36º j Vinaroz-S Carles Rápita 26,5 km

  

Noche cerrada todavía cuando me levanto en Vinaroz para proseguir mi ruta costera, son las 7 h. Estoy despierto desde la 6 h, extrañaba la cama y el viaje hizo mella. Llegué anoche en tren a casa de mi amigo Ramón, el caminante con el que coincidí en la etapa 33ª, cerca de su pueblo precisamente, Alcocebre. Hemos estado en contacto todo este tiempo y se ha cimentado una honda amistad entre nosotros. Me ofreció quedarme, cené con él y con sus hijos, estuvimos charlando en la terraza un buen rato. Me puso al tanto de los giros que ha dado su vida últimamente, para bien siempre, porque es una persona tremendamente positiva; de los  recorridos que ha llevado a cabo (el Camino de Santiago primitivo, por ejemplo). Nos comprometimos a coincidir esta primavera, hacer alguna salida juntos. Las rutas, el senderismo, le suponen un imprescindible contrapeso, un alejamiento de las rutinas laborales y personales a las que está sometido. Precisa esa otra hiperactividad física fuera, a pesar de que anda en casa, sobre la cinta, sale en bici a menudo, nada… me agota solo escuchar su rutina de ejercicios. Sus problemas físicos le obligan a esa permanente puesta en forma, no puede permitir que su maltrecha y remendada columna vertebral se apolille. Comentamos mis expectativas sobre las etapas que me aguardan estos días. Me ofrece su incondicional ayuda, caso de ser necesitara, al mínimo contratiempo. Aprecio su apoyo sincero y su amistad.

Desayunamos, ajusto mi mochila, conecto mi navegador y nos despedimos efusivamente. Dan las 8 campanadas en el reloj de la torre de la iglesia-fortaleza de la Asunción, de este jueves laborable, cuando comienzo a andar. Poco a poco se va organizando el día: los estudiantes de secundaria aguardan en la parada la llegada de los autobuses de la empresa Mediterráneo, que mantienen su antiguo y atractivo diseño, para que los acerquen al instituto; las madres acuden a los colegios de la zona con los más pequeños de la mano; dos operarios encaramados a una pequeña grúa hacen reparaciones en los muros de la iglesia; van abriendo los comercios y se va incrementando poco a poco el tránsito de personas y vehículos (acuden a sus cuidados las personas formales…, canturreo el verso de Sabina). Yo, a lo mio, a mi tole-tole, comienzan a ajustar el ritmo de marcha necesario, de desfile más bien, mis piernas. Ellas ya saben.                                    

Elijo continuar por las calles del interior para ir calentando mejor la maquinaria. En una explanada de las afueras, a la que van llegando furgonetas blancas, veo como montan sus puestos los vendedores ambulantes, hoy es día de mercado. Atravieso el puente de San Nicolás, airosa construcción de tubos blancos de metal con aire calatravo (como casi todos actualmente), que permite salvar el río Cervol. Prosigo, de momento, por las aceras de las urbanizaciones, ya habrá tiempo a lo largo del día de disfrutar de la orilla del mar.

Aunque he aligerado en lo posible, y todavía más, el peso de mi mochila, no deja de resultarme pesada. Pero peor que el peso físico que cuelga sobre mis hombros, es el que lastra mi ánimo. En cierta medida, cuando uno encara una caminata como esta, va buscando reencontrarse con la naturaleza, amigarse con el mar; pero también, a la vez,  desprenderse de toda la metralla de los días que genera la vida moderna, de las preocupaciones con minúscula que tanto engordan y ocupan, tendemos a su mórbida obesidad, de los desánimos persistentes. Un jazmín cuelga de la tapia de un jardín ahí delante saludando mi paso -¡siempre aparece un jazmín cuando se le necesita!-, tomo algunas florecillas y la guardo en el bolsillo para conservar su aroma. Me digo que he de comenzar a perder tiempo, en el mejor sentido, para que el tiempo pueda encontrarme.

