Isleta del Moro Arráez– Las Negras (Cala de San Pedro) 18 km

Llovizna, hay una luz sostenida, en absoluto deslumbrante como ayer, ideal para hacer fotos. Hace un día perfecto para caminar, con una temperatura agradabilísima. Hoy he de afrontar una etapa hasta Las Negras, al menos, aunque decidiré sobre la marcha. Me asaltan, en tramos humedecidos por las recientes lluvias, olores intensos, acres, que golpean la nariz con contundencia. Son olores de solares de ciudad, de parcelas vacías de edificios, de descampados. Ese olor peculiar tan fuerte que creía urbano, asociado a escombros y a desperdicios orgánicos, a basura y a plantas en descomposición; pero que compruebo pertenece un mismo suelo humedecido varios días.
Salgo por una senda que conduce a playa del peñón Blanco, a la que evito descender -queda mucho trecho todavía-, y tras transitar un trecho por el interior, me permite retornar a la orilla del mar. Diviso encajada entre cerrillos un sendero que ha de conducir por fuerza, por la dirección que toma, a alguna cala. Me adentro por una pinada magnífica con un lustre en sus agujas inusitado -es la alegría de saberse con agua en el subsuelo- entreverada de unos cuantos eucaliptos envidiosos y alguna que otra palmera imperial. No puedo evitar evocar la visión celestial que promete el islam, se debe parecer mucho a lo que tengo delante, añadiendo las correspondientes huríes, los ríos de leche y miel, y demás complementos. Si es realmente así el paraíso que predica, que cuenten conmigo. Por supuesto, sin contrapartidas.
No se comprenderían. Este recóndito y pequeño bosquecillo conduce hasta una minúscula playa con más guijarros que arena, Cala de los Toros, una auténtica preciosidad, como no podía ser menos por el vestíbulo que la antecede. A un lado diviso un conchero en el que entretenerme buscando ejemplares preciados y descubriendo piedras de caprichosas formas. Costeo en busca de otras dependencias celestiales similares, al final de la playita parece abrirse otra, luego otra, y otra… Hasta que llego a una pared que he de escalar, con la dificultad añadida que supone la mochila cargada, para alcanzar la arena de otra nueva concha, y otra que, ya finalmente, me enfrenta con un paredón inexpugnable. No queda más que resignarse -la aventura tiene estas cosas- y tratar de escalar el monte para salir de este atolladero. Se torna más y más empinado el terreno, he de ir ladeándome para intentar evitar los cortados que se acantilan peligrosamente y disuaden de pasar. Voy ascendiendo como puedo, asiéndome a mínimas escarpaduras, hasta que veo a un lado, en un cerro a mi izquierda, un mirador adornado con una artística barandilla, el Mirador de la Amatista. Suaviza la rampa y puedo llegar al fin arriba. Conclusión tras la peripecia: del paraíso mejor contentarse con disfrutar alguna dependencia, no pretender abarcarlo en exceso ni conocerlo entero.
Enlazo entonces con un camino que, a pie llano casi, conduce hasta el Campillo de Rodalquilar. Preciosa explana abierta, de inusitada amplitud para lo que llevo viendo, surcada por numerosos carriles, poblada de huertas y sembrados de secano, punteada de árboles esporádicos, con cerrillos de maravillosa tierra verdosa destacando entre los rojizos suelos oxidados en primer término. Al fondo se divisa el pueblo con las minas de oro detrás, encaramadas a la montaña, abandonadas en 1966. Aparecen unas pocas construcciones sueltas a lo largo de la carretera. Toda esa planicie entre montes que no ve el mar desprende una sensación de soledad y quietud estancada que por fuerza se apodera de mi ánimo; podría pasar por un paraje mesetario común, pero le asiste un misterio retenido que lo descarta.
