera de la montaña de Les Raboses (zorros), hubo en principio un fortín íbero-romano, sobre el que se emplazó una atalaya de época califal, IX-X, que se ampliaría con una alcazaba y dos albacaras (recintos para guarecer tropas, caballerías, ganado y a la propia población en momentos de asedio) y se ocupaba del control estratégico de los recursos naturales, las vías de comunicación y las fronteras. Durante la Taifa de Valencia, en el XI, presenta un recinto con tres torres semicirculares (Turrijó, torre de Cap d´Altar y Respatller), disponía de aljibe y guarnición. Se añaden la Torre Blanca y la Mayor, así como un cercado o albacar nuevo, una amplia muralla con torres, lo que no impediría la conquista por parte de Jaime I en 1239.         

     En periodo cristiano perteneció a la Orden de los Hospitalarios, se reformó y amplió con varias torres y dos recintos fortificados, quedando definitivamente completado en el XIV tras la guerra de los dos Pedros, que lo había dejado prácticamente derribado. Configurándose en el XVI su modernización: con cinco torres que enlazaba los distintos tramos de murallas que lo rodeaban: Torre de la Reina Mora o de Santa Ana, la Torre Miranda, la Torre del Racó de San Antonio, la Torre Desmochada y la Torre Octogonal; baluartes y revellines, nuevos lienzos de muralla con alambores y una completa dotación artillera. Complementaba la defensa con la ayuda de la iglesia-fortaleza de los Santos Juanes, que conserva la sacristía y campanario góticos, el resto es neoclásico del XVII.

     Su función primordial entonces era controlar la costa y la desembocadura del Xúcar, por donde llegaron a exportarse maderos procedentes de la Serranía de Cuenca. Los asaltos piratas y sobre todo el de Dragut, lugarteniente de Barbarroja, en 1550, obligaron a una nueva remodelación del castillo y de las ruinosas murallas, añadiendo un baluarte pentagonal artillado. Por cierto, existe en la Punta del Faro, en su extremo, conocido como Isla de los Pensamientos, una cueva-museo dedicada al pirata Dragut,  donde parece se intercambiaron prisioneros después del ataque, que funciona como museo-espectáculo interactivo de la piratería, cuenta con una interesante reproducción a tamaño natural de una galera corsaria. Es la primera vez, después de veintiocho etapas y más de 500 km., que me encuentro con una instalación semejante, dedicada al tema principal que motivó mi periplo.

     Después de la Guerra de la Independencia, la última incorporación importante se haría en la I Guerra Carlista (1833-40), añadiendo un fortín, el Alt del Fort.

     En 1896 se le anexa el santuario de la Virgen del Castillo, dedicado a la Virgen de la Encarnación, patrona de Cullera, un edificio neobizantino de vistosa traza y llamativa torre. El castillo se ha remodelado recientemente, 2009-11, y contiene el más que interesante Museo de Historia y Arqueología.    

            Ya en marcha, documento, en principio, la desaparecida Torre del Cabo de Cullera. Databa del siglo XVI y fue derruida muy recientemente, a comienzos de la Guerra Civil, octubre de 1937, por las fuerzas republicanas para levantar un complejo defensivo antiaéreo que frenara el frecuente acoso de la aviación italiana. Existen planos del proyecto de esa batería de campaña, compuesta por dos explanadas para alojar sendos cañones, un puesto de mando y observación, instalaciones para el personal y un almacén subterráneo de munición con elevador.     La torre se situaba entre cala Blanca y la de las Barraquetes, sobre el montículo del faro de Cullera; de hecho realizó también esa función (hasta que en 1858 se levanta el actual faro), aparte de la de vigilancia propia de una torre guaita. Enlazaba por medio de sus servidores y visualmente con la torre del Marenyet, en la desembocadura del Júcar, y por el norte, con la torre de la Gola de la Albufera. Estaba ya construida en 1560, después del famoso ataque de Turgut Reis, su dotación estaba formada por dos guardias de a caballo y dos atajadores a pie, lo habitual en esos caso.

     Sabemos algo de su primitiva conformación gracias a una excavación de 1996, previa a la venta por el ayuntamiento de Cullera de los terrenos para la construcción de unos bloques de apartamentos, que descubrió la base de la torre: grandes bloques de piedra asentados con mortero de cal sobre la base de roca del acantilado, que revelaban una construcción anterior. Existen vestigios de poblamiento desde la Edad del Bronce Final en la conocida como cueva del Volcán.

