Cala de San Pedro – Agua Amarga – Carboneras 20km
Despierto pronto, son las siete, pero bien descansado y repuesto. Levanto la cabeza y contemplo el panorama alrededor: las goteras han calado por completo el suelo de la salita-comedor, observo ahora que solo unas tablas mal unidas encima de las viejas vigas y una malla negra (de esas que se usan en el campo) forman el improvisado techo. Sabré luego al llegar a Carboneras que han caído esta noche 19 litros por metro cuadrado, bastante para lo que se estila por aquí, pero a mí plín, yo dormí en pikolín. Me ofrecen café y algo de comer, antes de despedirnos les pido fotografiarnos en la puerta de la casuta para inmortalizar el momento. Prometo volver pronto y traer una lona buena y grande que tengo en casa, que a buen seguro no estorbará en el tejado, así como un jamón de hembra de mercadona -sin duda más importante- con su correspondiente cuchillo jamonero. Me dice Rafa, en nombre de todos, con absoluta sinceridad, que allí tengo mi casa para cuando quiera.
Me encamino al fondo del valle, alejándome de la playa, en busca de la senda de salida. A media ladera diviso el poblado completo en su conjunto, las diferentes viviendas que han ido improvisando sus ocupantes. Desde casas prefabricadas de madera o tiendas de campaña estables hasta el aprovechamiento de tapias hundidas reparadas y cobertizos de lonas varios. Cualquier opción no permanente sirve, no se permite construir. No en vano a principios de 1995 las autoridades obligaron a desalojar la cala con el pretexto de fumigarla por una plaga de pulgas o por supuestos ataques de los perros azuzados por sus dueños, los jipis residentes, contra los turistas. Verdad o no, el caso es que yo no he apreciado señal de hostilidad ni rechazo durante mi estancia. Sus ocupantes viven y dejan vivir, según parece, procurando reglamentar lo estrictamente necesario.
Una vez que salgo del embudo que supone este valle feraz sin rambla que lo origine (el agua de una balsa que he visto debe manar del subsuelo), pero con seis pequeñas hendiduras que tajan los paredones que lo circundan, puedo apreciar la particularidad de este aislado hondón. Parece un estadio griego para carreras de cuadrigas, un coliseo ovalado, visto desde arriba, poblado por amantes de la vida tranquila, filósofos, modernos eremitas. Una pacífica comunidad de diletantes que no sé si alcanzan a plantearse qué hacer con sus vidas, cuando menos si saben que no hacer: adocenarse. No que no es poco!
Camino por los altos dejando a un lado el mar, siempre a la derecha -voy de sur a norte-, por una precisa senda ondulante que me adentra en parajes bien solitarios. Al cabo de un trecho aparece ante mí: ¡la gloria! Durante unas horas me espera -en realidad no espera a nadie, simplemente está- un placentero transitar por un tapiz herbáceo salpicado de matojos de un verde intenso aflorando sobre amarillentas arenas, el tobogán insinuante que dibuja su relieve antiguo tan erosionado, la alfombra mágica que me traslada por estos parajes de ensueño. No es necesario anhelar otros ni dar con ningún genio de la lámpara para obtenerlos, está aquí, bajo mis asombrados pies, ante mi atónita mirada. He visto secuencias de La Patagonia muy parecidas, extensiones de sábanas africanas, páramos norteños, calares a dos mil metros… en películas y documentales. Basta con un poco de atención, la que conlleva la soledad auténtica , con apartarse de los caminos trillados, con dejarse perder en estos lugares, ocultos a presencias inoportunas.
