
Hasta la segunda mitad del XVIII no comienza a desarrollarse el núcleo poblacional de Benicasim, era un caserío de algo más de diez vecinos (se refiere a familias este concepto), como villa o pueblo. Poco prospero, hasta principios del XIX no se puede hablar de un crecimiento demográfico apreciable (en 1910 se duplica respecto a 1860, sobrepasando los 1550 habitantes). Después, con la construcción de las primeras villas en la playa, es cuando se produce el verdadero despegue habitacional (como cuento en el artículo anexo al jalón 31º).
Salgo del pueblo esta mañana por debajo del puente-viaducto de Santa Rita, conocido actualmente como de la Alameda, que ocupa una rotonda en la antigua carretera a Barcelona, después sería la Nacional 340. Se levantó al realizar la variante de la línea ferroviaria a finales del XIX. Voy desandando el camino que tantas veces recorrieron los soldados brigadistas de regreso a sus alojamientos nocturnos en las villas, después de tomar unas copas en el único bar que había en el pueblo, el de Gumersindo Bisbal (propietario del incautado hotel Voramar). Allí morían las pagas, se cobraba cada diez días y los soldados tenían todas sus necesidades bien cubiertas (comida, albergue, vestido, calzado, atención médica) y ninguna garantía de que aquel dinero valdría una vez acabada la guerra. Poco más podían hacer. Recuerdo haber leído el testimonio de un herido leve, con la pierna vendada simplemente, que se agenció un par de muletas para la vuelta. A tal punto llegaban las trayectorias curvas que iban describiendo. Se produjeron frecuentes accidentes de tráfico en trayecto, un trozo de apenas kilómetro y medio que lleva hasta el otro puente de la vía, el del Pontazgo que, monumental e inservible, subsiste todavía, cerca del apeadero del Palasiet.
Para los que como yo hacíamos la guerra de verdad – cuenta el doctor José María Massons, jefe de uno de los dos equipos quirúrgicos que Cataluña enviaba a las Brigadas Internacionales –, Benicasim era lo más parecido a un Edén. Desde un macizo rocoso, se extendía una hermosa playa de largo más de un kilómetro orientada al sudeste a la que daban acceso algo así como una treintena –algunas suntuosas- casas donde veraneaba la buena sociedad de Valencia. Y todo el complejo estaba defendido de los vientos del norte por una elevada montaña, la sierra del desierto de Las Palmas. Esto hacía que –fuera de algunos días de viento- los inviernos fuesen benignísimos.
No ha cambiado mucho el panorama en ese rincón de la costa. Tampoco respecto al que yo encontré la primera vez que vine, a finales de los sesenta. Solo hay que sumar chalets y algunas torres de apartamentos en segunda fila (Torrecasim, Princicasim), tras las señoriales villas, y algo más allá, hacia Castellón, unos cientos de metros de esporádicas residencias veraniegas, algún que otro hotel, campings y restaurantes. Nada que ver con el Benidorm actual en que se ha convertido, que supera ampliamente en extensión al original, completando todo el espacio posible hasta Grao de Castellón.

