
El Delta del Ebro supone el mayor humedal de Cataluña, el segundo del país después de Doñana. Corresponde a la llanura fluvial que el río más largo de España, de casi 1000 km, se ha encargado de ganarle al mar en relativamente poco tiempo, apenas unos siglos. En primavera da la sensación de ser un inmenso campo de golf, sembrado de arrozales en lugar de césped, ocupando una extensa llanura de 320 km. cuadrados. Surcada por un entramado de canales y acequias que se extiende unos 400 km., esa península deltaica se formó a partir de la línea de costa continental, conformando un triángulo de 30 km de base, si consideramos la línea San Carles-Amposta-L´Ampolla y 25 de altura, desde Amposta hasta el extremo de la isla de Buda. Semeja una airosa punta de flecha adentrándose en el mar, con dos protuberancias o aletas, una en cada extremo: al norte la Punta del Fangar y al sur la estrecha franja del Trabucador de 5´5 km de largo, un alargado istmo arenoso, coronado en su extremo por la península de La Banya.
Digo que su formación es relativamente reciente porque a finales de la última glaciación, Würm, hace unos 50.000 años, el nivel del mar ascendió a consecuencia del enorme deshielo posterior, ocupando una plataforma terrestre próxima a la costa, la actual plataforma litoral, que alcanza hasta unos 150-170 m. de profundidad marina, que actuó como base posteriormente para el asentamiento de los aportes sólidos de rocas, limos y arcillas que el largo y caudaloso río Ebro iba arrastrando y diseminando en su desembocadura. Aunque el proceso se iba produciendo gradualmente, sería a partir del siglo XVI de nuestra era cuando los aportes aluviales aumentaron considerablemente debido a la gran desforestación sufrida en la cuenca del río, a lo largo de sus 900 km. de recorrido, se iría configurando entonces la mayor parte de la península deltaica actual. Tan enorme carga terrestre de materiales fue depositándose y sedimentándose, ganando terreno al mar, avanzando a base de sucesivas aportaciones que formaban largas lenguas de tierra, cordones litorales, que retenían extensas lagunas, llamadas calaixos, que finalmente se rellenaban de tierra y creaban suelo consolidado. Estas lagunas marinas recibían la influencia de las aguas dulces de origen fluvial, lo que iba provocando el descenso del su índice de salinidad y las iba haciendo aptas para el cultivo.

Eso es lo que me propongo observar in situ esta mañana. Tras desayunar, bajo caminando hasta el río, para lo que debe cruzar de norte a sur completamente el pueblo. Por lo general, me oriento bastante bien, pero aquí me resulta imposible. La distribución de calles, su curvatura que se va acentuando y te va alejando de tus referencias, lo hace difícil. La geometría de casas que se han ido acumulando de aquella manera y calles resultantes ha ido configurando un poblado, que nada tiene que ver con la ordenada planimetría de San Carlos -perdón- La Rábita.

Esta espléndida mañana de sábado pueblan un cielo límpio diferentes artefactos voladores: un globo aerostático que se aleja ascendiendo, me imagino la visión del damero verde y amarillo que deben estar disfrutando desde ahí arriba; y un ultraligero a motor qe pasa más bajo, a pocos metros de los tejados, cortando más veloz el azul.
Llegado al borde del agua, al inmenso río de anchura considerable, disfruto la contemplación de sus márgenes ajardinados, de la magnífica estampa del puente de Lo Passador al fondo. He pensado para hoy un paréntesis en mi labor pedestre, dedicando la mañana a un recorrido ciclista por la parte norte del delta. Curioso, esta ya no es la comarca de Montsià, sino la del Baix Ebre, el cauce fluvial es el que delimita ambas comarcas que, sin embargo, no presentan diferencias de ningún tipo. Es manía de políticos y geógrafos aprovechar accidentes del relieve para configurar las fronteras: cumbres de cadenas montañosas, ríos, lagos, etc. por cuestiones defensivas, supongo.
Dudé entre tomar el trasbordador, su fondeadero lo tengo aquí al lado y parte en unos minutos hacia la verdadera desembocadura del Ebro, en el extremo de la isla de Buda. Pero, finalmente, me decidí por alquilar una bicicleta y hacer un recorrido, en la medida de mis posibilidades, que no son muchas, por la parte más visitable, más vistosa y turística. Esa es la opción que se impone, cuadra mejor con el propósito activo que guía mi viaje, con la observación directa.

