Se abre una amplia llanada desde la aldea de Calnegre, Los Curas y Ramonete, una marina de 7 u 8 km de frente costero, algo más chica que la Marina Cope, que se extiende hasta el valle de Morata, presidida desde el interior por el Cabezo del Asno. Es la Marina de Ifré, apreciada desde antiguo por sus numerosas fuentes que le permitían producir abundantes cosechas de garbanzos, trigo, cebada, lino, frutas y hortalizas según cuenta Abelardo Merino en Geografía Histórica de la provincia de Murcia.
He de comenzar la crónica de esta etapa de la misma manera que lo hice ne la anterior, haciendo referencia a su riqueza minera y a los muchos vestigios que voy hallando relacionados con ello. Una vez recorrida la playa de Parazuelos, tras dejar atrás las casicas de Los Cloques (un cloque es un palo para enganchar los atunes de la almadraba) y la Casa Azul, residencia de la actriz murciana Margarita Lozano, en el mismo final de la playa, junto a unos bolos de piedra, recuerdo haber visto, casi enterrados por la arena, unos raíles oxidados que después arrancarían para vender como chatarra. El resurgir minero de la zona se dio en el XIX a consecuencia de las Guerras Carlistas, que obstaculizaron la extracción del hierro en Vizcaya, los empresarios mineros tuvieron que aprovisionarse en el sudeste español donde se hallaron nuevos filones. Desde 1874 se comenzó a extraer un mineral de excelente calidad, la compañía The Morata Railway en 1888 construyó los 15 km. de vía férrea que comunicaban la mina La Positiva, de ese pueblo, con la cala del Muerto donde se embarcaba en vapores.
Se pueden apreciar trincheras cortando los montes hasta la misma orilla del mar en el Morro de Percheles, los muros para clasificar el mineral y otras construcciones. Hasta allí llegarían las vagonetas que sustituyeron a las carretas de bueyes y mulas, empleadas para cargar las barcazas que lo transportaban hasta los barcos anclados en la cala del Muerto, de bastante calado.
La sierra de la Almenara, palabra de origen árabe que alude a un fuego encendido sobre una atalaya, un alto (y, en efecto, tal cosa se hacía en la cima delTalayón, de 879 m., su mayor cumbre) se interpone entre Lorca y el mar, es pródiga en minerales, sobre todo hierro, plomo, cobre, plata y en el cercano Lomo de Bas, límite de la Marina de Cope con el parque Natural de Calnegre, también encontramos galena, pirita y blenda.
Sin embargo, la riqueza actual no la da mineral alguno, sino los vegetales. En los últimos años los invernaderos han cubierto por completo estos parajes y siguen aumentando hasta la mismísima orilla del mar. Tomates, sandías, pseudo-lechugas (también llamada lechuga iceberg), alcachofas, etc. Antes de enfrentarme a ese mar plastificado recalo en la cala de Minas donde me asomo a su boca, casi tapada con montones de cenizas y escorias, y recorro su escueto arenal que se utiliza como playa nudista por lo apartado y recóndito. A continuación la coqueta y paradisíaca cala de Percheles (un perchel es una percha de maderos que sirve para extender las redes), se me aparece como una concha de arena fina circundada de palmeras entre dos morros oscuros, pizarrosos, de esquistos. Me asombra y sorprende a pesar de los muchos años que llevo acudiendo aquí, siempre ha estado poblada de caravanas, preferiblemente en invierno, hasta que se colocó un tope de altura en forma de barra metálica para impedirlo. Se han habilitado actualmente zonas cercanas para ello. Los extranjeros, muchos extranjeros, conocen algunos parajes de nuestro litoral mucho mejor que nosotros, y no me refiero a los más obvios, no, sino a algunos especiales rincones que todavía no han desaparecido.
