
Cabe señalar la gran profusión de torres medievales que vengo encontrando en esta zona del antiguo Reino de Aragón, Condado de Barcelona después, anexas a masías y a otras construcciones agropecuarias aisladas, en comparación con las escasas que hubo en buena parte de la costa almeriense y murciana. Aunque en la alicantina, sobre todo entorno a la capital y al cabo de las Huertas, la riqueza agrícola obligó a construirlas igualmente asociadas a la defensa de huertas y haciendas dispersas.
Hay que puntualizar qe Felipe II en 1577 permitió que se levantasen construcciones privadas defensivas en las masías y se añadieron torres en muchas de ellas junto a las casas. Por lo general eran exentas o se conectaban con la casa por un puente levadizo y tenían las mismas características que las existentes en la costa: macizas en su parte baja, ataludadas, con la puerta en altura, con troneras y matacanes. Al correr de los siglos se incorporan a las casa, se adosaron.

Desayuno y, recorrido el puerto, al que inmediatamente sigue la desembocadura del torrente de la Piera, alcanzo el arenal, la playa del faro de San Cristóbal. Sobre un promontorio se sitúa la iglesia y el faro del mismo nombre, asciendo la carretera para salir de la ciudad. Debajo, a unos 100 m. de la orilla quedan los restos de un molino de mar, apenas un arco en pie. Esta extraña instalación aprovechaba la fuerza de las olas para obtener harina, fue levantado a principios del XIX y la posterior construcción del puerto terminó alejándolo del litoral.
Un nido de ametralladoras, al final de la playa de los Cuellos, mimetizado con las rocas, emerge al borde del mar como un mojón en medio de una nevada. estas siluetas, demasiado frecuentes, revelan la importancia estratégica de esta parte de la costa.
Les Roquetes. Punta larga, se acaba la placidez playera, comienzan las rocas. Me aguarda un tramo precioso, de unos 4 km a lo largo de la vía del tren, pegado a ella en ocasiones. Tendré que caminar con mucho cuidado al lado mismo de los railes, es imprescindible porque no hay otro paso en algunos tramos. Se supone que ahí la vía ha invadido el antiguo camino de ronda.
Se suceden peñascos dibujando sinuosos y suavizados cerrillos, roquedales y manchones de bosquecillo, pinadas y lentiscales, chaparros, aparecen calas inesperadas, conchas primorosas de una arena finísima. Remansos de tranquilidad. Este es, sin duda, uno de los pocos tramos interesantes de esta serie de etapas que se ha mantenido intacto, no por iniciativa privada, como el Bosque de la Marquesa, junto a Tarragona, ni por conciencia ecológica, sino porque no ha habido más remedio. Resulta casi inviable construir aquí, aunque no me atrevo a decirlo muy fuerte porque en peores sitios he visto sobrevolar chalets sobre los acantilados.

Se constituyen pues las cimas de los cerros en miradores privilegiados de este entorno salvaje. Mientras camino me entretengo intentando imaginar las sensaciones de soldados y atajadores recorriendo hace tan solo unos siglos este camino de ronda. Aunque es evidente que su preocupación por divisar naves invasoras dista mucho del propósito estético que a mí me guía. No resultaría en absoluto pesado para ellos caminar unas horas hasta el siguiente puesto de observación, Sitges posiblemente, su ciudadela. Estaban bastante más acostumbrados que nosotros a desplazarse a pie, baste considerar que el Camino de Santiago que ahora se recorre en aproximadamente un mes, en los tiempos de la Alta Edad Media en que se consolidó, se transitaba en apenas una quincena.
Playeta de les Frares, ya son dos las que ostentan esta denominación, la otra junto al castillo del Tamarit, escondidas ambas de miradas curiosas de los laicos. De la monjas hasta ahora no he encontrado ninguna. Siguen cala Chica, cala del Patio Azul, Punta Gorda, cala de los Gigantes, playa y punta de la Desenrocada, cala del Hombre Muerto, punta y playa de las Cuevas, cabo de los Grillos.

