Águilas, como ciudad, es hija de la Ilustración, fue fundada en 1785 por Carlos III a requerimiento del Conde de Aranda que expone al rey veinte años antes la necesidad de, dado su óptimo emplazamiento, dar salida a las riquezas mineras, agrícolas y ganaderas de la comarca. Hemos de tener en cuenta que en siglos anteriores, desde Cartagena a Almería no existía poblado alguno, salvo Mojácar, al que se pudiese denominar así, tal era el grado de despoblamiento, y Águilas solo constituía una pequeña aldea de pescadores. Había existido cierto poblamiento en el morro pétreo, sobre el que muchos siglos después se asentaría el castillo, desde el Eneolítico hasta época romana, y en época musulmana un castillo, un hisn. Se levantó 1579 una torre, denominada de San Juan, dependiente del Concejo de Lorca, muy parecida a la de cabo Cope, para proteger su almadraba, según el proyecto de refuerzo del litoral de Vespasiano Gonzaga para Felipe II. Sería dañada por un terremoto en 1596 y es destruida en 1643 por los ataques de los piratas berberiscos, ordenando el rey su reconstrucción. El actual castillo, el castillo de las Águilas de San Andrés, impresiona tanto como su nombre, destaca en la lejanía sobre un escarpado roquedo que, visto desde abajo resulta más inaccesible. Se erige en 1759 durante el reinado de Carlos III según proyecto del ingeniero Sebastián Ferignan que yuxtapone tres cuerpos. El fuerte de San Juan, a poniente, es el mejor conservado, tiene forma semicircular con un baluarte en cada extremo y varios garitones, además de un foso. Se articula en torno a un patio con aljibe al que dan seis estancias para alojamiento de la tropa y el comandante, cocina, almacén de artillería y pólvora. Se le añaden bóvedas-sótano con posterioridad para guardar provisiones.
Al este se levanta la batería de San Pedro para cubrir el puerto de levante, el más importante. En su trazado irregular, para adaptarse al terreno, se aprecian tres estancias, una explanada para la batería y una salida -nunca finalizada- que pretendía llegar al pie del acantilado. Un corredor con parapetos, pretiles para fusileros y dos fortines, el de San José y el de San Felipe, une ambos cuerpos y completa la fortificación de la cima del roquedo. Se aprecian desde aquí las tres grandes playas de la ciudad como tres conchas sucesivas, de sur a norte: la de poniente con el puerto deportivo primeramente, hasta el peñón del Roncaor, bajo el castillo; la playa de las Delicias hasta el pico de la Aguilica, con el puerto comercial y el club náutico y la de levante con el embarcadero de El Hornillo en la bahía del mismo nombre. La Isla de Fraile a continuación.
Hace tiempo una conocida me aseguró que el Águilas Club de Futbol era el equipo más antiguo del país, por delante del Recreativo de Huelva que siempre ha presumido de ser el decano del balón pie, ya que existe ininterrumpidamente desde el 23 de diciembre de 1889. Me acerco alMuseo del Futbol local, en realidad apenas un par de habitaciones atestadas de recuerdos, a comprobarlo. El Sporting Club Aguileño se fundó en 1896 a partir del novedoso deporte que realizaban durante los días de descanso los mineros, ingenieros y marineros ingleses de los barcos que cargaban el hierro en el puerto.
Una vez solventado el equívoco, inicio la marcha. Comienzo este tercer tramo de mi singladura desde el Puerto del Hornillo, su silueta supone una intromisión en mitad de la playa, aparece como una visión impresionante, aunque artificial no llega a parecerme horrible. Fue una verdadera proeza constructiva para su época, uno de los pocos ejemplos de ingeniería del hierro que quedan de finales del XIX en España, fue construido para cargar el mineral de hierro extraído de las sierras almerienses de Bacanes y Serón con destino a Glasgow. Se otorgó la concesión de su construcción a la sociedad The Hornillo Company Limited en 1899, inaugurándose en agosto de 1903 con la carga del vapor inglés Greatland. El muelle está formado por grandes bloques de piedra que sustentan una estructura metálica de tres filas de 37 columnas de acero cada una, entrelazadas con tres tirantas en sentido horizontal y vertical, lo que supone 117 columnas en total de 10,4 m de altura y da una línea de atraque de 168 m. Por su plataforma superior, a 12m sobre el nivel del mar, discurrían tres vías que procedían de la estación de Águilas, distante algo más de un kilómetro, atravesando cuatro túneles. El mineral de hierro partía, en un principio, con destino a Glasgow; más tarde para ENSIDESA, a Avilés y Sagunto.
