
Repaso las fotos para acompañar el presente texto que escribo para la página web, buscando encontrar una panorámica atractiva con la que introducir este artículo y, cuanto más las miro, más veo como se asemeja Peñíscola a una montaña pétrea. Apenas se distinguen las casas cúbicas del roquedal sobre el que se asientan, parecen propiamente una prolongación en piedra de él, consustanciales a la base sobre la que descansan; sus habitantes deben ser trogloditas de superficie. Lo dicho, conquistar ese peñón descomunal se me antoja uno más de los doce trabajos de Hércules. Algo parecido deberían pensar aquellos que arribaron con sus naves por mar ante la escultural mole que se les aparecía delante y les disuadía de intentarlo. No pierde su impresionante presencia un ápice de su porte por más que me aleje kilómetros hacia el norte por su extensa y longilínea playa cuando giro la cabeza para mirarla.
Recuerdo que fue colonia griega (Chersonesos) y después romana (Pene+iscola, casi isla), fue conquistada por Tarik en 718 (Banáskula). Aunque Jaime I la ataca en 1225, no la obtiene hasta 1233, tras la caída de Burriana, que cortó la comunicación con la taifa de Valencia, por rendición voluntaria, a cambio de conservar su religión y sus costumbres la población morisca. Se dieron todavía algunos ataques corsarios, apoyados por la población musulmana, que hubo de sofocar el rey. El más serio fue en 1238 a cargo de varias embarcaciones tunecinas. Finalmente la plaza fue cedida, a cambio de Tortosa, a la Orden del Temple en 1294, que reedifica rápido el castillo, entre 1294 y 1307, a la manera de sus construcciones en Tierra Santa (Crak de los Caballeros en Oms, Siria), sólidas y austeras, previa demolición de la preexistente fortaleza musulmana (hisn), incluso parece que existió una posible fortificación romana. El castillo, construido ex novo, se articula entorno la gran iglesia y el palacio, sobre un tossal, un peñasco de 64 m. de altura. Trazan una construcción arcaizante y severa, con arcos de medio punto y bóvedas de cañón, las edificaciones se articulan entorno a un patio de armas: claustro o galería porticada, con un perímetro de 230 m. de murallas. De gran importancia estratégica, al ser suprimida la orden en 1307, vuelva a manos de la corona de Aragón que lo cede a la recién creada Orden de Montesa en 1319, comenzará entonces su periodo más floreciente. Coordinaba la defensa de estas costas, de tanta importancia comercial, con los castillos cercanos de Xivert, el de Pulpis y con las numerosas torres de guaita, como ya se ha comentado.

Pero lo más destacable en la de Peñíscola es que se convirtió en sede pontificia entre 1411 y 1429, tras los acontecimientos que dieron lugar al llamado Cisma de Occidente. El asunto se inició cuando Urbano VI, elegido papa en 1378 por algunos cardenales, vio anulado su nombramiento días después por haber sido una elección coaccionada por el pueblo de Roma para que fuera un italiano y por el desacuerdo de estos con la primeras medidas de carácter reformista tomadas por él. Se celebra un nuevo cónclave donde se elige a Clemente VII, apoyado por el rey de Francia que pretendía que Aviñón, que ya lo había sido, fuera de nuevo sede pontificia.
Se producen enfrentamientos armados en Italia entre partidarios de uno u otro papa. Los diferentes príncipes, estados y reinos, se alinean en los dos bandos, según su conveniencia. Clemente ha de huir primero a Nápoles y después a Aviñón. Urbano y Clemente se condenaron por herejes y se excomulgaron mutuamente, dejando con ello a toda la cristiandad excomulgada. Los fieles católicos estaban confundidos, tenían delante a dos personas que decían y reclamaban ser el representante de Dios y de su Iglesia. El caos era tremendo: muchas diócesis contaban con dos obispos, monasterios con dos abades, órdenes religiosas con dos generales, parroquias con dos párrocos, etc., uno clementino y otro urbaniano. Cada obediencia disponía incluso de sus propios santos, adscritos a uno u otro papa.
