2º jalón San José – La Isleta 13 km

       

Me despierto tarde para lo que es mi costumbre -el cuerpo sabe-, desayuno bien y salgo pasadas las 10 h. Es domingo, noto el bullicio de gente por la calle, se aprecia la llegada de nuevos contingentes turísticos aprovechando el comienzo de las vacaciones de Semana Santa. Dejo el pueblo remontando unos kilómetros de la única carretera que entra a San José, queda a la vista una explanada interior rodeada de cerros y entrecruzada de caminos que se conoce como los Llanos de doña Francisca. Esos parajes y los cortijos de los alrededores sirvieron de escenario para  numerosos espagueti westerns como El bueno, el feo y el malo (1966), Johnny Yuma (1966), Desafío en Río Bravo (1964), La muerte tenía un precio (1965) y muchos más, como un Stoney Point de Los Ángeles que sirviera para iniciar el género en España; aunque dan más con el tipo de poblado mejicano o fronterizo, creo yo. Confieso que no he visto jinete solitario sobre su caballo, derrengado con el peso añadido de algún cadáver colgante, ni más pielroja que la jeta de algunos guiris sobreexpuestos que podrían pasar perfectamente por sioux o cochises en pie de guerra. Así que, intuyo, mucha de la magia del cine –por no decir, casi toda- es añadida y maquillada.    También se sitúa en la zona parte del rodaje de El Verdugo (1969) de Luis G. Berlanga, no recuerdo cual pueda ser; la exitosa serie Curro Jiménez, repuesta hasta la saciedad en televisión, y la mundialmente famosa Juego de tronos, comparte ese honor nada menos que con la volcánica y tortuosa Islandia. Si añadimos los escenarios del Desierto de Tabernas, más allá de Níjar, al otro lado de la sierra de la Alamilla, que recrean –con mayor fidelidad- el desértico oeste norteamericano resulta que la provincia de Almería debe ser la más utilizada -y con diferencia- en la industria cinematográfica, tanto por los directores norteamericanos e italianos (Sergio Leone a la cabeza) que la descubrieron en los años sesenta, como por los españoles. Se me antoja un excelente plató de rodaje a cielo abierto (despoblado, bien comunicado y económico para los productores) en el que ahora yo me propongo rodar, más que una película, un particular documental. Por un carril ancho de piso bien alisado, transitable por vehículos, rodeo las inmensas moles de los dos Frailes, dos tondos volcánicos con apariencia de capuchones monacales, que como dos pirámides sobresalen hasta casi los quinientos metros, 409 y 492 exactamente (la de Keops apenas alcanzaba a los 150) y que tendré a la vista durante varias etapas. Dos gruesos pezones con areolas poderosas que presiden el Parque Natural y me ayudarán a referenciar las distancias recorridas hasta que consiga alcanzar otro hito sobresaliente en la lejanía, la Mesa de Roldán.

      Dispersos por el paisaje aquí y allá se alcanzan a ver huellas de cortijos y caseríos que surgieron como poblaciones campamento a partir del siglo XVIII al abrigo de las nuevas fortificaciones que fueron levantando los Borbones para hacer más seguras estas costas.

      El camino me acerca a la orilla del mar, discurre por debajo de la Torre de cala de la Higuera, un cono despuntado perfecto. Protegía la cala del mismo nombre que tiene fuente de agua y supone un apreciado refugio frente a los temporales de levante, como la de Monsul. La sufragó en 1497 Pedro Padilla a cambio de obtener para su hijo el cargo de teniente de infantería en el batallón de Puerto Rico. Se empleó bastante ladrillo por lo inaccesible del terreno para subir piedra, lo que también me disuade a mí de hacerlo. Además la veo muy bien desde aquí, se encuentra desmochada y rota por un lado. 

