42º j. L’Hospitalet de l´Infant-Salou 23´5 km

   

Al internarme en la villa, ascendí una calle que, desde el moderno puerto, me llevó a la Plaza del Pou (pozo), aunque de trazado moderno, corresponde al patio del antiguo castillo gótico. Un conjunto de casitas antiguas, arregladas y coquetamente pintadas, le dotan de una pintoresca imagen, muy del agrado de las cámaras fotográficas de los turistas; que tanta destrucción sufrida durante la Guerra Civil no consiguió extinguir por completo. Quedan además tres fachadas y tres arcos góticos detrás de los patios de las casas del interior; hubo también, hasta hace poco, un pozo con una noria.

No he podido visitar el grandioso Castillo de L´Hospitalet, pero una amabilísima empleada del Centro de Visitantes, también Centro de Interpretación de la población, me informa cumplidamente de todo lo que precisaba saber acerca de él. Se brindó a ponerme en contacto con el guía local que lo explica, a pesar de no ser temporada alta. Decliné el ofrecimiento porque con la maqueta existente, los folletos y un  audio-visual fue suficiente para mi propósito. Obtuve unas interesante fotos antiguas en blanco y negro -mi pasión- de la población años ha, que no me resisto a mostrar aquí.

En castillo-hospital se fundó en 1344 por el infante Niño Pedro, don Pedro de Aragón y Anjou,  conde de Prades, hijo de Jaime II, conde de Barcelona y rey de Aragón y Valencia de 1291 a 1327,  rey de Cerdeña, Sicilia y Mallorca, combinaba la labor asistencial con la defensiva. De estilo gótico civil, contaba con sólidos muros que formaban una su muralla de 12 m. de altura que corresponde al perímetro de la actual plaza (55 m. de lado), con torres de 18, aunque se proyectaron seis, solo se levantaron cuatro, en las esquinas, queda una. Se pretendía, como siempre que se acometía una obra semejante,  sentar las bases para la repoblación y resurgimiento económico de la zona. Mediante esta construcción fortificada se aseguraba el control de una rica costa, con abundante tráfico comercial, expuesta a las frecuentes incursiones corsarias.                                                                         

He tenido ocasión de acreditar la secular hospitalidad que predica el toponímico, efectivamente. No sé si es costumbre aquí o, simplemente, la suerte que a menudo me toca con su varita mágica cuando camino, el caso es que he dado con un adecuado establecimiento hotelero. No soy dado a publicitarlos, pero en esta ocasión, como ocurrió en L´Ametlla (hotel El Port), he de hacerlo: Hotel Don Sancho. Es hostal de carretera antiguo, de los de toda la vida, aunque renovado y reconvertido en un hotel de tamaño mediano. Una vez alojado y duchado bajo al comedor como un marajá, me dejo aconsejar para el menú de la cena, pasta bien cocinada y abundante (una deferencia hacia mi estómago sufriente, demasiados bocadillos y traspellao), pescado y postre casero recomendado, flan de yogurt, sencillo pero sabroso. Por la mañana desayuno y me preparan un considerable bocadillo para el camino. Todo un lujo, en conjunto, a pesar de la sencillez de las propuestas, pero muy de agradecer en ruta.  

Como en otras poblaciones recorridas, lo primero que encuentro al salir de ellas es el barranco correspondiente al río anexo junto al que se levantaron, unas veces con caudal y otras, la mayoría, seco. No eran tontos a la hora de emplazar sus villas, no. Nunca lo hemos sido, quizá sea ahora, en los tiempos actuales, cuando más estúpidos nos hemos vuelto, perdida esa relación natural que siempre conservábamos con el entorno (no hay más que ver la cantidad de viviendas levantadas en los cauces secos de ríos y arroyos, expuestas a cualquier avenida furibunda, por poner un ejemplo). Así pues atravieso la Punta del Riu, una vaguada verde con su cauce seco excavado, poblado de verdor, un pequeño oasis entre tanta construcción. Una airosa pasarela de madera lo salva y lo preserva de intromisiones y deterioro.

