40º j. L’Ampolla-L’Ametlla 16,3 km

Desayuno en el hotel, olorcillo a pimientos asados envolvente, reconfortante, familiar, casi como una colonia con toques ahumados. Entrego la llave a una madre de familia que se dispone a amamantar a su bebé en recepción.

Paseo marítimo. Me fijo en las baldosas, dibujan oleajes, son similares a las que se pueden encontrar en otros muchos pueblos marineros. Me producen un extraño mareo, una ligera sensación de profundidad, de prolongación subterránea, que rompe la superficie y me trastoca; pero es llevadero, incluso agradable.

Enfrente se perfila otra costa paralela, la península del Fangar como un territorio que apenas sobresale unos metros sobre el nivel del mar, una tenue sombra en la línea del horizonte. Destaca un palo vertical sobresaliendo, el faro del Fangar.

La senda, bien marcada, arreglada, al pasar la Punta Minyana me abre a una espectacular panorámica que se irá renovando en sucesivas postales con sus playitas, calas y resaltes rocosos, con pinadas tan verdes que parecen fluorescentes a veces, hasta cabo Roig. Detrás del fastuoso hotel Cap Roig Natura se ocultan los pocos restos que quedan de una torre circular, famosa en otros tiempos, la Torre de Cap Roig, levantada en 1575, hoy desaparecida entre urbanizaciones, seguramente por el movimiento de tierras efectuados al construirlas, según el arqueólogo territorial.

Prosigo. Pienso que solo faltaría que lloviese (como ocurre ahora, días después, mientras escribo esta crónica) para completar mi gozo, para terminar de levitar; aunque en cierta manera ocurre: no desde las nubes, sino desde mi propia persona generando vapor, porque puede decirse perfectamente que lluevo, tal es la intensidad de mis sudores, aún de mañana, que voy dejando un reguero de gotas cuando me paro.

He hablado, en alguna ocasión, acerca de los animales tigmostáticos que son muy sensibles a determinados estímulos. Precisan andar pegados a la pared, por ejemplo, rozándola, frotándose, con esa referencia constante mientras avanzan, para orientarse y sentirse seguros; evitando, al menos en un lado, posibles amenazas. Se trata de los ratones, ratas, cucarachas. Otros, como las orugas procesionarias, se mueven manteniendo el contacto entre ellas. Son conductas animales que comprendo; en cierta manera, practico algo parecido, pegado al mar.

Los humanos poseemos un sentido direccional propio, interno, que funciona bien en distancias cortas, pero que en distancias largas, sin referencias a las que agarrarse, hace que nos desviemos y terminemos caminando en círculo. Podemos andar en línea recta con un hito al que referenciarnos, pero al propio tiempo, sobre el terreno, los obstáculos nos llevarán a retorcer y alargar el recorrido. Estas son pues las dos maneras en que funciona nuestro sentido de la orientación: estimación a distancia, en línea recta, y sobre el terreno, zigzagueando, según el investigador Shane O´Mara (Elogio del caminar, Anagrama 2020). Esto que parece tan obvio, podría complicarse cuando la vegetación, las montañas o el relieve nos ocultan una perspectiva lo suficientemente amplia. No es el caso mío ahora, porque he elegido mantener siempre la orilla del mar a un lado, el derecho concretamente (resulta como mi lado favorito de la cama). Estoy seguro de que si caminase hacia el sur y tuviese el mar en el lado contrario, me encontraría  incómodo, molesto. Tanto es así que, de lograr acabar este periplo en Portbou; si me plantease una continuación del resto de litoral mediterráneo que me falta por recorrer (Cádiz-Almería), debería hacerlo de oeste a este para mantener esa costumbre, notar el mar siempre a mi derecha.

Se ha de considerar, así mismo, que, al tiempo que camino hacia el norte, me voy desviando al este, como marca la línea de costa. Lo contrario que aconseja cualquier peregrinación que aspire a llegar a su finisterre particular, donde el sol se oculta; lo contrario de lo que pretendían las religiones primitivas al señalar a sus muertos el camino de la redención. Pero es lo que hay.

Me cruzo con tres parejas de jubilados pertrechados con atuendo semi-senderista, que acaban de empezar su ruta, les pido que me hagan una foto. Son de Alcalá de Henares, me cuentan con la ilusión de los que no están acostumbrados a estos dispendios vacacionales, están de muy buen humor, lógico. Me piden recular más para sacarme bien, jugando a hacerme caer por el cortado. Se nota en mi cara retratada las ganas de bulla que me contagian. Charlamos un rato agradablemente, bromeamos.                           

