
Lo primero que hay que ver en Salou es su magnífica Torre Vieja que se encuentra, como era preceptivo, asentada un poco al interior, actualmente dista 300 m. de la orilla de del mar. Una agradable y pormenorizada visita me revela lo bien recuperada que está en medio de una zona ajardinada, es un buen ejemplo de utilización como sala de exposiciones temporales y sede del Museo Municipal de Esmalte Contemporáneo. Data del siglo XVI, se la conoce también como torre de Carlos V, en el XVIII se le anexó una masía, un puente interior las unía. Posee un fuerte talud y la puerta se encuentra abajo, inserta en él, cosa rara, pero con sendas cañoneras a los lados. Un escudo muy deteriorado se aprecia sobre ella. De planta cuadrada, de unos 10 m., a pesar de su imponente presencia y altura solo tiene dos pisos, una escalera de caracol los comunica.

Fue levantada en 1530 por el arzobispo de Tarragona Pedro de Cardona pero, a pesar de su costosa y robusta construcción, los corsarios siguieron atacando la zona y la destruirían 1649, volviéndose a levantar. Se documenta en 1550 un desembarco del famoso pirata Dragut, nada menos, que destruyó el cercano castillo de Barenys, ubicado en las afueras del actual Salou, junto a una villa romana.

El mayor peligro por mar siempre vino de la República corsaria de Argel, que constituía una provincia marítima turca de 1517; desde ella se lanzaban continuos ataques a las potencias cristianas del Mediterráneo occidental, en connivencia y protección del Reino Nazarí de Granada o por propia cuenta. Sus almirantes o capitanes bajás fueron renombrados en todos los puertos y temidos como a la peste, actuaban por mandato de los sultanes otomanos Selim I el Valiente (1512-20) y su hijo Solimán el Magnífico (1522-1566), los vengo citando a menudo, destacan:
Jeireddín Barbarroja, hermano de Aruj, cuyo padre, Yakup, comerciante alfarero nacido en la isla de Lesbos, fundó una sociedad comercial que pasaría a dedicarse a la piratería asociada al sultán Selim I (1512-1520) y expulsaría a los caballeros cristianos de la Orden de San Juan de Jerusalem, Templarios, de la isla de Rodas, acogiéndose en la de malta.
Dragut o Turgut Reis, la gobernó, entre 1553 y 1554.
Uluc Alí u O´Chalí, entre 1571 y 1587, dí cuenta del pozo existente todavía con su nombre en la cala de San Pedro, cerca de Las Negras.
Hasan Bajá, conocido como Hasan el Veneciano, de 1587 a 1591.
Amurat, Murat Reis o Morato Arráez (este apellido en marroquí significa patrón), dió nombre al pueblo de la isleta del Moro, cerca de Los Escullos, San José, gobernó a finales del XVI y principios del XVII.
Salah Rais, que fue el séptimo rey de la República de Argel.
En mayor o menor medida todos han sido citados en anteriores etapas, en territorios que conocieron sus asaltos y correrías, que ya he transitado.
Bajo hasta la Playa de Poniente y Levante, antes llamadas de les Dones y les Homes, puerto deportivo por medio. Va completándose el plan, a pesar de los pesares, pienso mientras cojo el paseo marítimo. El balance final será positivo, dará dividendos, como siempre.