Recuerdo la anécdota que comenta Annie Deelar en su libro Una temporada en     Creek: un esquimal que sale a cazar hace un montón de piedras de la altura de un  hombre cuando traspone el horizonte. Sigue caminando hasta que está a punto de perderlo de vista, entonces levanta otro y así sucesivamente, para contar con esas referencias que le permitirán regresar. Yo  hago algo parecido. Tomo referencias, busco hitos, faros tierra adentro, que me guíen y distraigan la fatiga cuando se presente. Rememoro algunos de los que, desde el comienzo, me han ayudado a orientarme: los Dos Frailes de San José, Mesa de Roldán, Morro de Toix, Peñón de Ifach, y tantos otros que no recuerdo. He de encontrar otros nuevos, ir adquiriendo conocimiento de estas tierras y sus señales, de sus puntos destacados en el horizonte, como hicieron los primitivos navegantes que se llegaron a estas aguas, que escudriñaron sus costas a la búsqueda de sitios de amarre y arribada, de fuentes de agua dulce para aprovisionarse, de barrancos y cursos de ríos que les permitieran remontarlos para adentrarse y contactar con otros pueblos, comerciar, de los cerros y colinas abruptas que ofrecieran posibilidades de fácil defensa y asentamiento.   

De momento me viene sirviendo desde Peñíscola el Puig de la Nao, que se yergue solitario y poderoso hasta los 162 metros en medio de un territorio bien plano. En su falda existió un poblado ibérico, parece que también ellos lo aprovecharon.

8,30 h., 21º grados en el luminoso de la farmacia, un placer salir a caminar con esta temperatura, amaneció a los ocho menos cuarto. Los primeros gorjeos de los pájaros saludándose ya van cobrando buen tono, algarabía. 

Alcanzo la playa del Saldonar, surgida del barranco del mismo nombre, donde un joven disfruta de un refrescante baño matutino con su perro, le observa desde la arena sin atreverse a acompañarlo. Sigo el sendero ganado al mar, consolidado con enorme sillares de piedra, que transcurre a lo largo del litoral, permitiendo un cómodo discurrir. La voracidad constructiva acerca peligrosamente los chalets a la misma orilla del agua, se encaraman incluso en los pequeños cortados que compone el terreno, que amenazan con derrumbarse en algunos trechos. Se protegen las calitas que se formaron, se les añade arena y grava, para dar solaz a los veraneantes y espacio a sus sombrillas.                                           

     Aprecio especies vegetales autóctonas a pesar de la proliferación de palmeras y otras especies ornamentales en las ajardinadas villas. Predominan las plantas foráneas, la uñas de gato hace estragos, pero de vez en cuando aparecen los espinos, el hinojo marino, el romero de flores azules, solitarios acebuches.      

Cala del Pinar, una familia de nudistas, tres, sale del agua y se endosan sus albornoces. Es una escena que veré repetirse en días sucesivos, esas abluciones matutinas a cuerpo entero resultan de lo más estimulantes para el organismo y ayudan a encarar el día.

Van aclárandose las construcciones, esparciéndose las urbanizaciones, al tiempo que mi ánimo se despeja de vaguedades y contratiempos, se afina mi mirada, desposeída a menudo. Me permite solazarme con las escenas que van apareciendo, centrarme en el momento, agarrarme al presente. En el jardín de una villa, por ejemplo, adornado con una estatuilla de Buda, un viejo contempla el mar, apura su cuenco de desayuno despaciosamente. Adelante, sobre las rocas del final de la cala, una garza grisácea aguarda plantada que aparezca el suyo. Cuando ve aproximarse mi silueta, que se recorta nítida en su horizonte, emprende su majestuoso vuelo de aleteos despaciosos para alejarse. Corre, a la izquierda, en una parcela despejada, a esconderse un conejo. Cosa rara de ver. Siete cormoranes en formación de V me sobrevuelan, enfilan hacia el sur, a sus pesquerías.

     Compruebo en la cala de la Foradada, que los huecos geométricos excavados en el terreno, que se pueden divisar a vista de pájaro, no señalan la existencia de unas canteras; más bien de antiguos areneros, graveros, en este caso.           

