
El litoral valenciano del siglo XVI, representa el núcleo fundamental de mí recorrido senderista y de mi investigación acerca de las fortalezas y las torres vigía que lo ocupaban entonces. Es la zona del litoral mediterráneo que más conozco y donde he ido encontrando vestigios de la existencia de esos enclaves. Desde hace años, a partir del libro que me descubrió el navegante, que no el escritor, A. Pérez Reverte, La ruta de los corsarios, Ed. Laertes 2000, del geógrafo Ramiro Feijoo, que recorrió todo el litoral español intentando catalogarlas, se despertó en mí la idea de caminarlo, al menos la parte mediterránea, para conocerlas y estudiarlas. Y esa cuestión ha ido derivando a otras, no siempre relacionadas con la historia y la arqueología, pero igualmente interesantes.
Hay que tener en cuenta que por entonces, reinado de Carlos I, el reino de Valencia, incluido en el de Aragón, su frontera marítima, constituía una extensa frontera difícil de defender. Venía a ocupar desde Tortosa, que guardaba la desembocadura del río Ebro, hasta más abajo de la desembocadura del Júcar, casi el Mar Menor; quedando despoblado el resto, excepción hecha de las poblaciones de Cartagena y Mojácar.
Caracteriza por ser una costa que permite el fácil acceso hacia el interior, con amplias zonas de playas de gran extensión y baja altitud, acantilada únicamente en el tramo de Cartagena y de la Marina Alta Alicantina (entre Moraira y el cabo de San Antonio). Suponía un territorio de frontera abierta, de gran interés para la arribada de enemigos y piratas moriscos, lo que llevó a sus habitantes a vivir con una acuciante sensación de miedo permanente. Esta es la razón por la que los sucesivos virreyes del Reino de Valencia, a las órdenes del monarca Felipe II, intentaban completar un sistema defensivo costero que resultara eficaz. También estaba en juego la supremacía naval hispana en el Mediterráneo frente al poder de la armada turca y sus reinos norteafricanos aliados.
Felipe II, hereda una situación complicada de Carlos I, tuvo que hacer frente a diversos conflictos: la tregua con Francia, los problemas religiosos con los príncipes protestantes alemanes, la peste negra, la crisis de subsistencias, revueltas populares y numerosos frentes abiertos en el Mediterráneo y en el Atlántico. Estos conflictos sitúan a la península, en especial a todo el litoral mediterráneo, en una posición permanente de inestabilidad internacional. En su intento de controlar todos los territorios, aparece la figura del virrey, una persona perteneciente a la nobleza local que formaba un nexo de unión entre rey y los diferentes reinos del imperio.
El problema interno más grave era la cuestión morisca. Comenzó debido a una orden de Carlos I que limitaba a toda la comunidad musulmana asentada en la península a una serie de normas, entre ellas la de convertirse al cristianismo, desterrando a aquellos que no lo aceptaban. De ahí surgen unos problemas que llevan al rey a proteger todos los territorios que están bajo su poder para evitar posibles invasiones musulmanas del norte de África. Debía completar el sistema de vigilancia y defensa litoral, de origen árabe, restaurado y ampliado por los Reyes católicos (al que se le sumaron algunos torreones derivadas de la guerra catalano-aragonesa). Se había producido una notable evolución de la artillería y unas nuevas necesidades en la arquitectura militar al que debían adaptarse las torres.
Los musulmanes residentes en España, “moriscos”, nominalmente cristianos, son sometidos a nuevas exigencias, en 1567 Felipe II aprobó la Pragmática por la que se prohibía totalmente la utilización del lenguaje árabe, ofreciendo un periodo de 3 años aproximadamente, para aprender el castellano, debían renunciar, así mismo, a su indumentaria musulmana y algunas de sus costumbres.
En 1568 se produce la sublevación de los moriscos en el reino de Granada, con intención de extenderla a toda la península, capitaneada por Aben Humeya, descendiente cordobés de la casa real. La guerra se prolongó durante 3 años. Conforme se pacificaban comarcas, la población morisca era deportada a otras partes de Castilla. El reino de Granada quedó despoblado y hubo de repoblarse con cristianos viejos.
Las autoridades locales y centrales consideraban a los moriscos como “una quinta columna” que amenazaba la seguridad de las costas ante cualquier ataque turco. Los conflictos moriscos que se desencadenaron en la península, llevaron a recibir posibles ayudas por parte de los piratas berberiscos, o por cualquier grupo de musulmanes, que llegaban a las costas del litoral en barcos o galeotes, y se adentraban hacia el interior. Estos sucesos indican el peligro costero que se vivía. Las autoridades eran conscientes que si comenzaba otra revuelta morisca, podría extenderse por toda la península; pero también se sabía que para ello, la comunidad musulmana debería de recibir refuerzos de comunidades externas al país. Por ello, se llevaron a cabo una serie de medidas para reforzar aquellas ciudades que estaban expuestas a sufrir estos ataques.