Algo camuflada al final de la calle Juan Goytisolo, parte una senda que me acerca, por un tortuoso sube y baja que pone a prueba el dominio de mi vértigo, a las inmediaciones de la Isla del Fraile. Llegado a playa Amarilla leo la crónica de un abordaje frente a ella, enoctubre de 1774, de una barca cargada de esparto por parte de una nave corsaria que, a su vez, varios jabeques cartageneros pretenden capturar sin éxito. Hay noticia también, por esas fechas, de un ataque en Calabardina que consigue llevarse una saetía (barco de tres palos y una sola cubierta) procedente de América cargada de riquezas y una barca de carbón, por lo que se supone que pudieron ser los mismos piratas. En su extremo, mirando a la isla del Fraile que dista apenas 150 metros de agua, se aprecian los restos cúbicos labrados en la piedra que delatan la evidencia de una cantera, posiblemente romana.
La isla alberga una de las mayores colonias de gaviota común de Europa y acoge también águilas perdiceras, halcones peregrinos y de Leonor, alcatraces, cormoranes y gaviotas reidoras. Posee dos manantiales, por lo que no es extraño divisar restos de poblamiento, construcciones muy deterioradas que nos hablan de factorías de garum muy apreciado. Un reciente proyecto constructivo, abortado en su mayor parte cuando explotóla burbuja inmobiliaria, amenazaba con ocupar toda la cara de poniente, que no es poco. Aun así existen cenizas de aquel fuego buscando hacia el interior, entre la carretera y la costa, dos urbanizaciones y un campo de golf abandonado.
Discurre una sendita a modo de balconada sin barandilla, como agraciada paralela sobre la línea de costa, mostrando espectaculares rincones en lo que no se haría difícil pasar el día, tramos que algunas construcciones ilegales y algún chalet en avanzadilla intentan interrumpir. Recuerda la senda de Menga, cerca de Mojacar, o el trozo virginal desde cala de San Pedro a la cala del Plomo, por ejemplo, y tantos otros. Si valoro lo visto hasta ahora y enfrento lo construido con lo respetado, u obviado por escarpado, el saldo resulta positivo; quedan todavía, afortunadamente, muchos tramos de costa casi intactos que han escapado a la codicia constructiva, a la insensibilidad de políticos de pacotilla e, incluso -lástima da decirlo-, de sus propios pobladores. Así pues desabrocho mis sentidos, me desprendo de esa ropa ajustada que suponen las pequeñas ataduras diarias que congestionan y encorsetan, para abrirme a propuestas diferentes. Mi sombra, juguetona y ligera, como un cachorro retenido en casa demasiados días, se resiste a seguirme de buen grado, no obedece mis requerimientos, se demora entretenida, saltarina, como esa lagartija nerviosa que veo escapar. Me yergo, me estiro hacia arriba, pongo mi ánimo de puntillas, lo levanto por encima de su altura habitual, la del observador ciudadano distante y despegado que acostumbro ser. Se agudizan en mí las cualidades del animal atento, expectante, al que nada parece escapar.
Tengo ocasión de disfrutar de una primavera rutilante, inhabitual, desconocida desde hace temporadas, explosiva en su contundencia como la traca de una boda, aparatosa de colores y formas en cuanto unos palmos de terreno dejan que aflore la enorme potencia vegetal. Las lluvias invernales fueron, como siempre, muy dispersas y alocadas, pero copiosas. Los veneros de las ramblas limpiaron de trastillajes y broza los cauces, acometieron contra las invasoras construcciones y las vallas inoportunas. El subsuelo y los arenales tragaron el excedente que no absorbió la tierra, aún quedan vivaces pozas que el calor del estío irá mermando. Aparecieron lagunas en los estuarios de los ríos, pequeños deltas encharcados, que ahora bullen de vida alada. Se lavaron riscos y pedregales, se enjabonaron los arbustos, asentó el polvo en los caminos, aún conservan petrificadas en el barro las marcas de rodadas y las huellas de ocasionales caminantes (precisamente, acoplo mis pasos a unas como si de una ruta abierta en la espesa nieve se tratara y me dejo ir).