Se han sustituido las antiguas traviesas de madera del ferrocarril, pero sobre todo de hormigón, por otras nuevas. Yacen tumbadas a los lados de la vía como soldados que acaban de caer sin perder la formación, o arrumbadas en los taludes del terreno, a la espera de que vengan a retirarlas. O no. Me hacen pasillo como una muda guardia formada mientras transito sobre los guijarros gordos que sustentan los railes, escoltan mi andada con la rectitud y marcialidad que les da el trabajo que ejercieron. También aparecen, de cuando en cuando, sacas blancas de lona que contienen la tornillería, los remaches y demás pequeñas piezas desechadas que han sido igualmente sustituidas.
La senda sube y baja al compás que le dicta el relieve, los sucesivos montes y los numerosos túneles de corto recorrido que es preciso salvar por arriba, zigzaguea entre los árboles y se bifurca en ramales apenas intuidos que descienden arriesgados a las calas desocupadas. Abajo se insinúan recoletas playitas de arena mullida, me llegan sordos cantos de sirenas a los que no hago caso. No es necesario.
Mi tono vital se va elevando, intensificándose mi presencia en estos atractivos y solitarios parajes, con la apacible tranquilidad con que se colma mi sosiego. Comienzo a coger el ritmo que emana de este litoral, a entrar en la música que interpreta. Bailo en la cadencia de mis pasos y de sus cambiantes ritmos, discurro plácidamente por este accidentado relieve, como si de una danza se tratase, más que de un desplazamiento. Me deslizo por esta pista de baile sinuosa, este sube y baja de ligeros resaltes, en un armonioso vals. Y no solo con el paso, sino, y sobre todo, con mis sensaciones. Empieza a instalarse un absorbente y atractivo acuerdo entre el entorno por el que discurro y que, a su vez, me recorre; como si de una cinta andadora se tratase, una cinta en la que parece que permanezco quieto y es ella la que se mueve, la que hace que se deslice el territorio bajo mis zapatillas.
Qué diferente percusión esta de la que producen mis zancadas sobre los paseos marítimos precedentes, sobre las soleadas avenidas y las monótonas calles litorales atestadas de chalets y torres de apartamentos. Aquí puedo atender a la melodía, al estribillo, que asciende desde la tierra; puedo disfrutar el aroma intenso que la brisa caliente extrae de los pinos, aspirar los vapores salados que salpica el oleaje contra las rocas.

Es fácil abismarse en el ruido acompasado de las pisadas sobre una tierra que no está compacta, sino granulada, suelta. No se produce un ruido instantáneo, concreto, sino disperso, prolongado, una cadencia de ralladura, de roce al contactar mi pie, al deslizarse haciendo el juego talón-punta. Parece individualizarse cada piedrecita, cada china, como un repiqueteo de gotas de lluvia suenan todas en conjunto y, a la vez, puedo oír aislada cada una. Recuerdo, de mis tiempos de Campo a Través (entonces aún no se le llamaba Cross), esa monotonía en la cadencia, esa melodía frotada en cada zancada, que ayudaba con su melodía a distraer el cansancio, el agotamiento.
Siento que ese frotamiento de mi caminar humano es una caricia para la tierra, como una mano deslizándose sobre el lomo peludo de un perro o un gato, no a contrapelo como ocurre sobre el asfalto, las losas. Un halago para su corteza.