También impactó a Juan Goytisolo: “El silencio es agobiante. Contemplo las sierras pardas, desnudas. Aquí y allá unas manchas amarillentas señalan las bocas de la mina. En el valle hay casuchas en ruinas y un depósito circular abandonado. La carretera se ciñe al borde del barranco y, a la vuelta de la curva, se asoma sobre los lavaderos de la empresa y el pueblo de Rodalquilar. Escalonados en la pendiente de la montaña varios depósitos brillan al sol, intensamente rojos. Allí se decanta y lava el cuarzo aurífero que los camiones acarrean en la mina, antes de pasar a los secaderos. Al pie de los estanques la ganga ha invadido el valle y forma un extenso lodazal resquebrajado y amarillo. Rodalquilar queda a la derecha, confortablemente asentado en el llano. Es un pueblo pequeño, asimétrico y, en apariencia, sin centro de gravedad. Las calles no están urbanizadas y el camión avanza por ellas dando tumbos. Las casas son chatas, feas. “
Enfrente aparecen parcelas dedicadas al cultivo de palmitos (simulan extrañas esculturas étnicas), bancales de chumberas y algarrobos (sus legumbres suponían comida, no solo para los animales, sino también para las personas en años de hambrunas), algunos almendros.
Quiero dirigirme hacia la costa, hacia el originario enclave del pueblo en el Playazo, entre laboriosas terrazas que retienen la tierra y sembrados de almendros y olivos que parecen abandonados. Atrás queda sin visitar una playa amplia de bolos redondeados, la cala del Carnaje.
Sobre un elevado promontorio, a la izquierda, destaca la perfecta silueta de la Torre de cerro Lobos, encima del cabo conocido como Punta de la Polagra en referencia a una roca puntiaguda que emerge de la superficie del mar, visible solo si se está embarcado (en latín polacra alude a un barco de dos o tres palos). Encamino mis pasos por el carril asfaltado, no llega a ser carretera, que conduce hacia ella. La torre fue construida, como tantas otras de este litoral, en el siglo XVIII a raíz del estudio defensivo elaborado por el mariscal de campo Antonio María Buccarelli para Carlos III. Se ha restaurado recientemente para habilitarla como faro, también se le han añadido antenas de telecomunicaciones. Mientras almuerzo y contemplo los peligrosos cortados bajo mis pies, estudio con detenimiento el terreno venidero. No tengo la completa seguridad de que haya senda hasta la cala del Playazo, aunque parece adivinarse a tramos una en la ladera de enfrente, ¿o es mi vista la que lo imagina? La otra opción sería rodear unos paredones amesetados que aparecen hacia el interior, supondría un enorme gasto de esfuerzo y de tiempo (debiera haber tomado quizá el camino desde Rodalquilar por el interior, pienso ahora, pero así es la aventura, a menudo se rige por impulsos más que por certezas). Si me equivoco lo pagaré caro. Decido descender hasta un rellano en que parece apuntarse la salida de la sendita en cuestión, con la dirección que pretendo. La tomo y compruebo que se hace más clara conformo avanzo, eso indica que es transitada a menudo. Buena señal. Por fuerza ha de llevar a la cala del Bergantín, incluso más lejos. Ya más relajado considero la belleza virginal de estas laderas que confluyen en un intrincado barranco de arbustos abajo. Prosigue la trocha a media altura con la promesa del terreno de abrirse en una perspectiva marítima de escarpadas paredes o, con suerte, de unos palmos de arena. Estos territorios tan solitarios, esta poderosa sensación de olvido y desarraigo, este gozoso aislamiento que busco, me encuentra a mí antes.
No es que sea precisamente aquí donde alcance a ver, a apreciar; no es que este sea el lugar preciso que me comunique determinada sensación, sino que es donde surge, se libera. La sensación está siempre en mi, solo que no la veo o no le permito mostrarse (tendrá razón entonces Platón con suponer la existencia previa del mundo de las ideas), aquí encuentra una grieta en mi corteza por la que aflorar.
Como una mordedura estridente sobre las atochas que pilosean el suelo se dibuja un artificial desgarro, una trinchera horizontal en aquella ladera de enfrente, supuestas minas de almadenes (valga la redundancia, porque eso precisamente significa en árabe andalusí alma´din, mina) seguramente.
Diviso desde un collado El Playazo, lindero acuático de un sorprendente valle que se abre hacia Rodalquilar, con una anchura considerable ocupada por multitud de huertos y sembrados, frutales y acequias, claveteado de palmeras, capaz en tiempos de sostener a un elevado núcleo de población. Se ofrece a mi vista como una tierra prometida, un vergel enclavado entre tanto cerro reseco, entre tanta tierra muerta.