Entiendo que camino sobre el lomo de un colosal animal echado, una criatura colosal, el espinazo de la tierra; entre la pilosidad vegetal de los espartos reverdecidos transcurre una senda, ahora apenas insinuada por el escaso trasiego que recibe, que me adentra a fondo en estas inmensidades desiertas. Una larga pasarela se prolonga sobre altos cerros enlazados, dejando a un lado el mar oscurecido de profundidad, amurallado de riscos; al otro lado una sucesión de pequeñas elevaciones que se ondulan cosquilleando la mirada hasta donde la vista alcanza, sin asomo de que se vislumbre fábrica humana alguna. No se distinguen vestigios artificiales, construcciones, carreteras, ni siquiera el tendido eléctrico se atreve a contaminar esta visión, no se presentan impedimentos ni estorbos a mi libre conversación con la tierra.
Destacan abajo acantilados y paredones cortados a cincel que no permiten calas reconocibles, aunque algún rastro zigzagueante de andadas alcanzo a adivinar, lo que supone una posibilidad de descenso, una posibilidad de baño. Pero no merece la pena perder tiempo ni energías en ello, mi objetivo es la cala del Plomo que parece ser de la más atractivas que se pueda encontrar, no en vano David Trueba la eligió como localización principal para su película Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013) -que a su vez evoca la película Como gané la guerra de Richard Lester, con Jhon Lennon, rodada en el desierto de Tabernas-.
Ahora que hago memoria, el caso es que me llamó la atención es su momento por inusual, en Las Salinas, una vieja casuta forrada de tablas que comprendo ahora que sirvió de taberna para esa película, precisamente.
Reposo un rato en este arenoso oasis, en esta playa entallada entre paredones arañados por lo que en otros tiempos geológicos supusieron crecidas de un rio incontenible. Reculo hacia el interior y asciendo por un camino que se traza por los recovecos que dejan los cerros amesetados que se elevan junto al mar. Transitando estas solitarias elevaciones alcanzo a ver la chimenea de la fábrica de cemento de Carboneras. Como un faro desmesurado, 214 metros de hormigón, una daga clavada en medio del parque natural anunciando la sinrazón de un progreso mal entendido que avasalla la naturaleza y la degrada, incluso aquí junto a un Parque Natural, el estandarte de su silueta arrojando toneladas de contaminantes. En cada recodo, al alcanzar cada cota, lo vengo divisando (con toda la riqueza que la palabra supone: vislumbrarlo en lontananza y desprecio en ese matiz el papel de divisa, banderola o enseña que supone su significado), rompiendo la reveladora unidad de la perspectiva que componen tierra, cielo y mar, enseñoreándose del horizonte como un clavo oxidado sobre el lomo de un bello animal, un estoque sangrando humo sobre la acaramelada sinuosidad de las montañas.
Desde el comienzo he venido utilizando referencias, hitos que por su altura destacasen sobre la línea del horizonte y me sirvieran para suponer distancias, calcular demoras, entretener fatigas y aminorar mi desánimo. De salida fue la torre de la Iglesia de Las Salinas, en la Almadraba de Monteleva, pude conservar su preciosa silueta hasta la torre de la Vela Blanca; acogiéndome entonces a la tutela de los Dos Frailes, bajos sus capuchones volcánicos escondían sus ojos que me siguieron hasta la torre de Lobos. Desde ahí podía apreciar la inmensa mole de la Mesa de Roldán, tras cuya silueta despunta ahora la chimenea de Carboneras. No sé cual ha de ser la próxima referencia, habré de ascender hasta la torre del Rayo, junto a la playa del Algarrobico o quizá más allá para descubrirla.
Me parece que voy dejando rastros, gotitas de sudor que marcan un camino; soltando migajas de pan aguardando a que algún pájaro se lance a comerlas para borrar ese trazado. A trechos suelto chinitas blanquecinas recogidas en una cala solitaria que descubrí el otro día. Piedrecitas bien pulidas y redondeadas por el oleaje, agradables al tacto, cristalinas, como amables palabras hacia los extraños. Formas suaves y sencillas que resultan atrayentes, comentarios de saludo, de cortesía, de contacto, que abren conversaciones o, al menos, hacen posible un intercambio de pareceres, insinuaciones que invitan a continuar la charla, a adentrarse en una afable tertulia donde escuchar y ser escuchado, donde no quepan discusiones ni litigios, donde nadie pretenda imponer su criterio. Únicamente contar y oír, desgranar detalles, rodear cuestiones supuestamente importantes con asuntos simples, prescindibles, pero a la vez capitales. Diálogos triviales que ganan profundidad, calado, donde se aprecia cómo transcurre la vida sosegándose entre silencios y palabras.
