31º jalón Burriana-Benicasim 21,2 km

    

     Hay que dar cuenta, en primer lugar, del desmesurado orgullo que poseen los habitantes de Burriana frente a los castellonenses de la capital, cosa que sucede con alcoyanos y alicantinos, cartageneros y murcianos, etc. y en tantos y tantos lugares. Llegan a proclamar la importancia del eje Burriana-Madrid-Paris. Así por ejemplo, es sabido que en tiempos de nuestros abuelos se jactaban de ir a afeitarse a Valencia por no pisar Castellón, imagino que eso lo harían los señoritos de dinero, que serían los únicos que se lo podrían permitir. Más recientemente, eso ya lo he contrastado yo de primera mano, se marchaban a matricular sus coches a Burgos para que figurase la silaba BU, en vez del CS correspondiente. Lo dicho, muy peculiares. Cierto es que Burriana ostentó desde antiguo una importancia que no tuvo Castellón, cuyo primitivo enclave se situó en el castillo del cerro de la Magdalena. Fue fundada por los árabes a orillas del río Anna en el IX con el nombre de Medina Alhadra, la rodeaban gran número de murallas y torres, de ahí el nombre que toma de Burj (torre) y Anna, por ese río. Mantiene el trazado musulmán su casco antiguo, que también fue importante en época medieval, destacando el tempo románico-gótico de la Basílica del Salvador. Brillan también numerosos edificios modernistas, cuya riqueza y esplendor procede del comercio de naranjas. Esa riqueza frutal e industrial los colocaba por delante del pueblo que era Castellón antes de contar con un puerto comercial importante.

     Evoco, mientras recorro el territorio, la importante relación de El Cid con esta tierra, no en vano estuvo desterrado desde 1081 por el rey de León y Castilla, Alfonso VI, poco antes de lanzarse a la conquista Valencia, en 1094, y de todo el territorio costero de El Puig, Sagunto, hasta Castellón. Yo también lo transito ahora, pero sin ningún afán conquistador, todo lo contrario, dejando que sea su plácida y sinuosa costa, su moroso clima, el que me seduzca y conquiste a mí. Y no resulta difícil.

     Al final del Riu Sec, más seco que nunca, pero como tantos otros que llevo viendo, con un cauce residual en su extremo, brilla el Cloc de la Mare de Deu, alimentado por un manantial de agua dulce, que forma una micro-reserva lagunar, cerca de su desembocadura, poblada por multitud de aves. Hay una ermita con el mismo nombre, cuya leyenda dice que se encontró la virgen de la Misericordia dentro de una campana hundida en medio de la laguna, resulta prodigiosa. Me parece interesante, pintoresco, recoger algunas leyendas martirológicas cristianas que lindan con lo increíble y sobrenatural (de eso se trata), cuando no con lo cómico, desde aquella primera virgen del Mar en su ermita del Toyo, en las cercanías de Almería, devuelta por el mar.

     En esta soleada mañana de noviembre, componen una estampa idílica, casi una postal, la frondosidad arbórea de chopos, sauces llorones y álamos, y el exuberante carrizo de juncos y cañaverales. Nadan plácidos familias de zampullín chico y otras anátidas, por supuesto garcetas bueyeras (aquí en un cartel explicativo, mal escritas, con ll, deberían copiarlo cien veces) y unos cormoranes madrugadores secándose al sol sobre unos cables eléctricos, ya deben haber intentado alguna zambullida. Sigo encontrando carteles que alertan sobre la protección al chorlitejo patinegro.

     Existió un puerto musulmán en la zona, un embarcadero muy necesario entre el pantanal de marjales que se extendían desde Sagunto hasta aquí: fondeadero de Cálamo, de origen íbero-romano, al que aluden algunos autores. También hubo unas salinas.

    Sobresale, junto a la charca, la Torre Riu Sec o Torre del Mar, que posee un pozo en planta baja y un pesebre, tres aspilleras de defensa y saeteras inclinadas en la segunda planta. Parece que su construcción se debe a las instrucciones derivadas del Informe del duque de Maqueda y pudo efectuarse entre 1553-58.

