
Ayer llegué a Sant Carles de la Rápita y hoy salgo de La Rápita, simplemente. El nombre del pueblo, otorgado por el rey Carlos III en 1780, ha sido modificado según publica el Boletín Oficial de la Generalitat, de resultas de una decisión del alcalde, su grupo ERC tiene mayoría municipal. Se exigía, acordaron, un 20% de votos favorables en la consulta vinculante que se celebró -ojo con la fecha- el 12 de octubre de 2021. Solo se alcanzó un 18´06 %, 2246 votos favorables, 1.045 en contra, de un total censado de 12458 vecinos con derecho a voto. A pesar de eso, el cambio se ha producido por decisión personal del alcalde. Está denunciado por la Fiscalía del Estado.
No entro en cuestiones políticas que allá cada uno, pero es triste comprobar lo atrevida -e interesada- que es la ignorancia, en este caso la del Instituto de Estudios Catalanes, que elaboró un informe favorable a la desaparición del rey borbónico del nombre previo al inicio del proceso, en junio de 2020. Los sesudos profesores, historiadores, especialistas o lo que sean los integrantes de dicho organismo, deberían saber, mejor que nadie, lo que significa el término rábita (ribät). Alude a un enclave musulmán, una especie de centro religioso y militar, monasterio-fortaleza con una torre vigía, a veces, que puede hacer funciones religiosas, como lugar de retiro y peregrinación, y también militares. En un nombre genérico que se da en otros enclaves: Guardamar del Segura (Alicante) tiene una, la Fonteta; Albuñol otra (Granada); Alcalá la Real (Jaén), etc. Sería como quitar a Almodóvar del Río, Medina del Campo o Alcolea del Pinar, el patronímico, ¿cómo quedarían sin él? Río, Campo, Pinar… País, que diría Forges.
Bueno, al lío. Mi recorrido de hoy seguirá el límite de lo que fueron tierras continentales, la línea de costa original, antes de que la acumulación de sedimentos arrastrados por el río Ebro comenzase a cimentar lo que constituiría con los siglos la plataforma deltaica. Caminaré junto al proyecto del Canal de Navegación de Carlos III (¿o debería decir el fundador de La Rábita?), impulsado por su ministro, el Conde de Floridablanca, iniciado en 1780, suponía una continuación del Canal Imperial de Aragón para hacer posible la navegación en el Ebro desde Tudela hasta el Mediterráneo. Debía compartir las funciones de distribución de riego y navegabilidad- El proyecto no se completó nunca, se abandonó a la muerte del monarca en 1778, quedando reducido a una acequia regadera con ramificaciones. Fue sustituido en 1852 por este otro canal más moderno, que llevaré todo el día a mi derecha, con sus esclusas llegando al mismo puerto deportivo de los Alfaques, desde el que me dispongo a remontarlo en este momento, las 10´30 h de la mañana.
Después de una reparadora noche de descanso, hoy me espera una etapa fácil, de transición, llana, con piso de tierra y graba, un cómodo carril en que me ha de cundir la marcha. Será un alivio después de los casi 30 km. de ayer. En todo momento caminaré junto a la carretera comarcal TV-3408, pero más hacia la izquierda, a unos 300 o 400 m. de ella transcurre la N-340, mucho más transitada y ruidosa.
Hasta ahora, en etapas precedentes, he caminado siguiendo la línea del litoral, muy modificada en épocas recientes, aunque bien asentada, en el sentido de ganar tierra firme, consolidarla desecando lagunas y marjales. Favoreciendo el asentamiento de poblaciones y el cultivo de nuevas tierras de regadío al suprimir los terrenos inundables, siquiera periódicamente. Eran muchos los kilómetros de marjales y charcas que jalonaban la costa, según mis estudios, la lagunas de Torrevieja hasta aquí mismo, por espacio de cuatro provincias y casi 400 km. Lo he comprobado y comentado. Entonces, en esta etapa y el la siguiente, hasta L´Ampolla, debo hacer un esfuerzo de imaginación para suprimir tanto territorio ganado al mar, tanto suelo nuevo como se ha ido creando en el delta del Ebro en los últimos cinco siglos, aproximadamente. Caminaré sobre el perfil de la costa fósil, por así decirlo, la primigenia. Además, a fin de cuentas, la principal motivación de mi viaje es la histórica, he de centrarme en completar la red de torres vigías del litoral en la Edad Media, el sistema defensivo que protegía de los ataques piratas, y este ocupaba esa línea de costa antigua. Eso no ha de ser óbice para que, llegados a este punto, mañana lo emplee en un recorrido por el Parque Natural del Delta del Ebro.

