
Evito, como siempre, entretenerme en las grandes ciudades o, como es el caso, pernocto únicamente una noche. Solamente las utilizo como comienzo o final de una serie de etapas por la facilidad de llegar a ellas con transporte público. Cabe reseñar, en el día que he pasado en la ciudad condal, el paseo por el Parque de la Ciudadela y, en el centro histórico,el barrio gótico, me he detenido especialmente en la basílica de Santa María del Mar. Le debía una visita, leí cuando salió el magnífico libro de Ildefonso Falcones La Catedral del Mar que novela estupendamente su construcción y la vida cotidiana de una ciudad libre en crecimiento en el medievo. Fue levantada en la primera mitad del siglo XIV, en un lapso de tiempo de apenas 20 años, con las aportaciones pecuniarias y sobre todo con el trabajo de los habitantes de la zona del puerto, estibadores y pobladores de la Ribera; en contraposición a la construcción de la catedral, sufragada por la nobleza, la monarquía y el alto clero. Me asombran sus dimensiones, su robustez y rotundidad, más propias de una catedral que de una basílica. A pesar de los numerosos turistas, que todo lo anegan, paso una buena parte de la mañana deleitándome en su contemplación, evocando aquellos momentos que con tanta veracidad y amenidad describe Falcones.

Esquema de las murallas de la ciudad
También me acerco al centro mismo de la urbe romana, origen de la ciudad, cerca de la plaza de San Jaume. Una piedra, incrustada en el suelo, señala el que fue su primitivo enclave. Aunque hay que apuntar que existió un originario asentamiento ibero, de layetanos, en la montaña de Montjuic, del que no quedan restos, y otro posterior aquí mismo.
Apenas unas pinceladas sobre la historia de la ciudad. Se fundó entre 15-10 a C. como Barcino, en realidad Colonia Iulia Augusta Flaventia Paterna Barcino, alrededor del monte Táber, de escasos 25 m. s n m, desde donde se podía controlar la desembocadura del río Llobregat. Las primeras murallas fueron romanas, levantadas en el siglo IV, con aproximadamente un kilómetro y medio de longitud, cubrían unas 10 hectáreas de territorio, tenían cuatro puertas, de las cuales se conserva solo la puerta Praetoria, hoy de la Bisbe, en la plaza Nova, con dos torres circulares imponentes y un fragmento de acueducto. Así mismo quedan restos del templo de Augusto, situado en la parte central del foro, que también visito.