Las luchas no solucionan el problema, tampoco los intentos de reconciliación, cediendo o abdicando uno de los dos, ni por medio del arbitraje de un tercero o convocando un concilio ecuménico, superior en jerarquía a los designios del papa.
Prosigue el desacuerdo con sus sucesores. A Clemente VII le sucede en 1394 el zaragozano Pedro Martínez de Luna, Benedicto XIII. Ante la imposibilidad de un arreglo pactado, se reúnen los cardenales en el concilio de Pisa en 1409, donde no comparece ninguno de los dos papas, por lo que fueron depuestos por herejes y cismáticos. En su lugar se elige a Alejandro V, con lo que el problema se agrava pasando de un diabólico dualismo a un maldito trinomio, en palabras del historiador Hubert Jedin. Las posturas se enconaron, Benedicto XIII, reconocido por Aragón, Castilla, Navarra y Escocia, se retira a Barcelona y luego, en 1411, definitivamente a Peñíscola.
El final del cisma lo da la celebración del Concilio de Constanza de 1417, donde se proclama que, por encima de papas y cardenales, la autoridad en la iglesia descansa en la agregatio fidelium de las naciones cristianas, representadas por los 23 cardenales y 30 prelados, seis por nación concurrente. Se elige entonces casi por unanimidad a Martin V como nuevo y único papa. El antipapa Benedicto XIII siguió en su trono de Peñíscola hasta su muerte a los 94 años, en 1429, sucediéndole Clemente VIII que en 1424, tras más de 50 años de cisma, termina abdicando en favor del pontífice romano, por las presiones de Alfonso V, rey de Aragón.
Recomiendo el libro del escritor colombiano Fernando Vallejo, el pendejo Vallejo, conocido por su novela La Virgen de los Sicarios que se llevó al cine, se las pinta como nadie para vilipendiar a la iglesia, La puta de Babilonia donde, en un exhaustivo trabajo de investigación, narra pormenorizadamente todos los dimes y diretes en los que se ha visto envuelto el papado a lo largo de la historia. No tiene desperdicio.

Con estos barruntos históricos acometo la playa del Norte, tan ancha y larga que no precisa de escolleras para mantener su amplitud, el tómbolo del roquedo debe ser suficiente para mantener a ralla las corrientes marinas y preservarla. Aparece una pequeña duna artificial de recuperación y contención hacia el interior de la playa, que delimita el territorio del arenal de la proliferación urbanística tan numerosa que se da. Parece que, a pesar de su escasa entidad, al menos ha conseguido mantener a raya el afán inmobiliario. Aporta una escueta nota de naturaleza al menos, entre tanta monstruosidad edificadora. Esta regeneración se produjo a partir de 2008 con la aportación de arena, la instalación de barreras o captores de mimbre y la plantación de especies psamófilas autóctonas (adaptadas a suelos arenosos salinos y móviles) como el barrón, la espigadilla de mar, lastón, loto de mar, alhelí, etc. así como pasarelas de madera.
Se había desarrollado antes aquí, como en tantos otros puntos del litoral valenciano, un pequeño Benidorm que se prolonga hasta Benicarló, tan extenso como el original, aunque de mucha menor entidad y escasa profundidad, apenas unas pocas calles con su barrera de construcciones frente a la inmensidad del mar. Detrás de la estrecha franja de edificios que tapan mi visión hacia el interior, se esconde, persiste, a lo largo de un par de kilómetros, el Marjal de Lo Prat.

Llego a una especie de anfiteatro delante de la urbanización Peñismar y, junto a él, destaca, a modo de torre de vigía, una torre chata blanca de dos pisos, curiosamente con entrada a la primera planta, pero aquí con escalera de obra y no a cuerda, como aquellas medievales. Es un folklórico edificio del Ministerio del Medio Ambiente, supongo que de información al veraneante, ahora cerrado.