El Hotel Voramar, junto al que me encuentro, fue levantado por el catalán Gumersindo Bisbal a partir del edificio del café-restaurante que había desde 1930. Invirtió todos sus ahorros en el que fue primer hotel de Benicasim. Pocos días antes de estallar la guerra había inaugurado la ampliación y unos milicianos se lo requisaron. Pero alquiló un local en el pueblo y, junto con su esposa, Amparo, que guisaba muy bien, preparaban paellas, bistecs, pollo guisado, que eran platos inexistentes en la comida diaria, y servían alcohol a los brigadistas: vinos, coñac y licores de toda clase.
Esos los años posteriores a la contienda en su novela León de ojos verdes Manuel Vicent, recrea la estancia con su tío en aquel remanso de paz, sus primeras veleidades literarias como escritor en ciernes y su adolescente por una supuesta Brigitte Bardot adolescente, que perturba sus incipientes fulgores juveniles con un provocativo y novedoso, por entonces, bikini rojo. Volvería en veranos sucesivos a aquel escenario de su adolescencia, como lo hago yo. En un artículo reciente, establece paralelismos que les suscitaban los personajes de la novela de Thomas Mann La Montaña mágica, que intentaba escalar (leer) trabajosamente con 18 años y que se le resistía, con los igualmente convalecientes clientes del Palasiet, el centro de termalismo marino.
Guardo también yo muchos recuerdos agradables del hotel y sus alrededores, pero desde el otro lado, el de los trabajadores. Mi padre fue vigilante nocturno un par de temporadas, a comienzos de los setenta. Viajaba a diario en autobús, desde el pueblo, con mi tía María Josefa, para disfrutar en la playa. A media mañana me acercaba a saludarlo y me invitaba a un trinaranjus de naranja, desde entonces asocio su sabor con la placidez de aquellos años de veraneo y vacaciones. Conservo algunas fotos de entonces en las que aparece un mozalbete escuálido y talludo, tostado por el sol, en compañía de algún amigo, veraneante ocasional, y de mi padre enfundando en un bañador slip negro con correa blanca (con pinta de pistolero, era lo que se llevaba). Aprendí a nadar con él: lanzaba una bolsa de plástico donde no hacia pie y me acercaba braceando hasta llegar a ella.
Recalo un momento en la terraza Jota’s Vistamar para saludar a mi amigo Vicente, Tico, que gestiona, con una ubicación inmejorable, en la histórica Villa Dávalos, un restaurante y un chiringuito playero. Mi vinculación con su familia data de 1975 cuando empecé a trabajar los veranos en su restaurante Los Naranjos, a las afueras de Benicasim, al borde de la carretera nacional a Barcelona. Inevitablemente surgen en la conversación, mientras paladeo una torraeta (rebanada de pan tostado con pimentón y ajo sobre la que reposa supurando una sabrosa anchoa), especialidad de la casa, también sus recuerdos infantiles acerca de este mágico lugar. Corría el año 1955, cuando en esta misma playa, su padre, Vicente Pallarés, meló de sobrenombre, ex boxeador (que incluso había llegado a participar en los campeonatos de España celebrados en La Coruña) y su mujer Domitila, que ya tenían el restaurante Los Arcos en el pueblo, levantaron el primer chiringuito playero, al que llamaron El Mosca. A base de platos originales y pescados comprados a pescadores que amarraban sus barcas en esta misma playa de la Almadraba, lo convirtieron en centro de encuentro de las familias veraneantes de la época. De hecho, los propios clientes pasaron a llamarlo popularmente “Mosca Jilton” (con J, ojo), por la cantidad de personas que concurrían.

Pasado el antiguo apeadero del tren, debajo del actual hotel Palasiet, que tan buenos servicios prestó durante la Guerra Civil cuando toda esta zona se transformó en un desperdigado hospital de reposo y recuperación, sobre los primeros roquedos que terminan con la extensísima playa, se situaba la Torre de San Julián, levantada seguramente entre 1553-58. Se habla de su construcción en las Cortes de Monzón de 1547 y en el informe de Antonelli de 1563, sobre una torreta anterior, parece; pero en su informe de 1585 Juan de Acuña alude a que ya le falta la bóveda superior y recomienda reedificarla. En 1850 se cita como arruinada, desapareció por completo a mediados del XX. Fue de planta circular, muy parecida a las dos que siguen, Colomera y de la Corda, porque se fabricaron al mismo tiempo y de obra similar.
La vista desde aquí, sobrelevada, a mitad de la cuesta que ascendía la antigua carretera nacional y la vía del tren, hoy ninguna de las dos ejerce, es espectacular. Domina el amplio recodo que dibuja la Olla de Benicasim alcanzando a lo lejos, a unos doce o trece kilómetros, las entrometidas grúas del Grao de Castellón, que se adentran kilómetros en el mar.
Arriba, en lo más alto dela colina se recorta poderosa la silueta cuadrangular delque se llamó Termalismo Helio-Marino, pionero en España en tratamientos con las aguas marinas, cuya historia y avatares se describen en el artículo adjunto. Recuerdo escuchar, de pequeño, que pasaba allí sus últimos días el galán, poeta y apuesto torero catalán Mario Cabré, que había sido novio de la diosa Ava Gardner. Aparecían en los reportajes en blanco y negro del NO-DO, en el Festival de Cine de San Sebastián, de Valladolid en aquellos escenarios frecuentados por la alta sociedad del momento.
Prosigo tranquilo, toca etapa plácida hoy, paseo ferroviario al borde del mar. Comienza la vía verde que recorre el antiguo trazado de la vía del tren hasta Oropesa, únicamente. Voy ascendiendo hacia la primera trinchera excavada en la misma roca, un poderoso tajo de unos cuarenta metros atravesado en su cúspide por un puente, la misma antigua carretera nacional.

