33º jalón Oropesa-Alcocebre 24,5 km

Oropesa no era una aldea mayor que Benicasim cuando fue reconquistada en el año 1233 por Jaime I y cedida a la Orden del Temple. Posteriormente pasaría a manos de diversos señores, destacando entre ellos la familia Tous, sus propietarios hasta finales del XV. En el año 1654 Felipe IV creó el Condado de Oropesa para Gerard de Cervelló. Visito hoy su casillo en la parte alta del casco viejo, se encuentra restaurado, muy restaurado, por no decir, reedificado. En las restauraciones se tiende a marcar muy claramente el límite entre lo antiguo y lo nuevo -cosa que no aprecio aquí- con una clara línea divisoria de ladrillos o teselas.

     Encuentro un Museo histórico cerca, en un moderno y bello edificio no demasiado dotado, pero muy aparente por fuera (¡es el signo de los tiempos!). Mezcla un poco de todo intentando abarcar mucho, pero sin apretar (profundizar). Está desaprovechado, se remata en la planta alta con un aula didáctica para colegiales. Voy buscando una maqueta del cabo de Oropesa muy ilustrativa que muestra el tómbolo creado por la dinámica costera con la Torre del Rey, únicamente. Pero no aparece por ningún lado, la descubrí en Naturhiscope, un formato interactivo del museo que, se supone, divulga y promociona visitas turísticas al pueblo. Me mareo en el empeño, tanto que he de encomendarme a la Virgen de la Paciencia, cuya torre campanario se divisa aquí al lado.                                                                       

     Desciendo hasta la airosa y amplia concha que dibuja la playa, una preciosidad. Doblo el cabo, la Punta de Les Llançes. Junto al faro de Oropesa me encuentro de sopetón con la imponente y hercúlea estampa de la Torre del Rey. Atónito contemplo esta soberbia construcción castrense. Fernando de Antequera inició su construcción en estilo renacentista en 1413 por encargo del rey de Aragón, que al tiempo ordenaba levantar un castillo y una capilla cercana para fijar población, se han hallado restos arqueológicos que lo confirman. Esta torre, en principio era una edificación cuadrada de 13,20 m de lado y cuerpo prismático, probablemente con dos plantas y una auxiliar superior. Por nubes de puntos se ha podido comprobar que la planta inferior se dividía en dos espacios iguales, separados por un muro y cubiertos con bóveda de cañón. Se apoderó de ella Barbarroja en 1534 y arrasó los cultivos de los alrededores.

     Se debía reforzar la torre por tanto, cosa que hizo el conde de Cervelló, señor de Oropesa, en ese mismo año, añadiendo mayor grosor a los muros sin talud de la planta baja (¡alcanzan 3,70 m!, nada menos) y construyendo las llamativas caponeras o garitones esquineros, con troneras a modo de bunkers, de 5 m. de radio y 2,30 m. de grosor de pared en su base. Se terminará por revestir el edificio viejo con otra torre nueva, más sólida y resistente. Caso peculiar este, nunca visto hasta ahora: una torre dentro de otra mayor. A pesar de todo, la obra presenta desperfectos en 1564 cuando la visita Juan de Acuña y elabora su informe, era partidario de cubrir la planta alta: «la bóveda alta le falta de hazer, y todos los parapetos y tiene necesidad de que se haga porque no se puede estar a la defensa dell ni tener artillería, y las aguas tratan mal las otras bóvedas que están sobre los aposentos, las quales se reçuman y con el agua en ellos, los quales son pocos, y los suelos dellos están sobre las bóvedas de las bodegas de la torre…»

     Finalmente sería comprada en 1564, por Felipe II por 10.000 ducados, de ahí su nombre. Como la vemos hoy, la torre (la exterior), es más ancha que alta, tiene 17´40 m. de lado una altura de 15´70 m, alcanza tres plantas con varias líneas de troneras, con amplitud para situar piezas de artillería y contraventanas de hierro, de las que solo queda una. Una primera planta baja de cimentación dispone de varias salas con tragaluces y vestíbulos, y caponeras externas. En la planta primera hay dos salas con chimenea y dependencias para los soldados, cubiertas con bóvedas de cañón. La superior, descubierta, es la destinada a la defensa con troneras que cubren los 360º. Dispone de aljibe entre las bóvedas. Se añade un coronamiento con pasarela de ronda y poderosos garitones con troneras en esquinas opuestas, distintas a las caponeras, con lo cual quedan perfectamente cubiertos todos los flancos de defensa.

