
Hay que remitir el origen del asentamiento romano de Valentia al lugar que ocupaba un oppidum ibero (ciudad edetana), junto a un meandro del río Turia, en una isla formada por dos de sus brazos, cerca de la desembocadura, a kilómetros de la línea de costa actual. Dato a tener muy en cuenta, como se verá después. La funda el cónsul Iunius Brutus en el 138 a.C. (616 de Roma) para retiro de las tropas romanas licenciadas de las guerras lusitanas contra Viriato, a los que se añaden otros que participaron en las guerras sertorianas –tan importantes para el dominio del litoral, como comenté en la etapa 26-. Su situación estratégica es fundamental por su cercanía a Saguntum, Edeta (actual Lliria), capital íbera en el interior, y Carthago Nova, junto a la Vía Heráclea, que puede remontarse al siglo III a.C. (futura Vía Augusta) que, descendiendo por la costa tarraconense, vadeaba el río en Sucro (cerca de Cullera), se interna hacia La Mancha para descender por el Castulonensis Saltus (Cazorla, Sierra Morena) al valle del Guadalquivir hasta encontrar el Océano.
En las guerras civiles entre Sertorio y Pompeyo, Valentia se decantó por el primero, siendo destruida en el 75 a.C. tras su derrota. La ciudad se reconstruyó en los años 20-15 a.C., durante el Principado de Octavio Augusto y adquirió estatus de colonia civium Romanorum en la primera mitad del I a C. (al igual que lo eran Carthago Nova, Libisosa e Ilici). Su máximo esplendor y desarrollo urbanístico llegaría con las dinastías Flavia y Antonina (II-III d. C).
Han aparecido restos de aquella época: el Foro, situado en la Plaza de la Almoina; destaca el Horreum, al oeste del Foro, un granero para el aprovisionamiento de alimentos; las Termas, de época republicana; el Ninfeo, una fuente ceremonial, al norte del foro; la Curia, al sur, frente al edificio de las termas, sede del Senado Municipal; la Basílica, al sur, era el centro jurídico de la ciudad; una necrópolis, con tres tumbas de época tardo-romana del siglo V y poco más. En uno de los extremos del foro se situaría el templum, posiblemente donde se asienta actualmente la catedral. En diciembre del 2007 se inauguró el Centre Arqueològic L’Almoina en la misma plaza, con una superficie de 2.500 m2, para albergar y dar cuenta de los restos arqueológicos hallados.
También existen rastros de un Circo de época imperial, siglo II d.C., entre los barrios de la Seu y la Xerea, las actuales plazas de Nápoles y Sicilia y la calle de la Paz. Tendría una longitud de 350 m. por 60 de ancho y capacidad para unos diez mil espectadores. Y una necrópolis, además de los enterramientos romanos de la Almoina, más amplia, en la zona del actual Mercado Central y Avenida del Oeste.
La catedral de Santa Maria, lugar de culto desde época romana (existió un templo dedicado a Júpiter o Diana, del que quedan algunas columnas), procede de un templo visigodo, posterior mezquita, en la Balansilla árabe, hasta que en el XIII se levanta el edificio gótico que hoy contemplamos.
Atravieso en bus la ciudad para arrancar pisando arena en la playa de la Malvarrosa, cerca del lugar que ocupaba el antiguo Balneario de las Arenas, una decimonónica institución dedicada a difundir los beneficios de los baños de mar desde principios del siglo pasado. Recuerdo haber asistido hace años a la boda de una pareja de amigos. Algo de aquella estampa antigua sobrevive en las construcciones que quedan. Imagino en blanco y negro virando a sepia, intrépidos bañistas con bañadores de cuerpo entero a rallas horizontales y calabazas en los costados, señoras con parasoles remojándose los pies en sillas al borde del mar, niños bañándose cerca de la orilla, etc.
…aquel balneario de Las Arenas derruido durante la guerra en cuya puerta paraba el tranvía a la Malvarrosa. De su antiguo esplendor quedaba entonces un pabellón de baños a la manera de un Partenón pintado de azul, un cine de verano, algunos jardines arruinados con jacarandas y magnolios, el solario y la piscina con el trampolín modernista en el que se sucedía sin cesar una rueda de cuerpos juveniles, de carnes muy apretadas, que volaban antes de zambullirse en el agua.
