
Inicio la etapa de hoy en la frondosa desembocadura del río Palancia, modificada, anulados sus dos caudalosos brazos, con un cauce residual apenas. Lo suficiente para sostener una arboleda decorativa, un parquecillo playero. Ya se sabe, las presas y pantanos han acabado con los cauces tradicionales, retienen y distribuyen el agua para una mayor regularización y mejor aprovechamiento, pero…
Es necesario dar cuenta de la existencia de la torre de Canet, hoy desaparecida, aparece en un plano de 1783. Sita en la desembocadura, por el lado norte del río Palancia, en el llamado cabo de Canet, fue destruida por una avenida del río en 1787. El emplazamiento, en la L´Illa, se encuentra actualmente cubierto por sedimentos. Se elaboró un proyecto para protegerla con un muro en forma de cuña de las frecuentes avenidas del río Morvedre o Palància. Era hexagonal, con un edificio adosado cuadrado.
Un poco más al interior, a 300 m., sobresale un faro, el más alejado de la costa en la Comunidad Valenciana, de airosa y esbelta figura. Se eleva hasta los 30 m., fue construido entre naranjos en 1904 y hoy se encuentra ahogado por urbanizaciones.
A lo largo de un tramo libre de edificaciones, al menos en primera línea, me cruzo con paseantes matutinos, gente mayor principalmente (duermen poco-madrugan mucho), corredores tempraneros, paseantes de perros… Suele ser la fauna que encuentro siempre a estas horas.
Enseguida Canet d´ En Berenguer, el panorama cambia. Prosigo por la playa, cosa que no hacen los caminantes aeróbicos, desprecian ese magnífico escenario transitando asfalto, acera y carril bici, antes que arena y dunas, una visón constreñida entre edificaciones en vez de amplios horizontes naturales. No lo comprendo, salvo que quieran ver y ser vistos. Yo valoro la extensión de la ancha playa, olvidada en su belleza y esplendor. Aunque domesticada y cosmética no por ello se empaña la grandiosidad de este mar adormecido, todavía a estas horas, despertando, estirándose, y del celeste cielo refulgiendo sobre él, reflejándose mutuamente, silbándose y piropeándose el uno al otro en un cuadro abierto al infinito.
Desperdician transitar por solo unas decenas de metros más allá, sobre en esa alfombra mojada, aunque firme. Mejor para mi propósito, no encuentro estorbos ni obstáculos físicos ni visuales, camino complacido a todo lo largo y ancho de este primoroso arenal.
Se suceden sin solución de continuidad torres de apartamentos, urbanizaciones, chalets adosados, jardincitos artificiales entre ellos, palmeras y otras plantas decorativas, algunas terrazas de bar desplegadas y hoteles cerrados. Razón de más para dejarlos de lado, obviarlos y proseguir a la orilla del mar.
Unas incipientes, escuetas y solitarias dunas protectoras, como borregos en fila que no forman rebaño, a modo de murete arenoso, separan ese maremágnum constructivo del comienzo de la playa. Se extienden a todo lo largo del arenal, constituyendo unas mal llamadas micro-reservas. Son mini enclaves residuales, testimoniales, que sirven para contener la arena y reproducir, de paso, algunas plantas autóctonas de las muchas que hubo antes de ser arrasada la zona. Encuentro demasiada carcelería institucional, que quiere parecer explicativa y resulta, más bien, publicitaria.

Perdida la referencia delante, enfrente de mi caminar, que no detrás, donde se recorta la península-puerto de Sagunto, entreveo una silueta montañosa familiar. Conocidas y estimadas desde hace muchos años, surgen las Agujas de Santa Águeda, a la espalda de Benicasim, apenas unos picos de piedra rodena rojiza sobresaliendo entre otras sierrecillas de mayor envergadura. Marcaran el final de la etapa de mañana.
Atravieso la Sequía del Rey, bien canalizada, como la mayoría de las que atravieso, con paredes de cemento u hormigón y sus correspondientes compuertas. Llego, un kilómetro más allá, a la Sequia del Racó, en las Casas de Queralt, una aldea formada por típicas viviendas de planta baja, casitas de veraneo antiguas, de pescadores, perfectamente alineadas. Suponen un soplo de vida menuda entre tanta monstruosidad constructiva, un verdadero alivio.