Llego al conocido como Jardín de Sol de Riu, un espacio natural, prácticamente inalterado, que ocupa una franja de un kilómetro y medio en la desembocadura del río Sénia. Abundan además en esta maquia costera las coscojas, una variedad arbustiva de la encina, el palmito, los acebuches, algunas sabinas, algarrobos, etc. y en los manchones de bosques de ribera, fresnos y sauces. Resulta fácil observar las bolitas rojas de los frutos del lentisco, que aquí alcanza un porte casi arbóreo, no tanto las florecillas blancas, parecidas a las del laurel, que en esta época se abren exultantes. Delatan las zonas inundadas las varas de las cañas, las eneas y los carrizos. Disfruto de este vergel primigenio tan bien conservado circulando, demorándome en sus sendas.

El día resulta muy apacible, hace una excelente temperatura. Ha salido un sol legañoso, no termina de abrir. El cielo encapotado, promete algunas gotas. Comienza a chispear, y al rato, más copiosamente, no tanto como para calarse. Me pongo la capucha. La ligera ducha sirve para refrescar un poco un ambiente saturado de humedad. Vengo sudando la gota gorda desde hace un rato, no por el esfuerzo. Será la tónica general de estos días, la sauna continua que habré de sobrellevar.

Se hace más espesa la floresta en las orillas del río, en la misma desembocadura, mi llegada asusta a unas fochas y a unos cuantos cormoranes que buscan su almuerzo en las aguas someras. Levantan alarmados el vuelo, salvo uno de ellos que quedará apostado sobre una piedra en la otra orilla todo el tiempo que yo permanezca por aquí, incluso cuando me acerque a corta distancia a fotografiarle.

Ahí, un poco más adelante, en el lado sur de la desembocadura, en un saliente de la costa, bajo un escueto mirador, se encontraba la Torre de Sol Riu o Suelo del río. A principios del XX todavía quedaban restos de ella que fueron absorbidos por el mar poco después, a pesar de situarse sobre roca o peña viva. Tenía tres plantas y estaba dotada con dos soldados de a pie con arcabuces y dos de a caballo, más una pieza de artillería, según Escolano. En un plano de 1768 se aprecian sus tres alturas, su base cuadrada de 8m. de lado y 18 de altura. Resguardaba la puerta, que se encontraba a ras de suelo forrada con plancha de hierro, un matacán; su terraza alojaba un cañón. A unos 300 m. tierra adentro la familia Anglés levantó  hacia 1882, cuando comenzaba a desaparecer la torre original, otra sustitutiva, llamada igual y también Torre Sunyer.

     La cuestión que ahora se impone es cruzar el río, de unos treinta y tantos metros de ancho, si no quiero remontarlo hasta el primer puente, alejado 400 m., lo que me supondría casi un kilómetro extra. Normalmente se forma una morra, a modo de morrena glaciar -salvando las distancias- con los materiales que arrastra la corriente, que permite atravesar a pie llano el cauce, pero no es el caso. Ramón me había dicho que habían colocado unos pedruscos para facilitar el tránsito, pero no aparecen por ninguna parte, es preciso descalzarse y remangarse las perneras del pantalón para llegar al otro lado. Me asisto de un gallato improvisado, una rama, pues cargo mucho peso y podría caer en cualquier mal paso. Busco la parte menos profunda y avanzo cojeando entre los bolos de piedra que, a pesar de estar redondeados, se clavan en mis pies como demonios. El peso de mi equipaje aumenta la presión y el dolor. He de meterme hasta más arriba de la rodilla, a medio muslo. Parezco un san Cristóbal con el niño a cuestas Menos mal que no hay oleaje. El agua esta calentita, deliciosa, incluso apetece darse un baño, aparte del baño turco que llevo encima. El cormorán viejo me observa desde el otro lado sin perder detalle, debe estar desc…  

     El río Senia marca del límite provincial y el límite regional. Me adentro en otra  comunidad autónoma, aunque no se aprecia discontinuidad en el relieve ni en el tipo de paisaje que encuentro, es solo una convención administrativa (conviene no olvidarlo). Cataluña es la última comunidad que he de recorrer en mi periplo mediterráneo, no es muy diferente de la anterior, no en vano sus territorios, el Condado de Cataluña y el Reino de Valencia, formaban parte del originario Reino de Aragón.