No resulta difícil situarse entre los recuerdos de Manuel Vicent, aunque muy poco tienen que ver con ellos los orondos cuerpos que salpican la playa, tomando el sol o paseando, en esta bonita mañana de noviembre. Han modificado sus costumbres y sus atuendos, hoy mucho más exiguos.
No veo niños desnudos jugando con las olas ni adolescentes bronceados faenando por ningún lado, ayudando a sacar las barcas y la pesca junto a caballerías y bueyes. Ya no se sacan las redes de la jábega tirando de las maromas, no lucen deslumbrantes las velas latinas bajo el sol del mediodía. No aparecen las tumbonas de lona de vivos colores ni las casetas de baños para desvestirse. Sorolla pertenece a otra época, como decir otro mundo, a un modo de vida que parece no haber sido, que sobrevive imaginado en las paredes de los museos.
Avanzo complacido por la playa, relamiéndome de gusto, como gato recién comido, con las nuevas etapas que me esperan. Recuerdo haber leído que el nombre se lo puso al lugar un jardinero, Félix Robillard, que compró estos terrenos a mediados del XIX, estaban ocupados por un marjal, los desecó poblándolos de plantas y jardines, entre ellas un geranio llamado Malva-Rosa.
Opto por correr una pesada cortina de terciopelo sobre la historia reciente -me perdería hablando de Blasco Ibáñez, de Luis Mariano (Valeeencia es la tierra de las flores, de la luz y del amooor…, si ya lo sabemos) y de la paella (su origen, componentes, elaboración, etc.) tema que he logrado esquivar al pasar por La Albufera y en el que no voy a caer ahora. Huyo, en lo posible, de los tópicos manidos porque, precisamente, ya están demasiado sobados.
Compruebo, al iniciar la caminata, que aquí todavía es verano. Las terrazas se llenan de parroquianos con manga corta y ropa ligera, disfrutando sus cervezas y sus refrescos. Aprovechando la benignidad del clima, la playa tiene cierta ocupación, hace un sol espléndido, acentuado con el cambio climático, en este veranillo de San Martín.

Cavilo en que han hecho falta más de 500 km. en mi recorrido para cruzar por primera vez una ciudad, una gran ciudad, una capital de provincia, cuestión que pude eludir con grandes pueblos, como Mojácar, Vera, etc. por hallarse un poco al interior, y que esquivé con habilidad a la hora de atravesar Águilas, Cartagena, Alicante, Torrevieja. A partir de aquí surgirán más capitales: Castellón, Tarragona y Barcelona, que pretendo saltar igualmente, sin por ello obviar su historia.
Voy dejando detrás, cada vez más lejos, el puerto, grande de por sí, con un volumen de carga al año de 64 millones de toneladas y casi cinco millones de contenedores, el primero del país y del Mediterráneo, cuarto de Europa en tráfico de contenedores. Atisbo con claridad y rotunda presencia, adentrándose poderosamente sobre la línea del horizonte acuático, frente a mí, el de Sagunto. Será el hito referencial de esta etapa -de puerto a puerto- como lo ha sido el de Valencia en la anterior, desde que doblara el cabo de Cullera.
Me adentro en el territorio conocido desde la antigüedad como Sucronensis Sinus, según Pomponio Mela y la terminología romana. Cuando inicié mi vagar en Almería, transcurrí por el Campus Spartarius, que llega aproximadamente hasta Cartagena. El término Sucro, prerromano tal vez o de etimología latina (similar al río Sicoris/Segre), tiene una acepción geográfica, otra militar y otra viaria. Según los textos clásicos corresponde a un río, a una ciudad y a un golfo y, seguramente, a un nudo de comunicaciones preromano (junto al que acamparon hacia el 207-206 a.C. ocho mil soldados de las tropas al mando de P. Cornelio Escipión Africano para vigilar la zona sudoriental liberada de los cartagineses). Se trata de un lugar implicado, más tarde, tanto en la batalla entre Sertorio y Pompeyo hacia el 7675 a.C., favorable al primero, como en la Guerra Civil del 46 a.C.
