Era de suponer que no madrugaría, a consecuencia de la sesión de degustación cervecera de anoche, aunque tampoco resultó tan contundente como se podría imaginar en un primer momento. Añádase a ello que la etapa de hoy -por necesidades logísticas- es más bien corta, apenas la mitad de lo habitual, me propongo finalizar en Águilas. Desayuno y encargo un bocadillo que servirá para reponer fuerzas a media mañana. Antes de partir salgo a dar una vuelta por los alrededores, quiero investigar la multitud de calas y entalladuras que forman los riscos y morros prominentes en estos cerros de las últimas unidades de la Sierra del Aguilón, que dan lugar al enclave de San Juan de los Terreros Blancos (de nombre siempre más extenso que su poblamiento, hasta hace bien poco). En dirección a poniente, hacia la bahía, mirando lo andado, destaca en primer término el peñasco del Pichirichi, de unas decenas de metros, que actúa como un pequeño promontorio contra la monotonía del arenal playero y provoca que se forme un pequeño y peculiar tómbolo arenoso.
Accedo a la cala del Rincón de los Nidos -que preciosidad de nombre frente a otros bien chapuceros: cala Tranquila, la Mar Rabiosa, Calypso, etc,- y a la de Tía Antonia, famosas por sus cuevas-vivienda, utilizadas como vestuarios antiguamente por los veraneantes de Pulpí, e invisibles hoy al añadiéndoseles habitaciones y fachadas que les dan apariencia de casas exentas de los años sesenta, con volúmenes cúbicos blanqueados y diseño desigual. Encaramadas a las paredes rocosas, con sus barandillas de tubos oxidadas, sus tapias de ladrillos formando mosaico, sus arbolitos y enredaderas floridas, añaden cortas escalerillas de cemento y piedras para acceder al agua. Sigue cala Panizo –otra, además de la de sierra Almagrera-, una escueta escollera la protege y retiene arena suficiente para una playita escueta, familiar, para disfrute de unos cuantos vecinos que la prefieren entre las muchas que hay para elegir.

Comienzan los prodigios escultóricos de la madre naturaleza sobre los paredones de margas y areniscas blancas y amarillas que encontramos a continuación. Roídas por el salitre, la humedad y los vientos cargados de proyectiles de arena, se aprecian encajes de bolillos y aguja de gancho, erosión alveolar, coliflores de piedra más dura a modo de capiteles vegetales sobre prominentes columnas de arena. Culminará esta exposición escultórica a cielo abierto en las grandes setas y demás formas caprichosas de la Ciudad Encantada de Bolnuevo, en Mazarrón, que están por llegar.
A trechos aparecen tramos de moqueta amarilla, arena compactada, rocosa, que permiten andar descalzo, se escalonan como un pedestal elevado sobre el oleaje. Prosigue el litoral en accidentes de sonoros nombres que evocan gestas pasadas que desconozco: cala del Invencible, cala La Italiana, dobla el terreno hacia levante en el morro en la Punta del Cañón, parece haber disparado, enfrente a una media milla marina, la Isla de Terreros. Un poco más adelante no puedo proseguir costeando. He de recular, salir a la carretera y llegarme hasta una rotonda donde destaca el taller de cerámica-café-bar-tienda de suvenir La Sombrilla, de peculiar apariencia decorado a base de mosaicos, para acceder por la calle Bailén y la calle Linares hasta la subida al castillo. Es necesario subir una empinada cuesta asfaltada, se puede acceder en coche también, para llegar a ese privilegiado otero.
Aunque en 1579 existía ya en este enclave una torre defensiva muy similar a la de Águilas, eso no fue obstáculo para que en junio de 1656 unos cincuenta turcos desembarcaran y campasen a sus anchas, secuestrando a cuanta gente encontraron a su paso (incluidos dos lucrativos dominicos). Como contrapartida podemos comentar el anterior embarrancamiento, a consecuencia de la persecución de las galeras de Juan de Mendoza, de una galeota de corsarios en 1555; venía de capturar en Cope a un muchacho y dos cristianos viejos. Desembarca su tripulación y se dan a la fuga, unos ochenta moros en total, huyen hacia donde buenamente pueden. Se corre la voz por la comarca y salen numerosas partidas en su busca. Al cabo de unos días logran atrapar a la mayoría y venderlos como esclavos para remos.