He de intentar interpretar y hablar el catalán, lo conozco lo suficiente como para entenderlo ay defenderme, en realidad fue algo de valenciano lo que aprendí en mi infancia, de oídas, pero puede servir igualmente. Siempre que viajo a otro país, otra nación, otra cultura (no es el caso), intento, en la medida de mis posibilidades, aceptar y respetar sus peculiaridades, empezando por su idioma.

Mi opinión al respecto es diametralmente contraria al nacionalismo, a todos los nacionalismos y particularismos que dividen y reducen, que aíslan y singularizan en vez de incluir y sumar, son excluyentes y terminan inventando o exagerando unas señas de identidad que los hacen creerse mejores, superiores. Tergiversando completamente la historia, tomando la parte que les interesa, manipulándola a favor de sus intereses para esos despropósitos. Pretenden situarse por encima, promoviendo un sentido de exclusividad, agitando un miedo al otro, al diferente, ridiculizando su procedencia, sus características o sus ideas. Desconocen o no quieren tener en cuenta, que la mezcla de razas y pueblos está en la raíz de nuestra especie, en el genoma que nos identifica (hasta los propios sapiens se mezclaron con los neandrethales), que ha dado como resultado la población actual, más en nuestro país. Y no lo digo solo por los que agitan el nacionalismo catalán, sino por todos los que lo hacen.

Pero también es cierto que no hay que caer en el polo opuesto. En cuestión de idiomas, a poco que lo conozcas, como es el caso, creo que se debe intentar manejarse con él porque, a fin de cuentas, eres un visitante, un turista, en esa tierra. Es lógico que sus habitantes te hablen en su idioma (pero no que persistan cuando haces ver que no lo entiendes, es una grosería y una falta de educación; seguro que ellos lo verían así si viajasen a Etiopia o a la Cherricoca y recibiesen el mismo trato) y que hagas por aprenderlo mejor, o, al menos, entenderlo. El saber no ocupa lugar….la ignorancia y el nacionalismo, cada vez más.

En el texto, sin embargo, intentaré mantener los nombres en castellano, como vengo haciendo en la Comunidad Valenciana y durante todo el trayecto, porque redacto en castellano esta guía, la escribo para todos. Es lo lógico, creo. Así que me disculpo por anticipado por el castigo que infringiré a una gramática que tantas magnas obras acuñó de manos de grandes escritores como Tiran lo Blanc, mosén Jacinto Verdaguer o de Salvador Espriu. Alineándome totalmente con el obrar de mi admirado Josep Pla, a la hora de escribir. Por cierto, harían bien muchos paisanos suyos en tomar buena nota de su abierto cosmopolitismo, su patente europeísmo, en vez de encastillarse en extraños particularismos soberanistas. Seguramente no tenían el mismo sentimiento excluyente y particularista cuando a finales del XIX arrancaba su incipiente industrialización y precisaban de tanta mano de obra foránea, barata y dócil.  

A la caza de kilómetros, se vienen sucediendo largas playas, interrumpidas de vez en cuando por calas y pequeños acantilados, disfruto de este tramo abierto, de los amplios horizontes que permite apreciar. Al tiempo, voy observado las sierras interiores que, como si de las gradas lejanas de un amplio coliseo se tratase, llevan cientos de kilómetros observando mi discurrir, en los límites de la plana costera. Ahora, ahí delante, comienza a acercarse confiadas a la orilla del mar la Sierra de Montsiá, pretende remojarse los pies y hasta bañarse. De momento solo consigue que las nubes asciendan sus laderas y refresquen su frente en su camino hacia tierra adentro.