Se discute, no obstante, si Sucro es una ciudad o una mansio, sin que ni la arqueología ni la epigrafía aporten elementos suficientes para zanjar la cuestión del estatuto jurídico-administrativo de una localidad que marcó el límite meridional edetano, y cuyo centro rector está en Saiti-Saetabis-Xàtiva, demasiado próximo a Sucro para que ambos ostenten la máxima categoría de oppidum, en el marco habitual de la cultura ibérica. El registro arqueológico de este sector litoral se ha visto seriamente afectado por los cultivos de cítricos y de arroz que, unidos a una intensa ocupación turística del suelo, han enmascarado los yacimientos.
De todas maneras, el concepto de enclave preciso, de emplazamiento, que tenemos a partir de la Edad Moderna, no es necesariamente el mismo que había entonces. Ya lo comenté al llegar a Denia, Daenia (denominada Hemeroskopeion, que era compartido por varios sitios) aludiendo a un artículo aclaratorio de J.F. Fernández Nieto.

La desembocadura del Sucro, hoy Xúquer, en Cullera, regía el sector meridional de la antigua Albufera, abierto al flujo comercial desde época fenicia, como muestran algunos hallazgos subacuáticos en La Punta de la Illa (Cullera) como puerto exterior suyo, bien comunicado con el interior a través del principal eje fluvial, el río Júcar, que da nombre al territorio: Sucronensis Sinus. El límite sur de esa denominación lo marcaría la sierra de Segària, en torno a la cual El Passet de Segària (Beniarbeig-Benimeli), El Castell d’Ambra (Pego), El Coll de Pous (Dénia), La Penya de l’Àguila del Montgó (Dénia) y La Plana Justa (Xàbia) son los núcleos habitados de referencia en la etapa ibérica. Y al norte, lo establecería Acre-Sagunto.

Importa, sin embargo, remontarse más, conocer el proceso de configuración geológica del golfo de Valencia, su evolución a lo largo de los últimos milenios, para entender la historia de los pueblos que lo habitaron, su poblamiento, su importancia comercial. Antes del 6000 BP aparecían estas costas mucho más recortadas porque el nivel del mar era entonces bastante más bajo y los cursos fluviales estaban mucho más encajados. A partir de entonces ascendió debido a la transgresión posglacial (Flandiense) posterior a la última glaciación, llamada Würm. Como se trata de una costa baja, se produjo un llano de inundación en la que surgieron muchas albuferas, lagunas y marjales, hasta que, hacia el 3000 BP, se estabilizó el clima y la dinámica del litoral, quedando su conformación actual.
Los ríos Palancia, Turia y Júcar tienen, como la mayoría de los cursos mediterráneos, un régimen torrencial, con crecidas extraordinarias que aportan sedimentarios que determinan la evolución costera y playera. Al elevarse el nivel del mar, en sus desembocaduras se formaron estuarios y nuevos abanicos deltaícos que fueron generando cordones litorales, restingas, depósitos de materiales que actúan como diques cerrando las lagunas litorales.
Se fue conformando una llanura aluvial que ocasionó que antiguos puertos o enclaves que actuaban como tales, escalas de aguada, como Torre la Sal (Cabanes), Valentia, Albalat de la Ribera o Dianium, quedaran alejados del mar. Se ha comprobado con sondeos de sedimentos, y en base a la presencia de materia orgánica y determinadas conchas de moluscos, así como con excavaciones arqueológicas.
En consecuencia, el paisaje de las inmediaciones del mar en época ibérica, VI al I a.C. grosso modo, fue el de una costa baja salpicada de marjales, con muy escasos accidentes orográficos proyectados hacia el mar y, por consiguiente, con pocas calas y abrigos donde encontrar áreas de resguardo. Destacan elevaciones, tossales, en el golfo valenciano: Punt del Cid (223 m), Castell d’Almenara (160 m) , Castell de Sagunt (178 m), Castell de Cullera (232 m) y, en el límite sur, el Montdúver (Xeresa-Xaraco) (841 m) y el Montgó (Denia-Jávea) (753 m) vistas desde el mar, junto a otras que propician asentamientos mayores y estaciones marítimas como el propio Sagunto, Cullera y Denia. Hacia estos puntos confluyen rutas procedentes del interior, principalmente a través de ríos y barrancos que facilitan el acceso hasta la vía marítima.