Revientan de alegría las cunetas con florecillas menudas y vivarachas. Su tamaño hace pensar más bien en miniaturas para aplastar entre las hojas de un librito de poesía o en cuadros de composiciones secas, que en auténticos vegetales; se debe a la endémica escasez de sustento que sufren, lo que ha ido haciendo que se adapten a esas condiciones y recorten su porte. Solo algunos árboles resistentes, apiñados al final de las ramblas, se atreven a proponer bosquecillos frescos de sombras suculentas, como los tarays, las palmeras, o a presentarse solitarios, esporádicos, como mástiles orgullosos: algarrobos, algunos pinos, un eucalipto casual, alguna palmera real. Amarillean albaidas por todos lados, margaritas marinas y mimosas, también las flores del arto, que se adelantan a la cornicabra produciendo ese plumón blanquecino característico. El violáceo cantueso levanta sus orejas de liebre atenta a los abejorros. El romero blanco añora la elegancia y el aroma de la flor del azahar o del jazmín. La albahaca, que crece a ojos vista, espolvorea el aire de fragancia; el hinojo lo endulza.




En el trayecto diviso piscifactorías con jaulas circulares, criaderos de doradas o lubinas -mucho más fiables, ¡donde va a parar!, que la panga vietnamita que se anda comercializando-, me consuela pensar que parte de esta belleza que me rodea va con ellas hasta mi plato cuando las saboreo.
La senda me desvía hacia unos cuantos chalets sombreados de mimosas y taráis, a la puerta de uno han colocado un cartel: SOLO DEJA TU HUELLA. Un guiño a los orígenes del senderismo, es el lema de uno de los primeros grupos, el Sierra Club de Los Angeles vinculado al Parque Natural de Yosemite y la Sierra Nevada, constituido a finales del XIX.
Alcanzo Cala del Arroz, Montemar, playa de la Cola y, enseguida, Calabardina con su playa espectacular al abrigo de los vientos de levante y lebeche gracias al cocón de cabo Cope. Allí hubo una importantísima almadraba de atunes hasta el XVIII, la más importante del Mediterráneo según carta enviada por un visitador a Felipe II, que desgraciadamente hoy no existe.
Cope aparece como un dinosaurio dormido, en palabras del gran periodista de La Verdad de Murcia (tenía también edición de Alicante y de Albacete) José María Galiana que con sus reportajes tanto ha contribuido a divulgar la muy variada geografía murciana, su historia, su geología, su botánica, etc. y tanto me ha llenado la cabeza de lugares insólitos y deslumbrantes, muchos de los cuales pretendo recorrer.
Descarto la subida al cabo aunque tengo trazado el recorrido, apenas 4,5 km, me retrasaría mucho. Me gustaría encontrar sabinas negras, que todavía subsisten, buscar en su cara sur la cueva con varias salas habitada desde el Neolítico y Eneolítico, hasta el tercer milenio a C., que fue abandonada por la progresiva subida del nivel del mar. ¡En fin, otra vez será!
Cabo de Cope, el cocón, supone un imponente mazacote pétreo cuyo nombre, de origen ibero según parece, alude al término cabeza, cosa prominente; se formó en el jurásico y alcanza un altura máxima de 249 m. Desde cerca tiene otra entidad, una presencia imponente, como le ocurre a la Mesa de Roldán, la isla del Fraile y tantos otros resaltes. Sus dimensiones les hacen destacar en el paisaje y divisarse en lontananza, actúan como indicadores para marineros y, en este caso, para caminantes. Una vez en su base, debajo de estos paredones, sobrecoge el roquedal descomunal que supone, se aparece como una sierra con crestas escarpadas sucesivas, desnudas de vegetación como las cumbres alpinas. Resulta un mundo propio, vislumbro llanadas, praderas herbáceas hacia poniente, y hacia levante -lo veía cuando venía a bucear desde la barca- grandes paredones caen a pico sobre el agua con sobrecogedores acantilados. Atravieso la fiera echada, sesteante, sobre lo que vendría a ser la rabadilla, asciendo apenas esas vértebras que inician su cola tierra adentro y alcanzo a ver, imponente, impresionante en su grandeza, la amplia ensenada de Marina Cope, formada por el Parque Natural de Cope y Puntas de Calnegre. La Cuesta de Gos precipita hacia el mar el terreno en un valle abierto de considerable anchura, limitado únicamente al norte por el cortinaje montañoso del Lomo de Bas, cuyas crestas bien perfiladas, entre las que sobresale el Picacho de la Yegua Blanca (642 m.), descienden escalonadas hasta despeñarse en el agua en la Punta del Ciscar. Necesariamente acude a mi memoria la pesadilla de un Proyecto constructivo descomunal, mayor que lo que supondría el Hotel Algarrobico, mucho mayor, que afectaría -nunca mejor dicho, en su peor acepción- a estos bellos parajes. Dejo los detalles de tan oneroso asunto, no procede enturbiar las halagüeñas perspectivas que me deparan los siguientes kilómetros con semejantes dislates. Aguardan unas buenas tres horas de paradisiacas visiones con sucesión de playitas, calas, dunas fósiles, ramblas arenosas que abren playas en abanico, roquedos, islotes… enhebradas como cuentas en un valioso collar, nácar y jade, rubíes y topacios, ópalos y diamantes. Se suceden como palacios deshabitados, residencias nobiliarias, castillos, jardines del edén, a cual más hermoso. No es preciso realizar el tour de los castillos del Loira para atragantarse de tanta belleza, ni mucho menos. Nombres profundamente evocadores en mi recuerdo de tierra adentro, que ahora, al pasar, iré actualizando: cala del Sombrerico -otra-, punta del Charco, playa del Rafal, Piedras Negras, rambla Elena, playa del Pozo o Pocico del Animal, de los Abejorros, la Chapa de los Pájaros o de la Galera -una plancha pétrea que les permitiría anidar, supongo-, playa Larga, cala Blanca o del Garrobillo, playa de los Hierros, punta del Barco Perdido, punta del Ciscar. Basta el sonido de sus sílabas, recordar esa musicalidad, para destilar la melodía susurrante que perfuma de gozo y nostalgia cualquier espíritu sensible que las haya visto una sola vez.
