
Tengo suerte en este alojamiento, la verdad es que, en general, la voy teniendo desde que inicié estas etapas, con la gente que voy conociendo. Recibo muchas ayudas para mi propósito de documentar torres y fortalezas, en forma de variada información: fotos o, como en este caso, libros. Maciá, el dueño del hotelito donde me alojo, me facilita un texto peculiar, inencontrable, una miscelánea de datos locales: Notes històriques de L´Ametlla de Mar de Xavier Figueres. Recopila materiales acerca de la fundación de la población y del papel de la Orden de Sant Jordi de Alfama y de Montesa en su conformación. Este tipo de voluntariosos libros suelen tener mayor o menor rigor histórico, en base a la cualificación del autor y a las fuentes conseguidas, pero siempre aportan algo interesante, en este caso unos cuantos mapas antiguos y una colección de curiosas fotos del pasado reciente de la villa. Describen faenas de pesca, estampas playeras, fiestas populares y acontecimientos relevantes que alteraban la monótona rutina. Corresponden a un tipo de vida muy distinto al presente, proyectan nuestra imaginación hacia la añorada infancia de nuestras sociedades y aún más allá.
Nos recuerda Figueres, en su introducción histórica, que el hito que marca la reconquista de la comarca, y de todo el sur de Cataluña, Cataluña la Nueva, fue la toma de Tortosa en 1148 por Ramón Berenguer IV. Debía repoblarse y establecer puntos fuertes para lograr consolidar el avance. La reconquista es, en realidad, un largo proceso lleno de episodios de ganancias y pérdidas de territorios, repoblaciones y huidas de sus pobladores, asaltos y razias, más que un progreso continuado y uniforme; incluso después, una vez concluida, proseguirá a lo largo de varios siglos la contienda, en forma de escaramuzas, ataques piratas, asaltos costeros, pillaje y captura de cautivos, por ambos bandos.
En ese proceso resulta fundamental un enclave, el Coll de Balaguer, por su gran importancia estratégica, junto al que pasaré después a mitad de mi ruta. Punto elevado de la costa y llave de paso hacia el interior, hacia la cuenca del Ebro y Zaragoza. En 1201 Pedro I el Católico lo cede a los caballeros templarios, hospitaleros de San Juan de Jerusalén, para la correcta defensa del desierto circundante, llamado de Alfama, (significa en árabe fuente o baño). Se creará, posteriormente, la orden de San Jordi de Alfama a finales del XIV que, igual que ellos se rige por la regla de San Agustín, y se debía ocupar de proteger el litoral desde Oropesa hasta el Coll de Balaguer. Corriendo los años, ante la imposibilidad de ejercer bien esa función por la proliferación de ataques piratas, se funde dicha orden con la de Montesa en 1400, que había sido creada por Jaime II en 1319.

Hoy, esta mañana, disfruto del primer día despejado, verdaderamente soleado, de esta semana. El mar aparece calmado, extrañamente expectante. Maciá me informa de que estamos en temporada de minvas (descenso del nivel del mar más allá de lo normal, una merma o rebaja). Las minves o calmes, en catalán, propiamente, se consideran en enero; pero ahora, en octubre, por lo visto, también se dan. Van acompañadas estas oscilaciones marinas de unas placenteras calmas otoñales; influye en ello el mistral (mestral) un viento del NO que baja del río y gira hacia el norte, hacia Cambrils. Sumado a la falta del turismo masivo que, en épocas estivales, a buen seguro, asola estas costas, hace que estos días sean una auténtica gozada para el caminante, una suerte de vacaciones transeúntes que disfruto a pleno pulmón.
Salgo pues, comienzo la jornada desde el casco histórico: Termina la parte nueva del pueblo en la cala de Pixavaques, donde hallo la piscina de un camping justo al lado del mar, invadiendo la arena. Preciosa estampa ésta con dos aguas distintas en color y textura, en luminosidad, tan cercanas y tan diferentes. Veo, desde este altozano, como se abre el panorama costa adelante en una sucesión de calas floreadas de árboles, escalono la mirada de una a otra hasta terminar en la última que sobresale: Cala Nova.