Así, recuerdo comentarios con un camarero en la Isleta del Moro, la charleta con Rafa en la comuna de la cala San Pedro, su retahíla llena de comas y puntos suspensivos que me permitían en cualquier momento intervenir, opinar, preguntar, discrepar, aunque prefería escucharle. Cabían muchas variaciones y ramificaciones porque siempre, invariablemente, volvíamos al hilo principal, que era ninguno o, lo que es lo mismo, nuestra vida, la vida. Hablámos de casi todo pero, a la vez, nada se decía que no supiéramos ya, porque lo que en realidad deseábamos era conversar, hablar sin necesidad de decir.
Me detengo a echar un trago y a consultar unos folletos propagandísticos sobre Agua Amarga, paso previo a la entrada, donde la califican con estas lindezas: encantadora y tranquilla aldea marinera de estrechas y enrevesadas calles salpicadas de artesanía (algunas cerámicas de Níjar y poco más, cueros, menaje del hogar, camisetas xerografiadas que certifican haber estado y demás recuerdos fabricados en serie para consumo de turistas atraídos en serie), encantador enclave su minúscula plaza, ideal para tomar un refrigerio. Obediente me dirijo a pedir un bocadillo a uno de los bares-restaurantes de dicha recoleta –añado yo-plaza. A pesar de ser temprano y no tener clientes se niegan a hacerlo, olímpicamente me despachan hacia las afueras del pueblo, hacia la carretera, al bar La Olla en concreto –me dicen que “alli sí tienen bocadillos”-. Sospecho que en cualquier otro establecimiento de los varios que adornan este encantador enclave me dirán algo parecido, parece que no desperdician trabajo despachando ese tipo de cosas. Debe ser cuestión de categoría, se reservan para el turista que come a la carta y paga con tarjeta. No sé. Después de un rato buscando la referencia doy cuenta en su cómoda terraza ajardinada de un señor bocadillo de sepia fresca con alioli y con su correspondiente cerveza. Tan bueno me ha estado que repito y añado un cortado también. Un día es un día.
Con el estómago agradecido, como es temprano y no me encuentro muy cansado, decido continuar hasta Carboneras, total supone unos pocos kilómetros más. Al poco de separarme de lo construido barrunto que se me acaba el territorio virgen, el predominio de la naturaleza sobre las construcciones. Estoy alcanzando los límites del Parque Natural de Cabo de Gata. Agua Amarga ha sido un preludio de lo que me espera aumentado en Carboneras y desproporcionado en Mojácar. Pero bueno, no está en mi mano cambiarlo, volver el tiempo hacia atrás, habré de indagar rincones en los que disfrutar la pureza y el aislamiento que conservaron casi intactas estas costas hasta hace bien poco, escudriñar huellas de aquellos antiguos modos de vida. Saliendo por la nacional, en las rampas que preludian la Mesa de Roldán, veo ruinas de numerosas instalaciones abandonadas no hace mucho, todo un parque arqueológico de aljibes, depósitos, túneles, pozos y el cargadero de metales (hierro sobre todo) procedente de Lucainena de las Torres. No será el primero ni el último, Águilas posee otro enorme, por ejemplo.