     Sufrió pocos ataques la torre, su tremenda solidez imponía mucho respeto, hasta que fue asediada en 1811 por tropas francesas durante la mal llamada Guerra de la Independencia (no nos independizamos después, sino que recuperamos la soberanía perdida). Se abandonó definitivamente el edificio a finales XIX.         

     Aturdido todavía por la presencia disuasoria de esta espectacular Torre del Rey, me topo con un cartel municipal que anuncia el proyecto CES (captura y esterilización de felinos). Bajo las palas de una chumbera se encuentran los mininos plácidamente ubicados, han excavado su guarida entre ellas. Y la torre parece reforzar el carácter defensivo del proyecto.                

Morro del Gos

     Prosigo con la etapa del día por el Morro del Gos, denominación que recibe todo el conjunto del gran tómbolo. Sigue un paseo asfaltado y urbanizado también, hace no muchos años esto era un completo descampado con pocas construcciones. Cojo mi tran-tran, ese ritmo borreguero con el que comencé la ruta allá por el 2016 en las largas y amplias rectas que preceden a cabo de Gata. He aprendido a mantenerlo, siempre que el relieve lo permite, como una cómoda velocidad de crucero. Me disuade de aminorar el paso demasiado en algunos tramos, al tiempo que puedo apreciar bien los paisajes que merecen la pena. En este caso me convendrá esa especie de trotecillo para minimizar la visita y pasar de largo por el apiñamiento constructivo que me espera. Atravieso el río Chinchilla y llega, de golpe y porrazo:

— ¡Marina D´Or, ciudad de vacaciones, dígame!

–Nada, no le digo nada. Como si fuera una de esas molestas llamadas publicitarias que invaden nuestra sagrada intimidad a la hora de la comida o de la siesta ofreciéndonos productos que no deseamos. Callo y cuelgo.

     Y paso, como alma que lleva al diablo, por ese Benidorm de bolsillo que se asoma peligrosamente al litoral con ansias de comérselo. Pero, contra lo que pudiera esperarse, ocupa una zona de costa poco playera, conocida como Les Roquetes Roges para más inri, escasa en arenales, pero construyeron piscinas, no hay problema. Solo cuenta con una escueta playa en su extremo norte, junto al camping Didota.

     Y finaliza tal como llego, finaliza Marina D’Or como no podía ser de otra manera, con una monumental escultura del inefable Ripollés, pintor y escultor local muy del agrado de las autoridades, así como de los periodistas sensacionalistas, por su infalible extravagancia. Una escultural ensaimada, una cagarruta de purpurina plateada que se enrosca en su caída, delimita la parte norte del complejo vacacional. Un monumental zurullo, brillante como bola de espejos discotequera, estelar, cósmica tal vez, que resume perfectamente lo que le precede.

     Afortunadamente, a menudo, al lado de horribles monstruos constructivos, junto a los atentados más flagrantes perpetrados en nuestro doliente litoral contra la belleza primitiva, como revelándose a ese cruel destino, la naturaleza nos reserva parajes donde todavía se la ve brillar y puede imponerse.  Ocurre con la sierra Helada de Benidorm, las calas de la sierra Almagrera después de Mojacar y Garrucha, etc. Me afano pues en encontrar más adelante resquicios de ese paisaje original. Y, efectivamente, aparece en forma de pueblecito de pescadores bien conservado: Torre de la Sal, la antítesis de lo precedente.