     Desde estas alturas se me ofrece una visión espectacular, nítida, de la quebrada línea costera repleta de avances y retrocesos, envites y renuncios, osados peñascos que se arrojan contra las aguas y arenas cobardes que reculan frente a su acometida. Describe todo ello una liturgia de desencuentros y abrazos cuya alternancia enamora. Diviso perfectamente el fortín de Los Escullos, ahí delante mismo, la Isleta del Moro, el  morro oscuro que da nombre a la aldea de Las Negras y, al fondo, el gigantesco yunque que dibuja la Mesa de Roldán. El camino transcurre como una trinchera abierta tajada sobre las laderas, asoma la piedra blanca que más adelante tapiza una amplia extensión descarnada conocida como la mina de los Murcianos: una mina de ceolitas a cielo abierto. Una roca que se hidrata y deshidrata con mucha facilidad, utilizada como absorbente comercial en el refinado de petróleo; cosa que ya se realiza artificialmente lo que produjo su abandono. Algún poeta o visionario se ha entretenido en dibujar una cara con apariencia budista de serenidad para presidir la amplia hondonada -como lo harían unas pinturas rupestres sobre un roquedo prominente o la cruz o el santo que aparecen sobre  montañas próximas a tantos y tantos pueblos-. Con muy pocos rasgos, apenas cuatro líneas (dos párpados entornados, una línea vertical entre ellos por nariz y una boca arqueada plácidamente sonriendo) ha conseguido un efecto mágico que añade intención e interés, personalidad, a este paraje inmaculado. Destaca un circulito en medio de donde estarían las cejas, el bindi hindú (el tercer ojo, la mirada introspectiva que nos pone en contacto con el universo) con el emblema de la paz. Se entrevén con dificultad unas letras a un lado, fuera de la faz,  RIBIBADO 69 o algo así, reclamando la autoría, y un corazoncito con dos M dentro.   

    Al remontar un trecho se abren ante mí varias de las conocidas como playas en abanico, formadas por el rápido descenso de las aguas de torrenteras ocasionales que en estos empinados litorales tienen un gran poder excavador y erosionan con potencia las cuencas altas de las sierras, para ralentizarse después y finalmente depositar los materiales arrastrados en la orilla formando playitas abiertas, conchas de escasos metros entre las paredes y los roquedos predominantes.

     Alcanzo enseguida el castillo-batería de Los Escullos, conocido como Fortaleza de San Felipe, que en un principio se dudó en instalar en el siglo XVIII en la Isleta, guarda la playa del Embarcadero o del Esparto, al sur, y la del Arco, al norte. Domina una gran extensión de litoral y, sumado a la fuente del Pozo de los Escullos y a abundantes aguas subterráneas de la rambla, permitió el asentamiento definitivo de población. El edificio en forma de pezuña de buey se restauró en 1991, convirtiéndose en un mudo Centro de Interpretación del Parque, otro, además cerrado como viene siendo costumbre. 

         “Es un poblado mísero, asolado por los vendavales, cuyas casas crecen sin orden ni concierto, lo mismo que hongos. No hay calles, ni siquiera veredas que merezcan tal nombre. El coche encalla en un regajo y nos apeamos frente a la escuela (…)   El viento hace casi perder el equilibrio y trepamos a gatas por las rocas. El oleaje choca sordamente contra la playa. El mar está rizado como un campo de escarola y el aire huele a podrido y a brea. El castillo se alza sobre unos peñascos, al borde del litoral. Parece hermano gemelo del de Garrucha, pero nadie se ha ocupado de él y está medio en ruinas. Los torreones se mantiene apenas en pie y lo que se conserva del parapeto es solo un recuerdo nostálgico. Cuando era niño -dice mi acompañante-, venía a jugar siempre aquí. La torre del homenaje no había caído todavía y las almenas estaban intactas. Al dar la vuelta al recinto me explica que, treinta años atrás, los propietarios veraneaban en él y organizaban recepciones y bailes. 

  –Me acuerdo como si fuera ayer del día en que se casó doña Julia. En la explanada había más de cien coches y los invitados no cabían en la capilla.   Ahora la hierba medra en medio del patio y los lagartos toman el sol sobre las piedras. La capilla se ha convertido en corral; la puerta está cerrada con candado y, dentro, se oyen cacarear las gallinas. La antigua habitación de los dueños dormita en la penumbra y, cuando quiero visitarla, mi acompañante me lo impide.  

–No entre usted.  

–¿Por qué?  

–Está negro de pulgas. El año pasado me asomé una vez y estuve rascándome todo el día.” 