En mitad de su acequia, según me explica un abuelo, se dibujó el límite municipal y provincial. Aunque no atiendo a esos pormenores, comprendo que he ingresado en la provincia de Castellón. En adelante me restan unos 120 km. para recorrerla completa, unas seis etapas, y espero, por primera vez, que de una tirada. Cuento con suficientes días, si no surge ningún problema, para llegar a Vinaroz.
Tras abandonar el poblado, amenazado por las arremetidas del mar, caminando paralelo a un cordón dunar, una playa virgen, encuentro más adelante otra playa, ahora de guijarros, y en ella excavadoras que se afanan trabajando. Creía que adecentándola, pero dos guardias municipales, que andan por aquí, me aclaran que están cerniendo las piedras para seleccionar grabas y chinaros en una descomunal máquina, que se encuentra algo más adelante, con el fin de separar el material más grueso que utilizaran como base para asentar grandes rocas y construir nuevas escolleras. Los harán en las playas del entorno: Canet, Corinto, Casablanca, Chilches, intentando ampliar, ensanchar, los arenales. En adelante, veré prendido de muchas rejas de balcones y ventanas el mismo cartel con la exigencia:
¡ESPIGONES YA!
debajo aparece: Playa de … Chilches, Nules o la que proceda
Hay noticias, vestigios, de poblados de cazadores-recolectores palustres en los marjales de Almenara, en el Estany Gran, que datan del Epipaleolítico, 6500 BP. Quedan todavía estanques, pozas, lagunas menudas, ocultas por una vegetación de juncos y eneas que las delatan, que recuerdan como se prolongaba después del Palancia el Marjal de los Moros y proseguía un continuum de zonas inundadas ocupando la Plana Baja de Castellón (Almenara y Chilches) hasta las sierras del Val de Uxó, Moncofar, Nules y Villavieja, las Alquerías del Niño Perdido y Burriana, donde se sumaban los aportes desbordados del río Mijares. Existe todo un entramado de tela de araña, una la parrilla cuadriculada de acequias, sequias, y canales que todavía transcurren por estos municipios, residuos apenas de lo que en su tiempo supuso todo un amplio y ambicioso plan de desecación.

Encuentro una gola tras otra, con puentecitos para salvar su desembocadura y compuertas para regular el paso o salida de agua. Entre desagüe y desagüe, donde la playa se abre anchurosa y la perspectiva me deja ver el oleaje, observo que el agua del mar tiene un extraño tono turquesa, impropio de estas latitudes, más pareciera que me encuentro en una playa de la Polinesia. Los fondos arenosos deben ser muy blancos y al removerse la tiñen con ese precioso tono.
Aparece ante mí longitudinalmente un cómodo camino de tablas de madera que mis piernas, y la libertad que da a mi contemplación, agradecen. Protege del tránsito de los caminantes a las Microrreservas de la Flora existentes, esta sí de consideración, no anecdótica. Favorece la supervivencia de los hábitats en Els Estanys, bolsas de agua dulce, marjales procedentes de acuíferos del interior, con una biodiversidad de moluscos, peces y anfibios muy elevada, así como aves y flora sumergida, flotante y de rivera, además de yacimientos paleontológicos e íberos, griegos y romanos, como rezan los paneles informativos. Por cierto, muy completos.
Llego a la playa de Almenara, donde existió una torre defensiva de Almadá o del Mardà en cuya construcción parece que se utilizaron restos romanos cercanos, era cuadrada de tres pisos y unos trece metros de altura, con terraza para alojar una pequeña pieza de artillería. Desapareció a consecuencia de un ataque de la escuadra inglesa en 1801. Me pongo a considerar la información acerca del poblado ibérico asentado sobre la montaña del Castell d’Almenara, que se ve al interior, donde se concentran tres espacios muy ricos. Un poblado en ladera, construido a partir de aterrazamientos de gran potencia, de dimensiones considerables, localizado en su ladera S. Un espacio, también identificado en la misma ladera, destinado a necrópolis de incineración, de la que han sido documentados vestigios humanos en cratera de figuras rojas y en un kalathos ibérico. Y finalmente, ascendiendo unos metros del espacio excavado en el poblado, se localiza L’Abric de les Cinc, del que hablo en un artículo ENCLAVES SIGNIFICATIVOS RITUALIZADOS.