     Después, a la vista de unas casas y algunos chalets de veraneo antiguo, hoy derruidos, completamente arrasados, continua o se inicia verdaderamente mi periplo costero. Sale hacia el interior el camino del Marjalet, que da nombre a otra de las torres defensivas que salpicaban estas huertas. Muy cerca de la orilla aguardan vestigios arqueológicos de época romana, un fundus o villa romana de San Gregori, aproximadamente a 80 m de la costa actual, originalmente contactaba con él. La casa se articula en torno a un estanque rectangular central (impluvium), con un peristilo de columnas alrededor que soportaban la galería superior y habitaciones alrededor, con pavimento de opus caementicium. El momento de auge del asentamiento fue entre el final o mediado el siglo I d. C., después se adivina una reforma y reutilización de parte de sus estructuras, quizá alrededor del siglo II d. C. Tuvo una ocupación intensa, por lo menos hasta mediado el siglo III d. C., y algunos indicios apuntan a una pervivencia hasta el siglo IV d. C.

      Hay que citar otros yacimientos de época romana que revelan el denso poblamiento de esta zona, situados siempre entre marjales, unos kilómetros al interior de donde se dibuja actualmente la línea de costa. De norte a sur serían: Vinarragell, junto al río Mijares -del que después trataré-, El Palau, San Gregori, Torre d´Onda, Pla Redo, Benicato, La Alquería, El Alter, El Pla, Els Terrers y Sagunto.

     Aparecen a lo largo del camino, de vez en cuando, chumberas cargadas de frutos violáceos, no como en Almería y Murcia donde están desapareciendo, roídas sus palas por la cochinilla (su parásito natural) que las deja completamente secas, arrasadas, como tuve ocasión de comentar en mis primeras etapas.

     Subsisten charcas de marjales residuales, abundan manchas de vegetación lagunar. Entre ellos aparecen dunas de escombros a tan solo unos metros de la costa, de la estrecha cinta de arena y pedruscos que forma el litoral, del que he huido para afianzar mi paso, que resultaba demasiado movedizo entre chinarros. Zigzagueo entre esas deposiciones y los malolientes charcos producidos por la tormenta de anoche.

     Lo menguado de la playa obliga a alzar un muro de piedras sueltas frente al embate del oleaje, una somera contención que, estoy seguro, los temporales de levante superan con facilidad, pero, de momento y afortunadamente, ese no es el caso hoy. Aunque han surgido unas olas de cierta consideración de resultas de la borrasca Blas que azota estos días las islas Baleares y, más atenuada, se deja notar por aquí. Encuentro algunos invernaderos esporádicos cubriendo naranjos, con buena estructura y piso firme, que me facilitan la caminata entre los árboles, pero terminan enseguida y, debo incrustarme, atravesar la muralla vegetal que los separa de la playa para retornar a la orilla donde se hace más dificultoso el caminar.                 

     Supone, esta porción de costa que transito, un irregular territorio despreciado por promotores y constructores a pesar de su llanura y fácil acceso, la carretera nacional está a un tiro de piedra. Lo escueto de la franja de arena y lo profundo de la orilla les disuadió de conquistarla. Además, existen numerosos enclaves por los alrededores, mejor dotados, que cumplen ese propósito.

     Llego enseguida a la desembocadura del rio Mijares, antiguo Udiva, importante vía de comunicación desde tiempos remotos con el interior, enlazaba la cultura de Campos de Urnas con el elemento fenicio costero. Por ello, desde la Edad del Bronce se suceden los poblados fortificados en sus márgenes. A lo largo del periodo íbero sería la zona fronteriza entre las tribus de los edetanos, al sur, y de los ilercavones, al norte.

     En primer lugar, he de mencionar el asentamiento ibérico de Vinarragell cerca de la desembocadura, a 3,5 km. en el margen derecho, al final camino de la Pau que viene desde Burriana. En las excavaciones, realizadas entre 1974-79, se hallaron muchos horizontes desde Hierro I, Cultura Ibérica, alcanzando la Romanización y la Edad Media. El yacimiento contaba también con una necrópolis musulmana en su espacio inmediato. La Torre de Vinarragell, integrada en las construcciones de la alquería de Sorlí, pasa desapercibida, se encuentra a 1,65 km. de la orilla, por frente con el paraje playero del Calamó.

