Retranqueo al 4º jalón Reenganche

No hay prisa, no me marco tiempos, etapas precisas ni records en mi ambicioso recorrido. Volver atrás pues, no significa retroceder. Tiempo después de aquel tramo de etapas, cuando regreso para continuarlo donde dejé mi recorrido, camino de Carboneras, decido regresar a la cala de San Pedro, es necesario, no pude ver como hubiera querido el castillo-batería y, precisamente, uno de los motivos que originaron que emprendiera esta Costera fue visitar todas las torres defensivas, baterías y castillos que la puntean. También, si fuera posible, hoy quiero llegarme a algunos parajes y calas interesantes de difícil acceso. Planeo llegar en barca desde Las Negras hasta cala Puente, próxima a cala del Plomo, accesible solo por el agua, para conocer sus acantilados de columnas basálticas y un arco natural que forman. Después desembarcar en cala Chumba y desde ella remontar los paredones que la rodean a modo de grandioso anfiteatro hasta la cúspide, regresando por aquella senda mágica ya conocida, que tan buenos recuerdos me supone, hasta Las Negras. Apenas ocho kilómetros de paseo en total.
Telefoneé a Rafa hace unos días para saber si estaban en la casa de la cala. No me aseguró que hoy fuese por allí, el tiempo ha sido malo y las tormentas de la semana pasada no aconsejaban ir. Me confirma ahora que está en Almería y vendrá el miércoles. Demasiado tarde, me encontraré camino de Mojácar entonces. Intento localizar por teléfono sin éxito a Pablo, El Niño. Al llegar a Las Negras le busco por los barecillos de la playa. Al fin aparece, me disuade de embarcar, sopla levante y es peligroso salir; borreguillos de espuma sobre las olas lo confirman. Bien, habrá que cambiar el plan. Decido pues ir andando a la cala San Pedro por la senda de Ricardillo que no recorrí la otra vez porque este tramo lo hice en barca. Me explica, en confianza, que si quiero quedarme a pasar la noche, puedo usar la casuta de madera que se está construyendo su hermano, junto a la que poseen ellos. Le agradezco, pero no es necesario.
Remonto la cuesta por un carril ancho para vehículos que las lluvias han arañado y zanjado peligrosamente, hasta perder de vista el pueblo. Transcurre por el interior durante unos tres kilómetros hasta un ensanchamiento, a modo de aparcamiento, donde aguardan algunos coches, todoterreno mayormente. Prosigue una senda estrecha que baja agarrándose sin peligro a la pared de los cortados y desemboca en el mismo castillo, en el lado sur de la cala. Se aprecia, por lo oscuro de las aguas, que existe un calado profundo, muy valorado desde antiguo como puerto natural; unido al resguardo de vientos de poniente y de levante y a la excelente calidad del agua de una fuente que mana todo el año, hacían que la posesión de esta plaza resultase vital. Y, por tanto, el interés por dotarla de sólidas defensas estaba más que justificado.
El actual castillo aparece muy deteriorado, por restaurar. Existió primero una estancia para vigilantes a finales del XV, después se levantó una torre almenada de grandes proporciones en buena sillería a finales del XVI (1583), hoy muy roída y agujereada, que sustentaba una guarnición de doce soldados y cuatro cañones, lo que la hacía realmente importante. Fue destruida en parte por un terremoto en 1658, reparada y ampliada antes de acabar el siglo adosándole un baluarte o cuerpo rectangular con troneras para cañones y dependencias para el alojamiento de tropa. Se agranda finalmente en 1773, duplicán- dose el espacio interior con estancias para el alcaide, el capellán y el oficial de tropa, cuartos para la pólvora y los pertrechos de artillería necesarios para ocho o diez cañones.
A pocos pasos, muy cerca, una conducción trae agua magnífica del pozo Ocho Alí -el nombre proviene, ahora lo sé, de un capitán bajá, máximo cargo de la marina otomana, de finales del XVI, Uluc Alí, que precedería en el cargo al afamado y comentado Morato Arraez (Amurath o Murat Reis, según las crónicas)- hasta una fuente que se adorna con unas toscas esculturas de rostros labrados sobre piedras redondas del terreno. Me dirijo a mis antiguos aposentos, la casa de Rafa y compañía, para ver el avance de sus obras y arreglos. Un plástico nuevo aparece habilitando el tejado, han enrasado la terraza delantera de la entrada, cubierta ahora de chinarros blancos y organizado un jardincillo con cuatro pequeñas palmeras y algunos agaves, que dan un aire de chalet estival a su acceso. A un lado aparece la casuta nueva, ya retechada, del hermano de El Niño, aprovechando unos arranques de muro existentes que ha rematado con tablones de madera de encofrar, verdoso y amarillos, con listones verticales que los refuerzan. Tiene toda ella el aspecto de una cabaña prefabricada, comprada expresamente para ese hueco, pero mucho más barata. Un prodigio de aprovechamiento, aunque en alguna obra deben estar lamentando la pérdida, o no, porque lo que sobran ahora son obras paradas.
