
Amposta es la capital de la comarca del Montsià, que ocupa la mitad inferior de la flecha, se sitúa en la orilla derecha del Ebro, lado sur. Al otro lado, margen izquierda, cruzando el Puente Colgante, nos encontraríamos en el Baix Ebre, cuya capital es Tortosa, ubicada 15 km. río arriba, que fue el puerto fluvial primitivo (correspondía al asentamiento de la supuesta Hibera citada en las guerras púnicas, sobre la que fundaron los romanos su ciudad).
Reconquistada en XI, existe un documentado de 1097 en el que Ramón Berenguer III dona lo que quedaba del castillo al conde Artal de Pallars para que levantara uno nuevo. Parece que no prosperó el intento hasta mediados del XII, en que es cedido a Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, Templarios, que fundan un priorato administrado hasta principios del XIX, en que lo absorbe el rey Carlos IV.
El Castillo, sede de la orden, se asienta sobre restos de un poblado íbero, conserva también restos de época andalusí, siglo X, y de una torre rectangular del castillo condal (XIV-XV), así como parte de la muralla. Subscrito al castillo de Tortosa, fue destruido por Juan II de Aragón en 1466. Reedificado de nuevo, es derribado en 1518 en una incursión de piratas turcos. Soporto las guerras carlistas y, a finales del XVIII, el asentamiento de actividades industriales que lo transforman completamente. Todas esas vicisitudes se pueden leer sobre este terreno que ahora salen a la luz merced a una serie de excavaciones, precisamente en una de ellas de 1987 apareció una torre dibujada por Mouliner en 1810 (de la expedición de A. Laborde) que parece ser la Torre de Sant Joan, descabezada a nivel del primer piso, se conserva hasta una altura de 5-6 m.

La añado, como corresponde, al catálogo de torres vigía que voy elaborando. En campañas sucesivas apareció parte de la muralla y silos de época ibérica, también trozos de la muralla árabe, y se descubrió el foso interior. A la vista quedan numerosos portales ciegos que dan acceso al río.
Entorno al castillo se desarrolló un barrio de pescadores, el Grau, y un puerto pesquero y comercial. Pero lo que domina absolutamente la escena atrayendo poderosamente la visión es el magnífico Puente Colgante, construido en 1915, que sustituyó al paso de barcas anterior.

Aunque Amposta, boca de entrada y salida del río, pasó por tantas contingencias, no debemos olvidar que el verdadero puerto de la desembocadura, la ciudad fuerte del delta, fue Tortosa. Río arriba, a unos 4 km del casco histórico de Amposta, se sitúa la Torre de la Carrova o Alcharrova, topónimo árabe que alude al nombre de la fuente que existe a sus pies. Hubo en origen una torre musulmana, después rehecha en el XII en estilo gótico, muy bien conservada, de estampa imponente, cuadrangular, tiene una base de 16 por 12 m. y alcanza los 17 m altura. Destaca una ventana geminada de estilo románico y su coronación de almenas y unos muy curiosos matacanes, quedan 5 de los 8 que debió tener (en las esquinas y en mitad de los lados), son semiesféricos y calados, muy originales y prácticos. Posee tres plantas la torre y terraza. Se emplaza sobre un peñasco de unos 20 m. de altura en la margen derecha del río, a algo más de medio kilómetro de la misma orilla. Estuvo vinculada a la protección y control efectivo del del río y del transporte fluvial junto con la de Torre Campredó o de Fuente del Quinto, que aparece enfrente, al otro lado, igualmente elevada. Me comentan que una cadena la unía e impedía el paso de naves a voluntad. Sé que en otros lugares, a la entrada de algunos puertos, eso me consta que sucedía.