     Más arriba, sobre una terraza superior del margen izquierdo, se encuentran los restos del castillo de Almazora con vestigios arquitectónicos medievales. Destruido prácticamente, sólo se conserva parte de un lienzo de muralla y de una torre semicircular. Debajo de las estructuras medievales, del siglo X al XIII, quedan restos del periodo ibérico.

      A unos 14 km del mar, en el margen izquierdo del río, se encuentra el poblado del torreón del Boverot. Se trata de un oppidum, un poblado fortificado, construido en la terraza superior del cauce, del que se han documentado distintos periodos de ocupación, variados sistemas de construcción y una gran cantidad de material cerámico que demuestran que funcionó desde el Epipaleolítico hasta un momento avanzado del siglo XII de nuestra era.

     Aguas arriba aparece el torreón de Onda, también en el margen izquierdo, sobre una terraza elevada, forma una especie de península entre el Mijares y un barranco, cerrado por el este por un precipicio sobre el cauce. Fortificado con una doble muralla: un muro circular con un paramento de filas de piedras grandes y con otras más pequeñas a modo de cuña, típico de la cultura ibérica; y el otro, interior, paralelo, con un paramento de piedra seca y en talud.

     Puedo atravesar la desembocadura encharcada del Mijares, hay paso, una solida restinga de bolos blancos, parecen de mármol, pedruscos de tamaño medio que filtran por debajo el agua de mar. A la vista las primeras edificaciones del grao de Almazora, surge los indicadores de una micro-reserva, con categoría de Paraje Protegido. Aparecen más carteles sobre la protección del chorlitejo patinegro, la profusión de ellos es mucha a lo largo de estas tres etapas, debe ser proporcional a la dejadez con que han contemplado su disminución las autoridades competentes (incompetentes, en este caso), aunque no estaría de más añadir algunas otras especies aprovechando el cartelito.

     Playa de la Torre, Ermita San Juan y comienza la larga playa de Ben-Afelí. Un andarín al que pregunto, Antonio, me indica que acabada la misma no existe paso para continuar a través del puerto de Castellón. Me lo tomo con calma y, a mitad de camino, veo abierto un bar, El Curro. Lo atiende Carlos, el hijo del fundador, que me sirve un almuerzo glorioso: un bocadillo de sepionet con salsa verde, olivas partidas y una cerveza fresquita. Charlamos sobre tiempos pasados, sobre su infancia en esta playa, sobre el día en que la atravesó un acorazado norteamericano, aparece en unas de las fotos en blanco y negro que lucen en la pared. Promete mandarme otras, igualmente antiguas, por correo. Y así vamos echando a gusto un buen rato de charleta.

     Encuentro en medio de la playa paneles alusivos a las torres de vigía o de guaita y a la piratería berberisca que se dio por estos parajes. Es la primera vez que los hallo en tal profusión. Cosa que es de agradecer, porque no se informa mucho sobre tan interesante tema. Hablan de la torre de Almazora o de Millars, hoy desaparecida, de planta hexagonal, con la puerta en altura y otra a nivel del suelo para la cuadra de los caballos, parece.

     Retomado el paseo, llego hasta el final de la playa y, efectivamente, finaliza en la Escollera de la Mitgera, a partir de la cual sigue un brazo de mar que impide el paso. Se levantan poderosas, inexpugnables como castillos, las estructuras esféricas de los depósitos de la Refinería de Petróleo del Grao de Castellón, las grúas se recortan como torreones enemigos oponiendo su tremendo poderío comercial a mi tránsito.               

        — Salta ciego que hay charco -dijo el Lazarillo. Y el viejo se dio de bruces contra una columna de piedra…Pues eso. Y ya van dos topetazos, dos puertos intransitables en tres etapas: el de Sagunto y el de Castellón.