Aquella torre dio paso al castillo-batería edificado en 1764, reinando Carlos III, como reza una inscripción sobre su portada, es decir, después del de Águilas. A pesar de que el equívoco rótulo del horario indica está abierto a esta hora, no es así, alberga el Centro de Interpretación del Litoral Andaluz, y tengo que contentarme con verlo desde fuera. Puedo constatar que se encuentra en muy buen estado, aunque el revoque de cemento rosado tenga grandes desconchones, que posee foso y puerta levadiza, muros en talud con múltiples aspilleras y garitones en las esquinas. Es una pena no poder acceder a su patio de armas, tiene dos niveles y arcada en el segundo piso, aljibe, etc. He de contentarme con fotos. Tampoco puedo asistir en una sala del castillo a la proyección del audiovisual sobre una geoda gigante de 8 m de larga, la segunda más grande del mundo; es un hueco en una gran roca realmente, ubicada en el interior de una mina de hierro y plomo en el Pilar de Jaravía, con cristales de yeso transparentes de hasta 2 m., en la que caben hasta diez personas.

Debajo del castillo, prácticamente a tiro de piedra, se encuentra Isla Negra, de origen volcánico, con unos cuantos peñascos entorno aflorando. Junto con la Isla de Terreros, fueron declaradas en 2001 Monumentos Naturales y ZEPA (Zona de Especial Protección de Aves). Veo los acantilados que continúan la costa, llamados de Honduras, están protegidos como Lugar de Interés Geológico. Además las sierras del entorno gozan de protección jurídica como LIC (Lugar de Interés Comunitario). Los fondos submarinos a lo largo de unos 50 km se han catalogado como ZEIP (Zona de Especial Importancia para el Mediterráneo) ¡Será por protección! Recelo de tanta denominación de origen ostentosa, sospecho de la palabrería barata de los políticos siempre -cuanto más ampulosa, más recelo me produce-, enmascaran sus peores intenciones con los términos más rimbombantes y melodramáticos para luego, a la hora de la verdad, endosar un macro-proyecto constructivo disfrazado de inversión muchimillonaria,con futuros puestos de trabajo por millares, empleos indirectos, y bla, bla, bla… Sería más simple, rápido y eficaz -pienso- solicitar la declaración de Parque Natural, y punto. La totalidad de la Sierra de la Almagrera lo merece también, se podría reconvertir en un Parque Arqueológico Minero (como pretendían hacer en Mazarrón con una de sus últimas minas en uso) y, por supuesto, la franja costera y sus inmediaciones del tramo entre San Juan de Terreros y Calarreona, con sus ricos fondos marinos incluidos. Eso sería lo lógico y natural, además son zonas difícilmente construibles y rodeadas ya de suficientes plazas hoteleras y vacacionales. Pero en este país lo natural es excepcional y las aberraciones se convierten en moneda corriente, desgraciadamente.
Bien, de vuelta a la andada, oteando como aplicado vigía desde el castillo, allende montes y paredones esparcidos a capricho por la naturaleza contra la línea de costa, considero la búsqueda de nuevos hitos, nuevas referencias visuales necesarias para negociar mi fatiga y estirar la mirada, que precisa desperezarse de vez en cuando. En primer término observo los morros de lasCuatro Calas; luego, casi al alcance de la mano, no por su proximidad sino por lo inmenso que parece, cabo Cope simula la silueta de un dinosaurio echado, quizá dormido, con el espinazo sobresaliendo, apetece acariciarlo o, al menos, ascenderlo y transitar su espina dorsal. La punta de La Azohía se adivina más allá cerrando el golfo de Mazarrón y con suerte si el día está despejado, no es el caso, se alcanzaría a divisar cabo Tiñoso e, incluso, cabo de Palos.