Sigue algo más de un kilómetro de rectilíneo y suave arenal, playa de Cristal. Después, en adelante, la costa se torna sinuosa, traza pronunciadas eses, salientes y entrantes, calas y promontorios, donde rompería el oleaje de no existir delante una franja de arena ganada, arrebatada casi, al mar. Pero, a pesar de lo quebrado del litoral, las ansias constructoras han conseguido doblegarlo, adaptándose perfectamente bien a lo que hay, sobrevalorando incluso el terreno, ocupando la primera línea de costa, creando este emporio turístico de primer orden: Miami Playa (el nombre ya lo dice todo). Tras un rato de requiebros y curveo, opto por caminar en línea recta, por ganar terreno, en una calle trasera de recto trazado, Paseig del Mediterrani, que circula junto a la vía del tren. Me acercaré puntualmente a la orilla solo cuando sea preciso, cuando deba encontrar alguna de las torres que quiero documentar.

Hacia el final de los requiebros costeros se encuentra cala dels Vienesos donde hallo el falso torreón de Miami Playa, resulta meramente decorativo ya que se construyó al mismo tiempo que la urbanización. De planta circular, con almenas y aberturas, lo delata su forma cilíndrica, recta, en vez de ataludada (es decir de mayor base circular que coronación); sus ventanitas pequeñas que no convencen como troneras ni saeteras y la puerta, a ras del suelo. Quiere evocar la antigua torre de Els Penyals (peñascos), levantada en 1574, que fue volada por la armada inglesa, como tantas otras por aquí, en junio de 1807. Aunque la fotografío, por lo que añade de belleza al encanto paisajístico del lugar, no la muestro aquí porque ya tenemos bastantes torres numerarias que no tienen cabida como para sacar a una infiltrada.          

   Costa del Zefir, Montroig playa, La Riviera, suma y sigue, se apelotonan las urbanizaciones. Confluyen un poco más arriba, a poco más de un kilómetro de la torre, el Barranc de L´Estany (barranco del estanque, comparte nombre con tantos otros) y la Rassa dels Rucs Gelat (zanja de los burros helados), que se abren camino juntos hasta la playa. Eso hace que se conserve alguna charca, entre bejucos y eneas, con fondo de palmeras, que impide seguir construyendo, so pena de inundación estacional, y posibilita imaginarse esta porción de litoral como un pequeño jardincito natural, bien diferente de los artificiales jardines de plantas domesticadas que completan tantos complejos residenciales. Un poco más adelante puedo proseguir con el ensueño, el terreno se despeja, se abre a la contemplación porque la zona de playa, el escueto litoral hasta la carretera N-340, tras la que se apuntan urbanizaciones encaramadas a las laderas, se mantiene casi íntegra, disfrutable, gracias a la existencia de algunos campings antiguos que imposibilitan la vorágine edificadora.

El mar descansa de tanta intrusión, hoy se muestra calmado; una planicie acuosa se prolonga a gusto, solazada, trás un cintillo de guijarros arrastrados a la orilla, punteando el pálido albero de arena. Nada confronta la mirada, nada la obstaculiza; se puede lanzar volandera o deslizarse a placer sobre el mar, de un tono acuoso gélido, como si de hielo no frío se tratase. Flota hacia cualquier lado en un revoloteo confortable, en un planeo infantil de cometa confiada, juguetona. La mirada, ensanchándose, esponja la paz interior que surge  cuando se camina, la personaliza y asegura.

Vengo observando muy a menudo, por las fechas que elijo, fuera de temporada, que es cuando aprovechan también los dueños ausentes de las viviendas para encargar los arreglos y las labores de mantenimiento. Muy a menudo encuentro en los adosados y chalets, en las zonas comunes de las urbanizaciones, faenando a una plantilla volante de oficios diversos, enfrascados en arreglar desperfectos, revisar fachadas dañadas, sustituir plantas, acondicionar piscinas; manteniendo operativas para el verano las segundas residencias, las madrigueras vacacionales.           

Punta de la Porquerola. Adelanto faena ahorrando esfuerzo, andando por un piso más firme que la arena playera. Aprovecho que hay un camping ocupando una buena porción de costa y, sin recato alguno, viendo que es abierto, no tiene valla de separación (como debe ser, ya lo he comentado antes), ando cómodamente por una de sus calles de tierra apisonada (otro acierto: evitar asfaltos y adoquines). Voy por su lado más exterior, más cercano al arenal, por si he de salirme. Permanece vacío el camping, desocupado, solo aparece, de vez en cuando, algún jardinero laborando su abundante arbolado. Encaramado a la cazoleta de la pequeña grúa portátil de un camioncillo, un operario se afana cortándole el pelo a una palmera -¡Solo las puntas, por favor!, parece pedir el árbol-, unas cuantas ramas viejas resecas, para seguir creciendo frondoso. Como un abuelete acodado a la valla de una obra en construcción, me entretengo apreciando su arte, porque tal es la pericia con la que lo ejecuta, no hay duda en calificarlo así. Si bien se considera, no tiene tronco, propiamente dicho, la palmera. Se va formando a medida que se poda, conforme se recortan sus ramas coje altura y adquiere su forma precisa: un perfecto cilindro ensanchado arriba en un bulbo. El penacho de esbeltas palmas con hojas lanceoladas remata la proeza estética.