Me siento sobre la silla de una terraza del chiringuito, cerrado a estas tempranas horas, a disfrutar de la vista. Intento descifrar las extrañas grafías, a base de tenedores, que imprimen las gaviotas con sus patas sobre la arena húmeda. Recorre la orilla con paso inseguro una figura oronda, tocada de un gran sombrero agrícola de paja, vencido hacia adelante, apoyado en dos bastones; va precedida por un perro que lo husmea todo. Sospecho que es Miguel, el loco de Percheles, con el que he coincidido en otras ocasiones. Voy a su encuentro, ha parado en un extremo de la playa y está realizando una especie de ejercicios gimnásticos que apenas lo mueven, quieren parecer asanas de yoga, un intento de saludo al sol. Se me acerca Francis, la perra, al olisquearme me reconoce, no así su dueño. Comienzo a hablarle y ya me ubica, de otras andadas, tiene la cara hecha un mapa, me cuenta que le han operado de un carcinoma. Se le ve desmejorado, también ha engordado mucho. Charlamos un rato, le hablo de mi aventura costera y le dejo disfrutando de la playa, su playa, su particular paraíso, solitaria a estas horas, como prácticamente todas las mañanas del año, mientras Francis, que ha atrapado una lagartija, juguetea con ella.
Continuo por la playa de las Chapas, así llamada por los peñascos rocosos que sobresalen del agua, hasta un frondoso bosquecillo de tarais y cañaverales, al final de una rambla. Agradezco la frescura de su umbría pues el sol, que ya va cogiendo altura sobre el cielo, comienza a hacerse notar.
Empieza la larga y pedregosa playa de Covaticas, territorios de auto caravanas y roulottes, asentamiento, en tiempos, bajo los pinos rastreros, de inmigrantes llegados en pateras, poco apta para el baño por los tramos de piedras y la fuerza de las olas rompientes olas. En realidad solo queda un estrecho pasillo para el camino de tierra que recorro, nuevos invernaderos han invadido el resto. Cañada de Gallego, pueblo al interior, era hasta no hace mucho, un pobre asentamiento que ahora se ha cubierto por completo de plástico y en el que destacan naves de los almacenes de varias empresas fruteras, y algunos chalets de dudoso gusto levantados al calor del dinero rápido.
Rompe la monotonía lineal de la playa los roquedos de la cala del Hondón o Jondón, como dicen por aquí, llamada así por hallarse al final de la rambla del mismo nombre que baja desde la próxima sierra de las Moreras. Una hacienda, llamada villa García, la preside. Debió ser importante en tiempos, el terreno del ramblizo se acondicionó y domesticó en aterrazamientos y huertas, aparecen diversas estancias abandonadas, destacan unos pinos centenarios lo que habla de su prosperidad y señorío. Mientras que fuera reinan los pedregales polvorientos transitados por lagartos.
En la sierra de las Moreras, detrás, un poco más al fondo, destaca el mazacote del Morro Blanco con el pico de las Víboras, de 489 m. de altitud, constituye una privilegiada atalaya para divisar todo el golfo de Mazarrón, desde cabo Tiñoso y Cartagena hasta cabo Cope y Águilas. Pobladas desde antiguo, a finales del Neolítico, en el Calcolítico, tres mil años antes de Cristo, en sus faldas se ha excavado el poblado del Cabezo del Plomo, habitado por cazadores y ganaderos que pescaban y recolectaban mariscos, defendido por una amuralla de 130 m. con bastiones cada 10 o 15 m.
Recomiendo recorrer la Ruta de los Aljezares que transcurre bajo un pinar en el interior de la sierra, así llamada por las existencia de unos hornos productores de esta especie de yeso, hoy abandonados. Las moreras que dan nombre a la sierra fueron arrasadas para su funcionamiento y para la obtención de carbón vegetal, hoy en día las pueblan pinos, sobre todo, alguna sabina cartagenera e incluso algún acebuche he visto. Comienza en la parte que mira hacia el interior, hacia la carretera, en un olivar que sembró y cuida con esmero Usebio, algunas parrafadas tenemos echadas.
