6º j. Garrucha – San Juan Terreros 26,6 km

          

Al salir por la mañana busco, pasado un Parque Acuático que en esta época permanece cerrado, el Cortijo de la Fábrica del Hambre por la curiosidad de su nombre; pero ya no existe, lo han engullido –nunca mejor dicho- varias urbanizaciones. Recuerdo una aldea, esta sí poblada, que existe en Albacete, cerca de Pozohondo, llamada Campillo del Hambre. Cuentan los viejos que la atravesaba Franco, cosa poco probable porque su carretera es más que secundaria, y alarmado por tal dislate ordenó que le cambiaran el nombre de inmediato al que ahora ostenta: Campillo de la Virgen. ¡Vaya usted a saber! 

Enfilo hacia la línea de costa. Un inmenso playón de casi cinco kilómetros de arena basta y espesa, con escalón pronunciado en la orilla y cuyas aguas cogen profundidad enseguida, poco aptas para un baño plácido o, al menos, no de las mejores, se extiende a uno y otro lado. Recibe el adecuado nombre de El Playazo, va desde la desembocadura del río Antas, al final de Garrucha, hasta la de Almanzora, frente a Palomares. Quizá por eso permitieron el nudismo, debió ser de las primeras en España, esta playa de Vera. 

    Donde terminan las urbanizaciones y los chiringuitos se abren unos descampados despoblados de ladrillo, unas llanadas vacías que a lo lejos hacen promesa de vergeles. Sobresale solitaria y quejosa a piedra vista la silueta de un  molino viejo sin aspas ni techumbre. Destacan algunas plantaciones al otro lado de la carretera y, a este, unas charcas ocasionales han ocupado casi por completo la línea de costa. Un bosque de eucaliptos frondosos y brillantes tapiza el cabo sobresaliente que los materiales arrastrados por el río Almanzora ha ido formado a lo largo milenios. 

     Me viene a la memoria transitando estas prístinas playas y mirando el despejado azul celeste, con un irrefrenable rapto poético, el famoso incidente, del que se cumplen 50 años en unos días, de la caída de la bomba tónica -los críos lo decíamos así- en aguas de Palomares, en realidad fueron cuatro. Evoco las imágenes del NO-DO, tantas y tantas veces repetidas en televisión, del famoso baño de Fraga –emulando a baño de Jesús en el Jordán-, a la sazón ministro de Información y Turismo, con el embajador norteamericano, Angier Biddle Duke -en el papel de Juan el Bautista- en esta playa de Quitapellejos, antes se habían dado otro a 15 km de aquí, en la de Mojácar, que no terminó de despejar las dudas. Mi natural inocencia infantil –tenía seis añitos- se vio seriamente perturbada por la silueta de aquel señor ataviado con un bañador meiba al que sobraban varias tallas (aquellos de cuadritos que llevaban los señores mayores), sonriendo y saludando jovial mientras una legión de sufridos fotógrafos trajeados le perseguían adentrándose en el mar para conseguir la mejor instantánea. No comprendía nada, ¿dónde estaba la bomba, donde sus efectos?, ¿tanto peligro suponía? Aquel símbolo de aspas negras y amarillas de las puertas de las radiografías, que  yo relacionaba con la radiactividad, no me parecía tan letal comparado con la calavera y las tibias cruzadas de las torretas de electricidad o el rayo que alcanza en el pecho a un hombre. ¿Acaso solo se había producido cierto recalentamiento del agua como sus plácidas sonrisas delataban?  

    Nada me hacía sospechar que la radiactividad fuese tan peligrosa y dañina como querían hacer creer algunos elementos opuestos al Régimen, según decían los noticieros, y ¿qué era el Régimen?, ¿tenía algo que ver con la gordura del señor Fraga? Años después entendería parte del asunto al conocer los pormenores. Habían colisionado a 10.000 metros de altitud un avión nodriza procedente de Morón, que trataba de aprovisionarle de combustible, y un bombardero B-52. Se destrozaron y cayeron sus restos, murieron siete tripulantes. Dos bombas resultaron intactas al caer con paracaídas, una en el mar, tardó en recuperarse 80 días gracias a que un pescador -Paco el de la bomba– faenaba cerca y señaló el lugar preciso donde la había visto caer; otra en tierra, cerca de la desembocadura del río. Y las otras dos detonaron su explosivo convencional y se fragmentaron al caer al suelo, una cerca del pueblo y la otra en la sierra. Se formó una nube radiactiva que, dispersada por el viento, afectó a una zona de unas 226 hectáreas de monte, cultivos y zonas urbanas que saturó los instrumentos de medición y, aún en 1980, en algunos puntos era superior a la producida en pruebas atómicas. 