Desciendo la ladera buscando hacia el interior la Torre de los Alumbres que protegía el primitivo asentamiento poblacional de Rodalquilar del pillaje berberisco en esta codiciada zona, habitada desde antiguo por sus minas de alumbres (un sulfato de aluminio y potasio muy apreciado en medicina como astringente y también como desinfectante para después del afeitado). Entre una plantación de palmitos muy descuidada, a pesar de contar con riego por goteo, sobresale poderosa su silueta. Al llegar a sus inmediaciones compruebo su ruinoso y lamentable estado. Cercada por una muralla perimetral medio hundida, con barbacanas desmochadas en las esquinas, hace por resistir su excelente cantería que con tres niveles la eleva hasta unos 14 metros. Quedan vestigios de su esplendor en el arco de herradura ciego de la entrada, la filigrana de alguna ventana, las ménsulas de antiguos matacanes (así llamados porque servían para lanzar piedras a los invasores o a sus perros). También queda huella de la desidia humana en las molduras y otros restos de decorados adheridos a la fachada principal que no quiso retirar el equipo que rodó aquí una película. No creo que pertenezcan a los dos westerns de Leone filmó cerca, La muerte tenía un precio (1965) ni Agáchate Maldito (1971), parecen más recientes. La torre se construyó en 1510 de manera privada, como permanece ahora. Es más, está en venta en una página web por 600.000 euros, incluida la finca de 410.000 metros cuadrados con cultivo extensivo de palmitos, riego por goteo, pozos, noria y balsas. Si alguien se anima el precio incluye un proyecto de rehabilitación de 30.000 euros, que se me antoja escaso, demasiado escaso si hemos de incluir la correspondiente excavación arqueológica, del torreón.
Desando camino, apenas un par de kilómetros, para volver a la costa en busca del baluarte de San Ramón y Santiago, lo encuentro bien asentado sobre la piedra a uno de los lados del Playazo en el paraje conocido como Los Castillejos, cruzaba su fuego con la batería del castillo de San Pedro.
A principios del XVIII, por orden del duque de Montemar que había comandado la flota española en batallas en Cerdeña y Sicilia, así como en las costas norteafricanas, el ingeniero militar Felipe Crame elabora un informe entre 1732-35 para el rey Felipe V en el que se acomete un ambicioso plan de defensa del despoblado litoral del Reino de Granada. Se construye el castillo de San José, hoy desaparecido como ya comenté, igual que el de San Francisco de Paula en el mismísimo cabo de Gata. También acometieron los Borbones la construcción de numerosos fuertes-batería que posibilitaran el uso de piezas de artillería mayores, en las que ahora se basaba la defensa costera, su antecedente arquitectónico son las torres de herradura o en pezuña de buey existentes desde el XVI, pero estas son de mayor entidad para poder alojar importantes guarniciones, con explanadas para maniobrar los cañones, fosos con puente levadizo, bastiones en las esquinas y flanqueando la puerta principal. Suponen una completa seguridad frente a la piratería berberisca y los corsarios franceses, ingleses u holandeses, tanto es su poder disuasorio que apenas llegan a utilizarse.
Me encuentro de bruces al acercarme con una edificación horrible, parcheada, toscamente revocada con un cemento que la afea en extremo. A pesar de contar con un asentamiento rocoso excepcional se ve mal arraigada, remendada su cimentación. Afeada por cables, tubos, depósitos modernos que sobresalen por todos lados, desprendidas las molduras de su cornisa… Parece que tales males no le son nuevos, las obras que se comenzaron en 1767 se hicieron con materiales de tercera, apropiándose de las partidas de dinero trabajadores y capataces. Consiguientemente la batería quedó endeble y frágil, precisando obras de mejora en años posteriores. A pesar de todo eso, también este castillo se vende, se ofrece en una web por 2,6 millones de euros, con pozo de agua propio, placas para energía solar y parcela de unos 80.000 metros cuadrados. Un colectivo ecologista ha denunciado el caso. Veremos.