Desciendo campo a través el cerro del castillo y tomo una prometedora senda sobre los acantilados, zigzaguea sinuosa rodeando cerrillos, túmulos y resaltes cuando nos es posible rebasarlos por el lado del mar, ascendiendo y descendiendo según dicta el relieve, rehúsa desprenderse -como yo- del alcance de la brisa costera. Resalta su blancor en este campo abierto con ausencia de construcciones. Atrás arenas blancas y morros calizos, a la izquierda blanquean aldeas y pueblos dispersos entre llanadas, a la derecha la mar abierta, inabarcable, el dominio de la naturaleza, una larga ensenada que culmina en la cala de los Taray. Ante tanta maravilla solo cabe pararse y admirar, asombrarse ante el prodigio sencillo y contundente de estos espacios inmaculados, incontaminados; este matrimonio de elementos tan dispares y antagónicos y, a la vez, tan bien avenido; empequeñecerse ante el escueto, pero apabullante, espectáculo que supone su contemplación.
Hemos olvidado que la naturaleza habla. Creemos que actúa, que es más bien activa, pero en realidad dice, cuenta, conversa con cualquiera que quiera oírla. Los animales lo saben muy bien, lo aprenden desde pequeños, desde que empiezan a moverse, a explorar el entorno. Resulta fundamental para ellos, vital. La naturaleza utiliza diferentes idiomas y dialectos. La lluvia, el viento, las tormentas, la brisa, el granizo, la nieve, la arena deslizándose por las dunas, las conchas de la playa castañeteando, las piedras que quiebra el hielo, el zumbido de la calima del sol del estío, el chicharreo requemado de las rocas, el estruendo del volcán, del tornado… son solo algunos ejemplos evidentes, unos cuantos. Está permanentemente diciendo, susurrando, comentando, hasta cuando aparenta la más completa calma, cuando aparece desnuda de vegetación o accidentes, de actividad animal.
Asomado al balcón que me ofrece la senda, transitando esta calle casi líquida que se agarra a las pendientes de los cerros sobre los cortados, en esta avenida inabarcable que se alfombra de prodigiosos reflejos y me ofrece el diáfano espectáculo de los claros fondos marinos como si no hubiese agua, disfrutando la evidencia de ese vergel de posidonias ondeando con un supuesto viento submarino. Me siento sobre uno de los muchos promontorios que encuentro a mi paso para solazarme en la contemplación, para considerar la aparente fragilidad de esa vida y lo sencillo que resulta destruirla. Miro esa garganta marina, esa oquedad inabarcable, tan diferente de la aridez terrestre, observo las sucesivas profundidades que se adivinan, fijo la mirada, la calibro para escudriñar, me concentro en atender el gorjeo de burbujas que suben del fondo, el aparente movimiento de lo que deben ser peces u otras criaturas que se atreven a salir de las sombras, de las rocas. Descubro entre reflejos y ondas la melodía de vaivenes que a esta temprana hora se percibe nítida, el arrullo espumoso, casi imperceptible, de las olas que derrotan ahí abajo con un ritmo cansino. Escucho e intento descifrar ese dialecto acuático, esa jerga particular que las aguas inventan sobre las rocas, una comunicación mística entre el agua y la tierra que solo ellas entienden.
Ahíto, asombrado y expectante ante tanto prodigio, tras un periodo de tiempo que percibo indeterminado, pero que resulta absolutamente pleno, asumo que he de retomar la marcha. Después de un rato caminando desciendo ya a cuestiones más terrenales y circunstanciales. Me paro a considerar, por ejemplo, que discurro por un tramo del GR (sendero de Gran Recorrido) 92 (costero mediterráneo). Recuerdo que antes de ayer recorría el PR 96-A, sendero de Pequeño Recorrido, en concreto la Senda de la Menga, incluido en este GR 92 que va, nada más y nada menos, que desde Tarifa, en Cádiz, a Portbou, en la frontera con Francia. Suma está antigua calzada romana, que coincide en muchos tramos con la Vía Augusta, unos 1525 km aproximadamente, a falta de añadirle el tramo granadino y el gaditano. En Cataluña recorre 580 km desde Port-Bou hasta Uldecona (Tarragona), en la Comunidad Valenciana 425 desde Traiguera en Vinaroz hasta el Pilar de la Horadada, en la Murciana 180 desde San Pedro del Pinatar hasta las Cuatro Calas -que estoy a punto de alcanzar hoy-, además del trozo de costa almeriense que llevo andado desde que inicié esta aventura en San Miguel de Cabo de Gata hasta el final de la provincia en San Juan de Terreros, unos 124 km. En total suponen unos 1309 kilómetros de recorrido, de los que restarían entonces unos 1159, según mis cálculos, para llegar a PortBou (en principio mi objetivo era de cabo a cabo, de Gata a Creus, pero por 25 míseros kilómetros finalizo en Portbou, ¡faltaría más!). Hay una página informativa de internet sobre el GR 92 que va señalando la distancia restante y al clicar sobre Águilas, que es desde donde hago el supuesto, me informa de que me faltan 1075 km, una diferencia con la anterior nada despreciable de 84 km, lo que supone unos tres o cuatro días más de caminata. Veré de cuadrar las cifras aunque, por el momento, queda tanto que casi no merece la pena.