     No en vano me he internado ya en el Parque Natural del Prat de Cabanes-Torreblanca,que se extiende por 800 hectáreas de una amplia albufera litoral, ocupada por dunas fósiles, restingas de guijarros y gravas, marjales residuales, turberas, etc. Comprende un espacio natural limitado por la Sierra de les Santes y Oropesa, al sur, y Torreblanca y Sierra de Irta, al norte, en cuyo tránsito aún es posible solazarse. A finales del XVIII se desecan con acequias y por colmatación amplios terrenos para campos de cultivo de cereales, otros se dedicaron al arroz, que se erradicó en 1965 por bajo rendimiento debido a la salinidad de las aguas. Esto ha permitido preservar esta antigua albufera de los desmanes constructivos, aunque recientes promotores, en connivencia con ediles y concejales -una historia demasiadas veces oída-, amenazan su integridad. Son heraldos del progreso económico –dicen-, de puestos de trabajo directos e indirectos, del poner en valor la zona y sustanciar sus innegables atractivos, del bla, bla, bla… Proceden como astutos lobos aguardando el más mínimo descuido, una pequeña duda en la denuncia de la opinión pública, un desmayo en las protestas, una división de opiniones en los medios de información… para lanzarse rapaces sobre la presa, en este caso el poblado de la Sal.

     Y parece que lo están logrando. Se ha declarado la aldea suelo urbanizable, sus terrenos inmediatos ya lo son: diviso horribles bloques de apartamentos y pisos a corta distancia, a unas centenas de metros del poblado, detrás. Me informo sobre el asunto y firmo las hojas de protesta contra esa recalificación infame que permitirá el allanamiento de las inmediaciones de sus casas. Hablo con una espontánea asociación de vecinos creada al efecto, encabezada por María Mercedes y Artemio, el del bar, me dicen que temen que la aldea quede como barrio testimonial turístico, de cara a la galería, como ocurrió con Alcocebre y tantos otros sitios que, precisamente, he venido atravesando los días pasados. Porque, una vez levantadas construcciones alrededor, perderá su encanto y será cuestión de tiempo y presión que vayan vendiéndose casitas y convirtiéndose en establecimientos comerciales de suvenires, ropa, cafeterías, etc. Prometo ayudarles a difundir la protesta, en la medida de mis posibilidades.

       Debo volver ahora al trabajo y dar cuenta de la estupenda atalaya que lo antecede. La Torre de La Sal, de considerables proporciones y aparente solidez, no en vano alcanzan sus muros un espesor entre 115 y 160 cm, su atura es de 10,20 m. Más que una torre de vigía, menos que un fortín abaluartado, posee base cuadrada de 6´55 m.de lado  y cuerpo prismático, tiene dos pisos y se remata con una terraza descubierta con un garitón que permitía vigilar la costa y un matacán que protegía la puerta principal que, extrañamente, no se encuentra en altura, sino a nivel del suelo. En recientes trabajos de conservación y restauración efectuados en 2018 se procedió a la eliminación de un balcón, abierto a principios del siglo XX, calculando el hueco a dejar en función del trazado regulador de sección aurea imperante en el XVI. Nada menos.

     Sus características son semejantes a otras torres próximas, en el interior, de los Gatos, el Carmelet y del Carmen, situadas también en la Ribera de Cabanes.

     Ocupa esta torre una zona muy codiciada desde antiguo, existen vestigios del asentamiento de un oppidum, pequeño emporio comercial ibero-romano, con fondeadero, cuyo máximo esplendor se dio entre II y I a.C.

     Prosigo con mi ruta. Pasada la aldea, atravieso el desagüe del marjal, con losas y sillares bien tallados, por un airoso puentecito. Accedo de pleno al Parque Natural del Prat de Cabanes-Torreblanca, antes conocido como Albalat dels Ances, una albufera formada hace unos 6000 años por las aportaciones de los ríos Chinchilla y Cuevas. Se fue formando la restinga o frente costero a partir del siglo XVII y colmatándose terrenos con los sedimentos, lo que posibilito el aprovechamiento agrícola de nuevos terrenos. Pero sería a mediados del XIX, según informa Madoz, cuando se dan concesiones para desecar parcelas y cultivarlas, acabando ese proceso a finales de dicho siglo al excavarse un canal perimetral que acelera la desecación y permite convertirlos en arrozales. Se han explotado desde los años cincuenta las turberas, que en algunos puntos alcanzan un espesor máximo de 4,5 m.