 Me he reencontrado con un amigo del que no disfrutaba, de manera prolongada, desde hace tiempo, el mar. Tenerlo siempre al lado, poder disfrutar de sus innumerables facetas y colores, de sus cambiantes estados de ánimo, de la paz que siempre me aporta, es un verdadero lujo. Termino por ser un animal tigmotáxico marino, como lo son las ratas o las cucarachas en la ciudad, por ejemplo, necesitan andar pegados a la pared, tocándola siempre mientras avanzan.                                        

Esta zona entre el mar y las sierras litorales permaneció largo tiempo inundada, dan buena cuenta las playas que recorro ahora, una llamada de L´Estanyet (estanque) y otra del Marjal, justo antes de llegar a las Casas de Alcanar.      

Encuentro algunas siluetas redondeadas semisumergidas de bunquers de la Guerra Civil, o en la misma arena de la playa, sobre algún roquedo prominente, etc. Será una imagen frecuente de este trayecto que me aguarda, abundan. La costa catalana se fortificó ampliamente para prevenir de probables ataques y desembarcos de tropas franquistas procedentes de Mallorca. La voz de alarma la puso, en octubre de 1936, el ataque de un crucero en la localidad de Rosas, provocando un pánico generalizado. Se construyeron baterías de costa, nidos de ametralladoras (701 desde aquí a Portbou), trincheras y refugios; la mayoría no tuvieron que entrar en acción.                                         

Sucesión de playas vírgenes, donde abundan los guijarros redondeados sueltos o compactados con arcillas, pequeñas calas, desmontes y acantilados de unos cuantos metros, el mar los erosiona provocando de vez en cuando la caída de bloques, haciendo retroceder a bocados la línea de costa, a razón de unos 10 m. en los últimos 30 años.                    

Casas de Alcanar, su pequeño puerto le otorga todavía un aspecto antiguo, de pueblecito de pescadores, si se saber mirar bien y obviar construcciones intrusas. Contaba con una torre defensiva en la plaza, Torre de San Pere, levantada a finales del XVI, según Madoz en su diccionario era muy sólida y tenía 3 cañones de a 24. Fue destruida durante la Guerra de la Independencia por los ingleses para que no la aprovechase el ejército francés. Sobre ella se levantó la parroquia del mismo nombre.

El pueblo matriz de Alcanar, situado unos de tres kilómetros al interior, como ocurría con la mayoría de los que se fundaron tras la Reconquista, para ganar en protección frente a las incursiones piratas, suponía un objetivo muy apetecible por situarse en el camino entre dos ricas villas, Peñiscola-Tortosa. Sufrió en julio de 1504 un ataque bien coordinado, al tiempo que desembarcaban berberiscos y lo saqueaban, seis fustas interceptaron y capturaron a las naves que desde Peñíscola pretendían avisar a Valencia, donde se hallaba la flota real. Cuenta Alcanar con la robusta iglesia parroquial de San Miguel, ejemplo perfecto de iglesia-fortaleza, como hemos visto en Vinaroz, con muros gruesos, escasez de vanos, torre y garitas de guardia. El portal renacentista es la única concesión estética que ofrece. Completaba la defensa la Torre del Carrer Nou que ocupaba un ángulo en la muralla que rodeaba al pueblo.

Diviso el puerto de la cementera CEMEX, Cementos de México, un poco más adelante. Se recortan poderosas las siluetas de las grúas del cargadero, las pasarelas a la planta cementera, sus silos, torres y demás dependencias. Ponen una nota industrial, a la vez que intrusa, en el paisaje. Precedente de lo que vendrá después con la central nuclear. Paro a almorzar en un asador, junto a la carretera, a la altura de la playa de Maricel. Pregunto al terminar, para confirmar que llevo bien cogidos los linderos, un paisano me dirige por una calle ascendente, punteada de chalets, hacia la Torre de Morralla, que se encuentra a unos 700 m.

Enseguida la veo recortarse, sobresaliendo sobre unos pinos, a los pies de las primeras rampas de la sierra. Se encuentra dentro de una parcela particular, vallada. Se le han adosado forúnculos, otros cuerpos extraños de piedra, tratando de imitar su factura: una torreta, más delgada y alta, y una cochera horrible. La torre en sí, es una maciza construcción, una torre del homenaje, reparada sin demasiado respeto a su factura original. Con entrada, del lado del mar, muy ancha y protegida por un matacán encima, hay restos de otro. Las almenas son rehechas, añadidas, folklorismo inoportuno. 