   Quedan en sus alrededores algunos noctámbulos residuales de la fiesta de anoche en una discoteca al aire libre anexa, se mezclan con los turistas de un rato que vienen a ver la fortaleza y a fotografiarse sobre estas rocas. Una de ellas sobresale erosionada por los vientos y el salitre como un trampolín, como una pasarela apuntando al mar; se recortan sobre ella siluetas de novias, esposas y niños en el visor de las cámaras.   
     Me entretengo en otro tipo de erosiones, estas producidas por la mano del hombre. Sobre el montecillo pétreo, detrás de las cuatro casas existentes, perviven recintos rectangulares de escasa profundad, escalonados a diferentes alturas, parecen hechos para sustraer la sal de agua o para elaborar garum, la socorrida salsa con que los romanos condimentaban casi todos sus platos (algo así como nuestra mahonesa). No se hace difícil imaginar la morralla de pequeños pescados, las tripas y vísceras de los atunes, secándose al sol y descomponiéndose para producir tan codiciado condimento. Tendré ocasión de volver a encontrarme con estas factorías más adelante en los conocidos como baños de la Reina en la Torre de la Horada, en Moraira junto al castillo. La mayor parte de la producción del garum de Hispania iba directamente a Roma, en tanto aprecio lo tenían.
     Tengo al alcance de la mano la Isleta del Moro, a unos pocos kilómetros, destino final de la etapa. Así que puedo demorarme, la ruta de hoy será corta; incluso, si llego pronto, es posible que me plantee alargarla hasta Rodalquilar. Me deleito con la vista desde los cerros, abajo las aguas transparentes, purísimas, incorpóreas, inexistentes, permiten contemplar cada detalle de los fondos rocosos, cada mata de algas, cada roca, cada poza y, si pongo la debida atención, cada criatura que los puebla. Me resulta casi imposible resistir la tentación de un refrescante baño aunque no hace mucho calor, zambullirme desde uno de estos pedruscos. No imagino placer mayor. Pero me resisto a romper el buen ritmo que llevo y considero lo rocoso de esta costa y el peligroso golpeteo del oleaje. Me hago promesa de baño que postergo hasta mi llegada en una cala a resguardo de la Isleta del Moro, en la playa del Arco. Así será.    

      Llego al pequeño pueblecito que no ha perdido un ápice de su encanto y compruebo que aquí ¡ya ha llegado el verano! Todos parecen saberlo aunque el calendario diga otra cosa. Mañana oficialmente entra la primavera, pero aquí todos intuyen que, en realidad, es el verano el que comienza (hay una primavera prolongada casi todo el año, que el estío acrecienta y el otoño atenúa sin llegar a hacer frío después). Se ve gente forastera por las callejuelas, en la playa también, los coches llenan los escuetos aparcamientos existentes, las terrazas de los bares están al completo y aún los escalones de las puertas próximas son ocupados, en los restaurantes las papeletas con las reservas copan todas las mesas y el fondo del fumé de pescado para arroces y paellas burbujea por litros en sus cocinas perfumando sustanciosamente el entorno. De todos lados llega un bullicio vacacional, una alegría descorchada que multiplica las ganas de olvidar las rutinas absorbentes.

      Me doy un baño para celebrar mi llegada, pocos osan imitarme, se conforman únicamente bien con despojarse de sus ropas y tomar este sol besucón. He de nadar para no enfriarme. Suponía que a estas horas, mediodía pasado, las aguas remansadas de la caleta se habrían calentado, pero no. Con todo, no está tan fría como en el cantábrico en verano, un suponer. Disfruto orgulloso de este baño de invierno, de último día de invierno, mañana cambia la estación, aunque por aquí lleve semanas asomándose.  

   Por todos lados se aprecia el arribo de turismo, bulle por las callejas y la placita un reconcome, una jarana de gentes deseosas de esparcimiento, de visitantes de un solo día que hacen una ruta en coche, aparcan y se dejan atrapar por el encanto de estas casitas de pescadores que todavía conservan lo esencial de su fisonomía. Casitas cúbicas encaladas, con vanos pequeños y terraza encima, que años atrás alquilaban los habitantes a los primeros turistas para sacarse unas perras fundamentales. A su entrada cuenta ahora la aldea con invasivos apartamentos adosados y chalecitos de dudoso gusto, no en número tan elevado como para quebrar el sosiego y la belleza tradicionales del lugar.   

Repongo, una cerveza y una tapa de atún rojo, exquisita. Otra fresca más y una ración de sepia después. Unos cuantos pescaitos fritos bastarán para completar una comida. Me apetece un cigarrito y un café. Pregunto al camarero del restaurante, donde además me alojaré, si conoce el asiático, típico carajillo murciano de licor 43 y coñac, pero no ha habido suerte, no llega hasta aquí su jurisdicción. Otro día será. 

     Me había planteado continuar la andada hasta Las Negras, todavía queda día y fuerzas, serían unos 18 km más, unas cuatro horas sin mucha detención, pero el calor me disuade y me invita a integrarme como uno más en la plácida algarabía reinante. 

                                                                                                    20 de marzo de 2016