Torre de la Carrova

Torre de Campredó
Me he tomado la molestia de comprobar qué distancia debería alcanzar dicha cadena para que fuera posible tal cosa. En línea recta hay unos 570 m. de la Carrova al río, que actualmente tiene en ese punto una anchura de 230 m., y otros 760 desde la orilla izquierda hasta la Torre de Campredó, lo que suma una distancia entre ellas de unos 1560 m. A los que habría que añadir la curvatura necesaria para salvar la pendiente de dos puntos elevados sobre los que se ubican (peñascos de unos 20 m., ambas) y colgar a ras del agua. Parece que colaboraba una isla fluvial que desapareció a finales del XIX. No menos de 1600 o 1700 m. habría de tener.
Esta segunda torre es menos vistosa que la anterior, aparece más deteriorada, a pesar de que fueron restauradas las dos en 2009. Sobresalen unas ménsulas alrededor que indican la existencia de una corsera o visera, hoy inexistente.
Junto a ellas, en el margen izquierdo, aparece la Torre de la Lonja, del siglo XIII, resta solo una planta de las dos o tres que tuvo, tiene muros muy gruesos, parece que se utilizó como casa del procurador, hoy para guardar aperos.
Quedan por toda la zona abundantes restos de lo que constituyó un sistema defensivo importante, formado por torres-fortaleza, construidas durante la edad media y moderna, tanto en las dos orillas del río, como en el litoral marítimo fósil. Dominaban todo el territorio comprendido entre el collado de Balaguer, al norte, cuyo castillo aseguraba el paso hacia el interior, y Alcanar, al sur. Ello habla bien a las claras de la consideración comercial y militar de este enclave deltaico.
Por mi parte, iré deteniéndome en muchas de esas torres y fortificaciones, las suficientes como para dar una idea de conjunto del ese plan estratégico que consolidaba la defensa del Reino de Aragón y su principal salida al mar, base de su política expansiva mediterránea. Otras, por desgracia, quedarán fuera de mi trayectoria y, zigzaguear visitándolas, supondría ocupar mucho tiempo y territorio. De sus ubicaciones da buena cuenta una excelente página web: Catalunya medieval: castells, torres, fortificacions i altres monuments, encomiable y arduo trabajo de Ricard Ballo y Montserrat Tañá, que otras comunidades autónomas deberían copiar.
No he encontrado, hasta el momento, una concentración tan densa de torres defensivas en el litoral que he recorrido. Si acaso, algo a menor escala en la huerta alicantina, entorno al cabo de las Huertas y la capital, pero no tan numerosas.

De regreso al inicio de mi camino costero, empezaré comentando la Torre de la Candela, con la que uno se tropieza al poco de salir de Amposta. Entre nudos de carretera, casi en medio de una rotonda, destaca airosa y esbelta con sus casi 14 m. y 4 de diámetro de base. Cilíndrica, como una paja sobresaliendo de un batido, ligeramente troncocónica en la base, hasta la puerta, que se sitúa en altura. Parece, según R. Miravall, que formaba pareja con otra torre del castillo de Amposta, igual que la Carrova/Campredó, para asegurar la defensa de un ramal del río que entraba en el estuario.