    A pesar de que se retiraron miles de toneladas de tierra contaminada y tomateras (¿?) que se llevaron a EEUU, se calcula que el 15-20 % del plutonio vertido, unos 3 kg, quedó en la zona y es irrecuperable. El 29% de la población de Palomares presenta en su organismo restos de plutonio radiactivo. Nunca se han querido realizar pruebas ni estudios sobre el aumento de tumores o enfermedades derivadas, ni siquiera en EEUU entre los soldados norteamericanos que intervinieron. Simplemente se sigue mirando, hoy como entonces, para otro lado. ¡Igual es que persiste todavía el Régimen, y seguimos algo fuera de peso! Mi cauta inocencia de entonces y mi supuesta e informada madurez de ahora siguen sin entender esta parte. Acelero el paso por si acaso. 

        Por aportar referencias cinematográficas diré que se han realizado dos películas bien distintas sobre el incidente. Una americanada  típica y tópica:Hombres de honor, protagonizada por Robert de Niro, un instructor militar severo y racista, y Cuba Gooding Jr, un cuestionado buceador afroamericano  -como dicen ahora- corajudo de la Armada que interviene en el rescate de la bomba sumergida…y que no duda en salvar a dos marineros al romperse una cadena… y pierde una pierna… y con prótesis ortopédica incluida pretende seguir… y se producen nuevos enfrentamientos con el instructor… y más coraje todavía y… ¡ahí me dormí, lo siento! La otra Cuerpo de élite: Misión Palomares del novel Joaquín Mazón, una comedia cutre-salchichera (mortadeliana dirá algún crítico) a base de sucesivos y previsibles gags,  guión inverosímil –me niego a revelarlo- y elenco de actores cómicos al uso que, sin embargo, resultó la película española más taquillera del 2016. ¡País!     Últimas noticias: el periódico El Mundo de 4 de marzo de 2017  denuncia la postura del gobierno español de aceptar en julio de 2015 la reducción de la cantidad de tierra contaminada por plutonio que debe ser tratada y evacuada a un almacén nuclear por parte del gobierno norteamericano (28.000 metros cúbicos) de los 50.000 acordados en principio en 2010, el ocultamiento de esas negociaciones en el parlamento, y de cualquier información relacionada con la persistencia del vallado de las 20 hectáreas afectadas, así como del peligro que suponen para los 2.000 residentes de Palomares y Villaricos, en verano muchos más. Lo dicho, persistencia del Régimen, obesidad mórbida.

Encuentro pozas, lagunas someras de mar invadiendo las tierras bajas de la desembocadura del río Almanzora, donde el caudal resulta intermitente –un poco más arriba el embalse de Cuevas retiene el caudal- y  a veces se desparrama en charcas pedregosas ribeteadas de eneas, cañas y carrizos, que ocultan patos y ánades variadas, fochas y garcetas, que a estas horas escarban al encuentro de su desayuno. A pesar del cuidado que pongo, mi paso o mi silueta les hacen levantar el vuelo alarmadas.     

   Tras la vegetación del delta aparece la artillada torre de Villaricos, el puerto de pescadores detrás -hay otro deportivo- con el pueblo destacando y la Sierra de la Almagrera de telón de fondo. Fue Villaricos una floreciente colonia fenicia que comerciaba con las tribus bastetanas (bástulos u oretanos les llama Estrabón), romana después, conocida como Baria, delimitaba el final de la provincia Tarraconense y comienzo de la Bética.     Su atractivo como puerto natural en la desembocadura del río Almanzora, su importancia como vía de comunicación hacia el interior, la abundancia de recursos pesqueros y minerales y una vega muy fértil, la convertían en un emplazamiento privilegiado. Por si esto fuera poco, hay que destacar su afamada producción de garum, la demandada salsa romana de uso medicinal, cosmético y, sobre todo, culinario, a la que  atribuían incluso propiedades afrodisiacas. Su etimología indica procedencia del griego garo (caballa). Se elaboraba ya en Mesopotamia, aunque también se quiere ver su origen en una antigua salsa etrusca, y seguirá consumiéndose hasta el siglo XV, bien entrada la Edad Media, la menciona San Isidoro de Sevilla (560-636) en sus Etimologías. Gracias a la obra de Casiano Baso, un griego que vivió a finales del VI y principios del VII, Geopónia o Extractos de Agricultura, sabemos cómo se elaboraba a partir de peces azueles grasos (sardina, boquerón, anchoa, salmonete), a los que se añadían despojos de peces grandes (branquias, intestinos, escamas, en salmuera) y algunas hierbas: hinojo, cilantro, apio, hierbabuena o eneldo. Se dejaba fermentar al sol a unos 40 o 50 grados y macerar, se removía varias veces al día y, finalmente, se filtraba con cestas muy tupidas obteniéndose un líquido apreciadísimo, el liquamen, y un subproducto sólido, el hallec. Sabemos, así mismo, que tenía variantes, se podía mezclar con vino (oenogarum), con vinagre (oxigarum) o con miel.