Me repongo de tales barbaridades enseguida en la contemplación de los roquedos adyacentes, la multitud de hendiduras, cuevas, calas y mellas que el mar esculpe; las proezas de la erosión en los paredones amarillos y la filigrana que dibuja en las diferentes tonalidades de sus estratos. Este mágico prodigio que revela la pericia arquitectónica de la naturaleza, muy por encima de la de los hombres. Las aguas remansadas y transparentes de las entalladuras permiten apreciar los fondos con total claridad, sus reflejos recuerdan vivamente algunos estudios acuáticos de Sorolla de gruesa y suelta pincelada impresionista.

El trecho siguiente resulta más transitado, senderistas o simples turistas en vacaciones, según indique su indumentaria, me cruzan. Antes de llegar a Las Negras, en la Caleta, hay un camping en el que me han dicho que alquilan habitaciones, pero no me atrae, lo desecho para pernoctar. “Atravesamos una rambla frente a una cáfila de cortijos desmoronados y en alberca. (…) Cuando me doy cuenta estoy ya en el pueblo. Las Negras se asienta en el centro de la bahía y su aspecto asolado y ruinoso me recuerda el de Escuyos o San José. En la única calle trazada hay un bar y un estanco, los cerdos gruñen en el interior de las cochiqueras y el mar alborota y da tumbos sobre la playa…”
Nada que ver con la vista que se me ofrece hoy, Juan. Nada más arribar a las primeras casas me llego al primer bar que encuentro para reponer líquidos. Costumbre que se va haciendo agradablemente habitual al final de cada etapa. He aprendió a leer entre líneas, a captar determinados tics -es lo que tiene viajar-, en la hostelería por ejemplo, en los hoteles o en las tiendas, que ayudan a orientarte, a conocer enseguida el tipo de lugar que piso. Más que una guía de viajes al uso, incluidas las Trotamundos, o una guía gastronómica especializada, me basta con observar el entorno, las existencias del local, los comportamientos del personal. Entro al local y pido una cerveza, 1925 de Alhambra si tienen -¡si la hay!, ha habido suerte- y alguna tapa hecha para acompañarla. Me dicen que no tienen tapas, es cierto la barra está limpia de obstáculos, que mire la carta. Mal empezamos. Salgo a la terraza a sentarme en una mesa a la sombra y ojeo un díptico plastificado con pretensiones de diseño moderno que da cuenta escueta de algunos entrantes y lo que viene a ser un surtido de arroces y pescados al uso. Pido una sepia y me venzo al reposo por entero, dejando a un lado, junto a la mochila, la fatiga acumulada y gozando la atendida promesa de esta refrescante y espumosa cerveza, el apreciado frescor con que, a modo de ducha interna, me reconforta.
Se van ocupando las mesas poco a poco, el camarero las va atendiendo prodigándose en diminutivos innecesarios, grotescos, que quieren aparentar familiaridad y alertan a mi educado oído: ¿una mesita?, vamos, ¿van a querer paellita?, de beber… dos cervecitas y un agua, enseguida; un poquito de pan por aquí…; y aquí los vasitos… Remata siempre con un ¡que aproveche familia! untuoso –aunque se trate de una pareja joven, un grupo de amigos, un…lo que sea: el ¡que aproveche familia! de propina. Me escama tanta regalía injustificada, tanto carameleo barato, pero le supongo voluntad de agradar. Apuro el último bocado e intento mojar pan en la escueta salsa verde que gotea el cefalópodo -la porción que me han servido, que no llega siquiera a la mitad-, pido la nota que, como ya suponía, da cuenta de un sepia entera. Lo esperaba, a fin de cuentas han de vivir todo el año de unos pocos meses de complacientes veraneantes, ¡pero tampoco es necesario tomarlo tan al pie de la letra, leche! Ni exagerarlo. Me consuelo pensado que resultará peor para los que han pedido su paella insípida de fotografía costera, con el paellón sobre la mesa y vino blanco barato en cubiletera helada. Aunque ellos también deben esperárselo. Es lo normal por las trazas vistas.