Para mí ha comenzado ya aquí la Costa Brava, aunque oficialmente no lo haga hasta Gerona, el sube y baja del terreno, las oscilaciones, la sucesión de calas rocosas y playitas quebrando el terreno, el amontonamiento de peñascos, las islitas desgajadas que vuelven a unirse con un tómbolo, el relieve quebrado. Harto de linealidad y planicie, apetece, gusta encontrar un litoral más abrupto, sinuoso, oscilante, la sorpresa que esconde cada recodo; los cabos y golfos que a diferentes escalas dibuja el mar enfrentado a los pinos.

El faro del Fangar ya no aparece enfrente, ha dejado de acompañarme, ahora decide retrasarse, regresar a su enclave primitivo para continuar con su trabajo esta noche. Desaparece entonces esa rara sensación de caminar con otra orilla al lado, enfrente,  unos kilómetros más allá, caminando este lado del estrecho de un mar al que parece que otra costa paralela le ha puesto límite, contención. Mar abierto otra vez, pues. Infinitud hasta donde el cielo decide tintarse de su mismo tono, hasta donde, disuelto en plomo fundido, pretende soldarse con el agua.

Sobrepaso enebros, zarzas en flor, brecina, palmitos, chaparros, que flanquean el camino con algunas ramitas cortadas, resecas, por el paso de los senderistas. Ocurre a menudo, una pasarela, un pasillo abierto entre la vegetación que amenaza con cerrarse de no contar con un tránsito continuado. Alcanza una densidad y altura cautivantes. En ocasiones, junto con las ramas bajas de los árboles, conforman un dosel sombrío, un palio de verdor que agasaja mi paso, como soldados con sus espadas desenvainadas   cubriendo al homenajeado. 

El Perelló playa, playa del Perelló, numerosos carteles se obstinan en anunciarlo a bombo y platillo, subrayando la importancia de este pueblo. Siempre la tuvo, ahora y a lo largo de la historia. Escasos 5 km. lo separan del mar, y algo menos de eso tiene de espacio costero: desde Perelló-Mar, la urbanización de Cap Roig, hasta la cala de L´Áliga.

Es preciso decir unas palabras sobre una supuesta torre defensiva que existío allí, la llamada Torre de los Moros que, en las afueras del pueblo de El Perelló,  ya que no fue tal. Solo hemos de retroceder siglo y medio, no los habituales cinco o seis que precisamos para hablar de las torres guaita medievales.                           

Esquema de una torre Mathé, fuente Miguel del Pino.

Mucho antes de la invención del telégrafo o el teléfono, una cadena de torres que salía de Madrid, pasaba por Valencia y seguía hasta Barcelona, llegando a la frontera con Francia, constituía un óptimo sistema de comunicación basado en señales visuales, que se iban transmitiendo de una a otra. Existen precedentes con el lenguaje náutico de banderas, los códigos de números y letras, etc. Pero este sistema, en su momento, supuso un importante avance, puesto que los mensajes circulaban a unos 300 km/h. Se las conocía como torres Mathé, por el ingeniero militar que adaptó el sistema inventado por el francés Claude Chappé en 1792. Un panel sobre la terraza de las torres transmitía, tanto a la torre siguiente (vanguardia) como a la anterior (retaguardia), a base de bastidores y bolas, un mensaje cifrado que descifraban al final del recorrido los comandantes con un libro de claves. Existieron, existen, tres trazados, levantados entre 1844-1854 durante el reinado de Isabel II: la Línea de Castilla (Madrid-Valladolid-Burgos-Vitoria-San Sebastián-Irún) que contaba con 52 torres; la Línea de Andalucía (Madrid-Cádiz) y la Línea de Cataluña, con la que he coincidido a veces.

Ya he mencionado que los restos de la torre de la Guardiola, en las afueras de La Rábita, sirvieron de base para instalar una de ellas, la número 46. Al parecer, el tramo completo de Castellón a Tarragona nunca llegó a entrar en funcionamiento porque los carlistas lo impidieron.  