La carretera se empina de sopetón hasta los doscientos metros, hay un desvío en lo alto que conduce a las instalaciones de la Mesa de Roldán: un faro de 1875 y una torre vigía del siglo XVIII construida en planta de pezuña. Lo tomo y avanzo hasta unos cortijos en ruinas, se ven caminos que descienden a algunas calitas diminutas. Pero al cabo de un rato he de desestimar el plan inicial de subir a pico el morro empinado hasta la cumbre de este arrecife coralino de calizas fosilizado. Se haría complicado, demasiado largo, además a estas horas de la tarde el sol aprieta de lo lindo. Me contento con atender a la vista que se domina desde aquí que no es moco de pavo, a comprobar cómo la mesa no es sino la última vertebra de una dorsal de elevaciones que arrancan desde el interior.
Vuelvo a la carretera, por un carril que corre junto a ella alcanzo el aparcamiento municipal habilitado para los usuarios de la playa de los Muertos, extensa y casi virgen, verdadero litoral de Carboneras, preferible al escueto arenal de que dispone el pueblo. Comienzo el descenso por el arcén de la carretera, no hay otra opción, agarrado a los quitamiedos a trechos, dejando al lado un barranco. Nada más terminar la cuesta, coincidiendo con el final del Parque Natural, que se interrumpe aquí para retomarse al final de la playa de El Algarrobico, comienza una enorme recta de varios kilómetros, una desmesurada pasarela industrial sobre la que se suceden diferentes modelos –nada escuálidos precisamente- de macrofábrica: una cementera (Holcim España SA), una refinería de petróleo(FJ Sánchez Sucesores SA), una desaladora de Acuamed, una central térmica (Endesa), seguidas -no podía ser de otra manera- del Tanatorio Municipal; con los correspondientes puertos, tres en total. Más que una bofetada en la mandíbula supone una patada en los…de mi afinado sentido estético.
Por la gran avenida industrial transitan grupos de marineros rusos, estonios, letones o similares -por el aspecto- que desde el pueblo regresan a sus buques, cargados con bolsas de hipermercados a reventar. Fruslerías, cabe suponer, o artículos de primera necesidad como tabaco y alcohol. Me armo de paciencia porque este tramo final junto a la infinita tapia portuaria se me hace eterno. Comienza a chispear, refresca, me dejo arrullar por el tamborileo hipnótico de las gotas en la capucha de mi impermeable. Es una melodía que acompaña mejor que cualquier música, casi tanto como el susurro del vaivén del oleaje.
Atiendo, me concentro en disfrutar ese masaje sonoro que me alivia. Invita a cerrar los ojos y a continuar andando confiado. La acera es ancha y lisa, no ofrece obstáculos, acomoda mis pasos y permite recorrerse sin dificultad, sin poner en ello especial atención. Camino pues tramos a oscuras, decenas de metros –supongo- en línea recta, sin desviarme, sin precisar de la orientación que proporciona la vista, como cuando lo hacía de niño por el orgullo de saber que podía. Ahora es el placer del ciego que siente mejor sin necesidad de ojos. Juego a confiar, a prescindir de vista en favor de interiorizar la sensación de la lluvia, su valioso repiqueteo, su frescor húmedo que todo lo lava. Despierto al final de la avenida, cerca de la Casa del Laberinto, una edificación singular, una alucinación que recrea de manera simplificada y futurista la casa popular mediterránea de paredes blancas, cerrada al exterior, con esquinas redondeadas, terraza y rodeadas de higueras, agaves, palmeras, etc. sobre un fondo rocoso de extraños peñascos cúbicos. La construyó en 1960 André Block en las afueras de Carboneras.
“En Almería, cuando se menciona Carboneras, la gente toca madera y se santigua. Supersticiosamente muchos evitan pronunciar el nombre y hablan del pueblo en perífrasis: Ese puerto que queda entre Garrucha y Aguas Amargas, Ese sitio que no se puede decir y otras frases por el estilo. Como para mantener lo bien fundado de la leyenda, la estampa que ofrecía después del turbión se ajustaba exactamente a la que la imaginación popular le atribuía. La mayoría de las casas estaban cerradas, los habitantes se escurrían por las calles como sombras y el mar embestía contra la playa, negro y enfurecido. (…) Vi una mujer con bocio con un chiquillo panzudo y un muchacho espigado que daba la mano a un ciego. Había cesado de llover y algunos viejos se asomaban a mirar a la puerta de las casuchas.
