
Malduermo y me levanto temprano, extraño la cama y el horario. Lloviznaba anoche cuando al fin pude llegar a mi destino, tras un largo día de viaje con trayecto suplementario, la estación de tren de Tarragona se encuentra fuera de la ciudad, fue preciso esperar durante casi una hora el autobús que me acercara. Busco un bar abierto para desayunar y, enseguida, me pongo en marcha ansioso por iniciar esta nueva serie de etapas, por retomar mi Ruta Mediterránea. Desciendo desde la plaza de la Font, extramuros de la antigua ciudad romana, hasta la Torre del Rey, hacia la fachada marítima. Tomo plena conciencia de que camino sobre los cascotes acumulados de más de dos milenios de esplendorosa cultura material -como ocurre en Cartagena-, de que desde que fue capital de la Cesetania íbera, capital de la provincia romana Tarraconense, la Hispania Citerior, e importante ciudad visigoda del reino de Narbona, se han ido superponiendo los restos de todo ese esplendor. Paso junto a las ruinas emergidas del Circo romano, del siglo I d. C., en su mayor parte enterrado bajo edificios del XIX; circundo el Anfiteatro, violentado en el siglo XII, ocupado en parte con la iglesia románica de Santa María del Milagro, levantada a su vez sobre una primitiva basílica paleocristiana, que sería también cementerio, convento de los trinitarios y prisión. Recalo en la playa del Miracle, toco arena, veo mar. Saludo y agasajo al amigo recuperado, al estimado anfitrión, como perrillo ratonero me agacho y aproximo meneando la cola. Me enjuago la cara en un Mediterráneo calmoso y extraordinariamente transparente que en esta soleada mañana de mayo se abre magnánimo a mi contemplación, al disfrute de mis acortados sentidos. Estamos juntos otra vez, andando pues.

Me llego a dos baluartes costeros relativamente recientes, levantados por ingleses y austriacos durante la Guerra de Sucesión (1702-14) entre partidarios de Felipe V y del archiduque Carlos de Austria, cuando se produjo la remodelación general de fortificaciones de la ciudad. Se trataba de levantar una sucesión de fuertes avanzados con terraplenes, artillería pesada, caminos abiertos y todo lo que conforba la moderna defensa, preparada para resistir la artillería del momento. La construcción de estas fortificaciones nororientales, unidas a las que poco antes se habían empezado a erigir por el oeste y por el sur, acabó por cerrar un heterogéneo cinturón fortificado que rodeaba toda la banda terrestre de la ciudad.
El Fortín de San Jorge se construyó un poco más al interior y el Fortín de la Reina, costero, ambos de planta trapezoidal, con muros gruesos en talud. De ambos restan sus murallas y poco más. Rodeo este último. Aparenta ser un corral destartalado, abandonado.
Prosigo. Dejé el rosario de torres defensivas medievales en mi anterior andanda, justamente a la puertas de la ciudad, al sur, al comienzo de la playa de la Pineda, después del puerto, en la Torre de Virgilio. En adelante comprobaré que existe una apreciable proliferación de torres próximas al litoral, asociadas a las masías, levantadas por los aldeanos para protegerse de las razias sarracenas tan frecuentes en aquellos siglos y de los bandoleros. En los alrededores de Tarragona se ubican, por ejemplo, la torre d´en Doça, la del Mas Carbonel, la de Pineda, la Torreforta. Su construcción es similar, mampostería con refuerzos de sillares en las esquinas. En la muralla romana de la ciudad o en su ampliación medieval todavía queda la Torre d´en Tintorer y la D´Arandes.

Ando a lo largo de lo que resta del antiguo camino de ronda, que transcurre junto a la vía del tren de cercanías, que mantiene su trazado costero, por un rosario de calas y roquedales. Se suceden las playitas de la Rabassada, la de Savinosa y la de Capellans, hasta abrirse el frente costero con largueza en playa Larga, casi tres kilómetros de arenal que finalizan en la Punta de la Creueta.
Entremedias la Residencia de Tiempo Libre, que frecuenté con mi familia, ha envejecido con dignidad, cosa que no se puede decir de muchas construcciones. Su buen gusto arquitectónico, tan funcionalista y avanzado para las fechas en las que se erigió, la alternancia de volúmenes cúbicos adaptados a un terreno de colinas y desniveles, el aspecto infantil de este mecano de ladrillo y cemento coloreado esparcido entre los pinos, mantiene su atractivo constructivo. No todo fue mal gusto durante el Desarrollismo de los sesenta, ahí están algunos pueblos de colonización, algunos paradores, etc. El conjunto se articula como un pequeño poblado vacacional, con placitas, huertos y todo tipo de dependencias comunes: comedores, iglesia, biblioteca, campos de deportes, etc. Las amplias terrazas de los apartamentos, esparcidos como terrones de azúcar, también cuadradas, soportan gustosas la invasión de las copas de los árboles. Recuerdo haber sorprendido el paso de un zorro una mañana que salí temprano a caminar, tal es la abundancia de vegetación en el entorno, mayormente ocupado por chalets antiguos.
Enfrente, al otro lado de la carretera nacional, que una pasarela sobrevolada permite atravesar hasta la playa, siguen en su lugar los refrescantes y los restaurantes, las terrazas acristaladas donde bajábamos a tomar el aperitivo, la escuela de vela, el camping Las Palmeras… Poco o nada ha cambiado esta parte, este lado costero, mucho el otro: la playa ha mermado, ¡ y de que manera!, se ha reducido en sus dos terceras partes. El arenal escueto, de unas decenas de metros, no deja imaginar la ancha franja que conocimos hace solo unas décadas. Se agolpan sensaciones encontradas, recuerdos de aquellos días de asueto, pero el espacio que los contiene ha mermado, como en la memoria de un niño que vuelve a sus escenarios infantiles y constata que es él el que ha crecido y modificado su escala. En este caso es al contrario.