Hubo un momento en que superó en importancia a Tarraco por su activo desarrollo comercial y económico, favorecido por la exención de impuestos de que gozaba durante los siglos II y III, con un pico de esplendor en el IV, alcanzaría una población que debía oscilar entre las 3500 y 5000 personas. Sus habitantes gozaron de un buen nivel de vida; sin embargo, no hay evidencias de que la ciudad tuviese teatro, anfiteatro ni circo.
Cayó en manos visigodas del rey Ataulfo, en el 415, que casó en 414 con Gala Placidia, hija del emperador Teodosio I, y estableció aquí su corte. La capitalidad le duró apenas unos meses, pues murió asesinado el monarca. Tomada por los musulmanes en el 717-18 de camino hacia tierras francesas. Los Carolingios , tras frenar su avance, hubieron de crear en la región la Marca Hispana, que integraba a varios condados, para salvaguardar su frontera meridional. En el 803, Ludovico Pío, hijo de Carlomagno, la incorpora como Condado de Barcelona, instaurándose algunas décadas después, a finales de ese siglo, una dinastía propia. Reconquistada en 985 por los musulmanes, al no acudir en su ayuda las tropas carolingias, y en 988 recuperada de nuevo por las tropas cristianas, se proclama su independencia. En los siglos sucesivos se le van incorporando otros condados catalanes.
Tras el matrimonio de Ramón Berenguer IV con la hija del rey de Aragón, su hijo Alfonso II sería primer rey de Aragón y conde de Barcelona al tiempo, igual que sus descendientes. Y desde ahí en adelante hasta ahora.
Es preciso apuntar que, a diferencia de lo que ha venido ocurriendo en las etapas precedentes que presentan una concentración de torres defensivas entorno a pueblos puntuales, vinculadas a castillos señoriales; ahora, en la zona del Maresme que recorreré, comarca que se extiende entre Barcelona y Blanes, encontraré una costa muy abaluartada. Se cuentan más de cincuenta torres de los siglos XVI y XVII en dicho tramo, la mayoría de propiedad privada, por tanto inaccesibles para visitantes. Defendían masías y poblaciones no solo de los ataques marítimos de piratas y corsarios, sino también de los bandoleros y asaltantes de caminos, tan frecuentes por entonces. Muchas están anexadas a edificios y casas solariegas, pocas permanecen exentas. Intentaré dar cuenta, como siempre, solo de las colocadas en el litoral y sus proximidades, procurando referenciarlas a su castillo cabecera, caso de tenerlo, o al sistema defensivo que se implantó en la zona.
Debo citar en primer lugar, en la montaña de Montjuic, donde se ubicaba el castillo del Puerto, levantado en 1022, y después la torre del Farell, una atalaya medieval que hacía funciones de faro. Ambas construcciones desaparecieron para levantar otra fortificación en 1640, que se reforzó en 1690, ocupando toda la cima de la montaña. Actualmente existe un conjunto de baluartes que datan de la segunda mitad del XVIII, erigidos y ampliados tras la guerra de Sucesión.
Salgo de Barcelona por su parte norte, dejando a mis espaldas, a unos kilómetros la desembocadura del río Besós que, junto con el Llobregat, que dista unos 15 km. en línea recta, según su trazado actual, delimitaban una llanura donde se situaba la ciudad. Hoy en día esos límites se ha rebasado ampliamente, la urbe se ha extendido absorbiendo los pueblos colindantes. Y hacía esos límites me encamino.
Inicio la etapa, propiamente dicha, en Montgat, una pequeña localidad pasada Badalona, donde se encuentra mi primer objetivo. Desembarcado en su estación de ferrocarril, me dirijo, tosco paseo marítimo de por medio, hacia un prominente cerro, magnífico mirador y vigía, una colina (turó en catalán) ajardinada donde sobresalen, ancladas sobre un pedestal de hormigón, cuatro brocas metálicas de apreciable altura. Tal cual, no exagero, cuatro brocas metálicas oxidadas. ¿Publicidad de una cadena de ferreterías? No, es un monumento conmemorativo del sitio borbónico de Barcelona en 1714 durante la guerra de Sucesión, alude a los derechos perdidos después de la derrota. No se profesa mucho aprecio precisamente hacia esa nueva dinastía reinante. Recordemos el caso -contado en el jalón 37º- de San Carlos de la Rápita, que se ha deshecho de manera un tanto ridícula su patronímico.

En las faldas del turó, se encuentra la torre de Ca n´Alzina. Aunque está rodeada de casitas antiguas, parece que de pescadores, en las que me entretengo un rato, se pueden apreciar perfectamente todos sus detalles (¡solo exteriores, lástima!). Es del XVI, se asociaba a una casa, ya derribada, como muchas otras por aquí. No llega a ser cuadrada completamente, presenta un lado semicircular, el que da a la playa.
Cerca, a unos 300 m al interior, se encuentra la Torre de Ca l´Umbert, también del XVI, dentro de una propiedad particular, no visitable por tanto, con caserón adosado, parece que de reciente factura. Esta sí, completamente cuadrada.
Continuo junto a la vía del tren por una acera que transcurre a lo largo de una estrecha franja de tierra robada al mar. Tan estrecha que se hace necesario contenerlo con grandes pedruscos, como si de un espigón horizontal, sobre la misma playa, se tratara; en vez de los habituales que avanzan en el agua. Le llaman paseo marítimo de Montgat, por llamarle algo, y hasta tiene una pizca de arena habitable, playa de los Toldos, de arena gruesa, basta. Transcurre hasta el puerto deportivo del Masnou, donde lo prominente de su edificación sobresaliendo dibuja una anchura de arenal algo más convincente.