Habré de ir atento para identificar elevaciones de cerros testigo y altozanos en las sierras que enmarcan esta extensa llanura litoral, en las primeras estribaciones de la sierra Calderona (detrás de Puzol y Sagunto), de la sierra de Espadán (tras Vall de Uxó y Moncofar), sierra de la Balaguera, con la Magdalena en primer término, origen de Castellón, y Montornés. Todo un rosario de montañas engarzadas que rodeanla comarca de la Plana y se prolongan con la sierra de Los Santos (en el Parque Natural del Desierto de las Palmas, Benicasim), hacia la costa dando lugar a la sierra y cabo de Oropesa. Y aún, más al norte, habré de buscarlas en el Parque Natural del Prat de Cabanes-Torreblanca, que finaliza en la Sierra de Irta, pegada a la misma costa, que preludia el llano que conformara la extensa Depresión del Ebro.
No es difícil suponer que esta costa baja y amplia se inundara, ocupada por la arribada de ríos y torrentes, y formara abundantes marjales, lagunas litorales de agua dulce, pantanales, influidos también por el avance y retroceso del nivel del mar. Así que cabe considerar que antiguamente no existía este territorio que ahora piso. Cual atrevido mesías, se podría decir, que camino sobre las aguas, si nos remontásemos tan solo unos siglos, algunos milenios. La zona era rica, por tanto, en vegetación, pastos, caza y pesca, como atestiguan los restos de un yacimiento ibero, edetano, en el Cabañal. La capital de este pueblo íbero, Edeta, se ha hallado en la actual Llíria.
Eso voy pensando mientras recorro la playa de la Patacona, de Alboraia. Son días y horas, media mañana, de pasear al perro, aunque no se sabe bien, ni importa demasiado, quién pasea a quién. Atravieso ahora la primera gola, el desagüe natural del marjal. Me descalzo para cruzarla y tomo un primer contacto con el líquido y amado elemento.

Alcanzo enseguida Port Saplana, donde se revea otro concepto turístico, un intento por prestigiar al veraneante de barquito y yatecito, un remedo veneciano de los canales con chalecitos coloridos y pintorescos entorno, que no palacios. Buen intento, por lo menos rompe la monotonía constructora de las moles descomunales y las urbanizaciones de adosados similares unas a otras. Aunque no colma, se agradece el intento, algo más humanizado y accesible que lo visto y repetido anteriormente.
Unas mandarinas para hidratarme. La referencia, el hito a alcanzar hoy, es el descomunal puerto de Sagunto que se encabalga sobre la línea del horizonte costero adentrándose poderosamente en el mar cual sierra de silos y depósitos, llegando bien adentro, a modo de isla flotante, de península artificial. Las moles esféricas de la refinería y las grúas descomunales se pueden apreciar con todo detalle y desde más atrás incluso, dos o tres etapas antes hubiese podido verlos de no ser porque el puerto sur de Valencia y la costa, al doblarse ligeramente, lo impedían. Cargueros, buques de mercancías repletos de contenedores lo ocupan, y aún aguardan su turno otros fuera de puerto, resaltando su figura maciza, cúbica, como flotantes edificios en medio del agua.

Ando por la orilla del mar, pero sin verlo, sustraída la visión por una especie de Muro de Adriano, de dos o tres metros de alto por ocho o diez de ancho, de ciclópeas piedras bien asentadas sobre gravas que hacen por contener las envestidas de los bárbaros en Britania. Aquí por sujetar las acometidas de un mar demasiado próximo, de unos temporales que, de no ser así, invadirían la Autovía A-7, que transcurre paralela, aquí mismo. Encarcelado entre uno y otra hasta poco antes de Playa Puebla de Farnals, donde se separa y adentra la autovía en dirección al Puig, me aguarda algo más de una hora de camino en este pasillo de circunstancias.