     El diámetro llegaba casi a 10 m., su base estaba ataludada hasta los 3 m. y su interior colmatado hasta la puerta en alto, se entraba por medio de una cuerda, pero se le añadiría con posterioridad una doble escalera cuando paso al cuerpo de Carabineros en 18850. Tendría una altura de 11 o 12 m., con dos pisos, terraza superior y garita, y un matacán de protección sobre la puerta. Huecos escasos y pequeños, saeteras y troneras sobre todo. Como vemos en factura muy similar a la tipología que se realizaba en el XVI.    

     Aparecieron, así mismo, los restos de lo que parecía una factoría pesquera romana de época tardía: un espacio que debía de ser un embarcadero, silos o depósitos y muros relacionados con un edificio rectangular. Pero fueron los trabajos de Enrique Llobregat los que relacionaron estos restos con la construcción de un monasterio del siglo VI. El epitafio del obispo de Valencia, Justiniano, señalaba que fundó un monasterio de monjas en una isla, fortificado con una muralla, dedicado al mártir San Vicente, ya que sus restos se encontraron en la zona del faro de Cullera. También han aparecido monedas, cruces y ánforas datadas en el siglo VI.  

     Desde esta altura, delante mismo de mis narices, debió situarse el antiguo Portum Sucrone, un magnifico puerto natural al abrigo de vientos y corrientes, un establecimiento tardo-romano de entre el IV y el VI d.C. vinculado comercialmente con el norte de África, las Islas Baleares y el Mediterráneo oriental, en la llama isla de los Pensamientos. El toponímico puede procede de la posterior instalación del monástico que se aprecia todavía en esta foto antigua…

     De momento, lo único que percibo a mi lado, de manera palpable –nunca mejor dicho-, es el monumento a los caídos en la fratricida contienda: unas manos clamando al cielo desesperadamente, escapadas del Guernica de Picasso parecen. El primero que encuentro dedicado a este tema; bunkers sí, bunkers llevo contabilizados sin embargo unos cuantos (algunos estorbando lo indecible en medio de una estrecha playa, como en que fotografié después de Calpe, cerca de Cap Negre).

     Observando atentamente, puedo imaginar más o menos el primitivo asentamiento de la cueva del Volcán, en realidad una dolina o torca kárstica hundida, en la ladera norte de la sierrecilla de Les Raboses, sobre el faro, a unos 122 m.de altura,. Se excavó en 1968-69, hallándose restos líticos del Magdaleniense (Paleolítico Superior) como en la cercana cueva del Parpalló, y cerámicos y puntas flecha de la Edad Bronce. La línea de costa se encontraba por entonces a varios kilómetros mar adentro, por la poca profundidad plataforma costera y regresión marina de Wurm final y su correspondiente subsidencia (hundimiento de las aguas en la zona costera en el golfo de Valencia), quedando enfrente una amplia llanada, como ocurría y comenté en la cueva de Las Cenizas, Moraira.

     He de proseguir. Pasado el cabo del Faro, playa del Dossel, de la Ciudad de la Luz, del Mareny de Sant Llorenç…, próximos arenales a recorrer. Imposible acometerlas sin contar con una superficie firme, un mínimo paseo marítimo o algo que se le parezca, simplemente una calle, un camino apisonado, una senda por el interior. El efecto de lija de la arena húmeda sobre mis ampollas y el hundimiento de los pies, me disuade. He de virar tierra adentro. Me llego hasta la ermita de San Lorenzo y enlazo, algo más adelante, con la comarcal CV 502, que ha de servirme para poder avanzar. Caminar por su arcén me permite acomodar la pisada a un plano uniforme y regular, adecuarme a un ritmo ligero que me cunde y me hace llevado el recorrido.  

     A medida que avanzo veo pasar los indicadores me informan de que ahí al lado, detrás de los marjales y sus acequias, tras las construcciones, transcurre la Mareny de San Llorenç, la de Vilches, es zona costera correspondiente al municipio de Sueca. Me distraigo observando cultivos de hortalizas sobre una tierra que es arena de mar, antiguo lecho de la laguna de la Albufera en su máximo esplendor.

     Al cabo de un par de horas y unos siete u ocho kilómetros de relativa comodidad, si cabe este término, para lo que fue el calvario de ayer, tras pasar la zona de playa del Rey, llego al poblado de Marenys de Barraquetes.