El proceso de conformación del territorio que describe este el gráfico nos ilustra sobre el suelo ganado al mar a base de arrojar y acumular sedimentos siglo tras siglo en la desembocadura, ir conformando lenguas de tierra, cordones, que crean charcas, lagunas, que se van rellenando, cerrando y consolidando. Sorprende el avance tan reciente en términos históricos, geológicos, de ese proceso. La desforestación de los márgenes del río lo favoreció enormemente, como se verá.
Conviene señalar que los primeros vestigios de habitación neolítica se han descubierto en la costa fósil, evidentemente, cuando aún no se había conformado el delta fluvial y las aguas del Mediterráneo llegaban hasta Amposta, corresponden a una cultura neolítica específica del final del río, que se distinguía de las demás existentes en Cataluña. Parece que fenicios, a partir del VIII a C., remontaban el río para obtener metales; se producían intercambios comerciales con el interior, en el yacimiento de Aldovesta en Benifallet, casi 50 km remontándolo. El estuario natural llegaba hasta desde Tortosa, que actuaba como puerto fluvial y marítimo parece, donde el Ebro alcanzaba una anchura de casi 2 km, eran frecuente las inundaciones anuales de aluvión. La Dertosa romana, situada sobre la vía Augusta, conoció la navegación fluvial hasta Varea, cerca de Logroño.
Desde casi el principio de la ocupación musulmana, entre 714-718, el río se constituyó en firme frontera norte de Al-Ándalus. Se desarrolló entonces un importante comercio marítimo-fluvial que llegaba hasta Zaragoza, merced a los astilleros que había en Tortosa, dotada de importantes atarazanas (994), que se aprovisionaban de la madera de sus orillas. También se explotaban salinas. A mediados del IX existía un monasterio-fortaleza, un ribbat musulmán, una rábita con el nombre de Cascall -la comentada antes-, que controlaba el acceso al interior, cedida tras la reconquista a los benedictinos (su papel fue muy importante en el cultivo del arroz, que habían traído los árabes) por los condes de Barcelona en el XI, que intentaron colonizar y repoblar la zona dando Carta de Repoblación en el XIII.
Durante IX se reconquista de la Cataluña Vieja, a finales XII se completa hacia el sur, con la Cataluña Nueva. Después de ser reconquistada en 1097 por Ramón Berenguer III se potenció una línea de torres y fortificaciones a lo largo de la costa en el XIII. Tortosa caería a manos de Ramón Berenguer IV, en 1148, quedando constituida la corona Catalano-aragonesa, que posteriormente se fue expandiendo con tanto éxito por el Mediterráneo entre XIII-XV (Sicilia, Italia, plazas norteafricanas, etc.)