Desgraciadamente se va acabando este tramo, este discurrir emboscado entre las sombras de los pinos, esta respiración vegetal. Poco a poco me he ido reencontrando con aquel con el que deseo identificarme, con la persona que está conmigo cuando estoy solo, cuando cayo y atiendo. El bosquecillo natural a la orilla del mar, el relieve más o menos intacto, las sucesivas estancias que voy recorriendo y, en cierta manera, me aíslan y ocultan del resto del mundo, lo ha propiciado.
Recupero sensaciones propias, una cordialidad celular se apodera de mi ánimo y lo colorea de una forma sencilla. En este viaje, a diferencia de otros anteriores, no preciso de conversaciones y charlas esporádicas durante mis paradas, no propicio relaciones circunstanciales con camareros u hosteleros, no lo necesito. Me dejo mecer por un reconfortante silencio que actúa como un telón de fondo sobre el que no pretende discurrir argumento alguno. Me olvido de escribir un guion, no existe ni se precisa. Simplemente estoy, simplemente transcurro. Con la música de fondo que propicia el continuo caminar, el desplazamiento.
Desciendo de estos altos como quien baja de la montaña al pueblo tras un invierno aislado, como quien vuelve de su retiro impuesto. Una llanada precede a la población de Sitges, que se divisa con toda claridad al fondo.

La Riera de Rives, al arrastrar sedimentos, ha ido formando el cabo de los Grillos. Conserva, como tantas otras, algunas lagunas en su desembocadura, que se han aprovechado para dotar a un campo de golf, junto a un hotel, bastante antiguos, que se habilitaron en este espacio abierto, conocido como Terramar, para un turismo pudiente. la playa es de piedrecitas, de chinas redondeadas.
Ya en camino llano, compruebo que ha mermado la franja costera, es preciso mantenerla a base de escolleras, cada vez más numerosas y cada vez más juntas. Se recupera la imperiosa necesidad de echar mano otra vez del alfabeto de contención, reaparecen las T T, una C, una L, muchas I, con las correspondientes islitas o amígdalas en medio.

Más de dos kilómetros de paseo marítimo, Platja d´Or le llamaría Josep Pla, compartimentada por los numerosos departamentos en que la dividen las escolleras, que arrancan en el barrio del Vinyet, en cuya ermita recuerda el escritor ampurdanés tomarse un vasito de malvasía junto a sus amigos rodeados de viñas en los años veinte del siglo pasado. Ya por entonces apuntaba: „Sitges es una playa internacional, cosmopolita, abierta, con más de setenta años de veraneo civilizado y que cultiva la hibernación con muy buenos auspicios. Todo eso parece que habrá de ser fatal para sus encantos tradicionales y para las delicias de su población primigenia (…) Sitges crece sin parar, pero sin destruirse ella misma“.
Desemboco frente a una escultura de El Greco. Existen dos telas de este pintor, traidas de Paris por el escritor y pintor, gran promotor turístico de esta villa, Santiago Rusiñol. Se encuentran en su casa-taller, hoy famoso museo del modernismo Museo Cau Ferrat.
Cerca se encuentra el centenario y famoso Chiringuito, antes de las escaleras que permiten ascender al promontorio rocoso sobre el que se asentó la primitiva población y se edificó su baluarte defensivo.

Sitges, enclave pionero del turismo, levanta su castillo y su iglesia de San Bartolomé y Santa Tecla sobre la llamada Punta de Sitges, un roquedal de escasa altitud, apenas 9 metros.. A continuación del cual se dibuja la playa de San Sebastián, una concha, una ametlla (almendra) diríamos en catalán, que llega hasta la ermita y el cementerio del mismo nombre. Después la playa de los Balmines conduce hasta el puerto deportivo de Agua Dulce.
Entorno a mi, a lo largo de las callejuelas, se desarrolla una frenética actividad, pulula por todos lados una profusión de gentes inusitada, un bullicio poco habitual en el resto de poblaciones que he recorrido. Me recuerda la viveza y los aires cosmopolitas que se respiraban en Santiago de Compostela a mi llegada tras realizar algo más de una semana de su camino de peregrinación. He de callejearla entonces, internarme hacia su cogollo. La cantidad de tiendas de ropa y complementos es grande, aparecen todas las marcas conocidas y más, aquí se vende moda y estilo.
El desaparecido castillo en la plaza del ayuntamiento, donde actualmente se sitúa el edificio consistorial, edificado a finales del XIX. Si se conserva parte de las murallas del siglo XIII, un lienzo restaurado. Rodeaban el núcleo primitivo, tenían dos puerta, la norte o de Barcelona y la sur o de Vilanova. Posteriormente, en el siglo XVII, se ampliaron.
Desde aquí se aprecia perfectamente el Macizo del Garraf, constituye la frontera histórica entre Cataluña la Vieja y la Nueva. Se produce también un cambio geológico, un cambio de color: pizarras y colores terrosos y sienas al norte a occidente; calcáreo, blanco, al sur. El clima se suaviza, es más benigno y templado.