Se produce una ligera discontinuidad en la línea de costa limpia y precisa que traía en estos algo más de 5 km. que llevo recorridos, al llegar a la Punta de Enterra. Da paso, a continuación, a la playa del Gurugú y a la rambla del Barranquet, que trae en su curso bajo una buena porción de agua que no llega a desaguar en el mar, por tanto tengo paso a pie. Se la conoce también como Rambla de Alcalá (de Xivert) y viene desde el lado oeste de la sierra de Irta trazando un recorriendo paralelo a la costa, buscando un hueco entre tanto edificio por donde salir al mar.

Playa canina del Barranquet a continuación, ¡ellos también tienen derecho! Playa del Morrongo y, prácticamente sin darme cuenta, llego al puerto de Benicarló. Modernas instalaciones y monumento al pescador. Varias estatuas dedicadas a la reina local, la cartxofa, parece escrito en vasco, pero de sobra sé que también ch se hace tx en valenciano. Sobre una de ellas, en el paseo marítimo, pretende sujetarse una cebra. Parador de Benicarló, un poco hacia el interior del pueblo. Me dirijo hacia la iglesia del Cristo del Mar, en el propio Grao, a la que se encontraba adosada la desparecida a principios del XX Torre de Benicarló, derribada por su avanzado estado de deterioro: se encontraba partida y abierta de arriba abajo, según una foto antigua existente. También se aprecia que tenía base cuadrada y era ataludada, coronada con almenas y merlones. Venía citada en la relación de Escolano de principios del XVII, donde se indica que su atajador llegaba hasta el barranco de Aigua Oliva, donde se encontraba con otro procedente de Vinaroz. Y poco más que comentar. Así que playa arriba y continua mi camino. Punta del Riu, seco desde luego.
Está documentado un fondeadero íbero-romano, el de las Roques de la Barbada, aquí enfrente, que persistió en época alto imperial (III-VI d. C.), relacionado con el yacimiento del Puig de la Nao. Existen numerosos restos submarinos de una nave romana y de cascos fenicios que revelan la existencia de un tráfico marítimo comercial importante y continuado en la zona, que condicionan el proyecto de ampliación del actual puerto pesquero y deportivo, se pretende duplicar su capacidad.
Atravieso, nada más abandonar el pueblo, la rambla de Cervera o Riu Sec. Se despeja el territorio de construcciones e impedimentos. La zona que llevo recorrida hoy, tras el paréntesis sinuoso que suponen las elevaciones de la Sierra de Irta, va recuperando anchura en la llanura litoral, es preciso alejarse del mar unos 5 km. para toparse con las primeras elevaciones entonces, son los últimos pliegues del Bajo Maestrazgo. En adelante, y hasta acabar la provincia de Castellón, se extiende el Pla de Vinarós. Avistado, sobresaliendo solitario en medio de él, un nuevo hito, una referencia en la lejanía, el Puig de la Nau. Preciso de referencias en el horizonte para referenciar mi avance, levantar la cabeza de vez en cuando, al cabo de un rato de obsesivo caminar, y comprobar el acercamiento, el cambio de perspectiva obrado. Algo así como los hombres de piedra que levantaban por los esquimales del oeste de la bahía de Hudson, según Farley Mowat, y todavía hoy se siguen construyendo. Un esquimal viaja solo por los extensos páramos y amontona piedras redondeadas formando pilas tan altas como un hombre, luego continúa su camino hasta que no ve el punto de referencia que acaba de construir; entonces, erige uno nuevo. Tomado de Annie Dillard, de Una temporada en Tinker Creek.
Sobre el Puig de la Nau se sitúan las ruinas de lo que en tiempos fue un poblado ibérico ubicado en la ladera SE del otero, mirando al mar, una elevación aislada de 163 m. en la llanura que se abre entre los montes de la Tinença de Benifasar, 20 Km al oeste, la sierra de Montsià, 11 al N, ya en la provincia de Tarragona, y la de Irta y Alcalá otros tantos kilómetros al S. Desde esta llanura, el corredor de Alcalá comunica con la Ribera de Cabanes y el de Ulldecona con el valle del Ebro, supone un importante punto estratégico por tanto. Está situado el yacimiento a unos 5 km. de la actual línea de costa, junto al Barranco de Aigua Oliva, a un par de kilómetros del río Cérvol. Existen pendientes bastante marcadas en sus lados Norte y Sur y mucho más suaves por el Oeste y el Este. Por el oeste el terreno asciende durante 400 m hasta alcanzar la cota más alta, donde hoy encontramos una ermita y desde donde es posible controlar visualmente toda la llanura alrededor del asentamiento y conectar con otros poblados cercanos mediante señales.