Cementerio de L´Ametlla, junto al mar, una excepción, el primero que hallo con esa preciada ubicación. Un búnker, que mira al interior, ha quedado empotrado, encastrado en un alto muro de roca que lo ha asimilado hasta desnaturalizarlo. Resto yacente también.
Sucede ahora un tramo precioso, despejado de construcciones, abierto a mis ensueños. Emboscado entre pinos me deslizo por sendas sombreadas sobre un reborde rocoso y algo acantilado, no tan dificultoso como para sustraer mi atención en la adaptación al relieve ni tan cómodo como para evadirla completamente. Disfruto de esa sucesión de calas -parecen bocados que quisiera dar el poderoso dios Neptuno a la costa, irresistiblemente enamorado de tanta belleza- con alguna que otra playita en su seno, abajo, accesible por escalones a veces. Llego a la Cala del Llop Marí, así se le llama a la foca monje en realidad, el nombre remite a que parían o se refugiaban en ella no hace tanto.
Espectacular la de l´Estany Tort, con pinos llegando a la misma orilla del mar, con sus raíces haciéndose hueco entre las piedras, para tocar el agua y comprobar su tibieza. Destaca la urbanización Cala Nova, en una pequeña península redondeada, existen restos de unas construcciones debajo de los chalets, en las covachas y abrigos naturales que miran al agua sobre los que se han edificado, fueron horadadas por la erosión entre los estratos de roca viva.

Desciende seco, un poco más adelante, el torrente del Pi, hasta la playa del mismo nombre. Aparece, no podía ser de otra manera, ya duraba demasiado el despoblado, un tramo de urbanizaciones conocidas como Les Tres Cales que, asomándose golosas al litoral; se adentran bastante, más de tres kilómetros, tierra adentro, hasta que la misma falda de los montes.
En la siguiente tirada, en el próximo tramo que puede abrir mi visión, diviso, escondido entre las copas de los árboles, que casi me lo ocultan, el castillo de Sant Jordi de Alfama. Le antecede la Cala Cristal o del Vidre donde descubro a unos buzos sumergiéndose, dirigiéndose a una lancha, una patrullera, situada mar adentro, no muy lejos. Compruebo que son guardias civiles, haciendo prácticas supongo.
Llegado al Castillo de San Jordi, lo circundo y lo aprecio en todo su esplendor, rebosa grandeza, solidez. Se levantó en 1229 sobre una punta rocosa prominente, una avanzadilla en forma de pequeño cabo marino, constituía un buen fondeadero para naves y un punto adecuado de aguadas. Originariamente era pequeño, un cuadrado de 20 m. de lado y 11 de altura, con una torre a modo de atalaya. Residían monjes-soldado de la propia orden que aquí se constituyó, como ya he comentado. Tenía estructura de convento: con claustro, iglesia y demás dependencias en torno al patio. Tras un bombardeo y posterior ataque en 1650, durante la guerra de los Segadores, donde los castellanos dirimían sus cuentas contra los catalanes, quedó derruido para evitar que se fortificaran franceses y catalanes, aliados. Será el rey Carlos II, tiempo después, el que pedirá al maestre de la orden de Montesa que lo reconstruya de nuevo.

Con posterioridad, entre finales del siglo XVII y el XVIII, al modernizarse las defensas costeras, se reedificó de nuevo según el moderno sistema de fortificación ideado por el francés Vauban, conocido por la forma de su planta como en pezuña de vaca (ejemplos similares he comentado en Macenas y Villaricos, Almería, o Moraira, en Alicante, por citar solo algunos) con un patio poligonal rodeado de torres, baluartes y revellines; un frente curvo y una trasera con dos espolones protegiendo la puerta, lo completa una amplia terraza para situar las piezas de artillería. Fue utilizado todavía durante la primera guerra Carlista y ha sido restaurado, aunque no excavado -lástima- en 1985.
Junto al castillo, a levante, aparecen restos, el arranque de unos muros, unicamente, se supone que pudieron corresponder a la Torre de Salim, citada en varios documentos medievales, aunque no se conoce con precisión su exacta ubicación. También se levantó aquí una torre de telefonía óptica en el XIX -tema tratado en el jalón 39º-, que pueden corresponderse a ellos. Queda la duda.