Transito evocador y añorante playa Larga para finalizar en un roquedal de acantilados de arenisca y conchas fósiles. Afloran las mermas arrancadas por una cantera romana que han formado piscinitas geométricas. Recuerdo la visita que hicimos a las canteras del Medol, muy cerca de aquí, con su aguja testigo que permitía comprobar la profundidad de la excavación. Fueron necesarias ingentes cantidades de sillares para levantar la cantidad de monumentos que exigía la Tarraco romana.
Me interno de bruces en el bosquecillo tupido con el que vengo soñando desde hace unos días. No todo va ser especulación y salvajismo constructivo, barbarie urbanística, como viene sucediendo en la mayor parte de la costa. Me complace llegar al Bosque de la Marquesa, Caridad Barraqué para más señas, marquesa de la Bárcena. Se han podido preservar estos casi dos kilómetros de litoral virgen, un puñado de hectáreas, merced a la resistencia de esta señora y sus herederos, que no han querido vender este privilegiado enclave. Dicen que llegaron a ofrecerle en los años sesenta un cheque en blanco, pero no claudicó. Actualmente esta protegido como espacio de Interés Natural y gestionado por la asociación Depana. Son numerosas las sendas que lo recorren, las conozco bien, y las calas que lo bañan, constituye un paraíso primigenio de primer orden. Precisamente en este momento ha llegado un grupo de jubilados senderistas que se dispone a recorrerlo, al tiempo que se internan parejas y particulares hacia sus calas nudistas o textiles, a voluntad.
Yo agradezco la sombra que me ofrece y me dirijo hasta cala Fonda, también conocida como playa Waikiki, nudista y gay, pero tambien textil, abierta, ¿cómo limitar la asistencia en este paraíso incontaminado?. El anfiteatro de verdor forestal abre una perspectiva elevada sobre ella, un arenal de 150 m. encajado entre paredes que tabican un patio de butacas idílico.

Después viro al interior al encuentro de una torre defensiva, a unos 300 m. se ubica la Torre d’en Grimau del siglo XIV, entre bancales de cultivos casi abandonados, de tierras pobres, aquí llamadas conrreos, utilizadas como huertos de gramíneas salpicadas de algarrobos y olivos. Sobresale la silueta circular de 10 metros de altura y unos tres de diámetro. Contiene tres plantas, con techos abovedados y dos puertas, una a nivel del suelo, la otra en el primer piso. Luce numerosas ventanas originales perfiladas con jambas de piedra picada.
Algo más adentro, si cruzase la carretera nacional N-340, antigua Vía Augusta, me tropezaría con la cantera del Medol, la torre del mismo nombre en el más correspondiente y la Torre del mas Pastorcillo, la torre del Heredero, la de Monnars, la del mas de la Cruz, del mas Sorder, mas Cusidor, etc., por citar algunas. Pero no es el caso documentarlas todas, máxime cuando no son costeras, de avistamiento.
Vuelvo al bosque, camino de ronda adelante, enseguida cala de la Roca Plana, playa de Calabecs. Se divisa imponente sobre un promontorio rocoso la Torre de la Mora en la punta del mismo nombre. Circulo entre sabinas, pinos piñoneros, palmitos, lentiscos, romeros, jaras… un auténtico lujo al borde mismo del mar, que se rinde calmoso ante tanta belleza y se distiende balneario, transparente, en las amplias calas que dibujan las playitas. Hago acopio de esa armonía natural porque en adelante lo necesitaré. Se encuentra dentro de un camping vallado que no sé si tendré que rodear, mis pesquisas en los diferentes mapas que he utilizado y las fotos aéreas consultadas no me lo han aclarado. Afortunadamente, una vez llegado allí, compruebo que está permitido en paso, el camino prosigue atravesando sus instalaciones.