     Traspasado el Grao de Castellón, dejo sin visitar la playa del Serrallo, en el puerto comercial, donde se encontraba la Torre del Grao de Castellón o del Pinaret, frente a la actual escollera de poniente, junto al Club Náutico. Según he documentado, deberían quedar restos de sus cimientos, pero no lo puedo comprobar. Sé que se levantó en 1571 a semejanza de la de San Vicente de Benicasim, aunque algo más pequeña, y fue destruida en 1618 y reconstruida en 1626, levantada de nuevo en 1671 en otro emplazamiento (cerca del hotel Turcosa han aparecido unos sillares, en una elevación del terreno, que parecen corresponder a ella), hasta que a finales del XIX desapareció definitivamente.

Se dotó con dos guardas armados y cuatro atajadores que recorrían de dos en dos y a caballo el sur de la costa, hasta la Torre de Almassora, y dos leguas al norte, hasta mitad del camino con la Torre de San Julián, a final de la playa de Benicasim. Nos informa Acuña, en 1585 de su aspecto: « es grande, quadrada y tiene un escarpe al pie de estado y medio de alto, y al medio de la torre, unas troneras y tiene dos garitas grandes a las esquinas contrarias un poco más altas que las dichas troneras, y no tiene parapeto más alto que hasta la rodilla, en donde está una garita que guarda la puerta».  

     Salvado el obstáculo del puerto comercial, pesquero y deportivo, prosigo por la playa del Palmeral. Destaca la silueta de la cúpula de 25 m. del observatorio astronómico, el Planetario de Castellón, que fue el primero construido en la Comunidad Valenciana, en el vestíbulo aparece un Péndulo de Foucault que, como todas sabemos, demuestra el movimiento de rotación de nuestro planeta. Aloja en sus instalaciones un centro de visitantes de la Reserva Marina y Paraje Natural de las Islas Columbretes.

     Archipiélago de origen volcánico situado a 30 millas del cabo de Oropesa, llamado Ophiusas por los griegos debido a la abundancia de serpientes, y Columbrarias por los romanos, se dispersa en cuatro grupos: L´Illa Grossa (el borde superior del cráter, una C perfecta), la Ferrera, la Foradada y el Carallot.  Se utilizó, como Formentera, como campo de tiro por la aviación estadounidense y española hasta abril de 1974. Solo posee flora primitiva la isla Ferrera: palmito, lentisco, cornicabra. Destaca entre las 30 especies catalogadas la malva, la acedera, el beleño y el mastuerzo marítimo. Pueden visitarse y bucearse (como tuve ocasión de hacer). Destaca una subespecie endémica de lagartija y de alfalfa arbórea. Se erradicaron las serpientes, pero sobreabundan los escorpiones. Constituye un importante punto de reposo en las migraciones y crían especies notables de aves como la gaviota de Audouin, el halcón de Eleonor, la pardela cenicienta y el paiño común.

     Cuenta con abundancia y variedad de especies submarinas: coral rojo, algas rodófitas, laminarias, etc. y meros, congrios, sargos, obladas, y otros peces y crustáceos (langostas, centollos) en abundancia gracias al afloramiento de aguas frías profundas. Existe un puerto natural, puerto Tofino, y una casa-faro, en punta Bonita, en la Columbrete Grande, que estuvo habitada desde XIX hasta 1975.

     En 2014 se cernió una amenaza sobre estas islas al dar permiso las autoridades centrales a una empresa para ser prospectadas en busca de yacimientos petrolíferos. Cosa que las manifestaciones y protestas populares finalmente evitaron.

     He dejado atrás las instalaciones del hotel del Golf, con su campo Costa de Azahar, y las del Aeródromo de Castellón, todavía permanezco en su término municipal. Continuo por la playa del Gurugú hasta la gola del Riu Sec, siguen  marjales, tierra adentro, y sus desagües, eran territorios dedicados, hasta no hace mucho, al cultivo del arroz.