Habitada desde antiguo, en la prehistoria y después por los íberos, en el cerro del Castell como decía, Almenara es de fundación griega, por los mismos elementos elementos que levantaron Sagunto, seguramente. La amplia visibilidad que domina, controlando el otro lado del curso del río Palancia, y la zona de paso entre el Campo de Sagunto y la Plana Baja, le confería mucha importancia estratégica.
Almenara, topónimo muy extendido, significa atalaya, lugar elevado, en árabe. Alude a su situación y a que formaba parte del sistema de señales defensivo frente al envite del rey de Aragón, Jaime I. El castillo, sobre un roquedo de 178 m., de origen musulmán, levantado en el siglo X, protegía la capital de distrito y era frontera entre las taifas de Valencia y Tortosa. Se asentaba en el centro del cerro y poseía dos torres en los extremos, controlaba el paso de la costa de norte a sur y la ruta hacia el interior hasta Aragón (Zaragoza), que transcurría a través de Vall de Uxó y Morella. A principios del XIII se encontraba en manos de Abú Sa´id, rey de Valencia, que consintió que capitulara a Jaime I en 1238, rey de Aragón, porque respetaría las costumbres, leyes y propiedades de los pobladores, a cambio de acatar su autoridad. Caerían al mismo tiempo las plazas de Uixó y Nules, después el Puig, que sería la llave para la conquista inmediata de la ciudad de Valencia y el resto de la taifa.
Se van alternando poblados playeros antiguos de casitas pequeñas, la mayoría de un solo piso, con zonas libres de construcciones, más o menos naturales, o naturalizadas, ocupadas por porciones de marjales. Atravieso la Gola de la Llosa e inicio la playa de Chilches. Llegado a una pequeña placita en la calle que hace de escueto paseo marítimo, sale a mi encuentro un interesante monumento al pescador de Rall, sencilla e individual técnica practicada en muchos lugares del planeta. Adjunto la foto en blanco y negro que he copiado de la pared de un bar de la zona. Muy ilustrativa.

Conocieron estos territorios capítulos de luchas mucho más sangrientos que la propia reconquista que, como hemos comentado, en su mayor parte se hizo a base de pactos. Los diversos decretos que durante el siglo XVI promulgaron Carlos I y de Felipe II, con leyes cada vez más severas contra la población musulmana, no conversa, que en muchos lugares todavía era mayoritaria, les fueron arrinconando en alquerías y aldeas del interior, en la Sierra de Espadán, desde donde periódicamente bajaban en escaramuzas, colaborando en los asaltos de piratas berberiscos.
Asaltan Chilches varias veces, saqueando la iglesia en 1526. Se dan nuevas órdenes de expulsión, sabemos de una dictada por Carlos I ese mismo año. Pero el peligro persiste a pesar de ello, frecuentes ataques costeros saquean pueblos y se cobran cautivos cristianos, invitando a embarcarse a la población de su misma fe. Parece que hasta el mismo Jeredín Barbarroja estuvo de correrías por aquí, ocultando parte de los botines cobrados en la sierra. Hay noticias de un asalto corsario en octubre de 1583, en connivencia con moriscos de Almenara, que es finalmente sofocado y se da cuenta de 15 ajusticiados de estos últimos, descuartizados concretamente.
Prosiguiendo mi apacible caminata, sin dar cuenta de ataques ni escaramuzas, es más, pareciera que se les vaya allanado el terreno para futuros desembarcos. Eso pienso al contemplar como los operarios, con su maquinaria especializada, van depositando los materiales que han ido seleccionando antes y construyen los espigones. Parece que las protestas vecinales de los veraneantes desde sus ventanas van surtiendo efecto. Es necesario mantener, proteger y agrandar las playas, hay mucho en juego.

Asisto a una postal promocional de la buena vida que por estos rincones se puede hallar, de la completa felicidad que se encuentra al alcance de la mano. La escena es esta: una pareja de pescadores, ellos solos, la playa entera para ellos (aunque estarían igual de encontrarse poblada), están a lo suyo. Con el pretexto de dos cañas hincadas en la arena y olvidadas, sentados en torno a una mesa plegable y unas cervezas, protegidos con un parasol, charlan amigablemente mientras preparan los aparejos, olvidados del mundo en esta mañana de noviembre.
Alcanzo el paraje donde se encuentran los pocos restos que subsisten de la torre Biniesma, de Mancofao torre Caída, en la desembocadura del río Belcaire, en la playa de Moncófar. Existe un pequeño centro de interpretación: una casuta cerrada con unos cuantos carteles explicativos alrededor, que al menos me permiten copiar el aspecto que tenía cuando la levantaron y también una foto de finales de los sesenta donde se puede ver parte de sus muros, en los noventa caerían definitivamente. Hoy solo restan los cimientos que dibujan su base cuadrada sobre la playa, ya dentro del agua. Se han debido colocar unas rocas para intentar protegerlos y evitar que los cubra la arena y se los trague el mar.