Son las 10,30 h cuando remonto pedaleando la ribera hasta el puente, tomo la avenida que desciende de él y atravieso el pueblo en dirección norte hasta el albergue Deltebre Xanascart, donde estoy alojado precisamente. Paralelo a la carretera comarcal TV-3454 transcurre un camino asfaltado que me lleva hasta el campo de fútbol. Desde ahí se inicia la TV-3451, me han indicado que debo tomarla si quiero llegar a la Punta del Fangar. Es la única carretera interior que se puede denominar así; el resto de caminos, aún con firme asfáltico, de ni se sabe cuando, que transitaré serán verdaderas rutas de ciclocross, para mí, pavés de adoquines.
A medida que que me alejo del pueblo aumenta la presencia de vida salvaje a mi alrededor, se pueblan los cielos de inquilinos, de avifauna en abundancia. Las parcelas se han ido encharcando conforme se siega el arroz, e inundando. Aunque parece que está estancada, el agua transcurre de una a otra. El régimen de preeminencia de unas aguas u otras varía a lo largo del año y marca los ciclos naturales que rigen la vida del Delta. Todo él quedó alterado por el hombre en su beneficio. En otoño e invierno, finalizadas las labores en los arrozales, cerradas las compuertas de las acequias, se reduce el aporte de agua dulce al mero que trae el río, penetran entonces aguas marinas por los canales de desagüe, aumentando la presencia de peces marinos por tanto y la explotación de su pesca. También acuden miles de aves migratorias desde el norte de Europa, son numerosas especies las que lo eligen para efectuar su hibernación. Se inicia el periodo de caza permitida y regulada. En la siguiente primavera volverán a inundarse los terrenos con agua dulce cargada de fertilizantes sedimentos y al abrirse las acequias podrá sembrarse de nuevo el arroz (tolera bien cierto porcentaje de salinidad). Un ciclo enriquecedor similar a de tantos otros deltas y márgenes de ribera, de los que el Nilo resulta prototípico, un ciclo natural que permite la subsistencia de gran número de animales y de población.
De las múltiples especies vegetales que trajo el hombre (musulmanes mayormente) para ser adaptadas y cultivadas a este este extenso vergel; entre hortalizas, frutales y cereales, destaca sobre todas el arroz, en su variedad Oriza sativa, procedente del sudeste asiático, que se extendió por Asía y Oriente próximo hace unos tres mil años y posteriormente por el Mediterráneo, llegando a nuestra península a través de los árabes, (al-ruzz), en el siglo VIII. En el Delta data su cultivo del siglo XVII cuando los monjes cistercienses lo introdujeron, abandonándolo después. A finales del XIX, al construir más acequias y canales, se pudo reintroducir definitivamente y masificar su explotación.

Enseguida me hallo inmerso en medio de un aviario espectacular, un zoológico a cielo abierto poblado de decenas, cientos, de aves, en cada parcela de terreno. Las huertas son grandes, extensas, no se ve donde acaban, solo se aprecia diferente grado de inundación según hayan cosechado el arroz más tarde o más pronto, desde someros charcos hasta piscinas completas. La variedad de aves en tamaños, colores y especies es considerable: martinetes, garcetas comunes y garcetas bueyeras, avetorillos, archiveles, avocetas, zarapitos, gaviotas, etc. Sobrevuelan y se entremezclándose en una confusión de plumas y picos. Aunque ayer, desde el autobús, podía ver muchas, nada comparable a lo que hoy me rodea, una algarabía plumífera que aterriza y despega, que escarba y busca, que encuentra y traga.