La torre exenta, levantada en el siglo XVI, es circular, ataludada en su zócalo, con troneras para piezas de artillería. Destaca una escalera de obra posterior, moderna, con un matacán sobre la puerta adintelada. Tomo buena nota y la fotografío. Prosigo entre caravanas, tiendas de campaña y cabañas de madera. La preservación de esta torre constituye un modelo de conservación y gestión, un ejemplo a destacar: Ya que hemos invadido este territorio, con o sin complicidad municial, por lo menos no vamos a apropiarnos tambien del monumento que contiene, facilitemos su acceso y disfrute.
Sigue la atractiva playa de la Mora, medio kilómetro de una esplendorosa concha ocupado, en parte todavía por el camping, y por un complejo vacacional, cuyo frente costero luce algunas zonas verdes e instalaciones comerciales. Guardando la retaguardia, a prudente distancia, surgen toda una serie de villas, chalets y alguna urbanización. No es de lo peor que he visto, al contrario, el conjunto mantiene cierta proporción, cierta cordura.
Enseguida surge, imponente en su presencia, el Castillo del Tamarit. Aparece mayor de lo esperado, en tamaño y dependencias. Lo había visto de lejos en otras ocasiones. Aglutina entorno suyo las casas del antiguo núcleo medieval que formaban una villa cerrada. Data del siglo XI aunque el aspecto que ofrece actualmente se configura en entre el XVI y el XVIII, tras ser destruido en la Guerra dels Segadors (1640-47) en el contexto de la guerra hispano-francesa entre Luis XIII y Felipe IV, y con una restauración romántica de principios del XIX. Ahora lo ocupa un resort de lujo. Las fotos turísticas y la vista desde las cercanías no le hacen justicia porque se observan muchas edificaciones y anexos dentro del complejo fortificado.

Notas históricas: En el avance del condado de Barcelona, Tamarit representa un importante enclave estratégico, el más meridional, a las puertas de Tarragona. Sin embargo, las incursiones sarracenas dificultan la continuidad de su poblamiento desde el siglo X. La primera noticia documentada del interés de los condes de Barcelona por la posesión de este enclave data de 1049. El conde Ramon Berenguer I compra el puesto a Bernat Sendred de Gurb (1019-1049), que lo tenía por aprisión, pero no queda claro si este último construye el castillo de nuevo o si lo reconstruye sobre una fortaleza anterior. Las incursiones de los almorávides a principios del siglo XII hacia el Penedès hacen pensar que Tamarit es un frente de guerra. En 1115 se documenta la ocupación del castillo. Probablemente relacionado con este hecho, en 1119 Bernat Amat de Claramunt, nieto del anterior y vizconde de Cardona,
Ramon Berenguer III destituye en 1115 por incumplimiento del servicio de guardia a Bernat Claramunt, nieto del anterior. Entonces, este servicio lo forman entre cinco y diez guerreros que se refuerzan en casos extraordinarios. A mitad del XII Tamarit presenta una estructura feudal bastante consolidada, un lugar estable y poblado.

La Torre del Tamarit, del XVI o XVII, se encuentra claramente separada del castillo, es exenta, circular, de unos 4,20 m. de diámetro exterior, con puerta en el primer piso protegida por un matacán. Representa un añadido defensivo al castillo, al igual que se observan restos de otras construcciones extramuros, en el espolón sur, sobre cala Jovera, una preciosa playita, escueta, casi privada, cerrada en uno de sus lados con una islita.
Se aprecian por los alrededores, finalizando el bosque de la Marquesa, multitud de pájaros, ardillas, huellas de pequeños roedores, mamíferos, además de chorlitejos, zampullines, etc. cerca del agua.
Pasada la obra del castillo desciendo a la playa de Tamarit propiamente dicha, desluce la presencia de un búnker incrustado en los bajos de la muralla, camuflado mamotreto defensivo entre las nobles instalaciones medievales. Ofrece un contraste insólito su roma silueta, medio cubierta por la arena, y la airosa estampa del castillo.
Enseguida la desembocadura del río Gayá y, a mitad de la playa, sobre los restos yacentes de lo que fueron esplendorosas dunas, buscando el firme sólido, se encarama otro búnker, este más amplio, un puesto de mando quizá.