Han desarrollado en la arena un área de gimnasia con algunos aparatos fijos para ejercitarse, trabaja un puñado de adolescentes -anoréxicos, si se les compara con un par de musculitos descamisados que se pavonean orgullosos de sus pectorales, abdominales, biceps-. Uno de ellos, muy sobrado, se cuelga de la barra fija como una res expuesta, abierta en canal, y comienza a hacer flexiones de brazos. La mirada admirativa de los chavales tropieza con la de suficiencia y aparente distracción de estos mister de barrio. Me alejo de esta playa, que más parece californiana, a buen paso.
Hoy enfoco hacia Tarragona-Capital, como diría uno de pueblo, Tarragona ciudad, Distrito Federal. Sé que no será una etapa bonita, entretenida, que la belleza paisajística brillará por su ausencia, enterrada hace años por capas de hormigón y cemento, ladrillo y piedra. Sé que tendré que hacer un esfuerzo suplementario, hacer la vista gorda a tanta y tan despiadada construcción, la mayor parte del tiempo, porque la ocupación es absoluta y agobiante. Volveré a esa miopía recurrente que nubla los contornos y difumina muchas imágenes indeseadas. Apoyándome en los pocos rodales vivos que todavía persisten, en las manchas verdes residuales, como podía ser el territorio original. Es lo que hay.
Camino por un Benidorm catalán, uno de tantos, el más próximo a Tarragona, solo los separa en promontorio rocoso del cabo de Salou, sus alrededores siempre han constituido el principal baluarte turístico de la capital. Al recorrer estas megalópolis vacacionales siempre me consuela pensar en el axioma infalible de que la excesiva acumulación de construcciones y población veraneante, apiñada en determinados puntos concretos del litoral, permite que otras zonas queden relativamente despobladas, al margen, y que el asalto sufrido no sea tan extremo. Días de mucho, vísperas de poco.
Así pues comienzo a pisar colillas, envoltorios, bolsas… algunas cagarrutas como canicas, de oveja o de cabra, oigo el coro de balidos, señal inequívoca de la presencia cercana del ganado bovino, del regreso al rebaño. Es este paseo marítimo, anchuroso, acondicionado, una verdadera cañada ganadera, una cañada real. Pastorean estos vistosos herbazales, llenos de cartelería de todo tipo, copiosos grupos a pesar de las fechas próximas al invierno. Dista poco la imagen de la que debe tener en verano.
Llego a la playa dels Pilons, pilones, y asisto a un espectáculo que nunca había visto, el colmo de los colmos. Comienzan a verse, a lo largo de los dos lados de las aceras, todo tipo de vendedores ambulantes sin solución de continuidad. Sus puestos, improvisados sobre el suelo, se hacen más numerosos frente al jardín de un hotel en el que se muestran los turistas tomando el sol entorno a la gran piscina. Y digo bien, se muestran, literalmente, porque tienen giradas las hamacas de lona hacia el paseo marítimo detrás de la barandilla de cristal que los separa. Con lo que ellos se entretienen viendo el trasiego de paseantes y vendedores y nosotros contemplándolos como si de un zoo se tratase.

Veo, en adelante, una línea de altas construcciones que se va abriendo en arco hacia la derecha, hacia levante, dibuja una media luna de elevaciones congestionada, superpoblada hasta el cabo. A propósito del asunto, no puedo olvidar citar el libro que últimamente tengo entre manos: La España fea de Andrés Rubio, Ed. Debate, Barcelona 2022, un periodista que durante casi veinte años dirigió el suplemento El Viajero de El País, sobradamente cualificado, por tanto, para opinar sobre el asunto. Aparte de dar cuenta pormenorizada y aportar datos sobre cantidad de desafueros constructivos -que voy comentando en cada etapa a medida que me tropiezo con ellos- perpetrados por promotores y constructores, con la complicidad de ediles, concejales, diputados, consejeros, directores generales, presidentes y demás políticos, en nuestro país; no solo en el litoral peninsular y las islas, sino también en ciudades y pueblos, analiza la génesis del problema. Concluye que es hija de la herencia franquista recibida, del afán especulador y de negocio fácil que caracterizó al Régimen, que se multiplicó durante la Transición, al delegar el poder central las competencias edificadoras en las Comunidades Autónomas y estas, a su vez, en las autoridades municipales -más fáciles de corromper y sabotear-. Faltó una sensibilidad hacia el paisaje y el urbanismo, un ordenamiento jurídico general que lo amparase, una legislación marco que regulase y limitase los planes urbanísticos locales. Al contrario, se liberalizó el sector y se propició la proliferación de una maraña legislativa que enredaba y confrontaba las diferentes administraciones, contradiciendo incluso sus normativas, creando unas condiciones abonadas para especuladores y desaprensivos abogados.
Aporta el ejemplo francés, país donde tal cosa no ocurrió gracias a la creación del Conservatorio del Litoral en 1975 que protege el patrimonio paisajístico común, coordina a los diferentes sectores y administraciones implicados, evita las atrocidades que aquí tanto se han dado, y recupera territorios costeros (casi el 15% del litoral pertenece al Estado y calculan que en 2050 será el 25%).
Se ha intentado remendar después el descosido con una multiplicidad de figuras de protección y zonas de conservación de espacios naturales, se han declarado Parques Naturales, zonas de nidificación de aves…, áreas costeras…, fondos sumergidos…, bla, bla, bla. Retales verdes, azules, parches imprecisos, palabrería de siglas.
Modestamente he denunciado muchas de esas barbaridades a medida que me las he ido encontrando, casos famosos, de sobra conocidos (Algarrobico, Mar Menor, Albufera valenciana, etc.) y otros anónimos, ignorados, de gran impacto o de limitada repercusión.
Enfin, un monumental desastre que no tiene visos de solución, ni inmediata ni futura, la normativa europea únicamente es la que atreve a denunciar (Informe Auken, 2009) y poner coto a ello, pero no hay que confiar mucho en su eficacia: baste recordar el ejemplo de las depuradoras de aguas, obligatorias en ayuntamientos grandes; no se edifican por negligencia, el gobierno (rojo o azul, da igual) prefiere pagar las multas cuantiosas millonarias que eso acarrea cada año, que acometer su construcción.