 Con la llegada de la telegrafía eléctrica fueron quedando totalmente obsoletas, alrededor de 1905, al desarrollarse tecnologías inalámbricas. De ese sistema permanecen algunas, no necesariamente antiguas ni defensivas, como la mal llamada Torre de los Moros en el pueblo del Perelló, situado unos kilómetros al interior, que era la número 47. En ese mismo enclave parece que existió antes una torre de vigilancia, para avisar y evitar la entrada por la costa de corsarios y piratas. Sé que en Camarles se encuentra la siguiente, la 48, y hay otra justo al borde del fortín de Alfama, en L’Ametlla. Pero, aunque a menudo las divisemos sobre colinas, cerros y risqueras, junto a las carreteras, o aprovechando la atalaya que les prestan algunas torres defensivas, no deben confundirse con nuestras torres defensivas, objeto de mi peregrinar.  

Torre de los Moros de El Perelló

Morro de Gos a continuación, como el de Oropesa, y larga playa de Santa Lucía con el Más del Caballer, preciosa masía entre pinos, encalada, con una verja de piedra seca  y un pequeño puertecito. En seguida unas rocas horadadas, Els Bufadors, que hoy no bufan porque está la mar en calma. Un regalo este kilómetro de playa virginal. Me pregunto cómo ha podido ser respetada su integridad, conservada, y me respondo: lo desconozco, pero gracias. Resultan escasos estos trozos de tarta, por lo que hay que aprovecharlos a tope.

Medio día, no solar, sino impuesto por este horario descabellado que nos hacen llevar. Calor de un diáfano día de sol y humedad, mucha humedad, mucho sudor. Llevo estos días mi sauna portátil. Llegando al final de la playa, al ascender su último tramo, aparece mi porción de tarta en forma de un oasis en miniatura: cala de L´Aldoç del Me (preguntaré después qué significa exactamente en castellano, pero no hay manera de saberlo: dulce del me…)

Losas, grandes peñascos desprendidos, forman una poza natural, una bendita poza de aguas cristalinas atrayentes. Mi baño termal de regalo. Tiene un fondo arenoso, en parte, y poca profundidad, que va ganando conforme se adentra en el mar. No puedo resistirme, sin pensármelo dos veces me desnudo y me lanzo al reconfortante frescor que promete y otorga el agua. Gozo como un gorrino en una charca, más aún. Al cabo de un rato pasa una pareja por la senda que rodea esta improvisada piscina; les he visto antes, más atrás, no se plantean acompañarme, son urbanitas; además, y ahora reparo en ello, estoy calato, como mi madre me trajo al mundo (mejor aún, como estaba antes de que me trajera, pues tal parece esta agradable placenta donde me sumerjo).

Refrescado, repuesto, senda arriba, zigzagueo, curveo entre pinos, tomillos, chaparros. Otra cala aparece, Playa del Racó de Garretes. Doblo otro cabo, Punta de los Pinos, y me encuentro de sopetón con la Cala de Moros. Su nombre delata la cantidad de episodios piráticos que sufrió. Recalaban, se refugiaban, bajeles moriscos para asaltar a los barcos que salían del delta con productos comerciales, sal, maderas, etc.

Playa de L´Aliga, largo y alto túnel que atraviesa la vía del tren y la autopista del Mediterráneo, A-7, y viene a desembocar en la arena, una bóveda de cañón que podría contener perfectamente un par de iglesias grandes. Acaba el término municipal del Perelló, aparece un islote junto a la arena, playa de L´Illot, lo veo desde lejos, también los perros de una turista francesa que toma el sol tumbada en su lengua de arena me ven. Acuden ladrando, es su trabajo, me paro y me dejo oler de cerca, les hablo suave para conformarlos. Ella les recrimina, pero yo los disculpo. Su pareja, un joven metido en el agua hasta la cintura, permanece en todo momento hablando por el móvil, ausente. Sigo andando, al rato me giro, sigue al aparato. No se podría encontrar mejor compañía ni mejor playita paradisíaca para ellos dos solos; no se me ocurre asunto, por importante que pueda resultar, que lo justifique y le haga sustraerse tanto rato. En fin.

Punta de L´Àliga al final y, escondida entre los árboles, adosada a otras construcciones recientes, lo que queda de la Torre de L´Áliga (Águila, señalada con la T en el mapa), levantada en 1575, igual que la de Cap Roig. Se detecta su existencia por los muros, túneles, covachas y restos de dependencias subterráneas que hay en el exterior de la finca que la contiene, refugios de la guerra tal vez (precisamente hay restos de bunkers al lado). Es torre circular, de considerables dimensiones, ataludada, restan unos 8 m. de su altura. Incomprensiblemente no aparece en la página de Ricard Ballo y Montserrat Tañá de monumentos de Cataluña, a la que acudo a menudo.

