Desayuno, es un decir, un chocolate aguachado y unos churros en una caseta de feria que encuentro en la plaza del ayuntamiento. Aparece en el IDEAL una crónica a doble página sobre la II Ruta Popular a favor de las enfermedades raras. Una veintena de corredores, niños incluidos, recorren a tramos toda la bahía de Almería desde Punta Entinas y El Sabinar, en Almerimar, pasando por Roquetas de Mar, Aguadulce, Almería, El Alquian, Retamar… hasta Cabo de Gata, repartiendo información y folletos para intentar concienciar a la población sobre la necesidad de más recursos para investigar las llamadas enfermedades raras. Donde ellos lo dejan, comencé yo y, podría decirse también, con todo respeto, que a consecuencia de una enfermedad rara: el puro afán de aventura.
Antes de partir visito el castillo de San Andrés de la Carbonera, origen del pueblo a finales del XVI. Anteriores asentamientos arriba, en el Cabezo de la Carbonera, se habían abandonado por las continuas incursiones berberiscas que asaltaban cosechas y apresaban a los moradores para exigir rescates o emplearlos como galeotes. Nos habla Hernández Benzal de un asalto de Ebn el Dohalí (el famoso Ocho Alí de las crónicas) a Cuevas de Almanzora tras el cual sus repobladores atemorizados querían regresar a sus tierras de origen. Felipe II se vio obligado a pagar todos los rescates por no inculpar al marqués de los Vélez, señor de Cuevas de Almanzora, y al de Carpio, señor de Sorbas, y por tener desprotegidos sus estados los dotó con un servicio de seis cabalgadores (atajadores costeros, visitadores) que recorriesen a diario la costa en previsión de nuevos ataques. Aún así la medida resultaba ineficaz y concedió cédula real de construcción en 1583, autorizando al marqués de Carpio a levantar un castillo dotándolo con un capitán de guarnición y, nada menos, que veintisiete soldados que además dispondrían de tierras de labor. Incluía la cédula real la instalación de una gran almadraba de atunes para que la oferta resultase más atractiva. Se acabaron las obras en 1602, entonces se dotó con pobre artillería y solo cuatro soldados que acudían desde Mojácar. Pero parece que fueron suficientes porque no se tienen noticias de saqueos posteriores.
El edificio es imponente si lo hemos de comparar con los vistos anteriormente, sus muros de recia mampostería son altos, tiene sólidos bastiones cilíndricos en tres de sus cuatro esquinas (uno ha desaparecido) y en la cuarta un gran torreón de dos cuerpos con troneras y grandes ventanas enrejadas (posteriores seguramente), todo lo cual le confiere una imagen disuasoria considerable. La puerta de anchas dovelas en la fachada oeste está protegida por un matacán, sobre la que luce el escudo del marqués. Fue restaurado por la Junta Andalucía en 1990 para museo local y oficina de turismo, que hoy día se encuentra fuera, en otro edificio junto al ayuntamiento) y su visita es gratuita. Posee un patio central al que miran todos los habitáculos, con una escalera que permite subir al torreón. Se acondicionó su interior en 2011 y se ha usado como almacén, teatro, establo, cine, etc. Me llaman la atención dependencias del sótano dedicadas a cuadras y almacenes, se ha habilitado una como escueto museo marítimo, con la reconstrucción de un barco antiguo inclusive, su corte transversal en realidad, que permite apreciar la carga de ánforas apiladas en sus bodegas luciendo unas laboriosas incrustaciones de gusanos y pequeñas conchas marinas que le añaden vejez y solera al producto. Todo ello para publicitar, promocionar y ayudar a comercializar tales productos de una empresa, seguramente local, que prepara estos estrambóticos suvenires (cerámicas de fabricación reciente sumergidas el tiempo necesario en el mar para adquirir esa falsa patena arqueológica).