El terreno, a partir de aquí, lo forman las últimas rampas de la sierra adentrándose en el mar, se encuentra transitado por senderos polvorientos entre espartizales y albardines, alquerías y cortijadas en ruinas, peñascos amontonados en los secarrales. El litoral se torna sinuoso, quebradizo y variado, se suceden cerrillos y cantiles, calas solitarias de escuetas arenas, aptas para el nudismo, y riscos negruzcos…
El camino que los recorre, a la entrada de la cala de la Grúa, muestra el hueco horadado por la existencia en otro tiempo de una cantera de piedra. Me anuncia lo que luego encontraré en el lado izquierdo de la playita, la punta de la Grúa: unos bloques rectangulares recortados en perfectos sillares se acoplan formando un pequeño puerto de bastante calado. Alguien en la arena ha elaborado con piedras redondeadas una pequeña construcción, una especie de jardín acuático que invita a adentrarse en el mar.
Sigue el saliente de la Loma Ancha y su extremo, la punta Negra, que mira delante la isla de Cueva de Lobos, aludiendo a focas monje seguramente de otra época, hoy es una colonia de anidamiento de gaviotas. Varias calas amplias se suceden bajo paredones de gredas amarillas muy erosionadas por los vientos, donde encuentran acomodo y tranquilidad los naturistas; hasta la playa del Rincón que guarecía de los temporales de levante hasta hace bien poco a unas cuantas barquitas de pescadores, ancianos en su mayor parte. Veo flotando pequeñas bollas de colores alineadas que señalizan la localización de algunas redes caladas.
Al volver el resalte de la punta de Cueva de Lobos aparece la amplia y extensa playa de Bolnuevo, otrora pueblecito de pescadores, hoy completamente tomado por las hordas constructoras depredatorias. En paredones próximos pugnan arenas y arcillas en múltiples tonalidades naranjas y amarillentas que paciente erosionó el viento hasta bordarlas con delicados encajes y filigranas, en grandes setas y caprichosos pináculos. Hasta la esbelta silueta de las setas pétreas de su Ciudad Encantada peligra rodeada, ya muy de cerca, por agoreras grúas.
Ahogada entre construcciones, en un segundo plano, sobre un resalte del terreno, asoma la torre de los Caballeros, levantada en 1578, cuadrada, de estilo mudéjar, remodelada y restaurada en el XVII. Se le anexionó una ermita en 1948, la de la Purísima Concepción que, como la iglesia existente en Mazarrón, alude al milagro de la aparición de la virgen en 1585 como hermosa amazona que espanta y repele un asalto nocturno corsario Acompañada de un enorme resplandor que espanta y atemoriza a los piratas del Morato Arráez volviendo hacia sus galeras que les esperaban en la Cueva de Lobos, le hace arrojar sus armas y pertenencias por la turbación y ponerse en fuga. Los mazarroneros acuden a dar gracias al templo y oyen tañer solas las campanas de la Purísima, observan a la estatua de la virgen sudorosa, después del esfuerzo, su manto lleno de arena de playa y su rostro girado hacia el mar.
Encuentro en la playa de bastas arenas a Manolo, pescador viejo, 74 años y un marcapasos, quitando el cieno a las redes y repasándolas. Le refiero las boyas que he visto en la playa de la Piedra Mala, pregunta si permanecen bien colocadas; me comenta que las echó él y aun tiene otra esperando que le ayuden para colocarla. Hablamos de años, décadas atrás, cuando empecé a venir por estas costas. Me dice que está extendida la almadraba de La Azohía, es la única que resta, junto con las gaditanas de Conil, Barbate, Zahara de los Atunes y Tarifa, en toda la costa mediterránea española; aquella para los atunes, esta para todo bicho viviente que caiga: bonitos, atunes, pez espada, lechas, melvas… Yo buceaba aquellos fondos de cabo Tiñoso hace mucho y recuerdo que debíamos saltar la red en superficie para poder acercarnos a cala Escondida, pero no imaginaba que subsistiera. ¡Han desaparecido tantas!