Diviso el Monasterio del Puig a unos kilómetros tierra adentro, al alcance de la mano, de las piernas en este caso; una media hora, de darse bien. Pero vuelvo al mantra del peregrino marítimo que resuelve el dilema que me asalta a menudo: soy marítimo, acuático, ya han comenzado a aparecer membranas interdigitales entes los dedos de mis pies, no puedo virar tierra adentro, aunque esté muy justificado, no debo desviarme, abandonar el litoral, Neptuno se vengaría de mí al alargar en demasía la etapa enviándome agujetas feroces.
Como digo, el pueblo se encuentra bien al interior, a buen recaudo, fue reconquistado por Jaime I en 1237 el conocido como Puig de la Cebolla. La urbanización en el litoral es muy reciente. Torre del Puig o Torreta o torre de Çebolla se sitúa en la orilla, aparece citada en el informe de Antonelli de 1563. Troncocónica, de piedra roja rodena, de 6 m. de diámetro en la base y 8,5 de altura, con dos o tres plantas (al no estar abierta, como la mayoría, no puedo comprobarlo) y bóvedas de media naranja, profusión de arpilleras y troneras enfocadas hacia abajo. La puerta en altura se tapió, la actual es reciente. Se restauró ampliamente en los noventa y se sobre elevó el parapeto de la terraza, que no estaba preparada para la artillería. Comunicaba con la torre del Grao de Valencia, por el sur, y con la del Grau Vell de Sagunto, por el norte.
Tras pasar la playa de Puzol, alcanzo el Marjal de los Moros. Un perfecto ejemplo de conservación, con viales, observatorio de aves, pasarelas, miradores, etc. Se originó partir de un primitivo estanque, l’Estany de Puzol, regulado por una gola, situada actualmente en el extremo meridional del marjal, cerrado por una restinga frontal arenosa. Se compone de dos sectores, el de los Moros, de 1 km de ancho por 2,5 de largo al norte y el de Rafael y Vistabella (amenazado por una promoción urbanística). Al sur se prolongaba hasta el río Turia como Marjal de L´Arrif.

Sabemos que las zonas inundadas y humedales se ocasionaron, en gran medida, por la contención de restingas o barreras de arena y cantos, con mayor o menor anchura, procedentes de los sedimentos que arrastraban los ríos, depositados, devueltos esos materiales por la acción de las corrientes marinas y los vientos, casi ininterrumpidamente a lo largo de la costa. Eso ocurría desde la parte norte del cauce del Turia y sus acequias derivadas, frente a Paterna, hasta el sur del río Palancia, que atravesaba Morvedre (hoy Sagunto), en el Grau Vell. Y aún más al norte continuaban con el marjal de Almenara.
Existen vestigios de la existencia de una red de acequias medievales de drenaje, posteriormente abandonada, que ayudó a la primitiva colonización del espacio palustre tras la reconquista, en el siglo XIII. El ingeniero Diego Gordillo en 1883 realizó un proyecto de saneamiento del marjal, con el trazado de seis nuevos canales, cinco de ellos perpendiculares a la línea de costa y otro paralelo a la restinga. Además, se debían abrir dos nuevas bocanas (golas), protegidas por una pequeña escollera en su orilla norte. Las obras se realizaron en 1894 y permitieron poner en cultivo más tierras, mayoritariamente para el arroz, cosechas de hortalizas en las zonas mejor saneadas, cultivos de temporada y algunos frutales. La superficie de cereal varió de año en año a lo largo de nuestro siglo, en función de la disponibilidad de aguas de riego y las fluctuaciones del mercado.