Pajarería doméstica, no se asustan fácilmente, toleran la cercanía humana. Puedo contemplar a placer a unos metros como recorren confiados las orillas, más calmados, otros clientes de este descomunal banquete, seleccionan un menú subterráneo, porque sus apetencias se encuentran ocultas, escarban, rebuscan: los chorlitejos, cigüeñuelas, ostreros, etc. El mecanismo de búsqueda es sumamente curioso, recuerda la táctica del murciélago. El ostrero, por ejemplo, inserta su largo pico sensor en cuyo extremo tiene grandes cantidades de células de Merkel, corpúsculos de Herbst, de Grandy y de Ruffini, y terminaciones nerviosas libres. Produce ondas que recorren la arena y el barro, como si de un sonar se tratase; sus receptores detectan las discontinuidades en el retorno de la señal, indicadoras de la existencia de una lombriz u otros bichejos.
Solamente aprecio una excepción en ese espíritu gregario, prefieren buscarse la vida solas, a lo sumo en pareja: las garzas reales. Debe ser una cuestión de clase porque, ataviadas con su elegante smoking gris, parecen estirados figurantes, impasibles mayordomos que desdeñan mezclarse con el populacho. Acaso con pingüinos, si los hubiera.
Transito por este documental de la 2ª cadena atónito, gozoso, disfrutando de la cercanía y la aparente mansedumbre que tienen. Eso me permite observarlas de cerca, puedo apreciar al detalle cada individuo, cada especie, las características que las definen y diferencian. Tanto es así que me olvido de urgentes consideraciones físicas de cuidado: mi trasero protesta, cada vez más enérgicamente, por el trato que le viene dando el sillín que, aunque aparentemente cómodo, con cierta blandura, salta y repiquetea como un demonio transmitiendo un mensaje de doloroso en morse. Atormenta cada bache o protuberancia, hasta en la más leve, del piso.

Compruebo que, según se van anegando las parcelas y ablandando el terreno, labran o voltean el fango con el tractor y los aperos correspondientes: cilíndricos rulos de metal dentados. Eso hace aflorar todo un menú de gusanos y bichejos, de alevines de peces, anfibios y batracios, que como anunciado en una pizarra de restaurante, atrae enseguida a los comensales. Aparecen entonces, justo inmediatamente detrás de el vehículo, acompañandolo, los primeros clientes: las gaviotas (argénteas y de Audouin), la reidoras.
Aunque he recabado estos días información de primera mano, llegaba con la lección bien aprendida, con información de primera mano. Consulté la prensa de enero de 2021, acerca de la devastación que produjo por aquí la ciclogénesis Filomena. Anteriormente, en el otoño de 2019, ya había hecho estragos el temporal Gloria, pero nada comparable a lo que se produjo hace año y medio. Las consecuencias fueron terribles, quedaron anegadas de agua salada casi 3000 hectáreas de arrozales. Se rompió, quedó arrasada, la Barra del Trabucador, dejando aisladas a las salinas de la Trinitat; al norte las playas de la Marquesa, Riumar y el Arenal, prácticamente desaparecidas, el mar se tragó las puntas del Fangar y de la Banya e inundó la Isla de Buda, en el extremo de la desembocadura. La descoordinación de administraciones, el desacuerdo entre la Generalitat y el Ministerio de Transición Ecológica paraliza todavía las obras de refuerzo costero necesarias en algunos puntos: islas de Buda y San Antonio, laguna del Canal Vell y en las playas más utilizadas de la Punta del Fangar.
Actualmente la superficie del delta está en regresión, lleva décadas en esa dinámica me dicen. Han disminuido los aportes de limos que arrastraba el Ebro a consecuencia de la proliferación de embalses y pantanos, retienen grandes cantidades de tierra que reforzaba y conservaba el delta (aumentaba, hace aproximadamente un siglo, a razón de 10 m. por año, mientras que hoy ha retrocedido unos 15 m. en algunos puntos), ahora queda más expuesto a los fuertes vientos de los temporales marinos de Levante, que abren pequeños canales, galatxos, en las franjas arenosas.
Tras pasar por varias casas aisladas, acondicionadas como alojamientos rurales, llego a la orilla del mar: playa de la Marquesa. Al final del camino solo un edificio antiguo; restaurante Los Vascos, cerrado, perdido, olvidado; era punto de referencia, un punto de llegada como tantos otros (cabo de Creus, por ejemplo). Los turistas precisan tomar algo (un helado, una cerveza, un café los días fríos, ventosos) después de aparcar el coche, dar un paseito, hacer unas cuantas fotos, un video, antes de volverse. Lo he visto en demasiados lugares, deberían añadir a sus fotos un icono parecido al de los paneles informativos que dicen usted está aquí, en el que se indicase usted estuvo allí, y se borrase automáticamente ese destino de la lista de sitios a visitar.