Al cabo de un rato se percata de mi presencia y hablamos un poco; le pido permiso para hacer una foto. Me cuenta que es de Tetuán. Medio español entonces, le digo, y le cuento acerca de los lugares que visité en Marruecos. Pregunta hacia dónde camino. Hasta Salou hoy, digo, pero le cuento de mi propósito de llegar a Cabo de Creus, a la frontera. Y, si me quedan ganas -bromeo- igual recorro también la costa marroquí, hasta Marrakech, donde estuve de turismo. Patriotero me anima a ello, seguro que me gustará más porque la costa es más bonita, se conserva natural, casi virgen.

Nos despedimos: que Allah nos proteja, remato. Agradecido, me hace una seña cómplice. No estamos para despreciar ningún apoyo, así es que bienvenida sea cualquier ayuda. Un poco más adelante, otro compañero suyo se afana recortando las moreras, a pesar de las fechas con hojas y pámpana todavía.

Recuerdo las palabras de un poeta andalusí exiliado, pueden servir de consuelo: Soy viejo. Nada necesito. Mi única familia es Dios. En Él tengo mi esperanza, y con Él comparto mi casa, que nunca ha estado vacía porque Él lo llena todo. A menudo la fé, es el único consuelo que queda a quienes tiene que abandonar tierra, familia, amigos; el único equipaje que pueden llevar.

Considero su trabajo, aquí en España, tan lejos de su tierra, parecido al de los campesinos que veía en las huertas, en los pequeños oasis del sur de Marruecos, linderos con el desierto. Sus faenas agropecuarias no se diferencian de las nuestras; lo mismo que su cultura, tan emparentada y relacionada por siglos de intercambios y convivencia, evidencia muchas concomitancias con nuestro modo de vida. Pero ahora han pasado de ser invasores, dominadores, a emigrantes forzosos como, no hace tanto, lo hemos sido -parece que lo olvidamos-, y lo seguimos siendo, nosotros; pobres gentes que acuden allá donde es posible ganarse la vida, aunque seguramente preferirían no hacerlo (como Bartheby), como todos los emigrantes que en el mundo han sido. La historia tiene esos avatares, estás aquí y en unas décadas, siglos, estás en el otro lado, pasas de potencia colonial a potencia económica, pero algunas regiones del planeta les toca siempre el furgón de cola.

Reemprendo la caminata, finalizado el extenso y cómodo camping, esqueleto de camping, pues tal parecen cuando aparecen deshabitados, campos de fútbol arbolados. Playa dels Pinars, playa de Rifá. Destacan unas estacas firmemente clavadas en la arena, dentro del agua, a escasos metros de la orilla, sujetan cuerdas que se adentran en el mar y desaparecen. Son extraños elementos que no he visto antes,  pilotes con cabos para el baño, deben ser para permitir adentrarse con seguridad en el agua, porque hay un pronunciado escalón,enseguida cubre.                                                  

 Pelea una excavadora, en trabajo de mucha envergadura, con abundantes montones de arena, traídos de no se sabe donde, para reforzar, reconstruir la playa. La fabrica, realmente, sería más adecuado decir. Lo he visto hacer con algas, posidonias secas, en la Torre de la Horadada, Alicante -con tantos kilómetros a cuestas, tanto bagaje, tiendo a recordar y comparar, es inevitable-. Complicaciones de paso, estrecheces, a pesar de eso, pedruscos para retener el avance marino, escolleras paralelas. No hay problema aunque haya que mojarse un poco, peor sería tener que rodear, alargar el trayecto, ascender laderas como ayer.                                          

Bunker arrancado, zarandeado día y noche por el envite de las olas, exento en su soledad culpable. Es lo que merece. Ojalá el resto de elementos bélicos que voy encontrando, fantasmas acusadores impávidos de contiendas pasadas, de locuras políticas, pudieran correr la misma suerte. Desprenderse de las montañas donde se levantaron , de las laderas donde los encaramaron, desalojarse de las construcciones civiles a las que se anexaron y, con todos sus pertrechos, casamatas de hormigón, cañones y parapetos, garitas y trincheras, rodaran ladera abajo hasta caer al mar. Y ahí, en una lenta labor de zapa inmisericorde, aguardar a que la lija del agua y los años, el envite de los temporales y los rigores del tiempo, los devolviera al dominio de la naturaleza, a lo que en un principio fueron: arena y gravas, chinarro y agua, metal oxidado.