Durante las décadas de los sesenta y setenta, la mayor parte del humedal entre los ríos Palancia y Turia fue objeto de diversas operaciones urbanísticas, desapareciendo buena parte de sus espacios. La conservación de la Marjal de los Moros se debe precisamente al fracaso de una de estas operaciones de transformación industrial, el proyecto de ampliación de los Altos Hornos del Mediterráneo, que no llego a completarse en su totalidad aunque ya se habían expropiado los terrenos, allanados y limpiados de cobertura vegetal. Con el tiempo la vegetación fue regenerándose, volviendo a nidificar aves migratorias y propiciando la aparición de un hábitat muy valioso para especies endémicas o en peligro de extinción: el samaruc, la cerceta pardilla o la canastera, etc. De ello tendré ocasión de hablar más adelante con un vecino del barrio de pescadores del Grau Vell.
Me voy acercando al grao de Sagunto. Arse-Saguntum tenía su zona portuaria en el Grau Vell, donde se han documentado vestigios desde el siglo VI a.C., nada menos, una zona activa y cosmopolita que se aprovechaba de los tráficos comerciales que unían Eibissa, las ciudades del estrecho de Gibraltar, Empúries y Cartago. Las zonas portuarias gozan de instalaciones religiosas bien para sancionar las actividades comerciales, bien para establecer espacios rituales en los que los marineros pudieran realizar votos relacionados con la navegación. Los puertos se convierten en espacios comerciales y autónomos puesto que los navegantes los reconocen como lugares neutrales y hospitalarios y, por ello a veces se separan físicamente de las ciudades, como sería el caso.
Se sospecha que los antiguos habitantes de la isla jonia de Zakynthos (Zante), griegos, participaron en la colonización del Mediterráneo occidental helenizando Saguntum. El estudio arqueológico del oppidum y del Grau Vell lleva a considerarlo como establecimiento íbero, edetano, que había comerciado con Marsella, un asentamiento griego también. Pero tras la victoria de Roma sobre Aníbal, Arse consintió en unir a su nombre el de Saguntum, que acabó prevaleciendo, aunque se refleja, por sus importaciones y por sus monedas, una clara actitud filo-helénica a partir del siglo IV a.C.

El puerto original saguntino, en la restinga del Udiva, según Plinio, hoy río Palancia, se realizó en lo que actualmente ocupa el caserío, barrio de pescadores, del Grau Vell, con elementos constructivos asociados prerromanos descubiertos en excavaciones terrestres y submarinas entre 1974-2002: existió un torreón para vigilancia costera de 5 x 6,8 m, conectado por un vial pavimentado que llevaba al muelle y un dique de unos 15 m. de anchura y 130 de longitud que se adentraba en el mar formando una estructura redondeada al final, así como numerosas ánforas para el transporte de vino. Activo desde VI a C. hasta nuestros días, en el siglo XVI se traslada unos metros más al sur. Y en 1906 se sitúa el actual puerto comercial.
Las dos únicas habitaciones excavadas en el Grau Vell revelan que en sus inicios fue un espacio de hábitat, si no continuo, al menos sí de ocupación estacional, que pronto se convirtió en un asentamiento permanente. Los bienes en tránsito, que llegaban a él, eran redistribuidos bajo el control de Arse-Saguntum. Se trata del único puerto ibérico identificado en la costa central valenciana, aunque el fondeadero del Cabanyal-Malvarrosa parece indicar otro punto antiguo de tráfico marítimo internacional, unas millas más al S.
Completando el panorama portuario pre-romano tenemos La Albufera, en la desembocadura del Turia, Palus Naccararum, con una pequeña isla fértil, accesible desde el mar, excelente lugar de aguada donde fondeaban naves cuyas mercancías podían distribuirse siguiendo el antiguo cauce del Turia o por las rutas de los barrancos que desaguaban en el lago. Más al sur, en el cabo de Cullera, la desembocadura del Sucro, hoy Xúquer, controla el sector meridional de la antigua Albufera. Estuvo abierto al flujo comercial desde época fenicia, como muestran algunos hallazgos subacuáticos, con La Punta de la Illa (Cullera) como puerto exterior, bien comunicado con el interior a través del principal eje fluvial de esta zona, que da nombre al sucronensis sinus, navegable en su curso bajo.