Existen noticias escritas de principios del XVI, denuncias, donde se da cuenta al emperador Carlos V acerca de la relajación de las funciones defensivas, del abandono de los frailes de la vigilancia y de la propia fortaleza, en ocasiones, quedando desguarnecida esta importante zona de la costa, peligrando habitantes y embarcaciones. El rey amonesta al prior, que no al maestre, por no constituir ya una orden propia, y le pide que no haga dejación de sus funciones.
Estudio su exterior, el castillo está cerrado, lo fotografiado al detalle y reinicio la marcha. Salvo, dando la vuelta, el puertecito de cala Llises que alcanzo enseguida, he de encaramarme a la ladera de la montaña para hacerlo. Finalizados los chalets, me espera una verdadera autopista senderista, un paseo en medio de la nada, no existen construcciones ni puerto anexo, perfectamente enlosada con vistosos terrazos y bordillo, bien acondicionada, como si correspondiese a una próspera y turística población, en vez de a un litoral despoblado salpicado de cañones y roquedales. Incluso aparece, añadida, una primorosa pasarela de madera para salvar un pequeño barranco, lo que propicia una experiencia singular deslizándome, cual ave de vuelo sinuoso, entre las mismas copas de los árboles. Un gasto tremendo, ¿tendrá algo que ver la riqueza y el derroche del municipio con las rentas producidas por la presencia de la central nuclear?
Surgen chalets suntuosos al interior, aunque discretos, con volúmenes sobresalientes y amplios miradores acristalados, representan aisladas y vistosas construcciones que pasan casi desapercibidas entre la arboleda de un continuado bosquecillo. Piscinas y vergeles bien cuidados, con plantas ornamentales, se adivinan en los jardines de esas atractivas residencias. Me fijo en algunas de ellas, no sé por qué, pero me resultan familiares, parecen extraídas de reportajes de revistas de diseño y decoración, de casonas y residencias; o, incluso, como apropiado escenario de alguna película porno.
Cala de Calafató, preciosa, justo antes de llegar a la Punta de Calafat. El pueblo después y otra vez la misma historia de apiñamiento: bloques de apartamentos, chalets, calles, avenidas, jardines municipales intentado disimularlo, puerto deportivo, algo de arena en una playita peleada al mar. Y así hasta Lo Codolar de L´Almadraba o cap de Terme, donde comienza el municipio de Hospitalet de L´Infantat.

En ese punto se abre la perspectiva y se apodera de la panorámica con absoluta autoridad la nítida figura de la central nuclear, un mazacote clavado sobre terreno abierto, un supositorio impresionante incrustado en la tierra, como si de un enorme obús se tratase, un obús que ha caído sin explotar (pero que en cualquier momento puede hacerlo).
He de decir, en honor a la verdad, que la playa que le antecede, larga playa de L´Almadraba, de kilómetro y medio, ofrece una estampa de lo más corriente, cándida y tranquila por demás. Su camping al principio, sus turistas tomando el sol sobre la arena bien cuidada, bañistas esporádicos… Aporta un innegable atractivo, después de la monotonía de calas recortadas y pequeños acantilados precedentes. Podría ir paseando perfectamente hasta el final de ella, descalzo sobre la orilla del mar, con absoluta tranquilidad; es más, apetece hacerlo, si no fuera porque terminaría por toparme con una valla que impide continuar. Correría ese riesgo de no existir esa interrupción. Jugaría a creer que la silueta del reactor nuclear es una moderna edificación, un palacio de congresos, una Torre Agbar o algo así, y pasará al otro lado tan campante.
Pero he de despedirme del litoral, no queda más remedio. Él lo hace con una preciosa y recoleta urbanización antigua de estilo ibicenco: humanizada, abierta, sin tapias ni muros, trazada con buen gusto y sin pretensiones invasivas. No atenta demasiado contra el paisaje, al contrario, intenta tener un impacto bajo. Su construcción parece de los años setenta o primeros ochenta, inicios de la invasión turística, su intromisión no llega a constituir delito, se puede calificar únicamente de falta. Con los tiempos que corren no es poco, además hay que ser tolerante y valorar el atrevimiento de venir a levantarla aquí, precisamente aquí, al lado de la mole nuclear.