El poblado se halla en medio del principal eje de comunicaciones norte-sur de la costa mediterránea y en el cruce de tres caminos que llevaban a tres importantes centros ibéricos: Kese, 100 Km al N, Lesera1 a 60 Km hacia el NO y Arse/Saguntum a 100 Km al S. Esto, junto a su cercanía a la costa por la que discurría la ruta hacia el norte , justifica la riqueza de materiales y construcciones que revelan los resultados de las excavaciones. Habitado desde la primera mitad del siglo VII, con cabañas de planta redondeada u oval, se produce después una remodelación del asentamiento ya con viviendas de tipo ibérico. Tras un momento de transición (500-450) se crea el actual urbanismo y el completo sistema defensivo. El poblado quedó abandonado en torno al 400 a.C. y, aunque se produjeran esporádicas ocupaciones residuales, la zona quedaría desocupada hasta el Bajo Imperio.
Recupero, tras el tramo urbano, la apertura visual de la costa. En adelante, decrece la algarabía edificatoria, afortunadamente, y aunque no se puede llegar a decir que la playa y el paraje resulten vírgenes, si al menos parece menos alterado, invadido, domesticado.
Cruzo la rambla de Cervera o del Riu Sec, que desciende desde las alturas de Els Ports, en el Maestrazgo, al igual que el río Cervol que desemboca en Vinaroz. En lugar de abrazar árboles, que se ha puesto ahora tan de moda ahora, elijo abrazar olas. Mientras que aquellos permanecen inalterables e imperturbables, conectándonos con la fuerza de la tierra a través de sus raíces, estas blandean, se dejan se achuchar, permiten zambullirse en ellas, abrazarlas por completo, achucharlas.
Decían, pasadas y halagüeñas informaciones que ahora me vienen a la cabeza, que desde la falda de la Sierra del Montó, último tramo quebrado de las cordilleras Penibéticas, desde Denia, me esperaban 107 km. de cómodo arenal hasta acabar la provincia de Valencia, pasado Sagunto, antes de Almenara, que es el primer pueblo de Castellón. Eran esas buenas expectativas de avance, de placentero recorrido, que efectivamente se me han pasado en un suspiro. Sobrepasada hace unos días la provincia de Valencia, la de Castellón se va en un tris. Son seis jalones que, si ajustamos, se quedan realmente en cinco porque he ido mordiendo algunos días el siguiente. Se me han pasado volando. Cierto que la continuidad de tantos días disponibles lo ha hecho más llevadero, coger mi ritmo y mantenerlo tantos kilómetros ha resultado sencillo, pocos accidentes geográficos han venido a trastocarlo. Han sido 250 km. de caminata lineal rápida. Comparados con territorios más agrestes y montunos, vienen a suponer lo mismo que el interludio de la llanura castellana en original camino francés, en este particular Camino de Santiago litoral que llevo. Una llanura de cereales y viñas, de soles inclementes y caminos polvorientos que atraviesan, monótonos y justicieros, la meseta norte, desde Logroño a León. Podríamos decir aquí desde Denia a San Carlos de la Rápita.

Aparecen por todos lados, me rodean, suntuosos campos de alcachofa, ¡ave maría purísima! Creo hallarme en el paraíso original o en un lugar que se le parece mucho. A izquierda y derecha se extiende en cuidados campos la cuadrícula de plantas que embellece estos llanos.
Primer barranco, Aiguadoliva, hasta aquí llegaba en tiempos el atajador de la torre del Grao de Benicarló y se encontraba con el de la fortaleza de Vinaroz, se daban las novedades, y se volvía cada uno para su lado. Aunque hoy se encuentra seco en casi toda su extensión, como tantos otros, por su aprovechamiento para riegos; aún conserva al final un residual cauce que forma una charca que no me impide atravesarlo por la pequeña restinga que lo separa del mar.