La pesca de almadraba la introdujeron los fenicios y se basa en aprovechar la llegada de los atunes desde el Círculo Polar Ártico a las aguas cálidas del Mediterráneo para reproducirse. Cuando entran los ejemplares o almadraba de venida se calan las redes desde primeros de marzo hasta finales de junio y para los de retorno se calan para San Pedro y permanecen todo el mes de agosto.
Recuerdo al acercarme a Las Redes, un bar de Bolnuevo, arribar hace años a un ciclista francés residente cerca de París, Cristophe Bégaux, en Les Calayes-sur-Bois, me preguntó si tenía conocimiento de que hubiese camino a lo largo de la costa que continuase hacia el sur, se proponía llegar al siguiente pueblo y finalmente hasta el Estrecho, pasar a África, para después proseguir por la costa atlántica hasta Tombuctú. Quedé maravillado por la osadía de tal hazaña, siempre he admirado, y secretamente envidiado, a esos aventureros que, animados por un sueño descabellado, son capaces de dejarlo todo en pos de él.
Continúo por una costa de finas arenas ahora, pródiga en salientes rocosos, desde apenas unos riscos o morros hasta pequeñas penínsulas con sus tómbolos incluidos. Llamados castellares, los de mayor entidad, lo que indica la existencia en ellos de restos de poblamiento o fortificación antigua. Aparece, en primer lugar, el Castellar de Playa Grande, frente al hotel del mismo nombre, que tengo pateado y en el que descubrí amontonamientos de cerámica perteneciente a ánforas como si hubiera existido allí un taller alfarero; después otro conocido como la Punta del Águila o de los Gavilanes, entre la playa de Bahía y la de La Pava, que contiene un yacimiento fenicio excavado, único en el Mediterráneo, dedicado a la metalurgia de la plata, (abarca desde los inicios del segundo milenio hasta el siglo II a C., momento de la ocupación romana); aún otro posterior que favoreció la construcción del puerto deportivo de Bahía; e incluso uno exento, conocido como La Isla o isla de Paco, de considerables dimensiones. La existencia de estos espigones naturales favorece la acumulación de arena originando recoletas playas de suaves arenas y aguas muy mansas, adecuadas para el disfrute familiar.
Contrastan poderosamente las construcciones a uno y otro lado de la carretera que recorre la orilla. Del lado del mar aparecen punteadas pequeñas casitas bajas, con escasas aspiraciones, apenas un cobijo para las noches y una terraza para tomar el fresco, de pescadores o de muy antiguos veraneantes, alguna villa con ciertas pretensiones estéticas e invariablemente con nombre de mujer. Son construcciones escuetas, de una sola planta, que se agrupan formando pequeños barrios y se integran perfectamente en el paisaje, no lo oscurecen al menos. Del otro lado, urbanizaciones impersonales en terrenos imposibles, disparejas, amontonadas, rompiendo cualquier pretensión de armónica se adosan como retales diferentes en un almacén de materiales de construcción, un ejemplo de ello puede ser Pueblo Salado.
Existe un pequeño museo en la playa con los restos de un barco fenicio rescatado de las arenas del puerto y otro entero que permanece hundido para mayor seguridad, es la nave completa, ánforas y carga incluida, más antigua del Mediterráneo. Existe constancia también de importantes factorías de garum y elaboración de salazones que aún se dan. Capellanes, estorninos, bonito, huevas de atún y sepia, etc.
Sobre un monte prominente que se adentra en el mar, coronado por un Cristo con los brazos abiertos, se avista el faro del Puerto de Mazarrón, macrocomplejo vacacional de los años sesenta y setenta que creció de manera anárquica y todavía lo sigue haciendo.
Detrás de la estación de auto- buses, cerca del mercado, aho-gada entre edificaciones, en un resalte del terreno, descubro la torre Vieja o de Santa Isabel. Es una torre vigía del puerto de finales del XVI, troncocónica, dos cuerpos abovedados, bocel en la cúspide, puerta elevada y un par de aspilleras.