     Las excavaciones de la ciudad romana de Baelo Claudia, actual Bolonia (Cádiz), muestran una factoría de salazones de pescado y salsa garum, con piletas circulares o cuadradas, situada, por su nauseabundo olor, en las afueras. He tenido ocasión de ver a menudo piletas y piscinas someras, de poco calado, casi superficiales, escavadas a cincel en roquedales costeros, asociadas a conducciones que las comunican. Recuerdo ahora haber visto esos vestigios junto a la batería de Los Escullos, en Los Baños de la Reina en la Torre de la Horada, por ejemplo. Me hacen, no en grandes factorías exportadoras como las de Malacca, Sexi (Almuñecar), Cartago Nova, sino en pensar en pequeñas industrias para el consumo local. Gracias al hallazgo en Pompella de unas ánforas con suficiente contenido, un equipo  multidisciplinar de biólogos, arqueólogos e historiadores liderado por el Departamento de Ingeniería y Tecnología de los Alimentos de la Universidad de Cádiz ha logrado reproducirla, Flor de Garum, y darla a conocer en 2013 en Barcelona con ocasión de un certamen europeo de Innovación Alimentaria,  creando una empresa para comercializarla.    

No pudo ser testigo de tan cuidada elaboración la primitiva torre de Montroy que se levantaría siglos después junto a la factoría, sustituida en el XVIII por latorre de los Moros (muy similar en construcción y planta a la de Macenas, aunque más esbelta) ante la que me encuentro. La puerta y las ventanas con persianas, abiertas posteriormente, así como los cactus y palmeras que la ajardinan, le dan un aspecto de casita campestre muy coqueto que no he visto en otras, quizás porque es Oficina de  Turismo en verano.    

  Comienza a partir de aquí un nuevo capítulo, un paisaje bien distinto a los que llevo vistos hasta ahora. Se alza delante, paralela a la costa, en estos llanos subsiguientes a la Sierra de Gata, la pequeña Sierra de la Almagrera de apenas 8 km de larga -desde Villaricos hasta el Pozo del Esparto-. Simula un felino sesteando sobre el que vemos recortarse sus vértebras. De escasa elevación, su mayor altura, el pico Tenerife, alcanza solo los 367m.; no debe confundirnos,  su riqueza en minerales fue tremenda: hierro, cobre, plomo, cinc y plata. Aparecen en delgados filones bien visibles en la parte occidental, la que mira a tierra; además de calcopirita, galena argentífera, siderita, barita. Dos enclaves concretos, el barranco Jaroso (en 1838 se descubre en él un filón argentífero muy rico) y Las Herrerías, producían estos recursos entre los que sobresalía con diferencia la plata.

Se extrajeron, en algunos filones de casi diez metros de espesor, cientos de miles de toneladas que se exportaban por el puerto de Almería, construido al efecto. Se trajeron ingenieros extranjeros, belgas e ingleses en su mayor parte, para acometer los trabajos mineros y el trazado de  los tendidos ferroviarios necesarios para el transporte. La riqueza que generaron, aunque en manos eclesiásticas y de unas cuantas familias, sirvió para reflotar la economía de la zona que desde el XVI, con la  expulsión de los moriscos, no terminaba de levantar cabeza. Se construyeron importantes mansiones y casas señoriales que todavía subsisten en Cuevas de Almanzora –de encontrarse en la costa otro gallo les cantaría- que le dan un aspecto decimonónico decadente muy pintoresco. Completa el cuadro decimonónico las andanzas del bandolero Pies de Plata, famoso por sus asaltos a los mineros en la sierra.   