Arranco en las planchas pétreas, roquedales sobre los que se asienta laTorre de Cope, en la playa de la Ensenada, bajo la sombra del mismo cabo. Un castillo casi por sus proporciones y porque se le anexa un revellín de murallas de 5 m. de altura (hoy apenas metro y medio) y más de uno de grosor, con dos baluartes circulares a los lados, en el que se aprecian estancias, parapetos, aljibes. Supone la torre un mazacote pétreo (realmente lo es en parte porque es maciza hasta su mitad) irregular hexagonal, con puerta en altura en el primer piso, en el segundo existen almacenes y acceso a la terraza, donde estaba el alojamiento de los torreros y el cobertizo para los pertrechos de artillería. En 1530 el concejo de Lorca levanta sus primeros muros, que no se completarían hasta 1573. Recibe ataques enseguida en 1577 y en 1578 su alcaide, Ponce de León, ha de guarecerse, junto con otros 35 hombres, entre sus muros y recibir aprovisionamiento de Lorca (media arroba de pólvora, mechas, bolas de plomo y dos fanegas de pan cocido de trigo y otras dos de cebada pagaderas, que no estaba la cosa para estipendios). Pero sería en 1582, el 12 de mayo, cuando culmina un asalto de cinco galeras árabes, precedido por el bombardeo desde el amanecer hasta el atardecer, que apresan al único defensor, el alcaide Juan Degrez (había enviado a su único soldado a Lorca en busca de refuerzos), que antes se lleva por delante a tres moros y hiere a una docena. Arrasan el castillo y prosiguen su campaña de asaltos hacia Águilas. Hacia 1600 acaece otro asalto similar y es que la costa permanece despoblada y desguarnecida habitualmente, las naves sarracenas campan a sus anchas, realizan aguadas cuando desean y mantienen un control casi absoluto de ella.
En ese sentido, la fortaleza de Cope fue de gran importancia para el concejo lorquí, incluso más que la de Águilas, para proteger a los pescadores y guardar la importante almadraba. Ha sido reconstruida no hace mucho (tengo una foto que la muestra desmochada y muy roída en su base, desnuda de sillares muestra sus interior de mampostería). Busco restos de su afamada fuente, los pocicos de Chovalí u Ocho Alí, mismo nombre que la existente en la cala de San Pedro, denominadas así en honor del capitán bajá, máxima autoridad, de la república corsaria de Argel, pero prácticamente están secos. Enfrente, algo más arriba, en la ladera, sobre la ensenada de la Fuente, precisamente, se levanta una ermita del siglo XVIII donde se veneraba al Cristo de Cope.
Ha transcurrido una hora y media, más o menos, de agradable paseo, sin apenas accidentes en el terreno, cuando diviso al final de playa Larga o de la Galera, la silueta de la abandonada hacienda de la Casa de la Morena y del cuartel, en la desembocadura de la rambla del Garrobillo, que delatan la presencia de Cala Blanca. Es la cala entre las calas, la más bonita entre las mejores. No me canso de contemplarla desde arriba, accedo a las casas cuevas excavadas en sus paredones que guarecían en tiempo de cosecha a los recolectores de esparto, tienen ventanucos, pasadizos que las comunican, escaleras y chimeneas, incluso. Tapizada de chinarros que las avenidas del torrente trajeron, clarean sus aguas purísimas en los fondos de esta herradura natural, amarilla de gredas, que parece un colosal anfiteatro romano, con paredones a modo de visera llenos de nidos de vencejos, palomas, cuervos.