Hay que buscarse la vida y agudizar el ingenio, máxime en los tiempos que corren (recuerdo una noticia sobre vinos submarinos envejecidos bajo el mar), pero las autoridades deberían guardar el respeto necesario a un monumento histórico como este. Seguro que las dos alimañas con un cordero ensangrentado en la boca, que figuran en el escudo del marquesado de Carpio y Sotomayor de la fachada, estarían de acuerdo conmigo. Como sin duda lo estarían también con el grupo municipal integrado por populares e independientes que, por cierto, en pleno municipal mayoritario del día 18 de julio –debió ser coincidencia- de 2014, decidieron recuperar tan antiguo y egregio emblema frente al otro escudo más light ,políticamente correcto, de 1984 que apoyaban socialistas y podemistas, mucho menos cruento, con una barca avanzando de frente, un sol, unas espigas de trigo, un castillo y la isla de San Andrés -en realidad dos islotes pequeños frente a la playa-. La disputa ha llegado a la calle, reclamándose un referéndum:
opción A: nuevo escudo desde 1984, según unos refleja el sentir y la sensibilidad mayoritaria del pueblo carbonereño.
opción B: desde 1602, año en que se terminó de construir el castillo, figura sobre su puerta principal. Escudo del marquesado de Carpio y Sotomayor que se mantuvo aún después de asumir el Ducado de Alba sus posesiones en el XIX.
¡No hay color! A fecha de hoy se desconoce el resultado.

El origen del pueblo lo da la existencia de numerosos bosques de pinos, mayormente, a los que acudían desde los alrededores por sendas y vericuetos los campesinos para apropiarse de madera con la que elaborar el carbón vegetal o carboncillo con cuya venta se ganaban la vida, llegando a exportarse por mar, hasta que lo agotaron. Como me ha ocurrido en otros tramos del recorrido, resulta difícil imaginar estas laderas peladas, estos cerros desnudos de árboles, ocupados ahora por arbustos espinosos, espartos y albardines, poblados por arboledas y manchones de bosques. Resulta difícil concebir otro paisaje que no sea el actual, a pesar de lo que digan las crónicas y noticias de siglos anteriores. La toponimia lo confirma. Me viene a la memoria, a propósito, la Sierra de las Moreras que alcanzaré pronto, los hornos mineros que también me saldrán enseguida a paso, que requerían abundante leña.
He de ponerme ya en marcha. Recorro la playa del Ancón y la de los Roncaores hasta finalizar el pueblo, asciendo por la empinada carretera hasta alcanzar el camino que lleva a la Torre del Rayo, de los rayos porque, a juzgar por la pinta tan deteriorada que he visto en fotografías no muy antiguas, tuvieron que ser varios los que la desmocharon. Tiene figura troncocónica, como casi todas, construida de mampostería y ripio, ha sido restaurada hace poco, en 2012. Mi apreciado Feijoo, en su recurrente libro La ruta de los corsarios, da cuenta de su visita en el 2000, todavía permanecía por reparar. Es de época Nazarí (aunque algunos apuntan que hay constancia incluso de tiempos de Anibal), del XIII o XIV, con añadidos renacentistas como las ménsulas de un matacán corrido; integrada en el sistema defensivo costero del Reino Nazarí de Granada que heredaron y ampliaron los Reyes Católicos. Situada sobre un acantilado tiene 11 m altura y 7,2 m de diámetro, es prácticamente maciza en sus dos terceras partes, con una terraza superior para señales y para situar las piezas de artillería, también como muchas otras, por ejemplo la del Pirulico.
Desde aquí se aprecia en toda su extensión el valle que origina la desembocadura del río Alías, en apariencia casi seco, aunque en realidad es el único curso fluvial en todo el Parque Natural al que se puede considerar permanente, y la playa del Algarrobico. He repasado la secuencia de la película Laurence de Arabia que recrea el pueblo jordano de Áqaba ocupándolo por completo. Más nos valiera que siguiese ahí, aunque fuese a modo de decorado turístico inofensivo, pues la construcción –la intromisión- que ha venido a sustituirlo deja mucho que desear. Todos hemos seguido en los medios de comunicación los desmanes de un desaprensivo constructor, con la connivencia del ayuntamiento de Carboneras y -¡ojo al parche!- la Sala Primera del juzgado de la Junta de Andalucía, para levantar un macro-hotel en esta preciosa playa, dentro de su jurisdicción.