Pensemos que la Ruta Jacobea, que ya he recorrido desde Roncesvalles a Santiago, tiene unos 780 km. Sería pues como hacerla un par de veces, 1560 km, o algo menos (250 km menos) o, lo que es lo mismo, ida y vuelta (por cierto, que últimamente aparecen a lo largo de ella dibujos de espirales que vienen a significar eso, que se hace el recorrido de ida y vuelta). La ida supone treinta etapas, un mes de recorrido; entonces estaríamos hablando de entre cincuenta y sesenta etapas, casi dos meses, llevando un promedio de algo más de 20 km diarios, caso de que lo pudiese hacer de manera continuada, cosa que, por cuestiones laborales, desgraciadamente no es posible.
Todas estas consideraciones vienen a resultar, más que un choque con la realidad, un topetazo, un ostión -con perdón-. No para mí, ¿quién dijo miedo?, no he de dejarme vencer por el desaliento ni la flojera momentánea, no he de poner mi atención en el total a recorrer, serían conjeturas vanas, sino en el día a día, en cada etapa y la siguiente. He de acortar la mirada y ajustarla a cada paso, cada trecho, cada jornada -también en esto-, a objetivos inmediatos, próximos. Además por tiempo no ha de ser, estoy -lo estaba al comenzar esta aventura- dispuesto a dedicarle el necesario y a hacerlo sin precipitación, disfrutando al máximo del recorrido. No tengo ninguna prisa porque no es mi intención llegar antes, establecer un récord, sino disfrutar jornada a jornada, tramo a tramo, cada minuto de cada hora.
Este solitario paraje, tan nítido y preciso, tan despejado de vegetación y obstáculos, virgen y despoblado de injerencias innecesarias, de intromisiones artificiales o impertinencias antiestéticas, me reconcilia con la vida plena, me reafirma en el objetivo que me he propuesto, sujetándome al terreno, haciéndome participe de él, considerando más el ser en él que transcurrirlo. Gozo al máximo de la paz cotidiana, corriente, que desprenden de estos cerrillos; del alivio menudo de los matojos verdeando apenas; de ese cloquear continuo del agua repiqueteando bajo mis pies, que -de otro modo- parecerían desperdiciarse. De la tonificante visión del agua clara, tan etérea, que refresca esta mi soledad acompañada. Gozo cada paso y cada vistazo. Transito fácil, camino por inercia, me dejo ir en las pisadas ligeras que apenas restriegan la tierra, armonizado en la cadencia de un baile sencillo, acompasado a una melodía que solo yo soy capaz de escuchar, un vals quizá. Danzo a través de esta sucesión de salas palaciegas de baile, enlosadas con brillantes mármoles de colores, tapizadas de sedas y terciopelos, de cortinajes y maderas nobles en el mobiliario, de iridiscentes vidrios tallados y selecta pedrería. Impresionantes y lujosas dependencias de arena y roca, de tierras y barros de cien colores, de palmeras y algarrobos, de albardines y espartos, de espuma y olaje, de nácar y guijarros…
Mis expectativas, por lo general demasiado exigentes, y mi ánimo, en exceso crítico, se tornan complacidos, fáciles de conformar, acallados por la sinceridad circundante, la contundente evidencia de la vida en su plenitud más escueta, la naturaleza tan próxima a su estadio primario, en su pura y dura osamenta. Parajes de una preciosidad deshabitada con la carretera, sin embargo, muy cerca, a tiro de piedra, como sucedía en la Sierra de la Almagrera, pero no sobre elevada, sino al mismo nivel ahora, aunque el paso de los escasos vehículos que comparecen no produce ninguna sensación de intrusión. Toda esta zona podría, debería, conformar un Parque Natural, con la protección jurídica correspondiente que lo preservara para generaciones futuras, no deberíamos contar con la posibilidad de estropearlo, como venimos haciendo la mayoría de las veces.