Punta de la Pixerota (jarrón), supone una de las frecuentes y escuetas esquinas que voy encontrando donde no llega a doblar la senda, solo desaparece momentáneamente la visión panorámica del litoral, amaga con representar un cabo propiamente, pero solo es un recodo, una doblez del tapete arenoso, que ahora ha mayor presencia, mayor entidad de playa.      

Se puede divisar Cambrils al fondo. Playa abierta, poblada de cantos bien pulidos, redondeados por el besuqueo empalagoso de las olas. Llama la atención, como en otros sitios, la aparición de jardines de piedras, parques de esculturas, torrecitas con piedras planas que, a modo de mojones señalizadores ni orientan ni marcan ruta alguna, levantados por turistas desocupados, que solo indican que el autor ha pasado por aquí y ha querido dejar su huella (no le bastaba con una marca, un grafiti o una pintada).

Estos jardines de piedras, o como se les quiera llamar, tan monos, tan cuquis -como se dice ahora- son frutos de temporada, engendros artificiales que la naturaleza no tiene. Suponen ingenuos intentos de esculturas que pretenden mejorar lo inmejorable, acentuar un paraje natural de por sí espléndido. Algunos críticos de arte y curators dirían que constituyen en sí mismas instalaciones, intervenciones, performances a tener en cuenta, pop art, en definitiva. Memeces. Yo opino que solo perturban, alteran, afean, modificando el suelo natural que mantiene su propio ecosistema -he leído artículos sobre su negativo impacto en la flora y la microfauna-. Es verdad que la naturaleza, a mayor escala, ensaya, esculpe, construcciones similares (Torcal de Antequera y sus chimeneas de las hadas en Málaga, las Bardenas Reales navarras, la Capadocia turca) y que también  los senderistas, a veces, cuando no aparecen marcas oficiales pintadas,  en determinados parajes perdidos en medio de la naturaleza, como macizos montañosos, calares, donde es fácil extraviarse, señalizamos con un pequeño mojón la dirección correcta a seguir para evitar extravíos, pero eso es muy diferente.   

Concluyo recomendando la conveniencia de centrarse exclusivamente en la edificación de castillos de arena. Dan para mucho, favorecen las relaciones entre padres e hijos, tan deterioradas en la actualidad, y no alteran ningún ecosistema tanto como para que no lo pueda subsanar la subida de la marea.

Atravieso la Riera de Riudecanyes (rio de cañas), de unos 20 km., procede del pueblo y pantano del mismo nombre, cerca del castillo de Escornaelbou. Nace encajada en los contrafuertes montañosos de las sierras del Priorato, como la de Vilanova, con la que confluye en su tramo final, para descender por la llanura litoral fertilizando las gravas.

Playas y espigones en sucesión precisa para aposentar el litoral, consolidar playa y edificar. El Paraíso, La Arcadia, Oasis, Miami antes, etc. Me admira la capacidad del marketing que emplean constructores y urbanizadores a la hora de colocarnos sus productos, saben hurgar con pericia en nuestros facilones sueños de funcionarios, empleados de banca o aseguradoras, burgueses de clase media-media -no en otra cosa nos hemos terminado convirtiendo, sino en la práctica sí en mentalidad-, barajando nombres y conceptos que estimulan con facilidad nuestro subconsciente. En fin.

Playa del Sur, playa de Cambrils, escucho música de jazz en una terraza, descongestionada, claro, en estas fechas. No me resisto, es más, me empujo a sentarme a tomar algo y a disfrutarla, no queda mucho para rematar la etapa. Un vermut rojo que entra con una facilidad pasmosa y me sulibella más de la cuenta, ventajas del ejercicio prolongado y mi frugalidad con la comida cuando sendereo.