Un poco más adelante en la ruta, a unos 3 km. Surge la Torre de Burjassènia, del siglo XIII, muy similar a ella en dimensiones y estructura, pero mejor conservada.
Respecto de la Torre L´Aldea o de la Ermita de la Mare de Deu, redondeada y, al mismo tiempo, cuadrada, del siglo XI, poco se puede decir. Restaurada por encima de su talud troncocónico en 1586, en 1856 y reedificada en 1936, no se ha de hacer mucho caso a su aspecto actual, pero tampoco, desgraciadamente, de la función que tiene asignada, mucho más interesante. Es un supuesto Centro de Interpretación de las torres vigía, el primero que encuentro en casi 800 km. Y digo supuesto, porque no hay manera de ponerse en contacto con el encargado de abrirlo o informar, ni siquiera con el ayuntamiento. Aparecen cuatro teléfonos en un folleto, que atesoro como oro en paño, y no responden dos (hoy que es domingo, día interesante para los posibles visitantes), el otro es de la guardia urbana que no sabe nada del asunto y el último de un gestor cultural que, desde su casa del Pirineo, me informa de que alguna vez hizo un trabajo para ese ayuntamiento. Un desastre con todas las letras. Imposible acceder o comprobar si está abierto dicho centro. Rechazo desviarme un kilómetro y medio para ver ese amasijo de reconstrucciones solo por fuera.
Sé que tiene tres plantas, cada una dedicada temáticamente a un asunto de la defensa contra la piratería. Solo el castillo de Águilas, en las costas murcianas, que he podido visitar y admirar recientemente, recoge más profusión de información al respecto.
Triste y abatido por la incompetencia municipal de los gestores de L´Aldea prosigo mi penar al encuentro del siguiente alfiler en mi mapa de torreones. El recorrido que sigo tiene su importancia por su situación viaria, se ajusta, más o menos, a la Vía Íbera cuyo trazado aprovecho la vía romana y el camino real en la Edad Media. Siglos posteriores recalaban también las diligencias que hacían el camino Barcelona-Valencia, lo que propiciaría la construcción de hostales y puestos de posta, con el consiguiente aumento de población e importancia del pueblo de L´Aldea.
Los festivos son días complicados para el ruteo. Demasiada afluencia de personal en los bares y restaurantes para comer, demasiados pobladores en las playas, en las calas. Demasiadas distracciones, demasiado dominguero. Lo vivo como una especie de intrusismo. Prefiero los días laborables, más corrientes y molientes, resulta más sencillo adentrarse en la vida cotidiana de las gentes, de los paisajes, de los pueblos y aldeas que atravieso, en el ritmo cotidiano de sus quehaceres. Y destaco menos.
El destino se está encargando de demostrarlo hoy sobradamente, desde el comienzo del día. Resulta problemático recurrir al transporte público, solo hay un autobús para volver a Amposta y sale muy tarde, a mediodía. Por lo que he decido hacer autoestop temprano, aunque por lo general nunca me ha funcionado. Busqué un cruce, una incorporación a la carretera general, donde deben parar los vehículos. Recuerdo de mis años mozos que siempre es más fácil abordar a los conductores parados que pretender que paren en marcha a recogerte. Y no tardo en encontrar a un voluntario. Se dirige a Camarles, población que he de transitar en la etapa de hoy. Me dice que desde allí es fácil llegar a L´Aldea, está justo al lado, y entonces coger el bus para Amposta. Le supongo informado y me dejo llevar por la promesa de ganar unas buenas horas, pero la cosa no resulta tan simple. Me quedo colgado allí, he de improvisar una alternativa. Sumado a eso el chasco con el centro de interpretación de L´Aldea, da como resultado que se me venga abajo el plan previsto. Además las desgracias nunca vienen solas, el GPS, mi imprescindible brújula con las rutas y los puntos importantes grabados, que había dado señales de encontrase mal, termina falleciendo. Ni el cambio de pilas nuevas ni otra opción me funciona. R.I.P.
Aunque tengo en la cabeza la agenda diaria de los tramos a seguir, los desvíos y contingencias posibles, las torres y castillos que cubrir, toda la información que resulta imprescindible, mis apuntes, me hundo en el abatimiento. Paso por unos momentos de duda y desánimo, me planteo abandonar. Me siento en un banco junto al camino en las afueras de El Ligallo, tomo un bocado, una mandarina. Me sereno, hago un par de llamadas a conocidos para ver de recuperar el GPS, imposible. Para poder utilizar al menos algún programa de navegación, algún plano del teléfono móvil. Esa posibilidad, con unas cuantas explicaciones que me dan, añade opciones. Recobro la calma, recupero el ánimo y me pongo de nuevo a caminar.