También aparecen en esta esponjosa tierra rojiza algunas plantaciones de coliflores, con los blancos florones surgiendo entre la abundante pámpana. Parecen ramos de novia de apretadas florecillas blancas entre un ese suculento follaje verde. En la mayoría de las parcelas ya han sido recogidas, pero restan algunos frutos rezagados que envejecen espigándose, tomando un hermoso tinte violáceo.
Pero predominan los atractivos campos de alcachofas, extensos y rectangulares como campos de futbol, al borde del mar. Surgen las matas poderosas como estrellas de aloe, como sabrosas estrellas de cardo, con gruesos tallos y hojas hermosas, como hojas de acanto dignas de ser inmortalizadas por el cincel de un escultor griego en un capitel corintio. Explotan las plantas de cartxofes reventando sordas desde el interior de esta fértil tierra, madurando en este atípico otoño, por caluroso, prontas a ser recolectadas.
La alcachofa es un prodigio de verdura, aunque suponga un desperdicio tanta planta como produce, como ocurre con el palmito. Toda una señora planta, con buen porte, con altura, para un exiguo fruto. Tanto desperdicio de hojas y pencas para conseguir aprovechar únicamente el corazón, el cogollo, de esa verde rosa escamosa.

Se cultiva desde el siglo III a. C., depurativa y muy saludable por antioxidante, reduce el colesterol alto y la hipertensión, elimina grasas y toxinas en la sangre y los intestinos, entre otras virtudes. Es la única planta comestible de la familia de los cardos. Existe una feria anual en Cerda, provincia de Palermo, Sicilia, a finales de abril, centrada en ella, con numerosas y suculentas recetas, hasta en helado se prepara. Me tiro de los pelos por no haber asistido todavía, aunque, en mi descargo, he de decir que me aproximé: visité la isla un verano, sirva como una primera toma de contacto. Y prometí regresar. Será entonces cuando acudiré a presentar mis respetos ante la estatua que hay dedicada a ella en la plaza, mucho menos atractiva que la que he encontrado en Benicarló, desde luego. Mientas tanto, mientras eso llega, me consolaré tomando, de vez en cuando, un Cynar, licor de alcachofa precisamente. No hay que extrañarse de ello, los he probado hasta de bellota, en Cáceres.
Tras un tramo por el interior, obligado por la inexistencia de playas, me puedo acercar a la orilla. Se incrementa en número de caminos y de construcciones, señal de la proximidad con el pueblo, final de mi recorrido. Pasado el barranco de Aiguadoliva llego al Puntal de les Salines, disfruto de la esporádica belleza de los limones verdes amarilleando un poco, de la belleza acharolada de sus suntuosas hojas. Hay una disposición especial, una preferencia, en el reino vegetal por combinar el verde, en toda su gama, con el amarillo rutilante; y se da en abundancia en estos territorios.

Veo cercano el puerto de Vinaroz, llego a sus inmediaciones, se me ha hecho sencilla y cómoda la etapa de hoy. Paro antes de entrar al pueblo en la punta junto a la cala de Les Roques, encuentro un islote de estructura de madera y tablas, colocadas sobre los roquedos que configuran la costa a modo de solarium. No hay posibilidad de playas por aquí. Como unas mandarinas y me recupero. Se suceden escuetas calitas que apenas permiten tomar el sol y acercarse al agua, compartimentadas por salientes rocosos. Es el Clot, justo antes del muro trasversal del puerto. Pasado este y hasta llegar a la desembocadura del Río Cérvol, al norte del pueblo, a base de escolleras lineales y en forma de T, se ha conseguido despejar un kilómetro de territorio, con arena aportada supongo, que simula una playa. Más hacia allá continuará la misma tónica: calitas entre roquedales, costras de piedra y escalones, que no se abren en playas. Hasta pasados unos 7 u 8 km. Es cuando el marjal, que intenta prolongarse todavía, se asoma a la orilla y forma un arenal, precisamente llamado la playa del Marjal, cerca de las Casas de Alcanar, pero esa será otra historia, otra etapa.