El mar Mediterráneo permitía el desarrollo de un intenso comercio; el abastecimiento de muchos productos de primera necesidad, dependía de las importaciones realizadas necesariamente a través del mar.
Desde siempre se habían producido ataques en alta mar, los comerciantes realizaban su trabajo trasladando mercancias de un puerto a otro y ocasionalmente, cualquier embarcación que encontrase a otra de menor tamaño, o con menos protección que la propia, era susceptible de ser abordada y desbalijada. Pero la extorsión de piratas, berberiscos y corsarios, obligó a tomar la decisión de escoltar los barcos mercantes con escuadras de guerra. Eso evitaba los asaltos en alta mar, pero obligaba a los enemigos a desembarcar y saquear el interior, produciéndose frecuentes desembarcos con el consiguiente temor de los habitantes afectados. La llegada de los corsarios a la costa, producía grandes problemas, ya que deterioraban la misma y además de saquear los poblados marítimos, arrasar cosechas y robar ganado, cautivaban a muchos habitantes, pidiendo después un cuantioso rescate.
Felipe II, junto con el virrey del reino de Valencia, Bernardino Cárdenas, Duque de Maqueda (1553-1558), revisaron todo el sistema defensivo desde la costa hacia el interior, elaborando un informe sobre el espacio geográfico existente, el estado y situación de cada punto defensivo existente y la consideración de posibles refuerzos y soluciones de defensa.
Los pilares básicos de la defensa del reino eran las fortificaciones, los efectivos humanos y la política naval; pero resultaban insuficientes, hubo de recurrirse a la colaboración de los habitantes a menudo. Existían tres tipos de infraestructuras: torres o atalayas, castillos o fortalezas, y ciudades amuralladas. Las torres, eran pequeñas construcciones que se situaban a lo largo de toda la costa, unas 53 construcciones, pero la gran extensión y complejidad del litoral y las pocas atalayas existentes, no garantizaban la seguridad total. En los lugares donde no alcanzaba su vigilancia, esta se realizaba desde lugares improvisados, construcciones provisionales, con atajadores que a primera hora recorrían los tramos entre ellas dando novedades. En caso de avistamiento o ataque, se utilizaba un sistema de comunicación por señales de peligro a la torre más cercana y así sucesivamente hasta que las señales llegaban a la ciudad, desde donde deberían salir refuerzos (milicias ciudadanas). Se avisaba con una serie de disparos o se encenderían tantas hogueras como barcos se avistasen, en el caso de que los enemigos desembarcasen en tierra, la hoguera se mantendría de forma continuada (se daban frecuentes equívocos, confundiéndolo con el fuego utilizado en tareas agrícolas).
Se exigía la existencia de un personal ordinario o fijo en cada punto, además de agregarse en épocas de apuro, otro de carácter extraordinario. Los oficios más importantes de las fortificaciones eran los alcaides, artilleros de los castillos, y los guardas de las torres y atalayas.
Las torres existentes, por exigencias del desarrollo de la artillería, debían modernizarse: aumentarse en altura, realizar pequeñas intervenciones con el fin de almacenar un número mayor de piezas de artillería, polvorines, soportar el peso de las piezas en las terrazas, crear baluartes, etc. Se precisaban nuevas construcciones en los puntos estratégicos restantes, coordinar los fuegos de unas y otras. En los castillos y fortalezas se precisaba personal más experto en temas de arquitectura defensiva y artillería.
Uno de los grandes ingenieros de la época, Giovanni Battista Antonelli, ingeniero hidráulico y militar al servicio de Carlos V en Italia, que había elaborado un proyecto para hacer navegables el río Tajo, intervenido en la construcción de los primeros pantanos en arco (en Tibi, Alicante, y Almansa, Albacete) –hasta entonces se hacían con un muro recto- se encargó de examinar profundamente el estado del litoral valenciano para determinar las necesidades defensivas. Presento su informe para Felipe II en 1563, recopila el primer listado completo de fortificaciones existentes y avanza la necesidad de poseer un control total del espacio: “… en las partes en donde han desembarcado hasta agora, y que pueden desembarcar, havrá torres o lugares, que los tiros de la una torre o lugar alcalçaran por la mayor parte de esta costa el tiro de la otra, de manera que el enemigo no osará ponerse entre los tiros…siendo el peligro de perder los navios mayor que la esperança de la presa no tentaran de desembarcar para hazer daño en tierra”
En las torres más atacadas se llevaría a cabo la incorporación de los primeros elementos de la nueva arquitectura de defensiva: troneras, adopción de alambor, baluartes. Pero la economía del momento no era la adecuada, los proyectos suponían un gran esfuerzo financiero para la monarquía y para los gobernantes valencianos, por ello, las cortes valencianas, aun siendo conscientes de la necesidad, solicitan a Felipe II la suspensión del proyecto y la mayor parte de propuestas no se llevaron a cabo. El deterioro de los puntos de defensa cada vez era más evidente.