     Este magnífico paseo marítimo ajardinado, perfectamente acondicionado para paseantes y ciclistas, con abundantes palmeras y otros árboles de sombra, con césped bien cuidado, es una extensión de la ciudad, del grao en este caso, que invita al paseo y al ocio. Se encuentra muy aprovechado por transeúntes en esta estupenda mañana.                 

     Diviso, comenzando la corona montaña que enmarca los llanos, el emplazamiento de la ermita de la Magdalena, en un cerro o tossal junto al castillo recientemente restaurado. Es el origen de la ciudad, sobre el nivel de los marjales litorales de la Plana, de ahí su nombre. Tiene estructura militar islámica, probablemente almohade por el tapial caliscostrado que se empleó para sus murallas; escalonado para adaptarse al terreno, posee tres recintos: la alcazaba arriba, de forma poligonal, debajo el patio de armas o albacar, con tres torres (el campanario de la ermita es una de ellas) y el tercero es una torre cuadrangular, en la zona NO. Un poco más adelante veo recortarse también el Castillo de Montornés, sobre una cima de unos 500 m, su origen se remonta al siglo X, fue levantado así mismo por los árabes sobre una construcción romana, queda en pie una torre cuadrada en ruinas y una atalaya cilíndrica en la parte oeste, dominando un acantilado a espaldas del castillo. 

     En 1094 fue conquistado por el Cid, al que debieron de pagar tributo, como muchos otros enclaves de la zona, y definitivamente lo sería por Jaime I en 1233.

     Más a la derecha, prosigo con mi travelling visual, antes de las antenas cimeras del monte Bartolo, a un nivel más bajo que ellas, destaca el monasterio conocido como Desierto de Las Palmas, fue construido entre 1697-1733. En 1783 hubo de abandonase a consecuencia de los desperfectos provocados por unas tormentas y  lluvias torrenciales, que produjeron corrimientos de tierras. Las instalaciones se trasladaron algo más arriba, a una nueva construcción acabado en 1791. Existe una delegación de este monasterio carmelitano a las afueras de Benicasim, donde se pueden visitar las bodegas y hacerse con una botella del famoso licor carmelitano, ideado por fray Antonio de Jesús María, profundo conocedor de las hierbas aromáticas de la zona y artífice de su combinación con el vino moscatel.

     Se acaba lo más lucido del paseo, la opulencia ajardinada que traía. Cambio de término municipal en la playa del Heliópolis, ingreso en el de Benicasim, y se aprecia menos atractivo su paseo marítimo. Hubo por aquí, en tiempos, sobre la misma orilla del mar, un cuartel de carabineros. Hacia el interior, la zona la ocupaba el marjal del Cuadro, estacional, con aguas de las pocas lluvias que se daban y con las de la invasión del mar. Hoy desaparecido, desecado, por urbanizaciones de adosados.

     Me acomodo la mochila y el ánimo con la silueta rojiza familiar y la cercanía de las Agujas de Santa Águeda, despuntando poderosas a la espalda del pueblo, a pesar de que no levantar más allá de los quinientos metros, enmarcando la llanura de la plana. Estoy concluyendo de la etapa, pero demoro la marcha hurgando complacido en tantos y tantos felices recuerdos como guardo de estos parajes.

     Sigue la Tasca del Pollo, un restaurante, pero también una referencia, como una plaza o una avenida, y el Eurosol, pequeño complejo comercial de dos pisos y patio central con terraza. Levantado en bloques cúbicos blancos sin aristas, puro estilo ibicenco, moderno por entonces, grande, al menos me lo parecía; hoy un destartalado edificio abandonado, con los locales cerrados y la arena amontonándose en sus pasillos, apenas subsiste un kebab y una tienda de complementos. Me llego a su frente playero, ensanchado artificialmente para dar cabida a la invasión de veraneantes, en mi adolescencia apenas suponía una cinta de arena de unos cuantos metros bajo las arcadas.

