47º j. Castelldefels – El Prat (Barcelona) 20,5 km

Me dirijo al centro del pueblo. Asciendo el resalte de una prominente colina ajardinada, que supone en este terreno, no solo plano, sino incluso hundido respecto del nivel del mar, una excelente atalaya en cuya cumbre emplazaron el edificio del castillo que da nombre a la población. Es interesante por su abundancia de vegetación, por las numerosas sendas y paseos que lo ocupan. Supone un majestuoso parque en medio de la urbe.

Arriba sobresale la Torre de la Plaza del Castillo, del siglo XIII, la más antigua de las numerosas que aparecen cerca de la fortificación, en su mayoría del XVI, que formaba parte de su defensa última, guardaba el acceso a la fortificación. Se sitúa en una rotonda próxima a la puerta de acceso al castillo de Fels, resulta algo tosca en factura y en detalles, de planta circular y perfil ligeramente troncocónico, le falta la parte superior.

Visito el Castillo de Fels que corona el cerro de 59 m. Existió una iglesia románica del X primeramente, que hubo de reconstruirse en el XII y todavía subsiste, llamada de Santa María del Castillo. Anteriormente hubo un poblado íbero, el Castrum Félix, y después una villa romana, con cuyos materiales se levantó en 1555 dicho castillo.

La línea de costa por entonces se encontraba a un kilómetro o kilómetro y medio más al interior, llegaba cerca de las faldas de ese altozano. La zona circundante la ocupaban lagunas e islotes del extenso delta del río Llobregat. Se fueron colmatando aquellas con los limos y las arenas arrastrados, en la actual zona de Sant Boi y El Prat, y terminó formándose una loncha de tierra, una especie de barra litoral, que se alargaba desde las costas de Garraf en dirección al norte, hasta El Prat, y que separaba el mar de un amplio estanque, llamado de la Murtrassa. El delta, en su parte occidental, no es exactamente plano, sino cóncavo, tiene la forma de una enorme bañera, con una barrera que lo delimita: la cadena de arenas y dunas de la playa, que se encuentran más elevadas que las tierras del interior y darían lugar con el tiempo a la actual playa de Castelldefels. Esto explicaría que resulte tan difícil evacuar el agua cuando se produce una inundación.

Frente a las puertas del Castillo de Fels, la primera impresión es determinante. Dos torreones, a sendos lados del arco de medio punto que determina el acceso, aportan un aspecto de decorado cinematográfico que no le hace ningún bien. El tono rojizo de maquillaje terroso añadido, que impregna igualmente los muros perimetrales -existen algunos desconchones que dejan ver la piedra original- completa el desaguisado. Más les hubiese valido dejarlo sin colorear, pero, como en tantos otros monumentos, las restauraciones pretendidamente medievalizantes que sufrieron, alteró para mal su fisonomía.  Fue una restauración historicista a finales del XIX, de la que se conservan los matacanes, la cornisa almenada y una torre angular falsa.

El complejo defensivo se articula en dos cuerpos: la parte este, cuadrada,en torno a un patio, con planta baja, dos pisos y buhardilla, y la parte oeste, cúbica, del XVIII, 1734, resultado de la necesaria ampliación por la proliferación de ataques piratas. Actualmente el castillo es de propiedad municipal.

Doy una vuelta a todo lo largo de la muralla. En el lado meridional del castillo se agolpan multitud de plantas de acanto tapizando el suelo por completo, sus lustrosas y artísticas hojas (recordemos que, según Vitruvio, inspiraron al escultor Calímaco para crear el capitel corintio,  que viene a ser el recubrimiento que dichas hojas hacen a una cesta), de un espeso verdor, florecen elegantes, lo hacen en airosas varas salpicadas de campañillas blancas. Emana de este rincón una mermelada de frescor, una ligera humedad que envuelve y reconforta.

Desciendo por otro lado diferente a del ascenso, por un camino reciente, hormigonado y con barandilla, que salva en sucesivos zig zags el pronunciado desnivel. Voy a toparme, en las faldas de la colina, con la Torre de Can Gomar o Can Claret, o de Can Ballester. En perfecto estado de conservación. Circular, rodeada totalmente en su coronación con un matacán, está unida a una masía colindante de planta rectangular, que es actualmente Casa de la Cultura, por un pequeño puente cubierto.

 Hay que poner en valor -como dicen ahora los políticos a la mínima ocasión- la relevancia de la zona, su importancia portuaria a la hora de acceder a la ciudad de Barcelona. De ahí que defensivamente desde antiguo, además del castillo, la ciudad se encuentre bien pertrechada de torres y torreones. He destacado al principio de la playa, cuando llegué ayer por el sur, la torre Moruna y la de Barona, bien ubicadas sobre escarpes rocosos que las hacen más efectivas. También la de la Plaza de Castillo, junto a él, y la de Can Gomar en la base del cerro que ocupa. Pero habría que nombrar, también en las inmediaciones, todavía dentro de la ciudad, otros torreones, cuadrangulares por tanto -las circulares suelen denominarse a las torres-, importantes e igualmente levantados en el siglo XVI, a saber: el Torreón de Fael o Cal Patxoca, el de Can Valls y el de Can Roca Baix. Así como, en la parte occidental, el de Antoni, el de Can Moliner, el de Climent Savall o Torreón Mediterráneo y el de Gabriel Folcher, adosados a construcciones antiguas o recientes.