Qué diferente este panorama del que venía observando días pasados: aguas claras, transparentes hasta desaparecer de la vista, hasta dejar de existir; finísima arena en extensas y anchas playas. Amplitud, dispersión, solaz. Recuerdo algún rato, descansando, sentado frente al mar, contemplando su inabarcable extensión, intentando proyectarme dentro del líquido elemento, navegando con la imaginación hacia otros mares, otras aguas, que son la misma.
El mar, los diferentes mares, forman solo uno, dentro de un único y descomunal océano. Sus aguas, constantemente se comunican, trasvasan enormes masas de uno a otro mar, de uno a otro océano (una botella de plástico arrojada al Mediterráneo ha aparecido en Alaska, cuentan los noticieros). Esas inmensas masas de agua se desplazan por todo el planeta movidas por las corrientes marinas que, a mayor o menor profundidad, con diferentes temperaturas y densidades, se deslizan y solapan en un intrincado y desconocido mapa de carreteras, de autopistas líquidas.
Toda esa ingente cantidad de agua es la sangre de nuestro organismo planetario, el vínculo que lo recorre uniendo todas las tierras emergidas. Los océanos bañan los continentes, y no solo su perímetro, sus costas; se adentran en ellos a través de los ríos y arroyos, penetrando como salmones de regreso por esas arterias, venas y capilares, alcanzando todos los rincones de ese organismo. También en forma de nubes, que han formado los mares, derramando vida sobre las tierras en un perpetuo ciclo infalible, vital, necesario. Tanta extensión, tantas regiones y tan diferentes, tantos desiertos y cadenas montañosas, tantos ríos y valles, tantos bosques y llanuras, que rellenan los continentes, se intercomunican, subsisten en estrecho contacto y dependencia, gracias a ello.
La influencia del agua, salada o dulce, nos gobierna, impone su sello a la vida sobre el planeta, a sus pobladores que, además, suponemos, proceden de ella y la necesitan inexcusablemente. Nuestro propio cuerpo contiene un elevado porcentaje.
Me gusta pensar, aún cuando me encuentro tierra adentro, considerar, la agradable evidencia de como el mar nos envuelve, nos contiene, cual tibio líquido amniótico a sus fetos, a esa vida en construcción. Arropa a todo ser vivo esa gran placenta planetaria que, a su vez, se arrebuja en el edredón de la capa atmosférica. 1822

Consideraciones aparte, regresa mi pensamiento a la suela de mis zapatillas, se torna pedestre. Playa de Ocata se llama la que surge después del puerto. Y enseguida, otra vez, más de lo mismo. Apenas un escueto pasillo de terreno junto a la vía férrea durante kilómetros, algo más de tres, hasta llegar a un nuevo puertecito: Marina port Premiá. También puerto deportivo, o sea aparcamiento de barquitas y yatecitos para el paseo del fin de semana o de las vacaciones; emplazamiento robado al mar para situar, junto a los talleres y servicios náuticos correspondientes, algunos restaurantes, alguna terraza chill out, heladerías y, por supuesto, el correspondiente Club Naútico.
Es mediodía, aprieta el calor, mi sombra se guarece bajo mi figura, apenas se atreve a asomarse un poco, a despegarse de ella, como perrillo fiel miedoso. Llevo unos nueve kilómetros apenas. Recalo en Vilassar de Mar, ese es el verbo: recalar. Porque aquí sí, aquí me detengo, saboreo y me dejo empapar, calar, por los aires decadentistas, los sabores antiguos que desprende el centro de la población, las casonas y palacetes de su primitivo casco urbano. Se suceden el la calle Real, ahora carretera N- II, como testigos residuales, antiguallas ostentosas, de lo que fue el veraneo señorial en la villa en otro tiempo, en otro siglo.
Las vacaciones entonces ocupaban todo el verano, constituían un territorio sin fronteras ni condicionantes, un apacible descanso familiar para las aquellos que se lo podían permitir, pero también para el pueblo llano, para las clases menesterosas por el aporte económico y el bullicio que acarreaban. Los niños eran los mayores beneficiarios en aquel paraíso playero, disfrutaban del lento y plácido paso de los días, de tantas horas como contenían, de las variadas aventuras que podían correrse; todo ello bien distinto de las urgencias y sinsabores que aparecen en la edad adulta.