     Llegado a la playa de Els Terrers, de las más concurridas, jalonada de escolleras que la ampliaron, hoy todas lo son -las desconozco, parece que las he cogido con marea baja atlántica, se han vitaminado y han pegado el estirón- puedo transitar cómodamente por una pasarela de tablas. Este era, en mis tiempos, territorio comanche, desierto de Arizona, la civilización (turística) llegaba únicamente hasta el Torreón (torre de San Vicente) y poco más, hasta el restaurante Rall y la Falange (un albergue para señoritas que frecuentaba con mis amigos del pueblo a la caza de amistades).  Pasaba el autobús de Autos Mediterráneo, amarillo y azul (todavía persiste ese modelo que da un tono retro muy convincente) hacia Castellón y apenas encontraba edificaciones en su trayecto: algún chalet antiguo esporádico,  hotelitos (Miami, Azor –por el barco de Franco-, Bonaire), villas desperdigadas… lo justo para salpicar la línea de costa. Pero podía verse nítida la playa, extensa, algunos veraneantes esparcidos sobre ella (tocaban a muchos metros cuadrados de arena por persona), el largo cordón arenoso luciendo al sol y la carretera se recortaban nítidos, despejados en kilómetros y kilómetros, hasta divisarse en la distancia el Grao, donde comenzaban a aparecer construcciones.

     Así era el panorama, el cuadro del territorio por conquistar, hasta llegar al hotel del Golf, en las afueras del Grao, edificaciones dispersas con bastante espacio entre ellas, llanuras sin cultivar, en su mayor parte, marjales y unos cuantos arrozales. ¡En fin… otros tiempos, otra forma de entender la vida!

      Vuelven los recuerdos a su cobre de los tesoros y mi atención al camino. En la extensa y estética playa artificial, ganada al mar, robada, comienza una pasarela, una alfombra de tablas, que me conduce cómodamente hasta el Torreón. Aprovecho el regalo en este último tramo del día y, de paso, eludo el avispero de gentes, comercios (cerrados la mayoría) y el tránsito rodado de la avenida anexa. Llego al único tramo sin construir, el surco que abrió el barranco de Farja, inedificable, en cuyo final, al borde del mar, se ha construido una cómoda zona ajardinada entorno a la Torre de San Vicente, lo que, junto con el trozo de calle peatonalizado entorno, proporciona la panorámica y el esplendor que ella requiere.  

    Fue construida entre 1597 y 1599 para defender este tramo de los frecuentes ataques piráticos en este tramo de costa conocida como la Olla de Benicasim, un recodo muy apropiado para el resguardo, que permitía el calado de embarcaciones pequeñas, como jabeques y galeotas, propiciando su ocultación, según Cavanilles. Se extiende la olla desde la punta de la torre Colomera al norte, hasta la torre de Almazora, a mediodía y suponía el único punto de desembarque desde el puerto de Los Alfaques (San Carlos de la Rápita), en Tarragona, hasta Valencia.

    La torre es un poderoso torreón cuadrado, casi cúbico, de 11,5 m. de lado y 13,5 m. de alto, con una maciza base ataludada exterior, levantada en buena mampostería y perfilados sillares, más cuidados en los ángulos y, al subir las hiladas a lo largo del muro, dejando adarajas y endejas (escalones dentellados, para su correcto trabado). Destacan en la terraza dos matacanes cilíndricos aspillerados en la fachada marítima y otro prismático sobre la puerta. Tiene una única y gran sala interior cubierta por una bóveda de cañón de más de 6 m. Llegó a disponer de una guarnición de cinco hombres (alcaide, dos soldados torreros y dos atajadores) y de un cañón de hierro de seis libras de calibre con cureña de campaña, un atacador cuchara, sacatrapos, dos cavesales, dos cuñas de miras, dos espeques y doce balas para cañón. Dos pasamuros, cinco mosquetes, cinco frascos, cinco horquillas, dos botavanes, ciento cuarenta bolas de mosquete, pólvora quince libras, y cuerda mecha, cuatro varas y la servían un alcaide, dos soldados de a caballo y dos de a pie.