     La inundación de algunas zonas varia por la escasez de lluvias y cursos permanentes de agua, se produce por la aparición desde la capa freática, al ser un terreno deprimido, o la existencia de algunos manantiales de agua dulce (ullals) como el llamado Boca del Infierno. Es destacable señalar la existencia de algunos endemismos acuáticos como la gambeta, el samaruc o el fartet, pequeño pez del que vengo hablando desde la etapa14ª, dedicada al Mar Menor. En cuanto a aves, sobresale la amenazada canastera, el aguilucho cenizo, el carricerín real, la cigüeñuela, el avetorillo, el charrancito, la focha común, el pato colorado y el tan mencionado chorlitejo patinegro. Sería demasiado prolijo nombrar las especies estacionales, hibernantes, pero destaco el aguilucho lagunero y el martín pescador. También se encuentran galápagos y culebras viperinas, comadrejas, ratas de agua, etc.

     A lo lejos, junto a la carretera nacional que transita La Plana, paralela a la costa, pasado El Ventorrillo, sobre una colina de 98 m., se emplaza el ruinoso castillo de Albalat, levantado en 1280 y abandonado en 1469. A sus pies existe una ermita fortifica dedicada a la Virgen de la Asunción, se construyó en el XIII, y hubo de fortificarse posteriormente en el XIV por la profusión de ataques piratas, levantando un muro exterior y convirtiendo el tejado en terraza almenada. Sobre la capilla se levantó la torre, rematada también con almenas.

Dos aguas: marjal y mar

     Después de un tramo de camino terrero bueno, asciendo y recorro, como si fuera una pasarela sobrelevada, el muro de cantos rodados que hace de restinga artificial, pulidos chinarros blancos. Parecen miguitas de pan que ha ido dejando un gigante a su paso, aunque aquí no hay modo de perderse, la línea de costa marca el camino y hacia el interior, las lagunas y charcos impiden el acceso. Sobrevuela los cielos despejados una V abierta, planea en círculos junto a su pareja, seguramente aguiluchos laguneros.

     Pasadas las ruinas del Cuartel de Carabineros, que el mar ya ha hecho suyas, aquí si aparece camino hacia el interior, me siento a descansar bajo un pino. Igualmente aparecen esporádicos algarrobos que ofrecen su sombra como alivio gratuito. Tomo una manzana jugosa que me sabe a…, iba a decir a gloria, pero me sabe a manzana, simplemente, que no es poco. No es acierto de ella, son mis sentidos los se encuentran aquí más vivos y gratificados. Observo a un cernícalo apostado sobre aquel arbusto, tranquilo, confiado, aunque me delata mi silueta, no se inmuta, pero al cabo de un rato se va.

     Se puede contar la experiencia o así, como vengo haciéndolo, o a lo tremendo, como aparece en un recorte de prensa que guardé en mi libreta de ruta, para contrastar. Es del suplemento de viajes y escapadas de un periódico nacional: La playa del Cuartel Viejo, de 3,300 m. de longitud depara un marco prístino de serenidad máxima, en un cordón litoral de cantos rodados, gravilla y arena donde disfrutar de la rítmica percusión de las olas en el rompiente. Y con bañistas ajenos al textil departiendo, congratulándose por la falta de servicios. Las ruinas del cuartel de carabineros, golpeadas por las olas, son testimonios de la regresión costera. Los naturalistas más acérrimos caminan hacia Xeraco hasta dar con la playa de Cudolà, solo alfombrada por cantos rodados. Hay que contar al final de la tarde con la más que probable presencia de mosquitos.

     No me resisto a objetar al atrevido periodista su sobrecarga de tópicos y manidos adjetivos, la gratuidad de suponer asalvajados a los nudistas y el poco gusto del remate final. Es lo malo de querer resumir tanto, de escurrir tanto el paño húmedo, que se termina mintiendo o soltando barbaridades.

     Me evaden unos tiros de caza lejanos, que como petardos encajonados perturban la paz de lugar. Allá, un poco más lejos, delante, veo destacar el gris plumaje de una garza estatuaria sobre el fondo de las piedras blancas.