Barruntando tales cuestiones llego a la playa dels Capellans donde debe aparecer la Torre Nova o torre Llatzaret (porque en el mismo lugar se situaba una torre de planta hexagonal que era punto de vigilancia y un lazareto, a principios del XIX, en el que se debía cumplir la reglamentaria cuarentena de mercancías y personas procedentes de zonas con epidemias). Aunque es una considerable construcción, se encuentra muy mermada en su volumen. Parece, lo que resta, bien conservado, aunque no se puede acceder porque se ha integrado en los bajos de un edificio privado. Me ha resultado difícil de encontrar, de hecho solo al acabar la playa, he podido divisarla al otro lado, enfrente.
Se edificó en el XVIII, tras la destrucción de la fortaleza de Salou en 1649 y el consiguiente permiso otorgado en 1666 por el rey Carlos II y su esposa Mariana de Austria para levantar allí una torre, conminando a ello al capitán general de Cataluña, por las quejas que les habían dirigido pescadores y habitantes de Vila-seca y Salou. Presenta un fuerte talud en su parte baja, la puerta se sitúa encima para acceder por un puente o con una escalera, cuenta con numerosas dependencias.


En sus inmediaciones comienza el Camí de Ronda que perimetra la recortada costa del cabo. En tiempos -como he comentado en variadas ocasiones- lo recorrían los atajadores de una torre a otra para informar de si estaba libre de naves corsarias: no hay moros en la costa. Solían aprovechar calas y acantilados para esconder sus naves, repostar aguas y, desde ellas, planificar sus asaltos, haciéndose con botines cuantiosos: animales, cosechas, objetos de valor, cautivos, etc. Estos mismos senderos se daban en todo el litoral costero, en los puntos calientes donde era frecuente el tráfico o el atraque de embarcaciones comerciales, en las proximidades de puertos o varaderos, básicamente, pero también navíos de pasajeros o militares, en mar abierto, se veían acometidos. Eso mismo se daba en cualquier zona ribereña mediterránea o atlántica (existe una Senda de los Aduaneros en Normandía y Bretaña que desciende por toda la costa francesa hasta Irún).
Enseguida la Punteta Roja, playa Larga después, siguen unas cuantas calitas y recortes rocosos hasta la Punta Grossa, de los que destaca por su pequeño arenal Cala Font. Inmediatamente Cala Crancs (cangrejo), especialmente propicia para la ocultación, donde acaeció el famoso asalto del mismísimo Jeredín Barbarroja en 1543 y, en 1558, con cuatrocientos hombres, otro de Dragut. Al lado está Cala Morisca, de nombre revelador, se documenta en ella otro importante asalto en 1563. Resultan inaccesibles algunas de ellas en la actualidad por los hoteles y otras construcciones que taponan o se apropian de su acceso. La alta densidad de edificaciones y su multiplicación ilegal, obligaría a los atajadores que recorriesen el camino de ronda hoy en día a vigilar mirando hacia el interior, más que a mar abierto. Los piratas y corsarios, los concejales y consellers de urbanismo, se encuentran en tierra firme, no precisan navegar (como no sea para presumir de yates). Punta Falconera, halconera, y Cap de Salou. Faro.
Arriba del cabo, a pesar de la generalizada proliferación de edificios se ha preservado parte de su riqueza natural, quizá para darle un tono de lujo más conveniente. Me he internado hacia la cresta del cabo, hacia su cogollo central, recorro la amplia avenida del Pla del Maset: a la izquierda campos de golf, a la derecha promotoras inmobiliarias, lujosos residenciales, hoteles de muchas estrellas, resorts, y demás parafernalia. Todo ello salpicado de una atractiva y cuidada frondosidad vegetal, bosquecillos de césped y pinos, residenciales con privilegiadas vista al mar. Aunque hay un poco de todo, prevalece la exclusividad. Más hacia adentro, Port Aventura y toda su parafernalia de hoteles circundantes. Parece que es un parque temático, como se dice ahora, mejor gestionado que Terra Mítica, cuyos tejemanejes y corruptelas todavía colean en los juzgados; como Puy de Fou, ¡tiene narices que tenga que venir una empresa francesa a Toledo a explotar nuestra Edad Media!
Huyo, vengo a dar con el final de la avenida, abandono ese enjambre zumbante de edificaciones poco edificantes, invasivas, destructivas de los altos del cabo; pero no todo está perdido: reaparece el mar, entre torres de apartamentos y más hoteles, allá al fondo de todo, se entrevé, reaparece su poderoso azul, su claridad luminosa.