Me fotografío junto a la estatua del pescador de rall (encontré otra en el litoral murciano, cerca de Los Alcázares -jalón 14º-, pero aquel muy bien acompañado), representa a un fornido y rocoso marinero, con pinta de hercúleo soldado, muy del gusto de la estética fascista, y comunista. Creo que mejor hubiera sido aprovecharlo como remero vasco.
Llegados a este punto, un freno para mi deambular costero, un tope, el punto preciso, he de tirar de apuntes, del estudiado que hice para rodear la nuclear. Tengo todas las referencias necesarias para saber como y por donde desviarme. Ahí, un poco más atrás. debe estar la ermita de Sant Jaume… Efectivamente, oculta por esos coches aparcados aparece. Sale una carreterilla hacia arriba, hacia el interior, también lo hace el GR 92 que viene coincidiendo desde hace rato con el Cordel del Manrà, con mis pasos. Bien, todo correcto, esa es la dirección a seguir. Llego al cabo de medio kilómetro, aproximadamente, a la autovía del Mediterráneo AP-7 o E-15, que atravieso por un puente sobreelevado que salva también la vía del tren. Al descenderlo surge un carril de tierra que he de tomar a la derecha, corre junto a la autovía por lo que el ruido del tránsito es tremendo y lo será hasta que logre recorrer los 7 km. de caminata por el interior que me devuelvan a la costa. Arriba, un poco más allá, en la ladera de las montañas de las cordilleras prelitorales catalanas, transcurre encaramada lo que hoy es la Nacional 340. Surge una escalonada cadena de elevaciones a modo de descabalados zigurats que superan los 500 o 600 metros en sus cumbres, son Les Moles de Taix, que esconden el pueblo de Vandellós.
Observo junto al carril que transito una señalización especial, diferente a todas las vistas, y, de vez en cuando, unas arquetas cuadradas numeradas, corresponden al minitrasvase subterráneo del Ebro. Llego, al cabo de un rato, a la altura de un desvío hacia una estación de servicio de Repsol, donde la nacional se ensancha dando origen a la autovía A-7. Calculaba parar ahí a comer, pero no tengo hambre todavía, decido seguir, aprovechando la marcheta que han cogido mis piernas.