Hacia el interior se abre el codiciado y fértil, según Al Edrisi, geógrafo árabe, valle de Suchana, o Susaña, rico en verduras y hortalizas, en el que se descubren en el cerro volcánico de San Cristóbal, a mitad del XV, yacimientos de alumbres (sulfatos de aluminio y potasio, que permitían fijar los colores y la estampación en las telas, facilitaban el proceso del curtido, en medicina usados como astringente y como desinfectante -ajebe- después del afeitado) que se encargan de explotar y comercializar los genoveses, importando textiles (seda, paños) y tintes. Se funda a su lado el pueblo, Casa de los Alumbres de Almazarrón, cuando Enrique IV le concede el privilegio de la explotación de las minas a su favorito Pedro Pacheco, marqués de Villena y este lo comparte con Pedro Fajardo, marqués de los Vélez y adelantado mayor del Reino.
Almagre, almagrazón o almazarrón, da topónimos como Almagro, en Ciudad Real, y sierra de la Almagrera, en Almería, es un óxido de hierro que se presenta como una, tierra arcillosa utilizada como pintura roja. Esta es la acepción que nos interesa, pero también existe otra: masarr, en arábigo andaluz significa bolsa, utilizado como adjetivo, mazarrón, alude al que deja de pagar un peaje o derecho de paso, al que contrabandea. Y, precisamente, esta costa, igual que la almeriense, tan recortada y llena de recovecos, se ha prestado desde siempre al tráfico ilegal, de tabaco antiguamente, hoy de droga y de seres humanos. A pesar de lo alejado del Estrecho de Gibraltar y las costas africanas, no es raro que se avisten pateras tan al norte, existen radares y cámaras térmicas en el alto de Percheles y muy a menudo pasan patrulleras, helicópteros, todoterrenos controlando el litoral. He llegado a ver muy de mañana algún fardo de hachís, hace años, en el Calón, arrojado por la borda por una zodiac al ser descubierta en sus correrías nocturnas.
Destacan nítidas sobreun promontorio rocoso las ruinas del castillo de los Vélez. Fue construido en 1462, hoy aparece muy deteriorado, remendados sus puros para que no se caigan, máxime cuando sabemos que hasta no hace mucho eran utilizados por los barreneros para que sus niños aprendieran el oficio.
Muy cerca, para completar la defensa, sobre un cerrete fue levantada en 1490, por orden de los Reyes Católicos, la torre del Molinete, redonda y de pequeñas proporciones (ha perdido su parte superior), con la puerta a res del suelo. Se pretendía amurallar la villa, pero como no había recursos, se opta por unir las casas existentes entre sí, cerrando las calles y dejando alguna puerta.
Transito todo lo largo del puerto haciendo promesa de detenerme en el último bar o restaurante -son casi las 2h.- que encuentre para comer. Destaca, casi al final, un inmenso y monstruoso edificio de apartamentos rematado en ladrillo verde, similar a una inmensa caja llena de casilleros, que supera la centena de metros. Su cornisa frontal se corona con esculturas femeninas de dudoso gusto, alternando las vestidas con las procaces, por este orden: Cibeles, María, Dulcinea, Cleopatra, Teresa, Curie e Irene (¿). Enfrente hay una explanada está ocupada por una feria desmontable esporádica, de sencillas atracciones e hinchables, medio muerta, que da al conjunto un aspecto atemporal, desubicado.
Justo ahí un bar corriente promete un menú interesante. Doy cuenta de un estupendo cocido en toda regla, que me deja ringao. Salgo al camino sin dar tiempo al comienzo de su digestión con idea de detenerme a echar una cabezada -una cuestión de justicia, de reconocimiento culinario- en la primera playa en que aparezca una sombra, la del Ballenato por ejemplo.
Tras las últimas edificaciones del puerto de Mazarrón, playa de Rihuete, desagua la rambla de El Alamillo ocasionando la playa del mismo nombre. Se abren, frente a mí, kilómetros y kilómetros de mar hasta la punta de La Azohía, al fondo del arco que describe la costa, se distingue perfectamente su torre hexagonal, de Santa Elena, parece poder tocarse con solo estirar el brazo.