Finalmente, los marjales de La Safor y de Oliva-Pego, con los yacimientos de La Vital (Gandia) y El Castellar (Oliva), y todavía la sierra de Segària con el Passet, el Castell d’Ambra (Pego), El Coll de Pous (Dénia), La Penya de l’Àguila del Montgó (Dénia) y La Plana Justa (Xàbia), son los núcleos habitados de referencia para la etapa ibérica. Constituyen el límite meridional de lo que fue el final de la extensa laguna que se extendía hasta Valentia y hacia más al norte hasta Arse-Saguntum y aún más, como tendré ocasión de comprobar en las siguientes etapas.

Arribo al final de esta ajetreada etapa, en cuanto a relevancia histórica. Llego a la Torre del Grao Viejo o de Murviedro, nombre antiguo de Sagunto, y antes, designando la villa que se extendía a los pies del castillo, a unos seis kilómetros al interior de donde me encuentro, luego en el XIX pasaría a denominarse definitivamente Sagunto.
Se levanta la torre en 1562-63, Juan Acuña en 1585 en su informe hace la primera referencia y descripción: cuadrada, de unos 6 por 7 m., de 10,70 de altura, dos pisos, terraplenada hasta media altura, el inferior macizo, relleno de cantos y gravas con cal, no siendo precisos para guardar los caballos ni como almacenes o aljibe ya que dispone de estancias anexas para ello. La primera planta alojaba a los atajadores y sobre ella hay una terraza con una garita que guarda la puerta, a la que se accede por escala de mano. Disponía de una pieza de artillería, junto hay un reducto grande con almacenes para guardar mercancías.
Contaba con dos guardas con arcabuces y dos atajadores de a caballo, que llegan hasta la Torre del Puche (Puig) y desde ella a la del rio Morvedre, en el interior (sería la del castillo de Sagunto o la cercana Torre del Roc). En 1673 se modifica su trabajo: uno se dirigirá al norte, hasta Fornas, donde se encuentra con el atajador de la Torre de Canet, y el otro hacia el sur hasta la acequia de Puzol, donde contacta con el de la Torre del Puig, medio camino, se supone. Ya lo he comentado en otras ocasiones: los atajadores, a pie generalmente, salían de su torre asignada hasta la siguiente a comprobar que no había barcos piratas escondidos en calas o en reductos de difícil visibilidad, que no habían desembarcado moros o que no se acercaban desde alta mar. Junto con uno o dos soldados, constituían la dotación de las torres de guaita o de vigía.
A la torre originaria se añadiría una tapia de piedra, un cercado simple que protegía a la población asentada en la orilla del mar de los frecuentes ataques piratas. Después, a finales del XVIII, se convirtió en importante baluarte de la defensa del Reino de Valencia, habiendo de dotarlo de la batería, foso (precedido por un glacis o explanada), oficinas, casas y dependencias que lo convierten en un fortín con una batería a barbeta, más baja que la torre, rematada con una azotea plana para alojar tres cañones, según rezan las ordenanzas emitidas por Carlos III de 1780.
Pregunto a un transeúnte, Eduardo, que me asegura que no hay paso para atravesar las instalaciones portuarias de la refinería, que lo perdieron. Los habitantes del barrio lo vienen reclamando desde hace años, pero las autoridades locales y las de la Central de Ciclo Combinado de Repsol se hacen los locos porqué no les interesa e intentan, incluso, con toda la normativa municipal a su alcance, reducir los arreglos y actualizaciones de las pocas viviendas de pescadores que forman el barrio, con el propósito de hacerles la puñeta y conseguir que se degraden hasta desaparecer. Así que me orienta para llegar al hotel que tengo reservado en el puerto, que no es cosa fácil. Me cuenta, de paso, la historia de los Altos Hornos del Mediterráneo, antes de Vizcaya, que cerraron en 1984, daban salida marítima y luego transformaron con su siderurgia, el mineral de hierro procedente de la Compañía Minera de Sierra Menera que explota el yacimiento de Ojos Negros (Teruel). Me habla de los años buenos de su infancia, había trabajo para los hombres y prosperidad para el puerto de Sagunto. Comenta la rivalidad con los saguntinos del interior: ellos valenciano-parlantes, estos castellanos, obreros emigrantes mayormente, aquellos con huertas, dinero y tontería.

3 de noviembre de 2021