Continúo a lo largo de la playa. Diviso otros restaurantes con todas las mesas llenas y gente esperando. Son malas horas, hora punta, se ha hecho tarde. Aunque no para mí porque nada aguardo. Recuerdo que aún he de buscar alojamiento y localizar, si la hay, una tienda de fotografía para ver de desatascar el objetivo retráctil de mi cámara que ha quedado bloqueado esta mañana. Bajo a la orilla y descubro un prometedor cartel sobre la arena que anuncia paseos en barca hasta la cala de San Pedro. Puede ser una buena opción, el bullicio dominguero de este lunes -¿de Pascua?- que supone la afluencia masiva de pre-veraneantes no termina de convencerme, no me anima a quedarme. Además no tengo alojamiento. Así que resuelvo continuar.
Pregunto al chaval que se ocupa del trayecto, dice que me puede llevar enseguida, incluso más lejos si quiero, hasta la cala del Plomo que queda ya muy cerca de Agua Amarga. Sería interesante aprovechar la jornada, queda día todavía y ganas de seguir. Embarco, de momento, en su barquilla con una señora de Madrid a la que ayudamos a acarrear tres o cuatro mochilas grandes repletas, nos dice que de comida, sobre todo, ropa y una tienda de campaña. Piensa pasar una semana de vacaciones en la cala junto a su hija y su yerno (¿o es al revés?), que han optado por alcanzarla caminando por la senda que recorre la montaña y bordea los acantilados. Tardarán un par de horas, nosotros apenas veinte minutos.
Se demora la salida porque El Niño, el chaval que patronea la barca, se ha entretenido buscando por los restaurantes de la orilla unos papeles extraviados (sabré luego que es la documentación del coche del Chus, un amigo suyo, que debe haberla perdido esta mañana). Le pregunto, ya en el agua, por la posibilidad de pernoctar en la misma cala de San Pedro, caso de que decidiese no continuar mi ruta. Me dice, amigable y confidencial, que no hay hostales ni pensiones ni nada que se parezca, pero que él verá de hablar con un conocido para que me aloje por esta noche, seguramente no habrá problema. Ahí lo dejamos.
Mientras tanto nos ha ido acercando al moro del paredón negro de acantilados que da nombre a la aldea, para enseñarnos una cueva, en realidad una oquedad de apenas unos metros, que se abre a ras de superficie. Arrima la embarcación con cuidado, nos pide que agachemos la cabeza y se introduce limpiamente por el estrecho resquicio que lleva a un escueto habitáculo, lo justo para poder girar la embarcación y salir. Observo los fondos rocosos que blanquean las cristalinas aguas a apenas unas brazas. Le digo que con gusto me daría un baño y los bucearía un rato, pero lo dejamos para otra ocasión. A la salida de la gruta le pido detenerse para hacer unas fotos, le saco también a él, me llama la atención lo enrojecido de sus ojos y lo aniñado de su cara imberbe a pesar de que debe rebasar la veintena. Bien mirada la entrada de la gruta en el visor de la cámara aparece como un nítido tajo vaginal sobre la pared.
Llegados a San Pedro ayudo a arrastrar la barca, lastrada del peso del equipaje de la pasajera, hasta la arena; descargamos los bultos en la playa donde aguarda la llegada de sus familiares. El Niño me encamina a una de las varias desvencijadas casuchas que se vislumbran entre los árboles. Trae una bolsa con cal para blanquear las paredes a medio levantar. La están reconstruyendo como buenamente pueden. Esperan allí Rafa, el de mayor edad, pelo blanco y tez muy quemada, de aspecto y habla sosegante; el Mauricio, de edad indefinida, y el Chus, joven como él, vestido de deporte, que no hace más que darle vueltas a su preocupación por los papeles del coche. Le digo, yo también, que no se preocupe, que puede dar cuenta mañana a Tráfico y le hacen un duplicado; pero sigue obcecado en angustiarse. Mauricio lo tranquiliza, él va a ir al pueblo después, por el sendero, a comprar víveres y mirará de encontrarlos.