     Soportó importantes reformas en 1701, pasando al Cuerpo de Carabineros en 1850 cuando se extinguió el de Torreros de Costas, y en 1939 a la Guardia Civil. La adquirió el ayuntamiento de Benicasim en 2004, demoliéndose el cuartel anexo, y restaurándola primorosamente, así como su entorno, en 2017. Resaltan sus grandes dimensiones y robustez, la calidad de la cantería y su ejecución. Es un estupendo ejemplo de gestión y puesta en valor del patrimonio histórico que muchos deberían copiar.

     Conectaba visualmente con la Torre del Grao de Castellón, castillo de Montornés, arriba en la montaña, la torre de San Julián y la torre Colomera. Recuerdo confundirla de pequeño con el Torreón Bernard, una sala de exposiciones ubicada en una pequeña torre circular levantada en las instalaciones, dentro de un restaurante próximo.

     Vuelvo al torreón y vuelvo a mis diez, once años, a los veranos de playa y amigos, a las pandillas en vespino y las escapadas desde el pueblo a la Falange, apenas a un par de kilómetros entre bancales de almendros y viñas (urbanizaciones hoy) cercados por tapias bajas de piedra roja, a los escasos primeros chalet dispersos, a la piscina de unos apartamentos que asaltábamos impune e inocentemente de regreso de la playa.

     Aquellos días en la playa del Torreón, adentrándonos hasta la punta del único espigón que había. Aprendí a recorrer sus grandes pedruscos con solvencia, a la carrera a veces, a tirarme de cabeza desde su final y a bucear (competíamos por dar brazadas y ver quien llegaba más lejos, quien tardaba más en salir), a abrir los ojos bajo el agua sin gafas, a coger estrellas de mar y algún que otro pulpo -todavía quedaban- bajo las rocas. Sentía una sorda admiración, mezclada con otros sentimientos nobles puberescentes, hacia la hermana de mi amigo Pedro, no recuerdo su nombre, por su facilidad para cogerlos con una bolsa de plástico blanco en la mano a modo de guante y sacarlos pegados, adhiriéndose a su brazo. La recuerdo preciosa, con su larga melena castaña, casi rubia, su bikini jaspeado, azul y blanco, bajita y esbelta (aunque yo no tenía todavía edad para pensar en sus formas). Se lanzaba y se manejaba en el mar con una solvencia que la hacía aparecer ante mí como una auténtica sirena.

     Eran otros años y otros tiempos, tiempos de señoras en bañador con gorro de florecitas que se bañaban sin sumergir la cabeza en el agua, de panzones (menos que ahora) en meiba contemplando el paso de las chicas en bikini por la orilla, de niños aguardando impacientes a terminar de hacer la digestión, vigilados por la abuela que se había subido un poco la bata para mojarse las piernas, de sombrillas multicolores sin diseño, de balones azules de Nivea, de bronceadores oleosos, de la avioneta rasante con cartela anunciando el brandy FUNDADOR y las bollas hinchables de DANONE marcando el límite del baño, de los patinetes de alquiler a pedales, de los polos de hielo que chupábamos para alargar el deleite (lo de morderlos es reciente, ahora todos los muerden, ese podía ser un buen epitafio para describir estos tiempos convulsos: Ahora todos muerden los polos, nos comemos la vida a bocados). Aquellos eran largos y soleados días en blanco y negro, el color lo poníamos nosotros. Plácidos recuerdos que asoman zalameros en fotografías resobadas, de desvaídos tonos, que emparentan los recuerdos de todas nuestras infancias, por distintas que resulten.

     Este viaje, esta etapa sobre todo, más que continuación de mi tránsito costero hacia el norte, supone un paseo de regreso a mi infancia y primera adolescencia, a días vacacionales llenos de ocupaciones y descubrimientos. Quiero rememorar aquellos escenarios, tan miserablemente transformados ahora, aquel espíritu de aventura que se apoderaba de nosotros a la mínima ocasión. Porciones de un paraíso original primigenio al que apuntan nuestras evocaciones, nuestros sueños.