     Me encuentro ya inmerso en el Parque Natural de La Albufera, Al-Buhaira diminutivo de Al-Bhar, el mar en árabe. Si me animase a hacer un desvío al interior, que ni me planteo en las actuales circunstancias, de unos 5 km., obtendría una vista completa de él desde la Muntayeta dels Sants, el punto más elevado del parque, a 22 m. sobre el nivel del mar. Aunque resultaría más fascinante en invierno, cuando se inundan los campos para sembrar el arroz. Tendría ocasión de abarcar toda la cuenca de la inmensa laguna somera (de un metro de profundidad media) que llegaba hasta aquí y aún más al sur, hasta el mismo cabo de Cullera, hasta la Montaña de Oro o Sierrecilla de Les Raboses.

     La primitiva albufera, de una extensión que superaba los 20 km., se originó a partir de un golfo totalmente abierto al mar, de agua salada por tanto, en el que las corrientes fueron formando durante siglos una restinga litoral de arena (un panorama muy similar al Mar Menor) con los sedimentos fluviales aportados por el río Turia, sobre todo. Terminó por cerrarse prácticamente el golfo, unos siglos antes de Nuestra Era, quedando alguna gola de comunicación que regulaba el nivel del lago, ahora de agua dulce, por la procedencia de manantiales subterráneos y acequias. Convirtiéndose en una zona muy codiciada por la riqueza de sus aguas y las tierras adyacentes, así como por la flora y la fauna que reunía. Hubo de protegerse la zona de los ataques del interior, a base de torres de alquería y de los piratas por torres de vigía marítimas. Sobre todo en el XV y XVI por los constantes ataques corsarios que reclamaban un sistema de defensa más efectivo, basado en puntos fijos, torres vigía y baluartes, que complementase el insuficiente control de la costa que realizaba la flota cristiana desde sus barcos.

     En 1238 Jaime I de Aragón conquista Valencia y la albufera queda anexionada al patrimonio real, gestionando y explotando sus recursos de caza y pesca hasta el XIX.  Data de la Edad Media el comienzo de la explotación de las salinas, queda algún topónimo alusivo, como El Saler. En el siglo XVIII se abriran tres nuevas golas, El Perelló, El Perellonet y la de Pujol, que son las que existen actualmente, para regular con sus correspondientes compuertas el nivel de la laguna. La primitiva Gola de la Albufera terminará cerrándose.                                                       

  Tomo un café y una tostada en un bar de Marenys de Barranquetes, que más parece centro recreativo o social del poblado que otra cosa. Busco el ayuntamiento, donde una displicente empleada (nadie se encarga del área de información y turismo, aunque deberían realizarla todos, habría de ir implícita en cualquier otra ocupación que desempeñen, ¿o no?) me informa de que existe algo así como un paseo marítimo cerca de la playa o, al menos, la posibilidad de transitarla hacia el norte a través de unas calles. Recojo, sustraigo más bien, un folleto del lugar con plano de la zona.

     Encuentro una farmacia que -¡casualidad!- dispone de unas salvadoras plantillas que inmediatamente, tras curar mis ampollas con yodo y pincharlas, adapto a mis destrozadas zapatillas. Me proveo también de agua y una maquinilla de afeitar (la olvidé de salida) que borre ese aspecto de hombre lobo que vengo arrastrando en los últimos días.                                                                             

   Me aproximo, reconfortado, de nuevo al litoral, por un camino, entre alquerías y huertos, que desciende hasta la playa. Ya en el arenal, atravieso la gola de la Sèquia Mayor por un airoso puentecillo metálico, símbolo visual del municipio, y pregunto a un currante para asegurarme de la información recibida. Me dice que, efectivamente, como a un kilómetro de aquí puedo alcanzar las calles de la urbanización de Les Palmeres.

     Ahora piso la playa del Rey, el nombre me retrotrae de inmediato con la Casa del Rey, un edificio de dos pisos conectado por un puente levadizo con la Torre de la Gola de la Albufera, levantada en 1554, al tiempo que la Torre de la Gola del Riu de Cullera (del Marenyet, en la desembocadura del Júcar) para prevenir asaltos berberiscos. Los hubo muy sonados en 1410 en Cullera, siendo raptados sus habitantes, y de nuevo en 1550. Se conectaba visualmente con la Torre del cabo de Cullera, por el sur, que estaba a una legua (6,7 o 7,125 km., según autores) y con la Torre Nueva de las Salinas, por el norte, a similar distancia.