     Un poco más arriba, se divisa entre olivos la Torre d´en Calbo o de Gimeno, parece un castillo, más bien, porque es una construcción de mayor entidad y cuenta con numerosas dependencias. Se transformó en masía, se le añadieron habitaciones, en los lados y todo el conjunto se techó a dos aguas. Cuando llego al pié de sus muros puedo apreciar lo dañada y deteriorada que está, derrumbándose y comida, engullida casi por la vegetación. Ambas torres formaban parte de un conjunto de defensas litorales conocido como Torres dels Alfacs,integrado también por la Torre de Puigmoltó, levantada en 1390,  y la Torre Prima, ambas desaparecidas, que protegían el camino al monasterio de la Rápita. Salpican el terreno palmeras, esbeltos pinos, con forma de boina( como los italianos), y los algarrobos, que florecen de una forma curiosa. Les surgen pelillos, estambres blanquecinos, del mismo tronco, no en las ramas.

     Desde esta ligera altura oteo. Mar adentro, enfrente mismo, a un par de kilómetros o tres, donde debería estar la línea del horizonte marino, se aprecia una porción de tierra, una cinta oscura de territorio. Sobresalen la Punta de la Banya y la del Galatxo, en el extremo occidental de la Península de la Banya. Es una importante extensión de terreno, la parte inferior de la punta de flecha, la aleta, como si dijéramos, unida al delta por el delgado istmo del Trabucador, recompuesto, por cierto, remendado, con muchos camiones de tierra después de la ciclogénesis Filomena de en enero de 2021, para poder acceder a las salinas de la Trinitat.

Dicha península e istmo conforma la protegida Bahía de los Alfaques. Pantanosa, cubierta, en gran parte, por juncares, eneas, cañizos. Antiguamente era un banco de arena, «El Alfac», que, acrecentado por los aluviones aportados por uno de los brazos del Ebro que desembocaba en este lugar (la boca del Alfaque), convirtió lo que era el antiguo puerto barroso de san Carlos, en una albufera. Después al agrandarse la nueva lengua de tierra, el Trabucador, se formó un nuevo puerto natural, el Puerto de los Alfaques, que tanta importancia daría a San Carles.

Conforme me voy acercando a San Carles de la Rápita, vuelven a apiñarse las construcciones. Después del interludio industrial, del bocado a la costa que supone ese puerto cementero, reaparecen hoteles, urbanizaciones codiciosas apiñadas a la caza de una parcela de playa. Montecarlo. Montsiá de Mar. No tienen pudor en llegar hasta la misma orilla con sus jardines y sus muros, ansían acaparar el mar exclusivamente para sus ocupantes, dificultando incluso el tránsito de paseantes, obstaculizando el libre trazado del GR-92. Aprovecho el bien cuidado césped de un flamante hotel, para tumbarme a descansar, me descalzo y remojo en el agua salada mis recalentados pies. Abundan los peñascos en este tramo de la costa, solo de vez en cuando una pizca de arena, una calita de chinarros finos, pero da igual: ya aprovisionan de tumbonas y baños las piscinas a los veraneantes.

Existe un exagerado sentido de propiedad, de exclusividad: mi casa, mi trozo de mar, mi vista, en algunos, la compraran sus antepasados o ellos a precio de oro. La magnificencia y belleza que ofrece la naturaleza, la quietud y el sosiego que desprenden sus visiones y sonidos no debieran ser patrimonio de unos cuantos, a costa de hurtársela a muchos. Los poderes públicos debieran haberlo tenido en cuanta, cuando aún se podía, cuando estaba todo por planificarse y el país estaba por hacerse (no me refiero al desarrollismo de los 60, sino también a la etapa de la Transición). Debieran haberse ocupado de garantizar un desarrollo más sostenible, un libre acceso y disfrute de esa riqueza a la mayoría del pueblo. Que el paisaje, el litoral, la variedad de ecosistemas que posee y demás beneficios que aporta, al igual que el agua o el sol, son bienes comunes, no privativos. Y tendrían que haber garantizado jurídicamente, protegiendo con la correspondiente legislación de ámbito nacional el paisaje, articulando una planificación en base a un modelo de crecimiento diferente, respetuoso, sostenible, y no dejar en manos de las Comunidades autónomas y los municipios esa regulación y esa importante gestión.