Un pescador de larga caña se guarece cerca del muro de piedra defensivo, paciente y confortado en su soledad elegida echará la mañana en el empeño, disfrutará su día. Veo allí delante, más adelante, como a 15 o 20 metros, unos peñascos sobresalientes, engullidos por el mar. Luis, el encargado del albergue, me dijo que eran el límite terrestre antiguo cuando venía de chico.
Se han ido formando campos de dunas en la vanguardia del delta que, en algunos puntos donde se construyeron urbanizaciones demasiado próximas al mar, las engullen en Riumar y, por el sur, Els Eucaliptus. También aparecen en itsmo del Trabucador.
Playas del Garxal, de Riumar, de la Bassa d´Arena, de la Marquesa, del Fangar, de derecha a izquierda, de la punta del delta (illa de Sant Antoni) al faro del Fangar, casi 15 km. ininterrumpidos de arenal, de zona abierta, expuesta al los vientos: el mistral, la tramontana, el gregal, menos el de levante (este). Y a resguardo, al otro lado de la península del Fangar, otros 8 o 10 km. de playas, hasta alcanzar L´Ampolla de Mar. Voy hacia allá.

Ha descansado mi montura, y mi trasero, pero enseguida recuerda su condición. Mal negocio hoy: he cambiado los conocidos dolores de piernas y de caderas por los de posaderas y muslos, novedosos, más molestos, por tanto.
Desando camino, kilómetros. Vuelta por la Sequía de L´Illa de Mar, a un lado restaurante Figueras, uno de los escasos que surgen. Atravieso un puentecillo. Llego a la denominada Illa de Cort, la ocupa una chalet añoso, unos almacenes y una explotación agrícola, no se aprecia su insularidad, apenas un terreno enfangado alrededor.
Fuera del bullicio y el jaleo de los puntos de abastecimiento, una pareja de aguiluchos me sobrevuelan planeando, realizan su ronda matutina haciéndose los distraídos por si descubren algún ratoncito despistado, una rana fuera del agua, una culebra…¿quién sabe lo que tocará hoy de menú del día?
El camino sigue asfaltado, es un decir, remendado con pegotes pequeños resulta mucho más incómodo, actúan como piedras. En este punto mis posaderas se han resignado por completo a su papel de paragolpes, mi espina dorsal añora el rabo que perdimos con la evolución de nuestra especie, hubiera podido servir, enroscado, de cojín amortiguador. La carreterilla describe un gran arco que me llevara a las playas del otro lado de la Península del Fangar. Me va aproximando por la sequia sanitaria o Sequia Mare, un verdadero afluente antiguo del río, un intercambiador abundante de aguas, un canal con suficiente anchura hoy en día, tres o cuatro metros, a la playa de Lo Goleró. Llego a su desembocadura, una gola grande, poderosa, de aguas morosas, casi empantanadas, someras y claras, tanto que se aprecia lo que parece un caparazón ovalado, me acerco y compruebo que es un cangrejo, al verme se oculta en el fango reculando con habilidad. Multitud de cañizos ocultan la visión, unos cormoranes atraviesan la escena, al fin comparecen, no los había vista hasta ahora.