Sobresale a la derecha, colgada sobre la Roca de los Cañones, la abandonada ermita de Santa María del Mar, perteneciente a las Hermandades de Trabajo. En tiempos alojaba una treintena de personas, familias madrileñas de veraneo. Fue villa de recreo originariamente levantada en 1933, luego se le añadieron dos cuerpos y una pequeña capilla. Hoy luce dormida con la hermosura que concede el abandono, que trato de pellizcar fotografiando sus dependencias.

Tras pasar el primer túnel, bastante corto, circulo por la trastienda de lujosos apartamentos y urbanizaciones añosas, pero no descuidadas, de los sesenta y setenta, cuando empezaron a ocuparse Las Playetas, recoleto y tranquilo arenal entre peñascos. Aquí se estableció una colonia de empresarios castellonenses, valencianos y madrileños, que se apropiaron de esta pintoresca ensenada, nunca mejor dicho, porque una barrera en la entrada de la urbanización obstruye el acceso, con guardia de seguridad incluido, disuadiendo a los vehículos ajenos, no así los que sabemos de su uso público. No fue este el mismo tipo de asalto que aquel de Las Villas, que dieron fama y elegancia al veraneo de Benicasim, aunque aquellos pioneros debían ser igual de pudientes o más que estos advenedizos ricachones, pero tenían otro estilo, otras maneras señoriales más accesibles. Estos se han blindado en su pequeño bunker estival, cerrándose en su particular disfrute. Ya habrá benidores multitudinarios para el pueblo.
Disfruto apreciando como sobreviven, cuando lo permiten las edificaciones, originarias manchas de vegetación autóctona poblando cerros y peñascos calizos. Recuerdan tiempos en los que el bosque virgen mediterráneo besaba la misma orilla del mar. Se está intentando en algunos puntos repoblar con pinos y arbustos autóctonos, pero de no ser por la existencia del trazado de la vía del tren, que impide la avalancha y perturba la invasión constructiva, no existiría este pasillo verde que comunica esos pegotes verdes residuales con algunos montes del interior, aún sin construir. El trazado de la autovía A-7 y la nueva línea ferroviaria que circunvala el pueblo, despejó de tráfico estos lugares escabrosos y posibilitó la creación de esta vía verde.

Me embeleso en esta micro-reserva floral de algarrobos, palmitos, eucaliptos, pinos, espinos, algún enebro, labiadas olorosas, leguminosas desconocidas. En los taludes y paredes de las trincheras cortadas en los montículos, en el frescor de las umbrías, aparecen cortinas de enredaderas y yedras aprovechando la malla de alambre para prosperar. Tal es el prodigio que la naturaleza recupera para nuestros sentidos cuando el hombre vuelve a permitirle actuar. Incluso algarrobos añosos, de troncos nudosos muy retorcidos, huecos en parte de su interior, lucen plantados a la misma distancia, a un lado del terraplén, para consolidar la trinchera que eleva unos metros la vía sobre el plano del terreno, reteniendo y apelmazando la tierra. No es difícil imaginarlos como nidos de rapaces nocturnas, comadrejas o mustélidos. Seguramente plantados al tiempo que se trazaba la línea ferroviaria -se inauguró en noviembre del 1863- cuando sustituyó parte del camino de uña existente entre Oropesa a Benicasim, que corría colgado a lo largo del litoral, o repuestos después. En esta zona no demasiado elevada, pero montañosa, hubieron de tajarse montes con trincheras, perforar túneles, alisar desmontes, para ejecutar al completo la línea Almansa-Valencia-Tarragona (AVT), que posteriormente llegaría a Barcelona. Con el tiempo, en el año 2004, se sustituye por una variante de alta velocidad cuyo trazado corre por al interior, lo que supone una ocasión pintiparada para conservar este pasillo verde y disfrutarlo ahora, a salvo de la codicia especuladora.