En un primer momento se utilizaba desde finales del XI al XIV el Port Fangós, situado a mediodía, al exterior, en mar abierto. Aprovechaba una de las bocas del Ebro que se ensanchaba ofreciendo un buen abrigo, actualmente lo ocupan las Marismas de Platjola, cerca de la playa de los Eucaliptus. Fondeaban naves de mucho calado que no podían acceder hasta el puerto fluvial de Tortosa. De él partieron expediciones militares para las conquistas mediterráneas. Pero quedó inutilizado, colmatado, a mediados del XIV. Por otro lado, al sur surgió el puerto de los Alfaques gracias a la configuración de una bahía, al cerrarse completamente la barra del Trabucador, que le sustituyó en importancia militar y como puerto distribuidor de mercancías. Se daban frecuentes ataques piratas, despoblándose el monasterio de Santa Maria de la Rápita incluso, hubo de reforzarse la línea de fortificaciones litorales con la Torre de Sant Joan en 1576 y articular un plan especial para ello.
Esta parte de la costa presentaba unas peculiaridades que la hacían muy diferente de cara al tráfico comercial y a su defensa. No permitía esconderse con facilidad, acechar desde las calas u otras posiciones de resguardo, a naves enemigas; a diferencia de otros tramos (costa-refugio, como la llama Feijoo); sino que estaba expuesta, abierta, suponía un suculento objetivo en sí misma a los ataques (costa-objetivo). Añádase a ello la riqueza que brotaba de unas tierras fértiles y bien irrigadas, además de su poder comercial: la importancia del comercio del trigo y la lana, de madera y sal, así como las almadías (circulación de grandes troncos por el río); y tendremos un objetivo prioritario. A pesar de ello, nunca pudo tomarse Tortosa que, junto con Reus, para la parte norte (Cambrils y Salou), eran el origen de los intercambios comerciales y las exportaciones.
Los ataques corsarios fueron muy numerosos, entre el XIV y el XVI se multiplican los asaltos de potencias italianas (genoveses y pisanos, sobre todo), berberiscos y de potencias norteafricanas, incluso de barcos catalanes. Todo ello se entiende en el marco de la guerras, alianzas y enfrentamientos de las diferentes potencias marítimas que, según el momento y la ocasión, se aliaban y hostigaban a conveniencia. Sumemos la impunidad que supone el ancho mar, la concesión de los reyes de patentes de corso a determinados navíos y la anónima apetencia que acompaña al asalto de un barco desprotegido.

Llegó a utilizarse incluso, el puerto de los Alfaques, como refugio y fondeadero por Salah Rais y otros almirantes musulmanes, arraz o arráyaz, hasta que se fue colmatando a finales del XVI, convirtiéndose en una trampa mortal. Encallaban numerosos navíos al disminuir el calado; recordemos que, aunque muy apetecible, se trata de un entorno cambiante. De ahí la cantidad de torres que poblaban la zona: el triángulo Tortosa-Camarles- Amposta, estuvo plagado de ellas. Además de las ya mencionadas al sur del delta (de Sol Riu, de Alcanar y de las Casas de Alcanar) y la de San Juan, en un islote frente a Poble Nou; aparecen en un mapa de 1777 la Torre de los Caracoles, exterior, desaparecida, en la península de Banya, la Torre del Camin …-ilegible-, situada en L´Ampolla, Torre del Águila, en Cabo Roig, Torre de la Condesa, frente a Amposta, hoy de la Candela.
En 1610 se produce el embarque de los moriscos expulsados por Felipe III, más de 41.000, procedentes en su mayor parte de Aragón, durante varios meses, en 62 galeras y 14 galeones. Tambien en Salou y L´Ampolla, así como en Vinaroz, Jávea, etc.
Más adelante, en época moderna, cabe señalar la fundación de la villa de S C de La Rápita por Carlos III que, entre otras muchas aportaciones, planificó el canal de navegación desde puerto de los Alfaques a Amposta. Era preciso regular el regadío y la navegación, centrándose finalmente en esta última función, sólo contó con una gran dársena, una esclusa y un aliviadero apoyado en una ensenada fortificada a resguardo de los vientos en la costa. El monarca borbónico impulsó un ambicioso proyecto de reforma urbanística, pretendía convertirla en una moderna urbe de inspiración renacentista, la principal ciudad portuaria del Mediterráneo (¡nada menos!, y así le pagan). Fruto de este mastodóntico proyecto, encontramos hoy la plaza de Carles III, la Glorieta, la iglesia Nueva, etc. Que, tal como pinta la cosa,igual las derriban.
Soseguemos los ánimos y encaminémonos hacia el solaz y la concordia:

Sé que algo más allá queda, si caminara hacia el este, si optara por perimetrar todo el extenso delta, labor tremenda donde la haya, la lagunilla del Mar Muerto (hoy Erms de Casablanca y Vilacoto) y la Laguna de la Encañizada y la de la Tancada, que una vez estuvieron juntas y se denominaron Laguna del Algueril. Existen multitud de lagunas, charcas, resurgencias, ullals y demás encharcamientos a lo largo de todo el delta, principalmente en los terrenos más cercanos al mar, testimonio vivo de la vitalidad de esta tierra fronteriza, límite entre aguas saladas y dulces que viven en una permanente mezcla. El ser humano, a lo largo de los siglos, ha logrado controlar y dirigir ese proceso natural a su conveniencia, a base de acequias,canales, azud, compuertas, presas.
Ya en camino, nada más empezar el carril, la primera en la frente, una sólida vaya interrumpe el paso, está cerrada su puerta corrediza. No hay posibilidad de franquearla ni salvarla por los lados, se adentra en las márgenes de los dos canales, habría que meterse al agua. Así que dejo caer la mochila al otro lado y, como buenamente puedo, escalo y rebaso el obstáculo. Pregunto a un anciano hortelano que faena su huerta ahí mismo, al lado, presumiblemente el dueño. Se hace el despistado. Le informo de que ese es un camino público, que no se puede cortar el paso, pero se hace el sueco, dice que hay caminos más allá, hacia el pueblo, pero debería desandar el trayecto que ya he hecho y rodear. Veo que no hay posibilidad de entendimiento y que su sólida verja lleva tiempo levantada.
Recobro el caminar por mi andar que transcurre pegado al canal hormigonado, perfecto, que viene bien provisto de agua y fluye despaciosamente, con una lentitud morosa; lleva flotando algunas hierbas, un crucero de despedida hacia el mar. Su transparencia permite divisar peces situados contracorriente, en el fondo, con la boca abierta simplemente le cae el almuerzo. A pesar del frescor, visual sobre todo, que añade el canal, lo colmado que viene, la sensación de calor va en aumentando a medida que avanza el día. La humedad se acerca al punto de saturación, casi la mastica. Mi piel supura a grifo abierto. Voy empapado, huelo a perro, no me había ocurrido antes, hasta ese punto llega el baño turco diario. Un pañuelo en la cabeza, bajo el sombrero, enjuga mi sudor, pero termina se empapa enseguida. De los mosquitos ni hablamos, a pesar de ir bien rociado de loción antiaérea, sus ataques continuos y traicioneros, los noto al cabo de un rato, pasado el efecto anestésico de su picadura. Pero son dolorosas, estos bichejos son de pura sangre por aquí. Solo alcanzo a calmar un poco la comezón con una crema post.

La visión delante se antoja, en todo momento, como un afinado estudio de perspectiva de los que aparecían en nuestro cuaderno de dibujo del bachillerato, con todas las líneas rectas perdiéndose en el horizonte, confluyendo en un hipotético punto de fuga que todavía no alcanzo a ver Amposta. Corren paralelos para unirse en el infinito:la sucesión de postes metálicos que sustentan el tendido eléctrico, la carretera y sus líneas blancas pintadas, los quitamiedos metálicos de su lateral, las paredes de hormigón del canal, el blanquecino camino de tierra que ando, la fila de chopos similares en altura y las paredes vegetales que ribetean el otro canal excavado que da paso a las huertas.
Intento distraerme observando a unos operarios que faenan en la carretera, realizan obras de acondicionamiento para insertar fibra óptica subterránea. A la izquierda, a unos pocos metros, transcurre el canal natural, este de márgenes terrosos, cavado a pico y pala, hondo, escoltado por eneas y carrizos, productivo de árboles y sombras, lindero con esas feraces huertas tan hermosas del otro lado. Lo cruzo por un puentecillo que aparece para observar más de cerca los cultivos. Bajo los frutales, granados e higueras, reverdecen lozanos los cardos, las coles, lechugas, habas incluso. Serpentean en las acequias de riego hilillos de aguas mercuriales. Huertos de olivos con sus buenas copas también. Permanece todavía alguna parcela con el arroz bien dorado,gordezuelo, rezagada, a la espera de ser cosechada. Saltamontes, grillos, gusanos, mariposas, avispas, libélulas, caballitos del diablo y demás bichejos se dan un festín. La artillería de mosquitos, en toda su variedad de tamaños y armamentos, sigue con su incesante patrulleo, sigue ensañándose con un servidor (nunca mejor dicho) sin piedad. Vida menuda abundante, vida vegetal renovada, reluciente de sus colores, vitalidad por todos lados, más de la que pudiera pensarse en cultivos de otoño. La naturaleza revive, se renueva tras los calores del verano en una especie de primavera otoñal.