Como algo de empanada y un poco de queso, bajo a la playa y me echo un rato junto a una barca que me resguarda del aire y me dejo lametear el rostro por la lengüecilla de este sol juguetón. De regreso, unas columnillas basálticas de tierra adentro que se resisten a ser invadidas por la vegetación, ladera arriba, me consuelan de las que no he podido ver junto al mar.
Regreso vigorizado de recuerdos y espacios abiertos, con muchas menos telarañas y tonificado el ánimo. Me dirijo con el coche a Carboneras donde pernoctaré, queda media hora todavía para oscurecer, decido subir a la Mesa de Roldán, cuya cima y estancias no pude ver en su momento. Recuerdo que según la leyenda y el Cronicón de Hauberto, Roldán, hermano del emperador Carlomagno, al navegar estas aguas y ver la gran mole pétrea elevada más de 220 m sobre el nivel del mar le asestó un espadazo que la seccionó dejando una especie de isla con esa particular forma de mesa. Un yunque gigante más bien.
Aparece como una impresionante parapeto, una atalaya natural de grandes proporciones que se alza más de ciento cincuenta metros desde la carretera. En realidad es un arrecife coralino fosilizado formado en el interior de un domo volcánico. Solo puedo compararlo con el asentamiento del castillo de las Peñas de San Pedro, en Albacete, aunque de menores proporciones. Se accede a la cumbre por una carretera asfaltada en buen estado que penetra a la plataforma superior entre dos grandes peñascos. Entenderé después que fue construido para acceder a una cantera de piedra caliza inmensa que ocupa casi por completo el altiplano, sobrepasa los dos cientos metros de diámetro, debió proveer las múltiples construcciones mineras de Agua Amarga y permitió levantar los tres puertos de Carboneras.

A la izquierda, mirando al mar, se sitúa el faro, una construcción de 1863 escueta pero preciosa, con un alcance de 23 millas náuticas. No me resisto a trasladar de la crónica de Francisco Hernández Benzal (Carboneras, Un recorrido por su historia), del capítulo de temporales marítimos y nieblas, un episodio muy destacado por lo inverosímil. Cuenta el farero Simón Fuentes:” Durante toda la noche del 2 de febrero de 1934 los cristales de la linterna que daban a la parte norte han estado cubiertos de nieve y aunque a intervalos y con exposición de la vida hemos procurado baldearla de la cornisa y de los cristales, no deja de haber sido un gran inconveniente para los efectos de los navegantes, por la magnitud del sector que ha estado sin alumbrar”.
A la derecha, el esbelto castillo-batería de tiempos de Carlos III en planta de pezuña de buey levantado en 1776, con la cornisa-parapeto y la techumbre muy estropeadas, en estado interno ruinoso por las voladuras de la cantera (lo cual no es óbice para que aparezca en varios capítulos de la serie Juego de Tronos). Ocupa el lugar de una primera torre vigía mandada levantar a finales del IX por Abd el Rahman II para defender la costa de los ataques vikingos.
Las vistas son tremendas, alcanzo a apreciar casi desdibujados, emergiendo de las últimas brumas del atardecer, los Dos Frailes orando a estas horas su rezo de completas; la Punta de la Polagra con su torre de Lobos encima; los entrantes que corresponden a la cala del Plomo, a Agua Amarga. Al otro lado, hacia el norte, Carboneras a mis pies, la torre de Endesa presidiendo (sus doscientos cuarenta metros la ponen, sin embargo, a mi altura), señalizada con cuatro anillos de luces rojas que la adornan y le confieren el aspecto de un grotesco y minimalista árbol de navidad; la torre del Rayo un poco más allá y tras ella, sobresaliendo un poco entre montañas, asoma de puntillas avergonzada y blanquecina la impertinente mole del hotel Algarrobico sobre fondo de la sierra de Cabrera. Hacia el interior, tras los manchones violáceos de sierrecillas menores oscurecidas, veo insinuarse unas nieves lejanas en las cumbres de Sierra Nevada.
He de ir agenciándome algún hito nuevo, pienso, que me ayude con las distancias y oriente mis próximos recorridos. De momento la torre del Rayo y la Punta del Santo, un poco más allá, al acabar la playa del Algarrobico, bastarán.
27 de diciembre de 2016



