CALAS OCULTAS DE CABO TIÑOSO

El cabo-península de Tiñoso supone una sierrecilla menuda que se resiste a dejarse engullir por el Mediterráneo y lo encara altanera desde sus cocones. Enfrento paciente sus alturas. Es preciso tragarse una buena cantidad de curvas de herradura, avisar nuestra presencia con el claxon, subir y bajar innumerables costanetas y badenes, colgarse de unos cuantos cortados, para conseguir llegar donde pretendo. Pero el esfuerzo merece la pena.

Me he detenido ante la panorámica que se abre hacia el norte para asimilarla en todo su esplendor, conduciendo apenas se avistaba. No sé bien si son nubes cayendo del cielo o niebla marina emergiendo de la superficie del mar. Ignoro como se han puesto de acuerdo cerros y montañas, laderas y paredones, para tomar ese baño turco matutino. El caso es que componen un impresionante cuadro vivo, deslumbrante. Acostumbrado a apreciarlo en fotografías o vídeos, en imágenes copiadas, se hace extraño e impropio disfrutar semejante vista ahí delante. Hasta tal punto llega la degradación de nuestra sensibilidad óptica. La mirada queda absorta, hipnotizada, se aquieta el ánimo y se detiene el momento, deja de existir el tiempo. Rechaza la mente cualquier pensamiento que ose interrumpir el disfrute, cualquier consideración distinta de la pura contemplación, que nada tiene que envidiarle a una primorosa estampa japonesa.

Detrás, anonadada, debe esconderse Cartagena, entre esos bosques pétreos de picachos que emergen con nitidez sus siluetas, en esta hora de luz horizontal que resta definición a los detalles.

He podido aparcar el coche en el escueto ensanchamiento que otros vehículos han ido abriendo en el borde mismo de la carretera. Llamarle así a este camino de cabras asfaltado, ni se sabe cuándo, resulta pretencioso. Debe su existencia a la necesidad de llegar al faro que cuelga de la misma punta del cabo, y al destacamento militar de Los Castillitos, batería de artillería que, cruzando su fuego con el Monte de las Cenizas, más al norte, debía proteger el estratégico puerto de Cartagena.

Acometo el descenso a las calas. Una bóveda de pinos, poco más altos que yo, me protege de los rayos del sol que a media mañana ya empiezan a molestar, arcadas y ojivas vegetales sus ramas de una iglesia que la naturaleza ha erigido en este remoto rincón. Percibo su extrañeza vegetal a mi paso, todavía no son fechas para visitas de caminantes despistados o aventureros, faltan semanas para las vacaciones veraniegas. Desciendo. Quiero llegarme, por el hueco de esta escarpadura que en tiempos socavaron impetuosos torrentes, hasta una abertura del terreno allá abajo que, entre tanto cerro pelado, anuncia mar. Esa senda blanquecina que se entrevé serpenteando delante me trae una promesa acuática de frescor. No se alcanza a ver la orilla del mar, pero se sabe de su inmediata presencia; a lo lejos, tapado por el relieve, asoma profundo, oscuro, apenas azulado.

Sé que este cabo-sierra que piso despunta en siete cocones, siete. Y un desasosiego de elevaciones menores revueltas, como rebaño en estampida, lo terminan de cubrir casi por completo, excepto un llano que ocupa la aldea del Campillo de Dentro. Crestean cual espinas de mastodonte las siete vertebras recortándose poderosas en el azul. Desde cualquier punto del arco de la Bahía de Mazarrón, que se abre a continuación, se pueden distinguir sus siluetas.

Collado de los Siete Cucones, uno, el más alto, frisa los 300 metros; el Cabezo de la Panadera llega a rebasarlos, pero el vértice geodésico se le adjudicó a la punta de La Picadera, de 404m., en el centro geométrico del cabo.                               

Prosigo con mi bajada que transcurre por la ladera interna del Cabezo del Atalayón, que hace de paredón de contención marítimo. Se acomodan mis pasos al alivio de improvisados escalones disparejos que han ido labrando las pisadas de otros senderistas precedentes. Entre ramajes y arbustos me interno, entre lunares de sol y sombra, de agobio y alivio. Maquia degradada de plantas espinosas con alguna agradable sorpresa: romero blanco, una rareza, y alguna albaida, pocas, en el tramo inferior.