     Aunque la belleza y serenidad que se respira por estos pagos no lo presuponga, hay que hablar de un episodio relevante en la historia de la piratería acaecido en 1397: el asalto, incendio y subsiguiente robo de la custodia del Santísimo Sacramento, en Torreblanca. Fue capitaneado por Fuster, un valenciano renegado al servicio del rey de Túnez, que salió de Bujía con cuatro galeras y asaltó Andraitx (Mallorca), se refugió en las islas Columbretes. Hubo colaboración de mudéjares locales porque eligió un día de fiesta a finales de agosto, con lo que había muchos de ellos que bajaron del Maestrazgo. Tal fue el rechazo y la indignación provocada por el hecho que el rey de Aragón, Martín I el Humano, consiguió armar y reunir 70 embarcaciones y 7500 cruzados para ejecutar la bula que había concedido el Papa Benedicto XIII en Avignon.  La flota, ya en suelo norteafricano, tomó Tredelis, en el reino de Tremecén, asaltándola durante dos días y recuperando el cáliz robado.

     Por cierto que este episodio nos da pie para adentrarnos en el capítulo más importante vivido por la ciudad de Peñíscola, final de la etapa de hoy, a lo largo de su historia. El Cisma papal de occidente, la existencia simultánea de dos pontífices. Aprovechando el poder de esa Armada Santa, Martín I se propone socorrer al Papa legítimo, Benedicto XIII, sitiado en Aviñón por las tropas del rey francés, contrario a su papado. Remonta con unos 3000 hombres y casi 20 embarcaciones, entre galeotas y galeras, el Ródano hasta donde le fue posible por su calado. Acudieron los franceses a pararlo, lo que proporcionó una tregua que el Papa Luna supo aprovechar para huir a Peñíscola. En 1399 en agradecimiento le entregaría el Santo Grial, por ello se especula con que pudo llegar a la catedral de Valencia.

     Unos kilómetros tierra adentro se encuentra el significativo Camino de las Torres, que avanza hacia la Torre de doña Blanca de Cardona, a unos 2 km. al sur de Torreblanca, a la que dio nombre. De origen musulmán, tras la conquista y repoblación de Jaime I fue reconstruida en el XIV. Es de titularidad privada. Tiene planta cuadrada, sube cuatro plantas en 20 m. de altura, encontrándose almenada.  Tiene puerta con arco de medio punto a ras de suelo y garitones en dos esquinas de la terraza.

     Llegado a la población de Torreblanca asciendo el cerro del Calvario por un via crucis perfectamente definido, con estaciones a modo de casutillas tejadas, bien elaboradas y perfiladas en buena piedra. Me llama especialmente la atención una de ellas que recuerda algunos monumentos funerarios púnicos cartagineses, que también se dan en tumbas íberas de la península.

     El episodio del robo de la custodia se produjo en la iglesia situada en su cima, la iglesia-fortaleza de San Francesc, del XIV, que se construyó anexa aprovechando una torre, levantada sobre otra preexistente, la de Luppricato, de la que queda el arco de medio punto de su entrada y el segundo y tercer tramo de pisos, así como una ventana saetera sobre la puerta. Se sitúa el edificio dentro del vallado antiguo de la ciudad, todavía se puede ver ahí el arranque de las murallas que partían de ella y continúan más abajo, asoma en una calle del barrio antiguo.

     Abajo, en la plaza del pueblo encuentro la iglesia de San Bartolomé, cuyo aspecto robusto y la carencia de vanos parece apostar por otra iglesia-fortaleza, a pesar de ser del siglo XVIII. Tal vez no se había disipado todavía el peligro corsario, recordemos que franceses e ingleses habían sustituido a los piratas sarracenos en esa tarea. En ella cuelga un lienzo de José Orient del XVII, en el que se narra el famoso ataque berberisco y robo de la custodia, que no puedo contemplar por encontrarse cerrada.     