      Según el informe de Juan de Acuña, era muy grande y cuadrada y se encontraba al principio de la albufera (al sur de la desembocadura de la primitiva gola, única vía de entrada de las aguas hasta el XVIII en que se abrirían otras tres), a un tiro de arcabuz de la mar. El último testimonio de ella en 1921, cuando ya dependía del Cuerpo de Carabineros, habla de su lamentable estado. Actualmente no queda rastro de ella.

                                                                                                  

     Prosigo por suelo firme. Aquí sí que aparece un verdadero paseo marítimo, escueto, pero lo suficientemente prolongado como para permitir un recorrido rivereño y poder llamarle así. Aprovecho la estela de dos paseantes profesionales que deben salir todas las mañanas a hacer sus kilómetros. Me acomodo al ritmo que llevan, que no es muy diferente del mío, y así entretengo la marcha. Tras una sucesión ininterrumpida de apartamentos y torretas de edificios, de no más de tres o cuatro alturas, enseguida llegamos a El Perelló, a un pequeño clareo entre edificios que debe hacer las veces de plaza mayor. Sigue, un poco más adelante, la primera gola de la Albufera, la más meridional, donde desaguan algunas acequias mayores, de suficiente anchura y consideración como para poder contener un pequeño puertecito, con un pintoresco embarcadero, un club náutico y hasta una escuela de vela. Atravieso su airoso puente sobre elevado, existe otro más antiguo a su lado sobre pivotes cúbicos de piedra.

     Pregunto a un currante que faena en el balcón de un edificio en construcción, un sitio para almorzar-comer, un bar de currantes, se entiende. Me orienta hacia el restaurante Gema, para lo cual he de caminar hacia el interior y después un trecho a lo largo de la carretera comarcal, ahora denominada CV-500. El esfuerzo suplementario merece la pena, me hidrato convenientemente con dos águilas oro, tostadas, que me permitirán reanudar el vuelo adecuadamente aprovisionado, más un bocata y un plato de variantes al uso.    

     Decido seguir, con el depósito de carburante repuesto y el ánimo mejorado, la carretera hasta El Perellonet, que dista unos tres o cuatro kilómetros. Cruzo su gola por un pequeño puente, la segunda, y paro a descansar un rato. Llevo 20 km. de ruta hasta aquí.

     El Perellonet se encuentra frente con frente con El Palmar, un pueblo isla rodeado de arrozales situado un poco más al interior, en el actual límite sur de la laguna. Es el típico poblado que aparece en las estampas albufereñas, con numerosas barracas y barcas de fondo plano y perchero, con restaurantes que ofrecen la auténtica paella valenciana o la de conejo, pollo y pato, con el delicioso socarrat (arroz tostado del fondo de la paellera), y el all i pebre (ajo, pimentón, patata y anguila). Tuve ocasión de acudir allí un domingo, hace unos años, invitado por unos amigos valencianos: sufrir el agobio de no encontrar aparcamiento, esperar la comida demasiado tiempo, a pesar de reservar, y, finalmente, hacer la cata (las raciones eran testimoniales)… todo ello para poder disfrutar de ese Parque Temático típicamente valenciano. No me quedaron ganas de repetir.    

      Pasado El Palmar, llego a la altura de donde debía levantarse la Torre Nueva de las Salinas, que protegía las barracas de L´Horta de los alrededores de Valencia, y las salinas de la Albufera, recurso muy valorado por entonces. No confundir con la Torre de Les Salines primitiva, situada cerca, pero más al interior. La construcción de la nueva es posterior al informe de G.B. Antonelli, 1563, que no la cita, y anterior al de Acuña, 1585, que la describe: grande y cuadrada, de tres cuerpos, con un escarpe central y en dos esquinas contrarias tiene dos garitas grandes. Existía un pozo detrás y una casa al norte, en la que se instalaría un Cuartel de Carabineros más recientemente, conocido como Casal del Esplai, junto a la actual Mallada de la Torre. Se encontraba a dos leguas de la ciudad de Valencia. Existe un plano en el Archivo General de Simancas de 1799 donde se describe una nueva torre, que se llamaría de El Saler, proyectada sobre los cimientos de la antigua que en 1771 había recibido el impacto de un rayo, derribándola y dejándola en ruinas. Se planeaba reformar el muro exterior añadiendo otro de refuerzo.