Se apuntan, escondidas tras grandes peñascos, las dos joyas que vengo buscando. Puedo apreciarlas completas desde un resalte o caballón que las divide. No sé bien si llamarles calas. Según el Diccionario Náutico y de voces del mar de Guillermo Lusá di Nucci, una cala es una ensenada pequeña y angosta en forma de seno que sirve de abrigo a las embarcaciones. Característica que cumple Cala Abierta, en primer término, a pesar de no contar con playa ni varadero, todo son rocas sueltas en su perímetro. Parece tener la suficiente profundidad como para fondear barcas, otra cosa es llegar a tierra, supongo que en algún punto será posible. Cala Cerrada, sin embargo, resulta menos abrupta, cuenta con una coqueta playita de una cincuentena de metros en su fondo de saco. Encaja entre paredes laterales de cerros que abrevan en el agua. Parece de menor profundidad. He optado por llegar hasta ella decidido a darme un remojón. La arena precede, en la entrada misma al agua, a un jardín de bolos de piedra redondeados, lo que obliga a entrar con calzado de goma, salvo en un costado donde unas planchas de rocas permiten deslizarse evitándolos. Desde ellas me lanzo decidido al agua. Experimento un voluptuoso reencuentro con el mar, el mismo que otras veces, de vuelta en su acogedora placenta. Una estimulante sensación orgánica rebosante de carnalidad que despierta y aquieta completamente mi conciencia.

Llama la atención la ausencia de plantas y algas en el fondo, chinarros y arena únicamente. El agua no está demasiado fresca, efecto del embalsamiento que se produce en la cala, en esta gran bañera, esta laguna propia. Delante, abre su estrecha bocana al mar con una promesa de inmensidad que dilata mi percepción y la impulsa navegante.

De regreso, ascendiendo de nuevo la trocha hacia la carretera, considerando la posibilidad de mantener el secreto. Me ocurre a menudo en situaciones similares: dudo en revelar su existencia, difundir al detalle la ubicación precisa. Exponerlo a la degradación de excesivos visitantes o poco escrupulosos, de domingueros irrespetuosos que dejaran algo más que sus huellas sobre el terreno. Dudo por un afán de preservación, de conservación. Pero al final puede más la satisfacción de compartirlo, como prestaría un libro que me ha encantado o recomendaría una película. Por otra parte, no poseo ningún título de propiedad, ningún derecho de veto de las páginas de internet que lo muestran o de las aplicaciones de rutas que lo dan a conocer.

Antes de llegar arriba, he de pararme, girar la cabeza. la vida dentro me arde, me inflama. Me siento absolutamente colmado, me derramo de gozo en gotazos que antes de llegar al reseco suelo se evaporan. Este paseo me desarma de intenciones, de voluntad, me rebosa por los cuatro costados, me inunda como a una vieja barca anegada de agua que anhela hundirse hasta el fondo y permanecer fresca en él. Les falta capacidad a mis sentidos para digerir tanta belleza, tanta armonía, para conseguir desasirse de este lugar, debe poseer algún secreto embrujo. Mi cuerpo, incapaz de asimilar, de retener y almacenar tanta intensidad, se resiste a moverse, a irse. Mi corazón, mi alma, hija del alma del planeta, retoza a placer por estos cerros. Deben ocultarse gruesas vetas de minerales magnéticos, importantes menas metálicas, para producir tal poder de retención.

La vida dentro me arde, me inflama. Amenazo con provocar un incendio forestal si llego siquiera a rozar un romero, un palmito, la rama de un pino. Tengo miedo de tanto fulgor propio, de que pueda generar chispas que prendan a mi alrededor y terminen provocando un incendio. Casos de yoguis se han dado de entrar en combustión y consumirse, desaparecer, quedar reducidos a un montoncito de cenizas que el suelo absorberá. Lo puedo entender.