Contorneando los muros del castillo, me acerqué a ver el mar. La playa estaba desierta y el viento azotaba el casco varado de las traíñas. La costa se alejaba en escorzo hacia los acantilados del faro de Mesaroldán y Playa de los Muertos. En dirección a Garrucha los farallones emergían festoneados de espuma. El pueblo parecía replegado sobre sí mismo, como un caracol dentro de su coraza…”
Coincidencia o azar, llueve también, aunque con mucha menos virulencia, pero el cuadro que observo tiene cierto paralelismo: lo encuentro cerrado casi todo, intemporal, despoblado de turistas. El pueblo sin nombre se me aparece como un pueblo modificado, despersonalizado, recrecido y agrandado hasta escalar las laderas con apartamentos y bungalós. Reina la desmesura y la más abyecta modernidad. Esta mole turística aparece como un lunar cancerígeno en la nítida espalda del Parque Natural, no en vano, el terreno que la rodea no pertenece a su jurisdicción. Intentan aminorar la carga de culpa algunos vestigios antiguos que se conservan disecados como especies extintas y reclamo turístico: un molino de velas antiguo a la entrada del pueblo (que fotografiara ruinoso Goytisolo en su librito y ahora aparece impecable), el castillo de San Andrés, también rehabilitado, que visitaré mañana, y el edificio modernista del ayuntamiento. Todo ello constituye la imprescindible cuota fotográfica de la localidad necesaria para justificar el uso de la cámara a los turistas. Por lo demás, poco más que añadir, si acaso la isla de San Andrés, un peñasco de apenas unas decenas de metros frente al pueblo, muy cerca de la playa, declarado -¡ja!- Minireserva marina.
En la habitación, duchado y repuesto, vuelvo a evócarlo, el tramo entre cala San Pedro y cala del Plomo, no puedo quitármelo del pensamiento. ¿Tan poderosa ha sido la imagen! Anoto en mi libreta: El paisaje que tantas veces anhelas desde la ventana de un tren o a través del parabrisas del coche, el paisaje con el que sueñas y al despertar intentas no perder, lo estoy pisando. Surge mi figura clavada como un estilete, una aguja de acupuntura sobre la cálida piel de la tierra, sobre el lomo del planeta; apenas un alfiler, que más que auscultar o tratarla, recibe su profundo y benéfico tratamiento, su energía. El mismo que nuestros remotos antepasados supieron apreciar en lo profundo de las cavernas (naturales o construidas por ellos con enormes losas) y señalaron con menhires, dólmenes y variadas construcciones megalíticas, con pirámides. Nudos gordianos que marcan el cruce de corrientes subterráneas, de fuerzas telúricas evidentes a su sensibilidad.
Solitario mi contorno en medio de esta paramera agreste, metro ochenta de molicie abandonada, tallo reseco de arbusto retorcido que proyecta la única sombra apreciable en los contornos. No hay árboles, solo matojos que no alcanzan siquiera la altura de mi rodilla, atochas rubias que pilosean como remolinos ariscos en la cabeza de un zagal. La minucia de mi figura caminando entre un rebaño de cerros redondeados que no tapan la panorámica, apenas un insecto a esta escala mayúscula, un parásito ambulante saltando para ocultarse, un grano de tierra volteado por el suelo asomándose a esta prodigiosa balconada que dibuja el relieve y permite anegar la mirada de mar. Muralla que hace de parapeto natural frente a sus débiles acometidas domésticas.
22 de marzo de 2016