Cronología de los hechos, estado de la cuestión:
El BOJA de la Junta de Andalucía declara no urbanizable la playa del Algarrobillo en diciembre de 1994/ El Consejero de Medio Ambiente de la Junta lo modifica en1997 y la declara urbanizable/ Se inician las obras en 2003/ El juez Jesús Rivera del Juzgado Contencioso Administrativo Nº 2 las paraliza/ La Junta redacta un nuevo Plan Ordenador de Recursos Naturales donde contempla la figura de restauración de bienes inmuebles para usos turísticos (¿) para proseguir con el disparate/ Junio 2012 el Tribunal Superior de la Junta, en sentencia firme, modifica el PORN y la declara no urbanizable/ La empresa propietaria del hotel –Azata Patrimonio S.L.- recurre el PORN/ Marzo del 2014 la sección 3ª del Tribunal Superior de la Junta sea propia del caso y declara el paraje urbanizable adaptando el caso al Plan Urbanístico local/ Green Peace en septiembre del 2016 recurre al Tribunal Superior, que anula tal arbitrariedad por prevaricación de los magistrados/ Noviembre 2016, el gobierno regional cita a la empresa propietaria para negociar la compra del terreno por 2´3 millones de euros –adivina quien los pagaría- y comenzar la demolición –pagadera también, adivina por quién-. No comparece la constructora/ Continuará…
Cuando por la hora, que se acerca al mediodía, debería comenzar a abrirse el día se torna gris como el panorama. Busco un atajo, un túnel de unos cuatrocientos metros que –según me han dicho- se encuentra al final de la playa y comunica, por debajo de la montaña, con una senda que después se bifurca hacia Sopalmo o hacia la cala de la Granatilla. Pregunto a un paseante ocasional que me asegura que comienza montaña arriba donde mi GPS parece querer indicarlo. Otro, este residente cercano, me muestra el tubo de una traída de aguas subterránea junto al mamotreto -el hotel por derruir, quiero decir-, que permite pasarse de pie y lleva hasta Sopalmo, pero la desestimo, por insegura. Además ha llovido mucho estos días y podría venir recrecida.
Así las cosas, una vez acabo la playa, remontando una senda apenas adivinada en el último vallejo, y tras un rato de subida me veo obligado -salvo que desande un buen trecho de mis pasos hasta el hotel- a escalar el primer embudo del día: una empinada y, a ratos peligrosa, rampa que me acerca, por debajo de uno de los puentes que la jalonan, a la nacional AL 5105. Y con ella, pisando asfalto hasta la cumbre, hasta la Punta del Santo. Acaba aquí el término municipal de Carboneras y comienza el de Mojácar, con lo que finaliza la jurisdicción del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, aunque podría continuar perfectamente unos cinco kilómetros más por la costa hasta la playa de Macenas. Ni el relieve, pura Sierra de Gata que se precipita abrupta al mar, ni la escasez de playas y zonas construibles lo desaconsejan, al contrario. Lástima que no se tuviera en cuenta en su momento, pero se podría incrementar ahora -¿por qué no?, nada lo impide- prolongando por el interior de Sopalmo y Agua del Medio hasta Cortijo Grande en plena sierra, en el término de Mojácar. Y a La Rondeña, Los Obreros y Royo Morera en el término municipal de Turre. No entiendo que las divisiones administrativas entorpezcan e impidan la existencia de reservas naturales, máxime cuando lo escarpado y despoblado del terreno lo posibilita y aconseja.
Desciendo varios kilómetros por la carretera hasta las inmediaciones del pueblecito de Sopalmo, atajo monte a través hasta caer a una rambla ancha de piso regular bien alisado, muy encajada, que deja ver enseguida en sus paredes laterales numerosas vetas de vivos colores, consecuencia de la permeabilidad de esa arena molida o harina de falla, que se impregna de minerales y elementos químicos variados. Es la Falla de Caboneras, un corte tectónico que viene desde la Rambla de Morales, en El Charcón, donde comencé mi andadura, y se asocia a la Falla de Palomares, a la de Lorca (sí, la que provocó el terremoto de mayo de 2011) y a otras que llegan hasta Baleares y el norte de Marruecos.