La torre debió construirse, (Jaime I menciona por aquí una en el momento de la conquista, 1238) o bien reformarse, a mediados del XVI, como atestigua la inscripción hallada en una piedra de coronamiento de la puerta. Se encontraba casi a doscientos metros de la orilla, por entonces, tenía 7 m. de lado y 10 de altura, una garita defendía su entrada, según el informe de Juan de Acuña. Poseía una pieza de artillería y mosquetes o arcabuces para su dotación de dos soldados de a pie o torreros y dos atajadores de a caballo. Posiblemente fue destruía por el cañoneo de la escuadra inglesa en 1801.

Cruzo la desembocadura del río Belcaire por un airoso puente airoso. Unos paneles dan cuenta del poblamiento íbero de su curso medio, se conocen dos poblados: el de la montaña de San Josep, cerca de Vall d´Uxó y el más importante de la Punta del Orguell.
Ingreso en los dominios de la playa de Nules. En cuanto empiezan las edificaciones, ventanas y balcones gritan al unísono: ¡ESPIGONES YA! / Playa de Nules
Paso el pequeño faro de Nules, de apenas entidad, situado en la misma playa.

Sé que, hacia el interior, aunque no alcance a verlas, transcurren numerosas acequias regaderas paralelas entre sí y a la línea de costa, parcelando todo el territorio, distribuyendo convenientemente el preciado elemento de los ríos que llegan y de los antiguos marjales, entre las huertas. De vez en cuando desaguan en el mar a través de unas bien perfiladas acequias mayores, que puedo cruzar por sus correspondientes puentes, como es el caso. Llegado al poblado marinero de Nules, antes de cruzar la de Juan de Mora que, como una brillante avenida mojada por la lluvia, transcurre entre lindas casitas de colores y palmetas, hasta su marítimo destino, me paro delante del pueblecito costero. Guarda todavía la estampa antigua de hace décadas, con sus viviendas de verano para la gente de la zona, de uno o dos pisos únicamente. Descanso en la arena tumbado, me desprendo de las zapatillas recalentadas e intento descabezar una siestecilla reparadora.
Al retomar la marcha me encuentro con la microrreserva de L´Estayol formada por un parque inundado debidamente acondicionado, anexo a la gola. Desde su orilla puedo contemplar numerosas especies de anatidas, cormoranes, etc. que se dejan observar tranquilamente, acostumbrados a la presencia humana.
Hace un rato que las nubes, que a lo largo de la tarde han comenzado a asomar de soslayo por encima de las sierra litorales, han ido acercándose peligrosamente como un gato sigiloso a los dominios de este ratón que suscribe. Entretenido en los pormenores de mis pasos, no me he dado cuenta y ahora amenazan con saltar sobre mí de un momento a otro. Veo la cortina de ducha que descargan en sectores cada vez más cercanos, pero es poco lo que me resta, estoy llegando al puerto de Burriana. Lo tengo ya a la vista.
Por aquí cerca, junto al camino del Serradal, se encuentra el yacimiento íbero de la Edad del Bronce, que luego fue también romano republicano, conocido como Torre de Onda. Según excavaciones desarrolladas entre 1968-93, se trataba de un poblado marítimo de dos o tres calles con embarcadero para navegación de cabotaje y reparación de barcos, constituía un centro comercial para distribución de productos itálicos. Tuvo también una fase alto imperial. Es citado todavía en 1564 por Martí de Viciana y por Escolano en 1611.
Tengo a la vista, al alcance de la mano, de la punta del pie sería más correcto decir, los Poblados Marítimos, final de la etapa de hoy. Unas caras grandes que decoran el lateral de uno de los primeros edificios me observan llegar, también el muro lateral del puerto Burriana.

4 de noviembre de 2021