Llego a una parte aún más frondosa, virginal, conocida como La Renegá. Bajo a pisar arena, toco mar donde me lo permiten las costras pedregosas de losas rojizas, roídas por el envite de las olas, esculpidas en cuevecillas y voladizos. Abundan los pinos, rastreros si se encuentran cerca del agua, agachadizos, huididzos para evitar el espolvoreo de agua salada, Algunos algarrobos. Diviso, bastante más adelante, con ínfulas de farera, la esbelta torre del mismo nombre recortándose sobre un roquedal al borde del mar, ante unos pequeños acantilados bajo los que se oscurece el mar. Se suceden, aquí delante, calitas solitarias empedradas, escuetas, recortadas entre las planchas pétreas que resisten.

Antes, más cerca, alcanzo la Torre Colomera o Bellver, una muela cariada que sobresale claramente, un poste señalizador, un hito defensivo bien visible. Circular, troncocónica, de 15,7 m. de diámetro en base y altura aproximada (está desmochada) de 10m., con troneras y restos de matacanes en la terraza. Puerta de acceso a 6m. de altura, orientada al mar. El lamentable estado en el que se encuentra (grafitis, grietas, ruina en algunos tramos) se debe a que es de propiedad particular, el dueño no accede a vender el terreno al ayuntamiento de Oropesa, lo que facilitaría su restauración.
Una familia de cuatro miembros recorre, mochilas a la espalda, la orilla. Mi mente exigente, siempre insatisfecha, me culpa de no haberlo hecho con la mía más veces. No puedo por menos que ponerme a buscar preciadas caracolas en los concheros que la corriente acumula en determinados recodos de la orilla. He bañarme, no cabe otra opción. Así que tomo un reconfortante y estimulante baño.

Regreso al carril verde. Me seco andando. Alcanzo enseguida, demasiado cerca de la anterior parece, la Torre de la Corda, de la Renegá o del Barranc de la Dona o de la Mala Mujer, que con tantos sobrenombres se la conoce. Se hizo necesario construirla para salvar el morro que supone este recodo de la sierra de Oropesa al alcanzar el mar, para establecer contacto visual con la siguiente, con la torre del Rey, en Oropesa. Igual que la torre Colomera lo hace con la de San Vicente (que no con la de San Julián, cuya función debía ser salvaguardar el desembarque de pequeñas embarcaciones en la rada donde hoy se sitúa el hotel Voramar). Afortunadamente esta si aparece restaurada, lo fue en 2011, se añadió una escalera de hierro exterior para acceder dentro, a una única sala. Es visitable los viernes por la mañana, pero ni lo intento por las medidas sanitarias que debemos guardar.
Se levantó entre 1553 y 1554, al mismo tiempo que las tres que hay en el cabo de Oropesa. Circular la planta, con 5m. de diámetro en su base, troncocónica, es alta, 16 m. La circundan 8 aspilleras o troneras. Maciza en dos terceras partes, presenta una puerta en altura, como de costumbre, pequeña. Estaba dotada con tres soldados con arcabuces que parece no tuvieron que ejercer de atajadores por su proximidad y visibilidad con las otras.