En cambio, en el lado derecho, más lejos del pueblo, más abierto, con parcelas bien extensas, segadas en su mayor parte, desaparecidos los arrozales, ahora se concentran los agricultores en las otras faenas complementarias. Recoger el pasto en grandes rulos de paja, brota una suculenta hierba restante entonces, abren compuertas e inundan de agua corriente los terrenos, los labran y remueven someramente.
Camino a buen ritmo, me asomo de vez en cuando al canal natural del lado izquierdo, asustados patos y pollas de agua, sorprendidos en sus quehaceres, corren alocadamente sobre la superficie del agua a grandes zancadas, improvisada pista de despegue, para coger velocidad de despegue.

Es medio día, transcurrida la mitad de la etapa, aprovechando este ritmo que llevo que tanto cunde, unos 5 km/h., he de desviarme al encuentro de la primera torre defensiva del día. Unas construcciones viejas y un airoso puente de ocho ojos indican la variante del camino que he de tomar para encontrarla. Entre bancales y extensos campos de cultivo esponjosos, de tierra bien alimentada, que producen algunos surcos de apio y cardo, mucho cardo, surgen las pencas poderosas, verdecinas, como pequeñas explosiones de gozo fertilizado, como acanto pobre en los largos surcos perfectamente alineados.

Ahí delante, entre las construcciones de una casa de que guardan dos perrillos silenciosos, sueltos, surge, sobresale, la Torre de Focheron, absorbida por esos edificios anexos. La han transformado en una casa de turismo rural, ya me explico la actitud de los perros. Cuadrangular, ataludada, con puerta de arco de medio punto, con sólidas dovelas y jambas, a nivel del suelo, como viene ocurriendo en todas las que voy visitando (la puerta en altura para acceder con una escala es propia de parajes más solitarios y guardas muy aislados). Posiblemente es de los siglos XVI-XVII, cuando se rehacen o construyen de nueva planta muchas en el litoral próximo. Bastante modificada, transformada en masía, cuenta con diferentes almacenes.
Preguntando después, al regresar al camino principal, descarto buscar la Torre de la Oriola o Orihuela, que no debe andar lejos, de hecho existe un polígono industrial con ese mismo nombre, según me dicen. Por fotos compruebo su tipología, muy similara a la anterior. También tiene añadida alguna dependencia y se le han abierto numerosos vanos y desmontado la techumbre. Forma parte de este triángulo de torres que debían proteger a Amposta después de la incursión de piratas argelinos de 1540.
En cuanto a la Torre de Poquessalses, ha de encontrarse, según mis datos, algo más apartada, pero a la gente que encuentro les resulta absolutamente desconocida. En fotos veo que está exenta, sin edificios añadidos ni techumbre, desmochada, solo restan 6 o 7 m. de su altura, que era poca, tenía proporciones más modestas que las dos anteriores.

Regreso al carril, al camino principal que llevaba. He de cruzar la carretera comarcal, buscar su margen derecho, para seguir el acceso señalizado hacia ese bosquecillo que sobresale delante. Aparecen unas charcas, una zona inundada que se ha conservado natural, los Ullals de Baltasar, son surgencias de agua dulce filtrada de las lluvias procedentes de las sierras próximas, que aquí se conocen como ullals (ojos, en catalán). Hay más de 70 turberas de este tipo en el delta, de tamaños muy variables. Acondicionado perfectamente, señalizado para visitas ornitológicas, para paseos por la naturaleza, este parque supone un remanso de frescor. Alberga peces en peligro de extinción como el samarujo, el espinoso, la colmilleja y el fartet (protegido también en La Manga) y otros como el gobio de arena, el pejerrey, la lisa, la anguila, etc. además de otras especies introducidas: cangrejo americano, perca, siluro, rásbora, etc. Dos trabajadores realizan labores de mantenimiento, se ve muy cuidado, es de propiedad municipal desde 2009. Sus sombras espesas se agradecen, resulta un escenario maravilloso, lástima que no asomen los actores, ni siquiera anátidas en las charcas, deben estar comiendo en los arrozales. Diviso un aguilucho sobrevolando los márgenes, simplemente. Realizo dos recorridos cortos, circulares, que me retornan al sendero principal.