Final del roquerío del cabo, Punta Prima, efectivamente lo es, mirando hacia el sur desde Tarragona. Un espigón trata de contener la arena, de defender la gran extensión que dispensa a los turistas y residentes la playa de la Pineda, más de 2 km. Se dibuja una ajardinada llanada que aleja lo suficiente las construcciones, poblada por pinos en algún tramo, permite imaginar lo que sería el bosque primitivo, no hace tantas décadas, llegando a la misma orilla de mar. Una delicia que hoy solo podemos imaginar. Ayudan en parte, unas esbeltas y atractivas esculturas en forma de pinos modernistas que han plantado en una plazoleta.
Al frente, allí mismo, al sur de la ciudad, el espigón del puerto se prolonga 600 m. Al acabar, se le superpone visualmente por detrás el pantalán de Repsol, que alcanza el kilómetro y medio. No alcanzo a ver la bocana del puerto ni su prolongación del muelle de Levante donde se instala el airoso, parece sostenerse en el aire, faro de la Baña, que cobija un museo de faros, el primero del que tengo noticia… en casi 900 km.

He de encontrar transporte hasta el centro de Tarragona, dista 8 o 9 km. Sigue una sucesión de instalaciones portuarias, refinerías, industrias químicas, polígonos industriales, con sus correspondientes cruces de vías férreas y autopistas, etc. que nada aportan. Solo de pensarlo, flojeo. Además, he de tratar de llegar a tiempo a la estación de ferrocarril para atrapar un tren hacia Castellón.
Sé que hay unas cuantas torres defensivas del XVI en esta zona, en los campos de cultivo que se extienden hasta Villa-Seca, vinculadas a su castillo, y Solcina. Por proximidad son: Torre del Mas Carboners; torre de Pineda, actualmente ermita de la Mare de Deu, levantada en 1211 sobre un antiguo castillo; y torre de Dolça.
De camino al puerto se encuentra la Torre del Virgilio, la más cercana a la costa, con dos pisos y terraza con matacanes, de planta rectangular de 5 por 7 m., ha servido de vivienda, se le ha abierto una gran ventana con balcón y anexado dependencias.
Una parada de bus. Llega pronto y me deja con tiempo suficiente, creo, en la plaza de la Imperial Tarraco, el mero centro de una tela de araña de calles que dibujan la ciudad. Escapo del bullicio que genera la urbe, aunque da gusto ver tanta gente, tanta actividad nueva. El día es soleado, una agradable temperatura invitan a disfrutarlo. Me siento apaletao aquí, ajeno, de sobra, la ciudad no es para mi, que decía Martínez Soria, al menos en este momento. Ando descolocao, asilvestrao, rangüero (mancheguismo que cada vez me define mejor, aunque no venga en el diccionario) y no me parece mal, al contrario, lo disfruto.
Al llegar consigo la última plaza del tren -sigue acompañándome la suerte-, de no haber sido así debería aguardar tres horas al siguiente.

jueves 27 de octubre de 2022