En total 2 km de playa al continuarse con la de Altafulla. Me resultan muy atractivas las fachadas de las casas de pescadores que se han conservado, un barrio marítimo, una calle apenas junto a la arena, ni siquiera supone paseo marítimo, que guarda la esencia de lo que fue no hace tanto. Detrás edificaciones vacacionales que no resultan demasiado altas, parecen aguardar para el asalto a la primera línea de playa, pero afortunadamente, se ha preservado al menos esa calle. Aleluya. Me siento en una terraza entoldada, como antiguamente, sin cartelería publicitaria ni reclamos excesivos y doy cuenta una merecida jarra de cerveza y un bocadillo.

Arriba, al interior, a prudente distancia, se encuentran las murallas y el castillo de Altafulla o castillo de los Montserrat, de 1059, de planta poligonal irregular y patio central que conserva una galería renacentista. En el siglo XVIII sustituye en importancia poblacional y defensiva a Tamarit. De entonces es su destacado casco histórico, señorial y con destacables casonas (Rectoría, Casa de la Villa, etc.).
Al final del extremo de la playa, supone un resalte de poco más de 40 m., el emplazamiento sobre el que se asienta la lujosa villa romana del Munts, cuyas ruinas decido no visitar, ando corto de tiempo hoy y largo de kilómetros. Sé que la mandó construir el duoviro (cónsul) Caius Valerius Avitus, natural de Augustóbriga (Soria) y su esposa Faustina. Se excavó a partir de 1967 y por su importancia se agregó al fabuloso conjunto arqueológico de Tarraco. Se ofrecen visitas teatralizadas,¡horror!.
Torredembarra ahora, Como la ruta es larga hoy, no puedo adentrarme a visitar su castillo, castillo de los Icart, del XVI, actual sede del ayuntamiento. Cuadrado, de 30 por 30 m. con robustos baluartes ataludados en las esquinas, levantado sobre un anterior castillo medieval. Y los restos del castillo de Clará, un poco más adelante, del que apenas resta una torre y trozos de un matacán. El que si cabe destacar es el soberbio castillo de Creixell, centro de la orden de Cluny en Tarragona, documentando desde el XII, aunque lo que se ve es del XVII, es un gran edificio alargado asentado en la roca, con patio interior y rampa de acceso. Muy cerca se encuentran también las torres de Xacó, Can Jeroni y Ca la Miquelina entorno a 1,5 km costa. Ubicadas dichas fortificaciones del interior, por recomendación de Felipe II, a más de dos leguas del mar. Una legua es el trayecto que una persona puede andar en una hora, estimación variable de 4.828 a 5.572 m., se estableció en el XVI que suponía 20.000 pies castellanos o 6.666 varas castellanas, 5.572 metros exactos.

Se vuelve a enriscar el camino, camino de ronda, junto a la playa del Canyadell otra cantera en la misma roca, una improvisada piscina. Faro de Torredembarra, airoso y esbelto. Salvo el escollo de la Punta de la Galera, a cuyo cobijo surge el puerto deportivo y piso la playa de la Paella. Se abre un extenso arenal rectilíneo encauzado en sucesivos paseos marítimos que solo se ve interrumpido por el saliente de la ermita de la Mare de Déu y un palacio encastillado que fue de los reyes de Aragón que preceden a la Roca de San Gaetá.
La Roca de San Gaetá es una excrecencia geográfica, un forúnculo artificial perpetrado en los años sesenta (1964-72). Una especie de Pueblo Español como el de Barcelona, donde se quiere mostrar una representación de arquitecturas típicas ibicencas y mediterráneas, añadiendo patios andaluces y sevillanos y fuentes granadinas. Recargando todo ello con ornamentos de estilo románico, mudéjar, renacentista, mozárabe y gótico. Resultado, una exaltación patriota de tipismo acendrado y folklor nacional digno de una poética crónica del NODO. Hoy se nos antoja muy trasnochado, kitsch. Anexo otro puerto deportivo, mayor que el anterior, es preciso dar cobijo a tanta embarcación deportiva como hay.

Llegado a la playa de Comarruga por fin, aprecio el Estany Gran que desemboca en la playa, actualmente en un solo brazo, el Riuet, antes en varios. Sus aguas termales, de entre 18 a 20º, aportan efectos medicinales por sus aguas ricas en componentes clorurados, sódicos, alcalinos y bromurados. Muy apetitosos, pero he de encontrar el alojamiento apalabrado. En este caso se trata de un albergue. Muy cerca de la playa, en una colina sombreada por un bosquecillo de pinos, se erigen sus atractivas instalaciones. Como dije de la Residencia de Tiempo Libre de Tarragona, se dieron en el pasado interesantes arquitecturas y proyectos punteros que es preciso alabar. Particularmente bello es el albergue de Deltebre, donde recale hace unas etapas. Este está lleno de colegiales vigorosos y ruidosos que, sin embargo, no alcanzaran a perturbar mi descanso.
Por tarde, tras el descanso y la ducha, buscando un sitio para cenar, descubro un imponente estanque urbano…