Me interno ahora en el pueblo de Vinaroz al encuentro de Ramón, hemos quedado para comer. Vive junto al impresionante edificio de la iglesia-fortaleza de la Asunción de finales del siglo XVI, que hacía las veces del castillo que la villa no tenía. En el XVII se le añadiría la imponente torre-campanario. Presenta una imagen sumamente disuasoria con soberbios muros ataludados al exterior, consta de una nave longitudinal con capillas laterales entre gruesos contrafuertes como corresponde a su función defensiva. Formaba parte de la muralla, se situaba entre dos puertas de acceso, todavía se aprecia el paso de ronda que la recorre por su tejado.
Eso me recuerda el famoso lienzo sobre la Expulsión de los moriscos desde el puerto Vinaroz, que realizó en 1609 de Pere Oromig y Francisco Peralta 1613, y forma parte de la serie de siete cuadros que encargó el rey Felipe III para fijar la imagen del embarque obligado, tras su definitiva expulsión, de esa minoría en distintos puertos valencianos: Xátiva, Alicante, Denia, Valencia, etc. hasta su llegada al puerto norteafricano de Orán. Lo que supuso casi que una tercera parte de la población total, unos 170.000 moriscos, se marchasen con lo puesto.
Yo, por mi parte, terminada la jornada, regreso voluntariamente, que no expulsado, a Benicàssim, donde he situado mi cuartel general estos días. Aquí dejo, de momento, mi ruta costera mediterránea. Volveré a continuarla a no mucho tardar. Mañana tomaré el tren de vuelta a casa.

9 noviembre 2021
Retorno. Paralelo a mis propias huellas, desando el recorrido que llevé hace unos días. Me muevo en sentido inverso, deslizándome ahora a velocidad supersónica sobre los raíles, tragando en apenas unos minutos en este tren lo que entonces me llevó horas, días. Huertos de naranjos flanquean el paso de la locomotora, las sierras del interior, de rojiza tierras y verdes pinos brillando al sol mañanero, lo contemplan y un cordón ininterrumpido de edificaciones, al otro lado, cerca de la playa, se parapetan poderosas ocultándonos la refrescante visión del mar.
Desando lo que tanto esfuerzo costó. Tres cuartos de hora a 130 o 140 km/h bastan para engullir tres jornadas de marcha recorridas a unos pedestres 4 km/h apenas. Paralelo a la autopista, compitiendo y adelantando a los vehículos de la A 7, veo avanzar los paisajes por la ventana como secuencias de un relato continuo, unívoco, impersonal, sin la personalidad que le daban mis pasos. Al trasluz de la verja -que a la vez que protege del tren enjaula nuestra mirada- veo discurrir los feraces bancales de cítricos, brillantes de hojas acharoladas, rebosantes de mandarinas, entre huertecitos de verduras, y tierra limpia descansando, esponjada, suculenta a la espera de volver a entrar en faena. De vez en cuando una sencilla caseta de labranza, con cobertizo para aperos, promete merecidos retiros a su dueño. Polígonos industriales, abandonados algunos, antiguas naves que ejercen de improvisada galería de arte para grafiteros, corrales, casas humildes pegadas a la vía, trastienda descolorida de las poblaciones, la espalda del territorio. Descansan como negritas y corcheas sobre la pauta musical de los hilos eléctricos palomas y estorninos, gorriones, mirando sin ver ni considerar nuestro paso, como aquella vaca indiferente de Clarín.
Regreso pues a mis cuarteles de invierno, cuando transcurren días otoñales que se resisten, victimas ellos también del cambio climático, a dar paso al frío, que ni siquiera viene llamando a la puerta. Aguardaré con paciente contención, repasando apuntes y anotaciones de las etapas para dar cuenta de ellas. Evocaré sus mejores momentos en espera de futuros recorridos, atento a los soles de febrero que abren las flores del almendro con promesa de renovación.