     Y, en efecto, tengo suerte, alcanzo la Gloria, literalmente. Más en concreto la Corte Celestial, pues así denominaban sus ocupantes este tramo de las Villas antiguas de Benicasim, para diferenciarse de los mustios veraneantes, menos alegres y festeros, poco dados a las soires, de las otras, más próximas al hotel Voramar, denominadas el Infierno, Estas flamantes residencias de veraneo, que eran conocidas como el Biarritz  Levantino, se construyeron a finales del XIX y principios del XX por la burguesía adinerada de Castellón y Valencia. Su historia y transformaciones se relatan con todo lujo de detalles en el artículo anexo: VILLAS ANTIGUAS DE BENICASIM.

     Se abre a la izquierda en toda su grandeza y boato esa magnífica estampa retro. El tiempo se ha parado entorno a ellas, y no es un tópico. No en vano se celebra cada año, el primer fin de semana de septiembre, la fiesta alusiva de la Belle Epoque, consistente en una cuidada recreación histórica del ambiente de los años 20, con atuendos, vehículos, paseantes, casetas de baño y demás parafernalia requerida.

      Pero mejor dejar hablar a Hans Landahuer, brigadista herido en el frente de Teruel, que recaló aquí en 1937 cuando las villas se transformaron en residencia de reposo y hospital: Las villas estaban unas junto a otros, como en una hilera, las casas veraniegas de los que por entonces eran los más ricos de la provincia, pintadas de colores variados y construidas en diversos estilos arquitectónicos, contrastaban con la blanca arena de la playa el azul del mar. No en balde se decía que Benicasim era la Biarritz del Mediterráneo. Todas habían sido expropiadas. Se iniciaban con un palacete construido en un estilo arquitectónico imposible de definir, que destacaba sobre las demás por su torre almenada, la Villa de Tortea, y se terminaban con una sólida fortificación construida hacia siglos para defenderse de la piratería mora– la torre de San Vicente-. Por detrás de estas construcciones y hasta llegar a las primeras casas del pueblo, lo único que había eran campos de labranza y las plantas de cítricos típicas de la zona.

     Se puede apreciar una aproximación muy veraz a aquellos tiempos en la película que Berlanga rodó, precisamente en este escenario, en el verano de 1953, Novio a la vista, con un José Luis López Vázquez con pelo a la caza de esposa. Narra una divertida historia decimonónica, ñoña y facilona, nada que ver con posteriores filmes, asociado al guionista Azcona, cargadas de ironía y sutileza crítica.

     Llego al Limbo y no porque mi alma flote a la espera de un veredicto final, sino porque así se llama el Barranquet que divide los dos mundos. Enfrente, la playa de la Almadraba, debió haberla hasta época reciente porque recuerdo admirarme con un tremendo ejemplar de atún, 103 kg dijeron que pesaba, colgado de la verja de villa Gens. Todavía me dura la impresión, era más alto que yo, colgado cabeza abajo. También tengo fresca la imagen del proyecto fallido de puerto Carpi, unas cuantas piezas de hormigón que se adentraban unos 60 u 80 m. en el mar y que debieron destrozar las embestidas de las tormentas marinas y el poco fundamento de su construcción, pues al cabo de unos años desapareció. Solo lo he recuperado en alguna vieja foto en blanco y negro.     

     Cuento alrededor hasta seis espigones hasta el final de la playa, compuestos con sólidas escolleras que, cada poco, ensanchan convenientemente el escaso arenal que daba para un turismo moderado, pero parece que no para el actual. Ahora, conquistados unos miles de metros cuadrados adicionales (el municipio ha debido de creer muchas hectáreas a costa de ese robo de terreno al mar) da para mucho: campos de vóley-playa, escuela de vela y surf, parque infantil, chiringuitos y todo lo que se quiera. Los 19.000 habitantes censados multiplican casi por cinco la población en verano, más o menos lo ha ocurrido con la franja de arena, multiplicarse por cinco.

     Remato en el pueblo, donde me espera Paco, la ducha y la cena, por este orden. Después yo también me multiplicaré, en este caso por cero, al encuentro de un descanso reparador, aunque la etapa de mañana resultará muy cómoda.

                                      5 de noviembre de 2021