Y después, de un tirón, es tarde, el Parque Natural de Puntas de Calnegre. Desde el polvorín del Ciscar puedo continuar por peñascos costeros hasta cala Honda, o cala del Muerto, espectacular y aislada, adentrarme por la rambla que la originó, sorteado la mucha vegetación que la recubre, con adelfas arbóreas, hasta llegar al camino que que lleva junto a la desmochada, casi derruida, Casa Torija y desemboca en la cala del Siscar, la más grande del parque, descansan sobre su arena algunas barquitas de pesca. Por repechos polvorientos que los coches a arenado asciendo cerros, desciendo cuestas, hasta la coqueta y recóndita cala del Baño de las Mujeres, una preciosidad de concha que, por cierto, posee azucenas de mar -violetas esta vez- que no han florecido. Cala de Calnegre, la última o la primera según se mire si vienes de la aldea, 200 m. de fina arena con poca profundidad y agua templada, mejor para el baño que la playa del poblado, de chinarros y bolos al principio.
Tras la ducha y la merienda-cena, ordenando mis ideas y mis apuntes, reflexiono sobre la excepcional jornada que he podido disfrutar hoy. De fondo, se oyen las noticias de televisión, hablan de concesiones de bandera azul a cinco nuevas playas, entre ellas citan la de Calnegre, aparecen unas imágenes. Mi primer pensamiento es que un tesoro como ese, casi particular, se hace público; una playa escondida, inmaculada, de uso prácticamente restringido a las gentes de los pueblos cercanos, Alhama, Totana, Mazarrón, y algún que otro forastero como yo, se desvela para conocimiento de todos. Debería alegrarme, pero dudo, me asalta el temor de que se desvirtúe, de que su belleza primitiva y la claridad de sus aguas, se alteren. Por otra parte, dice mi lado racional (no el emocional), comprendo que todo el mundo tiene derecho a saber de su existencia. ¿Acaso este mismo blog que elaboro y publico no supone también la revelación de parajes desconocidos y ocultos para la mayoría? Me consuelo considerando que forma parte de un Parque Natural, que no se puede construir en él y que la infraestructura de alojamientos cercana es mínima, lo que propiciará visitas y recorridos de un solo día. Además son muchos los lugares similares en los 10 km. de costa con que el ayuntamiento de Lorca ha sido agraciado.
Si hay algo realmente esperanzador, que estoy confirmando cada día en mi ruta costera, es el hecho de que no se puede perder la esperanza de encontrar, mucho más a menudo de lo que supuse inicialmente, rincones debelleza natural prácticamente intactos, la estampa que tanto abundaba antes de finales de los cincuenta y sesenta, espacios libres de la presencia invasora que un desarrollismo urgente e improvisado, exagerado y mal entendido, produjo y sigue produciendo. Tal sorpresa ocurre, como digo, más a menudo de lo que se pudiera esperar. No siempre el camino es cómodo y accesible, pero, hasta en las zonas más críticas del litoral, las más amenazadas y expuestas al afán depredativo de constructores y hoteleros, las que mayor número de visitantes reciben y aglutinan mayor número de plazas hoteleras y residenciales, se puede encontrar uno con rincones que merecen la pena, que permiten saborear lo que una vez fueron, no hace tanto, regiones enteras.
Junto a tanto edificio desproporcionado, tantos bloques de apartamentos apiñados, al costado de tantas urbanizaciones invasoras, entre los pueblos más nombrados por su completa dedicación al turismo, a continuación de tantas playas asaltadas, masificadas y degradadas, persisten estos oasis de paz: territorios deshabitados, sierras inhóspitas, pinares olvidados, bosquecillos de tarays, montes agrestes, intricados y profundos barrancos, deltas impenetrables cerrados por cañas y eneas, marismas pantanosas que las lluvias agrandan, antiguas albuferas casi desaparecidas, riveras feraces en riachuelos olvidados, pozas que apiñan la vida entorno, arenales que dibujan campos de dunas, escondrijos donde aún se escabullen alimañas y especies vegetales en peligro de extinción, isletas junto a la costa donde anidan las aves, parajes primigenios ocultos -en definitiva- libres de construcciones abusivas, del asalto despiadado del dinero rápido. Son puntos concretos donde puedes tropezarte con animales salvajes, vegetales que te ofrecerán los mismos colores y olores de siempre, y –esto es lo emocionante- no necesariamente se ubican dentro de los Parques Naturales y las zonas de reservas catalogadas.

8 de abril de 2017