Continúo por la rambla, agradecido el paso a la comodidad y blandura del terreno asombrosamente seco, pues ha absorbido las muchas lluvias de los días anteriores a mi llegada. Desemboco con ella en la playa de la Granatilla. Rememoro la crónica de un suceso acaecido aquí en septiembre de 1550, cuando embarrancó una nave corsaria perseguida por don Bernardino de Mendoza. Sus tripulantes de desparraman por la sierra, salen cuadrillas de toda la provincia en su búsqueda y al cabo de varios días han conseguido apresar a veintinueve piratas en total, que entregan a Mendoza a cambio de la mitad de su precio de mercado como esclavos. Prosigo cala a cala pisando playas escuetas de arenas gruesas y pedruscos, atravesando estancias comunicadas por un pasillo de arena como en un caserón antiguo, olvidado, deshabitado. El mar está picado, rompen las olas con estruendo y festival de espuma en rocas y paredones. Se espesa la grisura del cielo, pero mucho más la del agua que ahora semeja plomo líquido enfriado.
Me paro a descansar y a comer algo en una concavidad, con visera protectora incluida, conocida como la boca del dragón. Justo al lado, detrás, en la pared de la montaña, esculpida por los elementos, aparece representada, perfectamente nítida, la cara de una ballena varada. Me observa con su enorme ojo como lo haría sin recelo a la cámara de un intrépido submarinista.
Aprecio a lo lejos, sobre un promontorio rocoso que se interna como un cabo en el oleaje, la casa Rosa de los Vientos, como una estampa más propia del Rincón de Guadalest. Sé que una vez la alcance, el camino continuará franco el resto de la etapa. ¡Sería estupendo que hubiera acceso costero hasta allí! Pero no, no hay tal suerte, mis expectativas se truncan cuando alcanzo el final de una cala, asciendo su pared lateral y concluyo que es imposible continuar. Tal vez si el mar no estuviera tan movido, tal vez en verano metiéndome en el agua hasta la cintura, podría pasar. Siempre es una lotería por mucho que haya consultado mapas y fotos de satélites, mis ilusiones quieren ver más francas las curvas de nivel que acantilan el terreno sobre el papel de lo que la realidad evidencia.
Toca retroceder y remontar. Segundo embudo pues. Me interno por un valle muy encajado y empinado siguiendo el pasillo que abre una torrentera circunstancial. No obstante, traigo marcada en el GPS una posible senda, muy leve, apenas insinuada, cuyo inicio debe estar por…aquí. Pero no, no aparece. Diablos, ¡toca seguir remontando! La marcha se endurece, además de por la pendiente, por los arbustos que me cierran el paso a tramos y la incomodidad de algunos espinos. Alcanzo con dificultades, tras un buen rato, por fin la cumbre. Aparece abajo, en la otra vertiente, el camino que me retornará de nuevo a orilla del mar. Desciendo hasta él y acomodo, libre de obstáculos y pendientes, el paso. Puedo relajar los muslos y las rodillas doloridas por el sobresfuerzo.
Al cabo de un trecho -desencanto y horror- descubro como confluye una senda que, por la dirección que trae, debe ser el atajo que en su momento no hallé. Bueno, me digo, ¡más se perdió en Cuba!
De nuevo a la orilla del mar, de nuevo el incesante batir del oleaje encrespado y brabucón que finalmente viene a abalanzarse espumoso sobre la arena en un abrazo precipitado. He de acelerar el paso y recuperar tiempo, todavía quedan muchos kilómetros, si quiero finalizar hoy en Garrucha. Playa salvaje de Manacá, playa del Sombrerico, pues efectivamente existe una piedra con esa forma batida por las aguas bajo la Casa de las Flores o del Acantilado. Al frente, como a un kilómetro, se divisa sobre la ladera de una montaña un racimo de puntos de muy diversos colores. El camino me acerca y me muestra cabras negras, blancas, pintas, canelas… que dan sentido al nombre de esta accidentada sierra. Hasta ahora solo podían otorgárselo las dos subiditas anteriores, ¡bien cabr…, por cierto!, que he tenido que acometer.