Prosigo. A mi izquierda, asaltan el escarpe montañoso, la ladera, unas cuantas urbanizaciones atrevidas, escaladoras. Prefiero volver la cabeza al otro lado, el más agradecido. Sobre la línea del horizonte marino, guardando equilibrio, esperan su turno para entrar en el puerto de Castellón, cinco grandes barcos, cargueros o superpetroleros (he leído que pueden alcanzar hasta cuatrocientos metros de largo). El Grao sobresale kilómetros de la costa, invade adentrándose poderoso el mar al encuentro de sus clientes. Diviso claramente la decena de grúas que lo arbolan, componiendo una bahía artificial. Observo cómo se recortan nítidas y potentes esas siluetas cual islas flotantes. A la vista de tales prodigios no cabe asombrarse de que los antiguos imaginaran la isla de San Brandan en los lomos de una ballena o que el mismísimo Cristóbal Colón se obsesionara buscando la octava isla canaria, llegando a suponer movediza, desubicada.
Como modernos atajadores que informaran de una torre a otra de que no hay moros en la costa, me cruzan corredores y ciclistas perfectamente pertrechados. Completas equipaciones deportivas: bicicletas de carbono, prendas térmicas ajustadas, gafas de sol y auriculares; en vez de caballos, arcabuces y mosquetes. Van escuchando música, charlando por teléfono o atentos a sus tacómetros y relojes digitales, pasan de largo, ajenos, ignorantes a la belleza que les rodea. Bastaría con detenerse, acodarse sobre la barandilla de madera en uno de los balconcillos existentes y asomarse. El mar golpea insistente los roquedos, salpicando de espumarajos el aire, intentando alcanzarlos, llamar su atención. Pero prosiguen afanosos con sus rutina de ejercicios hacia la cuota de kilómetros y calorías estipulada para hoy por sus instrumentos Yo si me asomo para ver como percuten poderosas las olas en los acantilados de areniscas grisáceas: repiquetean su estruendo profundo, un eco vivo que parece emerger de un pozo.
Llegando a un túnel largo, casi medio km., que da acceso al puerto de Oropesa, elijo evitar la oscuridad y ese trasiego de ocupantes, desviándome por una senda a la derecha, es parte del camino de uña que recorría toda la orilla de la costa. Continuo sinuoso, salgo a un pequeño cabo sin nombre, una avanzadilla que se adentra un poco en el mar. Cormoranes mojados se secan sobre unas rocas allí abajo. Se cita en algunos mapas en este paraje una Cueva de los Contrabandistas, la encuentro ascendiendo la colina, supone apenas un hoyo de diez o doce metros que, debidamente camuflado, serviría de escondrijo para sus mercaderías. Llego después a un mirador donde el sendero más se adentra más sobre el agua, asomándose a un cortado, ofrece una vista excepcional, tanto hacia adelante como hacia atrás.
Se ha habilitado un puesto de observación, con un rústico banco de madera y una pequeña cajita anclada a un pino donde se guarda una libreta para consignar firmas, impresiones, dibujos. Leo en ella:

Acaba debajo el incesante batir de su amor, representado en sus caricias sobre este continente infame e insensible. Los siglos se deshacen en días y noches insomnes besándole, hasta la más firme voluntad se desharía como terrón de azúcar ante la cálida y pertinaz embestida de su oleaje, ante la poderosa pasión de sus tormentas, su empuje acuoso… Pero aunque se resiste, el amor al fin sale triunfante en tan singular gesta, la tierra no puede permanecer impasible eternamente, al fin cede, abriéndose de ternura. Las férricas rocas se agrietan y sucumben enamoradas a la constancia irrefrenable del mar, a tantas caricias de sus dedos en oleaje. El desmorone de su determinación granula auríferas arenas que brillan de cuarzos derretidos y se posan donde el mar ha podido hacerse un hueco.

Se abre la panorámica adelante a modernas torres de Oropesa. Parecida visión a la que tuve en la Torre del Aguiló, sobre la cala de Fenestrat, que aguarda a sus pies, hacia la megalópolis madre, hacia Benidorm. Entremezcla mi retina imágenes similares de parajes diferentes que se repiten con gratuita crueldad.
Al mismo salir del túnel, retomada la vida verde y los paseantes, sobrepasado el doméstico puerto deportivo de Oropesa, llego un saliente pétreo, el tossal de la Punta de la Cova, submarina por cierto, también conocido como Oropesa la Vella. Supone una pequeña excepción acantila caliza en la planicie playera que comienza a abrirse en una extensa e impresionante concha, respecto de la linealidad que me aguarda en adelante. Por ello desde antiguo, Bronce Final, como enclave de población fácil de defender y muy apropiado para el comercio marítimo. Lo habitual es encontrar asentamientos en la llanura aluvial, entre marjales, o bien en promontorios montañosos de las primeras estribaciones de las sierras litorales.