Al fondo, a la izquierda, blanquean los edificios de L´Ametlla, verdean oscurecidas las sierras recortadas a tijera sobre el nítido azul celeste. Recorro con la vista el litoral, mi ruta de pasado mañana, está ahí mismo, al alcance de la mano, de unas piernas inquietas. Precisamente ahora llega un grupo de senderistas, perfectamente pertrechados de ropa y bastones, son castellano parlantes, aunque procedentes de Barcelona, que hacen la ruta desde L´Ametlla por la playa del Arenal hasta la Bahía del Fangar y vuelta, me dicen.
Prosigo, rodeo el paraje protegido de Aiguamoll, una cinta de costa a la que no se puede acceder, vallada y protegida, para proseguir por la Bahía del Fangar. Atravieso un puente y llego al puertecito de l´Illa de Mar. Un grupo de turistas, que ha bajado de un autobús, atiende las explicaciones del guía. Barquitas y balsas atracadas en las radas sestean un sueño profundo. Redes amontonadas, nasas, cabos y aparejos abandonados las miran desde el cemento, recordando tiempos mejores. Casetas atrancadas, chamizos, parasoles destrozados. Telarañas, colillas, botes, desperdicios de conchas negras de mejillones crujen a mi paso. Hierbajos, dejadez y olvido apoderándose de todo. Enfrente, en el agua, a resguardo, aprovechando la protección se acogen las Muscleres (más parecido al francés) del Fangar, en esas bateas mejilloneras que se alinean marciales.

He de regresar, acometo una desalentadora recta de más de dos kilómetros. No puedo dejar de contemplar la exuberante vida que rebosan las charcas, tantas aves evolucionando de un lado a otro, dejándose observar en sus quehaceres, acostumbradas al tránsito humano. Aunque el recorrido es diáfano y abierto, me despisto. Resulta fácil en este laberinto de canales, acequias, caminos y carreteriles. He de echar mano del navegador del teléfono móvil, el GPS de cabecera hace un rato que ha claudicado, parece que fallecimiento absoluto, no responde al masaje cardiaco que le propinan las pilas nuevas. R.I.P. Desando, que más quisiera, pero hoy no es mi papel el de caminante, sino el de ciclista, retrocedo desde la Granja de Florencio hasta conectar con la TV-3451, la pista lisa sobre la que inicié el recorrido. ¡Santos ángeles y arcángeles del cielo, suelo llano por fín,bendita alfombra!. Al cabo de unos 2 km.entro al casco urbano de Deltebre, lo atravieso, en este caso por el carrer de la Estació hasta llegar a la TV-340, que hace las veces de calle mayor del pueblo, y me dirijo hacia la orilla del río para devolver la bicicleta. Tengo hasta las 14´30 h. para hacerlo. Recalo pues en la terraza de una cafetería, junto al embarcadero, orilla soleada del río, a tomar una cerveza, una bendita Voll-Dam , tan apreciada. Reconforto mi trasero sobre el cesped, dolorido me suplica compasión, le prometo no embarcarlo más en otra aventura ciclista, nosotros a lo nuestro -le digo-, a hacer kilómetros a pie, a gastar suela.
Dejo la fiera en su establo, el cuentakilómetros marca 36,8 km. Horror, creía haber recorrido unos 20. Parece mucho, pero la falta de obstáculos naturales de relieve lo ha facilitado. Regreso a pie, otros dos y pico o tres kilómetros extra, a mis cuarteles de invierno, a ducharme y a poner el trasero en remojo. Renuncio a salir a comer, tengo más cansancio que hambre.
A la tarde paseo por el pueblo, muy diseminado, de casas bajas en su mayoría. Entre ellas una huertecita con habas me sorprende, tienen medio metro y lucen sus preciosas flores blancas con botón azul. Hasta finales de invierno no las tenemos así en mi tierra.

sábado 22 de octubre de 2022