Paso por El Ligallo del Cànguil y el del Roig, prosigo a lo largo del trozo de vía verde hasta el Centro de interpretación del arroz, un conjunto de edificios formado por un caserón de los Jordá, de Tortosa, y una ermita del XIX, donde surge imponente la Torre de la Granadella, un hermoso torreón cuadrangular de 16 m. del siglo XIII, que se cita también como castillo. Tiene planta baja, tres pisos y terraza; puerta en altura, aunque se abrió otra a nivel del suelo con escaleras y arco de medio punto.
A lo largo de una avenida flanqueada por laureles, cortados en cono, como si de cipreses se tratase, accedo al importante pueblo de Camarles, el de Balcón del Delta.

Lo atravieso y al salir me aguarda, con una presentación impecable en medio de una zona ajardinada, la Torre de Camarles.Circular, ataludada, de unos 9 m. de altura y muros muy gruesos. Existen restos de construcciones y unos arcos fuera, pertenecientes a una masía anexa de época gótica. Adjunto foto del antes y el después de esa eliminación y de la restauración realizada en 1990.

Sigo el llamado, en algunos mapas, Cordel del Mar, una avenida asfaltada en realidad, que me llevará hasta la playa del Arenal en algo más de 3 km. Una abubilla salta de árbol en árbol, como dando brincos en el aire, anticipándome, satisfaciendo su curiosidad. Tienen mala fama, me decían de pequeño que huelen mal, pero a mí siempre me han parecido preciosas por sus colores y el penacho de plumas que lucen sobre la cabeza. Campo abierto mientras tanto, vegetación autóctona de bosquecillos en los barrancos que tajan perpendiculares la carretera, señalan antiguos brazos del río cuando se abría en abanico formando el delta, ahora están secos por el encauzamiento. Algarrobos, acebuches, olivos, almeces, lentisco, chaparros…los desbordan. Al otro lado, a mi derecha, se extienden las parcelas de cultivos intensivos donde coliflores, brócolis y diferentes tipos de coles, se alinean marciales y obedientes. Algunas parcelas encharcadas, donde antes hubo arroz, blanquean de lunares inquietos, son garcetas.

Un cartelito anuncia que por aquí transcurrió una autopista hace dos mil años: la Vía Augusta. Recorro estas tierras un poco más altas, el reborde costero antiguo, un auténtico balcón, un mirador que me permite relamerme otra vez en la contemplación de la amplitud del delta. Los ricos sedimentos depositados quedan unos metros más abajo, cubren una extensión que anega la vista de verdor, de fertilidad, donde antes se situaba la laguna de Les Olles, hoy reducida a su mínima extensión.
Llego, al fin, tras un día tortuoso de peripecias y problemas, otra vez al mar, mi aliado perpetuo, mi amigo incondicional, a la playa del Arenal. Ya la conocía, la había visto desde el otro lado, desde Lo Goleró.