Encuentro casitas bajas, de dos o tres pisos, residuales, y pequeños bloques de residenciales primitivos, entorno a la torre, arropando su antigüedad, sin atreverse a sobrepasarla. Parece que, al menos en este tramo, se ha obligado a ello, con lo que el conjunto presenta un aspecto de Mini-Parque Temático de Pueblecito Mediterráneo, que Cambrils alguna vez fue.                                          

Torre del Port de Cambrils o del Barrio de la Marina, circular, ataludada, de unos 10 m. de diámetro y 12 de altura, muy transformada: se abrió una ventana y en la parte superior, que estuvo almenada, se añadió en 1945 una estructura de ladrillos que imita un faro. En tiempos estuvo dotada con dos vigilantes, según noticias del concejo de 1663, que indican también que se ocupaban del tramo de costa entre la Punta del Esquirol y la Llosa. Sabemos por sus registros que: El 30 de diciembre de 1664, se acordó construir una torre en el barrio de pescadores, en la que trabajaron todos los vecinos por turno, imponiéndose, además, el tributo de un real por ciento a cada barca o «laut», tanto de Cambrils como forastero, fuera de pesca como de trasiego, que llegara a la playa, con una pena de 10 reales en caso de incumplimiento. Más adelante, el canónigo de Barcelona, ​​Andreu Foix, fue autorizado para recibir en nombre del Consell una pieza de artillería para su defensa.

Fueron derribadas en 1887 unas escaleras de obra que permitían el acceso hasta la puerta, que se elevaba mediante un puente levadizo. Restaurada en 1995.

 Se me ocurre pensar en los vigilantes aislados en medio de una costa peligrosa, desierta, amenazada a menudo por embarcaciones árabes, genovesas, castellanas, inglesas… lo que tocase en cada momento, ¿cuanto no disfrutarían en estos tiempos observando el tránsito de variopintos turistas y hordas de visitantes desaforados? No darían abasto para llamar a rebato cada vez que se acercara una embarcación al puerto deportivo.

Debo apuntar que existen todavía cinco torres defensivas hacia el interior, que debían vincularse y coordinarse en la defensa de esta porción de costa con el Castillo de Villafortuny, siglo XI, sito un poco más adelante, hacia el norte, separado de Cambrils solo por la Riera de Riudoms. Son, por proximidad a él: la Torre de la Ermita, junto al santuario de la Virgen del Camino, del XVI, que también fue utilizada en el XIX para la telegrafía óptica; la torre de la Riera, del XVII; torre del Limón o del Huerto de María; la torre de la Senia (noria) y la torre del Bou (toro), sirvió de establo en el XVII, o de la Cárcel (lo fué a partir de 1890), data del siglo XIV y es la única conservada del antiguo recinto amurallado de Cambrils. Declino visitarlas, me llevaría demasiado tiempo y supondría un desvio considerable. Además si me pusiera a ello, tendría que afincarme aquí una semana porque la profusión de torres es tremenda, sirva como botón de muestra el Castillo de Teixells, del XVI, y el castillo-monasterio de Escornaelbou (descuerna el buey), románico del XII, 20 km. al interior, y las torres del Mas d´en Bai, del Mas del Obispo, del Mas de don Felipe, del de Ramón, etc. 

A pesar del apiñamiento constructivo, se aprecian signos de flojedad o quizá sea solo que se han tomado unos metros de retranqueo para posibilitar que quepan tantos turistas en el arenal. El caso es que disfruto de la playa con cierta sensación de amplitud, camuflan los árboles y los jardines litorales la primera línea de ladrillos. Salgo de Cambrils, Riera de Maspujols, seca aunque su tramo final se conserva arbolado y con agua.                                                                              

La delata su silueta, la anuncia, desde lejos, su blancura y perfección. Enhiesta en la acera entre árboles, recortada y lustrosa, surge la Torre del Esquirol. Presenta la tipología característica de las torres de telegrafía óptica del XIX. Se han comentado con anterioridad en el jalón 40º. Aprovecharon algunas torres defensivas existentes readaptándolas, añadiendo los nuevos elementos señalizadores necesarios, o, como es el caso, fueron levantadas nuevas torres, muy similares en altura y factura (no en vano las antiguas cumplian similar papel, además de su función militar) a sus precedentes, haciendo  posible la comunicación visual entre ellas, separadas entre 10 y 12 km. Esta torre fue la número 50 del ramal Barcelona-Tarragona, que pertenecía a la línea de comunicación Madrid-Valencia-Gerona, hasta La Junquera. y, sin solución de continuidad, Salou.

                                                                                            

                                                                        miércoles 26 de octubre de 2022