Arribo enseguida a la Torre del Pirulico, antiguamente llamada del Peñón, más que edificada sobre un peñasco, parece una excrecencia o una prolongación de él, pasaría por un accidente natural. Levantada con piedra del terreno sin labrar, desdentada y roída cuando la vi por primera vez, hace muchos años, hoy restaurada, comunica visualmente con la torre del Rayo. Es una torre vigía maciza de época Nazarí (los últimos siglos de dominación islámica, XII-XIV) con entrada elevada y la particularidad de poseer en su base un hueco abovedado que la atraviesa de parte a parte y permite comunicar su interior con el acantilado y el mar. Había una estancia para carabineros en el cerro de su espalda.
El carril prosigue, abajo en unas de rocas aplanadas batidas por el mar han colocado sus cañas unos pescadores que aguardan relajados a que suenen los cascabeles. No me cabe la menor duda: los mejores rincones de la costa pertenecen a las roulottes (ahora se dice auto-caravanas) y a los pescadores de caña. Apenas a un kilómetro, en una infrecuente llanada que varias ramblas abrieron entre las peñas, se encuentra el Castillo de Macenas. La playa del Bol Mayor, así se llama, era utilizada desde antiguo por su gran calado para embarcar mineral, esparto y hojas de palmito para fabricar escobas. Aparecen en julio ejemplares de azucena de la virgen (Pancratium Maritimum), unas florecillas blancas muy olorosas, en peligro de extinción según reza un cartelito. Conozco otra azucena de mar violeta, también protegida, en la cala del Baño de las Mujeres, en el Parque Natural de Puntas de Calnegre, espero atravesarlo en primavera para disfrutar su fragancia.
La proliferación de desembarcos piratas y la amplitud de la playa aconsejaron levantar en la segunda mitad del XVIII una torre, muy similar a la existente en la Mesa de Roldán, en Villaricos, etc. Edificada en mampostería gruesa de piedra, reforzada con ladrillo en las esquinas y alrededor de los vanos, tiene muros en talud y planta asimétrica en pezuña de buey, esto es, un cuerpo mirando al mar semicircular para la batería artillera y, hacia tierra, una trasera recta con dos semibaluartes troncopiramidales con aspilleras para proteger con fusiles la entrada. En planta baja e intermedia estaban las dependencias necesarias (polvorín, almacenes, repuestos, habitaciones, cocina…) y en la superior la azotea para los cañones delante y parapeto alto para la fusilería detrás. A finales del XIX fue usada como casa cuartel para carabineros y después por la Guardia civil, como tantas otras. Contuvo bien a las hordas berberiscas y a los corsarios holandeses e ingleses, pues no se tiene noticia de asaltos posteriores. Actualmente, en cambio, intenta contener el afán depredador de constructores sin escrúpulos, políticos sin luces y compradores sin gusto, con ciertos apuros porque unas abominables construcciones llegan hasta sus cercanías. Esperemos que no la rebasen esos esqueletos fosilizados de estructuras de edificios por finalizar, parados por prohibición gubernativa o por falta de recursos económicos, nunca se sabe.
Comienza a partir de aquí una senda minera de un par de kilómetros, está en reparación de resultas de la tierra y las piedras caídas en las tormentas recientes. Una cinta de plástico intenta cortar el paso. Continuo unos cientos de metros hasta alcanzar una mini-excavadora, de esas que vemos haciendo zanja en las calles de nuestras ciudades, el operario me permite el paso sin más aclaraciones. Paso la Piedra del Nazareno, en realidad un capirote que se formó al desprenderse un fragmento que por poco liquida a unos mineros que almorzaban un poco más abajo. La senda, que es preciosa, discurre ancha y franca, con buen piso, por la ladera de la sierrecilla, permitía sacar a finales del XIX el mineral de hierro de la Mena de Macenas (unas minas entre Sopalmo y Las Adelfas) hasta la playa para embarcarlo.
Como un anticipado aviso de lo que me espera a continuación, un refresco quizá, nada más acabarla atravieso un pequeño bosquecillo a modo de última bocanada de naturaleza.