 A ratos me interno un poco por caminos asfaltados o de tierra bien compactada, que permiten el tránsito rodado, para avanzar mejor, para suavizar el tobogán contínuo que hoy llevo. Al hacerlo ahora, surge el momento tonto del día. Un caso raro con el que me tropiezo por primera vez. No sé si merece la pena, pero si hay que hablar de todo, pues lo cuento. Tras dejar atrás la torre de L´Aliga remonto un camino asfaltado hacia el interior, como digo: pequeñas masías y construcciones vacacionales, algún chalet, entre pinos, olivos y arbustos que recuerdan lo que fue un típico paisaje agrícola rural. Me cruzo a una señora mayor, no anciana, bien vestida, bronceada, con pantalón corto, que surge de un camino lateral. Cuando coincidimos, se para, se me queda mirando, la saludo con un buenos días y me responde:

— Soy enemiga declarada de la hipocresía porque yo detecto a la gente que quiere hacer daño.

— Señora, lo único que hago es saludar a aquellos que me cruzo por el camino.

— Usted es un zopilote, tiene el síndrome de Luis XIV-añade desairada mientras se va alejando.

Sorprendido no acierto a reaccionar, hasta que le digo:

— Y usted tiene problemas de ajuste en su conciencia, intente solucionarlos.

Hay personas que, con tal de no reconocer al enemigo dentro de sí mismas, lo buscan fuera. Se acorazan en una autosuficiencia excluyente, radical. Lo sé porque los perros que he encontrado esta mañana, y en los días anteriores, se han mostrado agradables, en absoluto agresivos, conmigo. Y los animales esas cosas las detectan mejor.

Por cierto, el zopilote es un ave rapaz americana, algo más pequeño que el buitre, de color negro, con la cabeza rojiza. Hubiera preferido ser una urraca o un quebrantahuesos, ya puestos. Y lo de Luis XIV consistía en una dermatosis con pústulas y forúnculos. Me termina de arreglar la señora.

Encuentro una nota alegre un poco más adelante: en una valla multitud de lazos de plástico blanco anudados, ignoro el significado que puedan tener, pero apuesto porque sellan o renuevan un amor. Me parece mucho más práctico y natural que anclar un candado, aunque los ferreteros seguramente no opinen lo mismo. Suponen un lazo más etéreo y llevadero que el aprisionante y amenazador grillete (es raro que no hayan protestado todavía contra ellos las feministas más furibundas).

Regreso al litoral tras el alivio momentáneo de los caminos y carriles. Punta d´Estany Podrit (Estanque Podrido), aparecerá a menudo esta denominación, alude a entrantes de mar que forman pequeñas lagunas, a menudo las que han formado en su desembocadura algunos arroyos.

Playa de la Llenya (leña). Una valla de piedra de la zona, de apenas medio metro de alta, que se prolonga una centena de metros; unas casitas bajas, también de piedra, en perfecta armonía y coloquio; algunos pinos y bastantes olivos sombreándolas; un par de perros grandes que salen ladrando amenazadores a mi encuentro, uno se apoya incluso en el murete. Me paro, no ofrezco resistencia ni turbación, intento calmarlos, se calla el más joven, pero el mayor prosigue hasta que acude su dueño a amonestarle, se disculpa en francés. Les excuso. Es una urbanización de franceses, pieds noirs, repatriados de Argelia tras la independencia, que recalaron en este idílico paraje para reunirse en vacaciones, me contarán después.

Cap de Santes Creus, calas sucesivas, habitaciones y estancias comunicadas, aunque separadas, secciones de un mismo mar, de una misma tierra, cuyas rocas actúan a capricho compartimentando el litoral, privatizando los baños.

Cala de Port Olivet,una laguna en realidad, una laguna de agua salada ahora, cuando traiga caudal el arroyo que la perfiló será dulce, se mezclarán de forma subterránea atravesando la lengua de tierra, grava y bolos que la cierra, y que yo atravieso a pie en este momento. Sé de la existencia de un cadáver inmobiliario en el interior, tras la preciosa pineda que perfila un arco de coliflores verdes en el azul, una urbanización que no fue, con sus vías y rotondas que, por cierto, deberían haber demolido, restituyendo a la naturaleza lo que es suyo.