Encuentro un cartelito, en el mismo paseo marítimo, que habla de la desaparecida torre de Can Lledó o Can Rufau o, más recientemente, de María Espartera. Y es que esta familia pagó en 1550 un rescate por la recuperación de sus hijos, secuestrados por piratas sarracenos; lo que les llevaría a levantar después dicha torre en previsión de nuevos altercados. Pasaría a manos de los Rufau. Se conserva únicamente parte de la masía con las dovelas de la puerta y una ventana gótica preciosa.
Existe una una proliferación de torres en el interior desconocida hasta ahora. Por citar algunas: torre y masía de Cal Baster, de Can Pujades, de Can Borbón, de Can Maians, castillo de Vilassar de Mar y castillo de Can Jaumar, torre de Can Veïl, de Can Palauet, etc.
Acostumbrado al comienzo de mi singladura, en Almería y Murcia, pero también en Alicante y Valencia, aunque en menor medida, a su escasez, me asombra ahora descubrir, en los diferentes mapas que manejo, tal número. Se encuentran adosadas a las masías, casi siempre, para facilitar una primera e imprescindible defensa, vinculadas quizá también a los numerosos castillos que, en su mayoría, todavía existen y de los que voy también dando cuenta. Sería imposible visitarlas todas, ¿hasta qué distancia de la costa debería adentrarme?, ¿cuántas etapas precisaría?, ¿cuántos kilómetros recorrería entonces?, demasiados. Nombró algunas, cuando se encuentran próximas a mi trazado costero, pero, incluso así, he de obviar muchas otras. La prontitud con que se produjo la reconquista en esta zona, a pesar frecuentes alternancias de dominador; la riqueza agropecuaria de estos territorios que permitía levantar defensas propias a las familias pudientes; el mayor y más consolidado poblamiento del reino de Aragón y, más en concreto, del condado de Barcelona, que arranca desde época romana; así como el alejamiento de las bases de los piratas mahometanos en el norte de Äfrica, explican esa abundancia.
Si citase, además, las torres de la red de telegrafía óptica, para uso militar, mayormente, -a las que he aludido en otras etapas- esa desmesura derivaría en locura. Por cierto que en Vilassar queda una de ellas, esquinera, entre casas antiguas en la calle Doctor Masriera, bien chula, por cierto, la número 51 del ramal Barcelona-La Junquera. Muy cerca de ella localizo en paseo marítimo la siguiente torre a visitar, la torre d’en Nadal. Pero opto primero por comer, ya va siendo hora. He descubierto aquí cerca, en la misma fachada marítima, una casona. Menos ostentosa y rimbombante que las anteriores, se utiliza como Centro Cívico para reuniones vecinales, cursos y actividades varias; pero en su planta baja y su jardín delantero con terraza se ubica un restaurante. Tiene entrada por la callejuela trasera, que es por donde accedo. Doy cuenta de unas estupendas alcachofas gratinadas -es uno de los preceptos de mi religión: alcachofas siempre que haya- y un pescado. Buena cocinera y platos diferentes, originales, precio ajustado del menú y ambiente tranquilo, ¿qué más puedo pedir? Este pequeño estipendio supone un lujo, que valoro, enmedio de tantas jornadas bocadilleras.

Tras el café es hora de continuar con el trabajo. Me acerco a la placita en la que se encuentra la Torre d’en Nadal, se adosa, como la mayoría, a una casa que, además, permanece habitada. Erigida en 1551 por la familia Sala, fabricante de vidrio soplado, fue comprada después por un arriero mallorquín apellidado Nadal que la dedicó a posada, tiene 12 m. de altura y 5,40 de diámetro en su base y 6 en su cornisa superior, al contrario que la mayoría es más ancha por arriba. Cuenta con dos pisos y una terraza plana muy vistosa. Destaca su matacán entorno a ella y una moldura gótica de una ventana.

Abandono Vilassar, donde me he detenido más tiempo porque lo requería el caso. Tras la playita del Molino, otra vez se reduce el arenal, como en los kilómetros precedentes, hasta la mínima expresión. Se precisan gran cantidad de pedruscos para consolidar la línea del litoral. Un pequeño puente con arcos sobrevuela La Riera de Argentona, ahora seca, para permitir que la atraviese la vía del tren; y otro algo más atrás, para la carretera. Me topo con la recortada y ofensiva silueta de una fábrica humeante, elabora productos químicos para el cuidado del hogar. Está al comienzo de un polígono industrial que llega hasta Mataró. Supone un mal augurio porque aquí comienza un trecho que más parece el camino de ronda de una inmensa cárcel que un sendero costero. Transcurren esos dos kilómetros de piso duro de tierra, que a mi me parecen diez por lo cansado que voy (llevo veinte kilómetros hoy bajo un sol de justicia) entre un muro de ciclópeos peñascos de granito que ocultan totalmente la visión del mar y la vaya carcelaria que evita cruzar la vía ferroviaria. Me recuerda parte del tramo, pasado Sagunto, que trascurre hasta Burriana, jalón 30º.
Acudo a menudo al consuelo de mi cantimplora, agacho la cabeza y me acomodo al ritmo que interpretan mis pisadas sobre la grava -es un truco que utilizo para adormecer mi cansancio en ese estribillo- luego, al cabo de un rato, levanto la cabeza y busco una referencia en la lejanía para ver cuanto he progresado; pero ni aún así, la monotonía y el desarreglo que trasmite el carril lo hacen demasiado arduo.