  Debería llegarme ahora, por cierto, hasta Cuevas de Almanzora, total solo dista 11km o, ¿por qué no?, hasta Vera distante apenas 7 km de Villaricos, pero también ayer hubiera de haber visitado Mojácar, a 2 km de mi camino. Pero no debo desviarme, he de seguir la ruta trazada. No es propósito de esta crónica, aunque la ocasión lo requiera y haya necesidad de documentar ataques corsarios y monumentos relacionados con ello, encaminarme hacia el interior. Despegarme de la orilla del mar me cuesta y solo cuando es imprescindible porque no existe paso lo hago. No he abarcar tanto, además, no acabaría nunca. Recurriré entonces, cuando sea posible, a la experiencia que guardo de otros viajes anteriores para documentar mi narración. Prosigo pues.

Un abundante patrimonio arqueológico industrial de puentes, túneles, silos, embarcaderos, fundiciones, cargueros, puertos, líneas de ferrocarril, etc. me aguarda a lo largo del recorrido que transcurre básicamente por una carretera y algunos caminos que invitan a descender hacia recónditas y recogidas calas: cala del Invencible, del Peñón Cortado, de Cristal, de las Conchas, etc., tan bonitas como hacen suponer sus nombres. Después de recalar en la mayoría de ellas, aunque por fuerza alguna se me escapa, arribo al Calón, la más poblada y extensa. Me siento a descansar en unas piedras junto a la playa, las mismas en las que una mañana contemplaba -tiempo ha- a una familia francesa, la matriarca en medio del agua sentada en una silla plegable, sacando erizos negros y devorándolos. Los rajaban por la mitad con unas tenazas especiales y con una cucharilla sacaban la escasa y sabrosa carne. Ante mi interés, me dieron a probar.  

   Evoco también antiguos buceos en la catedral, un conjunto de rocas mar adentro atestadas de vida entre fondos arenosos (existen muchas catedrales, es un nombre recurrente de los clubs de buceo para denominar a agrupamientos rocosas por sus formas con torres, agujas, arcos, etc.). Y el día que vimos un impresionante pez luna en superficie mientras regresábamos del buceo. Y la mañana que apareció sobre la arena envuelto en tela de saco un fardo de hachís. Y…, son tantos y tan buenos recuerdos de veraneos pasados. 

     No puedo por menos que pasar al restaurante del hotel que ocupábamos entonces -lo único que permanece abierto- a celebrarlo y a comer algo. Al entrar mi primer vistazo acude directo a la barra, al grifo de cerveza, en cuya base luce el surtido de cervezas que ofrecen: 1906 especial de Estrella de Galicia, Voll Damm doble malta, Alhambra 1925, Cruzcampo Gran Reserva 1904 (más consistente el nombre que su sabor), una Mahou Cinco Estrellas avergonzada y, dejo para el final a modo de santo principal en este maravilloso retablo, la extraña y rutilante presencia de una pequeña botella marrón achatada, con maravillosas letras góticas negras que forman Duvell, nada más y nada menos -¡qué desaforados recuerdos de mi desaforada juventud trae!. Jesús, el amable oficiante que preside tras la barra, me aclara que es numerosa la colonia belga por estos lares, fruto de la antigua presencia de ingenieros de ese país en la industria minera desde el siglo pasado y, por tanto, es habitual que muchos bares de los alrededores se surtan de las cervezas de su predilección. 

    Llegados a este punto, resulta conveniente y necesario puntualizar donde se sitúan mis preferencias en este campo. Suscribo la mayoría de las citadas anteriormente para un tapeo mañanero y añado algunas más de grifo cuya calidad permite incluso que el barman no sea ducho a la hora de sabertirarlas correctamente: Amster Oro, Ambar, Estrella Damm, y la reina actual, la local y sencilla Turia Märzen (es preciso descubrirse al nombrarla). Si he de completar el santoral de este retablo especial podemos añadir para las horas de la tarde algunas embotelladas: Staropramen checa, Trappe, Leffe belga, Budejovicky Budvar y un descubrimiento nacional, excepcional, Ambar Export , hermana de la Voll-Damm doble malta (no es preciso acudir a divinidades extranjeras sobrevaloradas que no mejoran el mercado local). 