Puedo contemplar ahora, voy cogiendo altura, en toda su extensión y corpulencia la Central Térmica Vandellós II, los numerosos pabellones, silos y dependencias que la componen: un dédalo de edificios y dependencias varias entre los que sobresalen poderosas dos imponentes chimeneas que se elevan en su extremo norte (me recuerdan a la de la cementera Carboneras, bien visible desde muy lejos), elegantes a su manera. Desta, en el centro del complejo industrial, aunque más bajo, el santa sanctórum: la silueta curvilínea del reactor nuclear, atractiva, en cierta manera, si no fuera por lo que supone. Uno, en su ignorancia, acostumbrado a las sangrientas imágenes de las bombas convencionales, se pregunta cómo puede resultar tan mortífero, anónimo y silencioso, el poder destructivo de la radiación nuclear. En eso radica también la paradoja de su carácter: el uso como casi ilimitada fuente de energía y como arma tan letal.
Supone esta, mi segunda experiencia, en lo que va de ruteo mediterráneo, con la energía atómica. Recuerdo haber comentado ya en un sainetesco tono, en el 6º jalón, de Puerto Rey a San juan de Terreros (Almería), la caída de las bombas en Palomares años a, tanto que hoy nos parece más un cuento para niños que una catástrofe, cuyos efectos todavía colean. Remito al lector a su lectura, yo me quedo con una canción de Carlos Cano resonando en mi cabeza, para una chirigota claro, en la que mencionaba el suceso -ya atisbaba él la coña que conllevaría.
Prosigo soportando malamente el estruendo. Desde aquí arriba se percibe más ese persistente zumbido de tantos vehículos como circulan, un auténtico enjambre alineado de moscardones, avispas, abejorros y demás (pena que no sean silenciosos sílfidos, tan discretos como desapercibidos). Debían imponerse, ¡ya!, por ley los coches eléctricos y hallar alguna fórmula para que, al menos en este tramo, se pudieran aprovisionar en vuelo de la energía que produce la central, crear una especie de impuesto de circulación dervidado-revertido para ellas, y para los parques eólicos, y para los descomunales parques solares, y para … Sería una contribución lógica por su desmedido impacto ambiental, su contaminación visual, su peligrosidad latente. Y, de paso, mejorarían la circulación compartiendo sus tremendos beneficios con la ciudadanía. No sería mala cosa, no.
Barranco de Llèria, curveo ascendente para salvarlo, toca empezar a escalar (que diría Mercedes). Se suceden pendientes y badenes muy pronunciados, ¡hay que meter primera, coger el todo-terreno!. Se agita mi respiración como si de una montaña rusa se tratase, una aqualandia de secano. Desacostumbrados desniveles para mis piernas; su relajada musculatura, mal acostumbrada al piso llano, protestará a buen seguro al final de la jornada, cuando tras la ducha, se enfríe.
Se cubre el cielo, la tarde palidece, no viene del todo mal algo de sombra aunque ello incremente también la sensación de humedad y la sudoración, pero tanto da, ya vengo empapado.

Coll de Balaguer ,antiguo camino medieval ensanchado por Carlos III

Llego a la altura del Coll de Balaguer, nunca mejor dicho porque lo tengo justo enfrente, autovía mediante. Ahora reconvertido en cantera de áridos (piedra y arena para construcción), durante la Guerra Civil, fue coronado de bunkers, cuyos volúmenes y detalles puedo apreciar perfectamente, con toda nitidez, y cañones defensivos a mitad de ladera, con parapetos de protección. Se coordinaba con las fortificaciones antiaéreas y las baterías de Cala d’Oques -después visitaré-, para evitar una invasión marítima procedente de Mallorca en poder del ejército sublevado. Consta, el complejo, de cuatro casamatas comunicadas por un pasillo.
Pese a su poca estatura, 114 m., siempre ha sido considerado como un paso dificultoso en el camino de Valencia a Tarragona y Barcelona, comunicación natural entre el Camp de Tarragona y Terres de l’Ebre, de ahí su importancia y el hecho de que hubiese de levantarse cerca un hospital (L´Hospitalet del Infante), albergue seguro para de viajeros y caminantes. Ofrece una privilegiada panorámica, permite divisar, si el día está claro, hasta el Delta del Ebro.