Salgo del bosquecillo y regreso al carril. Retomo la marcha ligera que llevo durante toda la jornada, hipnotizo mi cansancio con el remover del sonagro de la tierra bajo mis suelas, le encuentro un ritmillo definido, regular. Consecuencia directa de la marcha y del golpeteo de las zapatillas con el terreno, aparecen molestas chinitas dentro de ellas. Procura uno moverlas para que lleguen a zonas menos hirientes. Como los mosquitos, suponen pequeñas intrusas que producen molestias mayores, inversamente proporcionales a su tamaño. Pequeñas calamidades domésticas que perturban al caminante, inconvenientes asumibles que no llegan a doler. Uno se plantea detenerse a sacárselas, pero eso supondría quizás mayor alteración, más inconveniente que el hecho de sobrellevar su castigo, porque habría que parar, perder la inercia de la marcha, renunciar al ritmillo cómodo logrado, descalzarse, sacarlas y volver a reiniciarse, coger de nuevo el ritmo al cabo de un rato. Uno pacta entonces con sus dolores, se da un plazo, se dice: al llegar a aquellos árboles de enfrente, en la sombra, paro y me las quito. Se persuade, se autoconvence. Pero llegado allí, resuella, renuncia: no es tan desagradable. Y se da un nuevo plazo: en aquellos pedruscos de allá… En fin, engaña su fatiga. Así tantas veces, frente a cuestiones diarias, a tantos quebraderos y perturbaciones que nos atrapan, que bien mirados, se suponen llevaderos, minúsculos, de segundo orden (pero en realidad, ¿cuáles serían los de primero?), nos acomodamos despistando el enfoque de nuestra atención y queremos olvidarnos de que los tenemos.

(prolongación en bus hasta Deltebre )
Una vez terminada la parte pedestre, recorrida la línea de torres de guaita asentadas en el litoral consolidado primitivo que conducen hasta Amposta, y tienen como referencia Tortosa, completado el plan del día, queda todavía atravesar la ciudad para llegar a la estación de autobuses. Saco billete para Deltebre, en el mismo centro geográfico del delta, pegado al río. Dejo la mochila en la consigna. Pregunto por un sitio para comer algo, siquiera un bocadillo, por las horas que son. También me informo de los horarios de autobuses para el regreso de pasado mañana, domingo, a este punto otra vez. En un área comercial anexa, existen dos cafeterías para aprovisionarme y aguardar hasta primera hora de la tarde,cuando sale mi bus.
Leo los indicadores de desvíos en la carretera, nombres sonoros: L´Aldea, Camarles, Els Muntells, Poble Nou, Eucaliptus, Sant Jauma d´Enveja, en la orilla sur del Ebro. Cruzamos el airoso puente de Lo Passador, el único existente en la desembocadura y ya estamos en Deltebre. No hay parada, un simple cartelito en un mástil en la calle central. Desciendo y me encamino al albergue de juventud al encuentro de un alojamiento frecuentado antaño, en mi juventud. Existe una completa red de ellos en Cataluña de la que me propongo hacer buen uso. El edificio, a las afueras, tiene sus años, pero no ha perdido su corte moderno, volúmenes nítidos y originales cubiertas de medio punto al exterior, espacios diáfanos dentro -todo no va a ser describir torres y castillos.
Excelente acogida por parte de Luis y toma de posesión. Voy recuperando, a medida que me toman filiación y me instalo, enseñanzas básicas del mundo alberguista: caminar con poco peso, o menos (tope del 10% del propio cuerpo), economía de medios (precariedad incluso), solidaridad entre alojados, compañerismo, cuidado y respeto a las instalaciones. Y lo mejor: ubicación en preciosos parajes naturales.

viernes 21 de octubre de 2022