Revisando el mapa de 1777, donde ahora ocupa un entrante del mar, al final del Barranc de San Pere, lo que antes sería una cala, con dificultad puede leerse: torre del Rano o Rosco, otras fuentes hablan de la torre de Cort. El caso es que, la acumulación de urbanizaciones y casas ha cubierto cualquier posible vestigio de ellas. Lo que si aparece, justo entrando en L´Ampolla, en el mero sobaco del terreno, por así decirlo, es un monumento al delta: unos arcos sobre tres columnas asaltados por tres querubines que juguetean a treparlos ante la impasibilidad de una doncella pensativa (?).
También se informa más adelante, con una serie de carteles alusivos, acerca de la piratería que en tiempos asoló estas costas. Se citan torres desaparecidas o nombradas de otra forma dentro del sistema defensivo que he explicado, como la torre del Ángel, de la Guardiola, de L´Aliga, de la Merla, de Cap Roig, etc. Lo más interesante es el croquis de la desaparecida torre de Cap Roig, en el pueblo de Els Garidells, entre El Perelló y L´Ampolla, también desaparecido (solo queda una masía con ese nombre).
Cerca del puerto, en Roqué-Mar, hay un bunkers de la guerra civil encastrado en las pared natural que perfila la costa, dando cuenta también de la importancia estratégica de este enclave.
Podría decirse que aquí, a este otro lado del delta, en el flanco norte, surge la cara oculta de la luna. Si fuese posible elevarme, a vista de dron, unos cien o ciento cincuenta metros, desde las etapas anteriores, desde la costa castellonense que he ido dejando atrás, y avistar decenas de kilómetros en adelante, hubiera podido contemplar el recodo que supone la Bahía de los Alfaques, el desmesurado saliente que supone el Delta, a continuación, como una excrecencia de unos 20 km adentrándose en el mar, como un inopinado saliente en la perfilada y rectilínea costa. Ahora, desde esta posición, en su lado norte, en el punto donde continua la costa fósil primitiva, podría apreciar la prolongación lineal hasta Cambrils, unos 50 km; después el cabezo que supone el cabo de Salou, tras el que se oculta Tarragona.
Desde la Tarraco romana siguen otros 80 km. rectilíneos, pero en diagonal, hasta el morro del Garraf que tapa Barcelona, donde calculo podría llegar en una próxima tirada de etapas. Imagino ascender más en altura, en un helicóptero tal vez, y seguir describiendo la línea del litoral para un ciego o alguien que no tuviese mapa, para un caminante a ras del suelo, como es el caso: Barcelona, área metropolitana y cinturón industrial, debe ocupar sus buenos 35 km, desde Casteldefels a Badalona (Beatulo romana) y otros 100 km más en diagonal hasta el siguiente recodo, el cabo de Begur.
Ahí acaba el perfil límpio, perfilado, escalonado para dar paso a una prominente frente, un chichón geográfico. Trazo una recta marina de 40 km hasta el cabo de Creus, que serían 60 o 70 km. reales, sobre el terreno, golfo de Rosas por medio, donde los Pirineos se adentran impetuosos en el mar. Queda tan solo una propina de territorio igualmente accidentado, de unos 30 más hasta la frontera. Y san se acabó. Surge poderoso después, en Francia, un amplio recodo, el gran arco del Golfo de León, llamado así por el sonido que arrancan los vientos en sus costas, semejante al rugido del felino.
Pero esas son otras historias, otros cuentos de la lechera que ahora no corresponden. De momento me acerco a L´Ampolla de Mar, la botella, en catalán y en latín (ampulla), alude en castellano a un esenciero de vidrio, un recipiente pequeño, o a una inflación en la piel rellena de líquido linfático. Supongo aludirá el topónimo a la antigua forma de saco de su emplazamiento, como luego ocurrirá con L´Ametlla, la almendra.
Recalo en un hotelito antiguo, de los de toda la vida, familiares (tanto en los dueños y herederos, como en la clientela), un establecimiento de primeros momentos del boom turístico, allá por los sesenta o setenta. Todo en él lo proclama: ubicación privilegiada en la misma orilla del mar, junto al puerto; con restaurante adjunto para los desayunos y las medias pensiones; mobiliario trasnochado, pero robusto; puertas de cartón forrado de madera contrachapada en las habitaciones; cuarto de aseo mínimo con toallas exfoliantes (secan lo justo, pero vienen bien porque arrancan la piel muerta), espejo sin marco, media bañera; colchón de muelles, sábanas de papel seda limpias, aunque muy lustradas por el uso; televisión pequeña atornillada a la pared; armario excesivo, etc.
Ceno en el hotel, mucho mejor que anoche en Deltebre, donde sucumbí a la recomendación de un restaurante renombrado: micro-croquetas, angula ahumada, dura, salada, con exceso de salsa verde para intentar darle algo de sabor y un poco de pan con ali-oli. Solo el diseño de la vajilla y el precio estaban a la altura.
Intento ver un rato la tele para ponerme al día, pero enseguida desisto. Se ve y se oye mal, tartamudea. Además, de los más de 60 canales que tiene, solo aparecen dos generalistas, la 1 y la 2. Curioso, pero eso se repetirá en otros lugares, no quiero pensar en un boicot a las emisoras en castellano, pero es raro.
domingo 23 de octubre de 2022