Enseguida aparecen sembradas a manojo sin solución de continuidad urbanizaciones mil: Indamar, Ventanicas, El Cantal, La Parata, Pueblo Índalo, Flamingo, Los Ángeles, El Palmeral, etc. Un búnker playero abandonado, avergonzado de sí mismo, pero más por lo que prolifera alrededor, mira por su tronera al mar como despistando. Pollos a l´as, Peluquería Canina, Rent a Car, Pizzería Italiana, Inmobiliaria, Burguer, Comunidades de Propietarios Gestalba, Consulting, Terraza-Gintonería, Cervecería, Venta de Apartamentos, Comidas para llevar, Alquiler de Bicicletas, Tapería, Gestorias, Pollos Asados, Náutica, Especialidad en paellas (comidas y cenas), Barbacoa Argentina, Piso Piloto 24h, Taquería Mexicana, Heladería, Restaurante Hindú, Escuela de Surf, Cafetería con Wifi, Vinoteca…
Cartelería por todos lados, aceras rebosantes de rótulos e indicadores que no dejan ver otra cosa, neones apagados, caligrafías rutilantes, franquicias… La mirada ha de huir necesariamente hacia la playa donde continua avasallándome esa publicidad ofensiva que todo lo contamina y desdibuja, al encuentro de una porción de arena o de azul donde refugiarse. Igual es que ha aumentado en demasía mi susceptibilidad -salvaje como ando por estos andurriales, rangüero- hacia esas muestras de moderna civilización y sociedad de consumo, igual es que ya me voy haciendo mayor (huimos también ahora de decir viejo) o que, simple y llanamente, hemos arrasado -¡y de qué manera!- la sencilla y primitiva belleza que un día, no muy lejano, se pudo contemplar por aquí.
No es que vaya a declamar ahora una oda virgiliana, a lo Walt Witman o H.D. Thoreau, a la descansada vida del que huye del mundanal ruido y sigue la senda de los pocos sabios que en el mundo han sido, no. Pero hay muchas maneras de urbanizar y levantar barriadas, aldeas y pueblos turísticos, muchas formas de enfocar el asunto para atraer turismo y divisas. Es obvio que la que se eligió en los años sesenta y setenta en nuestro país no fue desde luego la mejor (quizá para hacer dinero fácil y rápido, para enriquecer a unos cuantos que tenían los medios y los contactos adecuados sí) y, por lo que vengo observando y desgraciadamente tendré ocasión de comprobar más adelante demasiadas veces, no tiene visos de que los plantamientos hayan cambiado.
Así pues, visto lo visto, opto por tomar un autobús que alivie mi vista, mi ánimo y también -¿por qué no decirlo?- mis maltrechas piernas, en estos últimos y desarrollistas kilómetros.
Anotación para mi querido Feijoo, de nombre Ramiro, al que tengo el gusto de conocer solo por sus obras: se te ha traspapelado el Castillo de Garrucha –es natural entre tantos-, no por ello deja de ser menos admirable tu periplo y el catálogo de fortificaciones que aporta.

El castillo de Jesús Nazareno Paciente, de San Ramón o de las Escobetas, que con tantos nombres cuenta esta batería, se levanta imponente desde 1769 en un pequeño altozano que precede la llegada al pueblo, uno de los pocos clareos que las edificaciones han dejado al despoblado. Recuerdo otros viajes hace quince, veinte años, se mostraban kilómetros y kilómetros de costa hacia Mojácar sin ocupar, solo restan unos cientos de metros hoy en día. De considerables proporciones, con varios cuerpos diferenciados: el delantero en herradura para la artillería pesada, el central rectangular en el que se sitúa la puerta y se adosa al lado derecho una pirámide truncada y al izquierdo un cubo de menor altura. La terraza, como es habitual, se protege con un pretil corrido horadado con saeteras. La impresión general impone, el pueblo comenzó a crecer y a desarrollar sus importantes pesquerías tras su construcción. Fruto de ello fue la creación de un Pósito en 1917, a semejanza de la caja común de los concejos medievales, para asistir a viudas y huérfanos de naufragios, marineros enfermos, etc. El edificio pasa desapercibido, únicamente se aprecia su porche, camuflado por la existencia de una freiduría.
Garrucha cuenta con un importante pasado como puerto de pescadores y comercial, exportador del mármol de Macael desde el XVI, de la sal producida desde Cabo de Gata a Cartagena y del vino andaluz y lorquí que se almacenaban en la Casa de la Sal (derribada para construir el Ayuntamiento).
miércoles 28 de diciembre de 2016