    La conversación discurre apacible y sustanciosa, como la merluza que me prepara Gloria. Avanzamos por temas interesantes, vericuetos artísticos (Jesús esculpe mármol y se dedica a vender y colocar esculturas para exteriores, se ha publicado además un par de libros de dibujos, a modo de diarios, que ojeo y compro), comentarios personales, proyectos, sueños. La charla se ramifica sin fin, espumosa y vivaracha salpica y cala y embriaga como siempre que se encuentran personas abiertas, curiosas, vitalistas.  Jesús me recomienda un local en Terreros, el bar de Anni -en realidad se llama Danni, un belga radicado desde hace años, que dispone de un amplio e interesante catálogo de cervezas belgas que a buen seguro me agradará conocer-. Prometo acudir una vez llegue y me instale. 

            — ¿Cómo podría negarme? si he llegado a tu puerta agotado y con sed y tú, Jesús, me diste de beber; tenía hambre y me diste de comer (ha sido Gloria en realidad) -bromeo. Acudiré presto allí en cuanto me sea posible y diré a cuantos quisieran oírme que voy en nombre de Jesús, que él me ha envidado -¡alabado sea dios!-, y comulgaré las veces que sean necesarias -¡loado sea el Señor, aleluya!

Quedamos pues en vernos allí.     Planeaba una siestecilla digestiva en la playa, frente al restaurante -que por cierto se llama Bonanza (me aclara que no alude a la famosa serie de TV, no le importa recibir la rechifla de algunos clientes que, incluso, le entonan la musiquilla) sino al estado de bondad y bienestar que pretende-, pero con tanta conversación se ha echado la tarde encima y he apurarme si no quiero que se me haga de noche. Al salir a la carretera busco un ritmo ligero y cómodo que adormile mi cansancio. Paso cala Panizo, El Portichuelo, va aminorando el empaque de la sierra y comienzo a divisar llanos, los vestigios industriales de minería han desaparecido. El Pozo del Esparto, muy poblado ya, remata las últimas estribaciones montañosas. Hacia el interior aparece la Sierra del Aguilón, tras la que se oculta Pulpí, capital del municipio que comienza ahora y cuenta con apenas una decena de kilómetros de costa. Ante mí se abre una amplia y extensa bahía, que viene a suponer la mitad de ellos, puedo apreciar la distancia que resta. Surge una especie de paseo marítimo continuado que facilita la andada. Han de restar  unos 4 o 5 km a ojo de buen cubero, una hora de marcha a buen ritmo. 

    La amplitud del terreno permite apreciar toda la soleada bahía de Terreros y las tierras bajas que la abren hacia el interior hasta tropezar, hacia poniente, con la sierra del Aguilón y la de Los Pinos -no rebasan los 500 m-, tierras que forman esporádicos humedales cuando bajan avenidas por la Rambla de los Pérez. Pozas, lagunas y marismas constreñidas entre multitud de urbanizaciones recientes y la carretera costera. 

    Llego por fin al final de la etapa pasadas las 6 de la tarde, La Venta de Terreros, un bar-hostal de carretera, el único que permanece abierto en estas fechas, muy digno. Subo a la habitación, me descalzo y descanso sobre la cama de mis magulladuras musculares y mi dolorida espalda (¡maldita mochica, parece cobrar más peso a medida que la jornada avanza!, la castigo en un rincón). Repaso mis anotaciones del día, se relaja y relame mi mente en esas agradables experiencias.  Me sacan del sopor, que no sueño, unos golpes de alguien llamando a la puerta. Es Jesús que viene del Annie´s Bistró en la urbanización Beverly Hills.– Hemos pasado por allí y, como no estabas, decidimos venir a recogerte con el coche.– Una decisión muy sabia y coherente, no estoy para moverme mucho más. Así que emprendemos la marcha, esta vez motorizado, hacia el famoso local de Danni, al que me presenta enseguida Jesús. Departimos agradablemente, nos dejamos aconsejar por su experimentado paladar mientras, una tras otra, nos va ofreciendo sucesivas rubias con el culo fresco de su país, cada vez más contundentes -por así decirlo-, acompañadas de unos taquitos pequeños de queso y un jamoncillo demasiado tierno, rodeados de la chispeante y amigable colonia belga.

     No debo avanzar más detalles pues entraría en pormenores y cuestiones personales que no han de constar en el sumario. Solo apuntaré, para mi descargo, que la noche acabó en la misma Venta, mi lugar de reposo, frente a unas Voll-damm de rigor. Sáquense las conclusiones que se quieran.             

                                                                 Jueves  29 diciembre de 2016