     De regreso a la costa, arribo a Torrenostra, barrio costero de Torreblanca que, como tantos otros, se encuentra unos kilómetros al interior, para protegerse de los ataques. Descubro la Torre Nostra o torre Nova en el mismo paseo marítimo, en la calle San Juan, hoy Juan Carlos I, encajonada, encorsetada entre casas de veraneo de dos plantas que se pegaron a sus costados, tomando la misma alineación de la torre frente al mar, formando una calle. Restaurada en 2006, de excelente factura en piedra caliza y arenisca (esta en esquinas y sillares de la cornisa), de planta cuadrada de 8,70 m de lado, en el exterior y unos 4,45 en el interior (20 palmos de la época, el espesor de muros es de 2,27 m. (10 palmos), alcanza 9 de altura desde el final de la banda inclinada hasta la cornisa. Tiene una sala en cada una de las tres plantas con bóveda de cañón. Su cornisa es muy vistosa, con cordón o bordón, sobre la que se sitúan, en sus cuatro esquinas sendas garitas o matacanes cilíndricos bien perfilados y otro sobre la puerta.

     Orientada al mar, al sur-este, como la torre de San Vicente, de Benicasim, fue construida solo unas décadas después que ella. Hacia el lado de Oropesa tenía, hoy permanece tapiada, cegada por el edificio anexo, una puerta de madera acorazada con planchas de hierro y existían dos ventanas por lienzo y aspilleras.

     Regreso al sonajero de mis pasos, al frotar pesado de los chinarros redondeados en mis suelas, aún así es menor ese estruendo que el que produce el arrastre de las olas en su retroceso. Cruzo la Boca del pantano. Precisamente cerca de ella se encentran las turberas.                                   

     Después de unos cuatro kilómetros llego a la desembocadura del rio San Miguel, un barranco seco actualmente. Si me adentrara por él, enseguida llegaría a la finca privada que oculta la Torre del Marqués. Más que una torre vigía parece una torre del homenaje almenada, es cuadrada y posee cuatro plantas, con un matacán sobre la puerta y un garitón esquinero en la terraza. Cubierta de yedra, deja ver alguna ventana, un balcón añadido y unas antenas parabólicas que terminan de completar el desaguisado. La mandó levantar doña Blanca antes de la repoblación de Torreblanca.

     Existen varias torres de este tipo, aunque no con este porte y consistencia, en medio de los huertos y tierras desecadas ganadas al marjal. Junto a la vía del tren descubrí otra en la zona de El Ventorrillo, la Torre del Carmen. Ya la cité antes, cuando aludí a aquellas torres cercanas a Torre de la Sal, similares a ella. Aunque no pude verla de cerca, su tipología, como digo, es parecida.   

             Cap i corp, significa cabeza y cuerpo, como capicúa (cabeza y cola) viene del catalán, supone una pequeña aldea junto al mar que tiene también su poblado correspondiente algo más al interior. Llegado a ella, me doy de bruces con un remedo histórico, un pastiche historicista neo-medieval, discoteca en tiempos y restaurante actualmente. Se adivina por los grandes sillares de su planta baja, tiene dos pisos, que aprovecha otra construcción antigua. Al lado, junto a la orilla del mar destacan varios pedruscos toscamente labrados, como aclara un cartelito, son noráis, dispuestos allí para sujetar las barcas.                                            

     Encuentro la Torre de Cap i Corp cerca, en medio de una propiedad existente detrás de la ermita de San Antonio. Me acerco cauteloso entre los árboles y arbustos que ocupan la descuidada finca, no existe muralla ni cerca que la preserve, para hacer unas fotos. Caso de que halle ocupantes, se ven dos coches aparcados, les pediré permiso, si no las haré por mi cuenta y riesgo, como así sucede. Cuesta apreciarla detrás de una profusión de palmeras. Aparece muy transformada, con edificaciones anexas a los lados y en la terraza, con ventanas añadidas, etc., apenas se distingue. Lo que no consiguieron destrozar los piratas turcos llegados en cuatro galeras, en el ataque de 1586, lo han perpetrado los actuales dueños. Además han excavado una laguna artificial a modo de estanque, justo a su lado.        

     En su origen conecta visualmente con Torrenostra y con la torre Ebrí. Se edificó en 1427 por orden del comendador de la Orden de Montesa. Cuadrada, de 13 m. altura, puerta en planta baja con arco de medio punto, planta primera con ventana sobre la puerta y planta superior con ménsulas. Tenía corsera o matacán corrido, quedan algunas torres donde se puede apreciar. Posee escalera de caracol interior y se apreciaban unos dispositivos para uso de la ballestería de trueno matacán, pero, como digo, todo eso hay que imaginárselo.