En una improvisada terraza, un simple rellano a la puerta de su choza, se asocian algunas sillas desvencijadas, disparejas, con una mesa artrítica; algunos cactos sembrados en botes aguantan sin reclamar cuidados; descansan espuertas con la boca abierta conteniendo alguna herramienta herrumbrosa, retales de listones metálicos y palos; piedras sueltas que rellenarán boquetes de la pared se amontonan sin orden: un peculiar bodegón de lo inservible redimido al uso. Los gatos sestean impasibles, no se espantan, rondan a ratos en busca de comida. Delante, hacia la playa, escuetos muretes de piedra seca parcelan el terreno en el que se levantan improvisados chamizos parecidos a este. Ya se aprovecharon los restos de las mejores construcciones –dependencias varias, casas de guardias, de peones, tal vez- en un primer momento, se reconvirtieron en residencias confortables. Ahora toca levantar chabolos con lo que sea. Veo asomar alguna antena parabólica, incluso, entre cables conectados a generadores.
Bajo a la playa a dar una vuelta y a tomar algo, me dice El Niño que el alcohol está prohibido, pero que quizá consiga alguna cerveza en un improvisado chiringuito que habilitó un holandés con su familia sobre la misma arena. Consigo sin mayor problema un bote, me siento a beberla en unos tableros que improvisan una terraza con un sombrajo de hojas de palma secas, endulzan el aire las notas de sabrosos reggaes e inolvidables canciones de los sesenta y setenta que harían las delicias del rockero Miguel, el Loco de Percheles -del que habrá ocasión de hablar-. Con unas lonas azules, sujetadas en las rocas, un variopinto grupo de jóvenes ha pertrechado una choza para pasar la noche o, tal vez, varios días. Todo vale en esta tierra de nadie y paraíso de muchos, no resulta difícil hacerse un hueco e improvisar alojamiento; aunque de cara a la época estival hay mayor demanda, pocos son los que residen permanentemente.
De vuelta, charlamos entorno a la mesa del vestíbulo-comedor-salón. Entresaco de la conversación algunos datos que me ayudan a ubicarlos. Parece que, aunque tiene en el pueblo la casa de sus padres, El Niño vive más tiempo aquí o, al menos, se queda muchas noches porque tiene una cama adentro, en la otra estancia. Mauricio pasó algunos años trabajando en Francia porque comenta que, de regresar allí, tendría algún subsidio y ayuda del gobierno para vivienda. Rafa está jubilado pero con muy poca paga, algo más de trescientos euros, ha sido pintor de brocha gorda, posee casa en Almería que quiere vender porque habla de un trato a medio cerrar (después sabré citándole a Goytisolo que precisamente él nació en el barrio de la Chancha, en la mismísima calle Socorro, por más señas, y que está al tanto de la crónica que ambientó allí ese señor de impronunciable apellido). Chus se relaja por fin una vez que El Mauricio ha encontrado su documentación en el pueblo.
Así va transcurriendo la tarde, fumando y charlando. Llegan visitas. Una asturiana que viene a saludarlos, acaba de llegar a pasar sus vacaciones (parece que tiene vivienda estable en la cala) y se ponen al día; una joven embarazada pasa después preguntando por ella y aprovecha para quedarse un rato de casquera. Oscar, un vasco con rastas hasta la cintura llega, permanece fumando con los ojos entornados, aludiendo a penalidades pasadas, rumiando una biografía de escapatorias. Es el que más tiempo permanece, por lo que se ve prácticamente es un residente más de la casa, comparte la poca cena que hay (una triste pizza precocinada), en la que insisten que participe. Aguardan con tranquilidad su salida para irse a dormir -igual que yo-.
A pesar de la incomodidad de la improvisada cama que me ofrecen, un sofá pequeño prolongado con una silla para recoger el excedente de piernas, me quito las botas, me echo la chaqueta por encima -Rafa, paternal, me trae un trozo de tela sobrante- y, acomodado como buenamente puedo, duermo como un lirón. Además del cansancio, imagino que los vapores herbáceos que ambientan la estancia, que durante toda la tarde y la trasnochada se han ido acumulando, también contribuyen a ello. La tormenta me despierta, solo son las dos de la madrugada. Oigo caer bien el agua, aprecio esa excepcional sinfonía, numerosas goteras interpretan agradables solos de piano. Me palpo la ropa por encima y parece que estoy seco, completamente seco. Oigo un tecleo próximo salpicando en el respaldo del sofá, pero su chapoteo no me alcanza. Me giro pues, remeto mi chaquetón a modo de colcha y continuo con un plácido sueño mecido por esas gozosas notas musicales. Amén.

21 marzo de 2016