Abandonado el núcleo originario, el punto fundacional de la villa, paseo por la población. Atravieso el trazado de la vía del tren y me encuentro enseguida, de camino a la playa, con  la rambla de Mar-i-sol y el estanque de l´Olla del Rey. Existió en la zona, como ya he explicado, una gran profusión de aguas, por debajo del nivel del mar, restos del antiguo y extenso delta del río Llobregat, actualmente canalizado. Ello permitió excavar un Canal Olímpico, de 1.200 x 120 m., con 3,5 de profundidad, y curiosamente de fondo poroso para  intercambio aguas con la capa freática, con motivo de las olimpiadas de Barcelona de 1992, que se encuentra en las inmediaciones. Al hacerlo se descubrió un pecio, una barca medieval de 10 m. de eslora que quedó embarrada en las antiguas lagunas; se extrajo y restauró, está expuesta en el Museo Marítimo de Barcelona. Todo ello da una idea de hasta qué punto se encontraba la zona anegada.      

Salgo a la playa, es amplia, larga y ancha, un considerable arenal algo destartalado, ocupado en parte por una especie de reserva biológica, como ocurre en otras playas que he visto con anterioridad: un trozo acotado con cuerdas donde se busca recuperar especies vegetales autóctonas e ir conformando, más o menos, el aspecto primigenio que una vez, antes del masivo asalto turístico, tuvo.

Recorro esa extensión, una barra costera, en realidad, y llegó a la Playa de Gavá. En adelante, hasta la misma desembocadura canalizada del Llobregat, el panorama permanecerá inmutable: playas, playas y playas, más o menos amplias, pero playas. Una salida natural excelente para los afanes  vacacionales de los barceloneses. Dieciocho kilómetros ininterrumpidos de arena desde el puerto de Castelldefels, en las faldas de la sierrecilla de Los Pinos, hasta el mismo río,  únicamente alterados por algunos brazos de agua residual, rieras, recuerdo de lo que en tiempos fue un tremendo delta. Precisamente ahora alcanzo la riera dels Canyars, en las afueras de Castelldefels.    

Acaba el paseo como tal, enlosado, ajardinado, con bancos para los paseantes, con carril bici, y he de seguir por el arenal. Bajo a la orilla, junto al agua, cerca del oleaje. He de aprovechar, como hago siempre, la parte más compacta de la arena, la pequeña joroba que existe entre el puro arenal removido, de piso bien seco, y la rampita que forma la rompiente de las olas, que esta mañana, a esta hora, resultan todavía talgo tímidas.

Se abre el panorama con la desaparición progresiva de residencias y chalés. La vista puede estirarse a placer, desperezarse, la mirada puede alcanzar puntos lejanos, han ido desaparecido las construcciones, como digo, o, al menos, las pinadas las ocultan. A mi derecha, como siempre, el mismo escenario maternal, el mar, una buena definición del absoluto: de un impecable azul celeste -copia al cielo- que apenas se ondula, que transmite su vibración inmóvil a mi cuerpo, que alivia mi continuado caminar. Encima la cúpula plana, no se aprecia convexidad, de un cielo que blanquea por la intensa luz solar que lo decolora al rebotar sobre el agua y la arena. Podría confeccionarse una bandera de tres colores, de tres franjas horizontales, como hacen algunos países homenajeando su territorio. Azul celeste, pálido, representando al cielo y al mar; amarillo pajizo, a la arena, y verde esperanza, muy vivo, como las copas de los pinos. Tal vez no resultaría muy vistosa, pero sí bien representativa. Yo me haría inmediatamente ciudadano de ese país. En realidad, es la bandera que se puede aplicar a todo el recorrido que vengo haciendo: azul, amarillo y verde.

Estany de la Murtra , un canal de desagüe algo más caudaloso que el anterior.

A pesar de lo temprano de las fechas, mitad de mayo, la bonanza del día  permite e invita a un típico día veraniego de playa. Influye también que es fin de semana, que es una zona vacacional muy poblada y la proximidad con la capital, Barcelona. Hace calor realmente y más en mi caso, sin dejar de caminar. Sin llegar a resultar agobiante, existe un bullicio y una ocupación playera apreciable por parte de los que han venido a relajarse. Aunque no se ven muchos bañistas, florecen las sombrillas a todo lo largo del litoral, las toallas colorean el ambiente, y se desarrollan multitud de actividades propias del playeo. Hasta se han abierto algunos chiringuitos. Playa de las Filipinas y de la Pineda.