Pasado un faro que encuentro tierra adentro, sobre una ligera elevación del terreno, alcanzo playa Negra. Labrada sobre las rocas costeras veo lo que parece una rampa para subir y bajar barcas, ya en desuso, vestigios de un embarcadero antiguo tal vez.
A continuación, sobre un resalte rocoso aparecen unas construcciones fabriles, unas naves pequeñas y edificaciones que parecen oficinas; pero no… ¡bingo!, son instalaciones del Instituto Oceanográfico Español, Delegación de Murcia, nada más y nada menos. Las primeras que veo en los doscientos kilómetros que llevo (197,5 exactamente), como un decir de Astorga a Santiago.
Llego enseguida a las inmediaciones de ese hotelito, recupero de la mochila unas notas escritas hace tiempo, una tarde de invierno que pasé recorriendo estos solitarios parajes, para contrastarlas:
Es preciso llegarse hasta aquí, alcanzar la olvidada y recóndita playa de arena no tan fina, estrecha, escueta, más pequeña de lo que recordaba, más inaccesible, junto al pequeño promontorio, bajo de su silueta protectora; sobre la que se recorta desde que soy capaz de recordar el hotelito trasnochado y desgarbado, antiguo aún antes de acabarse, casi abandonado, con uno de esos nombres tropicales pretenciosos que una vez estuvieron de moda, algo así como hotel Miami, Florida, Calypso, Las Vegas… Avejentado sin disimulo, ajado por las muchas temporadas que hace que no conoce pintura (seguramente la que persiste fue la primera y única) ni mantenimientos, comidas por el oxido sus barandillas.
Parece resurgir en una segunda y decadente vida que su situación privilegiada, los nuevos tiempos del turismo, los presupuestos ajustados o los despistados extranjeros que se pierden, han coincidido en otorgarle. Fuera de temporada, durante el benévolo invierno de la costa mediterránea, algunas habitaciones se ocupan y se alcanza a entrever algo del modesto esplendor que alguna vez tuvo.
Preside su cala, una cala apartada, tan solitaria y olvidada como él, sustraída del bullicio de la masificación de los alrededores; la que siempre han eludido los bañistas estivales en beneficio de otras mejores. Una cala solitaria y ausente, alejada del devenir de los tiempos y hasta del presente, solo ocupa u esporádicamente transitada por algún pescador con poca voluntad de relacionarse.
Apartamentos Florida, Residencial Miami, Hotel Cavana, las Vegas, Beberly Hills villas…, cualquiera serviría, brillaría más el nombre que su aspecto. Las longevas y descuidadas palmeras, con muchas ramas secas y el tronco sin arreglar, han renunciado a sombrear e intentan aportar algo de compostura a una imagen de postal al uso, en connivencia con unos cuantos cactus espontáneos. Junto a esos muros que empezaron a descascarillarse hace tiempo, subsiste una piscina abandonada con los bordillos desportillados y los colores muy desvaídos. Toda la escena evoca la foto en blanco y negro de algún otro momento, no se sabe cual, de alguna otra época que parece nunca existió.
Hay solera, sigue envejeciendo con solera, y honradez. Lo que es de agradecer frente a tanto disparate edificatorio. Se aprecia roble en el paladar áspero de su buqué, cuerpo, personalidad, no se avinagra con los años. Salud, compañero.
No existe sombra playera a la que acogerme,…sigo pues. Llego a La Mojonera, cinco torres de apartamentos recientes, cinco monstruos de mal gusto y provocativa desconsideración destruyen la estampa amable de otro tiempo del morrete. El cabezo del Mojón, otro castillete pétreo de considerable proporción, acogía una urbanización antigua, de las primeras de los sesenta, El Limonar, Premio Nacional por ello, con viviendas cúbicas sencillas, de líneas nítidas (alguna de Miguel Fisac, por cierto), en conveniente armonía con el entorno, que hoy en día yacen enterradas entre una jungla de ladrillo superpobladora que ha transformado totalmente el paisaje.