El nuevo virrey del Reino de Valencia, Vespasiano Gonzaga (1575-1578), además de ser el responsable de los “informes que permitieron hacer frente a la sublevación de los moriscos en Granda”, ser experto en arquitectura de fortificaciones en ciudades italianas, entra en confrontación con Antonelli, plantea dos líneas de actuación: la inspección de las infraestructuras (de la costa de Poniente que terminó el 30 de septiembre de 1575, en diciembre la de Levante) y el avituallamiento, y la reorganización del personal de defensa. Emitió unos informes, con descripciones detalladas acerca del estado de las torres, así como una visión de las nuevas tendencias constructivas del momento. Los ingenieros, centraban su atención en la situación geoestratégica, el estado de las construcciones, la comunicación con el resto de edificios defensivos, el componente humano de las poblaciones donde estaban asentados los baluartes defensivos y el estado de la artillería. Realizó un esmerado análisis de los enclaves, valorando la existencia de acantilados, terraplenes etc., que en un momento de apuro podían ser utilizados para reforzar la defensa. Importante era el estado de las construcciones, el tipo de muro, y la disposición o traza de las torres y fortificaciones. La situación en la que se encontraban las piezas de artillería.
Las reformas arquitectónicas del virrey Vespasiano, en las torres ya edificadas, tenían como único objetivo la funcionalidad práctica, realizar defensas puntuales con garitas de piedra, aljibes, establos para los caballos y, sobre todo, aumentar el número de hombres destinados en las torres. Quedaban substituidas las propuestas de Antonelli, y de las 13 torres de nueva construcción que recomendó, sólo consideraba 3 de ellas de verdadera necesidad y otras 3 más no tanto, pero que si la economía lo permitía podrían levantarse.
La intención del virrey era proponer la construcción de pocas torres, no había presupuesto para ello, pero grandes, con una fábrica más resistente, artilladas y capaces de resistir ataques hasta la llegada de refuerzos.
En el capítulo de informes, consta uno último de urgencia realizado en 1585 por Juan Acuña, encargado por Felipe II, de actuaciones mínimas necesarias, reparaciones o refuerzos sobre lo existente, que se ejecutaron. Solamente alcanza a proponer una nueva torre, la del puerto de Moraira, en la comarca de la Marina Alta. El peligro era grande pues había una gran sucesión de calas, bahías, islotes y playas que, permitían a las galeras de los enemigos, esconderse y atacar de forma repentina a los pueblos de la costa o a las embarcaciones de pescadores o comerciantes. Los acantilados altos y medios representaban una gran muralla que sólo protegía en parte.

Algunas consideraciones sobre las torres de la Marina Alta.
Analizando la ubicación de torres y fortificaciones cabe señalar que las condiciones establecidas en cuanto a traza, materiales y dimensiones, eran instruidas por el representante del Consejo cuando recibía dinero para la construcción, procedentes de los fondos de la Guardia de la Costa, y de impuestos especiales gravados a los moriscos.
Desde la Torre de la Almadrava, Dénia, al Peñón de Ifac, podemos encontrar una interdependencia entre todos los puntos de vigilancia y alerta, solamente interrumpidos alrededor del Cabo de la Nao, Jávea, punto inaccesible desde el mar y sin posible ruta de penetración hacia el interior.
Los responsables militares y políticos del reino, idearon un sistema basado en cuatro puntos fundamentales: máximo dominio visual de la costa, defensa de los puntos estratégicos, protección de los lugares poblados y de las rutas hacia el interior, y vigilancia especial en calas, cabos y posibles refugios de barcos corsarios.
Entre Dénia y Jávea, podemos encontrar 8 puntos de vigilancia y alerta del litoral, (excluyendo el castillo de Dénia, que no se considera una fortificación de vigilancia costera): Torre del Gerro en Dénia, Torre de cabo de San Antonio, Torre de San Jorge, Torre del Arenal, Torre del Portichol y Torre del Descubridor, todas ellas en Jávea. En 40 km de costa, en total se colocaron 17 puntos de vigilancia. La relación entre el territorio y guardias representó una media de un punto de vigilancia cada 2500 metros, relación superior a la existente en otros puntos de difícil acceso.
Debemos considerar la inseguridad generalizada de aquellos siglos, el estado de permanente alerta en que vivía la escasa población que se aventuraba a habitar estos territorios costeros tan lejanos y abandonados de la manos de dios. Tal era el caso que la costa andaluza y levantina se consideraba una provincia otomana más, como el reino Argel, por ejemplo. El patrulleo de la flota cristiana, con sus galeras de la Armada Real alcanzaba escasamente todos los puntos y cuando se producía rebato tardaba en acudir, tanto que la mayoría de las ocasiones su llegada era infructuosa. Vigías y visitadores al grito de moros hay en la costa ponían en alerta al resto de la pobladores del lugar para protegerse en la torre, castillo o batería que hubiese y si no a escapar directamente campo a través.