Descubrí un mapa del fuerte que hubo en sus inmediaciones, en un pico próximo, seguramente sobre la boca del túnel de la vía del tren que observo un poco más abajo. No quedan vestigios porque fue destruido por la armada inglesa durante la Guerra de la Independencia. Describe su situación y la magnitud de la obra, que incluía también una edificación el pezuña de buey, su encabezamiento reza:
FORT DE SAN FHILIPPE en el col de Balaguer en Catalogne, tomado por el ejército francés de Aragón a las órdenes de S.E. el Mariscal Suchet, duque de la Albufera, el 9 de enero de 1811 y repris el 7 de junio de 1813, y destruido el 19, por el ejército inglés a las órdenes del Lugarteniente General J. John Murray.
Existieron restos, primeramente, de lo que pudo ser un castillo árabe del siglo X, situado junto a la antigua Vía Augusta, trazada por los romanos en su conquista de la Península, que Carlos III reconvertiría en el siglo XVIII en Camino Real. Es en esta época cuando empiezan a proliferar los bandoleros, se escondían en las montañas de Vandellòs y atacaban a los viajeros que circulaban con dificultad salvando estos desniveles, para llevarse el dinero y las mercancías; al igual que venían haciendo, desde siglos atrás, los piratas que amarraban sus embarcaciones en las playas colindantes. Ya Lope de Vega, en 1610, hablaba de los peligros de pasar del Coll de Balaguer.
Al preparar la etapa, a vista de satélite aparecía un huerto de olivos en cuadrícula, sobre el terreno resultan ser algarrobos. Era la referencia que me señalaba un desvío del camino, en un resalte del talud que se abrió para hacer la autovía, que permitiría volver, descruzando carreteras y vía de tren, a la orilla del mar. Por ahí llego al puente que lo permite. Sí, está enfrente, bien visible. Hace poco me sorprendió la noticia de unos robos masivos de toneladas de algarrobas. Por lo visto, estas vainas, tan aprovechadas en la posguerra para alimentación, tanto humana como animal, siguen teniendo una gran importancia a la hora de elaborar pienso para los animales, alcanzan precios interesantes.
Al atravesar el puente me encuentro con Enrique, un hombre mayor, y con su perra Creta, más jovencita, platicamos un rato: me cuenta de sus paseos y sus operaciones recientes, de una pierna parcheada con una placa metálica y de su obstinación por no dejar de salir a andar por el campo y la consiguiente preocupación de su familia. Me llama la atención sobre unos operarios trabajando a gran altura en los cables de una torre eléctrica. No sé si creerlo porque no alcanzo a divisarlos; recuerdo a mi madre, en sus últimos años, anclada días enteros a la ventana, que veía operarios trabajando sobre los tejados donde solo había chimeneas.

Salvada ya la nuclear, descruzadas las vías de comunicación, también el GR 92 enfoca a la costa, como yo; acomete un pequeño ascenso, yo no, hasta el pico del Torn, 183 m., máxima elevación de unas sierrecillas que abrevan en el mar, reborde costero de las Montañas dels Dedalts y Les Rojales. Yo eludo la ascensión, prefiero continuar por la carretera N-340, que se dirige a L´Hospitalet, y me desviaré enseguida por un camino que acerca a las baterías de la Cala d´Oques.

Desciende, desde el pico de Torn, por una senda, hasta las inmediaciones del islote que sustentó la Torre de Torn, un resalte rocoso dentro del agua, un roquedo unido a tierra por un pequeño tómbolo que, antiguamente, quedaba rodeado por el mar. Levantada en el XVI por el duque de Cardona y destruida por los los ingleses en 1813, dinamitada, presenta un estado ruinoso. Solo resta algo del perímetro de su planta circular y el arranca de algún muro, poco más. Nada que ver con lo que era en mayo de 1572, cuando, enfrente, tres naves piratas atacaron la comitiva del conde de Altamira, que procedía de Cambrils, poniendo en fuga a sus soldados y asesinándole. Hacia el norte, todo es arena y larga playa, tan extensa como preciosa. Playa nudista del Torn, elegida entre las diez mejores de Europa.
Continuo a media ladera por el carril entre pinos, que me llega a la batería de costa citada, se emplaza en las últimas elevaciones de la sierrecilla. Aparecen un par de círculos de hormigón donde irían emplazados sendos cañones y restos de muros y bunkers, nidos de ametralladoras.