No quiero elevar un canto de cisne a lo que podía haber sido y no fue, ni predicar un discurso inflamado de ecologismo barato y conservacionismo caduco, de los que ya empezamos a estar cansados (sobran gestos, palabrería, se precisan actuaciones). Ni mucho menos. Sino a lo que es posible todavía, porque es una auténtica aberración lo que se ha ejecutado en cantidad de lugares, un disparate que se sigue perpetrando delante de nuestras propias narices.

Nuestros casi 8.000 km de costa (7.661 exactamente), dan para mucho, caben casi todas las propuestas. No ha de bastar con los Parques Naturales, con la ristra de organismos y proyectos: AMP (Áreas Marinas Protegidas), las Reservas Marinas, los ZEPIN (Zonas de Especial Protección para el Mediterráneo), los ZEC (Zonas Especiales de Conservación), la Red Natura 2000, los LIC, los ZEPA, el Convenio de Barcelona… y el sunsum corda, etc. Se precisa legislar con valentía, recuperar atribuciones, consensuar una ley general del paisaje, de la riqueza natural, en vez eludir responsabilidades en favor de desaprensivos políticos locales y regionales, venales, carentes de escrúpulos. Es ineludible, capital, una normativa general, un marco legal que proteja y defienda adecuadamente nuestro litoral. Que no sea preciso acudir a tribunales superiores ni europeos para evitar tantas barbaridades. Es necesario comprar, expropiar, derribar, sanear nuestro litoral, como se hizo y se sigue haciendo en otros países. No podemos seguir al dictado de constructores, especuladores, empresas… cuyo único propósito es el lucro. No.

Esas oscuras consideraciones me voy haciendo mientras intento seguir, obstáculos aparte, por la orilla del mar. Para el transeúnte litoral, el paso por determinados puntos se hace verdaderamente dificultoso. En algunos sitios, es preciso pisar sobre la pequeña franja de arena residual, cruzar rápido esperando que no te cace la ola; saltar de peñasco en peñasco guardando el equilibrio; escalar desmontes peligrosos; rodear varias villas (se han hecho con todo el terreno hasta el mismo cortado); evitar los hundimientos que no se han reparado o los frecuentes desconchones de una pequeña pasarela de cemento que se hizo hace decenas de años; etc. Y todo eso en una zona llana, franca, accesible, sin obstáculos naturales prácticamente que, sin embargo, fue asaltada con afán de rapiña extremo.

Con lo fácil que hubiera sido un mínimo de planificación, de visión de futuro. Y lo conveniente y productivo. Al igual que se hace en un teatro o un cine, en un estadio, echarse atrás, dejar un espacio libre hasta el escenario -además la pendiente hacia la montaña lo favorece- liberar campo de visión, respetando playas, humedales, zonas dunares, cauces y desembocaduras de ríos, etc. Construir en altura progresivamente -es más lógico y más rentable, como digo- preservando la franja costera, la gallina de los huevos de oro presente y futura. Pero nada, no hay manera, los altos y los cabezones no dejan ver a los de atrás, no permiten salir en la foto, según parece.

Bueno, mejor cambiar el tercio. Ahora toca disfrutar lo que se pueda. A pesar de todo,  mis ojos, adiestrados ya suficientemente en encontrar belleza entre el horror, en descubrir la excepción a la regla, escrutan el panorama al encuentro de algo que llevarme a la vista , algo que satisfaga a mi desanimado sentido estético. Pero cuesta. Me lo pone difícil estre tramo. Solo hallo solaz en algunos lados donde el relieve escabroso ha impedido o ha entorpecido las construcciones, o bien, en rincones próximos a grandes y concurridas playas que ya han absorbido esa masiva ocupación.