En el polo opuesto, doy cuenta de un tosco cartel informativo sobre el palmito que encuentro prendido de un árbol. Hecho a mano por alumnos de GRAELLSIA, Grupo de estudios y comunicación ambiental, en el marco del programa de apadrinamiento Libera 2022. Es una asociación sin ánimo de lucro que se dedica a acciones concretas como la limpieza de fondos marinos y lagunares, la divulgación del patrimonio faunístico y floral, yincanas y talleres de formación, etc. Gracias a él aprendo algo de su aprovechamiento, aparte del consumo de su médula, se comen también sus dátiles, y se aprovechan sus hojas para confeccionar cestas y escobas.                                 

Fortificaciones de la Guerra Incivil al volver un recodo. Batería de costa de L´Ametlla con emplazamiento en tres plataformas circulares resguardadas de cañones grandes de bronce modelo 1981, para obuses de 15 cm. Solo llegaron a colocarse dos y obsoletos que, afortunadamente, no debieron utilizarse. Pretendían obstaculizar desembarcos hasta la llegada de tropas de refuerzo, complementados con trincheras y nidos de ametralladoras a lo largo de la costa. Ya comenté sobre este tema en el jalón 36º al hablar de los bunkers que aparecían cerca de Alcanar.      

Puerto natural del Estany Gras, este sí un verdadero puerto, un estanque, más que una laguna. Bien ancho, con bocana y suficiente calado para barcas. Su casi medio kilómetro de largo me obliga a dar un buen rodeo hasta llegar al puentecito con camino asfaltado que lo cruza.Existe un panel informativo sobre la flora y flora a preservar y además varios cartelitos caseros explicativos, de Graellsia de nuevo, que inciden en que estamos en un Espacio de Interés Natural de la Red Natura 2000. El paraje es sumamente atractivo, algunos privilegiados han podido levantar sus casas de recreo sobre las laderas de los lados.

Roques Daurades y enseguida las calas del Bon Capó y Caponet que anteceden a las primeras edificaciones de L´Ametlla. Enseguida me deslumbra la visión de un desmedido hotel modernista frente al puerto deportivo. Su fachada, a base de módulo cilíndricos alineados, resulta atractiva, original; aunque no en este caso, para esta población de aire tan marinero. Tal vez su fisonomía sí enriquecería otro tipo de enclave turístico.

 Largo muro del puerto, escollera de levante rematada con un faro, que amplia lo que fué un puerto natural muy escondido y recoleto, una almendra en su forma. Donde más profundo se interna en tierra encuentro mi hotel, quedé con Macía, al reservar una habitación, que llegaría por la tarde, son las 16´30 h. de este venturoso lunes, después del desdichado domingo. Ha resultado una etapa cómoda, corta aunque movida en relieve y peripecias. Agradable en general y encantadora, como para regresar en alguna ocasión, lo haré, me prometo que lo haré.   

L´Ametlla de hoy es un pueblo pescador y turístico grande, lleno de caleros, así se conocen a sus habitantes, por lo destacado de la cala, casi un golfo realmente, comparada con las calitas del entorno. Hasta no hace mucho, suponía apenas unas cuantas casas apiñadas al fondo de la cala, encaramadas a sus paredes laterales que se levantaban, a modo de un anfiteatro, algo más de una treintena de metros, hasta la iglesia de la Mare de Deu de la Candelera. Fueron pescadores alicantinos, en busca de nuevos caladeros, los que la fundaron, de hecho todavía posee una importante flota pesquera. Conserva algo del aspecto original en su trazado de callejas estrechas y empinadas. Paneles de fotos antiguas en blanco y negro, repartidas por el casco antiguo, ayudan a imaginar cómo fue y despiertan añoranzas de una época más a la medida del ser humano.

Después de comer y descansar, doy un paseo. Encuentro abundancia de franceses, pieds noirs, incluso regentando varios negocios. Atardece. Callejeo por la parte alta, me demoro en los callejones y callejas que dibujan su trazado irregular. Me acerco a una amplia balconada frente al mar a escuchar su respiración. Me recibe como a un viejo conocido. Ronronea y me roza la pernera del pantalón como una gata cariñosa, enroscándome su rabo. Me dejo querer por su desinteresado y hospitalario arrullo.            

                                            lunes 24 de octubre de 2022