CO2 VERDE Y CO2 AZUL

CARBONO VERDE Y CARBONO AZUL

La estabilidad climática planetaria depende en gran medida de la circulación general de la atmósfera, esa es la parte que podemos ver, pero también contribuye a ello, y esa parte pasa más desapercibida, el funcionamiento global de los océanos: las corrientes marinas, la circulación de diferentes masas de agua en los fondos abisales con temperaturas y salinidades distintas, las mareas, etc.

La aportación a ello de los microorganismos marinos: foraminíferos, cocolitos, algas calcáreas, etc. es fundamental, cuando mueren se depositan en el fondo y se terminan transformándose en roca calcárea. Captan el dióxido de carbono de la atmósfera para fabricar con él sus caparazones, lo retienen y lo fijan produciendo rocas evitando que se concentre en exceso en el aire y se produzca un efecto invernadero. Así ha venido ocurriendo a lo largo de miles de millones de años en nuestro planeta, según un sistema que se reequilibró a sí mismo a lo largo de las diferentes eras geológicas, cuando se formó la atmósfera, las masas de agua y los seres vivos. Desde el surgimiento de la Revolución Industrial, hace casi dos siglos, llevamos vertiendo desmesuradas cantidades de carbono que el sistema atmosférico no puede reciclar y aún lo hacemos a razón de unas 7.000 millones de toneladas más cada año.

Sabemos, gracias a los vestigios depositados en el hielo polar, que el nivel natural de CO2 a lo largo de la vida del planeta ha sido de 280 partes por millón. Actualmente supera las 360 ppm., si no ponemos remedio a finales de siglo serán 560. Los bosques y los mares no tienen capacidad para absorber tanto excedente. Es importante saber que existe un umbral en esa cantidad a partir del cual la biosfera sería ineficaz, no habría posible marcha atrás, al contrario, comenzaría a amplificarse el fenómeno (según Bill Bryson, Una breve historia de casi todo, Barcelona RBA 2014).

Sabemos que los bosques retienen el llamado carbono verde, mientras que el azul es el que absorben las especies vegetales acuáticas que se encuentran en los ecosistemas costeros o palustres: manglares, marismas, marjales o lagunas. Estos humedales recogen el CO2 que proviene de la atmósfera y pueden almacenar parte de él en sus sedimentos durante siglos gracias a las condiciones bajas en oxigeno que poseen. Son capaces de secuestrar las emisiones contaminantes provenientes de la industria, el tráfico y demás actividades humanas. Pero esa es un arma de doble filo: si se degradan o destruyen, terminaran liberando ese veneno acumulado de nuevo a la atmósfera.

Estos espacios imprescindibles se encuentran amenazados desde hace décadas por el implacable acoso urbanístico, el vertido de nitratos y otros productos tóxicos procedentes de la agricultura industrial intensiva, la pérdida de la lámina de agua superficial o por simple contaminación de aguas residuales y vertidos sin tratar. Por poner un ejemplo, cada año son demasiados los municipios españoles que han de pagar a la Comunidad Europea las correspondientes multas que acarrea su negligencia, por no instalar las correspondientes depuradoras que establece la normativa comunitaria. Prefieren apechugar con ello, a corto plazo, que acometer las obras necesarias para solucionarlo para siempre. Pero luego en sus discursos y declaraciones todos se declaran ecologistas y conservacionistas.

Existe un proyecto auspiciado por la Comunidad Europea (LIFE Wetlands4 Climate), dotado con dos millones de euros y coordinado por la Fundación Global Nature y la Universitat de València, liderado por Antonio Camacho, que pretende analizar en cuatro años cuánto dióxido de carbono son capaces de almacenar los humedales. Para el estudio se han seleccionado diez humedales piloto ubicados en Castilla-La Mancha, Castilla y León y la Comunitat Valenciana: las lagunas de la Nava, Boada-Pedraza, Grande de Villafranca, Manjavacas, Alcahozo, Tireza, en el interior. Y los costeros, a los que vengo aludiendo en sus correspondientes etapas: Marjal dels Moros (Sagunto), Pego-Oliva (Denia), Prat de Cabanes-Torreblanca (Castellón) y la mallada de la Mata del Fang (La Albufera, Valencia) -tomado de un artículo de Minerva Mínguez.

Responden a las diferentes tipologías propias de la región biogeográfica mediterránea en la que se encuentran: costeros, de interior de agua dulce y de interior salinos. La idea es aportar lo aprendido a otros humedales mediterráneos de España y Europa. Lo precisan enclaves de tanto valor como Doñana, las Tablas de Daimiel, la laguna de Gallocanta, el Parc Natural del Delta de l’Ebre, la laguna de Fuente de Piedra, Ses Feixes de Ibiza o el Mar Menor, por poner solo algunos ejemplos relevantes. Hasta ahora solo se conoce la capacidad de los humedales como sumidero, pero es imprescindible conocer el efecto de las diferentes medidas de gestión sobre los flujos de carbono. Igual que resultan muy beneficiosos a la hora de absorber el exceso de dióxido de carbono de una atmósfera contaminada, pueden resultar muy perjudiciales, expulsándolo al aire cuando no se dan las condiciones óptimas que precisan para ello. El proyecto analiza, por ejemplo, qué efecto tiene la siega de la vegetación y su posterior uso compostada en agricultura, o la actividad de la ganadería intensiva sobre la emisión de gases de efecto invernadero como el metano.

Prat de Cabanes, Castellón.

Por acabar con una nota graciosa: recuerdo un artículo de hará unas tres décadas en el desaparecido periódico Cambio 16 (debí guardarlo por algún lado) en el se atribuía la culpa del, por entonces, incipiente efecto invernadero directamente a las flatulencias de las vacas. Sí, como suena, los pedos eran los causantes de la contaminación atmosférica. Lo firmaba un científico que había medido la cantidad de gas metano contenido en cada una de ellos, lo multiplicaba por la frecuencia diaria del animal y por el número de reses existentes en el planeta, según su estimación, y obtenía unos resultados alarmantes que justificaban su teoría. Gran parte del problema lo achacaba a la India, por supuesto. Hoy sabemos que se precisa de algo más que el recuento de las ventosidades de la ganadería y de los humanos para entender la alarmante contaminación global que padecemos, que amenaza con dar al traste con la vida sobre el planeta como la hemos conocido hasta ahora. Pero si lo que sí es seguro es que ese metano debe estar contaminando seriamente los cerebros de muchos políticos, dirigentes mundiales, consejeros y directivos de grandes empresas, de monopolios y oligopolios contaminadores (en el Tercer Mundo, sobre todo), y demás promotores de la Globalización, versión industrial, responsables de una cuota de culpabilidad mucho mayor que la que tenemos los ciudadanos de a pie, a los que, por cierto, como siempre pretenden inculpar.

Laguna de la Nava, Palencia