     Acabando la etapa del día, me encuentro cerca de Alcocebre. Desde hace un rato vengo divisando arriba, colgada sobre la montaña, en las primeras estribaciones de la Sierra de Irta, la ermita-castillo de Santa Llúcia i San Benet, justo encima del pueblo. Existen antecedentes, ahí mismo, de una torre de vigilancia de época musulmana, sobre ella o anexada se edificó la ermita por la promesa de unos pescadores que querían dar las gracias a la virgen, los salvó de una agresiva tempestad que surgió inesperadamente una mañana mientras faenaban.

     Caso único en la historia de la piratería en estas costas mediterráneas que vengo transitando, en Alcalá de Xivert, pueblo algo más interior, cabeza rectora de la encomienda de la Orden del Temple, que luego pasaría en el XIV a la de Montesa, con su imponente castillo que guardaba el paso de Valencia a Barcelona, aparece una placa en la calle San Joan con una inscripción que documenta el frustrado ataque pirata, repelido en sus calles:

EL 17 DE NOVIEMBRE DE 1547, DÍA DE SAN ACISCLO Y SANTA VICTORIA, 500 MOROS ATACARON ESTA VILLA Y LA CONBATIERON 8 HORAS Y DIERON FUEGO A ESTA PUERTA Y POR INTERSECCIÓN DE ESTOS SANTOS, NOS LIBRAMOS DE SU IRA Y CORRIDOS LOS AGAREÑOS SE VOLVIERON A SU ARMADA COMPUESTA DE 14 GALERAS Y GALEOTAS RABIANDO SIN PILLA.

     Playa Tropicana y después playa y roquedo del Moro, reculo hacia el interior para hallar mejor camino y me tropiezo con una casa adosada a un fragmento de muro curvo, lo que parece una antigua torre. Seguramente la torreta del Cabello que aparece en algunos mapas. Pregunto a un caminante acelerado si voy bien para la playa del Cargador, de Alcocebre. Ramón me informa que sí, caminamos juntos charlando. Al verle caminar muy erguido, le supongo lesionado y le ofrezco mi crema analgésica. Me explica que no es lesión, es falta de varios discos intervertebrales lumbares, le operaron varias veces para insertarle una placa y unos cuantos clavos que le permitieran moverse. No le garantizaron una vida plena, y menos deportivamente. Y, como ocurre en algunos de estos casos, sobre todo cuando el afectado/da tiene…arrestos, agallas, redaños, se tomó la rehabilitación como una olimpiada personal vitalicia: carrera y piscina casi a diario, senderismo, triatlón incluso. Amén de haberse recorrido siete veces el Camino de Santiago, realizar rutas de montañas y todos los etcéteras que se le pongan por delante. Me rio yo de Robocop.

      Aprovecho esta circunstancia para comentar el proyecto de Sergio Durango que desde finales principios de 2019 atraviesa a pie las siete Islas Canarias para demostrar que los pacientes oncológicos pueden y deben hacer deporte como terapia suplementaria a los tratamientos convencionales, porque refuerzan el sistema inmunológico y ayudan psicológicamente. Él padeció un cáncer de esófago metastásico, se trató con radioterapia y quimioterapia para reducir el tumor y proceder a la cirugía, le operaron en enero de 2020, le extirparon medio estómago y parte del esófago. En la última revisión le localizaron tres ganglios con metástasis. Actualmente recibe un tratamiento paliativo, que completa con su proyecto porque considera que tiene que intentar hacer algo que sea muy significativo para él y, apremiado por el tiempo limitado que le queda, ha decidido hacer ejercicio para dar visibilidad y concienciar sobre el cáncer, a la vez que buscar financiación popular para campañas y proyectos de investigación. Existen enlaces en facebook, istagram , pág. web para colaborar;  en youtuve aparece cada etapa.

    ¡Como para quejarse uno de ampollitas y agujetas!     

7 noviembre de 2021