Bajo hasta la Cala d´Oques, camping nudista Templo del Sol y, en efecto, vuelve a salir el astro rey. ¿Será una señal?. Un un bar enfrente, en el que puedo dejar la mochila. Me dispongo a darme un reconfortante baño. Baño nudista (este sí lo es realmente, porque aparte de no llevar prenda alguna, la playa está etiquetada así). No me apetece ir con el calzoncillo mojado después, al reiniciar la marcha, simplemente. Un cartelito clavado en la arena aclara: ¡¡Ni banyadors, ni gossos ni mirons!! (Ni bañadores, ni perros, ni mirones) Y aún especifica: Naturalista en esta playa tienes el derecho y el placer de gozar de la armonía plena con la naturaleza. Disfrútala./En esta playa no usamos el bañador, es molesto y no queda bien. Prueba y practica el nudismo, te gustará. Dicho queda.
Pocos bañistas, poco tránsito. El mar en calma, plano, sin oleaje, parece una gelatina argéntea de igual color -no se sabe quién copia a quien- que el cielo, que hace ya un rato se ha cubierto generando una luz amortiguada muy de mi agrado. Mar de plomo fundido, pero frío, apenas un tenue tono grisáceo que va desapareciendo, blanqueándose, a medida que me introduzco. Cuando estoy en el agua, cuando enraso mi mirada con su superficie, parece casi lechoso, no tanto en su blancura como en su textura. Me voy adentrando hasta darme un chapuzón, eso siempre me ayuda para terminar de decidirme. Braceo para ganar profundidad hasta cubrir el pecho, con la cabeza a ras del agua y observo allá al fondo, en la línea del horizonte líquido, como algunas algodonosas nubes flotan sobre él en equilibrio. Apenas se perciben las diferencias entre los diferentes elementos: agua, vapor, cielo. Solo por alguna leve línea que acierto a adivinar, pues no existen contornos definidos. Todo el conjunto, todo el campo de visión, ha adquirido una plúmbea tonalidad que hace difícil diferenciarlos. Observo a mi lado una plumita blanca flotando sobre la superficie, no se mece, permanece quieta, con su forma original arqueada, no parece mojarse. Me ocurre lo mismo, pero al cabo de un rato, noto algo de fresco, decido salir. Abandono, a mi pesar, la inmóvil espesura del agua, la sopa de laxitud, de que apenas si se atreve a insinuar una leve y escueta onda en su misma misma orilla, lo justo para llevar una pizca de espuma a la arena.

Una pareja de ancianos se entretiene recogiendo conchas en la orilla. Me seco un poco y me visto. Regreso al bar para echar una bien merecida cerveza sentado en la terraza, para aposentar la agradable sensación que me ha proporcionado la inmersión, ese baño sólido, neumático, en el un mar tremendamente amistoso, para consolidarla en mi almacén de recuerdos, que no se desprenda con los vaivenes del día a día, que adquiera categoría de preciada remembranza. Como, saboreo el bocadillo. Ya tengo el día echado, no hay prisa, restan apenas un par de kilómetros para alcanzar mi destino.
No sé si fruto de mi propio subconsciente, endulzado convenientemente por los inmediatos acontecimientos, o por el atractivo que conserva la Playa del Arenal, el caso es que me resulta, este último paseo, particularmente agradable. El arenal es grande, para lo que por aquí se da, y ancho; hay sitio para todo. Otro camping, este ya textil, sobre la misma orilla del mar, con calles de tierra apisonada, sin verja vegetal -como tantos otros- sino simplemente unos hilos de alambre que no impiden la visión abierta a la playa. Detrás algunos apartamentos, chalets dispersos, convenientemente retrasados tras unas pinadas antiguas, se mantienen con un verde refulgente que absorbe la vista, semejan nubes puntillistas de agujitas acolifloradas como los que se ven en las estampas romanas, copa contra copa como compartiendo confidencias. Dunas de arena incipientes. Sensación de amplitud que se deriva de su largura y anchura, del relativo abandono y despoblación que presenta; una estampa preciosa en sencillez y naturalidad, que no es poco caudal para los tiempos que corren. Al final se entromete el pueblo, su nombre predica una hospitalidad que cuestiono por el exceso de edificios altos, ocho o diez alturas, que diviso. Buscaré internarme hacia el casco antiguo, ascender hasta encontrar el castillo-hospital que lo definía.
Mañana comprobaré que el otro lado, la parte norte del pueblo, es bien distinta. Urbanizada al máximo, no en altura, es verdad, pero sí en extensión, con innumerables urbanizaciones ocupando todo el terreno disponible hasta bien atrás, hasta tercera, quinta, octava… línea de playa, topándose con la autopista.

martes 25 de octubre de 2022