Llegado a la playa de la Marina, diviso el puerto a continuación y, tras él, aguarda la Punta de las Horcas. Observo el abrupto y escarpado trayecto que salva la entrada al mar de este macizo que ha de llegarme hasta Castelldefels. Había preparado minuciosamente el trayecto que lo escala, para ello debía seguir, la mayor parte del tiempo, el trazado de la carretera C-31, pero tomo la acertada decisión de hacer ese tramo en el tren de cercanías.
Dejo, por tanto, de atravesar el polígono industrial de la Vallcarna, con su imponente cementera y el puerto industrial anexo. Hay que citar tres torres de vigilancia que se encaraman a la montaña, anexas a sendas masías, relativamente próximas entre sí, de propiedad privada -no visitables por tanto, es un decir-. Son, por orden de cercanía al litoral, la Torre de Can Amell, siglo XIII; la de Campdasens, del XV, y la de Can Planes, del XIII, esta deshabitada.
Enseguida la vía se oculta bajo la montaña, un larguísimo túnel ve la luz en el puerto, esta vez náutico, deportivo, de Garraf. A la salida puedo apreciar perfectamente la Torre de Garraf o de Can Güell, del siglo XIII, redonda, tiene su entrada por un puente desde la masía anexa. Es de propiedad privada, fue restaurada a finales del XIX, se integra en las edificaciones de las bodegas Güell, construidas por Francesc Berenguer, discípulo de Antoni Gaudí, junto a un precioso edificio modernista de aires fortificados.
Sé que en línea recta hacia el interior, muy cerca, a 4 o 5 km, se encuentra el vertedero del Vall d’en Joan que forma parte del Parque Natural del Garraf cuya rehabilitación ha sido modélica. Durante más de treinta años, desde 1974, se acumulaban las basuras generadas por la ciudad de Barcelona, su recuperación desde 1999 hasta 2010, ha permitido disponer de 24 Ha de terrazas agrícolas, bancales, caminos, plantaciones de arbustos y gramíneas.

De nuevo se oculta el trazado ferroviario a la luz del sol y asoma enseguida en el puerto deportivo de La Ginesta, aledaño con la población de Castelldefels. Se divisa su amplia y extensa playa. A mano izquierda, sobre un mirador, tras unos acantilados, en medio de una rotonda, se encuentra lo que queda de la llamada Torre Moruna, del siglo X, una construcción extrañamente cilíndrica (más parece una carlina), tres metros de alzado y sillares irregulares. Se comunicaba con la cercana Torre Barona, del XVI. Ubicada sobre una colina, la veo sobresalir de un resalte del terreno, se encuentra dentro de las instalaciones de un hotel. Es de planta circular, con talud, en la parte que se oculta sé que se dibuja una airosa escalera para acceder a su puerta en altura, que queda voladiza sobre una piscina.¡ Qué placer poder bañarse en ella, escoltado por la torre!. Pocos lo tendrán más merecido que yo, tras tropecientos kilómetros recorridos y decenas de torres documentadas, a pesar de no ser cliente del hotel. Pero no estoy ahora para florituras ni para gestiones, ansío llegar de una vez por todas a mi alojamiento.
Me deslizo sonámbulo de cansancio hacia él …

viernes 10 de mayo de 2024