Se empieza a notar un zumbido sordo, una vibración en el aire que pronto revela su origen. Aparece por el lado izquierdo, el siniestro claro, nunca mejor dicho. Ha surgido de improviso de entre las redondeadas y verdes copas de los pinos, un avión, un avión de pasajeros, como ave de mal agüero abandonando su nido. Se va elevando enseguida, poderosa, dejando ver su gran tamaño. Viene hacia acá, efectúa un amplio viraje cual águila imperial de acero, un arco que la aproxima, mostrando su metalico vientre, y la conduce, adentrándose en el mar, al encuentro de su ruta, del pasillo aéreo que le corresponde. Me provoca una anacrónica sensación, una especie de intrusismo impropio que no termino de asimilar. Esa poderosa nave, un prodigio de la ingeniería moderna, brotando descomunal en un paisaje natural tan bello rompe con su presencia cualquier asomo de lirismo que uno pudiera albergar en tan apropiado escenario.

He de soportar la repetición de ese ritual (despegue arbóreo, elevación progresiva, escape hacia otros aeropuertos europeos), esa maniobra desmesurada sobre mi cabeza, cada ocho o diez minutos. Intento tomar una buena foto del despegue, de la salida del nido del pajarraco, de su elevación. Aguardo a que su acercamiento la vaya haciendo suficientemente nítida en el visor de mi cámara, pero todo se produce con demasiada celeridad.                                                                     

Llego a la riera de Sant Climent, un destartalada valla de alambre, sobre el puente que la salva, pretende impedir el paso. Surge la silueta de un mirador de madera, una torreta de no demasiada altura que ofrece una buena visual del entorno lacustre. Sigo con mi camino por una despejada playa, solo algunas pisadas recientes y alguna gaviota osan perturbar su alisado piso de arena. Sé que recorro terreno ganado al mar, al río, más propiamente, suelo firme en lo que antes fue una terreno deltaico muy extenso, del que restan apenas algunas lagunas costeras. El estanque de la Reserva Natural Parcial de Remolar-Filipines, lindero con el propio aeropuerto del Prat, hoy aeropuerto Josep Tarradellas, es un buen ejemplo de ello.

Proliferan los estanques (de la Roberta, del Remolar, de la Isla, de la Ricarda, más adelante), debió de suponer un gran reto emplazar todas las instalaciones del aeropuerto en medio de esta zona lacustre, empantanada. Recientemente han habido intentos de ampliarlo a costa de la laguna de La Ricarda, que aunque es una finca particular de 135 hectáreas, está situada en un Parque Parcial Natural. Es una gran laguna rodeada de marismas, juncos y espartina (hierba salada, borraza), con pinos sobre campos de dunas, cobija algunas especies de aves protegidas. De momento, merced a la oposición de grupos ecologistas, no han prosperado.  

Continuo. Paso la playa del Remolar y la playa del Prat, accesibles ambas al público desde la parte norte del aeropuerto. Mi idea es llegar a la misma orillas del río Llobregat, al mirador de su desembocadura, y remontarlo por su margen derecha hacia el interior hasta la población del Prat de Llobregat, final de mi etapa de hoy. Salto una valla, jeringada por numerosos pasos anteriores, llego al borde del río, al otro lado se divisa con claridad el puerto, sus numerosas dependencias: su polígono industrial, la terminal de contenedores, etc. Decido dar marcha atrás.

Cojo, desde la playa, un sendero que, dirigiéndose al interior, acerca al aeropuerto. Atravieso parte de La Ricarda, en un tramo conocido como Estanque de La Isla, por una pasarela debidamente señalizada. Llego a una esquina de la alambrada del aeropuerto donde existe un mirador. Un par de chavales, encaramados a ella, se entretienen haciendo fotos a los aviones que despegan. Sigo bordeándolo, tomo el camino de la Bunyola que atraviesa, en algún tramo, las lagunas. Se han habilitado unas pasarelas de madera sobre ellas. Asombra comprobar cómo se han colocado balizas señalizadoras para el aterrizaje de los aviones fuera de las instalaciones del aeropuerto, en el mismo terreno plagado de juncos y vegetación lacustre que lo circunda, sin, aparentemente, dañarlo.

Llego al mirador de la cola del aeropuerto, su parte posterior, perfectamente habilitado (bancos, una fuente, paneles informativos sobre los diferentes tipos de aviones -curioso, recuerdan otros precedentes que ayudan a identificar a las aves-, etc) para pasar el rato contemplando los despegues de los aviones que, como ya tuve ocasión de comprobar al avistarlos desde la playa, se suceden con una celeridad y una eficacia apabullante.

He de continuar todavía unos cuantos kilómetros, algo más de tres, que, por el calor y el cansancio, se me hacen interminables, hasta el pueblo. Una vez alcanzado, el Prat., prosigo hasta su estación de cercanías que, para más inri, se encuentra en las afueras, al otro lado del mismo. Desde ella tomaré el metro que me acercará a Barcelona donde pernoctaré.

Reparo en la linealidad y arbitrariedad del plano de metro, intenta componer con todas las líneas una especie de arco iris geométrico cuya composición nos resulte atractiva. Y es que, bien pensado, tendemos a creernos todo lo que nos señalan los mapas, pero MIENTEN LOS MAPAS…

sábado 11 de mayo de 2024