En esas me encuentro cuando empiezo a escuchar un gruñido agudo, mecánico, lejano, un roce de piezas apenas audible: ñi-ñi-ñi. Se va incrementando a medida que avanzo y viene hacia mi, de frente, un punto negro, una silueta que parece corresponder a la de un caminante. Sí, ahora lo distingo, es un joven vestido de oscuro, resalta sobre el blanquecino polvo que tapiza el suelo. Va acercándose. Observo que su caminar parece algo derrengado, poco natural. Al aproximarse lo comprendo: lleva media pierna ortopédica, lo aprecio perfectamente porque viste pantalón corto. El chirrido que se escucha procede de sus resortes que deben haberse resecado con el calor del día. De echo, se para, poco después de cruzarnos, se sienta en suelo y procede a desmontarla y, supongo, engrasarla.
¡Vaya chasco! Yo, quejándome de fatiga y agotamiento, y ese encuentro ortopédico, como sucede a menudo, me desmonta los esquemas. Me pone los pies en el suelo, nunca mejor dicho. Tal pasó, llegando a Alcossebre, poco antes de Peñíscola, con mi encuentro con Ramón, alias Robocop desde entonces y amigo también desde entonces –consultar jalón 34º.
Estoy llegando a Mataró. He seguido el mismo trazado que dibujaba la primera vía férrea que se construyó en España, la línea que unía Barcelona y Mataró en unos 29 km, inaugurada en octubre de 1848. Todavía permanece en uso. Puedo corroborarlo, de hecho la he llevado al lado todo el día, mi izquierda .
Llego a Mataró con la lengua de fuera, es la capital del Maresme central. Paso junto a su puerto deportivo, otro más. Playa del Varador, centro de Natación Mataró, renombrado por sus hazañas deportivas, su piscina olímpica se sitúa en la misma playa.
No existe más defensa reseñable contra los ataques piratas que algunos restos de sus murallas, un par de lienzos bien conservados: el de los Genoveses y el de Titus. Fueron levantadas entre 1569 y 1600, se prolongó tanto su construcción por la falta de fondos y desacuerdos entre los vecinos por su trazado. Resultaron de mala calidad, piedra pequeña y más arena que cal en la argamasa, demasiado endebles. Contaban con siete puertas y torres, alguna redonda se puede ver todavía.
Playa del Callao, sobre un talud que se alza dos o tres metros después de la arena, existe una zona ajardinada, aunque muy descuidada, árboles y algún banco, elijo uno en sombra sobre el que echarme. He de descansar un rato para reponer fuerzas y poder afrontar los 5 km que me restan. Intento adormiscarme, pero no lo consigo.
Playita estecha para proseguir, estrecha pero playa al fin y al cabo. No se precisan piedras para contener las envestidas del mar entonces. Me cuesta rematar la etapa, finalizar la andada; a los habituales dolores de rodilla se ha sumado hoy uno de cadera, muy molesto. La acumulación de varios días, con alguna etapa larga en exceso, se hace notar, reclama su tributo lesivo.

Al fin aparece Port Balis, en Can Sanç, intuyo que, llegado a él, lógicamente debe haber paso para poder salvar la vía del tren, que transcurre todavía a la orilla de la costa, y llegarse al pueblo: San Andrés de Llavaneres. Y, efectivamente, lo hay. Me dirijo a un alojamiento cercano que he reservado. Se trata del hostal Santa Gemma,un hotelito con encanto, con cierto sabor decadente, antiguo. Me atendió por teléfono una chica, igualmente encantadora, que ahora se presta a hacerme un monumental bocadillo para reponer fuerzas. El hostal posee la suficiente antigüedad como para permitir volar mi imaginación hacia otros tiempos, otro concepto del veraneo familiar, en este caso más económico, popular.
Eludo pernoctar en pueblos grandes, disturban mi sosiego. Por eso he elegido un pueblecito y he acertado de pleno.

lunes 13 de mayo de 2024