A diferencia de los poblamientos conocidos del Grupo del Alto Mijares, en el interior de la actual provincia de Castellón y en las serranías turolenses del Bronce Medio, donde se asienta un campesinado con una explotación agrícola familiar como unidad básica de organización social, labranza de la tierra y cría de ganado; aquí se da un poblamiento seguramente foráneo, púnico o fenicio, griego (masaliotas) entremezclado con ilercavones locales, llegado en navegación de cabotaje con propósito de prospectar y manufacturar los metales. Lo que hace que sea un yacimiento muy singular. Recordemos que desde el Bronce Inicial (entre 2100-1800 a. C), se da una auténtica fiebre del cobre, con objetivos diferentes, dedicado a una gran actividad metalúrgica, como denotan los hallazgos encontrados aquí de dos hornos de fundición, moldes, crisoles y escorias. No son pastores y agricultores simplemente sus habitantes, aunque realizan estas tareas para su mantenimiento.
Sabemos que aparecen asentamientos dispersos situados cerca de los afloramientos y vetas de cobre o bien asociados al mercurio, níquel y cobalto, o al plomo, con zinc o plata, como es el caso.
Se excavo por Francesc Gusi y Carme Olària entre 1979 y 1989, encontrándose el terreno arrasado, en parte, y rebajado 5 o 6 m. por la construcción de un chalet vacacional en los sesenta sobre el mismo promontorio. De hecho tuve que saltar a su jardín para abandonar el yacimiento. Estructurado de forma escalonada, en cinco terrazas, el poblado se cerca con un potente lienzo de muralla de 27 m., muy ancha (oscila de 12 a 8,5 m.), y un torreón troncocónico defensivo de 6m. de diámetro y unos 3 o 4 de altura. Lo componen cabañas circulares con dependencias añadidas para animales. Se ha datado en el Bronce Medio, 1200 a.C., aparecen restos de varios incendios producto de su actividad metalúrgica tal vez, contaba con dos hornos de fundición, el último fue motivo de su abandono.

Los restos vegetales hallados nos dan una idea de cómo se encontraba la zona por entonces, resultan muy ilustrativos. Existía una abundante cobertura arbórea: pino carrasco, encina, haya y probablemente olivos, que ha aparecido en los postes para construir y aportaban la leña necesaria a los hornos.
Recordemos que abundan los tossales dominando la costa, no se alejan más de 12 km del litoral, en la Edad del Bronce. Aparecen desde el Midí francés, Ampurdan, pie de la sierra del Maresme, el Barcelonés y el Bajo Llobregat hay un vacio hasta la Plana Alta y la sierra de Irta. Algunos, ya referidos en anteriores etapa, de sur a norte serían : Tossal de Mortorum (Cabanes), Costamar, en el marjal de Oropesa, Oropesa la Vella, Sequía de L´Obra, Tossal del Castellet, Les Serretes (Castellón); en la Plana Baja Boverot y Vinarragell, en el curso del Mijares, y otros posteriores como la torre d´Onda, Vilavella, Almenara, Sagunto.
Recientemente he podido asistir a una conferencia de la doctora Feliciana Sala que ha elaborado una interesante tesis que reinterpreta algunos emplazamientos costeros del siglo I a. C., tenidos por simples poblados íberos, como auténticos castelum romanos, en base a la abundante existencia de cerámica doméstica romana y otros utensilios. Por tanto, tuvieron un papel muy importante en las guerras civiles romanas entre Sertorio y Pompello, desarrolladas en Hispania.
Le pregunté acerca de la posibilidad de que existieran otros enclaves similares, más al norte de Daenium (Denis) que fue hasta donde llegaron sus pesquisas, como por ejemplo Arse-Saguntum, Oropesa la Vella (muy similar al de Finestrat, Benidorm (jalón 20º), la Illeta des Bañeres (jalón 18º), en Campello, u otros. No lo descarta porque también la zona de la desembocadura del Ebro y toda su Depresión, Pamplona (cuyo nombre deriva de Pompeyo) y parte del Pirineo, fueron escenario de la contienda. Se precisaba controlar los abastecimientos y dominar puntos del litoral para recibir refuerzos o aprovisionamiento tanto de Roma, el bando oficial, como de los piratas cilicios los sertorianos.
Ojala futuras investigaciones, asistidas por nuevos presupuestos ahonden en esa interesante investigación. Es mucho lo que desconocemos todavía de los pueblos pre-romanos, que hemos dado en englobar en el sobrenombre de íberos, más avanzados y capacitados de lo que se venía creyendo, y de su interacción con Roma.

6 de noviembre de 2021