En fin, mejor continuar. Además, tampoco veo, ni quiero, sombra conveniente. Playa del Corral, cierto, ¡burros y zopencos no se adivinan lejos! Una brisecilla marina refresca algo el ambiente y me va distrayendo de mis deberes gástricos, posponiendo la parada hasta que, casi sin pretenderlo, alcanzo Isla Plana, pedanía ya de Cartagena, con su puertecito bien recogido y coqueto en una de sus caletas. Destaca, metida en el mar prácticamente, la iglesia de la Virgen del Carmen y un poco más allá los baños termales de la Marrana y de la Reina, con restos romanos de los siglos I y II. Esta fue zona de desembarcos y razias desde ella se podía atacar no solo Mazarrón, sino el interior, Fuente Álamo y el Campo Nubla.
En playa Grande encuentro un sendero ancho, bien perfilado, un paseo que me anima a finalizar de un tirón ya la etapa. Arribo al palmeral de San Ginés, cuyas esbeltas siluetas me acompañan hasta la playa de la Chapineta, ya en la jurisdicción del poblado de La Azohía marcado por un recodo en la línea de costa, una esquina, prácticamente.
Me llego finalmente al escueto puerto que alberga unas cuantas barcas,otras permaneces flotando en el golfo resultante asidas a las rocas del fondo. A lo lejos, bajo la torre, en el cabo que dobla hacia Tiñoso, quiero adivinar entre el reluz de la tarde que declina, el laberinto de redes de la almadraba. Me dice un lugareño que está puesta desde enero y hasta junio igual no la quitan; así que, en este caso, es de entrada y de salida, osea que se trata de aprovechar bien la escasa pesca que hay.
Sé que la torre hexagonal de Santa Elena, llamada también en textos antiguos de Santa Catalina, es la más antigua del litoral murciano, aunque se remozó en tiempos de Carlos I, se ubica sobre un roquedo a 70 metros de la superficie del mar, que prologa los muchos que forman cabo Tiñoso. Accedo a ella por un perfecto camino de unos cientos de metros. Llama la atención su gran proporción, su puerta elevada da acceso a una sala abovedada, se sube por una escalera de caracol hasta la segunda planta que tiene ocho troneras al exterior (una en cada cara del hexágono, dos en las más expuestas), y se continua hasta la plaza de armas en su terraza.
Además de plantear la próxima etapa atravesando montañas y cabezos rocosos, sería interesante también observar desde el mar estos riscos en kayak, circunnavegar (queda colombina la expresión) la totalidad del cabo, recalar en algunas calas, conozco cala Cerrada y cala Abierta, y he llegado en salidas para bucear hasta el Arco (una formación natural en un acantilado que permite pasar con holgura al barco). Pero doblar cabo Falcón y el propio cabo Tiñoso, hasta el Bolete o el cabezo de la Aguja, llegar hasta el Portús, ¡sería…la leche! Hay una empresa con piraguas que se dedica a ello, veré de contactarlos. No quiero imponérmelo como obligatorio porque recelo de cualquier imposición cuando ruteo, pero lo hablaré con mis buenas amigas: la intuición y las corazonadas, además de con la almohada esta noche para tomar una decisión.
Tras la ducha y la merienda salgo a dar un paseo. Se levanta ante mí imponente el mazacote montañoso, atalaya natural (nunca precisó torres vigía), de cabo Tiñoso, de mucha mayor entidad que otros precedentes (Mesa Roldán, cabo Cope), empinadas laderas dan acceso a sus cumbres, pobladas de cabezos y cerros que casi alcanzan los 500 m. Veo la senda que he de tomar mañana, estudio su pendiente y su trazado hasta donde la vista alcanza y la mirada adivina entre las sombras de sus paredones, para hacerme una idea. Será la etapa más dura, por el momento, en cuanto a desnivel se refiere.
domingo 9 de abril de 2017