Playa del Taray tapizada de piedra en algunos tramos con lo que parece arena fosilizada, montoncitos petrificados del fondo del mar. Destaca junto a la carretera lo que parece una casona vacacional de otro tiempo, el cortijo del Taray, también conocido como La Casa de los Ingleses, junto a la desembocadura de una rambla poblada de árboles y arbustos, encharcada de lagunas por las recientes y copiosas lluvias. Es una mansión colonial, un palacete de llamativa arquitectura construido sobre un inmenso aljibe existente por unos empresarios ingleses a principios del siglo XX, durante la explotación de las minas del Pilar de Jaravía.

Playa de las Palmeras, territorio de auto caravanas, paredes rocosas de gredas amarillas fuertemente erosionadas. Restos de edificios en ruinas de lo que fue una fábrica de esparto cerca de cala Cerrada, donde comienza el Parque Natural de las Cuatro Calas. Se la conoce también por cala de los Cocedores, la primera, porque a principios del XX había allí un cocedor natural de esparto, una perfecta herradura entre dos morros pétreos con huellas excavadas de toda la infraestructura necesaria para las tareas de preparación del esparto, muelle, rampa para dar acceso a carros y caballerías, cuevas con dependencias para los esparteros y los marineros. En el mar subsisten balsicas, corrales de aguas someras delimitados por piedras gordas. En esos cercados se dejaba cocer en el agua salada el esparto durante unos cuarenta días, llegando a alcanzar en verano fácilmente los cuarenta grados, era un cocimiento a fuego lento para dotarle de la flexibilidad necesaria para trabajarlo. Esta técnica se conoce desde época cartaginense.
A la izquierda, en el morro pétreo que separa la siguiente cala, la playa de los ingleses o de la Carolina, que es la segunda, aparecen unas formaciones geológicas espectaculares, un acantilado color ceniza contiene incrustadas enormes rocas que quedaron atrapadas en una descomunal erupción volcánica, hace millones de años. Sigue Cala de la Higuerica, la tercera. En el trayecto numerosas garcetas bueyeras aparecen de vez en cuando escudriñando su almuerzo en las charcas, también se afanan las pardelas cenicientas, desprevenidos cangrejos se escabullen a mi paso, adivino laboriosos salmonetes tragando y filtrando arena en los fondos arenosos, me sobrevuelan algunas gaviotas argénteas. Y esa es toda la bendita compañía que encuentro.
Calarreona es la cuarta u última, la más amplia, aunque podríamos añadir alguna más a continuación, como ocurría al principio, en la propuesta de ampliación del Parque Natural: la playa del Cocón o de Matalentisco. Existe en ella desde hace muchos años un conocido albergue de juventud que creo sigue en uso. Prosigo mi apacible paseo y de improviso salta la sorpresa ahí delante, en ese recodo de la costa que se abre en otra pequeña cala, a un lado, en esas pozas de los cocederos, esos corrales artificiales de pedruscos alineados. Una zancuda de color beis, marroncito, de algo menos de un metro de alto, unos 80 cm corrobora mi libro de zoología, buscando animalejos acuáticos, pececillos, moluscos, cangrejos. Debe ser una garza imperial (Ardea purpúrea), pues suelen habitar en el sur de la península y en la costa mediterránea entre carrizales y juncos de lagos o lagunas -los hay muy cerca de aquí, en el interior-. Si fuese de un color más ceniciento, grisáceo, y algo más alta, sería una garza real (Ardea cinérea), que, sin embargo, anida en árboles elevados, coníferas o frondosas -escasas por aquí- y prefiere las riveras de los ríos (Tajo, Duero, las marismas del Guadalquivir, etc.). En todo caso una garza perdida buscándose la vida, un ave que no ha emigrado a tiempo, que ha abandonado la gregaria vida de la colonia o se ha perdido. Un plumífero solitario, aunque no aislado, como yo.
viernes 30 de diciembre de 2017