Alcanzó el Camping de Los Alfaques, más de lo mismo. Desgraciadamente famoso por la tragedia que se produjo en julio de 1978: fallecieron 243 personas y hubo más de 300 heridos graves en un campamento quedo totalmente destrozado a consecuencia de la explosión de un camión cisterna sobrecargado de propileno licuado. Hoy diligentes operarios se afanan levantando cabañas de madera, bungalows, anclando incluso en plataformas unas muy aparentes tiendas de campaña (no deben contar como construcciones y por tanto no precisan permiso municipal). Con su muro delimitador sobre la misma agua, en terreno que se ganó al mar, realmente no dejan paso a caminantes. He de saltar la valla e invadir ese espacio para poder proseguir, un operario me llama la atención obligándome a salir.

Alcanza a adivinarse, más allá del damero que forman en superficie las bateas de mejillones, la zona donde resta el mugrón de la ruinosa Torre de San Juan, en el seno de la Bahía dels Alfacs, muy dañada, apenas un amasijo de rocas sobre un islote frente al enclave de Poble Nou, pueblo de colonización com su nombre indica, que se levantó en los años 50, parece que incluso se aprovecharon sillares de ella en las obras.

Llegó al fin a San Carlos de la Ràpita. En las afueras, sobre un aislado cerro de algo más de cien metros de altura se sitúa la Torre de Guardiola o Torreta, constituye un estupendo mirador que facilita una vista panorámica completa de todo el delta. Dejo los pertrechos en el hotel y voy a verla. Es una torre bien ataludada, de planta cuadrada, se conserva hasta la altura del primer piso. Se habla de su existencia en 1483, debió ser reforzada o rehecha en el XVI. Después, a mediados del XIX, se adaptó como torre de telegrafía óptica –explicaré este tema en el jalón 40º. Está muy transformada, sobre ella se colocó durante el franquismo una estatua del Sagrado Corazón de Jesús, por lo que muchos vecinos la suponen de esa época.

Cerca de aquí, unos kilómetros al interior, se sitúan a ambos lados de la carretera nacional N-340, en las faldas de las primeras estribaciones de la sierra de Montsià, un grupo de tres torres defensivas, próximas entre sí, llamadas genéricamente de los Moros, que se incluyen dentro del grupo de Torres dels Alfacs. Organizadas a ambos lados del antiguo camino de bandoleros que subía a la montaña, se piensa que fueron levantadas el último del siglo XVI como medida de seguridad, ante el incremento de acciones piratas musulmanes y turcos también. Dependían de Tortosa, que pagaba los salarios a los guardas y se ocupaba de los suministros militares y de su conservación. Así mismo se ocupaba la ciudad de las líneas litorales de la Candela, hacia el norte, hasta el Coll de Balaguer y de la línea del Ebro hacia el interior, hasta el Assut de Xerta, 15 km. río arriba. Con todo ese entramado intentaba completar correctamente la defensa de un amplio territorio.

Comento las torres por orden de proximidad respecto de San Carlos. La Torre del Camín, en propiedad privada, es de base rectangular, ataludada, muros de mampostería con sillares de piedra picada en las esquinas, la puerta en forma de arcada adovelada mira al mar, sobre ella un matacán, aún existe otro, tiene aspilleras y dos ventanas, coronada de almenas. La Torre de Pascualet o Pascualot, tiene pegado a ella un gran porche de piedra añadido, un cobertizo de construcción reciente. De base cuadrangular y piedra adintelada sobre la que existe un matacán sobre dos ménsulas, posee bóveda de cañón en la primera planta. Reformaron la cubierta para añadir tejas a una vertiente. Torre del Moro III, aunque privada, no está cercada, lo cual se agradece siempre porque así se puede visitar en detalle, circunvalar al menos. Puerta con arcada bien adovelada en lado que da al mar, como siempre. Dos ventanas y aspilleras, tres matacanes sobre dos ménsulas, como las demás.

Me informa sobre ellas y me facilita alguna imagen que incluyo aquí Rubén, dueño del hotel donde pasaré la noche. Suele salir a caminar con su mujer por los alrededores.

   

jueves 20 de octubre de 2022