     Parador Nacional de El Saler, zona de La Devesa. Numerosas movilizaciones ecologistas en los sesenta consiguieron salvar parte de la zona de la correspondiente invasión urbanizadora, que me viene precediendo hasta aquí y amenazaba con llegar hasta la misma Valencia. Se creó la Zona restringida de La Devesa, un kilómetro de ancho por diez de largo aproximadamente, donde se mantiene el antiguo sistema dunar y su bosque mediterráneo. Laguna delRacò de L´Olla, con su correspondiente centro de interpretación, 350 especies de aves nidifican aquí, destacando anátidas, patos collverd, cormoranes, gaviotas y garzas, aguiluchos laguneros, gambetas y, en peligro de extinción, el  samaruc y el fartet (ya tuve ocasión de hablar de este pequeño y amenazado pececillo al recorrer el Mar menor).

     Existen varios miradores para apreciar esa excepcional belleza natural, tan cerca de una urbe tan grande, actúan como miradoresembarcadero: en El Palmar, El Saler y Catarroja. Me adentro para disfrutar del de la Gola de Pujol,tercera y última de las aperturas reguladoras del nivel.            

     Sobresaliendo, presidiendo imponentes el horizonte, destacan las airosas siluetas de varios edificios rascando el azul del cielo, son formas de arquitectura orgánica que conforman la Ciudad de las Artes y las Ciencias, levantada por Santiago Calatrava en época de fastos y abundancias. Parecen querer sumarse a la composición las grúas del puerto de Valencia, del grao viejo.

     Precisamente ahí se levantaba la Torre del Grao Viejo, sobre un baluarte previo del XIII, mandado construir por Jaime I. Ocupaba una zona llana en la desembocadura del Turia, controlaba y protegía el acceso a los poblados de pescadores. Existen unos detallados planos del XVIII y en el informe de Acuña la describe cuadrada, con dos torres cilíndricas en dos de sus esquinas y un cobertizo para resguardo de los guardias, bien dotada de armamento: un cañón, dos culebrinas grandes y una mediana, 200 pelotas de hierro y cuatro arrobas de pólvora; y de personal: un artillero, dos atajadores a caballo (que la comunicaban con la del Puig, al norte, y la de las Salinas, al sur) y una compañía de 15 hombres a caballo. Suponía un importante edificio, adaptado en el XVI para armamento de artillería, que se vende cuando deja de ser necesario y fue derruido a mediados del XIX.

       Ando todavía 5 km. de la playa de La Garrofera y de la playa de El Saler, reminiscencia del antiguo saladar y la explotación de las salinas que hubo. Me dirijo al interior, hasta el pueblo, a repostar, restan todavía 4 km de marcha por la playa del Pinedo hasta el mismo puerto, aunque hace rato ya que vengo viendo su silueta: un kilómetro y medio de muro perpendicular sobresaliendo sobre la desembocadura del río Turia.

     Precisamente, hace algo más de un año, febrero de 1920, se ha desechado la ampliación de su frente norte. Se pretendía agrandar el dique de abrigo, de 503 m. actualmente, y aumentar el dragado de 18 a 22 m. Existía una declaración de impacto ambiental de 2007 que lo posibilitaba, pero eran otros momentos y la amenaza climática no se cernía sobre nosotros como la urgente amenaza actual. Existe un pulso entre administración central y autonómica, no entro en detalles porque cambiaran los actores de reparto pero no el guion de sus intereses, esa película ya la hemos visto demasiadas veces y siempre pierden los indios. Quiero suponer que aparecerá el séptimo de caballería en el último momento, en forma de ciudadanos conscientes o asociaciones ecologistas, y, a toque de cornetín, cargará contra los desaprensivos buhoneros que intentan comprarnos con las brillantes baratijas de su oratoria.

     En todo caso, tendré ocasión de contemplar este inmenso puerto, desde ese lado norte, en la próxima etapa. Espero no se demore tanto como las precedentes. Me emplazo a un refrescante chapuzón en una playa de tan pictóricas y perfumadas reminiscencias como la de la Malvarrosa, con permiso de Blasco Ibáñez, o de Sorolla.

7 de mayo de 2021